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Yo he sido marxista (Memorias de una ex-marxista) La Voz de España (Regina García)

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REGINA GARCÍA

         Regina García, destacada oradora y propagandista del Partido Socialista Obrero, desempeñó durante la República cargos públicos de suma importancia.
         Durante nuestra guerra fue jefe de Propaganda y Prensa del Comisariado Político Central y del Estado Mayor del tristemente célebre general Miaja. Atea y materialista, se convirtió al catolicismo en los primeros meses de la guerra, y en estas desgarradoras confesiones que constituyen el libro YO HE SIDO MARXISTA, pone de manifiesto toda la podredumbre moral de los dirigentes rojos españoles.



 
         Artículos publicados con el título de "Diario de una ex marxista", en el diario LA VOZ DE ESPAÑA, de San Sebastián en las fechas que se indican a continuación. Se añaden los títulos de cada capítulo.
         Estos artículos, fueron recogidos posteriormente en un libro, publicado en 1952, por la Editora Nacional, con el título de "Yo he sido marxista", donde la autora se explaya más sobre estos temas.

 
1946-06-20 LV p.10 CAPÍTULO 1.- Vuelvo a la actividad del periodismo por un imperativo de conciencia.
1946-06-26 LV p.8  CAPÍTULO 2.- Cómo vino la República. - Llegada de Bela Kun a España o la quema de conventos. - Comunistas, un voto; monárquicos, un voto. - Guerra entre comunistas y socialistas. - Casas Viejas y otros excesos.
1946-06-28 LV p.8  CAPÍTULO 3.- Por qué fue presidente Alcalá Zamora. - Rusia jalea a Largo Caballero. - La J.S.U. y la "carta de Dimitroff". - Escisión en el P. S. - Snobismo de señoritos comunistas. - La F.E. - Escándalos y crímenes en la calle.
1946-07-04 LV p.8  CAPÍTULO 4.- Desórdenes y demagogia. - Solana, Castilblanco y la Nelken. - Cristeras y diableras. - Elecciones 1933-34.
1946-07-09 LV p.10  CAPÍTULO 5.- Nuevos viajes de Bela Kun con Eremburg y Primakoff. - Preparación de la "insurrección armada de las masas". - El alijo del "Turquesa". - Orden de paro. -  Asturias y Cataluña. - U.H.P. - Madrid neutral. - Las pistolas "César".
1946-07-11 LV p.8  CAPÍTULO 6.- Otra vez Bela Kun. - Los tres puntos fundamentales. - Destitución de Alcalá Zamora. - El bulo de los caramelos. - La creación de los soviets de obreros, soldados y campesinos. - El asesinato de Calvo Sotelo. - La U.M.E.
1946-07-14 LV p.10  CAPÍTULO 7.- El G.M.N. - La opinión de Prieto. - Una bofetada. - La Pasionaria. - La cabeza de López Ochoa. - El Cuartel de la Montaña. - Suelta de presos. - Formación de Milicias.
1946-07-19 LV p.8  CAPÍTULO 8.- Brigadas nocturnas. - El hospital 14. - Una frase de Carrillo. - Un preso que se pierde de Atocha a Cibeles. - El incendio de la Cárcel Modelo.
1946-07-23 LV p.9  CAPÍTULO 9.- Los muertos en las calles. - Desastres militares. - Mendicantes internacionales. - Ayuda "generosa" de la U.R.S.S. - El oro español a Odessa. - Consejeros.
1946-07-28 LV p.10  CAPÍTULO 10.- El 7 de noviembre de 1936. - ¡Que viene Franco! - Las Brigadas y sus mandos. - André Marty. - "El cinturón Heroico" de Madrid.
1946-08-01 LV p.8  CAPÍTULO 11.- Despilfarro miliciano. - Eremberg y Rosemberg. - Kleber y Berzin. - Orlow el misterioso. - Saqueos de Bancos y Embajadas. - José Antonio.
1946-08-02 LV p.8  CAPÍTULO 12.- Largo Caballero discrepa de Rusia. - Los traslados del Gobierno y las operaciones del centro. - La U.R.S.S. en todo. - Comisarios políticos. - Caballero y Negrín.
1946-08-07 LV p.8  CAPÍTULO 13.- El Comisariado Político. - Los ascensos militares. - Lamentos en el sótano. - La navaja delatora. - La penúltima copa. - Tipos del Comisariado.
1946-08-09 LV p.8  CAPÍTULO 14.- El S.I.M. omnipotente.
1946-08-22 LV p.8  CAPÍTULO 15.- La España roja, feudo de Moscú.
1946-08-30 LV p.8  CAPÍTULO 17.- Al escondite con la muerte.









 
YO HE SIDO
M A R X I S T A
 
 
REGINA GARCÍA
 





REGINA GARCÍA
 
 
 
 
 
YO HE SIDO
MARXISTA
 
 
 
EL CÓMO Y EL PORQUÉ
DE UNA CONVERSIÓN
 
 
 
 
 
 
 
SEGUNDA EDICIÓN
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
EDITORA NACIONAL
MADRID. MCMLII
 











 
 

 
           
             
    
Dedico este libro a la santa    
    
memoria de mi madre, mártir    
    
por Dios y por España.    
    
      Fervorosamente,    
    
    
Regina                       
    
    
                  





 
PALABRAS PREVIAS
 
 
         Es tan fácil como arriesgado escribir en primera persona.
 
         Fácil, porque no se necesita excitar la imaginación ni poner en ejercicio la facultad creadora. Basta dejar que el macillo del recuerdo bata el disco de la sensibilidad para que, a su vibración, despierten y acudan, como al son de un tan-tan primario, los entes que duermen en nuestra selva interior.
 
         Y es arriesgado escribir en primera persona, porque no cabe más que una posición: la de absoluta sinceridad; y en ella, unas veces pareceremos seres ultravanidosos que se apuntan tantos de ventaja, tomo en otras ocasiones podemos ofrecer el espectáculo lamentable de nuestras caídas.
 
         Sin embargo, yo —he aquí la primera persona— estimé preferible esta forma de expresión que obliga a una mayor franqueza y dará más interés a lo que tengo que decir de la pasión, muerte y resurrección de España, que han sido también las de mi propia alma, ligada tan íntimamente mí vida a la de mi Patria, cual lo está la de una hija entrañable a la de su entrañable madre.
 
         Si valía o no la pena desnudarse en público como en este libro lo haré, ha de decirlo quien hasta el final me leyere, si es que alguien lo hace. Yo lo escribo por necesidad espiritual y por imperativo de conciencia. De vez en cuando es preciso hacer una confesión general que nos deje limpios y en paz interior. Eso es para mí este libro; pública confesión general de pasados errores, y es también un “alerta” a quien quiera oírlo, contra las voces de las sirenas marxistas, tan complacidamente escuchadas por quienes desconocen su falacia y no han padecido en propia carne el desgarramiento de las crueles zarpas del monstruo.
 
         Lo que nadie hallará aquí serán exageraciones ni falsedades. Se podrá tildar a este libro, tal vez, de demasiado realista; pero no de deformar la verdad ni en una sola de sus líneas.
 
La autora.



 
 
 
CAPITULO PRIMERO
 
ALBORADA GRIS
 
 
España a principios de siglo.—En aquella ciudad marinera.— 1909.—La toma del monte Gurugú y los sucesos de Barcelona.—“Yo soy anarquista.”
 
 
 
 
 
Yo supe de dolor desde mi infancia.—Rubén Darío.
 
 
 
 
         Si en el agitado y agitador siglo XX que vamos promediando el mundo ha pasado por crisis de transformación, fue en España donde ésta se hizo más completa y radical. Nada, absolutamente nada, queda ya en el ámbito nacional de aquella España espectacular, de espectáculo barato, sensiblera, patriotera y atrabiliaria de principios de siglo.
 
         Los que nacimos entonces y tenemos buena memoria podemos evocar aquellas estampas de nuestra infancia que retratan una vida y unos hechos tan diferentes a los de hoy que diríanse pertenecientes a mundos distintos. Sin embargo, no es demasiado el tiempo transcurrido.
 
         Yo conocí los primeros años de este siglo, que fueron también los primeros de mi vida, en una capital costera, La Coruña, y en el hogar modesto de una familia de militares.
 
         Son tres los recuerdos más vivos que del tiempo aquel tengo grabados en el alma. Los apuros crematísticos de mi abuela para nivelar el presupuesto familiar, manteniendo el decoro externo de “su clase”; los entusiasmos patrióticos de la campaña marroquí de 1909, con la toma del monte Gurugú, y una trágica procesión de náufragos pidiendo limosna por las calles.
 
         El ambiente familiar era, en su modestia, digna; tan lejano del orgullo como de la cursilería. La casa de la fecunda abuela —nueve hijos casados y con numerosa prole todos— era el cuartel general de los nietos y la residencia obligada de los que, como yo, fruto de anteriores uniones, podían no agradar en los nuevos hogares formados por sus padres en posteriores nupcias.
 
         Habían transcurrido pocos años desde “nuestro” desastre colonial, que así se llamaba en mi casa a la pérdida de las Antillas haciendo “nuestra” la desdicha de la Patria, y aún mis tíos cantaban los tangos del repatriado, tangos españoles perdidos ya en el uso popular y sustituidos con desventaja artística y folklórica por otras' tonadas más o menos forasteras. En dichos cantares se exaltaba la grandeza de España y la gloria de su bandera y se lloraba su desventura, expresando el sentir de unos hombres de corazón, perdidos entre un pueblo estólido que reservaba su llanto para la muerte de un torero famoso. En tanto, los Gobiernos ineptos enviaban a los pueblos de origen, con el canuto de licenciamiento, legiones de fantasmas macilentos por la fiebre, que en otro tiempo habían sido los bravos soldados del ejército español y que ahora constituían una complicación más en la vida familiar, con su incapacidad fisiológica para el trabajo.
 
         España, empobrecida por la reciente sangría de la guerra colonial, atravesaba el período de la “peseta enferma”, y tal era el ambiente cuando el año 1909 sonó como un aldabonazo en la conciencia nacional.
 
         En el colegio nos dieron vacación y los templos echaron a vuelo las campanas. Se había tomado el monte Gurugú. En mi casa, mi abuela y mis tías lloraban emocionadas. Mis tíos, los que no estaban “allá”, serios y graves, pronunciaban con fervor el nombre del general Pintos y con entusiasmo el del general Marina; mas su voz se teñía de ira al referir los sucesos de Barcelona, en los que el pueblo —¿el pueblo?— había intentado oponerse al embarque de tropas para Marruecos.
 
         Yo pregunté cómo era posible que hubiese españoles capaces de semejante crimen contra la Patria.
 
         —Porque no son españoles ni tienen Patria—me respondió mi tío Evaristo.
 
         —Pues ¿quiénes son ésos?
 
         —Bandidos que se dicen anarquistas y sólo quieren su propio provecho.
 
         —¿Es que ganan algo en ello?— volví a preguntar.
 
         —-Eres niña muy pequeña para comprender ciertas cosas—respondió mi tío—; pero me alegra que ya te des cuenta de que, cuando la Patria está en peligro, es criminal quien le resta medios de defensa.
 
         Anarquistas se habían opuesto en Barcelona al embarque de tropas para la defensa de España en África; pero ¿quiénes eran y qué querían los anarquistas? Yo conocía a un anarquista. Por lo menos, así le llamaba la gente: “El Anarquista”. Era marinero, marido de una pescadora o vendedora de pescado, a la que llamaban, de apodo, “la Nariguacha”, por su chatez, y ambos progenitores de copiosa chiquillería, siempre descalza y no muy limpia.
 
         En el viejo jardín de San Carlos, centro de reunión de todos los críos del barrio, desde los aristócratas, que acudían con sus ayas y niñeras, hasta los desarrapados hijos de la gente de mar, en pura fraternidad democrática, fue donde conocí e intimé con los hijos del “Anarquista” y “la Nariguacha”.
 
         Un día, una de las niñas me dijo, con envidia:
 
         —¡Huy! ¡Tú desayunas café con leche!...
 
         —Pues ¿qué desayunas tú?— le pregunté.
 
         —Nosotros comemos por la mañana el pescado que mi madre no pudo vender el día anterior, y, como ya está “podre”, sabe mal.
 
         Luego me dijo que ellos no podían comprar café ni azúcar porque costaban mucho dinero, y yo decidí llevarles esos géneros, como así lo hice, hurtándolos de la despensa de la abuela, aunque, para nivelar el secreto déficit, suprimí mi propio desayuno declarando que había perdido el apetito por las mañanas, cosa que sorprendió bastante a mi familia.
 
         Así nació mi amistad directa con “el Anarquista” y “la Nariguacha, que ignoraban el procedimiento empleado por mí para socorrerlos, y, confiada en esa amistad, decidí aquel día preguntar al “Anarquista” algo sobre los sucesos de Barcelona, cuyo comentario tanto me había impresionado.
 
         Se encontraba el hombre sentado a la puerta de su casa, componiendo una red. Su mujer había salido a vender el pescado. Mis dos lustros escasos se encararon con las hirsutas barbas, y le espeté:
 
         —¿Qué es ser anarquista?
 
         —Los anarquistas queremos que desaparezca el dinero —me respondió, con una incongruencia que, desde luego, acepté.
 
         —Sin dinero, ¿cómo íbamos a comprar las cosas?
 
         —Ya nos arreglaríamos— contestó.
 
         No quedé muy convencida; pero como no era aquél el motivo de mi interés, volví a preguntar:
 
         —¿Por qué se oponen los anarquistas al embarque de tropas para África?
 
         —Porque no queremos la guerra. Todos los militares tienen que desaparecer.
 
         Yo pensé en mi familia y no me pareció nada bien aquello. El insistió:
 
         —Tienen que desaparecer los militares y los curas. Son parásitos de la sociedad. Deben morir.
 
         —Pero, bueno, ¿qué pretenden los anarquistas con todo eso?— interrogué, ya impaciente.
 
         Él se levantó de la banqueta en que estaba sentado, me puso una manaza en el hombro y me dijo;
 
         —Eres una chiquilla burguesa. Mala simiente. Pero, en el fondo, tú también eres anarquista. Tú también quieres que nadie padezca dolor ni hambre. Eso es lo que queremos los anarquistas.
 
         Esto ya me pareció mejor; pero repliqué:
 
         —Pues si no quieren dolor, ¿por qué ponen bombas y matan a la gente?
 
         Se enfureció.
 
         —¡Largo de aquí!—me gritó—. Se hace lo que se debe. ¿Lo oyes? Lo que se debe hacer.
 
         Aunque me impresionó su furia, no me fui; quedé pegada al quicio de la puerta. Él se me acercó:
 
         —Bueno; al fin y al cabo, yo no soy capaz de hacer eso, ¿sabes?—me dijo—. Yo no soy capaz... Pero el que lo hace, hace bien. Eso es—y exaltándose—: No debe haber pobres ni ricos. Todos iguales; eso es. Que todos comamos; eso es. ¡Que todos comamos!
 
         Me volví a casa muy impresionada. No encontraba bien aquello de poner bombas, suprimir el dinero y matar curas y militares; pero lo de que comiese todo el mundo me parecía de una lógica indiscutible. Pues ¿para qué, si no, nos había dado Dios estómago a todos?
 
         Poco tiempo después de mi conversación con “el Anarquista” ocurrió un terrible naufragio en los Bajos del Pedrido, que aún no tenían la boya de luz y campana que tantas vidas salvó luego. Un vaporcito de la flota pesquera naufragó casi a la vista del puerto y todos los tripulantes perecieron. Fue el “Unión núm.2”, cuya catástrofe presenciamos desde la galería de la casa familiar mi primo Evaristo y yo, mientras mi abuela y mis tías, horrorizadas, invocaban a Dios y a la Santísima Virgen en favor de los náufragos.
 
         Los dos niños, apretados hombro con hombro, vimos cómo el buque pedía socorro con los rojos faroles de alarma y los cohetes. Vimos cómo las lanchas de salvamento de náufragos intentaban en vano acercarse al arrecife donde el buque estaba encallado. Y, de pronto, vimos, a la luz de una gran llamarada y en medio de un estruendo que se sobrepuso al del mar en borrasca, saltar el buque hecho pedazos por la explosión de la caldera.
 
         Yo rompí a llorar y salí corriendo a reunirme con mis tías y mi abuela, que también lloraban, intercalando en sus rezos exclamaciones de compasión para los pobres náufragos, aunque había esperanza de que se hubieran salvado algunos de los catorce hombres que componían la tripulación.
 
         Desgraciadamente, no fue así, y días más tarde una trágica comitiva recorrió las calles de la ciudad. Delante iban el gaitero y el tamboril, portando enlutados sus instrumentos; seguían cuatro fornidos mocetones llevando un mantón cogido por las cuatro puntas, al que, de ventanas y balcones, lanzaban su limosna los vecinos; cerraban la marcha dos coches descubiertos, cedidos por aristócratas, en los que, enlutadas y llorosas, avergonzadas por la exhibición de su dolor y su pobreza, iban las familias de los ahogados, implorando la caridad pública. Las viudas, los huérfanos, los padres valetudinarios...
 
         Mi abuela también lanzó unas monedas al mantón de los postulantes. Sus ojos estaban llenos de lágrimas; pero nada decía. Fui yo la que habló:
 
         —Abuelita, esos hombres murieron por sacar del mar el pescado que nosotros comemos, ¿verdad?
 
         —Así es—respondió.
 
         —Ganarán mucho, ¿no es cierto?
 
         —Supón lo que ganarán, “filliña”, cuando, si mueren en su oficio, sus huérfanos y viudas tienen que pedir limosna.
 
         —Abuelita, los que mueren por darnos la comida, deben dejar a sus familias lo necesario para que coman. ¡Yo soy anarquista!— declaré con todo el sentencioso aplomo de mis diez años escasos.
 
         ¿Qué dices, pequeña?— exclamó sorprendida mi abuela, mientras se retiraba y cerraba el balcón.
 
         —Que sí, que soy anarquista. No de los de las bombas, no; pero de los otros, ¡sí que lo soy!
 
         Mis tíos y tías rieron aquello que les pareció una gracia y me decían:
 
         —Conque anarquista “de los otros”, ¿eh?
 
         Pero mi abuela me miraba seria y silenciosa, como siempre. Sólo murmuraba, moviendo la cabeza:
 
         —¡Esta pequeña!... ¡Esta pequeña!... ¡Jesús, Jesús!
 
         Así, en plena infancia, nació en mí la rebeldía ante la injusticia social que permitía aquel terrible estado de cosas.
 
¡Qué diferente ahora la vida del trabajador del mar, con sus pósitos de pescadores, sus seguros sociales, sus casas protegidas y las leyes humanitarias, que, si no pueden ponerlos a cubierto del riesgo desgraciado, ya que esto es imposible, por lo menos alejan de los hogares en luto el fantasma de la miseria.
 
         Al volver la vista atrás, tenemos que parafrasear la copla de Jorge Manrique, diciendo:
 
 
-Cualquier tiempo pasado
“fue peor”.     
 
 
 
 
 
 
 
CAPITULO II
 
YO ERA ESTUDIANTE
 
 
1917.—Los nuevos ricos y el hampa.—Descontento popular.—Pablo Iglesias y el P.S.O.E.—Huelga de agosto.—Atea y materialista.
 
 
 
         El galopar del tiempo dejó atrás infancia y terruño. Vicisitudes de todas clases, entre ellas 1ª muerte de aquella santa mujer que fue mi abuela, me llevaron a Madrid, a casa de mi madre, casada con un aristócrata en decadencia, que conservaba, con un culto casi místico a su blasón, el culto, para mí más precioso, de la caballerosidad intachable.
 
         Fui acogida amorosamente. De esta unión habían nacido dos hijos varones, y, siendo yo la única hembra, me fue fácil lograr un cariño que, de hecho, estaba esperando mi toma de posesión.
 
         Eran los días de la primera guerra mundial. Años 1916 y 1917, en los que cursé mis estudios en la Escuela Normal de Maestras. De noche, nos reuníamos varias compañeras a estudiar en casa de una profesora común. A veces la velada se prolongaba y cerca de las diez nos separábamos.
 
         Fue una de esas noches cuando me hirió el espectáculo, para mí desconocido hasta entonces, de los mendigos durmiendo en los quicios de las puertas y en las escalinatas de los templos y los palacios. También contemplé los enracimados de golfillos en la Plaza Mayor dándose mutuo calor con su miseria, y todo esto me impresionó dolorosamente, porque, al mismo tiempo que los miserables dormían a la intemperie, sobre el duro suelo, se hacían en España los más grandes negocios, que permitían amasar, casi sin esfuerzo, fortunas cuantiosas.
 
         En el teatro y en la prensa se satirizaba al nuevo rico y se fustigaba a los acaparadores que medraban a costa del hambre del pueblo; pero nadie se preocupaba de corregir seriamente aquellos abusos y nadie, como no fuese por pintoresquismo de aguafuerte, se acercaba a los pobres golfillos sin pan ni techo. Nadie se acercaba a ellos con el decidido propósito de hacerlos hombres de bien.
 
         Ante estas cosas, el pueblo, el pobre pueblo, cada vez más aspeado, más enteco y más envenenado por el egoísmo de unos y los odios de clase de otros, se mostraba inquieto y rebelde. Hacía ya unos años, Pablo Iglesias había recogido ese, entonces, incipiente malestar social y creado en España, bajo los auspicios del manifiesto comunista de Carlos Marx, el Partido Socialista Obrero, que cada día engrosaba su número de afiliados; pero las anormalidades y abusos creados por la guerra, pese a nuestra neutralidad, exasperando la protesta de las clases populares, dieron tal avance al Partido Socialista y a su anejo sindical, la Unión General de Trabajadores, que, ante una nueva alza en el precio de las subsistencias, los dirigentes proletarios se creyeron en la oportunidad de desarrollar la huelga revolucionaria que tuvo lugar en agosto de 1917.
 
         El Comité de huelga estaba constituido por los cuatro hombres más representativos del movimiento obrero después de Pablo Iglesias, que eran el profesor Besteiro, el albañil Largo Caballero y los tipógrafos Saborit y Anguiano.
 
         El Gobierno sofocó la intentona y al penal de Cartagena fueron los cuatro revolucionarios marxistas; pero, como entonces éstos representaban el espíritu de rebeldía nacional ante las injusticias del ambiente, se elevó un clamor de protesta de toda España en favor de los presos, y al celebrarse poco después unas elecciones generales, los cuatro del Comité salieron del penal con la investidura de diputados a Cortes por Madrid.
 
         No tardaron los estudiantes en sumarse al sentir popular. La generosidad juvenil se incorpora siempre a toda causa noble, y, si bien el estudiante de entonces, un poco bohemio, frecuentador de garitos y burdeles, faltón a clase y conquistador de modistillas, era muy diferente al universitario de hoy, estudioso, preparado y honesto, le igualaba, si no en el amor a los libros, sí en el entusiasmo arrojado para dar su calor y su valor al bien y a la justicia.
 
         Yo era estudiante, aunque no universitaria, que entonces había muy pocas, y por los hermanos de mis compañeras conocía el sentir de la clase estudiantil y lo aprobaba de corazón.
 
         Excusado será decir que mi familia no compartía mi manera de sentir y de pensar. Mi padrastro, tradicionalista y conservador, no veía bien las aspiraciones de los obreros, y mi madre, fervorosamente católica, no podía estar conforme con quienes portaban en su programa, como artículo inicial, el anticlericalismo más exaltado.
 
         Por si todo esto fuese poco, por entonces contraje una gran amistad con uno de los hombres más ilustres de la ciencia española, pero ateo y materialista: el doctor Verdes Montenegro. Casado y sin hijos, puso en mí la ternura paternal que a sus vástagos hubiera dedicado, y, como había entre nosotros una gran afinidad espiritual, a pesar de ser él más de treinta años mayor que yo, me asimilé pronto sus ideas y sus palabras eran para mí axiomáticos artículos de fe.
 
         Este hombre, que murió hace poco converso gracias a la misericordia de Dios, era estrictamente moral y bondadoso, con un gran calor humano en todas sus cosas; mas, en contraste, de un ateísmo frío, positivista y razonador. El me hizo conocer a Kant, Renán, Schopenhauer y demás filósofos materialistas, llegando a convencerme de que Dios no existía, pues este mundo, tan injustamente organizado, no se compagina con la existencia de un Dios de justicia, árbitro de todos los seres y de todas las cosas.
 
         Me entristecía pensar- que no había Dios. ¡Era tan bonito, tan consolador, descansar en Él y en Él confiarse...!
 
         —Sí—me replicaba mi viejo amigo—; muy bonito. Por eso el hombre primitivo creó a Dios.
 
         —De niños nos han dicho que Dios creó al hombre— le objeté.
 
         —Pues fue al contrario. Por necesidad de buscar explicación al misterio y consuelo al dolor, la ignorancia y la angustia del hombre crearon a Dios.
 
         Yo creía entonces que el doctor tenía razón. No era posible que un Dios de bondad y de justicia tolerase lo que en el mundo ocurría. No pensaba, ¡pobre de mí!, que "la tierra no es el centro de las almas”, y que el dolor, el sacrificio, el martirio, en suma, son crisoles donde las almas se purifican para lograr el acceso a otra vida mejor, en otro reino que “no es de este mundo”.
 
         Todas estas reflexiones tardaron veinte años largos en llegar. Por entonces yo era atea, materialista y revolucionaria cien por cien, tanto que para no someterme a otra disciplina que la de mi propio criterio, rehuí ingresar en ninguna sociedad, partido ni grupo en los que entonces
formaba la juventud.
 
         Expresiva y sincera, no recaté a mi familia estas ideas, y el resultado fue una continua y desaforada discusión, en la que intervenían mi padrastro o mi madre, o bien los dos a la vez, terminando siempre con el enojo de mi padre político y una llantina de mi pobre madre; mas yo no me convencía y continuaba firme en mis conceptos.
 
         Entretanto, la situación política de España abocaba al caos. El malestar popular ascendía a las clases moderadas e, incluso los sectores elevados dejaban notar su descontentó. Queriendo atajar el mal, se formaban Gobiernos que duraban en el Poder menos tiempo que habían tardado en constituirse. Se llegó a la fórmula heroica de un llamado “Gabinete de notables”, formado por los jefes de todos los partidos, presididos por don Antonio Maura. Y los “notables” fracasaron ruidosamente también.
 
         Tal desbarajuste era aprovechado sabiamente por los agitadores de oficio. La revolución bolchevique, triunfante en Rusia, lanzó sus emisarios a España y comenzaron en Barcelona una serie de sucesos criminales que hasta sus fautores ignoraban quién y por qué los ordenaba, pues el que aparecía como agente directo no era sino un intermediario y, a veces, ni siquiera el principal.
 
         Así llegó el año 1921, fatal en la Historia de España, pues en él ocurrieron tres sucesos graves. El asesinato del entonces jefe del Gobierno, don Eduardo Dato, por los comunistas de acción Matéu, Nicolau y Casanellas; la constitución del Partido Comunista con elementos escindidos del socialista, entre los que se contaban Anguiano y la activista Otilia Solera, y, por último, el desastre de Annual, en Marruecos, por el cual, en una sola noche, perdió España casi todo su territorio marroquí, con el derrumbamiento de la Comandancia General.
 
         A partir de estos hechos fue España a la deriva, de tumbo en tumbo, según el criterio del timonel que guiaba la nave gubernamental. Los trabajadores en paro forzoso pedían limosna en la calle; los mendigos profesionales y los golfillos hampones formaban legión que acosaba al transeúnte; en la Casa del Pueblo se propugnaba la revolución social y se organizaban huelgas interminables. En Barcelona, los obreros, divididos en bandos rivales, se acribillaban a balazos; en el Congreso, los diputados se abofeteaban. La Prensa daba el espectáculo de polémicas poco edificantes, y en el teatro, el público se reía celebrando las caricaturas que le servían de los gobernantes de turno y las coplas intencionadas que los ridiculizaban.
 
         En mi mundo interior no eran menores la confusión y el descontento.
 
         Me sentía en una sociedad tan desorganizada; comprendía que entre todos los inadaptados debíamos hallar la fórmula de arreglo; pero ¿cuál habría de ser ésta?
 
         Al mismo tiempo, sabía que si me encuadraba en un sector de lucha sería romper para siempre con la familia, y no quería dar a mi madre tal pesar. ¿Qué hacer? Vacilaba y entretanto estudiaba, escribía y discutía de todo lo humano y lo divino.
 
         Y algunas veces me concedía algún descanso, yendo a pasear por el Retiro con un libro de versos en la mano.
 
 







 
 
CAPITULO III
 
ME HICE PERIODISTA Y FUI ORADORA
 
 
Ganarás el pan.—1921-1923.—El general Primo de Rivera.—Dictadura y “dictablanda”.—Un discurso embotellado y otro subversivo.—La Casa del Pueblo.—U.G.T. y P.S.O.E.
 
 


         La situación en mi hogar llegó a ser tan tirante que hube de tomar una seria determinación. Mi madre deseaba, a todo trance, hacer de mí una fervorosa católica; yo me rebelaba violentamente, y mi padrastro no quería tolerar mis intemperancias. No había día que no tuviésemos un serio disgusto y mis veinte años sabían ya de muchas amarguras que la mayoría de las muchachas ignoran a esa edad, por su buena fortuna.
 
         Un día comuniqué a mi madre mi decisión. Debíamos separarnos. Sería la mejor para las dos.
 
         —¿De qué vas a vivir?— me preguntó.
 
         —No te preocupes—le respondí—; me sobran medios.
 
         Mi madre me miró de un modo especial. Yo comprendí su sospecha y me dolió.
 
         —No temas que haga nada indigno—le dije—. ¿Tan poco me conoces? Daré clases a domicilio; prepararé niñas para ingreso en la Normal.
 
         —¿Tienes ya algunas?
 
         —Sí; y espero dentro de poco tener más de las que necesito para atender a mis gastos, que no serán muchos.
 
         Y, como dice Máximo Gorky, al final de su libro Mi vida en la niñez, “me fui por el mundo”.
 
         Primero fue mi albergue una pensión modestísima de la calle de las Huertas; luego, poco a poco, fui mejorando de alojamiento, con el orgullo de mi esfuerzo y la dignidad de mi trabajo honesto.
 
         Mi buen amigo el doctor Verdes Montenegro me ayudó mucho en esta etapa de mi vida. Él me recomendaba, me proporcionaba lecciones, me presentaba a todo el mundo. Un día me dijo:
 
         —Puesto que escribe usted, ¿por qué no publica lo que hace?
 
         —No se me ocurrió nunca—le contesté—. Yo escribo por necesidad espiritual; pero publicar estas cosas..., ¡habiendo tantos y tan buenos escritores...!
 
         Sin embargo, al poco tiempo publicaba mi primer artículo —que, por cierto, fue una diatriba contra el feminismo— en el diario madrileño El Día. De éste pasé a Hoy; luego colaboré en La Voz, de la que, andando el tiempo, habría de ser directora. También colaboraba en las revistas ilustradas Nuevo Mundo, La Esfera, Blanco y Negro, Lecturas y varias más. Al mismo tiempo, era redactora de una agencia de Prensa para provincias y América, de la que era fundador, director y propietario el inteligente periodista Valentín Fernández Cuevas. Por aquel entonces fui presentada al editor Alejandro Pueyo, que tenía su librería coquetona en el primer trozo de la Gran Vía, y cuya mujer, encantadora e inteligente coruñesa, hija también de librero, se esforzó en abrirme camino, presentándome a los mejores periodistas y literatos de entonces.
 
         Con todo esto, las clases preparatorias del período inicial de mi vida independiente habían quedado definitivamente suspendidas. Con mis colaboraciones literarias y alguna publicidad industrial ganaba lo suficiente y algo más, pues mis necesidades nunca fueron dispendiosas.
 
         Eran los tiempos de la dictadura primorriverista y en España se vivía bastante bien con poco dinero.
 
         El entonces capitán general de Cataluña, asqueado del espectáculo que ofrecía el área nacional, de un mandoble de su espada cortó aquella vergüenza el 13 de septiembre de 1923, y comenzó una etapa de paz, trabajo y dignidad cívica, al ser regidos los destinos de España por el enérgico Directorio Militar.
 
         Con un criterio tan justo como hábil, se acercó Primo de Rivera a la Casa del Pueblo, ofreciendo a los obreros un puesto de representación en el Consejo de Estado, propuesta que fue aceptada, y tras la elección correspondiente, Largo Caballero ocupó tal puesto.
 
         Esto desató la fobia comunista, que acusó a los socialistas de pactar con el general “tirano”; pero los denostados no se dieron por enterados y realizaron una orientadora labor en la Junta de Reformas Sociales, único organismo que entonces regulaba toda función de trabajo.
 
         Con Primo de Rivera se pacificó el país. El general Martínez Anido, desde el Ministerio de Gobernación, logró el milagro con su peculiar energía, y España respiró tranquila, libre de huelgas, revueltas y atropellos.
 
         Por si algo faltaba, Primo de Rivera llevó a cabo la reconquista de Marruecos, no sólo recuperando lo perdido en la triste rota de Annual, sino ensanchando el territorio hispano-marroquí. Moralizó las costumbres, prohibiendo el juego y declarándolo ilegal, y dictó disposiciones para la recogida y educación de golfillos y maleantes.
 
         Todo era paz, bienestar y. trabajo. España iba camino de su resurgimiento; pero... A veces fallan los resortes que se creían más seguros, y a España le falló la energía del general Primo de Rivera.
 
         Sin duda, mal aconsejado por los prohombres del partido de su personal creación, la Unión Patriótica, sustituyó el primitivo Directorio Militar por un Gobierno de hombres civiles que, salvo raras y honrosas excepciones, lo hicieron tan mal como sus antecesores constitucionales.
 
         Volvió el malestar popular a dejarse sentir. Los militares llamaban despectivamente a los nuevos gobernantes “los civilones de la dictablanda”, y, así, a pesar de las disposiciones en vigor que habían encauzado sabiamente la vida nacional, como esas disposiciones no eran cumplidas, se volvió a los bochornosos y deprimentes espectáculos de años anteriores, con sus disturbios, sus obreros en paro y sus calles invadidas por la chusma de golfos y maleantes.
 
         Una tarde comentaba yo estas cosas en mi estudio con un compañero de Prensa Cuevas llamado López Rey, cuando éste me dijo:
 
         —Habla usted muy bien y dice cosas originales. La voy a presentar al doctor Navarro Fernández, para que tome usted parte en la campaña de Higiene Social.
 
         Le autoricé a ello. Aquello de “higiene social” me gustó. Realmente, la sociedad necesitaba una higienización a fondo.
 
         Una vez presentada al doctor Navarro, acudí a uno de los mítines domingueros que éste organizaba y mi decepción fue terrible. Allí se trataba de higiene, sólo de higiene, así, con minúscula, y lo social no aparecía por parte alguna. Sin embargo, yo me había comprometido y, resignadamente, me fui a mi casa y, con grandes trabajos, me puse a hacer un discurso sobre la crianza del niño. Me lo aprendí de memoria, desde el “Señoras y señores” hasta el “He dicho”, y esperé la llegada del domingo, día de mi debut como oradora.
 
         Cuando acudí al teatro, que era el Calderón, me encontré en el escenario un conclave de sabios doctores, entre los que se hallaba mi buen amigo Verdes Montenegro. Era el día de la Fiesta de la Flor, cuyo producto se destinaba a combatir la tisis, y aquellos sabios se esforzaron en explicar al auditorio cómo la tuberculosis es una enfermedad que se adquiere por vivir en casas infectas, trabajar con exceso y comer poco, y que se cura con todo lo contrario.
 
A medida que el mitin avanzaba, nacía en mí una indignación explosiva. Al fin, cuando llegó mi turno, se me olvidó el precioso discurso que llevaba embotellado y comencé diciendo que aquellos sabios se estaban desperdiciando, ya que perdían su tiempo y su talento dedicados al estudio de una enfermedad que declaraban incurable, pues si la tuberculosis se adquiere por ser pobre y se cura siendo rico, dicho está que ese mal no tiene curación en la medicina, sino en la sociología, y, aún más, en la terapéutica social y viva de una revolución.
 
         La que armé con el discursito fue de época. El público, puesto en pie, aplaudía sin cesar; yo, cada vez más enardecida, pasaba de un aspecto a otro de la cuestión, hallándole matices nuevos, y hablé de los golfillos abandonados, de las madres hambrientas, de los niños sin pan ni hogar y no sé de cuántas cosas más. De todo, menos de cómo deben criarse los bebés en buena higiene.
 
         Aquella misma tarde se presentaron en mi casa dos obreras de la Casa del Pueblo que, sabedoras de lo ocurrido por la mañana en el teatro Calderón, venían en nombre de las obreras de la aguja a pedirme que les diese una conferencia sobre sociología. ¡Nada menos!
 
         La juventud es osada, y la ignorancia, atrevida. Yo tenía ambas cosas, y me comprometí a darles la pretendida conferencia. Fue en el salón teatro de la Casa del Pueblo, que estaba lleno de bote en bote. ¿Qué les dije? No lo sé.
         Llevaba un guion preparado y lo desarrollé en parte, y en parte, improvisé; pero les gustó mucho todo aquello y me llovieron peticiones de conferencias, charlas y discursos para los diferentes círculos y filiales de la Casa del Pueblo, del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores.
 
En todas partes era presentada como la “señorita simpatizante”, y yo me iba enterando de la organización y funcionamiento de las entidades obreras y me interesaba en sus problemas, aunque siempre más en el aspecto sindical que en el político.
 
         Así las cosas, hice un viaje por Andalucía. Visité las provincias de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada y vi la
honda tragedia del campo andaluz. Andalucía no es solamente el patio pinturero del teatro quinteriano. Vi toda la injusticia administrativa del latifundio inculto, mientras cientos de braceros se morían de hambre por falta de trabajo. Vi el arbitrario disfrute del beneficio entre el prócer propietario, el intendente general, el administrador local, el apoderado, el capataz, el “aperaor”... Y con tanta gente viviendo del producto de la tierra, al verdadero productor, como es el último, no llegaban más que unos realillos de jornal y un racimillo de uvas o un puñado de olivas.
 
         La tragedia honda del pueblo andaluz se me entró en el alma, y a mi regreso a Madrid ingresé en el Partido Socialista y en la Unión General de Trabajadores. La noticia fue difundida por la Prensa, y días después, a la salida de un mitin, la abogado republicana Clarita Campoamor me dijo:
 
         —¿Cómo ha sido eso de irse usted con los obreros? Esa gente huele mal. Además, ¿qué pueden darle?
 
         —Yo no me voy con los obreros, como usted dice, para que me den nada—le repliqué—. Ingresé en el Partido Socialista porque, además de lo que he visto, creo que la única solución del problema está en la socialización de los medios de producción y cambio y en la colectivización de la riqueza que preconiza Carlos Marx. Voy con los obreros, no a que me den, sino a darles yo mi entusiasmo y mi labor, que creo es labor de justicia.
 
         —-Es usted una romántica impenitente—me lanzó Clarita—. Que no le pese.
 
         Y se fue calle de Alcalá abajo, con su aire, un tanto petulante, de solterona sabelotodo.
 
         Días después, el general Millán Astray, heroica representación de las más puras glorias militares, cuya amistad me honraba ya entonces, me dijo:
 
         —¿Conque te has hecho socialista? No está mal. Yo sólo conocí dos socialistas honrados: el doctor Jaime Verá y tú. Pero el doctor estaba loco y tú también lo estás. Por lo demás, no tiene importancia.
 
         Tampoco a mi gran amigo Verdes Montenegro le entusiasmó mi decisión.
 
         —Todos los redentores suben al Calvario. ¡Ojalá seas tú una excepción!—me dijo—. De todos modos, habrías de seguir tu impulso. Y mi calvario, aunque interior e incruento, no fue por eso menos doloroso que los padecidos por todos los que me han precedido en el fracaso de una idea en la que hemos puesto lo mejor de nuestra vida.
 
         Mas entonces estaban aún lejanos los días amargos. Yo vivía mis candentes entusiasmos y todas las noches me dormía con un libro de Marx en las manos.






 
 
 
 


CAPITULO IV
 
PROPAGANDISTA DE AGITACION
 
 
 


Campaña revolucionaria—1930.—Gobierno Berenguer.—La vida en un hilo.—Sucesos de Jaca.—1931.—Cambio de régimen.—Nobleza del pueblo español.
 
 




         Pronto el Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores me utilizaron para la propaganda revolucionaria.
 
         No era fácil tarea, en aquellos días de la dictadura primorriverista, desarrollar temas subversivos, pues no se permitía hablar más que de asuntos económicos y sindicales; pero los dirigentes —creo que fue Manuel Cordero el que tuvo la idea— hallaron un resorte que, bien utilizado, dio excelentes resultados.
 
         El Partido Socialista tenía, además de la cooperativa de
consumo, la de casas baratas y varios centros de producción organizados también en cooperativa. Este era un asunto económico, sin duda alguna; pero, logrando autorización para tratarlo en público, de sus derivaciones ya se encargarían los oradores, según la habilidad de cada uno.
 
         Expusimos al Gobierno nuestros deseos y se nos permitió desarrollar una campaña cooperativista en toda España, con la única condición de que sólo se había de hablar de cooperativas.
 
         Así se hizo; mas como el cooperativismo es un régimen colectivista, al hacer su apología con cierta intención, hacíamos la del Partido Socialista, cantando sus excelencias en oposición a las miserias del régimen burgués.
 
         A ciencia y paciencia de los delegados de la autoridad, que, sentados al lado de la presidencia asistían a nuestros actos de propaganda, realizamos la campaña de agitación marxista más intensa que hasta entonces se había hecho, sin hablar más que de cooperativas, como nos tenían ordenado; pero los comentarios que hacíamos, y aún más los que sugeríamos, eran verdaderos explosivos.
 
         Esto, en público y para el público en general, que privadamente, ¡cuánto se “hacía” en las entrevistas previas con los dirigentes de cada localidad!
 
Se les daban instrucciones, se les inculcaba doctrina, se hacía de ellos secuaces tan adictos que habrían de continuar nuestra misión ciegamente.
 
         Yo misma, en un mes escaso, recorrí haciendo esta labor la cuenca minera de Asturias: Turón, Mieres, Laviana, Ciaño, Aller, Alboraya, etc. De allí pasé a León, recorriendo la región agrícola del Bierzo, para seguir a la zona minera e industrial de Bembibre, Villablino y Toral de los Vados, desde donde, por el ferrocarril directo Ponferrada-Peñarroya, enlacé con la cuenca minera de Peñarroya-Pueblonuevo. De aquí subí hasta Puertollano, y ya desde esta cuenca minera regresé a Madrid, con un haber de treinta y tres mítines celebrados en pro de las cooperativas.
 
         Eran días de intensa agitación. Los “civilones de la dictablanda” lo hacían cada vez peor y el descontento invadía las clases intelectuales, pues hasta el Ateneo se había convertido en centro de conspiración y los mismos militares, siempre tan ajenos a la política, dejaban ver su disgusto.
 
         El general Primo de Rivera, pese a su buena intención, se había convertido en instrumento de los hombres de gobierno que le rodeaban, y que tenían, casi todos, las secuelas de los viejos políticos. Tal vez el general, en su fuero interno, añorase los días del glorioso Directorio Militar; pero ya el mal no tenía remedio posible y ocurrió lo que tenía que suceder. Enterado el monarca de tal estado de cosas, retiró su confianza al general Primo de Rivera y este fue sustituido por otro general: Berenguer.
 
         Éste inició una política de libertades más amplias; pero el descontento había llegado a tales extremos que la opinión pública no se conformaba con una simple transformación de Gobierno y exigía un cambio de régimen.
 
         Se intentó contemporizar llegando a concesiones claudicantes, que envalentonaron a la oposición, y en diciembre de 1930 se intentó un movimiento revolucionario para implantar la República.
 
         Las organizaciones obreras se prepararon para el caso. Yo fui comisionada para llevar proclamas y municiones a los trabajadores de Toral de los Vados, donde había un gran contingente de afiliados marxistas entre los operarios de la fábrica de cemento “Aslam”. Portaba dos maletas de gran tamaño, una llena de hojas de papel y, otra de cargadores de pistola. Me fueron a despedir a la estación de Madrid los compañeros dirigentes que, ya en el tren, me dieron las últimas instrucciones. Yo debía dejar todo en Toral, donde los camaradas de allí me estarían esperando, y éstos se encargarían luego de la distribución de las armas y la propaganda. Como señal de identidad, debería yo llevar un ejemplar del diario “El Socialista” en la mano; mas no era conveniente que lo exhibiese hasta llegar a Toral, para no despertar sospechas, cosa, por otra parte, difícil, pues en aquellos tiempos nadie podría suponer fuese agitadora marxista una señora joven y elegante que viajaba en primera, ataviada con magnífico abrigo de castor del Canadá.
 
         Elegimos para acomodarme el último departamento de un vagón contiguo al gabinete de aseo, que, por no tener más que tres asientos, ofrecía posibilidad de viajar sin compañía.
 
         El tren llegaba a Toral después de las dos de la madrugada. Yo dormiría en Toral en casa de unos compañeros, y la mañana siguiente, por carretera, iría a Ponferrada donde había de entrevistarme con los dirigentes de allí y darles instrucciones
 
         Sonó el silbato, arrancó el tren, y en la prisa por evitar un improvisado viaje, los dirigentes se apearon sin haberme colocado en la rejilla las voluminosas maletas que, en unión de un pequeño maletín de aseo, formaban mi equipaje.
 
         Yo contemplaba aquellos pesados bultos sobre el asiento del vagón, como pudo contemplar Pandora la caja de los males del mundo, e intenté izar la maleta más pequeña, pero inútilmente; su peso era excesivo para mis débiles fuerzas.
 
         Cuando mayores trabajos pasaba, la pareja de la Guardia Civil de escolta en el tren se paró ante la puerta del departamento.                
 
         El guardia más joven me preguntó:
 
         —¿Qué le pasa, señora? ¿Pesa mucho la maleta?
 
         —Sí...—respondí un poco alarmada.
 
         —Vamos a verlo —dijo el guardia; y uniendo la acción a la palabra, de un envite, colocó sobre la red el artefacto.
 
         —Vamos con la otra —dijo; y repitió la operación, colocando la segunda maleta al lado de su compañera.
 
         Yo apenas respiraba. Un mundo de ideas, y ninguna buena, me asaltaron. Tal vez una traición, una delación de alguien...
 
         Pero el guardia se volvió y, sonriente, me dijo:
 
         —Ya está. ¡Sí que pesan las maletitas!...
 
         —Van llenas de libros —murmuré, suspirando con verdadera felicidad.
 
         —Pues si algo más se ofrece, a mandar —volvió a brindarse el joven guardia, mientras su viejo compañero, desde la puerta, nos miraba con aire entre distraído y aburrido.
 
         Al llegar a Toral, los compañeros que me esperaban, bajaron las célebres maletas, y todos reímos de buena gana a costa del episodio del guardia, mientras consumíamos unas lonchas de jamón curado al humo y unos vasos de buen vino del Bierzo. Bien necesitaba yo el refrigerio, para reponerme del susto pasado. ¡Si se le llega a caer al guardia la maleta más pesada y salen los cargadores al exterior...! En fin; no pasó así, y más valía no pensarlo.
 
         Este incidente no disminuyó mis entusiasmos en la lucha. Si yo hubiese nacido varón —cosa que no me habría agradado nada— sería marino. Me gusta luchar con fuerzas superiores y esquivarlas o vencerlas, y si algún día caigo, como sé que alguna vez y de algo hay Que morir, no deploraré el golpe sino porque me inhiba de continuar mi lucha.
 
         Estaba yo por entonces convencida de que defendía una causa justa, y ¿qué importaban la vida ni la muerte ante el triunfo de una idea que había de ser, según yo creía, la salvación de mi Patria y la redención de las clases obreras?
 
         Días después, salía con una misión parecida para Martos, en la provincia de Jaén, y lo mismo que yo, multitud de propagandistas agitadores cruzaban España en todas direcciones.
 
         Todo estaba previsto y bien dispuesto; pero la impaciencia del capitán Fermín Galán, de guarnición en Jaca,dando la voz de rebelión antes que el resto de España estuviese preparado, hizo fracasar el movimiento, fracaso que pagó con su vida, en unión de su compañero de armas e ideas García Hernández.
 
         Las leyes en estos casos son terminantes y los militares rebeldes fueron fusilados a los pocos días de la sublevación.
 
Sus nombres, agitados como banderas al viento revolucionario, sirvieron más de muertos que de vivos a la causa republicana. Berenguer dimitió su puesto de gobierno y le sustituyó el almirante Aznar, que arribó a la presidencia del Consejo con el propósito declarado de convocar unas elecciones que tendrían valor plebiscitario.
 
         Se iban a repetir las jornadas electorales de 1918, cuando del penal de Cartagena salieron, hechos diputados, los miembros del Comité de huelga. A la sazón, también estaban presos en la Cárcel Modelo de Madrid los hombres del Comité revolucionario, compuesto por republicanos y socialistas, entre los que se encontraban Largo Caballero, y Fernando de los Ríos, con Alcalá Zamora, ex ministro de la Monarquía, hecho republicano a última hora.
 
Temía el Gobierno que unas elecciones generales hiciesen salir triunfantes y con la investidura parlamentaria a los presos de entonces igual que los de antaño habían salido, y como, por otra parte, no se podía rehuir la consulta a la opinión pública, se optó por una fórmula que el Gobierno creyó innocua. Habría elecciones, sí; pero elecciones municipales.
 
         Aquello decepcionó a muchos. En la Casa del Pueblo se entablaron polémicas entre los partidarios de acudir a las elecciones y los que aconsejaban la abstención. “Sarracenos”, que así se nombraba a los abstencionistas, acaudillados por Besteiro y Saborit, e “isabelinos”, que eran los partidarios de acudir al plebiscito, se esforzaban inútilmente en hacer prevalecer cada uno su criterio, cuando de la misma cárcel salió la solución.
 
         Aparte de los miembros del Comité, estaban encarcelados gran número de hombres y mujeres, más o menos complicados en los sucesos de diciembre, y a las horas de visita los alrededores de la cárcel ofrecían pintoresco aspecto por la multitud que formaba cola para saludar a los presos.
 
Yo tuve la suerte de ser de los visitantes, aunque “méritos” había hecho para ser visitada, y en una ocasión, un compañero que conmigo venía, me dijo al salir de la prisión:
 
         —Voy a “fumar” este pitillo que me dio Caballero. Y así diciendo, sacó del bolsillo el cigarrillo, que minutos antes le había dado a través de la reja, el secretario de la U.G.T. Pero en lugar de prenderle fuego lo desmenuzó, y de entre el tabaco picado sacó una diminuta bolita blanca, no mayor que un grano de arroz. Con sumo cuidado la fue ablandando y despegando, hasta que el papel pudo ser extendido, pues se trataba de una finísima hojita de papel cebolla, escrita en taquigrafía de caracteres minúsculos.
 
         Así salieron las instrucciones revolucionarías de la Cárcel Modelo. En aquella hoja, Largo Caballero aconsejaba que se acudiese a las elecciones si éstas se celebraban, aunque fuesen elecciones municipales, “pues —decía— si triunfa la candidatura republicana en toda España, al día siguiente y a la misma hora se podrá izar la bandera tricolor en todos los ayuntamientos”.
 
         El período electoral fue de locura. Todo lo silenciado durante tantos años salía a la plaza; pero no ya tal como los hechos habían sucedido, sino deformados por la fermentación de un odio tanto tiempo contenido.
 
         El clamor era imponente. Todos los propagandistas fuimos movilizados para campañas intensas. Yo misma llegué a dar tres mítines diarios en diferentes localidades, entre mañana, tarde y noche, sin tiempo casi ni para comer ni para descansar. Se jugaba el porvenir de España, y nadie podía prever la suma de desdichas que nos buscábamos creyendo labrar la felicidad colectiva.
 
         Ortega y Gasset dirigía a los rurales su famoso grito: “Los pueblos, en pie”, y con el pensador estaban, en espíritu y presencia, valores tan legítimos como el doctor Marañón y el literato Pérez de Ayala. Hasta las clases pudientes y la gente más de orden anhelaban un cambio radical en la vida de España, sin sospechar que, escapando de la sartén, iban a caer en el fuego.
 
         El 14 de abril de 1931 triunfó tan rotundamente la candidatura republicana, que hasta en la sección primera del distrito de Palacio, de Madrid, tuvo mayoría. Los empleados de la Real Casa habían votado contra el rey.
 
         Triunfó la República con pleno derecho. Armas de papel Habían abatido un trono secular, v muchos fuimos los que nos hicimos la santa ilusión del nacimiento de una España nueva, regida por la razón y la justicia en dichosa fraternidad de clases, compenetradas para el bien común.
 
         El desbordamiento del entusiasmo popular estuvo exento de odios y violencias; todo el furor se concentró en torno a las estatuas públicas y los escudos que lucían algunos edificios, y con saña iconoclasta se dedicó el pueblo a derribar erigidos y arrancar coronas, mientras entonaban canciones revolucionarias; pero no hubo ni un solo atentado, ni una sola víctima en aquellas jornadas de expansión libre. El rey pudo abandonar España sin que nadie le molestase y el barco que lo llevó de Cartagena a Francia no arrió el pendón real ni la bandera monárquica hasta que el rey desembarcó.
 
         Una anécdota conozco, ésta por referencias, ocurrida en la carretera de Cartagena la noche histórica del 14 al 15 de abril de 1931, que demuestra la nobleza del pueblo español, cuando fobias malsanas no lo envenenan.
 
         Dos obreros pertenecientes a la Casa del Pueblo de una pequeña localidad levantina, seguros ya del triunfo republicano, fuéronse de caza a un cerro próximo a su pueblo. Para estar de amanecida en sus puestos salieron de noche, y a fumar un cigarrillo se sentaron en una loma que dominaba la carretera. Charlaban sobre las incidencias del día y las consecuencias posibles del triunfo electoral, cuando llamó su atención un coche que, marchando a toda velocidad, paró en seco, a consecuencia, sin duda, de una avería.
 
         A poco se acercó al vehículo la pareja de la Guardia Civil y nuestros hombres vieron con asombro cómo los guardias se cuadraban y presentaban armas; pero mayor fue su sorpresa cuando se abrió la portezuela del coche y de su interior descendió Alfonso XIII.
 
         —¡Es el rey! Yo lo mato —dijo uno de los hombres, echándose la escopeta a la cara. Pero el otro la desvió, diciendo:
 
         —Déjalo. ¿No ves que va huido?
 
         Otro coche llegaba en aquel momento a la altura del primero, y reparada la pequeña avería, reanudaron su marcha los viajeros, ajenos al riesgo que habían corrido. La Guardia Civil se mantuvo en posición de firmes hasta que los coches desaparecieron en la lejanía.
 
         Todo esto era hermoso, como lo era el protector respeto dispensado a la reina y los infantes camino del exilio, como lo fue la custodia ejercida por la guardia ciudadana en el Palacio real, para evitar desmanes. Magnífico era; pero ¡qué poco duró!
 
         Los comunistas empezaron a denostar lo que ellos llamaban “revolución de guante blanco” y la sustituyeron por la de guante rojo, de carnicero; mas no fue esta iniciativa netamente española, sino la primera sugerencia de la Internacional Comunista, representada por el Komintern, de Moscú.
 
         Por razones geográficas y de incultura, Rusia desconocía España hasta la proclamación de la República, a pesar de que el Partido Comunista llevaba diez años de existencia en nuestro país. Mas, apenas implantado el nuevo régimen, se dio cuenta Moscú de la importancia de España como posición estratégica para la bolchevización de Europa y acometió la empresa de conquistarla ideológicamente.
 
         En los primeros días de mayo de 1931 vino a Madrid Bela Kun, el persa renegado, bolchevizador de Hungría, con instrucciones concretas para organizar el Partido Comunista y lograr su fusión con el socialista, que sabía era numeroso.
 
         Había celebrado ya varias entrevistas con los dirigentes de mi partido, el día que lo conocí en la Granja El Henar, en la tertulia adonde lo llevó Álvarez del Vayo, antes de salir para Méjico de embajador de la República.
 
         Acudíamos allí varios escritores del Partido Socialista, entre ellos Luis Araquistáin, y también solía asistir Margarita Nelken, que aún no había ingresado en el Partido Socialista, pero que mariposeaba a nuestro alrededor.
 
         Bela Kun intentó convencernos de que el “menchevismo” estaba fracasado, que era preciso ir a la acción directa rápidamente, para el triunfo del proletariado, en cuya consecución todos los marxistas debíamos ir unidos.
 
         —El “menchevismo” no tiene razón de ser. El socialismo utópico es una entelequia del siglo pasado. El marxismo de hoy, o es comunismo, o no es nada.
 
         Estos eran los argumentos del agitador internacional, a los que Araquistáin oponía reparos; pero Álvarez del Vayo se mostraba muy conforme con lo que Bela Kun decía, lo mismo que los jóvenes de la Juventud Socialista Santiago Carrillo y García Atadell, que asistían a la entrevista.
 
         Pocos días estuvo en España Bela Kun, pero en ellos logró dejar organizado el Partido Comunista y darle las orientaciones de que carecía, siendo las primeras las de perseguir la religión, porque el catolicismo era, al decir de Rusia, el primer obstáculo que se opondría en España a la “insurrección armada de las masas” que había de transformar la República burguesa en soviética, al estilo de Moscú.
 
         Consecuentes con estor los comunistas decidieron acometer espectacularmente a la religión con actos que impresionasen la opinión pública, y, de acuerdo con los socialistas, a los que pareció bien el plan como medio de preparar la revolución social a que aspiraban, se llevaron a cabo una serie de actos agresivos contra las personas y las cosas consagradas al culto, y que culminaron con el escandaloso espectáculo del 11 de mayo de 1931.
 
         Ese día se organizó en Madrid la quema de iglesias y conventos que dejó destruidos, en aquella lamentable jornada, ciento treinta y dos edificios dedicados a la religión y a la enseñanza, sin que las autoridades, que horas antes tuvieron referencia confidencial de lo que se intentaba, hiciesen nada para evitarlo. No acudieron ni los servicios de bomberos, reclamados por los religiosos. Había orden de no coartar la llamada “voluntad del pueblo”, y el fuego consumió los edificios condenados, dejando sin instrucción a miles de criaturas que en ellos recibían enseñanza gratuita y perdiéndose las innumerables obras de arte que en muchos de estos centros se conservaban.
 
         A partir de entonces, arreció la persecución de todo lo que tuviese significación católica. Los religiosos de ambos sexos se vieron obligados a cambiar su hábito por el traje seglar, que les ponía a cubierto de las befas e insultos del soez populacho.
 
Así, en nombre de. la libertad de conciencia, se perseguía la conciencia cristiana y estaba en todo su vigor la frase de la vieja zarzuela: “Muera el que no piense igual que pienso yo"; pero ni los mismos perseguidos sabían el lugar lejano de donde venían dirigidos los ataques, ni los perseguidores suponían que estaban haciendo el juego a los planes absorbentes de Rusia, que se mostraba, en apariencia, generosa protectora y desinteresada auxiliar del proletariado español, en sus afanes de emancipación revolucionaria.
 
A mí, personalmente, me pareció muy mal la política seguida en el terreno religioso. Encontraba del peor gusto la fobia anticlerical y ridículos a los tragacuras. Creía que en ideas religiosas nadie debía inmiscuirse en la intimidad ajena. La República garantizaba esa independencia. Además, a nadie se, le había obligado antes a confesar y practicar la religión. ¿Por qué, entonces, prohibir que la confesasen y practicasen quienes la sentían?
 
Así se lo manifestaba a los dirigentes del Partido Socialista. quienes me respondían, con unas o con otras palabras, que ese eclecticismo estaba bien como arma de propaganda, pero que, en llegando la realidad, había que imponer el propio criterio para consolidar y conservar el triunfo.
 
         —La Iglesia —me dijo un día Manuel Cordero— siempre fue la mayor enemiga de la libertad humana. Al ir contra ella, se va en favor de la libertad.
 
         —Pero ¿y la libertad de pensamiento? —objeté.
 
         —Sí; libertad de pensamiento para el que piense como nosotros. Eso es lo vital. Otra cosa sería suicida.
 
         No quedé convencida, ni mucho menos. Yo no tenía unas razones para la propaganda y otras para mi uso particular. Sincera y uniforme en todas mis expresiones, éstas eran fiel reflejo de mi sentir y mi pensar. Además, encontraba muy mal decir en la propaganda unas cosas y a la hora de realizarlas hacer todo lo contrario. Esa fue mi primera discrepancia con los dirigentes marxistas.
 
         A pesar de esto, mayor era aún la sostenida con mi familia. Desde el advenimiento de la República y los desmanes clerófobos de la chusma mi madre dejó de visitarme, y cuando yo iba a verla me recibía con gesto adusto, siendo contadas las veces en que dichas entrevistas no se convertían en disputa. A mi padrastro apenas lo veía de tarde en tarde y mis hermanos carecían de criterio político, pero, molestos por mi significación, no perdían ocasión de zaherirme con sus vayas.
 
         Cada vez más alejada de la familia materna, me refugié en la que recientemente me había creado, sobre todo, en el amor de mi hijita Josefina María, que contaba su vida por escasos meses.
 
         Descuidé un poco la propaganda, que ya no era tan necesaria, dediqué más atención a los problemas sindicales y descansaba en el amor de mi hogar y en el cultivo de la literatura.
 
 




 
 
 
 
CAPITULO V
RECUERDOS DE LA PROPAGANDA
 
 
No comen, pero regalan joyas.—El discurso de Peña Martos.— Entre mineros.—El pozo “Norte” de Puertollano.—La gente de mar.—Atentado personal.—El ridículo con fandanguillos.
 
 


         De mis andanzas propagandistas conservo recuerdos que nunca se borrarán en mi pantalla interior. Una curiosa cinta cinematográfica en la que actúan gentes de climas y vivires diversos, con reacciones diferentes también. Pudiera titularlo mapa político-sentimental de España y yo mismo jugaría en ella importante papel, a veces cómico, melodramático a veces.
 
         Era en Cacabelos, en la provincia de León, cerca de la histórica Ponferrada, pueblo agrícola, de fecunda tierra, costumbres patriarcales y gentes de habla cantarina, sencillas y fuertes como las de mi amada Galicia; pero con todo esto, de vivir duro y escaso yantar, pajes fieles de “dama Pobreza”.
 
         La mansa filosofía, el humorismo suave y la elegancia espiritual de aquellos leoneses traían a mi alma el recuerdo de las gentes conocidas en mi infancia, e identificada sentimentalmente con ellos, les hablé, corazón a corazón, de sus problemas como si fueran los míos propios, de sus amarguras y estrecheces, tan diferentes al bienestar a que tenían derecho, invitándoles a cooperar en la revolución social, que habría de darnos —les decía— el paraíso en la tierra, como se cantaba en la Internacional.
 
         El acto se celebraba en un teatrito de pequeñas dimensiones, que estaba lleno hasta el tejado. Las puertas quedaron abiertas, para que el público que no había logrado entrar pudiese escuchar los discursos desde la calle, donde había aún más gente que dentro del teatro.
 
         Me aplaudieron mucho, y al salir, cosa que logré a costa de no poco esfuerzo de los compañeros, nos dirigimos a pie al campo para presenciar algunas labores agrícolas. Y he aquí que de un grupo de majadoras se destaca una viejecita, fuerte todavía y muy erguida, que, sacando del "bolsillo de su delantal dos hermosas manzanas, me las brindó, diciendo:
 
         —Tómelas. No tengo otra cosa que darle, boca de ángel. Dios bendiga la madre que la parió.
 
         Agradecí conmovida el obsequio, pero no lo acepté, y fue tanto el dolor de la anciana, al repetir: “No tengo otra cosa”, que hube de tomar siquiera una de las dos hermosas pomas.
 
         Otra vez... Esto era en Coria, provincia de Cáceres. Las obreras querían obsequiarme con unos encajes maravillosos, hechos con bolillos, en los que las muchachas de aquella tierra son muy hábiles artistas, y como yo no aceptase, a mi regreso de la campaña por la comarca los vecinos de este pueblo se unieron con los de Moraleja y acordaron regalarme, por suscripción popular, un aderezo de filigrana de oro. ¡Llevaban más de dos meses con una terrible crisis de paro y de hambre!
 
         Lo curioso de este suceso es que, conociendo mi criterio de no admitir regalos, me prepararon una emboscada. Organizaron y anunciaron un acto en el teatro, al que no pude negarme por ser aquella la única noche que había de estar en Moraleja, de descanso y paso para otras localidades, y apenas cerré mi discurso! el alcalde que nos presidía, en lugar de terminar el acto según costumbre, anunció que me iban a imponer las insignias de “novia del pueblo”, pues los novios, en aquella tierra, acostumbran a regalar a su prometida el aderezo de boda y ellos me lo regalaban con todo amor, en representación del pueblo. Yo no sabía una palabra de aquello, y mi sorpresa fue mayor cuando la presidenta de la Sociedad Femenina se adelantó hacia mí, portando en una bandeja, con un pergamino bellamente miniado, el valioso aderezo de filigrana de oro, que me colocó en cuello y orejas mientras el público, en pie, aplaudía sin cesar.
 
         Yo no supe reaccionar ni dar las gracias. Cogí la bandera de la Agrupación Socialista de la localidad, que tenía próxima, y la besé emocionada.
 
¡Pueblos de España! Oprimidos entonces por la pobreza propia y la incuria gubernamental, tan nobles, que mostraban esa cordial gratitud sólo ante la simple promesa de mejora: que se entregan sin reservas cuando ven sincero interés hacia ellos y no hay voces satánicas que los empujen al crimen por el camino del odio.
 
         Porque, junto a estos y otros muchos recuerdos llenos de dulce emoción, guardo otros de muy distinto matiz y, sin embargo, la psicología del pueblo era la misma.
 
         En el valle de Turón, en Asturias, entonces feudo de los comunistas y libertarios, mis discursos fueron escuchados con gestos duros, cerrados, por la mayoría de los mineros. Los socialistas se esforzaban en romper el hielo y renovar los éxitos, aún recientes, de Caborana, Micres, Ciaño-Santa Ana y Aller. Todo inútil. Aquellos camaradas tenían la consigna de no aplaudir ni mostrar conformidad, oyesen lo que oyesen, y obedecían ciegamente.
 
         Al final del acto, sin embargo, se me acercó un grupo de jóvenes. El que parecía capitanearlos sé sentó cerca de mí y, sin preámbulos, me dijo:
 
         —¿Por qué estás con los socialistas? Una marxista tan doctrinal y verdadera como tú, debe estar con nosotros, los comunistas.
 
         Le expliqué mi repugnancia por los medios violentos, que ellos preconizaban; califiqué de verdadero asesinato la que ellos llamaban “acción directa”, y él me replicó, remarcando las palabras:
 
         —Se ve que aún te queda mucho del prejuicio burgués. Al fin, eres una intelectual. Pues oye bien: no está lejos el día en que vosotros y nosotros andemos a tiros. Entonces, guárdate.
 
         Los compañeros socialistas que tal oyeron se pusieron furiosos y arremetieron contra el provocador. Los partidarios de uno y otro bando generalizaron la pelea, y ésta hubiera terminado en batalla campal si yo, subida en la misma mesa que tenía delante, no les hubiese calmado a todos, aconsejándoles que dejasen los bríos para la lucha social contra el régimen capitalista, sin malgastarse en guerra fratricida entre proletarios.
 
         No quedó la cuestión muy bien zanjada, y poco después, en Gijón, supe que al día siguiente de mi salida de Turón habían andado a tiros socialistas y comunistas.
 
         Otra vez fue en Yecla (Alicante). Las mismas rivalidades y las mismas pugnas entre el Partido Socialista y el Comunista, pero mucho más afinada la taimada astucia de estos últimos. Era la diferencia entre el asturiano, rudo y violento, y el levantino, fino y maquiavélico.
 
         Celebramos el mitin en un destartalado local que servía de teatro en invierno y verano, para lo cual tenía en la parte posterior del edificio un extenso patio, donde, colocados en filas bancos y sillas, podía acomodarse tanto o más público que dentro de la sala.
 
         El pueblo estaba dividido en tres bandos: socialistas, que eran los más numerosos, comunistas y derechas, que por allá se iban en número y arrestos, aunque en este último grupo figurasen los elementos “de orden” de la localidad.
 
         Llevaría yo diez minutos en el uso de la palabra cuando estalló un petardo en el patio, abarrotado de mujeres y jóvenes. Cayó parte de la tapia sin que nadie sufriese el menor daño, pero sí se armó un tumulto espantoso, que pudo ocasionar las víctimas que no causara la explosión. Me costó trabajo calmar los ánimos, y ya lo había logrado cuando una segunda explosión, mucho más fuerte que la anterior, se produjo en el mismo sitio.
 
         Entonces el pánico pareció no tener límite, y en medio de la confusión, una bronca voz de hombre:
 
         —Son las derechas. Vamos a quemar la casa del cura. Salté del escenario, me encaramé a la derruida tapia y logré, de milagro, que me escuchase aquella multitud enloquecida. Sin duda, esperaban una arenga violenta al final de la cual me pusiera al frente de los incendiarios, pues, de lo contrario, no me explico cómo pude hacerme oír; pero contra lo que ellos esperaban, les hablé de cómo los hombres deben ser dueños de sus instintos cuando se deciden a hacer justicia. “¿Cómo vais a incendiar la casa de un hombre del que no os consta que sea el culpable de este atentado? —les dije— ¿Y si los culpables son otros, tal vez, incluso, pertenecientes a algún grupo proletario rival de nuestro partido? Lo primero que tenemos que hacer es averiguar la verdad.”
 
Una comisión me acompañó al puesto de la Guardia Civil, ante la que hicimos la correspondiente denuncia del hecho para la instrucción del atestado, y ya de regreso, uno de los dirigentes socialistas de la localidad, me dijo:
 
         —Creo que has puesto el dedo en la llaga. Estos c... comunistas, querían matar dos pájaros de un tiro. Quitar de en medio el estorbo del cura y cargarnos a nosotros el muerto. Es una táctica muy de ellos.
 
         La Guardia Civil no quiso o no pudo averiguar nada y yo me fui de Yecla sin poner en claro quién había colocado los petardos que pudieron causar un día de luto al pueblo.
 
         La escisión existía entre los obreros españoles desde los meses anteriores a abril de 1931, y si bien era patente que la inmensa mayoría pertenecía al Partido Socialista, en cambio, los comunistas eran mucho más agresivos.
 
         Los socialistas, seguros de nuestra preponderancia numérica y moral, confiábamos en aplastar el movimiento comunista apenas triunfase la República, pues el pueblo español reprueba los procedimientos violentos. A la conciencia recta del hispano repugnan el asesinato, el atropello y la coacción, que sólo comete cuando le ciega la pasión, y los obreros, aun los peor retribuidos y mal considerados, deseaban una mejora de vida, pero por los medios legales de un cambio en la organización social, realizado limpiamente, sin excesos sanguinarios ni atropellos de ninguna clase. En consecuencia, los propagandistas socialistas propugnábamos la supresión de la burguesía; mas convirtiendo al burgués holgazán e inactivo en productor activo, útil a sí mismo y a la sociedad.
 
         En pugna con esto, los comunistas preconizaban el aniquilamiento del burgués y los procedimientos ejecutivos de la revolución rusa. De ahí la lucha enconada entre los dos partidos marxistas, en que los del socialista esperábamos vencer una vez derrocada la Monarquía.
 
         El tercer sector, el anarquista, apenas tenía entonces beligerancia. En algunos pueblos de Andalucía había logrado algunos adeptos, y como líder tenían a un tal José Bullejos, que no lograba grandes éxitos sino entre las masas de ínfima cultura. No valía la pena preocuparse de ellos, a pesar de que contaban ya con una organización sindical en regla: la C.N.T. o Confederación Nacional del Trabajo, en oposición a la U.G.T., que le negaba importancia, fiada en su millón y pico de afiliados.
 
         En estas circunstancias, mi labor de propagandista atendía por igual a la preparación del advenimiento de la República como a la conservación de las fuerzas del Partido Socialista y de la U.G.T., sin dar descanso a mi capacidad de persuasión. Si en alguna localidad no había asociación obrera, fuese política o sindical, yo la dejaba fundada, nombrando asesores de la localidad próxima, o, si era femenina, del elemento masculino de la organización existente. Además, yo misma las cultivaba, visitándolas con frecuencia y proporcionándoles folletos, libros y demás elementos de cultura e instrucción política y sindical.
 
         Esto desataba contra mí las iras de tirios y troyanos. La Prensa de derechas me combatía sin cesar y los proletarios extremistas iban más lejos aún.
 
         En cierta ocasión dimos un mitin en Tembleque, provincia de Toledo, y al terminarlo nos dijeron que en el vecino pueblo de La Guardia hacía falta dar otro, porque las derechas eran dueñas de la situación y los comunistas estaban despertando al pueblo.
 
         Allí nos dirigimos dadas ya las diez de la noche. Buscamos local, improvisamos un mitin sin tener autorización para ello, y al comenzarlo no había en el salón más personas que las que habían venido con nosotros desde Tembleque. Dejamos abierta la puerta, que daba a una placita desde donde se nos oía perfectamente, y poco a poco se fueron agrupando oyentes en el exterior, que al principio con timidez y luego francamente, entraron en el local hasta llenarlo por completo, quedando aún fuera un numeroso grupo. Y los ánimos se caldeaban, el público vibraba, y al final del acto fue tal el entusiasmo de aquellas gentes, que nos escoltaron hasta la salida del pueblo en espontánea y pacífica manifestación.
 
         Sin embargo, no nos habíamos alejado cinco kilómetros cuando un ruido seco, como de pedrada, sonó en el exterior del coche, justo al lado de donde yo llevaba apoyada la cabeza, en descanso del trajín del día, que había sido de prueba. Al llegar a Tembleque vimos una bala incrustada en la madera del coche. Sin duda dispararon de lejos y la bala llegó fría; de no haber sido así, aquel día hubieran terminado mis andanzas. Dios no lo permitió, para darme lugar, con su infinita misericordia, a ver y vivir los años siguientes, que me habían de convertir a Él.
 
         Dos modalidades del trabajo humano me cautivaron y ejercieron sobre mí sentimental atracción en mis días de propagandista marxista: los trabajadores del mar y los mineros.
 
         Los primeros evocaban en mí recuerdos de infancia, y en mis campañas de Vigo, Cangas, Combarro y Bayona viví horas inolvidables con aquella población, que sabe escuchar durante horas para resumir en una breve sentencia toda su sabiduría, superior, a veces, al contenido de un tratado de sociología.
 
         En una ocasión, un viejo marinero de una aldeíta cercana a Redondela me dijo, al hablarle yo de que el pueblo debía ser regido por el pueblo mismo:
 
         —Para eso, los que fueran a mandar tendrían que estudiar y hacerse sabios, y entonces ya no serían como los demás.
 
         —¿Por qué? —le repliqué—. Aunque el pueblo se capacite y se prepare, seguirá siendo pueblo.
 
         —No, señora —rebatió el marinero—. Los que sean más listos y estudien serán los que manden, y serán diferentes a los demás. ¿Cómo hemos de meternos a mandar los que necesitamos ser mandados? Esa es la diferencia, y nada más.
 
         ¡Magnífica lección de jerarquía que entonces no comprendí! “Esa es la diferencia, y nada más.” Unos nacen para gobernar y otros para ser gobernados, porque no saben ni gobernarse a sí mismos. ¿Cómo han de ser considerados iguales? Tenía razón el viejo marinero gallego.
 
         En otra ocasión, otro navegante viejo de Marín —los viejos son siempre sentenciosos— me dijo:
 
         —Lo que ahora pasa es que todos quieren ser pilotos y ninguno remero. Por eso les hacen caso a ustedes; porque le ofrecen la caña del timón a todo el mundo.
 
         —A todo el mundo, no —le repliqué—; sino al que valga para guiar, aunque esté entre los remeros.
 
         —Siempre serán más los que se lo crean que los que de verdad valgan para llevar avante el navío —replicó, y ya no volvió a decir palabra sobre el particular.
 
         A pesar de los pocos adeptos conseguidos entre la gente de mar, en proporción a los logrados en otras profesiones, yo sentía una simpatía profunda hacia estos hombres rudos, sinceros, silenciosos, de la costa, y para hablarles recorrí el litoral, desde las rías gallegas a la desembocadura del Bidasoa, y desde San Roque, la azul, a Sitges, la blanca.
 
         En la costa brava catalana tenía más adeptos el marxismo entre la gente de mar; pero, de todos modos, muchos menos que entre los obreros de otros ramos.
 
         Los mineros son otra cosa. Completamente distintos a los marineros, tal vez por ese contraste eran el otro polo que atraía mis actividades proselitistas.
 
         Así como el hombre que vive en el mar, a pleno aire, bajo la luz del sol o de las estrellas, es recogido, de vida interior intensa, el minero, sepultado como un topo, siempre a la luz de su lamparilla, es comunicativo y locuaz.
 
         Su trabajo rudo, duro, arriesgado, no le resta optimismo en lo externo, y siempre tiene a flor de labio una broma y una frase de intención; pero en el fondo es rebelde, descontentadizo y fácilmente soliviantable.
 
         Se da cuenta de la importancia de su misión, y mal retribuido entonces, esquilmado por los que se beneficiaban pingüemente de él, se sentía incómodo en la vida y procuraba cambiar de postura.
 
         La población minera me atraía por simpatía a la dureza de su trabajo y a la facilidad con que asimilaba los postulados revolucionarios.
 
         Recorrí con gusto las cuencas mineras de Asturias, León, Peñarroya, Pueblonuevo y Puertollano, y en todas recibí idénticas pruebas de cariño y consideración; pero la impresión imborrable de mis visitas a las minas la recibí en Puertollano, con mi bajada al pozo “Norte”.
 
         Me habían hablado de que a ciento setenta metros de profundidad existían fondos de pizarra bituminosa, y manifesté deseos de presenciar los trabajos en tales profundidades subterráneas.
 
         Difícil me fue lograrlo, pues la dirección no quería autorizar el descenso de una mujer, y los compañeros me prevenían contra una empresa que, según ellos, había de resultarme arriesgada y molesta.
 
         —¿Cuánto tiempo tardaré en la visita? —pregunté a un minero.
 
         —Una hora larga. Tal vez dos —me respondió.
 
         —¿Qué duración tiene dentro de la mina la jornada de trabajo?
 
         —Ocho horas.
 
         —Pues si hay tantos hombres que resisten ocho horas ahí abajo, bien puede una mujer permanecer con ellos dos horas —repliqué. Y bajé a la mina.
 
Vi las amplias galerías, semejantes a los túneles del Metro, con plazoletas minúsculas en las confluencias; las galerías estrechas, donde apenas caben dos personas a la par; las que empiezan a abrirse siguiendo el filón; los embudos, en cuyo vértice los picadores trabajan tumbados cara arriba, haciéndose en las mejillas y en la frente esos arañazos que, al cerrar sobre el polvillo del carbón, dan lugar a los curiosos tatuajes azules que hacen semejantes sus rostros a los de los guerreros de tribus primitivas. Presencié el trabajo de barreneros y entibadores, y la loca carrera de los vagoneros que transportan el mineral a través de las galerías.
 
         Estábamos en el piso once; sonó una trompeta lejana, y seguidamente se oyó lejano también, el tan-tan de una campana vagonera. Nos hicimos a un lado y pasó ante nosotros, como una exhalación, la vagoneta, impulsada por un mozo desnudo, sin más prendas que un calzoncillo corto, unas alpargatas y un casquete de tela. El cuerpo, charolado por el sudor, brillaba a la luz de las carburas, y la cara, tiznada y tatuada, parecía la de un habitante del reino de las sombras.
 
         De nuevo sonó la trompeta, y una explosión horrísona, aumentada por la indecible resonancia de cientos de galerías, hizo estremecerse la tierra hasta apagarnos las lámparas. La impresión fue dantesca. Diríase que el paso del vagonero había sido el de un emisario de Plutón, en anuncio de la conmoción que había de castigar nuestra osadía, por haber violado sus dominios. La obscuridad era absoluta. Yo nunca había percibido una negrura tan negra como aquella de once pisos bajo tierra.
 
         Sin embargo, nada extraño había ocurrido. Se trataba solamente de la explosión de barrenos en el piso nueve, dos sobre el que estábamos, y esa fue toda la causa de la alarma.
 
         Bajé a los fondos pizarrosos, crucé galerías que había que pasar a rastras y en fango negro, y sentí toda la dura faena de la labor minera de aquellos hombres, que luchan en la entraña de la tierra por arrancarle sus tesoros, y la de las infelices mujeres que cerca de la superficie lavan y escogen el mineral.
 
¡El trabajo de la mina! Hay en España un canto popular, el cante minero, cuya melancolía desgarrada no comprendí hasta que bajé al pozo “Norte” de Puertollano.
 
         Aquellos trabajadores de entonces, con ocho horas de jornada y unos jornales que oscilaban entre las nueve y las quince pesetas diarias, era natural que fuesen rebeldes contra el orden establecido y que procurasen por todos los medios mejorar de situación económica y social.
 
         Lo que ellos no sospechaban siquiera, era que, lo que en justicia se les debía, habían de dárselo personas de ideología antimarxista en una revolución hecha desde el Poder, con un contenido socialcristiano superior al de todas las doctrinas disolventes.
 
         Quiero cerrar estos recuerdos de la propaganda con el relato de la impresión del ridículo más grande que sufrí en toda mi vida.
 
         Fue en Marios (Jaén). Poco antes de ser proclamada la República visité la zona olivarera más fecunda de España y pasé días deliciosos en la histórica ciudad, que los antiguos romanos habían consagrado a Marte, y que el rey Fernando IV, El Emplazado, ensangrentó con la muerte de los hermanos Carvajal. Recorrí los lugares históricos, me deleité en la contemplación de la campiña, y después de celebrar varios mítines en la ciudad y en los pueblos de los alrededores, decidí una tarde subir a la histórica peña, en cuya cumbre aún se conservan restos de la antigua fortaleza medieval.
 
         Me acompañaban varios directivos socialistas de la localidad. Era nuestro propósito pasar una tarde de descanso y despedida, pues al día siguiente debía yo regresar a Madrid; pero conforme ascendíamos los vericuetos de la montaña, veíamos a nuestros pies una muchedumbre qué engrosaba por momentos y que al llegar a la cumbre sumaba cerca de quinientas personas, entre las que había ancianos, niños y mujeres, algunas con criaturas de pecho en los brazos.
 
         Quienes conozcan Martos y su célebre Peña, sabrán el heroísmo que supone la ascensión por los abruptos senderos que conducen a la cúspide, y cuánto les hizo falta a aquellos denodados oyentes para seguirnos hasta allí. Por eso, cuando nos pidieron que les dijésemos algo, improvisamos un discurso político-sentimental, hablándoles de su situación y de la que merecían tener por sus virtudes de civismo, resignación y trabajo.
 
Seguidamente nos internamos entre las ruinas del castillo para consumir la modesta merienda que habíamos preparado, y descansamos hasta que la tarde fue vencida. Entonces nos dispusimos a descender, y ¿cuál no sería nuestra sorpresa al encontrarnos de nuevo aquella multitud, esperando que volviese a dirigirles la palabra? Lo hice así, y escoltada por tan adicta y numerosa guardia bajé a la población, me retiré al hotel, donde aún tuve que hablar desde el balcón, y al día siguiente hice mi viaje de regreso a Madrid.
 
         Pasaron los días. La República triunfó, y de Martos recibí la invitación de asistir a varios actos públicos, entre los que figuraban los de descubrir unas lápidas que daban nuevos nombres a unas calles.
 
         Con el buen recuerdo que de Martos conservaba, acudí a tal llamada, y entonces fue cuando sentí todo el ridículo que hay en ciertos momentos.
 
Se organizó en el Ayuntamiento una manifestación cívica, por este orden: Abrían marcha cuatro guardias municipales, con sus flamantes uniformes de gala; tras ellos, una muchacha de la Juventud Socialista, vestida de rojo violento, portaba una gran bandera tricolor. Inmediatamente, nosotros; el alcalde, empuñando la vara como cirio procesional, y yo, que a cada paso y al soplo del viento, que era aquella tarde bastante fuerte, me veía envuelta en la tela de la bandera, y a veces me tapaba la cara de tal modo que me hacía dar trompicones en los guijos puntiagudos del empedrado. Por si esto fuera poco, detrás venía la banda municipal ensordeciéndonos con el inmediato estruendo de sus instrumentos en el desaforado himno de Riego, y el cornetín estaba situado, justo, detrás de mí.
 
         A todo esto, en las calles, estrechas y pinas —¡las cuestas de Martos!—, la gente formada en dos filas comentaba a gritos nuestro paso y nos señalaba con el dedo.
 
         —Chico; ahí va el tío Pedro, de uniforme.
 
         —“Seña” Pepa; mire “osté” al alcalde nuevo.
 
         —Oiga, señor Juan; ésa es la señorita que habla.
 
         Y la bandera azotándose y cegándome, la música ensordeciéndome, y yo dando trompicón tras trompicón, ante la expectación de aquellas sencillas gentes. De la mejor gana me hubiese cambiado por cualquiera de las buenas vecinas que desde los balcones presenciaban nuestro paso. ¿Cómo habrá a quien le guste estas pantomimas y sienta vanidad satisfecha con ellas? Yo me encontraba en ridículo ante mí misma, que es el peor de los ridículos.
 
Mas aún me faltaba la segunda parte. Al llegar a Madrid coincidí con la arribada de unos emigrados políticos, que regresaban de París por la línea Port-Bou. La estación estaba rebosante de gentío, en el que duraba todavía la embriaguez del día 14 de abril, y un grupo, que me reconoció, me rodeó vitoreándome.
 
         Yo quería desasirme de aquel entusiasmo, tomar un taxi y correr a mi hogar, donde me esperaban seres muy amados; pero fue imposible. Uno del grupo se arrancó por fandanguillos, y los demás le instaron:
 
         —¡Uno por la compañera Regina!
 
         Y no fue uno sólo, sino una serie interminable de “jipíos” que tuve que resistir a pie quieto, ante la curiosidad de la gente que se iba agrupando en torno nuestro.
 
         Cuando llegó el tren de los repatriados y todos corrieron a su andén, me sentí liberada de aquel suplicio de exhibición involuntaria.
 





 
 
 
 


CAPITULO VI
 
REPUBLICA DE TRABAJADORES DE TODAS CLASES
 
 
 


Lluvia de cargos y desbarajuste político.—Alcalá Zamora derrota a Lerroux.—La “Infanta Isabel laica”.—Todos contra mí, y yo, también.
 
 




         La República recién nacida no acababa de aprender a vivir. Las cosas más incongruentes ocurrían, como si los gobernantes se divirtieran con el juego de los despropósitos.
 
         Así, cuando se habló de convocar Cortes Constituyentes, se elaboró una complicadísima ley electoral, por la que quedaba todavía más vulnerable la pureza del sufragio. Por cierto que en aquellas primeras Cortes de la República lograron igual número de diputados los monárquicos y los comunistas. Un solo diputado cada uno de estos partidos (Los monárquicos, el conde de Romanones, por Guadalajara, y los comunistas, el doctor Bolívar, por Sevilla). Tal era entonces el ambiente; netamente republicano-socialista, y hasta unos años más tarde, los comunistas no lograron ampliar el número de sus votos en el Parlamento.
 
         Una vez en funciones las Cortes Constituyentes, siguiendo la línea inicial del absurdo, los diputados se preocuparon de resolver, antes que ninguno de los problemas vitales que España tenía pendientes, como eran paliar la crisis de paro, mejorar los jornales, elevar la vida del trabajador, etc.; antes que todo esto, repito, se preocuparon de dar un nombre a la República. Algo así como una especie de bautizo laico, como si no fuera bastante el apelativo del régimen seguido de la nacionalidad. Pues en vez de República Española, lisa y llanamente, se la llamó “República de Trabajadores de Todas Clases'*, para regocijo de los contrarios, que decían que los de la clase peor eran los que gobernaban.
 
         Ya puesto nombre a la República, se pasó a la redacción de los demás artículos de la Constitución, pues el primero era el relativo al nombrecito. Se hizo una constitución especialísima, que contenía artículos propios de las leyes complementarias, y en otros casos quedaba la imprevisión al descubierto. Es decir, muy detallista en unos aspectos y en otros descuidada; mas, fuese como fuese, la República tenía ya su carta magna y había que proceder a la elección de presidente, según las novísimas disposiciones constitucionales.
 
         La mayoría de los españoles esperaba ver de primer ciudadano de la nación al único hombre con derecho indiscutible a tal puesto, al que había consagrado toda su vida, su talento y su entusiasmo a la causa republicana, a través de innumerables vicisitudes, luchas y quiebras: a don Alejandro Lerroux, en suma; pero con sorpresa se encontraron con que los socialistas decidían la votación a favor de don Niceto Alcalá Zamora.
 
         Nadie se explicaba aquello; nadie, sino los dirigentes socialistas. Al pueblo se le dijo que se prefería a Alcalá Zamora por ser más serio que Lerroux, y que éste era un ambicioso sin escrúpulos; pero la realidad fue muy otra.
 
         La realidad era que Largo Caballero esperaba, con Alcala Zamora, ser el presidente “in pártibus” de la República, utilizando el ascendiente que ejercía sobre el ex ministro monárquico; y con Lerroux sabía que esto era imposible, pues no había los motivos que mediaban con Alcalá Zamora.
 
         Este no cesaba de repetir a Caballero:
 
         —Don Paco; yo a usted le debo la vida.
 
         Arrancaba esta gratitud de un hecho ocurrido en el tiempo de su prisión en la Cárcel Modelo, y al que se dio una significación siniestra. Una noche llamaron por teléfono a don Niceto, y como éste mostrase cierta desconfianza, Largo Caballero se brindó a acompañarle a través de patios y galerías, hasta llegar a la oficina donde el teléfono estaba instalado. Al tomar el aparato en la mano y aplicarlo al oído, Alcalá Zamora comprobó que al otro lado del hilo telefónico no había nadie, bien porque el que llamaba se hubiese cansado de esperar, o porque se hubiese cortado la comunicación, o por otra cualquier causa, y de esto dedujo el miedo del cacique andaluz que alguien quería atentar contra su vida, frustrando el intento la presencia de Largo Caballero.
 
De ahí el ascendiente del líder marxista sobre Alcalá Zamora, y de ahí la repetición de las frases de gratitud de éste.
 
         Tal era la causa de que la minoría socialista, la más numerosa del Congreso, votase a Alcalá Zamora, al igual que los compromisarios del Partido.
 
El P.C. votó también a Alcalá Zamora, siguiendo instrucciones de Moscú.
 
         A pesar de los esfuerzos hechos por Bela Kun para lograr la unificación de los dos partidos marxistas, ésta no se había logrado y solamente las juventudes lo habían hecho, siguiendo las instrucciones de la célebre carta de Dimitroff; pero el P.S. permanecía inconmovible a las voces de las sirenas comunistas, pese a los actos de coacción y a la ofensiva desencadenada contra la República.
 
         Rusia no podía tolerar que, malogrando sus esfuerzos, triunfase en España el “menchevismo”. Se creyó mal servida por Bela Kun y envió nuevos edecanes, que fueron el escritor viajero Ilia Eremburg, en compañía de Primakoff, personaje de toda confianza del Kremlin, que venía como “observador”. Tenían ambos la misión de organizar la “agit-prop” —agitación y propaganda— y dar cuenta a Moscú de la verdadera situación política de España y las posibilidades que presentara.
 
         Cumplieron Eremburg y Primakoff su cometido, y entonces la U.R.S.S., a la vista de los informes recibidos, decidió cambiar su táctica ofensiva por la de acercamiento, y captarse así a los dirigentes socialistas, especialmente a Largo Caballero.
 
         De este modo lograba Rusia tener en la presidencia de la República Española la influencia que garantizase su libertad de acción, y una nueva oportunidad para la absorción del partido que, siendo su rival, le iba a facilitar la consecución de todos sus planes.
 
         De acuerdo con esto, ordenó el P.C. a sus afiliados que votasen.
 
         Consecuentes con este plan, ordenaron a sus afiliados votasen a Alcalá Zamora, como así lo hicieron, con asombro de la opinión pública, que vio cómo los comunistas preferían a un ex monárquico contra un republicano de historia.
 
         La República seguía su línea de incongruencias, y titulándose de trabajadores y aspirando a ser de las más avanzadas del mundo, estaba presidida por un terrateniente que había sido, además, ministro de la monarquía, y que ejercía en Priego, su pueblo, un verdadero cacicato rural.
 
         Siempre a las órdenes de Moscú, la J.S.U. comenzó a jalear a Largo Caballero. Yo asistí a varios actos organizados por dicha Juventud Socialista Unificada, uno de ellos en las Escuelas de Verano organizadas en Campamento, y escuché de labios de Caballero los discursos más subversivos y comunizantes.
 
         En uno de ellos nos dijo, entre otras cosas, que “confiaba en la Juventud como impulsora de la República hacia su verdadero destino que para nosotros era la República Social, pues si la burguesa era una meta para los republicanos, para los socialistas no podía ser más que un medio”.
 
         Al final del acto los jóvenes vitorearon a Largo Caballero, llamándole “el Lenin español”, cosa que se repitió en actos sucesivos, y llegó a tanto la identidad del dirigente socialista con los comunistas, que cuando el P.C. reclamó para sus afiliados puestos de representación, sin dilación les fueron concedidos, aunque para ello hubiera que lesionar intereses de viejos socialistas, que los desempeñaban, y que, enfurecidos al verse desposeídos de ellos, arremetieron contra Largo Caballero y los comunistoides del P.S., sumándose al grupo de sesudos varones, que, acaudillados por Besteiro, se oponía a las corrientes bolchevizantes del socialismo, queriendo conservarlo con la traza patriarcal que tuviera en tiempos del fundador Pablo Iglesias, y esta rivalidad era azuzada por el P. C., en su afán de anular a los “conservadores”. Yo no estaba conforme con nada de esto, ni con la táctica general seguida por el partido en todas sus cosas; pero cuando el criterio de la mayoría, puesto de manifiesto en la votación, me derrotaba, me sometía disciplinadamente al fallo de los más, y cumplía los acuerdos adoptados, aun no estando muy conforme con ellos.
 
         Sin duda, por esa conducta sincera y disciplinada a un tiempo, me estimaban personalmente Largo Caballero, Cordero, Besteiro, Carrillo, Trifón Gómez, Albar, Araquistáin, Lucio Martínez, Fernando de los Ríos y, en fin, toda la plana mayor del P.S., estimación que se manifestó en la serie de nombramientos para una multitud de cargos, que cayeron sobre mí como un verdadero diluvio de responsabilidades.
 
         Comenzaron por designarme para aquellos organismos donde la labor comprensiva y piadosa de la mujer tiene mejor empleo, y así, entré en la Junta de Emigración, en la de Represión de la Trata de Blancas, en los institutos de Previsión y Reeducación de Inválidos, y en tantos organismos más.
 
Como en el antiguo régimen esas representaciones solía tenerlas una augusta dama, muy querida del pueblo madrileño por su señoril llaneza, a mí empezaron a llamarme “la infanta Isabel laica”; aunque jamás me he dormido escuchando la lectura de presupuestos y actas, por muy plúmbeos que fuesen secretarios y tesoreros en sus informes.
 
         A pesar de mi actividad bien demostrada, yo no tenía punto de reposo, pues constantemente me llegaban nuevos nombramientos, que me obligaban a aquilatar aún más la inversión de mi tiempo.
 
         La gente de la calle no veía bien la acumulación de cargos, y creó la palabra “enchufista” para denostar a los que ejercían múltiples funciones, sin pensar que los cargos, si se desempeñan a conciencia, cargan. Por otra parte, era natural que así sucediese. Pocas personas había de alguna preparación que se aviniesen a colaborar de buena fe con la República; por eso, a los que con cierto sentido común y absoluta lealtad la servíamos, nos utilizaban hasta el límite de nuestra capacidad de trabajo. Yo procuraba merecer la confianza que mi partido había puesto en mi labor, y cada vez me complicaba más la vida.
 
En la Junta de Represión de la Trata de Blancas decidimos cambiarle el nombrecito —resultaba demasiado duro— por el de Patronato de Protección a la Mujer, que aún conserva; y a las primeras intervenciones como consejera fui nombrada secretaria del Consejo Superior del Patronato, con atribuciones de inspección y administración, gracias a un voto de confianza dado a mi favor por el Consejo en pleno.
 
         Tenía el Patronato un reformatorio, de muchachas en San Fernando de Henares, pueblecito próximo a Madrid. Dicho establecimiento estaba regido desde hacía muchos años por religiosas del Buen Pastor, de las que no había la menor queja; pero una vocal del Consejo, representante también del Partido Socialista, llamada Victoriana Herrero, propuso que las religiosas fuesen expulsadas del Reformatorio y que en su lugar se pusiera personal laico.
 
Rebatí yo tal propuesta, alegando no haber motivo para la expulsión, y propuse una visita al establecimiento para estudiar sobre el terreno las reformas a introducir, si éstas eran necesarias. Aconsejé también que, a ser posible, se conservase al personal antiguo prescindiendo de su carácter religioso, y teniendo sólo en cuenta su eficiencia en el desempeño de su misión, pues la experiencia de tantos años dedicados a la educación y reforma de jóvenes extraviadas no era fácilmente sustituible.
 
         A la mayoría de los consejeros les pareció bien mi propuesta; pero Victoriana Herrera insistió en la suya alegando que las religiosas imponían a las educandas las prácticas católicas, violentando así la libertad de conciencia.
 
         Insistí yo en mis puntos de vista y triunfó mi criterio. Se realizó la visita al Reformatorio y se introdujeron, con beneplácito de las religiosas, pequeñas reformas en el régimen interior del establecimiento, cosas de detalle, pues en lo fundamental era casi perfecta la organización y administradora de la casa, y las religiosas continuaron en sus puestos.
 
         Era presidente del Patronato, y por tanto del Consejo Superior del mismo, el ministro de Justicia, a la sazón Fernando de los Ríos; y como él votó conmigo, haciendo suya mi proposición, esto me salvó de una repulsa en el P.S., a donde Victoriana Herrero fue, poniéndonos de “contemporizadores” al ministro y a mí, sólo por habernos mantenido en una posición de justicia y conveniencia.
 
         El Reformatorio funcionaba perfectamente. Muchas jóvenes extraviadas encontraron en él la educación y la preparación necesaria para ganarse la vida honradamente, y la madre superiora, sor María de Jesús Ruipérez, unía sus esfuerzos a los nuestros para mejorar y alegrar la vida de las educandas.
 
El Consejo aprobaba todas mis propuestas; todo marchaba bien, hasta que Fernando de los Ríos fue sustituido por Álvaro de Albornoz, y éste, con su cerrado criterio de fanático laico, ordenó la sustitución inmediata del personal religioso.
 
         Hubo que inclinarse ante la superioridad, con gran regocijo de la Herrero; mas aún quedaba otra cuestión por resolver. Las religiosas debían dejar el reformatorio; pero era necesario darles tiempo para buscar alojamiento y hacer un inventario general de las existencias de la casa.
 
         —Ocho días bastan para eso —dijo Victoriana Herrero.
 
         —Ocho días se le dan a una simple criada, que puede alojarse en cualquier casa, con tal que sea decente y económica —le repliqué—; pero esas señoras, por su carácter religioso, no podrán resolver tan rápidamente su situación.
 
         —Pues si son monjas, que se fastidien; no haberse, metido a ello —barbotó la Herrero.
 
         —Esa es la respuesta inhumana de los patronos sin alma a los obreros que invocan las cargas familiares para solicitar aumento de jornal: “Si tenéis hijos, no haberlos hecho.” El estado civil de cada uno, bien sea casado, religioso o célibe, se elige en uso de un libérrimo derecho; mas las leyes de convivencia humana imponen la mutua consideración y el respeto que cada cual merece en su estado civil.
 
         También entonces triunfó mi criterio, y se les dieron a las religiosas noventa días para hacer el inventario y dejar libre el edificio. Ellas emplearon en esto poco más de treinta días, y al despedirse de mí la madre María de Jesús Ruipérez, me abrazó fraternalmente y me ofreció rezar por mí a Dios, en quien entonces yo no creía.
 
         Años más tarde, esta religiosa era la superiora de las que llevaban el servicio interior en la cárcel de mujeres de Madrid, donde yo me encontraba; y ¡con cuánto amor cristiano procedió entonces conmigo, y cómo siguió siendo amiga mía! Fue, sin duda alguna, una de las personas a las que mayor alegría causó mi conversión religiosa.
 
         Otro de los cargos que me daban más trabajo era el de presidente del Jurado Mixto de Espectáculos. Mis fallos disgustaban por igual a patronos y obreros. Los primeros no se avenían a acudir a un tribunal de trabajo, para responder de unos abusos que ellos no consideraban como tales. Aún había mucha cerrilidad patronal aferrada al “en mi casa mando yo”, que daba facultad para despidos arbitrarios y medidas absurdamente abusivas. Naturalmente, todo fallo que mermase sus fueros semifeudales habría de ser considerado injusto. Por su parte, los obreros esperaban de mí la máxima tolerancia para sus desmanes y atropellos, y al encontrarse con todo lo contrario, también se disgustaron.
 
         Mi criterio era, en cada caso, dar la razón a quien razón tuviese, fuese patrono o fuese obrero y en caso de duda, favorecer al trabajador, por ser la parte más débil.
 
         Mucho me ayudó en aquella labor el docto letrado Esteban Gómez Gil, que más tarde fue subsecretario de Justicia con el Gobierno del general Franco. Este inteligente abogado ejercía entonces el cargo de secretario asesor de dicho Jurado Mixto, y él recordará cuántos disgustos nos dieron patronos y obreros, por no inclinarnos ni ceder ante la oferta de unos ni la amenaza de los otros.
 
         Estas luchas en el seno de los organismos oficiales no eran sino reflejo del desbarajuste político, que había llegado a su grado álgido.
 
         Los comunistas habían logrado asimilarse la Juventud Socialista con la célebre unificación, preconizada en la "carta” de Dimitroff a las juventudes, y a partir de entonces el comunismo intentaba imponerse por la brava.
 
         Raro era el día en que los jóvenes comunistas no pro­movían disturbios callejeros, yendo tumultuosamente a las puertas del Congreso para protestar de los debates del día anterior, llevando banderas rojas, pancartas alusivas, cantando a todo pulmón "Joven Guardia” y dando vivas a Rusia.
 
         En el Partido Socialista, la escisión era profunda. “Sarracenos” e “isabelinos” se insultaban sin recato, y hasta el seno de las familias llegaban las discrepancias, como en el caso de los dos Carrillo, padre e hijo, que unidos en las ideas como en la sangre, llegaron a ser verdaderos enemigos cuando el hijo, dirigente del movimiento juvenil, fue de los que decidieron la unificación con el Partido Co­munista.
 
         La lucha por los puestos de representación era encona­da. Ya no sólo se los disputaban unos partidos a otros, sino dentro de los mismos grupos políticos, los hombres que debieran fraternizar, eran adversarios cuando se trataba de proveer alguna vacante o cubrir una plaza de nueva creación.
 
Esta escisión dentro del P.S. se agravó en tales términos, que trascendió al exterior. Cada grupo se anexionó uno de los diarios que el Partido publicaba en Madrid.
 
         Los “caballeristas” disponían de El Socialista, mientras los disidentes utilizaban como órgano de expresión Claridad, desde cuyas columnas se insultaban lindamente, con gran regocijo de las gentes, que siempre gozan cuando ven que a alguien le sacan a plaza los trapos sucios.
 
         El P.C. azuzaba esta rivalidad en su afán de absorber la mayoría y anular a los recalcitrantes, como en Rusia había ocurrido en vísperas del triunfo bolchevique con los desdichados mencheviques. AI mismo tiempo, como el P.C. carecía de fuerzas obreras organizadas, pues no se habían preocupado de la formación de los soviets, hizo labor proselitista entre los individuos de las dos centrales sindicales existentes en España: la Unión General de Trabajadores. y la Confederación Nacional del Trabajo, controladas respectivamente por el Partido Socialista y la Federación Anarquista Ibérica, con lo cual restó afiliados a estos partidos, que se enfurecieron al ver cómo sus desertores iban a engrosar las filas del P.C.
 
         Se renovaron las viejas rencillas. De nuevo volvió el P.S. a zaherir al P.C. y éste a atacar a aquél y a la misma República, gobernada, de hecho, por los socialistas, gracias a su numeroso y disciplinado grupo parlamentario y a su representación en el Gobierno.
 
         Entretanto, no, se realizaba la menor labor de organización y justicia social. Los obreros seguían con los jorna­les de hambre del tiempo de la Monarquía, no se dictaban leyes de garantía para el trabajador, y lo único que hizo Largo Caballero, en el Ministerio de Trabajo, fue redactar una ley de Contrato de Trabajo y exhumar una legislación, incumplida, que databa del tiempo de Canalejas, allá por los años 11 y 12 de nuestro siglo. No se acometían nuevas empresas, no se aumentaban las fuentes de riqueza, los seguros sociales eran una verdadera pamema y el retiro obrero señalaba dos pesetas diarias de pensión a los obreros mayores de sesenta y cinco años que, por lo menos, llevasen treinta y cinco de trabajo.
 
         Esto creó un malestar que era aprovechado por los anarquistas para combatir a los marxistas, fuesen de la segunda o de la tercera Internacional, en los que siempre habían visto sus enemigos irreconciliables. Los apolíticos decidieron mezclarse en la política, hasta el extremo de proclamar que “si ellos “controlasen” la República, habían de imprimirle un ritmo más acelerado, de acuerdo con las necesidades proletarias, traicionadas por los ineptos marxistas”. Con todo esto, la C.N.T. crecía en afiliados y la F.A.I. ganaba adeptos. Para cortar aquello, que iba en contra del Partido Socialista y de la U.G.T., se dictó una Ley de Asociaciones, a la que tenían que someterse todas las existentes. La C.N.T. se negó a ello y fue declarada ilegal y clausurados todos sus organismos dependientes. Los li­bertarios arrancaron precintos y siguieron funcionando; pero considerándose su actuación clandestina, comenzó una serie de detenciones de elementos faístas y cenetistas.
 
         A partir de entonces, no fueron solamente los jóvenes comunistas los que promovían disturbios callejeros. Se les sumaban en el alboroto los libertarios, lo que no impedía que también se zurrasen, entre sí, dando el espectáculo lamentable de una España escindida en agotadoras luchas intestinas.
 
Queriendo halagar a las masas con una fobia común, se exasperó la persecución religiosa, iniciada ya el 11 de mayo con la quema de conventos. Se hizo objeto de toda clase de vejaciones a sacerdotes y religiosos de ambos sexos, y las personas de conocida piedad fueron sañudamente combatidas.
 
         Este proceder sólo podía agradar a una escasísima minoría, hiriendo el sentir de los demás, pues, pese a quien pese, España es una nación de profundo sentimiento católico, y la República había sido aceptada con beneplácito porque nació bajo el dictado de laica, pero no de atea, proclamando que respetaría todo credo confesional, aunque sin adoptar ninguno como religión del Estado.
 
         Los republicanos presenciaban y toleraban tales hechos, como el público de circo las luchas de fieras, con el secreto temor del salto imprevisto que les pudiese alcanzar, y de dejación en dejación vieron que, en su casa, la República de trabajadores, mandaban todos menos los republicanos y nadie gobernaba, por lo menos con el noble sentido de recta política.
 
         Yo no estaba satisfecha, sino muy descontenta de todos y hasta de mí misma, porque me encontraba cobarde. La­ mentaba la triste situación de España, la veía caminar a su ruina, y sin embargo sabía que no era difícil hacerla resurgir. Bastaría para ello que los hombres de gobierno dejasen a un lado sus intereses de partido, y aún más los menudos personales, y abriesen los ojos a la cruda realidad que les rodeaba.
 
         Alguien debiera decírselo. Alguien, tal vez yo misma, a pesar de mi pequeñez; pero no me atrevía. Por eso me consideraba cobarde; mas, por otra parte, ¿cómo enfrentar mi inexperiencia y mi ignorancia política con el saber de aquellos hombres encanecidos en la lucha? ¡Imposible! No cabía sino esperar que ellos mismos se diesen cuenta de sus errores y los rectificasen.
 
         Esto no llegó a suceder. Siguieron aquellos gobernantes en su ceguera, cada vez más oscura, y fueron otros los que lograron que España encontrase su verdadero camino. Pero antes, ¡cuántas y cuán dolorosas tragedias habían de desarrollarse sobre el área nacional y cuántos horrores tendría yo que sufrir y presenciar!
 





 


 
CAPITULO VII
 B.I.T. Y SOCIEDAD DE NACIONES
 (Ginebra.)
 
 
Feria de vanidades.—El trabajo de la mujer.-Las minas de carbón.—Los italianos y la F.I.S.—Joaux, Mertens, Citrine, Schewenels y los americanos.—La ocultación de ingresos.
 
 
 

       En mi casa me hallaba tranquilamente una tarde, re­fugiada en el amor de los míos, cuando me llamaron al teléfono. Acudí y la voz de Manuel Cordero me dijo: —La Ejecutiva del Partido, en su reunión de esta tarde, ha acordado designarla a usted como representante de las obreras españolas en el Buró Internacional del Trabajo, de la Sociedad de Naciones, a indicación del Gobierno de la República, que nos pide nombremos una delegada en dicho organismo. Se lo comunico a usted a título de aviso, pues la comunicación oficial la recibirá por escrito. Al mismo tiempo, le envío mi felicitación.
 
Protesté, aunque muy, agradecida. No me consideraba, preparada para tan alta misión; pero Cordero me indicó que yo no podía rehusar un acuerdo de la Ejecutiva, so pena de caer en indisciplina, y me anunció que el secreta­rio general, Largo Caballero, se ponía al habla conmigo.
 
         Este fue breve y conciso. —Cuando la Ejecutiva la nombra a usted, sabe lo que hace —me dijo—, y si se equivoca, a usted no le alcanzará responsabilidad. Prepárese a salir de Madrid dentro de diez días, y tan pronto reciba nuestro comunicado oficial, pase por estas oficinas para recibir instrucciones y fondos.
 
         No había más que hablar. Sentía separarme de mi hogar y mis amores por espacio de un mes que temía había de parecerme una eternidad; pero la disciplina se impuso y fui a Ginebra.
 
         Hice el viaje por la línea Fort Bou-Marsella, pues, aprovechando tiempo y dinero, nos detuvimos en Barcelona y en Sitges para dar unos mítines a los actores en la capital, y a los marineros, en la ciudad costera.
 
         Íbamos en la excursión: Cordero, como miembro de la Ejecutiva; Albar, a la sazón secretario del Partido Socialista; Pretel, del Sindicato de Espectáculos, y yo. El viaje a Barcelona fue delicioso, gracias a las agudezas gentiles de Albar y a las humoradas, netamente gallegas, de Cordero, y después de una jornada sin más descanso que de las cuatro de la madrugada, hora en que terminó el mitin a los actores, en el Teatro Nuevo, hasta las seis de la misma mañana, en que salimos del hotel para la estación, continuamos nuestro viaje a Ginebra Cordero y yo, dejando en la capital catalana a Pretel y Albar.
 
         En Ginebra se nos reunió Wenceslao Carrillo, que hizo el viaje por línea Irún, por haber actuado en un mitin en Bilbao, con el mismo plan que nosotros en Barcelona, y los tres formábamos la delegación obrera española, figurando en la gubernamental Luis Araquistáin, Augusto Barcia y Elisabeth de Palencia, que fue más tarde embajadora de la República en Holanda. La delegación patronal la formaban Orueta y otros dos señores cuyo nombre no recuerdo y que no despuntaban por su intelecto, cargando toda la labor sobre la inteligencia del primero, en quien los obreros teníamos un adversario bastante hábil.
 
         Ginebra me causó muy grata impresión. La pulcritud extremada de sus calles y paseos lo apacible de sus costumbres, su ambiente pequeño-burgués y la amabilidad de sus habitantes la hacían para mí encantadora. Además, la maravilla del lago Leman, el pequeño paraíso de la isla de Rousseau, el parque de Mon Repose, lugares verdaderamente de ensueño, me brindaban horas de descanso delicioso.
 
         Pero lo que más me cautivaba de Ginebra, era la incorruptible probidad de sus naturales. Indudablemente, cada país tiene su virtud racial característica. El francés, el ingenio: el inglés, el orden; el italiano, el arte; el español, el valor, y el suizo, la probidad.
 
         Un día dejé olvidado mi bolso en un banco del parque de Mon Repose. Me di cuenta en el hotel Mont-Blanc, donde me hospedaba, a bastante distancia del parque, y con muy pocas esperanzas de recobrar lo perdido, volví allí, y allí estaba mi bolso, en el mismo banco en que lo había dejado, Cerca paseaba un gendarme, al que hablé en la locuacidad de mi alegría.
 
         —¿Nadie ocupó este banco desde que yo me fui?
 
         —Nadie, señora.
 
         — ¿Y nadie vio mi bolsillo?
 
         —Lo ha visto mucha gente.
 
         —Pues ¿cómo no se lo llevó alguien? Lo habrá guardado usted, ¿no es cierto?
 
         —No hizo falta, señora. ¿Cómo se lo había de llevar el que no fuese su dueño? Estamos en un país civilizado.
 
         Aquella actitud del gendarme me pareció perfecta “atracción de turismo’; pero días más tarde, paseando con Carrillo por una calle céntrica, vimos a la puerta de una iglesia en construcción, un cartel que decía: “Aquí se depositan las limosnas para las obras del templo”, y en el suelo, un paño en el que había varias monedas de plata, níquel y papel. Nadie vigilaba aquello y nadie lo tocaba.
 
         Al comentarlo en la gerencia del hotel y extrañar que no se llevasen el dinero, el propietario del Mont-Blanc nos repitió las palabras del gendarme: “¿A quién se le ocurre llevarse lo que no es suyo?” ¡Magnífico país donde tal moral se profesa! Este culto a la honradez era lo que más me agradaba de Suiza, pues, en posteriores excursiones a las ciudades vecinas, pude observar que tal virtud no era privativa de Ginebra, sino de toda la Federación Helvética.
 
         No lo pasábamos mal en Ginebra, a pesar del trabajo qué sobre nosotros pesaba. A las seis de la mañana nos traían el orden del día- del B.I.T. y las invitaciones a las fiestas, reuniones y comidas de la jornada. A las siete entrábamos en el palacio donde el B.I.T. estaba insta­lado, para el trabajo de las comisiones; a las diez pasába­mos al salón de sesiones, y a las doce y media largas regresábamos al hotel para almorzar. A las cuatro teníamos nuevas reuniones, hasta las cinco o las seis de la tarde, hora en la que no faltaba alguna invitación a fiestas, que solían durar hasta las siete y media. Cenábamos de siete y media a ocho, y, si no había alguna invitación para fiestas nocturnas, que solían comenzar a las nueve, para ter­minar a las doce en punto, esas horas las pasábamos en el “Café du Nord” o “La Ferie du Lac”, que eran los puntos de reunión más concurridos.
 
         De todas maneras, como a las doce en punto terminaban todos los espectáculos y las fiestas, cerraban los cafés y las calles y paseos quedaban desiertos, al hotel nos reintegrábamos, aunque, como buenos españoles y, por tanto, trasnochadores incorregibles, no nos acostásemos hasta las dos o las tres de la madrugada, reunidos hasta esa hora en mi cuarto unas veces, y otras, cada cual en el suyo, entregados a nuestros respectivos trabajos.
 
Yo enviaba los míos a la Prensa marxista de España y América del Sur y algunas crónicas literarias y de viaje a Prensa Cuevas, con quien continuaba en cordial relación, además de mi ininterrumpida colaboración en “Cró­nica”, de Madrid, donde llevaba, desde su fundación, la “Estafeta Cordial”, con el seudónimo de “Eva”.
 
         La preparación de mis intervenciones en B.I.T, el estudio de los problemas planteados y su solución, me ocu­paban poco tiempo fuera del mismo B.I.T., ya que las reuniones del grupo obrero daban la pauta para operar sobre la marcha.
 
         Fui nombrada para tres comisiones: la del trabajo nocturno de la mujer, en la que figuraba como único vocal español; la del trabajo de los menores, en la que me acompañaba Cordero, y la del trabajo en las minas de carbón, con Wenceslao Carrillo. Esta última era la de discusiones más enconadas.
 
El sistema a seguir, puramente parlamentario, sería mucho más eficaz sin el afán exhibicionista de muchos delegados, que hacían del salón de sesiones verdadera feria de vanidades, donde ensartaban discurso tras discurso para adscribirse al criterio de los anteriores, cuando con votar con ellos en el momento oportuno quedaría todo resuelto; pero de este modo no aparecerían sus nombres en el “Dia­rio de Debates”, o “Boletín de Sesiones”, como diríamos en España, y, por tanto, no podrían mostrar a sus amigos aquellos alardes de elocuencia cuando regresaran a sus respectivos países.
 
         Jamás me gustó perder el tiempo ni malgastar energías, y, al principio, cuando veía a un delegado consumir un turno para sumarse por completo al discurso anterior, me indignaba; pero tuve que acostumbrarme, y, al ir conociendo a los “pelmazos”, cuando veía a uno de éstos, dispuesto a perorar, sacaba discretamente algo que leer, y así me entretenía y aprovechaba el tiempo.
 
         Los debates en la comisión de “minas” adquirían tonos violentos. En el grupo obrero habíamos acordado mantener tres ponencias: prohibir el trabajo de la mujer encinta, desde el quinto mes de embarazo, aún en las tareas al aire libre, que suelen ser las de lavado y escogido, por la posición violenta de la cintura al inclinarse a trabajar; reducir en una hora la jornada de trabajo de los mineros en general, o sea, hacerla de siete horas, en lugar de ocho, y contar la duración de la jornada desde la llegada a la bocamina, y no desde el tajo, como solía hacerse entonces.
 
         En lo referente al trabajo de la mujer encinta, poco nos costó convencer a los patronos. Casi todas las naciones tenían establecido el seguro de maternidad, y que éste se hiciera cargo de la embarazada un mes o dos antes o después, no les preocupaba gran cosa; pero donde la discusión se hizo apasionante fue en la duración de la jornada y el momento de empezar a contarla.
 
         Un delegado patronal de África del Sur, competentísimo en el conocimiento del problema minero, hábil polemista y elocuente expositor, hacía polvo todas nuestras argumentaciones enfocando el problema desde su punto de vista, meramente económico; pero nosotros le vencíamos a él presentando la cuestión, desde el ángulo humano. Hablábamos idiomas diferentes, no sólo porque él se expre­sase en el inglés incorrecto de su nación, y nosotros, cada cual en el suyo propio, sino porque nuestros mundos ideológicos eran completamente opuestos. Decíamos los obreros: “Si la jornada de ocho horas es higiénica en la mayoría de los trabajos, no así en las minas de carbón, donde el trabajador está sumergido en una atmósfera viciada, por perfectos que sean los sistemas de ventilación, y privado de los beneficios del aire y del so!.
 
         Y en cuanto a contar el comienzo de la jornada a la llegada al tajo, si éste dista de la bocamina veinte o más minutos, como, muchas veces sucede, se habrá prolongado la estancia del obrero en la mina alrededor de una hora más de lo fijado, con grave quebranto de su salud y su econo­mía física.” El delegado patronal de África del Sur, sacando un bloc de notas y un lápiz, con vertiginosa rapidez, nos hizo ver cómo la reducción de una hora en la jornada obligaría a emplear un obrero más por cada siete, o sea, cien obreros por cada setecientos, y con jornales de catorce pesetas diarias, gravarían la producción en dos mil pesetas diarias por cada mil obreros. Si a esto se añadía la pérdida de labor al contar la jornada desde la bocamina, aun calculando solamente media hora como promedio entre la ida y el regreso de cada trabajador, sería preciso aumentar uno más por cada catorce, que sumarían otras mil pesetas diarias más por cada mil obreros.
 
         —Es decir—argumentaba el africano—, que esto equivale a elevar los jornales en tres pesetas diarias a cada obrero o ampliar la nómina en proporciones gigantescas. Lo que se proponen los delegados obreros es paliar, por este procedimiento, la crisis de paro forzoso.
 
         Nosotros insistíamos en nuestros puntos de vista. La solución estaba en repartir menores dividendos entre los accionistas de las empresas mineras, y al fin se logró, no un acuerdo, pero sí una propuesta del grupo gubernamental, que fue aceptada por todos con más o menos reparos: se rebajaría la jornada de trabajo en ¡un cuarto de hora!, pero se empezaría a contar su comienzo desde la llegada a la bocamina, dejando el regreso a cargo del trabajador, El sudafricano fue uno de los patronos que más protestaron, volviendo a sus números y cálculos; pero, al fin, se aceptó la propuesta gubernamental. ¡Quién diría entonces a los obreros españoles que mayores avances en materia de organización de trabajo habría de darles, sin presiones de organismos internacionales, un Estado sindicalista, no federado, antimarxista y tradicionalista!
 
         Sin embargo, así es; como lo es la supresión en España del trabajo nocturno de la mujer, por lo que tanto luchamos en la comisión en que yo entonces figuraba, pues para lograrlo nos costó mantener duras polémicas con los patronos, a quienes resultaba más barato el salario normal femenino que el del hombre en el trabajo nocturno.
 
         Ahora, cuando alrededor de las once de la noche tomo el “Metro", presencio el relevo, y después de esa hora veo a los hombres sustituyendo a las mujeres, siento el íntimo orgullo de haber sido un pequeño paladín de tal mejora en el B.I.T., dentro de aquel grupo internacional de obreros en el que figurábamos españoles, ingleses, franceses, americanos, indúes, japoneses, etíopes, portugueses, belgas, holandeses y, en fin, de todas las naciones, excepto los italianos.
 
         Los italianos estaban excluidos del grupo obrero perteneciente a la Federación Internacional. A pesar de que siempre votaban con nosotros, aun en los acuerdos más avanzados, y de que su nación era una de las primeras en ratificar los convenios sobre mejora en las condiciones de trabajo, lo que la ponía en cabeza entre los pueblos más justos en legislación obrera, el grupo afecto a la Fe­deración Internacional Sindical, que tenía entonces su sede en Ámsterdam, no admitía a los obreros italianos por no pertenecer a organizaciones dependientes de esta central y considerarlos esclavos de un régimen ¡que tantas ventajas les otorgaba libremente! Esto, después de reconocer públicamente en nuestros postulados que la primera libertad del hombre ha de ser la libertad económica, pues sin ella no hay libertad posible, como no sea para morirse de hambre o aceptar las más vergonzosas claudicaciones.
 
         En el grupo obrero conocí a los más destacados dirigentes del proletariado internacional: al inglés Walter Citrine, con sus rasgos de japonés y su espíritu conservador, a pesar de su filiación laborista; al joven alemán Schewenels, secretario general de la F.I.S., con sus veintiocho años escasos, con su alegría casi infantil y su bagaje de cultura extensísima y enciclopédica; al francés León Joaux, acometedor y terrible polemista; al belga Cornelio Mertens, siempre optimista, alegre y dicharachero, como buen valón; y también conocí tipos exóticos, como el hindú Faruky, pescador de perlas de Ceilán, que acudía a discutir las ponencias de mejora de trabajo de los obreros portuarios, y al japonés Kamamura, hermético en su rostro de porcelana, alterado solamente cuando hablaba de la pavorosa proporción alcanzada por la crisis de paro en su país. Entre todos, recuerdo cordialmente a los que fueron dilectos amigos nuestros, por razones de raza y de idioma: los argentinos Viola y Marotta y el portugués Carneíro, este último, jovial y amenísimo compañero de hotel y constante competidor de Cordero, en pugilato de humorismo lusitano-galaico.
 
         Tampoco olvidaré fácilmente aquellas deliciosas excursiones sabadeñas —teníamos libre desde el sábado a mediodía hasta el lunes por la tarde—, en las que recorrimos las pintorescas localidades cercanas a Ginebra; Lausana, Interlaken, Saint-Moritz..., la ascensión al Mont-Blanc y a la Young-Frau, la presumida montaña que al anochecer se viste de un delicioso color de rosa... Si no fuese por el recuerdo de los seres amados que en España esperaban mi regreso contando los días de mi ausencia, la estancia en Suiza hubiera resultado para mí verdaderamente deliciosa.
 
         Incluso ideológicamente había tenido mis pequeños éxi­tos. Por mi actuación en las comisiones para las que fui designada, me nombró el Consejo del B.I.T. miembro del Comité de Expertos en Trabajo Femenino, compuesto únicamente por tres mujeres, elegidas entre las que figurábamos en el grupo obrero: madame Chevenard, de nacionalidad francesa; fraulein Schokal, polaca, y yo. En este cargo fui reelegida dos veces por períodos de tres años, con la obligación de enviar un informe mensual a Ginebra y responder por correspondencia a cuantas con­sultas me hiciera el B.I.T. sobre trabajo de la mujer. Además, tomé parte en un mitin celebrado en Lausana por las mujeres socialistas, en el que hablé de nuestra joven República y del programa que nos proponíamos desarrollar, logrando también un éxito oratorio, ¡Lástima que el bello programa entonces expuesto ante aquel público in­ternacional no pasase en España de ser un bello proyecto, malogrado por las malas pasiones de los mismos que de­bieran llevarlo a la práctica!
 
         Salimos de Ginebra, trayéndome yo de mi estancia en la bella ciudad del lago Leman una sola contrariedad: la de no haber podido asistir a alguna sesión de la Sociedad de Naciones, en su cometido de asegurar la paz mundial.
 
         No fue esto posible, por estar entonces suspendidas las sesiones, aunque entre los delegados que residían en Ginebra se notaba la sensación de fracaso, que atribuían a la falta de medios coercitivos del organismo ginebrino.
 
         En efecto, es magnífica la misión de mantener y defen­der en el mundo un estado de derecho, y, basado en él, el equilibrio mundial; pero si no se dispone de medios de fuerza para sostener ese derecho, cualquier forajido podrá violarlo en el momento que estime Oportuno. Los fundadores de la Sociedad de Naciones habían olvidado que las armas de los policías sostienen la acción de los jueces y el mantenimiento de la ley, olvido que costó la vida a la fenecida Sociedad de Naciones.
 
         Regresamos a España por París y nos detuvimos unos días en la “capital del mundo”, como llamaban nuestros padres a la gran ciudad cuyo encanto hay que descubrir, pues la primera impresión que causa es bastante ingrata, por su luz cenicienta y el tono gris de sus piedras, siempre húmedas por la vecindad del gran Sena.
 
         Nos hospedamos en el hotel Moderno, en la plaza de la República, frente a la estatua de “Mariana”, que ostenta impasible su gorro frigio sobre el rostro de buena comadre bulevadier, y repartimos nuestro tiempo entre el visiteo a dirigentes socialistas, organizaciones sindicales, algu­nos ratos de diversión y un mitin en el Foyer Socialista, donde escuché la Internacional ejecutada por una magnífica orquesta y coreada por un grupo de internacionales que la cantaba cada cual en su idioma, formando, sin embargo, un conjunto armónico, como si las voces humanas fuesen otros tantos instrumentos musicales. Los camaradas franceses, sobre todo, León Johaux, Blum y Madame Chevenard, se prometían grandes cosas en el terreno político social, contando con la ayuda de la joven República española, y sus frases encendidas, sobre todo en Joaux, me devolvieron la fe en el inmediato porvenir de España. “Es cierto que está todo por realizar —me decía—, pero entre todos lograremos hacer de España una nación ejemplo del mundo.”
 
         Me entusiasmaba con tan buenos propósitos camino de la frontera vasca, pues habíamos de detenernos en Irún y en San Sebastián para celebrar unos mítines que ya estaban anunciados, cuando Carrillo me interrogó:
 
         —¿Sabe usted que hay que entregar al Partido el diez por ciento de lo que se percibe por cargos de represen­tación?
 
         —Sí que lo sé—repuse—, y en cartera aparte llevo lo que corresponde de mis dietas en Ginebra, a razón de ochenta francos oro diarios, pues supongo que lo recibido como viático no contará para ese descuento,
 
         —Naturalmente; pero es que tampoco debemos entregar el diez por ciento.
 
         —¿Cómo? ¿Pues no es eso lo que establecen los Estatutos?
 
         —Si; pero entregar ese dinero es declarar la retribución del cargo. Usted no ignora que hay muchos ambiciosos entre nosotros que, aun suponiendo menores nuestros ingresos, hacen lo posible por pisarnos los puestos. Imagínese lo que pasaría si se enterasen de que nos han pagado ciento veinte pesetas diarias, aparte los gastos de viaje. Habría tiros por ir a Ginebra,
 
         —En buena democracia, cada uno lucha según sus me­dios, siempre que éstos sean legales. Con ingresos o sin ingresos, el compañero que desee desempeñar un cargo o realizar una labor tiene derecho a ello, siempre que acredite sus facultades y preparación. Yo no he pretendido ningún cargo de los que tengo y estoy dispuesta a dejarlos si alguien los desea para desempeñarlos mejor que yo.
 
         —No se trata de eso ahora—replicó Carrillo—, sino de la retribución, que siempre despierta críticas y envidias. Ya hablará usted con Cordero y le dirá lo mismo que yo. Nosotros habíamos pensado dar cien pesetas cada uno. Supondrán que hemos salido en mil pesetas, que por un mes largo de trabajo fuera de España no está mal del todo; y en paz.
 
         —Si ustedes hacen eso, yo no debo dejarles en mal lugar y entregaré lo mismo; pero no puedo quedarme sin escrúpulo con la diferencia. Hemos cobrado mil seiscientas cuarenta pesetas en veintinueve días y debemos entregar cuatrocientas sesenta y cuatro. ¿Qué se hace con las trescientas y pico que sobran?
 
         —Haga usted lo que quiera; pero no nos ponga en evidencia a los demás.
 
         Entregué cien pesetas en concepto de porcentaje por cargo de representación, trescientas cincuenta en la caja de resistencia contra el paro forzoso, y con las catorce restantes invité a café a los camaradas de la Secretaría que se hallaban de servicio el día en que hice mi entrega de fondos.
 
         No puedo quedarme con lo que no me pertenece; por eso me agradó tanto ese modo de ser de los suizos, coincidente con mi moral, y aquel dinero no me pertenecía desde que, bajo mi firma y promesa al ingresar en el partido Socialista, había aceptado entre sus estatutos el de dar el diez por ciento de lo que ganase en cargos de representación para los que el mismo Partido me designase.
 
         Que Carrillo, Cordero y otros no lo hiciesen..., allá ellos y sus conciencias, aparte de que su posición económica era muy distinta a la mía y todos tenían cargas familiares que atender.
 
         Así pensaba yo entonces, disculpándolos. Hoy compren­do que era 1a formación moral distinta en ellos y en mí la que dictaba una y otra conducta.
 




 


 
 
CAPITULO VIII
 
ESPAÑA ESTA ASI
 
 


Disturbios y sangre.—Persecución religiosa.—“Cristeras” y “diableras”.—Casas Viejas.—La Guardia Civil, la Nelken y Castilblanco.—Sufragio popular.—Hogar.
 
 
 




         En Irún nos esperaban los camaradas organizadores del mitin en que íbamos a actuar, y con ellos vi al marido de una lejana pariente mía, hombre apolítico, buena persona, que estaba a la sazón de redactor de un diario de la localidad, y enterado de mi llegada salió a esperarme, asistió al mitin e hizo en su periódico una cumplida reseña del acto.
 
         ¡Nunca lo hubiera hecho, pues su inocente crónica tuvo insospechadas consecuencias!
 
         En el frontón donde celebrábamos el mitin se habían filtrado elementos comunistas dispuestos a estropearnos los discursos; mas como yo hablaba en primer lugar, pues Wenceslao Carrillo, como representante de la U.G.T., debía cerrar el acto, a cada interrupción recogía las alusiones, las contestaba y provocaba la reacción en aplausos.
 
         Le dejé a Carrillo bien dispuesto el terreno y el acto terminó sin novedad.
 
         Al día siguiente, en la reseña publicada por mi pariente en su diario, decía que los comunistas habían fracasado en su deseo de sabotear el acto y que salíamos para San Sebastián, donde renovaríamos nuestros éxitos Carrillo y yo.
 
         Al leer tales cosas, los comunistas iruneses y donostiarras se propusieron con tesón vasco impedir la celebración del mitin en la ciudad playera, y a poco más lo hubieran conseguido.
 
         Cuando en San Sebastián llegamos a la Escuela de Declamación, lugar elegido para el efecto, nos dijeron los compañeros socialistas que desde las primeras horas de la tarde habían tomado el local los comunistas, ocupando todos los asientos sin dejar uno libre. A pesar de esto, los socialistas se situaron entre el vestíbulo, los pasillos y las escaleras.
 
         El acto comenzó en un ambiente eléctrico. Yo notaba al público nervioso, ajeno a mi palabra, cambiando entre si miradas de odio o de inteligencia rencorosa, pero, al fin, logré interesar a unos cuantos y arrancar un aplauso. Aquello caldeó el ambiente aún más y menudearon las interrup­ciones, que lo mismo que en Irún, yo recogí y contesté, hasta que un energúmeno increpó:
 
         —¡Sois unos farsantes! Pactáis con la burguesía y con el clero. Lo hacéis peor que los monárquicos.
 
         ¡Allí fue Troya! En menos que se dice, se organizó una batalla en la que se luchaba a puñaladas, puntapiés y garrotazos, hasta que alguien se le ocurrió romper una butaca y con los restos emprenderla a estacazo limpio. El poco edificante ejemplo fue seguido por muchos, con entusiasmo digno de mejor causa, y era imposible, no ya calmar aquella locura, sino hacerse oír por los combatientes.
 
         Al fin, por cansancio o por lo que fuese, la lucha amainó. Muchos habían salido a la calle; unos para zafarse del barullo y otros para pelearse más libremente, y fueron en­trando en el local algunos adictos, con señales visibles en la cara y en las ropas de la reyerta sostenida.
 
         Los del escenario no habíamos podido hacer otra cosa que esperar, desde aquel puesto de observación, a que se calmase la tormenta y al ver que los espectadores, si me­nos en número eran también menos guerreros, reanudamos el mitin.
 
         —Ahora que ya se han ido los indeseables...—comen­cé diciendo, y ya no pude continuar, pues desde un balconcillo que había dentro del escenario a la altura de los "telares, se descolgó un hombretón, increpándome:
 
         —¿Qué es eso de indeseables? Yo soy de ellos y no me fui.
 
         —¿Que eres de ellos? ¿De cuáles? De los que se han ido no eres, puesto que estás aquí; ahora, si tú mismo decla­ras que eres indeseable...
 
Se reanudó la pelea, con la variante de que algún que otro tarugo de butaca era lanzado al escenario, y los comunistas nos decían en vascuence unas cosas que nos dejaban tan frescos, porque no las entendíamos, pero que a los compañeros vascos los volvían locos de indignación.
 
         Al mismo tiempo, de la calle llegaban voces nada tranquilizadoras, acompañadas de cantos tamaños como naranjas gordas que hicieron desalojar el lado derecho del salón. Por segunda vez se vació el local, volviendo por segunda vez a llenarse en aquel flujo y reflujo alborotado.
 
         Los vascos son tenaces, pero nosotros entonces lo éramos más. Ellos se habían propuesto impedir el mitin y nos­otros no podíamos consentir que los comunistas se jactasen de que habían vencido a los representantes del Partido Socialista y la U.G.T. Y el mitin se celebró a pesar de todo.
 
         De nuevo tomé la palabra, mas como el tumulto callejero no cesaba, yo hablaba y hablaba sin decidirme a cerrar mi discurso. Carrillo me hacía señas, indicándome que terminase; pero yo no le hacía caso. Era mi propósito dar lugar a que los alborotadores se marchasen, para que, mientras hablase Carrillo, acabasen de apaciguarse los ánimos y pudiéramos salir del local en paz, como así lo hicimos, yéndonos al hotel en busca de los equipajes.
 
         Contra los deseos de los compañeros que querían pernoctásemos en San Sebastián, por carretera nos fuimos a Vitoria, donde pasamos el resto de la noche y a la mañana siguiente tomamos el tren con rumbo a Madrid.
 
         Carrillo repetía:
 
         —¿España está así? ¡Pues es todo un programa!
 
         España no estaba “así”, sino mucho peor. Cada día aumentaban, los disturbios, tiñendo de sangre trabajadora las calles de la capital. Una tarde me llamó por teléfono Matilde Cantos, compañera de partido:
 
         —Ven, si quieres ver hule. Estoy en la Academia Reus, y hay en la Puerta del Sol un jaleo regular.
 
         Tomé un taxi y acudí. Las aceras estaban enarenadas y la Guardia Civil, a caballo, intentaba guardar el orden. Bajó mi amiga. Quisimos cruzar la plaza, pero un guardia nos lo impidió.
 
         —Tenemos que ir ti la calle de Carretas—dije al bene­ mérito.
 
         —No sé si podrán llegar hasta allí—respondió; y cortésmente, echando pie a tierra, nos acompañó a donde estaba el sargento, al que informó de nuestro deseo.
 
         —Sigan—se limitó a decir el galoneado.
 
         Llegamos a la calle de Carretas, y por la de Cádiz salimos a Espoz y Mina, que era a donde realmente queríamos llegar, pues allí se oía el jaleo.
 
         En efecto; entre la Puerta del Sol y la calle de Cádiz, un tumulto de jóvenes se zurraban de lo lindo. Un piquete de Guardias de Asalto, novísima creación de Ángel Galarza, subió de la Puerta del Sol y arremetió contra todos a porrazo limpio. Del grupo partió un disparo; luego sonó el silbato de atención de los guardias y tras el silbato varios disparos más que pusieron en fuga a los peleadores, menos uno que quedó tendido en el suelo.
 
         Los portales estaban cerrados. Matilde Cantos y yo, muy pegadas a las casas de la acera de la izquierda, subimos para ganar la calle de la Cruz, y cuando ya estábamos próximas a nuestro objeto, otro grupo de jóvenes, portando una bandera roja y negra de la F.A.I. desembocó por la calle del Gato, gritando: “¡Viva el anarquismo libertario!” Los que subían perseguidos por los guardias contestaron: “¡Viva Rusia!”, y entre los dos grupos se cambiaron varios tiros en los breves instantes que tardaron los libertarios en volver la espalda y huir también de los de Asalto.
 
         Hubo varios heridos en estas colisiones, que se sumaron a los ya habidos en otras semejantes durante la jornada, que, a la vez, fue una de tantas en la “etapa de paz” de que disfrutábamos los españoles en nuestra República de Trabajadores. Sin embargo, aquella tarde, más alarmada por haber sido testigo presencial de los sucesos, me fui a ver a Largo Caballero en su despacho de la U.G.T. situado en la calle de Fuencarral próximo a la Corredera. Al pedirle explicación de los sucesos, cuando yo esperaba los condenase, me dijo:
 
         —La juventud se impacienta y es natural. Estamos per­diendo el tiempo. La República burguesa es para nosotros un camino, no un fin. Nos urge la República Social, En Rusia se tardó en la evolución lo que va de julio a las jornadas de octubre, y aquí llevamos ya demasiado tiempo sin avanzar un paso en el camino de la revolución. Se impone el asalto al Poder y la juventud lo prepara.
 
         —Pues, los libertarios no parecen muy conformes con eso—argüí.
 
         —Esos siempre han de meter la pata—dijo Largo Caballero—; pero en esta ocasión nos hacen el juego, pues también hostilizan a la burguesía.
 
         Otra tarde, al pasar por la carrera de San Jerónimo, vi grupos de jóvenes que marchaban hacia el Congreso cantando a todo pulmón “Joven Guardia”, el himno de las Juventudes Comunistas.
 
         Cuando llegaron a la calle de Floridablanca, se situaron a la puerta del Congreso y empezaron a gritar a coro: “¡Abajo el clero! ¡Abajo el clero!” Nadie les hacía el menor caso; algún transeúnte sonreía, no sabemos si con simpatía, con burla o con lástima; pero ellos seguían en su grito, repetido hasta convertirlo en salmodia monótona.
 
         Me acerqué al grupo y les pregunté el porqué de aquel escándalo.
 
         —Es porque hoy tratan ahí dentro de los haberes del clero y los republicanos son capaces de volver a darles pagas a los curas—me aclaró un mozalbete.
 
         Y creéis que por dar voces a la puerta de la Cámara vais a impedirlo?
 
         —Por dar voces empezamos; Luego ya haremos algo más—dijo con amenaza el muchacho, poniendo en su voz y en su mirada la expresión más decidida.
 
         Otro grupo llegó, que se sumó al primero, repitiendo el “ritornello” de “¡Abajo el clero!”, y todo iba en perfecta armonía cuando a uno de los recién llegados se le ocurrió gritar: “¡Viva la F.A.I.!” “¡Viva Rusia!”, gritaron los otros, y entre unos y otros se cruzaron varios disparos, mientras los guardias perseguían a todos, zurrando a los que cogían por delante.
 
         Estas escenas se repetían con bastante, frecuencia en las calles de Madrid, y al mismo tiempo los atentados personales menudeaban. A los dirigentes de las organizaciones obreras afectas a la Casa del Pueblo se les eliminaba lindamente, como se hizo con el secretario de la Sociedad de Albañiles, Luis Fernández Martínez, asesinado de noche, cuando regresaba a su hogar. Y no hablemos de las personas destacadas como de derechas, que estaban a merced de la pistola de cualquier atracador vulgar.
 
         El desorden y la desmoralización cundieron hasta los medios rurales, y ocurrían hechos como el del asesinato alevoso del cura de La Solana, en Ciudad Real, que conmovió de indignación a toda conciencia recta.
 
         Entonces, las mujeres cristianas, para exteriorizar sus sentimientos, como profesión de fe y protesta contra el ambiente impío, empezaron a lucir sobre el pecho la santa cruz. Las llevaban de todos tamaños, formas y modelos. No se trataba, por tanto, de la exhibición de un dije de moda o de la insignia de una asociación; era simplemente la muestra de un emblema que unía a quienes lo llevaban en la misma confesión de fe.
 
         Las revolucionarias se burlaban de las mujeres que lucian la imagen del Redentor y las llamaban, despreciativamente, “cristeras” , insultándolas dondequiera que con ellas se encontraban; pero no contentas con esto, crearon un dije que era la fiel representación de su contextura moral: un diablejo rojo, hecho en celuloide, con su rabo, sus cuernos y su tridente, que portaban colgado del cuello por un cordón rojo también.
 
         Las “cristeras” no se preocuparon gran cosa de las “diableras”, y solo alguna anciana timorata hacía la señal de la Cruz, al ver la odiosa representación del malo sobre el pecho de sus posesas.
 
         Con todo, la pugna entre los dos partidos marxistas rivales iba en aumento. En Andalucía, el comunismo iba ganando terreno al socialismo, y en algunos pueblecitos serranos llegaron a hacerse ensayos de sovietización, ingenuamente proyectada por los sencillos campesinos y hábilmente dirigida por los capitostes del partido, en su afán de crear conflictos al Gobierno de la República.
 
         Tal estado de cosas culminó en los sucesos de Casas Viejas, con el incendio de la choza del “Seis Dedos” y la muerte, entre otros infelices, de su hija, “Libertaria” , muchacha de dieciséis años.
 
         En el pequeño caserío serrano habían establecido los comunistas el cuartel general de su flamante “república soviética”, y desde allí salían a cometer toda clase de actos de “emancipación de la propiedad” y “justicia proletaria”, a su novísima manera. Batidos por la Guardia Civil, se habían refugiado en la choza del cabecilla rural “Seis Dedos”, situada estratégicamente en una abrupta loma de la serranía, y allí se hicieron fuertes.
 
         Pasaron los días, y los insurrectos no se rendían. Entonces, por orden expresa del presidente del Consejo, Ma­nuel Azaña, de funesta memoria, salieron para Casas. Viejas fuerzas de Asalto con la misión de reducir a los rebeldes, fuese como fuese, y añadió: “No quiero heridos ni prisioneros.”
 
Consecuentes con la orden recibida, los jefes de las fuerzas, de represión procedieron. Rodearon la casa del “Seis Dedos”, la prendieron fuego, y los comunistas que no perecieron entre las llamas fueron acribillados a balazos, al intentar salir de aquella inmensa hoguera.
 
         Tales eran los medios coercitivos usados por un Gobierno que había perdido su moral, pues a lo de Casas Viejas había que sumar la destrucción de la “casa de Cornelio”, de Sevilla, lugar en que se habían hecho fuertes unos anarquistas y que fue barrida a cañonazos, con grave deterioro de las fincas cercanas. Otras veces se ejercían represiones como en Prat de Llobregat, donde se había ejecutado en masa a los sublevados, y así un día y otro día, raro era el que no registraba algún suceso sangriento o su más sangriento castigo.
 
         La Guardia Civil, que había sido uno de los más fuertes puntales con que contó la República a su advenimiento, se hallaba avergonzada del camino seguido por el nuevo régimen y pesarosa del apoyo que le había prestado. La Benemérita, que hace del honor profesión de fe, se dolía al ver cómo los gobernantes sin alma empañaban el limpio honor de España al convertirla en un pueblo sin moral.
 
         El pundonoroso general Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil en el célebre 14 de abril de 1931, intentó rectificar su error, lanzándose a la calle el 10 de agosto del año siguiente, secundado por un puñado de valientes que inten­taron rescatar el prestigio y la honra de España; pero fracasó la empresa y el general pagó en el penal del Dueso su delito, cumpliendo condena por “rebelión militar”. Mas la Guardia Civil estaba en espíritu con su antiguo jefe y siempre que era posible defendía a los perseguidos y evitaba abusos, sobre todo en los centros rurales.
 
         Nunca fue bien mirada la Guardia Civil por malandrines de toda clase, sean cuatreros, salteadores de caminos, allanadores de viviendas o simplemente ladrones de gallinas o atropelladores del derecho ajeno por la ley de “mandan los míos”, y nada más fácil que captarse popularidad halagando demagógicamente a los violentos, sin medir las consecuencias de tal oratoria.
 
         Tal fue el caso de Margarita Nelken, en relación con los tristes sucesos de Castilblanco (Badajoz).
 
Margarita Nelken, hija de alemán y polaca, judía de familia y de religión, sentía aversión a la Guardia Civil por no sabemos qué oscuro complejo de venalidades raciales, en pugna con la probidad defendida por fe Benemérita. Esto, unido a la facilidad de crearse un pedestal a costa de unos cuantos discursos demoledores, la llevó a excitar los odios de los campesinos extremeños contra la Guardia Civil, y pocos días después, al producirse un choque entre un grupo de aldeanos de Castilblanco y una pareja de la Benemérita, los paisanos lincharon bárbaramente a los guardias y las mujeres se ensañaron horrorosamente en los cadáveres.
 
         Al ser increpada la Nelken en el Congreso, pues a pesar de su extranjerismo era diputado por Badajoz, replicó que “ella nunca había estado en Castilblanco”, como si fuera preciso haber ido precisamente al lugar del suceso y no bastase a provocarlo la labor demagógica y de excitación en las localidades próximas, a las que acuden a escuchar a los oradores gentes de toda la comarca, aunque tengan que hacer el viaje a pie, y luego comentan, au­mentan y exageran lo dicho por los propagandistas, que teniendo esto en cuenta han de ser muy cautos en sus palabras y exhortaciones.
 
         Los sucesos de Castilblanco quedaron semi impunes, y esta injusticia fue un hecho más que sumar a la larga lista de los que causaban el general descontento entre los españoles de conciencia recta.
 
         Esta situación era muy bien aprovechada por el P.C., que destacó elementos inteligentes para que hiciesen labor entre la juventud universitaria y deportiva, dando lugar, entre los muchachos de las clases media y pudiente, a un nuevo snobismo ideológico; un comunismo literario muy a lo Kropotkin, de funesta influencia en la vida nacional.
 
         Frente a esta tendencia, se exacerbó el dinamismo combativo de una nueva fuerza de oposición que, desde antes de la proclamación de la República, venía incubándose en un sector de la juventud española.
 
         El 14 de marzo de 1931, esto es, un mes antes del triunfo electoral republicano, Ramiro Ledesma Ramos propug­naba la conquista del Estado por medio de unas Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista que habían de tener por emblema el yugo y las cinco flechas, y por bandera tres franjas verticales, dos rojas y una negra.
 
         La República, con su arrebato de la opinión, dejó un tanto al margen de la atención general el intento de Ramiro Ledesma, aun cuando éste no desistió y encontró co­laboradores tan eficaces como Onésimo Redondo, el mo­zo aguerrido que se levantó en tierras castellanas creando otras Juntas que no tardaron en fundirse con las primitivas, dando cumplimiento al lema de “unidad” con que la nueva fuerza nacía.
 
         Las J.O.N.S. actuaban bajo la presidencia de Rami­ro Ledesma, y un triunvirato formado por Onésimo Redondo, Giménez Caballero y Juan Aparicio, y el ardor de acción de estos jóvenes luchadores no tardó en concitar los odios de sus enemigos políticos. Marxistas, anarquistas y republicanos desencadenaron su furia, y lo mismo en la capital de España que en los pueblos, las calles se tiñeron con la sangre derramada en esta nueva lucha.
 
         Con poca diferencia de tiempo nació Falange Española, fundada y animada por José Antonio Primo de Rivera, hijo del glorioso general del mismo apellido que un día intentara salvar a España del caos. La nueva organización nacía con postulados parejos a los de las J.O.N.S., y con un contenido político semejante; mas, tal vez porque los falangistas tuviesen mayor acometividad, siendo los últimos en llegar al movimiento de ofensiva, pronto se colocaron en cabeza, no sin que les costase numerosas bajas causadas por las pistolas enemigas, contra las que reaccionaban contestando a la agresión con la agresión.
 
         En medio de todo esto, el malestar nacional se hacía sentir cada vez más, y los luchadores que de buena fe habíamos procedido, teníamos la sensación de estar perdiendo energías nacionales y un tiempo precioso que ya no volveríamos a recuperar; por eso, en aquella mañana de 29 de octubre de 1933 nos habíamos citado en la cervecería más popular de la calle del Príncipe —que entonces se lla­maba de Francisco Ferrer— varios afiliados al P.S.
 
Éramos los descontentos de la marcha de la República, y nos proponíamos orientar la política de nuestro Partido en sentido constructivo. Para cambiar impresiones nos habíamos citado, y como la Casa del Pueblo no era sitio seguro en lo que a chismorreo se refería, para evitar que los dirigentes tuviesen una versión poco exacta de lo que íbamos a tratar, decidimos reunirnos en un lugar público que nos ofrecía mayores garantías de reserva.
 
         Tomamos nuestros acuerdos y con propósito de plantearlos en la primera asamblea que se celebrase, enfocando la cuestión, cada uno de nosotros, desde diferente punto de vista, procurando atraer la mayor votación a nuestra actitud, y cuando en perfecta armonía salíamos a la calle, nos sorprendió un numeroso y entusiasta grupo de hombres bien vestidos, entre los que se veían algunos obreros, que llenaban la calzada desde el Teatro de la Comedia hasta la plaza de Canalejas.
 
         Era una pequeña manifestación, ordenada y vibrante, de la que, de vez en vez, salían gritos breves como consignas precisas que coreaba la totalidad. Daban una extraña impresión de vigor y fuerza a pesar de su número, que resultaba insignificante si se comparaba con las in­mensas masas movilizadas por los marxistas en las grandes concentraciones.
 
         —Son los “fascistas” de Primo de Rivera—dijo Carlos Rubiera—. Hoy celebran oficialmente la fundación de la Falange. Tuvieron un mitin en la Comedia.
 
         —Quieren armar jaleo—añadió Calatayud—. Ya en febrero dieron señales de vida, y hasta intentaron sacar un periódico; pero no lograron el permiso. Dicen que quieren hacer una revolución social, unidos a esos de las J.O.N.S., que dicen que van a la conquista del Estado.
 
         —Es la manera de atraerse a las masas—apostilló Paca Vega— ; pero los obreros no nos iremos nunca con los señoritos. Además, el apellido Primo de Rivera suena a dictadura, y no se fiarán...
 
         —Y son muy pocos—agregué yo—. Apenas unos tres cientos.
 
         Así comentábamos los espectadores marxistas aquella pequeña manifestación, procurando quitarle importancia, pero en nuestros ánimos había una secreta impresión de peligro ante aquel grupo de hombres que se presentaban en las calles de Madrid decididos a batallas definitivas.
 
Por la tarde, en la Casa del Pueblo, comentamos con otros compañeros el suceso del día: la fundación de Falange Española. Rodolfo Obregón se había procurado un ejemplar del discurso de Primo de Rivera, que fue leído y analizado punto por punto, conviniendo en que era el suyo un lenguaje nuevo en “las derechas”, pues de extrema derecha calificamos a F.E., y la mayoría auguró poca vida a la recién nacida organización y un rotundo fracaso entre las masas trabajadoras.
 
         —Sin embargo, pueden darnos serios disgustos—observó Manuel Cordero—. Son gentes decididas a todo, como los fascistas italianos. Claro que aquí no tenemos un rey que les entregue el poder; pero ellos ya andan intentando apoderarse de él con la monserga de la conquista del Estado.
 
         —Esos son los de las J.O.N.S.—aclaró Wenceslao Carrillo—. Pero no somos tan tontos que se lo vayamos a consentir, ni a éstos, ni a los otros.
 
Pronto tuvo la Falange su órgano de opinión en el semanario “F.E.”, que los mismos afiliados vendían, y estos vendedores y los de “Renovación”, órgano de la Juventud Socialista Unificada, cada vez que se encontraban en la calle, se enredaban a estacazo limpio. Algunos fa­langistas cayeron bajo las pistolas homicidas, y pronto, por represalia, les siguieron elementos de la juventud marxista. Elías Montero y Juanita Rico fueron de los primeros en caer de uno y de otro bando.
 
         Tal era el ambiente nacional cuando las Cortes Constituyentes caducaron su misión. La República tenía ya su “carta magna”, su presidente y sus leyes complementa­rias. Procedía disolver las Constituyentes y convocar Cor­tes ordinarias, y así se hizo, realizándose elecciones generales en noviembre de 1933.
 
         Yo recibí propuestas para candidato por las provincias de Murcia y Ciudad Real, y no queriendo repetir lo que me ocurrió cuando las elecciones de las Constituyentes —que, habiéndome solicitado las provincias de Cáceres y Jaén, rehusé sin consultar al Partido Socialista, lo que me valió una seria reprimenda de Largo Caballero—, para no incurrir en la misma falta, remití a la Ejecutiva las pro­puestas de las agrupaciones de Murcia y Ciudad Real, y el Partido Socialista me indicó que podía decidirme por una de las dos circunscripciones.
 
         Elegí la de Murcia, porque ofrecía mayores posibilida­des de éxito. Había recorrido hacía poco tiempo las provincias levantinas y conocía su liberalismo, tan diferente al espíritu tradicionalista, conservador, de los pueblos manchegos, que también había visitado recientemente.
 
         La propaganda fue algo agotador. Las derechas, agrupadas en la Concentración Española de Derecha Agraria, se movían incansables a la orden de su jefe, Gil Robles, hombre joven y de arrestos tal vez superiores a su capacidad.
 
         Logramos poner a los pueblos en pie de lucha. Se combinaron movimientos y pactos con los partidos afines, y, seguros del triunfo, esperamos el resultado. En la primera elección conseguimos una mayoría inmensa sobre nues­tros contrincantes en la provincia de Murcia; pero no la que marcaba la nueva ley electoral para proclamar nuestro triunfo, y, segura de obtenerla en la segunda votación, regresé a Madrid, donde me esperaban familia y hogar y donde había de curarme unas terribles anginas contraídas en la intensa campaña electoral.
 
         Dos días antes de la elección definitiva me llamó al teléfono, desde Murcia, el presidente de aquella agrupación y diputado de las Constituyentes, José Ruiz del Toro, para decirme que habían hecho tales dispendios en la organización de la propaganda que, si no enviábamos tres mil pesetas cada candidato, tendrían que pactar con la C.E.D.A., pues estaban completamente arruinados y la C.E.D.A. les ofrecía treinta y dos mil pesetas por la candidatura completa.
 
         No podía yo ni imaginar siquiera que fuese tanta la inmoralidad dentro de mi partido, y, suponiendo aquello un "negocio personal” de Ruiz del Toro, del que ya conocía la escasa decencia, le dije que los socialistas no teníamos por qué pagar ni vender actas, pues los gastos de las elecciones eran sufragados por nuestro partido con los fondos que para el efecto se reunían por la aportación de todos los afiliados, y que mirase mucho lo que hacía, que podía salirle caro.
 
         Así fue, porque no me hizo caso alguno. Al no recibir mi dinero ni el de otros candidatos, nos borró lindamente de la candidatura, cediendo a la C.E.D.A. los puestos apetecidos, y, con gran sorpresa de los profanos en esto de muñir elecciones, triunfaron las derechas en Murcia en la segunda vuelta.
 
No deploré personalmente quedar sin acta; pero sí sufrí mucho al comprobar que íbamos cuesta abajo, perdiendo nivel moral día a día, con actos cada vez más reprobables, de los que no podía ni quería hacerme solidaria.
 
         Recurrí a la Ejecutiva. “¿Cómo reprochar a un iletra­do afiliado —le decía— que venda su voto acuciado por el hambre, si pasamos por alto que los dirigentes de una provincia vendan la candidatura por treinta y dos mil pesetas, alegando encontrarse alcanzados económicamente? Además, me parece un precio muy bajo para los que suele fijar a sus negocios Ruiz del Toro.”
 
         Fue admitida mi denuncia, se incoó expediente al culpable, que quedó expulsado del Partido Socialista; pero no perdió su investidura parlamentaria, pues ésta era independiente de las decisiones del P.S.; mas no debió de irle muy bien en sus cosas, ya que, poco tiempo después, me dijeron que había abandonado a su mujer y a sus hijos, para irse a América con la señora y la cartera de un convecino suyo. Digno remate de sus “hidalgas” andanzas.
 
         En tanto, la nueva fuerza combativa de F.E. apretaba, sus filas, y las J.O.N.S. continuaban su labor. En unas elecciones parciales para cubrir una vacante de diputado por Madrid, se presentó candidato José Antonio Primo de Rivera y obtuvo lucida votación, lo que nos dio la medida de cómo ganaba terreno político; pero lo que nos puso sobre aviso seriamente fue la fusión de Falange Española y las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, llevada a efecto en febrero de 1934.
 
         Las J.O.N.S. constituían un verdadero peligro para las organizaciones marxistas, sobre todo en los medios ru­rales, donde el positivismo materialista no tenía fácil entrada, por la formación tradicionalmente cristiana del la­briego español. Sobre todo en Castilla, los labradores que se decidían a ingresar en nuestras organizaciones lo hacían acuciados por un lógico deseo de mejora económica y so­cial e ilusionados por las ventajas que ofrecía la “reforma agraria”, que tan fatales resultados había de dar más tarde. Las J.O.N.S. prometían mejora material sin atacar el credo religioso, constituían una revolución de tipo social-cristiano mucho más eficaz que los viejos “sindicatos católicos”, mejores de intención que de orientación práctica, y frecuentemente nos llegaban noticias de descalabros inferidos a nuestros sindicatos marxistas por la nueva organización.
 
         La Juventud Socialista tomó sus decisiones. Era necesario desarrollar una lucha sin cuartel contra F.E. de las J.O.N.S. Santiago Carrillo, hijo de Wenceslao, y Antonio Mije, expusieron planes de combate, que aprobó la mayoría. Se llevaron a cabo “ejercicios deportivos” en la Dehesa de la Villa y en la Casa de Campo, y los grupos de “Salud y Cultura” se adiestraron en el manejo de las armas, que no eran otros los “ejercicios” en cuestión para “batir a los fascistas donde quiera que se los encon­trase”.
 
         Pero, con todo, la gente se nos iba. Los estudiantes habían formado la Asociación de Santo Tomás de Aquino, que se enfrentaba con la Federación Universitaria Esco­lar, de tendencia comunistoide. Los empleados y gentes de carrera se daban de baja en los sindicatos profesionales o dejaban de pagar sus cuotas para provocar la baja automática. Ya apenas quedaban restos de aquella euforia de los primeros meses de la República, en los que ser socialista era una recomendación.
 
         Falange -Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista crecía y se robustecía a nuestra costa, a pesar de las persecuciones y los atentados. Con motivo de los entierros de sus caídos, organizaban desfiles cada vez más numerosos y aguerridos, rivalizando en temple los mozalbetes con los hombres maduros.
 
         La constante preocupación de los dirigentes marxistas por la Falange llegó a planear la “eliminación de Primo de Rivera”, propuesta por Francisco Antón, secretario general del P.C., y rechazada por la J.S.U., porque, a decir de Santiago Carrillo, eso sería convertirlo en un mártir, y daría un resultado contraproducente del fin que se perseguía.
 
         Con todas estas cosas, yo me encontraba cansada, enferma de fatiga y decepción. Iba perdiendo la fe en el resurgir patrio y una profunda melancolía me dominaba. Al verme en tal estado, mi esposo me impuso por primera vez su autoridad. Me obligó a cuidarme y. reponerme, some­tiéndome a un régimen de reposo. Buscó una casa amplia, de construcción no muy moderna, pero tampoco muy antigua, con grandes miradores orientados al Mediodía y ha­bitaciones espaciosas, confortables, llenas de sol. Compró un pequeño coche, marca “F.I.A.T.”, tipo “Balilla”, y con frecuencia nos llevaba a nuestra hija y a mí a pasar los días en la sierra, saturándonos de oxígeno y ajenos a toda preocupación política. Sólo los juegos y las gracias de nuestra pequeña Josefina ocupaban nuestras horas felices.
 
         De vez en cuando, seguíamos carretera adelante hasta Valencia, en visita de inspección y vigilancia a las fincas de mi esposo, y vivíamos nuestra vida en plan “pequeño burgués”, que, a decir verdad, me encantaba.
 
         Fue ésta, sin duda alguna, una de las etapas más felices de mi vida, ensombrecida solamente por la consideración de que, mientras nosotros no carecíamos de nada, había miles de seres que de todo estaban privados.
 
         —Y eso no puede continuar—decía a mi marido— : por eso, para hacer la vida más justa, tenemos que poner nuestro esfuerzo todos los que nos preciamos de humanitarios.
 
         —Conformes—asentía él—; pero tú no vuelves a la lucha en tanto no estés fuerte del todo. Y entonces iré yo contigo.
 
         Así fue. Pocos meses después, mi marido ingresó en el Partido Socialista, y de simpatizante que era —yo lo había conocido en la preparación de una campaña de propaganda—, se convirtió en militante activo, haciendo con esto aún más plena nuestra unión, pues hasta entonces él había estado como un poco celoso de mis actividades políticas, que, aun cuando se ajustaban a su manera de sentir y de pen­sar, le robaban muchas horas de mi compañía.
 






 
 



 
 
 
CAPITULO IX
 
EL BAILE DE LOS CRIADOS
 
 


1934-—Octubre rojo.—El alijo del Turquesa y las pistolas “César”.—Grupos de Salud y Cultura.—Frente Popular.—Atentados y colisiones.—Azaña, hombre funesto.
 
 




         Había entre la vieja aristocracia española una simpática costumbre, hoy en desuso, por la cual, al día siguiente de cada gran fiesta, a la que concurría lo más linajudo de la nobleza y lo más selecto de la diplomacia1 y el saber, se repetía el sarao, el baile o la reunión, pero única y exclusivamente para los criados que acudían a la fiesta espléndidamente ataviados con ropas que habían sido de sus señores en fiestas pasadas.
 
         Los salones eran los mismos, los mismos los muebles y la música; todo era igual que el día anterior; todo, menos la concurrencia, pues, aunque ésta olvidase su condición servil y se creyese señora siquiera por unas horas, lo cierto era que, aún más que a divertirse personalmente, habían ido allí a servir de diversión a sus amos, que, entre cortinas, los contemplaban, comentando la elegancia o la torpeza de los “invitados” y esponjándose más aquellas señoras cuyos criados mostraban mayor distinción.
 
         La vieja costumbre aristocrática resucitó en los años de la República, siendo la República misma un gigantesco “baile de criados” donde los republicanos, creyéndose los amos, danzaban al son que los marxistas querían que sonase y procuraban imitar, en lo posible, las maneras de sus señores.
 
Sometidos servilmente a los partidos que dirigían las grandes masas obreras, los republicanos ponían su firma al pie de cuanto los marxistas disponían, con grave disgusto de las personas de buena fe que en un principio habían colocado en la República y en los republicanos su esperanza. El descontento del inmenso sector del país que no militaba en el Partido Socialista ni en el comunismo, de los que no esperaban como un bien la “dictadura del proletariado” ni aspiraban a un Estado anarquista, se patentizó en el triunfo del bloque de derechas en las elecciones de las Cortes ordinarias de 1933-1934.
 
         Entonces obtuvieron las derechas mayoría tan aplastante que los partidos de izquierda, verdaderamente alarmados, decidieron ganar entre el populacho los adeptos que perdían en la opinión sensata del país.
 
         Arreciaron las huelgas, los atropellos y el desorden. Los obreros en paro pedían limosna en las calles o iban en tumulto ante el Ayuntamiento, reclamando trabajo. Era tal la sensación de desgobierno, que Alcalá Zamora, queriendo poner remedio a aquel estado de cosas, provocó una crisis ministerial y entregó el Poder a los radicales, acaudillados por Lerroux, con el propósito de llamar también a gobernar a los agrarios de la C.E.D.A., que tantos votos habían logrado en las últimas elecciones.
 
         Ante el peligro común, los eternos enemigos se unieron.
 
         Socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos de izquierda se juntaron, no para hacer una labor constructiva de trabajo fecundo, sino que, bajo el lema U.H.P. (Unión Hermanos Proletarios), se prepararon para desencadenar la rebelión contra el Gobierno si las derechas obtenían el Poder, como proyectaba Alcalá Zamora.
 
         Sin embargo, no había entre los conjurados cohesión de propósito, pues mientras los republicanos de izquierda intentaban solamente un “golpe de Estado” para derrocar a Alcalá Zamora y erigir en su lugar a Manuel Azaña, los socialistas y comunistas se proponían aprovechar la ocasión e implantar el sistema marxista; pero también cada sector con distinto criterio, ya que los comunistas abogaban por el régimen soviético, y los socialistas, por la democracia social, Los anarquistas no estaban conformes con ninguno de los demás grupos, y, a su vez, se proponían implantar el sistema libertario preconizado por Bakunin tan pronto la revolución social triunfase.
 
         En lo único que coincidieron todos fue en comunicar sus propósitos a las centrales internacionales de sus respectivos partidos y al “gran taller” de la masonería universal, a la que pertenecían, casi sin excepción, los repu­blicanos de izquierda. De todos recibieron instrucciones y ayuda.
 
Sin embargo, la más activa fue la Internacional Comunista. LA U.R.S.S. extremó su atención a las cosas de España y envió mentores de la importancia de Neuman y los Torez, que vinieron a entrevistarse con los dirigentes comunistas y darles instrucciones y normas concretas para organizar en nuestra Patria un octubre rojo que emulase las jornadas de Moscú en 1917.
 
         Se pensó en todo, y sobre todo en la organización y en las armas. Y entonces ocurrió el hecho más vergonzoso, digno de figurar en 1a historia de la picaresca española del tiempo clásico.
 
         Se acordó comprar fusiles a la fábrica Skoda, de Checoslovaquia, y fueron comisionados para este menester Indalecio Prieto y Ramón González Peña. Venían las armas en el buque mercante “Turquesa”, a cubierto de toda sospecha, cuando el Gobierno se enteró del asunto y decomisó la carga, descubriendo en las entrañas del barco un alijo de diecisiete mil fusiles.
 
         ¡Diecisiete mil fusiles, y se había dado dinero para cincuenta mil! Se pidieron cuentas a los comisionados y estos dijeron que el Gobierno daba esa cifra tan baja para restar importancia al asunto.
 
         Entonces empezó a circular el rumor de que si el Gobierno se había enterado del alijo que el “Turquesa” traía, no había sido por casualidad, sino por la confidencia hecha por un amigo de Lerroux, que lo era a la vez de Prieto, y, así, quedó en el misterio el número de fusiles que portaba el “Turquesa”
 
Consecuencia de esto fue la clausura de la Casa del Pueblo y la detención de varios dirigentes de izquierdas; mas no por eso se desistió del plan revolucionario; antes, al contrario, se cursaron las oportunas instrucciones para declarar la huelga general en España, y se acordó dar la orden de paro tan pronto la C.E.D.A. entrase a formar Gobierno.
 
         Así se hizo. El mismo día que Alcalá Zamora aprobó la lista de ministros en que aparecían lerrouxistas y cedistas en colaboración, se ordenó el cese total de trabajo para las doce en punto de la noche.
 
         Aunque la Casa del Pueblo estaba clausurada, el café seguía funcionando, y en él nos reuníamos al caer de la tarde algunos contumaces afiliados. Allí tuve la noticia de la formación del nuevo Gobierno y del comienzo de la huelga general para aquella misma noche.
 
         Íbamos mi marido y yo camino de nuestro hogar, pre­juzgando los acontecimientos que se avecinaban. Ambos coincidíamos en augurar el fracaso del intento revolucionario, por la diversidad de criterio de los dirigentes.
 
         —¡Estarán de acuerdo hasta lograr el triunfo, y nada más— decía mi esposo.
 
         —Ni aun eso—la rebatí yo—; consecuente cada cual con su doctrina, emplearán procedimientos distintos desde el principio hasta el fin.
 
         —¿A pesar del lema U.H.P.?
 
         —Es que no existirán ni la unión ni la hermandad entre esos proletarios.
 
         Y así sucedió. En lo único que hubo cohesión y solidaridad perfecta fue en el cumplimiento de la orden de paro total en Madrid, que todas las organizaciones obreras cursaron y los trabajadores cumplieron con puntualidad me­cánica.
 
         A las doce en punto de la noche dejaron de circular tranvías y “metro”, se retiraron los taxis, cerraron los cafés y bares, y el público que salía de los teatros se encontró en un Madrid por completo diferente al que había visto tres horas antes.
 
         En el resto de España el resultado fue desigual. En Cataluña y Asturias secundaron el paro absoluto; en las demás provincias, unas lo secundaron y otras siguieron su vida normal, con tal cual incidente entre los obreros que paraban y los que se negaban a dejar el trabajo.
 
         Según habíamos previsto mi marido y yo, desde los pri­meros días se estableció la disparidad de criterios entre los dirigentes revolucionarios, y cada sector procedía se­gún quien mandaba en él. En Cataluña, dominada por los republicanos, el movimiento fue en favor de Manuel Azaña, netamente republicano también. Allí se gritaba: “¡Viva la República! ¡Viva Azaña!”, con el propósito de derribar a Alcalá Zamora y poner en su lugar al hombre de Casas Viejas. En Asturias se vitoreaba a Rusia, al comunismo y a la revolución social. Madrid, que después del alarde de disciplina hecho la noche de la huelga se mostró bastante tibio desde los primeros días, quedó casi neutral, pues al recibir noticias y consignas contradictorias, optó por una actitud reservada y prudente, con la excepción de tal cual grupo de exaltados que se decidían a hacer fuego contra los obreros que volvían al trabajo, los tranvías que circulaban o la fuerza pública.
 
         Por aquellos días vinieron a mi casa unos compañeros en busca de orientación y consejo. Los infelices no sabían qué actitud tomar.
 
         —No soy yo quien puede guiaros. Recurrid a la Ejecutiva—les dije.
 
         —No se les encuentra por ninguna parte—me replicaron.
 
         —Entonces no hagáis nada hasta que os den instrucciones concretas.
 
         —Es que tenemos armas y queremos emplearlas.
 
         —¿Qué armas tenéis ?
 
         —Estas.
 
         Y me mostraron unas pistolas marca “César”, por las que los dirigentes les habían cobrado noventa pesetas, cuando su precio en armería era de sesenta. Una comisión de treinta pesetas por arma, a cargo de la economía del pobre trabajador. Sentí asco hadados mercachifles y compasión por aquellos eternos engañados, que una vez más habían sido víctimas de estafa y tanta prisa mostraban por estrenar sus caros juguetes mortíferos.
 
         Callé mis impresiones y les dije:
 
         —Guardad esas armas mientras no se os diga cómo, cuándo y contra quién tenéis que usarlas. Si los de la Eje­cutiva no aparecen para daros una orientación, no es lógico que obréis por vuestra cuenta, sin conocer ni planes ni consignas. Esperad vigilantes. Nada más podéis hacer por ahora.
 
         Salieron de mi casa un tanto defraudados; pero yo quedé satisfecha de haber evitado a aquellos infelices un gra­ve paso en falso.
 
Fracasó el movimiento revolucionario, que, si en Madrid no tuvo mayores alcances, en Cataluña revistió cierta gravedad y en Asturias costó ríos de sangre y millares de víctimas, pues, al grito de U.H.P., los exaltados cometieron las mayores tropelías, suscitando una enérgica represión por parte del Gobierno.
 
Sin embargo, no fue dominada fácilmente la situación. Hubo que enviar a Asturias fuerzas del ejército, al mando del entonces coronel López Ochoa, que tan caro había de pagar, años más tarde, el sometimiento de la región minera más importante de España, pues López Ochoa consiguió dominar a los rebeldes y restituir a Asturias la per­dida normalidad.
 
         El desastre de las izquierdas españolas alarmó a los extremistas del mundo entero, que se aprestaron a la conquista de las posiciones que dicho fracaso les había hecho perder. Volvieron a España los destacados internacionales Ilia Eremburg, Losovsky y Primakoff; pero esta vez con enunciados concretos. Había que implantar en España la dictadura proletaria, y para ello era imprescindible suscitar la rebelión armada de las masas, mas esta vez sin exponerse a un nuevo fracaso. Estaban en formación en el mundo los “frentes populares”, que el marxismo y la masonería oponían al avance de los sistemas totalitarios en auge en Ita­lia y Alemania, y era preciso en España crear también un nuevo conglomerado político bajo el dictado de Frente Popular y lograr su acceso al Poder para, desde él, conseguir los demás postulados.
 
         Se imponía como primera providencia la disolución de las Cortes existentes, para convocar seguidamente nuevas elecciones. Así, cuando se abrió el período parlamentario y se inició el debate sobre la llamada “huelga de octubre” y los "sucesos de Asturias”, menudearon los escándalos, adoptando los diputados de la oposición una actitud por la que parecían ser ellos los defensores del derecho y el Gobierno el insurgente contra las leyes estatuidas.
 
Se alborotó el público y se intrigó en la sombra y se enredó tanto la maraña política, que, al fin, Alcalá Zamora dio el decreto de disolución de Cortes y se convocaron nuevas elecciones.
 
         Yo llevaba una temporada un tanto inactiva en política.
 
         Mi depresión iba en aumento con los sucesos que se desarrollaban en España y una atonía inmensa me dominaba. Continuaba mis colaboraciones en Prensa Cuevas, Crónica, La Esfera y alguna que otra publicación, y era feliz en mi hogar sin complicaciones; pero cuando la Ejecutiva del Partido Socialista me indicó que debía formar parte en la campaña electoral, al servicio del Frente Popular, acudí a cambiar impresiones con Largo Caballero.
 
Con toda franqueza Je expuse mi disconformidad con la táctica seguida por el Partido y mi creencia de que debía rectificar el rumbo de la República. En todo se mostró conforme el entonces presidente de la U.G.T. y me dijo que, una vez triunfante el Frente Popular, todo cambia­ría de aspecto, pues socialistas y republicanos estaban dis­puestos a dar la verdadera batalla al comunismo, que es­taba sometido en absoluto a la voluntad de Moscú; pero, entretanto, no había más remedio que transigir, pues los emisarios rusos habían sido los más explícitos y generosos en su ayuda, nada despreciable, para el triunfo electoral. ¿Que tenían exigencias? Ya se vería, a la hora de la verdad, quién llevaba el gato al agua. Si la mayoría de la opinión española estaba de parte de socialistas y republicanos, estos serían los que gobernasen, por mucho que les pesase a los comunistas y a las derechas.
 
         De nuevo esperanzada por las palabras de Largo Caballero, en el que tenía fe absoluta, confiaba en que al fin se iba a gobernar de verdad, realizando la labor social que España necesitaba; comencé mi propaganda en Valencia y su provincia, renovando mis antiguos éxitos de oradora marxista e informando periódicamente a la Ejecutiva de la marcha de mi labor.
 
         Al par que la propaganda electoral, se intensificó la instrucción militar de las juventudes, de acuerdo todos los partidos componentes del Frente Popular, aunque cada uno de ellos con miras diferentes. El Partido Socialista instruía a los jóvenes militarmente en previsión de cómo po­drían reaccionar contra sus planes de absorción absoluta del Poder comunistas, libertarios y la nueva fuerza de la Falange Española, con su anejo de las J.O.N.S.
 
Los comunistas y los libertarios se preparaban para la insurrección armada; pero, al igual que en octubre de 1934, cada cual con una finalidad diferente, y los republicanos tenían también sus juventudes instruidas con la ilusión de rescatar la República democrática, que ya de tal sólo tenía el nombre.
 
Consecuentes» con tales precauciones combativas, los grupos de “Salud y Cultura” salían con mayor frecuencia de excursión a los altos de la sierra de Guadarrama, donde, divididos en secciones, se alejaban de los lugares frecuentados por otros excursionistas y libremente practicaban los deportes, según solía decirse refiriéndose a las prácticas de tiro y demás entrenamiento militar.
 
         A este propósito, recuerdo una pintoresca Asamblea de la Agrupación Socialista Madrileña, en la que un afiliado pidió aclaración a un capítulo de las cuentas que se refería a “adquisición de material deportivo” para los grupos de “Salud y Cultura”, pues, según él, no estaban los tiempos para gastarse en material deportivo unas pesetas que habían de hacer falta muy pronto para cosas más serias.
 
         —Precisamente en esas cosas a que alude el compañero se han invertido las pesetas—respondió el tesorero de la Agrupación—. Todos los afiliados habrán comprendido ya la clase de deportes que cultivan nuestros grupos de “Salud y Cultura’—añadió, por si no estaba bien clara la sugerencia; pero la cerrilidad de algunos afiliados insistió en pedir explicaciones más amplias, que la Tesorería no pudo dar, y la Asamblea terminó en medio de un escándalo mayúsculo.
 
         Era natural la desconfianza de las pobres gentes, después del “negocio” del Turquesa, de las pistolas “César” y de tantos y tantos en los que habían salido engañados por sus mismos dirigentes. Lo que ya no era tan natural, que el delegado de la autoridad, que sentado al lado de la presidencia oía y veía cuanto estaba ocurriendo, lo dejase pasar sin darle la menor importancia, no sabemos si también por cretinismo o por disimuladas complicidades políticas.
 
La propaganda electoral llegó a términos de exaltación máxima. Todos los partidos, viejos y nuevos, de derechas e izquierdas, pusieron, como suele decirse, toda la carne en el asador, y cuando llegó el momento de votar, la opinión española se manifestó dando sus sufragios a los partidos moderados.
 
         Sin embargo, el Frente Popular se impuso y cantó su triunfo. ¿Cómo pudo ser esto? Sencillamente, siguiendo las instrucciones que para el caso habían dado Losovski, Prímakoff y Eremburg, que ya habían obtenido tan buen resultado en Francia, como acreditaban los Torez. Se recurrió a toda trampa electoral, al pucherazo clásico, la fal­sificación de listas, la repetición de votos, el levantamiento de cadáveres, y donde la trampa no pudo triunfar, se recurrió a la violencia, con rotura de urnas y reyertas más o menos cruentas. Por si todo esto fuese poco, se puso en práctica un original recurso: se enviaron desde las poblaciones de cierta importancia emisarios a las pequeñas loca­lidades, con la noticia de que el Frente Popular había triunfado en toda España y que procedía apoderarse de los centros oficiales, como Ayuntamientos, Juzgados municipales, etc., y unas veces por la persuasión y otras por la brava, se hacia el cambio, y en paz.
 
         Tales abusos, tanta ilegalidad, me repugnaban. Protes­taba mi sentido moral de tales cosas y me arrepentía de haber coadyuvado a ellas con mi propaganda populista. Así se lo decía a mi esposo; peto éste me tranquilizaba:
 
         —No te preocupes por los procedimientos. Dentro de poco, la República comenzará una vida nueva y te encontrarás satisfecha de tu labor.
 
No quedaba yo muy convencida de ello, pues no suele acabar bien lo que empieza mal; pero mi esperanza se asía desesperadamente a aquellas palabras de ánimo.
 
         Uno de aquellos días inmediatos al “triunfo” frentepopulista íbamos en nuestro coche mi marido y yo, carretera adelante, desde Villanueva de Castellón, donde poseíamos varias fincas, a Cullera, donde estaban enclavadas otras posesiones de mi marido, cuando en uno de los pueblos del trayecto nos cruzamos con una manifestación popular que, al reconocernos, rodeó el coche, invitándonos a ir en su compañía.
 
         —¿Adónde vais?—les pregunté.
 
         —A tomar el Ayuntamiento—me respondieron.
 
         —¿Quién ha ganado aquí?—volví a inquirir.
 
         —En toda España ganó el Frente Popular—me respondió el más destacado.
 
         —Vamos con ellos—decidió mi esposo.
 
         La Casa Consistorial estaba cerrada y los manifestantes decidieron derribar la puerta. No lo consentí.
 
         —Buscad al alguacil y que éste avise al alcalde y a los concejales para que acudan, al Ayuntamiento, donde el pueblo los reclama—les ordené.
 
         Así se hizo; pero, con muy buen acuerdo, los munícipes se abstuvieron de acudir a la llamada. Entonces se avisó al secretario, en cuya presencia e1 alguacil abrió la puerta, y entramos en el 'Consistorio. La nueva corporación municipal tomó posesión de sus cargos, el secretario levantó el acta correspondiente y firmamos los testigos de aquella original ceremonia, similar a tantas que en aquellos días se repetían en España.
 
         El grueso de la manifestación había quedado en la calle y redamaba a voces nuestra presencia. Nos asomamos al balcón y dirigimos la palabra a aquellas gentes, exhortándolas al orden y a que no enturbiasen la alegría del triunfo con la vergüenza del atropello. El vencido, vencido estaba, y no valía la pena preocuparnos de él, habiendo tantas cosas en qué pensar. Era preciso inaugurar una etapa de trabajo fecundo, de organización social, con mejoras en la vida del trabajador y prosperidad en los pueblos.
 
         Mi marido debutó como orador aquel día y no lo hizo mal, expresándose en valenciano, con la exposición de un programa político basado en los puntos del Partido Socialista español y el manifiesto comunista de Carlos Marx, a cuya consecución había que llegar, según nuestro Partido, por el Camino de la evolución popular.
 
         Nuestras exhortaciones a la moderación eran motivadas por las noticias que recibíamos de desmanes cometidos por los frente-populistas en varias localidades de España, algunas en la misma región valenciana; pero nuestra voz no siempre encontraba eco, pues, contra lo que Largo Caballero me había dicho antes de la campaña electoral, en vez de dominar el Partido Socialista al Comunista, éste iba ganando terreno a pasos de gigante, e imponiendo sus violencias con las excitaciones sembradas entre el populacho por sus agentes de agitación.
 
         Una tarde, en Villanueva de Castellón, fuimos llamados al Ayuntamiento mi marido y yo. El nuevo alcalde, también frente-populista, militante en la Juventud Unificada, nos dijo:
 
         —Os llamo para que me deis vuestra opinión sobre unos planes que tengo. Ya sabéis que el Ayuntamiento tiene derecho sobre el asilo del pueblo, cuyo edificio linda con la parte trasera de vuestra finca “El Paraíso”, donde vivís. Varias veces se les ha dicho a las monjas que se vayan, porque queremos poner al frente del asilo personal laico; pero ellas no se van, y no hay medio de echarlas. Sabéis, también que ayer ha muerto un chico de los más destacados en la Juventud, y que hoy será enterrado. Pues bien; yo he pensado hacer del entierro una manifestación cívica que, después de dar tierra al muerto, regrese cantando la Internacional, y, al llegar frente al asilo, por donde tienen que pasar, lo asalten, echando fuera a las monjas, y se posesionen del establecimiento. Luego iré yo, que no sabré oficialmente nada de lo anterior, y me haré cargo del asilo en nombre del Municipio. ¿Qué os parece?
 
         —Muy mal—le repliqué—. Lo que tú debes hacer es comunicar a las monjas por escrito que deben abandonar el establecimiento en un plazo prudencial, que tú mismo, de acuerdo con la corporación municipal, les marcarás. Si pasado ese, plazo ellas no obedecen, tú pones su rebeldía en conocimiento del gobernador civil de la provincia y él procederá como mejor le parezca. Eso es lo legal.
 
         —Será lo legal, pero es muy largo—replicó el alcalde—- Se acaba más pronto como digo yo.
 
         —Sí; pero se puede acabar mal—le dije, y mi opinión no le agradó mucho a Seva, que así se llamaba el joven alcalde, quien aún me preguntó:
 
         —¿Vendrás tú al entierro?
 
         —Sabiendo lo que proyectáis, no iré.
 
         —¿Tienes miedo?
 
         —Tengo sentido común—le repliqué.
 
         —Y tú, ¿vendrás?—preguntó Seva a mi marido.
 
         —Iré con la Juventud acompañando al muerto.
 
         Regresamos a casa, de la que ya no volví a salir en todo el día. Desde la parte posterior del huerto vi pasar el entierro y conté con angustia los minutos que transcurrieron, hasta el regreso del duelo, cuando escuché un tumulto horrible, mezcla del canto de la Internacional, amenazas de muerte, blasfemias y denuestos contra la Iglesia. Seguidamente, el toque de rebato de la esquila conventual, sonido de silbatos y, seguidamente, tiros de pistola.
 
Yo me alarmé. Mi marido iba en el entierro y, aun cuando abundaba en mi criterio, opuesto a toda violencia, no era hombre de echarse atrás si veía a los compañeros en un aprieto.
 
         Ya me encaminaba a casa, distante de aquel lugar del huerto unos trescientos metros, pues la finca en que residíamos es la más extensa de las veintisiete que en la región poseía mi esposo, cuando un jadeo entrecortado por ayes ahogados y el ruido de un cuerpo que cae tronchando ramas me hizo volver sobre mis pasos.
 
         Un hombre acababa de saltar la tapia que al lado de la acequia separaba mi casa del asilo. El hombre, modestamente vestido, se encontraba en tierra, intensamente pálido y con gesto de dolor.
 
         —¿Estás herido?—le interrogué.
 
         —Sí—me respondió—; me hirieron y me persiguen. Por eso salté la tapia, crucé la acequia y aquí estoy. Haz de mi lo que quieras.
 
         —¿Dónde estás herido?
 
         Me mostró la, mano derecha, destrozada por un roce de bala.
 
         —Ven que te cure—le dije—. Yo no sé si eres amigo o enemigo; pero estás necesitado de cuidados, que debo prestarte, Después, si quieres, podrás irte sin preocuparte de mí para nada; o, si lo prefieres, quedarte hasta que te encuentres bien del todo. Mi marido no está ahora en casa; pero sé que aprobará lo que hago.
 
         Por la puerta del corral metí al hombre en casa y lo subí hasta la bohardilla, donde le curé como pude, y esperé el regreso de mi esposo, al que ya imaginaba también malherido. Los minutos se me hacían siglos. Al fin, mi marido llegó a casa sano y salvo y me refirió lo sucedido.
 
Todo se había realizado según los planes del alcalde; mas las religiosas, al ver asaltada la que era su morada, tocaron a rebato, acudió el guarda del convento, que a su vez sonó el silbato, y de las fincas próximas corrieron en defensa de las monjas varios vecinos, entablándose entre éstos y los asaltantes un tiroteo, en que habían resultado dos hombres muertos, uno de cada bando, y varios heridos, algunos de gravedad.
 
         No era esto lo peor, con ser bastante grave, sino que los ánimos estaban tan excitados, que se temían nuevos sucesos. La Guardia Civil había pedido refuerzos a Alberique; pero éstos no llegaban.
 
         —¿Y el alcalde?—pregunté a mi esposo.
 
         —Está como loco desde que supo que hubo muertos, y más al enterarse de que uno de ellos es un dirigente de las Juventudes.
 
         A mi vez enteré a mi esposo del suceso del herido, que en la bohardilla se hallaba, y subió conmigo a verlo. Re­ conoció en él a un convecino de significado izquierdismo, y después de darle ánimos, pues el hombre se hallaba muy deprimido, salió en busca de un médico que le hizo una cura formal y le puso una inyección antitetánica. Seguidamente mi esposo y yo fuimos a ver al alcalde.
 
         Lo hallamos en deplorable estado, mesándose los cabellos, llorando, dándose puñadas en el rostro; mostraba una desesperación primitiva, casi irracional.
 
         —Debes llamar al Gobierno Civil diciendo lo ocurrido, y que temes sucesos esta noche—le aconsejé—. Que te envíen fuerzas para mantener el orden.
 
         —Sí; y me dirán que yo tengo la culpa. Porque la tengo, porque la tengo, porque la tengo...—repetía, sin cesar en sus demostraciones desesperadas.
 
Me dio lástima y le aconsejé:
 
         —Oye, Seva; serénate. Tú no has ido al entierro, y “no sabías lo que iba a suceder”. Tú “no tienes la culpa” de que, al regreso, el duelo haya formado una manifestación y haya asaltado el Asilo. ¿Comprendes? ¡Vamos, ten va­lor! Ya que lo sucedido no tiene remedio, evita, al menos, males mayores.
 
         No me hizo el menor caso. Obsesionado por las consecuencias de su torpeza, el pobre hombre era, en aquellos momentos, una infeliz bestia, insensible a lo que no fuera su desesperado remordimiento.
 
         Acudí al sargento de la Guardia Civil. El hombre me agradeció la atención.
 
         —Avise usted a Alberíque que le envíe urgentemente un par de parejas, y disponga usted patrullas. Yo hablaré a la gente desde un balcón de la plaza. Vamos a ver si evitamos nuevos disgustos.
 
         La plaza estaba llena de grupos broncos, de gente obrera. Los señoritos se habían metido en sus casas, dispues­tos a defenderse. AI pasar entre los grupos, oí frases de amenazas para los más poderosos del pueblo.
 
         —Quemaremos la casa de los Gallego, y no dejaremos uno vivo.
 
         —Al cura le haremos bailar, colgado de una cuerda por el pescuezo.
 
         Elegí el balcón de la casa del estanco por estar mejor situado y tener buenas condiciones para hablar desde él. Convoqué a todos, y acudieron los grupos a escucharme.
 
         Comencé recordándoles la tragedia de la tarde y les dije que las víctimas lo habían sido de la ligereza de unos cuantos, que quisieron tomar por la fuerza lo que de derecho les pertenecía y no tenían más que reclamarlo legalmente; pero en vez de esto, se habían lanzado al asalto de un edificio, otros elementos llegaron a defenderlo, y ahora llorábamos la pérdida de uno de los mejores compañeros, llevado a la muerte más que por una bala enemiga, por la propia irreflexión.
 
         De la calle subieron voces interrumpiéndome, pidiendo justicia, y yo les respondí diciendo que ya los enemigos habían pagado vida por vida, pues ellos, a aquella hora, también lloraban un muerto; pero si esto no bastaba, se depuraría el grado de responsabilidad que a cada uno cabía en estas muertes, acudiendo a los tribunales de justicia, que era justicia republicana, de Frente Popular. Eso era lo procedente, y no ir a un nuevo asalto de viviendas, expo­niendo la vida de otros compañeros que tal vez en día no lejano nos harían falta para empresas más elevadas. “¿Es que no basta la muerte de uno? ¿Es que tan sobrados estamos de valores juveniles que así queremos perderlos?”
 
         Terminé mi perorata, y logré que los grupos se disolviesen sin cometer nuevos excesos. El sargento de la Guardia Civil no hacia sino repetir;
 
         —Señora; me ha salvado usted un compromiso tan grande como nunca lo tuve.
 
         Mientras tanto, el pobre alcalde seguía en su casa llorando y tirándose del pelo con desesperación.
 
         Estas eran las primeras consecuencias del contubernio con los comunistas, a los que Largo Caballero pensaba vencer apenas triunfase el Frente Popular.
 
         No contaba el dirigente socialista con la tenacidad rusa para lograr la posición estratégica de España, en la que había empleado su buen dinero y sus mejores hombres de lucha.
 
         Apenas triunfante el Frente Popular, volvieron a España Eremburg, Losovski y Primakoff para imponer las consignas dictadas por Moscú. Eran éstas, entre otras complementarias, tres fundamentales: Destitución de Alcalá Zamora, supresión de la religión como estorbo para fines ulteriores, y creación de soviets de obreros, soldados y campesinos, previo aniquilamiento de 1as clases burguesa y aristocrática.
 
         A pesar de que el Partido Comunista crecía monstruosamente y se acercaba con rapidez al logro de estos pla­nes, la miopía de los republicanos no lo veía así, y confiaba en el fracaso del programa marxista, por su mismo exagerado extremismo; y los socialistas, si bien encontraban prematuros tales proyectos, seguían con la ilusoria teoría de aprovecharse de ellos tan pronto entrasen en vías de realidad. Confiaban en que los comunistas les sacasen, como suele decirse, las castañas del fuego, sin percatarse de que, desde la implantación de la República, estaba sucediendo precisamente todo lo contrario.
 
         Al abrirse de nuevo el período parlamentario, se dio cumplimiento al primer punto del programa internacional en España. Las sesiones del Congreso fueron de verdade­ro escándalo, hasta que, una noche, reunidos los diputados en convención, destituyeron a Alcalá Zamora del car­go de presidente de la República.
 
         El socialista profesor Besteiro, uno de los hombres más probos, cultos y bondadosos del Partido Socialista, como presidente de las Cortes, asumió el poder provisionalmente, pues aun cuando por aclamación de la mayoría de los diputados fue proclamado Manuel Azaña, la Constitución dictaba normas concretas para la designación de presidente de la República, y se eligieron compromisarios populares que con los diputados habían de proceder, a su vez, a la elección presidencial.
 
         El resultado fue el mismo. Azaña triunfó en la elección, para mal de España y desdicha de los españoles, pues jamás hubo hombre más funesto en la historia de nuestra Patria.
 
         Amargado, esquinado, soberbio, con un turbio com­plejo de inferioridad feminoide y oscuras apetencias semirreprimidas, se complacía en zaherir y humillar a cuantos se ponían a su alcance, rodeándose de un ambiente de hostil antipatía, lo menos a propósito para desenvolver una labor política eficaz.
 
Con esta manera de ser, supo convertir en enemigos hasta a muchos de sus adictos, y aun cuando su vanidad de cerebro mediocre le hacía creer que su valía le había exaltado a la primera magistratura, lo cierto era que estaba en tan alto puesto elevado por los marxistas, que de él se servían como pantalla y testaferro de sus desmanes.
 
         A la destitución de Alcalá Zamora siguió la ejecución del segundo programa; supresión de la Religión, y si hasta entonces había sido vejado todo lo que significase credo católico, a partir de aquella fecha se intensificó la persecución en términos dramáticos.
 
         Al mismo tiempo, la J.S.U., en competencia con la F.A.I., creaba conflictos cada vez más difíciles de solucionar. La C.N.T. suscitaba huelgas insolubles, y se preparaba la “insurrección armada de las masas”, que faci­litaría el tercer punto del programa, con la creación de soviets de obreros, campesinos y soldados.
 
         El desorden señoreó la vida española. Diariamente recorrían las calles manifestaciones vociferantes, una racha de crímenes callejeros acabó con la seguridad ciudadana, y no existía autoridad moral por dejación de los gobernantes, que arrastraban por el fango su investidura.
 
         Cada vez más apenada por todo esto, yo me alejaba día a día de la política, refugiándome en mi hogar y en la literatura. Leía muchas horas; con frecuencia acompañaba a mi esposo en sus viajes, y me pasaba con él y con nuestra hijita la mitad del tiempo en Madrid, la mitad del tiempo en Valencia, al cuidado de nuestra casa y nuestra hacienda.
 
         En cambio., mi esposo iba tomándole gusto a la actuación política. Bullía en las Casas del Pueblo, hablaba en público, y tenía un optimismo que iba en aumento conforme crecía mi depresión. Cuando yo le hacía ver la triste realidad de la situación, me decía invariablemente:
 
         —-Son cosas de los comunistas; pero esto pasará y todo irá bien. Ya verás.
 
         Pero lo que yo veía era que los comunistas iban a lo suyo, mientras los demás les hacían servilmente el juego.
 
         El baile de los criados continuaba.









 
 
CAPITULO X
 
IN MEMORIAM...
 
 


Mi madre, víctima propiciatoria.—El “bulo" de los caramelos.— Moscú y sus agentes.— Calvo Sotelo.— Dolor y asco.— Manda la U.R.S.S.
 
 




         “Ven pronto. Mamá grave.”
 
         Así decía el telegrama, firmado por mi hermano Gustavo, que recibí en Villanueva de Castellón, donde me hallaba con mi esposo y mi hijita pasando unos días de descanso, en mayo de 1936.
 
         Devorando kilómetros nos pusimos en Madrid en pocas horas, y me sorprendió no hallar a mi madre en su casa. Temí lo irreparable.
 
         —Tranquilízate; mamá vive todavía—me dijo mi hermano—. No sabemos cómo saldrá del atropello; por eso te avisé con urgencia.
 
         —¿Dónde está? Quiero verla enseguida—dije, con la natural angustia.
 
         —A esta hora no nos permitirán la entrada en el hospital. Mañana iremos a verla. Está en “la Princesa”.
 
         —Pero, ¿qué ha ocurrido?
 
         —A mamá la lincharon “los tuyos”. Para que te enteres de una vez—dijo mi hermano Máximo, con su habitual brusquedad.
 
         —¿Es cierto eso?—interrogué dirigiéndome a Gustavo.
 
         —Si—afirmó éste—. La cogieron en un grupo de más de sesenta personas, si así se pueden llamar, y después de martirizarla durante cuatro horas, por muerta la dejaron tirada en medio de la calle. Algo horrible.
 
         Yo no daba crédito a mis oídos. Aquello me parecía una pesadilla espantosa. Era increíble. Mi madre, caritativa bondadosa, amable con todo el mundo, en el barrio popular donde vivía, Cuatro Caminos, la conocían los pobres por sus limosnas y todo el vecindario por la afabilidad de su trato. No era posible que tuviese un solo enemigo. Así lo expresé, y Máximo volvió a hablar:
 
         —¿No, eh? Pues eran más de sesenta personas las que intentaron asesinarla. La apalearon, la arrastraron por el pelo, la apuñalaron, le bailaron encima del pecho hasta hundirle las costillas y le deshicieron la cara a taconazos.
 
         Yo me volvía loca de dolor a cada espeluznante detalle.
 
         —¿Y vive? ¿Es verdad que vive?—interrogué con ansiedad.
 
         —Sí, vive, gracias a Dios—dijo Gustavo—; pero es tal su gravedad que aún no hemos podido traerla a casa. Papá está allí, con ella.
 
         —No comprendo esto—dije como para mí misma—. ¡A mamá, tan buena!...
 
         —Eso díselo a “los tuyos”, que ayer se hartaron de sangre en Madrid—volvió a decir Máximo—. Hubo más de cien linchamientos. Sólo en el trozo de la calle de Bra­vo Murillo que va de la Glorieta al Estrecho, lincharon a tres personas. Y una de ellas fue mamá.
 
         —Y vosotros, ¿qué hacíais entretanto—intervino mi esposo, que hasta entonces había escuchado en silencio.
 
         No lo supimos hasta muy tarde—respondió Gustavo, y añadió—; ¡Ay, si yo me encontrase allí! Ese día me manché las manos de sangre humana, rescatando a una pobre religiosa de un grupo de asesinos. Entre un anciano y yo la salvamos cuando la tendían sobre los raíles al paso de un tranvía lanzado cuesta abajo. Al recoger su cuerpo ma­gullado, nos manchó la sangre de aquella infeliz. ¡Si alguien me dice entonces que, casi a la misma hora, están haciendo lo mismo con mi madre...!
 
         —Pero, ¡yo no lo comprendo! Decís que hubo linchamientos, asesinatos... ¿Por qué?...—interrogué, sintiendo flaquear mi razón.
 
         —Eso pregúntaselo a los tuyos—repitió Máximo.
 
         Mi marido intervino de nuevo.
 
         —Comprendo que estéis doloridos por la salvajada que han hecho con la pobre mamá—dijo seriamente—. Pero, Máximo, te pones demasiado pesado con tanto repetir “los tuyos”. Los nuestros no pueden ser los asesinos, porque nosotros no lo somos. Y nada más.
 
         —Pues son de vuestras ideas—insistió Máximo.
 
         —Tampoco—replico mi esposo—, porque no tenemos ideas criminales. Y no insistas en ese tono, porque no te lo consiento.
 
         Luego, volviéndose a Gustavo, le preguntó:
 
         —Dices que mañana se la puede ver. ¿A qué hora?
 
         Gustavo dio a mi esposo toda clase de detalles e instrucciones para ver a mi madre. Yo casi no me daba cuenta de nada. Lloraba sin consuelo, contando ya muerta a la que me había dado el ser. Al llegar a nuestra casa, la cocinera y la doncella me abrazaron llorosas, mientras la niñera llevaba a la niña a su cuarto.
 
         —¡Señorita! ¡Pobre señorita! ¡Qué disgusto traerá! La pobre señora, tan buena... ¡Y hacerle eso!...
 
         —¿Están ustedes enteradas?
 
         —Si, señorita. Su prima, la señorita Carmina, nos 1o dijo. Fuimos a ver a la señora; pero como si no.
 
         —¿No las ha conocido?
 
         —Ni nos ha visto. Tiene toda la cara vendada. Le dan el alimento por inyecciones, ¡Una pena! ¿No la ha visto usted?
 
         —Acabamos de llegar, y a esta hora no es posible. Mañana iremos...
 
         Me metí en mi cuarto y me acosté. Me dolían las sienes.
 
         Mi marido siguió hablando con el servicio, enterándose detalladamente de lo ocurrido, que luego me refirió.
 
         Había circulado el rumor de que las religiosas y las damas catequistas estaban repartiendo, entre los niños de los obreros, caramelos envenenados, para destruir de este modo la simiente comunista; y en represalia, las turbas habían asaltado los conventos y cometido toda clase de crímenes, dentro y fuera de ellos, con las religiosas y las damas de Acción Católica.
 
         —Vamos a la Casa del Pueblo—dije a mi marido, le­vantándome de la cama y disponiéndome a salir.
 
         —¿A qué hemos de ir? Ya sabes lo sucedido. Estás mal Tienes fiebre—se opuso mi esposo; pero yo insistí.
 
         —No importa ahora mi salud. Vamos a saber por qué han ocurrido esas cosas. Comprenderás que nada de esto es casual, y quiero saber lo que hay en el fondo de todo ello. Es mi madre una de las víctimas. Es en mi carne donde me hieren estos crímenes, en los que sospecho la intriga comunista.
 
         Fuimos a la Casa del Pueblo, y en la secretaría de la Agrupación hablé con el secretario, Mairal, callando lo ocurrido a mi madre, para que con mayor sinceridad me informase.
 
         Según me dijo, él, y muchos como él, lamentaban los sucesos; pero no había sido posible evitarlos. Sabíamos todos que España era un país mediatizado por el clero, que habría de oponerse a la “revolución armada” que cada día se hacía más necesaria. Ya Lenin había calificado la religión como el “opio del pueblo”, y era preciso ir. En primer lugar, contra el clero y contra la religión. De todas maneras, los socialistas no hubieran hecho las cosas tan duramente; pero los comunistas eran tan radicales... En fin; siguiendo las instrucciones de Moscú, se suscitó en las masas una reacción violenta contra las personas de formación religiosa, se lanzó lo de los caramelos, y la gente respondió tal vez con exceso.
 
         Yo le escuchaba en silencio y mi indignación iba en aumento según él hablaba. Al fin, sin poder contenerme, le dije:
 
         —Sí; reaccionaron con exceso, y una víctima de esos excesos fue mi propia madre, a la que dejaron por muerta después de ensañarse en ella salvajemente.
 
         —¿Tu madre? Es verdad, que tu familia es burguesa y de derechas. Pues lo siento—fue todo el comentario y la condolencia de aquel bárbaro.
 
         —Al día siguiente fuimos a ver a mi madre, y la encontramos como mis criadas habían dicho. Cara y cabeza desaparecían bajo los vendajes, y el cuerpo era un bulto informe e inmóvil, ligeramente estremecido por la respiración. No podía ver, ni hablar, ni moverse; pero oía lo que se le decía, que debía ser en pocas palabras para no fatigarla, y con pequeños movimientos de cabeza asentía o negaba.
 
         Así continuó muchos días, hasta que ya mejorada y levantados los apósitos, pudo ser trasladada a su casa, donde continuó su curación durante varias semanas.
 
         En una de las visitas a mi madre en el hospital, coincidí con una vecina y protegida suya, mujer de humilde condición y buenos sentimientos, por la que conocí toda la horrible infamia que con mi madre se había cometido.
 
         Desde las primeras horas de la mañana del día 4 de mayo de 1936 empezaron los sucesos. Gentes mal trazadas, seres incalificables que sólo suelen verse en las bajas revueltas, y semejan el légamo maloliente de los ríos que aflora a la superficie con la turbonada, capitaneaban grupos que, asaltando conventos y colegios, asesinaban a las religiosas. En muchos casos llegaron a desnudarlas por completo y tenderlas al paso de camiones o en los raíles del tranvía, lanzando sobre ellas los coches, como en el que intervino mi hermano Gustavo de salvador. La misma suerte habían corrido las damas de A.C. que se habían arriesgado a salir de sus casas en aquella trágica jornada.
 
         Mi pobre madre, ignorante de lo que estaba sucediendo, salió como acostumbraba, a sus devociones y quehaceres, y cuando regresaba a su casa vio avanzar hacia ella una turba ululante.
 
         Un tanto extrañada, mas sin temor alguno, continuó su camino y el grupo la rodeó insultándola. Ella, entonces, protestó, y recibió la primera puñada en la cara, y a ésta siguieron otras, pues todos los del grupo, hombres y muje­res, la maltrataron a puñetazos, patadas y palos que para tal faena llevaban.
 
Cayó la pobre víctima al suelo, y entonces una vendedora de plátanos que a mi madre debía muchos e impagables favores, con un tronco de dicho fruto le dio tan fuerte golpe en la cabeza que la hizo sangrar copiosamente por nariz y boca. A una muchacha se le ocurrió arrastrarla por el pelo; y lo hizo así; pero cuando de aquel modo la llevaba, otra jovenzuela le tiró de los pies, y en las manos de la primera quedó buena parte del pelo de mi madre, con un despojo sangriento de cuero cabelludo. Un mozo se le subió encima y bailó un zapateado sobre el pecho de la infeliz, hundiéndole tres costillas de un lado y cuatro del otro. Un bárbaro le borró un ojo de un taconazo.
 
         Ya no daba la pobre señales de vida, y entonces se pusieron a jugar al fútbol con lo que creían su cadáver, has­ta que de una taberna próxima salió el dueño, gallego y conocido de mi madre, que horrorizad había presenciado el linchamiento, y dijo a la horda: “ Ya está bien. Ya la habéis matado. ¿Qué más queréis?”, y metió el cuerpo destrozado de la víctima en su establecimiento, colocán­dolo entre dos mesas. La horda asaltó la taberna, propinó algún estacazo al tabernero y arrastró de nuevo a la calle a la infeliz. La platanera hundió por dos veces su navaja verdulera en el vientre y los muslos de mi madre, diciendo: “Toma, por si no llevas bastante.” Y aún continuó algún tiempo la espeluznante diversión, hasta que, cansados, la dejaron abandonada en medio de la calle.
 
         El tabernero había telefoneado a la Comisaria de Vigilancia más próxima, denunciando lo que en la calle ocurría; pero no debían de tener las autoridades mucha prisa por evitar tales sucesos, pues los guardias no llegaron hasta que la horda se había ido, tal vez a repetir su hazaña con otra nueva víctima.
 
         Los guardias cogieron el sangrante fardo que era ya el cuerpo de mi madre, y le echaron en una camioneta para llevarla al depósito de cadáveres. Pero mi madre vivía, y, lo más horrible, ¡no había perdido el sentido ni un solo minuto, sufriendo su pobre carne todos los dolores de la masacre! Sin embargo, la idea de ser enterrada viva la horrorizó, y reuniendo todas sus fuerzas, ella, que no podía ni hacer el más pequeño movimiento, ni emitir el más leve sonido, pidió a Dios, desde el fondo de su corazón, fuerzas para demostrar que aún vivía; y al fin, pudo lanzar un gemido, que fue oído por el cabo de Asalto que mandaba el pequeño grupo, quien dispuso fuese llevada al hospital, donde quedó, apenas la reconocieron los médicos, quienes le prodigaron los más solícitos cuidados.
 
         Dolorida, asqueada, con sabor de fango en la boca, de fango y de sangre que era mi propia sangre, me di de baja en el P.S. La tragedia de mi madre me había conmovido hasta lo más hondo, y sobre lo que yo reprobaba los métodos violentos y los procedimientos poco limpios, aquella brutal masacre de mi madre acabó de horrorizarme. Vi la sima en la que todos los españoles íbamos a caer, como víctimas o como victimarios, y no quise hacerme solidaria del desastre.
 
         Cuando ya mi madre estuvo en su casa y en ánimo de escucharme, le abrí mi corazón, pleno de amargura y desengaño, y ella me contestó:
 
         —Todo mi martirio lo ofrecí por ti; para que Dios te envíe su gracia y te conviertas. Porque tú eres buena, pero estás ciega.
 
         Yo sonreí con mi “superioridad” de “mujer fuerte', sobre aquella para mí entonces ingenua fe de madre. La admiraba por su amor a un Dios que sólo enviaba a sus ele­gidos penas y tormentos, que ellos recibían como lo que hoy comprendo que son: regalos dilectísimos, ya que a cambio de ellos les da la purificación suprema, que les hará avanzar hasta límites excelsos de perfección, que les hagan merecedores de la suprema felicidad, sin sombra de mal alguno.
 
         Mas yo estaba entonces muy lejos de este conocimiento; el momento de la gracia no había llegado a mi alma, y por eso sonreí escéptica, aunque agradecida, ante la sublime oblación que mi madre hizo entonces por mí.
 
         Sin embargo, yo notaba en mí la falta de algo fundamental, que en vano quise llenar con impresiones externas y halago íntimo. Busqué el deleite literario de las bellas páginas de los grandes maestros, y el placer recogido de escribir para mí misma, si no obras maestras, sí renglones sinceros en los que vertía lo mejor de mi alma; pero esto no sació mi sed de algo que anhelaba sin encontrarlo. Creí que el halago vanidoso del aplauso me satisfaría, y debuté a los veinte años como recitadora de poesías en el Teatro Lara, obteniendo éxito muy estimable en las pocas actuaciones que realicé; pero tampoco era aquello lo que podía llenar mi vacío interior. Entregada a la política, la justicia social dio un objeto elevado a mi vida y me sentí redentora, en pequeño, de los parias y los oprimidos; mas si la lucha por el mejoramiento de la vida de los humildes me llenaba las horas, no calmaba las nostalgias del alma, que seguía en inconsciente interrogación sin respuesta. Fui amada y amé con apasionamiento de mujer plena; pero más allá de las caricias y e1 arrobo pasional, quedaba un vacío moral que el amor humano no alcanzaba. Fui ma­dre; mi hijita Josefina creó en mí un mundo nuevo de sensaciones y sentires inefables; pero tampoco fue aquel pequeño ser, nacido de mi carne y de mi alma, rosada estatua que el amor cuajó en mis entrañas para perpetuar un momento de delirio, capaz de llenar aquella apetencia de “algo más” que se escapaba a mi percepción.
 
         Atea, materialista, sin prejuicios, yo tenía todo lo que pudiera hacerme feliz. Profesión brillante, en la que había logrado destacar; aplauso de chicos y grandes en el sector político que había elegido como campo de lucha; casada con un hombre joven, de magnífica presencia y espléndida posición económica; rodeada de comodidades, cariños y halagos, yo no era feliz.
 
         De vez en cuando me dominaba un tedio sin límites que no lograban vencer ni caprichos satisfechos ni éxitos conseguidos. No caí en vicios, porque la misericordia de Dios no lo permitió, dándome una repugnancia física a los excesos materiales. Detestaba la embriaguez de los sentidos, y aspiraba a la suprema serenidad, que no podía lograr, pues siempre había en mí un ansia, una inquietud interior que no calmaba con nada.
 
         Buscaba el bien en la justicia social; la verdad, en la filosofía, y la belleza, en el arte, y no los hallaba; porque el Bien, la Verdad y la Belleza supremas están en Dios, a Quien yo entonces negaba.
 
         Las palabras de mi madre, después de su martirio, me impresionaron. “Ella —me decía— halló la felicidad. Cree en ese Dios al que le ofrece todo y todo lo espera y recibe de Él, en un entregamiento pleno, absoluto, y está segura de alcanzar una existencia superior, para la que vive esta de ahora en una eclosión de amor. Ama a Dios en todo y a todos en Dios; ¡hasta a los que la martirizaron!, derramándose como un bálsamo, no importa sobre quiénes: le basta que sean criaturas de Dios, lo mismo que al místico de Asís. Ella tiene su vida llena y nada apetece; yo, en cambio, estoy llena de ansias que nunca se saciarán.”
 
         Por consejo de mi madre volví a leer los Santos Evangelios. ¡Qué gran figura la de Cristo! “Realmente —pen­ saba—, no es extraño que le creyeran un Dios, y que hubiera despertado tan acendrado amor en unos y tan vivo odio en otros.” A mi marido y a mi hijita les leía pasajes evangélicos, llenos de gracia suave, de dulzura eterna, como el Sermón de la Montaña, la Oración Dominical, que tal vez por demasiado sabida y repetida no meditamos ni apreciamos bien, y las bellísimas parábolas del Hijo Pródigo, las Vírgenes Fatuas y las Prudentes, y tantas otras llenas del divino encanto del Maestro.
 
A mi marido le hacía gracia aquella nueva posición espiritual mía. La atribuía a cansancio; esperaba que pronto me pasase aquella que él llamaba racha de desencanto, y encendida de nuevo en entusiasmo volviese a la lucha política, en la que él, día a día, se enfrascaba más.
 
         Yo no comprendía la actitud de mi esposo, y cuando se lo decía así, haciéndole ver la triste realidad del momento español, él, cerrando los ojos a lo inmediato, tendía la vista a distancia y me decía:
 
         —Esos son pequeños incidentes del camino; pero cuando lleguemos a la era socialista que estamos preparando, ¿quién ha de preguntar por qué medios hemos llegado, ni qué vehículo nos condujo?
 
         No me convencía esta argumentación. La racha de te­rror seguía sobre España. El nuevo movimiento de F.E. de las J.O.N.S. cada día cobraba nuevos afiliados, con arrestos y entusiasmos nuevos. Con mayor dinamismo, ha­bía llegado a los centros fabriles, a las pequeñas capitales de provincia, y eran ya los campesinos, los obreros, los pequeños empleados, los que figuraban en sus filas. Esto exasperó aún más a los marxistas, que se propusieron acabar con el nuevo partido a tiro limpio, y raro era el día en que las calles no se ensangrentaban con reyertas entre jó­venes de uno y otro bando.
 
         En el Congreso, Casares Quiroga, ministro de la Gobernación, declaró beligerantes a los españoles que no militasen en partidos de izquierdas, y ante una enérgica repulsa de Calvo Sotelo, preconizó el atentado personal como legítima arma en la lucha política, llegando a vaticinar al diputado conservador que “moriría con los zapatos puestos”, a lo que Calvo Sotelo contestó con la frase de Santo Domingo de Silos: “Vale más morir con honra que vivir con vilipendio.” A partir de entonces, el salón de sesiones del Congreso se convirtió en lugar de insultos, amenazas personales y escándalos, indignos de la cámara legislativa de ningún país civilizado.
 
         Mas el deshonor culminó en el asesinato realizado por las fuerzas armadas a la orden del poder legal, eliminando, como ya le había amenazado el ministro de Gobernación, al batallador e inteligente Calvo Sotelo.
 
         A altas horas de la noche se presentaron en casa del diputado de la oposición unos funcionarios, acompañados de un oficial de la Guardia de Asalto. Con engaños, y ¡bajo palabra de honor! de que nada se intentaba contra él, sacaron de su domicilio al luchador político. Extrañóse éste de que el vehículo en que habían de conducirle fuese una camioneta de transporte de las mismas fuerzas de Asalto, y apenas acomodado en uno de los bancos y puesto en marcha el motor, le acribillaron a balazos, poniendo en práctica las órdenes recibidas de la superioridad. Fuerte, vigoroso, de recia contextura y fina cerebración, puro tipo de celta gallego, Calvo Sotelo no sucumbió en seguida. Resistió e intentó defenderse, como lo probaba el estado de sus ropas, y según declararon posteriormente sus mismos asesinos. Se incorporó, llegó a agarrotar con sus manos a uno de ellos por el cuello; pero era él solo contra una jauría de criminales, y al fin cayó en el suelo de la camioneta para no levantarse más. La camioneta continuó el camino que desde la misma casa de Calvo Sotelo había emprendido hacia el cementerio del Este, en cuyo depó­sito judicial quedó el cadáver del político más peligroso para los que intentaron hacer con España lo que con él habían hecho; esto es, asesinarla alevosamente, a traición y por manos mercenarias.
 
         Al día siguiente, toda la Prensa comentaba la aparición misteriosa del cadáver de Calvo Sotelo en el depósito del cementerio, y vagamente se iniciaban las sospechas de quién pudiera ser el verdadero asesino, recordando las recientes sesiones de Cortes.
 
El asesinato de Calvo Sotelo me pareció una tal monstruosidad que, aun dada de baja en el P.S., acudí a decir unas cuantas verdades a mis antiguos jefes políticos. Qui­se hablar con Largo Caballero, y W. Carrillo me indicó que a aquella hora de la mañana podía encontrarlo en la central de la U.G.T., en la calle de Fuencarral, donde estaba la sede sindical en un viejo caserón de la plazoleta en que desemboca la Corredera.
 
         Allí me dirigí y fui recibida apenas García Atadell le pasó recado de mi deseo de hablarle. Me preguntó los motivos de mi baja en el P.S., a pesar de habérselos expues­to en extensa carta. Sin duda, no le parecían verosímiles.
 
         —Pues no hay otros—le dije—. No puedo tolerar esa contradicción entre la doctrina y la acción. Preconizamos la libertad de pensamiento, y se persigue de muerte al que no piensa como nosotros; libertad de Prensa, decimos, y la previa censura amordaza al periodista; libertad de reunión, y no se permite ninguna que no sea adicta al Gobierno. Sería más leal declararse en franca dictadura, pues, por lo menos, no se engañaría a nadie ni se haría traición a una idea sostenida como incontrovertible por tantas generaciones de luchadores.
 
         Largo Caballero me dijo, poco más o menos, lo mismo que mi esposo: que eran medidas transitorias impuestas por las circunstancias; pero que, al triunfar del todo nuestra idea, se pondría en práctica nuestro magnífico programa político. ¡Como si fuera imprescindible imponerlo todo de una vez, rotundamente, y no implantar sus artículos según ordenasen esas mismas circunstancias, que nunca debieran servir de disculpa para traicionarlo!
 
         —Pero aún hay más—continué—. Blasonamos de hu­manitarios; “el hombre del hombre es hermano”, decimos en la Internacional, y usamos el asesinato y la masacre como arma política. Hace unos meses, mi madre fue bárbaramente atropellada por una horda en Cuatro Caminos, y ahora, Calvo Sotelo cae acribillado por las balas de unos asesinos incógnitos, y es llevado al cementerio, misteriosamente, en una camioneta de Asalto. ¿En qué país vivimos, que el crimen cobra estado normal? Mi conciencia no pue­de transigir con estas atrocidades.
 
         —Son cosas de su paisano de usted, el loco de Casares Quiroga—dijo Largo Caballero, con un dejo de socarronería.
 
         Yo sentí ofendido mi pundonor regional, y repliqué:
 
         —También era paisano mío el muerto, Calvo Sotelo, que no asesinó a nadie.
 
         —De hecho, no; pero con la intención...—arguyó Largo Caballero, y prosiguió—. En fin, nosotros no lo hemos realizado; nos han quitado de en medio un enemigo peligroso, y no es cosa de querellarnos contra quien nos hace tal servicio. Hay que estar agradecido a los de Asalto. Entre lo mucho malo que nos han hecho, ha caído esa buena pieza.
 
         —Yo no puedo tomar a broma estas cosas—dije francamente molesta—; son demasiado serias. Las ideas... La doctrina...    —No sea usted romántica—aconsejó, paternal, mi ex jefe—. Los tiempos son duros. Gorki ha sido superado por Lenin.
 
         Salí de la U. G. T. con el alma sangrando. ¡Todo era una vil farsa! ¿Para eso había yo empleado los mejores míos de mi vida en la propaganda doctrinal? Yo misma me había envenenado de doctrina y ahora todo se venía a tierra, porque las bellas doctrinas humanitarias eran utilizadas solamente para conquistar adictos y luego proceder de modo opuesto al preconizado, haciendo traición a los propios postulados.
 
         Cuando, en mi casa, le conté a mi esposo mi entrevista con Largo Caballero, él me escuchó sonriendo de modo nuevo para mí. Me dijo que estaba conforme con el presidente de la Ejecutiva del P.S., que había que dejar a un lado sentimentalismos burgueses y proceder con energía, según las circunstancias ordenasen.
 
         Por primera vez discrepamos mi marido y yo. También él se había contagiado del ambiente de violencia. Esto aumentó más mi amargura y mi soledad interior, y decidí no volver a ocuparme de nada que con la política se relacionase.
 
         En el entierro de Calvo Sotelo hizo Falange Española acto de presencia, a pesar de tener a su jefe y fundador preso en la cárcel provisional de Alicante, acusado de desacato a la autoridad. También se sumó a la manifestación de duelo, formada por una multitud silenciosa y decidida, una numerosa representación del elemento militar, todos con uniforme y condecoraciones ganadas en acciones de guerra. Aquello fue una demostración de que en España había savia nueva, animada de espíritu combativo contra la infamia del ambiente.
 
         Dos días después, al tener mi marido que recorrer sus huertos para traer sus productos al mercado de Madrid, le acompañé con nuestra hijita, procurando cerrar ojos y oídos a lo que no fuese mi mundo interior. Pero aun en éste, ¡qué vacío tan inmenso hallaba! Mi vida había perdido mucho de su objeto, al ver esterilizada toda mi labor de años entusiastas.
 




 


 
 
CAPITULO XI
18 DE JULIO DE 1936
 
 
Orgía de sangre.—Una bofetada a Indalecio Prieto.—“Exterminio, exterminio, exterminio”.—Suelta de presos comunes.—El terror en Valencia.—Brigadas nocturnas.—Un “cerdo” en el camino.—Discrepancia conyugal.
 
 
 
 
       La administración de sus fincas, reclamaba a mi esposo en Valencia, y allá nos fuimos en aquella tarde deliciosa de julio de 1936.
 
         Antes de salir de Madrid, cambié impresiones con antiguos compañeros del Partido, con los que seguía en bue­na amistad, pues deseaba saber a qué atenerme, ya que la situación de España no era muy tranquilizadora.
 
         Wenceslao Carrillo no me ocultó que había confidencias de que los militares preparaban “algo”, de acuerdo con la Falange Española. Los católicos y los requetés secundarían el intento, pues parecía cosa de los “reaccionarios”. (Nunca mejor empleada la palabra, pues, en efecto, han sido los que reaccionaron contra el caos que amenazaba destruir al país.) Sin embargo, Carrillo se, mostró muy optimista:
 
         —Nada conseguirán si se deciden a hacerlo, que no es muy seguro—decía—. Han de mirarse mucho antes de dar un paso en falso; pero si lo dan, les pasará lo que con la “sanjurjada” de agosto del 32. El Gobierno tiene en su mano todos los resortes del poder, y las masas proletarias están con nosotros en espera de la revolución social, que se hará tan pronto se llegue a la fusión de los dos partidos marxistas en uno solo.
 
         —¿Que será el Comunista?—interrogué.
 
         —Eso lo veremos—respondió Carrillo, sonriendo socarronamente—. Mientras tanto, Rusia nos ayuda. Luego, será lo que las circunstancias manden.
 
Bajo estas impresiones salí para Valencia.
 
         Se esperaba otra intentona militar con ramificaciones derechistas; pero los dirigentes no le daban importancia seguros de su predicamento entre las clases proletarias.
 
         Realmente, no podía tener gran importancia un intento de tal naturaleza, semejante a los pronunciamientos del tiem­po isabelino. Lo que España necesitaba era algo de fondo, que la transformase por completo; y yo estaba muy ajena a suponer que eso era, precisamente, lo que se preparaba.
 
         Un nuevo ser latía en mis entrañas; el que luego sería mi muy amado hijito José Antonio, y yo cuidaba mi estado con mayor esmero en la espera presentida del hijo varón, pues que la dulzura de la hija ya la tenía en mi muy amada Josefina.
 
         Moralmente continuaba abatida y desengañada de toda inquietud política. Después de mis conversaciones con Largo Caballero y con Carrillo, había sacado la conclusión de que la salvación de España estaba aún bastante lejana y me sentía incapaz de continuar, estérilmente, una lucha tan agotadora.
 
         En tal estado de ánimo, pasé dos días sin salir de nuestra finca “El Paraíso”, en Villanueva de Castellón, cuyo extenso huerto me brindaba sosiego espiritual y fortalecimiento físico. Mi marido, comerciante agrícola ante todo, andaba preocupado en la adquisición de frutas y hortalizas para exportación, y apenas también si de otra cosa se ocupaba.
 
         Aquella noche del 18 de julio, me dijo:
 
         —Hace un tiempo espléndido. Si quieres, subo la radio a la terraza, cenamos allí y pasamos una sobremesa estupenda.
 
         Así lo hicimos; y al conectar con Madrid, nos sorprendió la voz del ministro de la Gobernación, que decía:
 
         “Los rebeldes del cuartel de la Montaña se entregarán esta noche o serán pasados a cuchillo por las milicias del pueblo. De todas partes de España llegan telegramas indicando que toda la Península permanece fiel al Gobierno.”
 
         Mi marido y yo nos miramos con estupor. Aquello era más serio de lo que se esperaba. ¿Qué pasaba en Madrid? El ministro seguía en su arenga encendida, exhortando a todos a dominar, fuese como fuese, a los militares insurgentes.
 
         En la calle sonó un claxon, y al abrir el guarda la puer­ta de la finca, un grupo de compañeros de la Casa del Pueblo de Valencia entró a hablar con nosotros. Ignoraban aquéllos mi reciente baja en el P.S., y yo me guardé de comunicársela, mientras no me informasen de lo que estaba sucediendo; pero tampoco ellos tenían muchas noticias.
 
         Lo único que sabían, por unos compañeros que hacía pocos días habían regresado de Madrid, era que unos militares, entre los que se suponía complicados a varios generales, preparaban un golpe de fuerza contra la Repú­blica, y en la tarde del día en que estábamos se había sabido que las guarniciones de África estaban sublevadas, siendo secundado el movimiento en Madrid por las fuerzas del cuartel de la Montaña. Las demás provincias permanecían tranquilas, según decía el Gobierno, salvo Na­varra, donde había algunos focos insurgentes mandados por el general Mola, y Sevilla, donde Queipo de Llano pare­cía se había hecho fuerte. De Canarias no se tenía noticia; pero se sospechaba que el general Franco andaba tam­bién metido en líos contra la República, a la que no era nada adicto. En Valencia no había novedad, si bien se notaba un extraño nerviosismo, especialmente entre el ele­mento obrero.
 
         Mi marido y yo decidimos trasladarnos a la capital, en busca de noticias más amplias. No llevamos a la niña, pues como no sabíamos a ciencia cierta el alcance del movimiento iniciado, no era cosa de exponer a la criatura a riesgos y peligros innecesarios, y la dejamos en casa de un primo de mi esposo, llamado Eduardo Lliso, cuya mujer se brindó a cuidar de la pequeña Josefina el tiempo que durase nuestra ausencia.
 
         En Valencia, los compañeros del Comité local nos dijeron la verdad de la situación, hasta donde ellos la conocían. No era solamente un golpe de fuerza militar lo que se había producido en España, aunque 1os militares lo dirigían. En Navarra, los requetés, elementos civiles, aunque puestos en pie de milicia, acaudillados por el general Mola, eran los amotinados; de Galicia no había noticias directas; pero desde Asturias comunicaban que los gallegos estaban a favor de los sublevados, a los que se habían sometido sin lucha.
 
         —Esto es un levantamiento político-militar como tantos hubo en tiempos pasados, sobre todo en la época isabelina —opiné yo.
 
         —Seguramente es algo por el estilo—abundó en mi cri­terio Pedro García, compañero dirigente regional, y aña­dió—: No creo que cueste mucho sofocarlo, pues España no está para desangrarse en duchas de este tipo.
 
         —Sí—afirmé—; es necesario dominar a los insurgentes; pero también es preciso cambiar de política para evitar estas cosas, pues de seguir por el camino que vamos, los elementos de derechas se unirán a los militares y entre todos nos impondrán una dictadura que no será fácil sacudir.
 
         —De eso se trata ahora; de imponernos una dictadura como la que hay en Alemania, de tipo “nazi-fascista”, con todos sus horrores. Y tú verás lo que nos vendría encima si se salieran con la suya.
 
         A pesar de mi repugnancia, tantas veces expresada, por todo lo que en España ocurría, tan contrario a la verdadera doctrina socialista y a los postulados de nuestra propaganda, la idea de una dictadura militar, segadora de toda democracia, me aterró y decidí sumarme a la lucha con estricto sentido combativo. Después, una vez dominado lo que yo creí levantamiento “mílicoburgués”, se encauzaría la República por buen camino, pues aquella lección no po­día ser desaprovechada por los gobernantes republicanos.
 
         La Prensa de aquellos días era una locura de exaltación.
 
         Se lanzaban consignas violentas, se daban consejos desorbitados; y en aquella fiebre guerrera, el diario comunista Mundo Obrero alcanzaba el punto más alto de la gráfica.
 
         Una noche nos sorprendió, si algo en tal sentido podía ya sorprendernos, con unas titulares a toda plana, que decían, en líneas de gruesos tipos: “Para el enemigo, en el frente y en la retaguardia —y luego, en caracteres descomunales que ocupaban todo el ancho— : EXTERMINIO, EX­TERMINIO, EXTERMINIO.” A continuación, un artículo, si así podía llamarse aquello, firmado por la “Pasionaria”, en el que decía que no cabían “abrazos de Vergara” entre los "facciosos” y el pueblo, sino el aniquilamiento total del enemigo, dondequiera que éste se hallase.
 
         Comentando aquellos disparates con un compañero, éste me dio la explicación.
 
         Hacía pocos días, en Madrid habían tenido, en el Ministerio de la Guerra, una reunión conjunta los dirigen­tes de los partidos que integraban el Frente Popular, y en ella Indalecio Prieto había propuesto que se nombrase una comisión que entrevistada con los “cabecillas insurgentes", averiguase qué pretensiones tenían o qué propósitos albergaban respecto a la gobernación del país. Según lo que éstos manifestasen, podía recurrirse a un plebiscito y que el pueblo expresase así su voluntad a favor de uno u otro bando.
 
         A tal propuesta se opusieron rotundamente los comunistas. Prieto aseguró que si no se aceptaba su idea la guerra sería larga y costosa. Jesús Hernández dio a Prieto una sonora bofetada, que el socialista repelió llevándose la mano al bolsillo trasero del pantalón para sacar la pistola contra el comunista; pero Mairal, también del P.S., se in­terpuso, sujetando la mano de Prieto, mientras los comunistas se llevaban del salón a Hernández; y no pasó más.
 
         Por eso aquella noche, para contrarrestar la influencia que la actitud de Prieto, divulgada por sus correligionarios, pudiese causar, sobre todo en el sector numeroso con que contaban los socialistas, Mundo Obrero volcó la violencia en titulares y editoriales y recabó de “Pasionaria” la máxima furia del artículo aludido, todo ello aconsejado por Eremburg, el enviado ruso, que velaba muy cuidadosamente el celo combativo de los marxistas españoles.
 
         El populacho secundó a maravilla las exhortaciones comunistas, y una ola de sangre anegó el sector de España, que padecía en poder de las izquierdas.
 
         Se formaron unas llamadas “milicias del pueblo”, de la manera más especial. Unos cuantos individuos, provistos de carnet sindical o político, vestidos con el mono azul de mecánico, se agrupaban, nombraban entre ellos un jefe y acudían a las Casas del Pueblo, a los Ateneos Libertarios de la F.A.I. y a las células comunistas o a las Agrupaciones Republicanas, en demanda de armas para “defender la causa del pueblo”. Inmediatamente se les extendían volantes, por medio de los cuales los encargados de los depósitos de armas, procedentes de los asaltos a cuarteles y armerías, se las facilitaban; y ya con el material bélico necesario, los nuevos combatientes se dedicaban a cometer toda clase de infamias y atropellos.
 
         A esto hay que añadir que en los primeros días de lucha, también por sugerencia del plenipotenciario ruso, se había dado suelta a todos los presos que en las cárceles había, excepto los políticos que estaban en ellas por pertenecer a Falange Española; y como en las organizaciones obreras se admitía y data carnet a todo el que lo solicitaba entonces, los ladrones profesionales, los asesinos y toda clase de maleantes, se encontraron de la noche a la mañana formando partidas armadas de bandoleros, con plena libertad de acción, y hasta con el marchamo legal y casi heroico de “milicias del pueblo” .
 
         Estos forajidos de siempre y los que lo eran por naturaleza, pero hasta entonces lo habían disimulado por miedo a la ley, se dedicaron a efectuar “registros domiciliarios” en las casas de “sospechosos”, que siempre eran personas de posición acomodada, y solían llevarse, no do­cumentos, qué de existir no sabrían deletrear, sino alhajas, dinero y cuantos efectos de valor hallaban a mano.
 
         Los milicianos de verdad, esto es, los pertenecientes a las organizaciones obreras desde tiempo atrás, también se despachaban a su gusto, según sus fobias, sus apetencias e incluso sus resentimientos personales, si bien sus tropelías no alcanzaban el grado de inmoralidad y ensañamiento que en los arribistas.
 
         Al fin, las autoridades se decidieron a organizar la “resistencia armada”, de acuerdo con los partidos de izquierda y las centrales sindicales. Se “militarizaron” las milicias, dando carácter de cuartel a las residencias que ellos mismos se habían adjudicado por el sistema de incautación, previo asesinato o encarcelamiento de sus legítimos ocupantes, y se respetó la graduación establecida desde los primeros momentos. Cada grupo contaba con un comandante, dos capitanes y cuatro tenientes de nombramiento popular, y esos cargos se confirmaron, adquiriendo situación legal al ser reconocidos oficialmente.
 
         Así quedó constituido el ejército rojo, cuyos desastres no podían sorprender sino a sus componentes, demasiado ignaros para comprender su impericia.
 
         En Valencia, un numeroso grupo de milicias se había establecido en el Hotel Europa, contiguo a la Telefónica, de la que se incautaron desde el primer momento los co­munistas.
 
         Mi marido se incorporó a este grupo, siendo nombrado en seguida comandante, mientras yo me quedaba hospedada en el Hotel Oriental, donde- parábamos siempre que en Valencia hacíamos noche, y del cual era dueño don Manuel Navarro, antiguo obrero autoemancipado por muchos años de laboriosidad y ahorro.
 
         Al preguntarle a mi marido cómo había ingresado en las Milicias Telefónicas, siendo comunistas, me respondió que había decidido cambiar de partido político, por encontrarse más conforme con la táctica comunista.
 
         —A ti no te importará mucho—me dijo—, pues tam­bién te diste de baja en el P.S.
 
         —Cierto—le dije—; pero por motivos completamente distintos; esto es, y tú lo sabes, porque el P.S. seguía demasiado servilmente las consignas comunistas, con las que estoy en completo desacuerdo.
 
         —Alguna vez y en algo habíamos de discrepar—dijo mi esposo—. Tú conservas mucho de los prejuicios burgueses, porqué en el fondo eres una romántica. Yo soy más práctico; me gustan los procedimientos, expeditivos más -que los evolutivos,- a paso de tortuga.
 
         Con este motivo tuvimos una discusión en la que no logramos convencernos el uno al otro, y al final de la cual me repetía la frase de mi esposo: “En algo teníamos que discrepar”; y ese algo era la política, en la que nuestra discrepancia era absoluta.
 
         Yo no estaba conforme con nada de lo que se hacía. Si en tiempo de paz se había caminado de error en error, en lo que iba de guerra el disparate había llegado a límites máximos, y el desgobierno se sumaba al horror.
 
         Se habían creado unas llamadas “brigadas nocturnas”, especie de policía ejecutiva, sin control de ninguna especie, cuya, misión era recoger cuantas denuncias se les formulasen y proceder según su criterio.
 
         Actuaban, como indicaba su nombre, de noche; y unas veces se conformaban pon un expoliador registro, seguido de la detención de los denunciados a los que encarcelaban en su propio cuartel miliciano, y otras veces los detenidos eran sacados fuera de la ciudad y asesinados en cualquier cuneta del extrarradio. A este último procedimiento se le dio, -con humorismo macabro, el nombre de “paseo”.
 
         En Valencia, como en toda España, apenas la noche cerraba, una densa nube de angustia se abatía sobre la población, y las personas de posición acomodada, por apolíticas que fuesen, sentían acelerar su corazón cuando oían el ruido de un coche pararse a su puerta. Centenares de cadáveres aparecían en los lívidos amaneceres, tendidos en las carreteras vecinas; y así, un día y otro día, los milicianos de la retaguardia se cobraban los descalabros que en los frentes sufrían sus compañeros.
 
         Porque militarmente, el desastre rojo era inenarrable.
 
         Muy pocos jefes y oficiales competentes permanecían adictos al Gobierno republicano, y si disponían de la inmensa masa miliciana que en los frentes habían volcado las organizaciones obreras, eran estas multitudes sin disciplina ni preparación militar, dificilísimas de manejar eficiente­ mente. Se daba el caso de que un puñado de soldados nacionales, mandado por un oficial competente, barriese, diezmándolos o poniéndolos en fuga, a fuerzas milicianas cuatro veces mayores.
 
         Políticamente continuaba el desbarajuste, elevado al grado superlativo por la absoluta dejación de todo lo que no fuese la atención guerrera; y este cúmulo de cosas, con las que yo no podía estar conforme, me hicieron desistir de mis primeros propósitos de incorporarme a la lucha, y continué ajena a todo, atendiendo únicamente a mi es­tado de gestación, que me servía de pretexto ante mi ma­rido y mis antiguos compañeros, para mi retraimiento.
 
         Mi marido estaba por completo entregado a sus mili­cias. Su flamante cargo de comandante le producía pueril satisfacción, y en el cuartel hacía su vida y al cuartel ha­bía de ir yo a verle cuando algo de él necesitaba.
 
         Yo continuaba en el Hotel Oriental, y mi deseo era volver a Villanueva de Castellón, recoger mi hijita y regresar a mi casa de Madrid, de la que me parecía faltaba hacía un siglo; pero tampoco quería dejar a mi marido en Valencia, entre aquella turba de asesinos, pues muchas veces mi consejo y advertencia le “hicieron ver claro y no caer en la sima en que muchos desalmados querían precipitarle.
 
         Una mañana se presentó en mi cuarto del Hotel Oriental el propietario del mismo que, pálido y azorado, me suplicó:
 
         —¡Sálveme, señora! ¡Quieren llevarme!
 
         —Quiénes y a dónde le quieren llevar?
 
         —No lo sé. Están abajo.
 
         —Veamos quiénes son—dije.
 
         Bajamos. En el vestíbulo del hotel había un grupo de milicianos; monos azules, cananas al cinto, fusiles al hombro y gorros de sobre en azul.
 
         —¿Qué queréis—les pregunté.
 
         —¿Qué te importa?—replico el jefe del grupo.
 
         —¡Pues si no me importa, os vais, y en paz!.
 
         —Eso será si queremos—volvió a decir el jefe, y añadió— : ¿Quién eres tú?
 
         —¿Quiénes sois vosotros?—pregunté a mi vez.
 
         —Ya lo ves: la milicia del pueblo.
 
         —Pues yo soy la socialista Regina García.
 
         —No es verdad. Tú no eres esa que dices. Si lo fueses, no estarías aquí, como una burguesa.
 
         —No es a ti a quien debo dar cuenta de mis actos—re­ pliqué—. Yo soy quien digo. Mira—y le mostré mi antiguo carnet de militante en el Partido Socialista.
 
         Lo cogió, lo miró y me lo devolvió diciendo:
 
         —Es verdad; eres la “líder”. Pues verás, nosotros...
 
         —Primero, vuestros carnets—le interrumpí—; quiero verlos como vosotros visteis el mío.
 
         Me mostraron los carnets, que eran de la C.N.T., y con asombro, vi que tenían fecha de 1 de agosto de 1936, ¡y estábamos a 5 del mismo mes!
 
         —¡Vaya—les dije—, no habéis perdido el tiempo! Es verdad que habéis tardado en ingresar en una organización obrera; pero, apenas ingresados, ya os disponéis a dar “paseos”. ¡No está mal!
 
         —No se trata de dar paseos a nadie, sino de incautarnos de este hotel—volvió a hablar el jefe.
 
         —¿Nada más? ¿Y quién os ordenó hacerlo así?
 
         —Nadie...—y cambiando de tono—: Verás, compañera; aunque el carnet pone como profesión nuestra “obreros zapateros”, nosotros somos los limpiabotas de la plaza de Emilio Castelar, que ahora, como nadie se limpia el calzado, no tenemos trabajo y nos morimos de hambre, y dijimos: “Vamos a incautarnos del Oriental, y así, comeremos y tendremos casa”, y a eso hemos venido.
 
         —Pues habéis venido muy equivocados, porqué el dueño de este hotel no es ningún capitalista explotador ni un faccioso antirrepublicano, sino un liberal, un simpatizan­te de izquierdas, y además un obrero, como vosotros, que a fuerza de trabajo y economía llegó a tener esta industria de la que viven él y los suyos. Ahora bien; si vosotros tenéis hambre, vais a comer hoy, y mañana os presentáis en la C.N.T., a la que pertenecéis, y que allí os envíen al frente. Tendréis comida segura, dos duros diarios, y ga­naréis la dignidad de soldados de la República, en vez de ser vividores de la retaguardia.
 
         —Bien; si tú lo ordenas...—admitió el jefe de la banda.
 
         Pasaron al comedor del hotel, desierto a tales horas, y el señor Navarro, que con susto mayúsculo asistió a la escena y diálogo anteriores, hubo de sacrificar un jamón, dos quesos de bola y dos docenas de panes, además del vino correspondiente, para saciar el apetito de los frustrados asaltantes.
 
Una vez consumido el almuerzo se fueron por donde habían venido los betuneros de la plaza de Emilio Castelar, convertidos en milicianos por el paro forzoso que las desaseadas costumbres de guerra les imponían.
 
         Yo subí a mi cuarto, seguida por las frases de gratitud del dueño del hotel, y al poco rato salí para la Telefónica a dar cuenta a mi marido de lo que había pasado y que vieran todos de evitar semejantes sucesos, capaces de desacreditar el régimen, si ya no estuviese bastante desacreditado.
 
         Hallé a mi marido en su habitación, acostado y con evidentes señales de embriaguez. Logré que se despabilase un poco y me atendiese, preguntándole cómo se hallaba en aquel estado, pues hasta entonces nunca se había embriagado.
 
         —Hay cosas que o se hacen borracho, o no se hacen —me respondió,
 
         —¿Qué cosas son esas? ¿Qué has hecho tú?—le pregunté, aterrada de mi propia sospecha.
 
         —Nada contra la República. Cumplí con mi deber.
 
         —Para cumplir con su deber los hombres no se emborrachan. Sólo lo hacen cuando necesitan acallar su con­ ciencia. Dime, ¿qué has hecho?
 
         ¡Déjame en paz!—replicó—. Jamás me comprenderías. Eres una romántica y me amargarías la vida con el recuerdo de lo que quiero olvidar. Vete ahora. Es lo mejor. Ya hablaremos cuando esté más tranquilo.
 
         Se volvió de espaldas y cerró los ojos. Su respiración era fatigosa. Pronto se quedó dormido de nuevo.
 
         Hablé con José Escrich, el segundo jefe de la Telefó­nica y en realidad el verdadero mangoneador de todo, hasta de mi marido, por ser la persona de confianza del Partido Comunista. Le pregunté qué habían hecho y por qué mi marido se hallaba en tal estado, y me respondió:
 
         —Nada; salimos de madrugada, y ya puedes suponerte. Pepe, que es un “blanco”, si no bebe no sirve para nada ¡Y eso que es el jefe, que no tiene más que dar la orden!... En fin; es la guerra.
 
         —No; no es la guerra—le increpé—. La, guerra es luchar en el frente, soldado contra soldado, y venza quien más pueda o sepa más. Eso es la guerra; pero esto es el crimen a mansalva, la canallada, la felonía...
 
         —No sigas—me interrumpió Escrich—, que vamos a creerte fascista. Con los traidores, ¿qué quieres que se haga? Justicia, y nada más. Justicia del pueblo. ¿No sa­bes lo que dice “Pasionaria”? Al enemigo hay que exterminarlo, sea como sea.
 
         —No estoy conforme con eso'. Al enemigo se le combate; en el frente, con las armas en la mano, y en la retaguardia, con la ley,
 
         —¿Con la ley, eh? ¡Qué inocente eres! Ya dice Pepe que eres una romántica.
 
         ¡Con la ley! Ahí tienes a Primo de Rivera. ¡Más fascista que ése! El fascista número uno, fundador de la Falange, y ahí lo tienes, muy guardadito en la prisión de Alicante! ¿Qué esperan para quitarlo de en medio? ¡Nada, nada! La justicia del pueblo; la acción directa, y nada más.
 
         —¿Y esta madrugada hicisteis justicia?
 
         —Naturalmente, ¡A ver, si no!...
 
         —¿Y mi marido?...—la angustia me ahogaba al preguntar.
 
         —El, no; es demasiado “blanco”; no vale para estas cosas. Teóricamente no hay otro como él; pero a la hora de la verdad no tiene valor y “se raja”. Y eso que bebe, que, si no, ¡ni dar la orden!
 
         Dejé una nota a mi esposo, rogándole que fuese a ver­ me al hotel tan pronto pudiese, y allá me volví con el corazón destrozado. Ya no cabía en mí más amargura. Mi marido cómplice de aquellos asesinos!... Decidí regresar a Madrid cuanto antes. Yo no podía vivir en aquel ambiente de horror.
 
         Tendida en la cama, llorando, me halló mi marido cuando a la tarde acudió a mi cita. Venía abatido, avergonzado y triste. Se sentó al borde de la cama, me tomó las manos y me besó en la frente.
 
         —¡José!...—le dije, y rompí en sollozos.
 
         —¡Calla, no me digas nada!—suplicó—. Yo mismo estoy avergonzado y pesaroso. No volverá a suceder. Yo no nací para estas cosas; pero ellos se dicen ejecutores de la justicia...
 
         —¡Y lo son! ¿No sabes que ése es el nombre oficial del
 
verdugo? ¡Ejecutores de la justicia!... Pero fuera de la ley, es decir, ejecutores de la injusticia, del atropello, del crimen... ¡No vuelvas con ellos, José!
 
         —No quisiera volver; pero no tengo más remedio por ahora. Lo que haremos es irnos a Madrid inmediatamente. ¿Te parece?
 
         —Precisamente eso estaba pensando. Regresar a Madrid lo antes posible. Salir de este infierno.  
 
         —Pues entonces mañana irás a Villanueva, recogerás a la niña, arreglarás las cosas de allí, que deben de estar un tanto descuidadas; lleva dinero para pagar lo que haya pendiente; ordena las labores precisas, y, cuando tengas todo en regla, vuelve aquí con nuestra hijita y nos iremos a Madrid enseguida. Estoy deseando verme otra vez en nuestra casa con vosotras dos a mi lado, esperando el nacimiento de nuestro nuevo hijo.
 
Se hizo como mi marido había proyectado. En un coche de las milicias y escoltada por éstas, fui a Villanueva, puse en orden nuestra hacienda y recogí a nuestra hijita, que estaba contando los días de nuestra separación, a pesar de que los parientes de mi esposo la cuidaban con esmero, y me volví a Valencia, ilusionada con la idea de reintegrarnos prontamente a Madrid.
 
         Lo primero que me sorprendió fue el cambio operado en mi marido en los tres días de mi ausencia. Esquivo, frío, displicente, rehuía hablarme en privado, con el pretexto de sus muchas ocupaciones. Al fin, arriesgándome a todo, aun delante de los camaradas Escrich y San Martin, le hablé de nuestro regreso a Madrid, y me contestó que no podía ser tan pronto como yo pensaba.
 
         —¿Por qué?—le pregunté.-
 
         —Porque soy el comandante y no puedo abandonar mi puesto.
 
         —Únicamente—intervino Escrich—, si aceptase la propuesta que algunos le han hecho. —Y el comunista sonreía cínicamente al decir esto.
 
         —¿De qué se trata?—volví a preguntar.
 
         —El coronel Uribarri está formando una columna con milicias valencianas para luchar en Extremadura, donde los facciosos se han hecho “los amos”—dijo mi marido—. Me proponen el ingreso en dicha columna con las milicias telefónicas; pero eso hay que tratarlo en asamblea, y lo que acuerde la mayoría se hará.
 
         —¿Habéis convocado ya la asamblea?
 
         —No corre prisa—dijo Escrich, y salió de la habitación con San Martín.
 
         Al fin podía hablar a solas con mi esposo. Logré convencerlo de que convocase la asamblea para el día siguiente, a primera hora de la noche; pero, a pesar de esto, él no mostraba en irse el interés de días antes.
 
         —¡La asamblea—me dijo con mal disimulada alegría— votará, en su mayoría, quedarse en la retaguardia. Lo que tú puedes hacer es irte a Madrid con nuestra hija, pues ya ves que no puedo acompañaros.
 
         Yo aparenté aceptar aquella solución, para el caso de que la asamblea, como él aseguraba, votase por quedar en la retaguardia, en Valencia, y me separé de mi esposo de­cidida a ganar la votación. Para algo me había de servir mi experiencia de agente electoral activo. Al mismo tiem­po, me propuse averiguar, las causas, del cambio operado en mi marido, y para ello me serví de Manolet, un ingenuo miliciano dé cuerpo gigante y alma de niño, quien me informó cumplidamente.
 
         Escrich, alarmado por mi actitud y por el ascendiente que sobre mi marido ejercía, decidió combatirme por todos los medios, y, como el oportunismo comunista no excluye ninguno, ni aun el celestineo, organizó una cena la misma noche que yo me fui a Villanueva, en compañía de una de tantas “furcias” que se habían hecho enfermeras milicianas.
 
         Durante la cena se habló de mí, y Escrich ridiculizó a mi marido, motejándole de estar sometido al capricho de su mujer. ¡Y qué mujer! Según Escrich, burguesa, medio fascista, llena de miedo y asustadiza como una monja. Allí estaba Merche, la enfermera, que no se asustaba de nada, aunque le pusieran los sesos de un faccioso encima del delantal.
 
         Merche era guapa, joven, y con arte cultivado de buscona profesional. La cena fue copiosa, abundante la bebida, y el final, el que Escrich se propuso. Merche era el motivo del cambio de mi esposo.
 
         Respecto a la votación, la mayoría de los milicianos deseaba ir al frente; pero como cada uno andaba por donde podía, pues sólo dos docenas acudían con regularidad al cuartel, por ser los eternos beneficiados, los otros no se enterarían de la asamblea hasta después de celebrada, y la votación, por mayoría de los asistentes, decidiría quedarse en Valencia, en la retaguardia.
 
         No necesité saber más. Secundada por Manolet y otros dos muchachos que también preferían marchar al frente, recluté a casi todos los milicianos telefónicos para la asam­blea, y Escrich y mi esposo fueron los primeros sorpren­didos de la concurrencia y del resultado de la votación, que fue de inmensa mayoría a favor de la ida al frente, para lo cual tendrían que acudir, a Madrid a incorporarse.
 
         Y no se conformaron con tal acuerdo, sino que, además, exigieron se fijasen las fechas para la solicitud que habría de elevarse a la superioridad y para la salida de Valencia con dirección a Madrid, una vez obtenida la incorporación.
 
         Mi marido se hallaba de un humor de todos los diablos; pero yo estaba satisfechísima. ¡Si él hubiera sabido que era yo la promotora de todo aquel tinglado...! Al fin, podía arrancarlo del ambiente de crimen, emboscada y deshonor en que estaba sumergido, y lo sustraía al dominio de Escrich y a la influencia de Merche.
 
         El día 17 de agosto llegó a Valencia la noticia de que en la madrugada anterior la marinería del acorazado “España núm. 3” se había apoderado del mando del buqué después de acuchillar a los jefes y oficiales y de arrojar al mar sus cadáveres, triste ejemplo que luego siguieron las tripulaciones de otros muchos barcos de guerra, cuya oficialidad prefirió la muerte a desertar del cumplimiento de su deber.
 
         Los comentarios eran de unánime aplauso entre los milicianos, que celebraban ruidosamente el suceso, y, en medio de general algazara, se hicieron los preparativos de nuestro viaje en ese mismo día, o, mejor dicho, en su noche, pues ya eran las diez cuando nos pusimos en camino hacia Madrid, en convoy compuesto por nueve ca­miones de transporte, uno de ellos con explosivos, y cuatro coches rápidos, en uno de los cuales viajábamos mi hijita Josefina y yo. Mi esposo iba delante en otro coche rápido, con sus capitanes y tenientes.
 
         La niña durmió en mis brazos, arropada por una gran manta de astrakán, compañera mía de muchos viajes y que todavía conservo, y al amanecer se despertó; Desve­lada por la novedad del viaje, la niña no volvió a dormirse, y, de rodillas sobre el asiento, miraba el camino por el cristal trasero del coche.
 
Al pasar por un pueblo de la provincia de Albacete vimos un grupo de milicianos con fusiles al hombro, que obstruía el camino más allá del parapeto que, como a la entrada y salida de todos los pueblos, en aquél había.
 
         Paramos los coches y un chófer preguntó a los milicia­ nos del grupo qué era lo que ocurría. Uno de aquéllos respondió:
 
         —Un cerdo que matamos. Vedlo.
 
         Rápidamente crucé mi brazo por delante de los ojos de mi hijita y la tomé en mis rodillas, apretándola contra mi pecho, para que no viese aquel horror.
 
         Entre dos milicianos llevaban un hombre cogido por un brazo y una pierna, zarandeándolo brutalmente. A cada sacudida, de la cabeza del infeliz salía un surtidor de sangre y el brazo y la pierna, pendientes barrían el suelo.
 
         Bajé la cabeza y hundí mi cara en el cabello de mi niña.
 
         Esta preguntó:
 
         —¿Qué pasa, mamá?
 
         —Nada, hija mía; procura dormir.
 
         —¡Pero si no tengo sueño!—protestó la criatura.
 
         Ya los bárbaros asesinos dejaban paso franco, y, entre risotadas y chistes de nuestros chóferes celebrando la “hazaña” de los compañeros, continuamos el viaje a Madrid, donde llegamos la noche del 18 de agosto de 1936.
 
         Mi esposo, con toda la milicianada, quedó en el hotel Nacional, convertido en residencia de fuerzas transeúntes.
 
         Yo me fui con mi hijita a nuestra casa, situada en la pla­za del Progreso, esquina a la calle de Romanones, y al entrar en ella corrí al comedor, tan íntimo, tan acogedor, y me derrumbé en una de las butacas, al lado de la chimenea, bajo la jaula del “periquito”, el pájaro- que mi esposo cuidaba con tanto esmero.
 
         Lloraba y reía a un tiempo, abrazando a mi hijita. ¡ Ya estábamos en Madrid!
 
         No sabía lo que me esperaba.
 






 
 


 
 
 
 
CAPITULO XII
 
MADRID ES UN MATADERO
 
 


López Ochoa, decapitado.—Un preso perdido.—Los muertos de las cunetas.—Las calles, escenario de tragedia.—El Hospital número 14.—“Amanecer", “Leones Rojos” y otros.—El incendio de la Cárcel modelo.—Orgías y despilfarro.—Desolación espiritual.—En busca de la verdad.
 
 




         Como era natural, mi primera visita al llegar a Ma­drid fue para mi madre, y por ella y por mis hermanos supe que la situación en la capital de España era peor, si cabe, que la de Valencia.
 
         Diariamente aparecían en las cunetas del extrarradio centenares de cadáveres que el populacho iba a contem­plar, y en muchos casos a escarnecer con saña macabra, distinguiéndose en tal “deporte” las mujeres, que a veces se convertían en verdaderas arpías contra los pobres muer­tos, a los que llamaban burlescamente “besugos”.
 
         En la carretera de La Coruña había trozos verdaderamente trágicos, y en Chamartín, en el recodo llamado del “Hotel del Negro”, cada día aparecían nuevas víctimas de la barbarie marxista.
 
         Del anochecer al amanecer, los coches de los asesinos cruzaban la capital en repetidos viajes, con insaciable sed de sangre, sin dar punto de reposo a la angustia de los pacíficos vecinos, que tenían vidas y haciendas a merced del capricho miliciano.
 
         Mis hermanos me refirieron detalles espeluznantes de la lucha en Madrid.
 
         En los primeros días había sido algo inenarrable. En Carabanchel las turbas habían asaltado el Hospital Militar, donde se encontraba enfermo el general López Ochoa, que hacía dos años, en 1934, había pacificado Asturias, y le cosieron a puñaladas en la misma cama en que yacía. Luego, aún en vida, un carnicero de oficio le cortó la ca­beza, y, puesto el sangriento despojo en una pértiga, lo habían paseado por todo el pueblo, llegando hasta Madrid en horrenda manifestación de júbilo.
 
         Lo del cuartel de la Montaña había sido feroz. Los asaltantes se ensañaron cruelmente con los heridos, y ésa era desde entonces la tónica de la lucha en Madrid: crueldad innecesaria, sin razón, sin motivo; el mal, por el mal. Se vivía en continuo sobresalto. Mi padrastro se había refugiado en casa de unos parientes lejanos, pues temía ser denunciado como aristócrata.
 
         —Y tú, ¿no temes nada, después de lo que te ocurrió en mayo—pregunté a mi madre.
 
         —Yo, no; nunca pasará más que lo que Dios quiera —me respondió con su fe de siempre, que tanto me ad­miraba.
 
         —Sin embargo, debieras venir a mi casa. Conmigo estarías más segura—le propuse.
 
         —¿Y cómo dejo solos a tus hermanos?
 
         —No son niños pequeños que te necesiten—repliqué—. Que se vayan a una fonda. Así también ellos estarán más a cubierto que en este barrio, donde todo el mundo os conoce, y no precisamente por izquierdistas.
 
         No quiso mi madre utilizar entonces mi oferta, y a mi casa volví con pena. En aquellas trágicas horas hubiera querido estar muy unida, muy junta a los míos, a todos los míos, en afán de defensa moral y física; pero hube de quedar sola con mi pequeña Josefina y Ángeles, la única criada que siguió en mi casa, pues las otras dos se habían, ido de milicianas, en busca de mejor sueldo, menos trabajo y mayor libertad, como habían hecho la mayoría de las fregonas madrileñas.
 
         En los días que siguieron pude comprobar que mis hermanos nada habían exagerado al describirme los horrores que la milicianada cometía en la retaguardia madrileña.
 
         Conocí casos en que familias enteras fueron sacrificadas, sin excluir adolescentes, mujeres ni ancianos, como ocu­rrió a la del comandante don Francisco Agustín, retirado por la llamada “Ley de Azaña”, que ponía a los militares en la disyuntiva de tomar el retiro o jurar fidelidad a la República. Este señor prefirió lo primero, por lo que fue “fichado” como “fascista” y asesinado en el primer tiempo de la guerra, en unión de su esposa y de dos cuñadas que con él convivían. Su madre, ya anciana, y dos hermanas, murieron poco después, a consecuencia de los malos tratos y privaciones padecidos en aquella época de terror.
 
         Yo no podía resignarme a la idea de que todos mis correligionarios aprobasen estas atrocidades. Pensaba que,- por lo menos, las mujeres habrían de reaccionar contra la barbarie, y, esperanzada, visité compañeras antiguas, que ya no lo eran por mi baja en el Partido Socialista, y me recibieron fríamente. Matilde Cantos, con la que siempre me había unido fraterna amistad, no me disimuló su disgusto y me dijo:
 
         —A ti “los árboles no te dejan ver el bosque”. Te preocupas mucho por lo inmediato y no piensas en lo por venir.
 
         —No lo creas—repliqué—;es precisamente el porvenir lo que más me preocupa. ¿Adónde vamos por este camino de crímenes e inmoralidades? Cuando queramos recoger los valores del pueblo para una labor de paz, ¿adónde habrán ido a parar tales valores? ¿No estaremos perdiendo lo mejor de España?
 
         —Seguramente—me repuso con sorna—. Sería mejor dar la razón a los facciosos y regalarles cigarrillos en los frentes y entradas de cine en la retaguardia.
 
         —No sé lo que sería mejor; pero sí sé que nada sería peor que esto—le dije.
 
         Sin embargo, se llegó a algo peor, que era aquello mismo agudizado hasta límites inverosímiles.
 
         Una mañana, al abrir la puerta del “Metro” en la plaza del Progreso, los empleados hallaron en las escaleras el cadáver de un hombre, con el clásico tiro en la nuca que presentaban todos los “paseados”. Otra mañana fue en la glorieta de Bilbao, también a la entrada del “Metro”, donde apareció otro cadáver en las mismas condiciones. Ya no eran sólo las cunetas del extrarradio; las calles de la capital se ensangrentaban con los crímenes marxistas.
 
En el paseo de Atocha, otra madrugada, apareció interminable fila de cadáveres. Eran los hermanos salesianos, que habían sido asesinados la noche anterior. Las arpías del barrio acudieron a contemplarlos y mofarse de la misma muerte, entre las chanzas burdas y macabras de los milicianos. Una mozuela, por broma, empujó a la que estaba a su lado; ésta cayó de bruces sobre los cuerpos muertos y uno de ellos abrió los ojos y se estremeció. El susto de la embromada fue mayúsculo y celebrado ruidosamente por el grupo que presenciaba la escena. Un miliciano vació el cargador de su pistola en la sien del agonizante cuya masa encefálica salpicó los trajes de las desalmadas mujerzuelas.
 
         Pero donde culminó la crueldad roja fue en el hospital número 14, situado en la calle de la Puebla, esquina a Valverde, en el que había sido y hoy ha vuelto a ser convento de religiosas mercedarias, fundado por don Juan de Alarcón.
 
         En este hospital militar, al que se llevaban los heridos nacionales en calidad de prisioneros, se practicaban toda clase de felonías con los indefensos soldados que no claudicaban y mostraban su fe religiosa o patriótica. Cuanto más alta era su graduación, más se les martirizaba, infectándoles las heridas y administrándoles inyecciones de gasolina o de sueros nocivos.
 
         Al mismo tiempo, lo mismo que en Valencia, funcionaban fatídicas brigadas ejecutivas, albergadas en “checas” de odiosos recuerdos, con coches propios para la conducción de las víctimas, y se estableció un horrible pugilato por quién se distinguía más en la llamada “limpieza de la retaguardia”, rivalizando entre sí los de “Amanecer”, mandados por García Atadell y domiciliados en la calle de Fomento, número 9, de terrible memoria; los “Leones Rojos”, “Los sin Dios”, “Las Águilas de la Libertad” y tantos más, a cual más sanguinarios. Por su cuenta y riesgo, hacían registros, detenían, encarcelaban y ejecutaban a cuantos desdichados caían en sus manos, sin que las autoridades hiciesen lo más mínimo por evitar estos horrores.
 
         Llegó a tales extremos aquella orgia de sangre que, aterrada, me decidí a visitar a Wenceslao Carrillo, a la sazón subsecretario de Gobernación, y, a pesar de mi aislamiento de toda actividad política, le expuse mi protesta por aquella ola de terror que ahogaba la retaguardia. Sólo en Ma­drid y sus alrededores aparecían diariamente de seiscientos a setecientos cadáveres; esto era horrible.
 
         Carrillo me dejó hablar y luego me dijo:
 
         —¿Los “paseados”? ¡Bah, no seas sentimental! ¿Sa­bes lo que le dije, ayer al jefe superior de Policía? Que mientras no aparezca el doble, no hay nada que hacer. Es preciso acabar con los facciosos, sea como sea.
 
         Regresé a mi casa entristecida, asqueada, sin ánimos para nada. ¿Cómo pudo Wenceslao Carrillo responder así a mi protesta, él, a quien yo conocía como hombre de sentimientos humanitarios? ¿Puede la pasión política ce­gar hasta esos extremos las fuentes de la razón y el sentimiento? ¿Adónde íbamos a parar con tal manera de proceder, si las autoridades alentaban el crimen?
 
         Al fin, se creó un organismo oficial para los delitos de guerra. La I.M., o Investigación Militar, que después había de convertirse en el célebre S.I.M., de funesta memoria. El nuevo organismo recurrió a todos los medios imaginables de tortura y exterminio de los denunciados, sin tomarse la molestia de realizar las investigaciones a que su título se refería, y en los primeros meses de guerra fue, de tantos organismos del terror rojo, el más cruel, si bien amparado por la legalidad que su carácter oficial le prestaba.
 
         La opinión pública, sofocada por el terror, rugía sordamente; el alma nacional clamaba, y hasta los más adictos al régimen republicano, como no fuesen personas de concien­cia turbia, deseaban el triunfo de las tropas nacionales, sólo para acabar con aquella etapa de horrores.
 
         A todo esto, mi esposo continuaba en el hotel Nacional con sus milicias. La columna Uribarri se había incorporado al frente y partido para Extremadura, dejando en Madrid una representación en la cual había quedado mi marido de jefe supremo, como comandante; San Martín, de capitán, y de tenientes, unos muchachos de la C.N.T. llamados Clavo y Cocerá.
 
         Habían establecido las oficinas y residencia en un viejo caserón de la calle de Atocha, frente a la de Relatores, y las habían amueblado espléndidamente, con el ajuar de la casa de don Germiniano Carrascal, abogado, militante en la C.E.D.A., que tuvo oportunidad de ponerse a salvo antes de sufrir el “paseo”; pero apenas las utilizaban y continuaban en el hotel Nacional, donde les era más cómoda la estancia por no necesitar en él servicio doméstico.
 
         También habían establecido, en otra casa igualmente incautada de la calle de Atocha, próxima a la Facultad de Medicina de San Carlos, una posta sanitaria al frente de la cual se hallaba la enfermera Merche, que de Valencia había enviado Escrich para amargarme la vida, en venganza a mi faena en el traslado a Madrid de las milicias telefónicas.
 
         Con todo esto mi esposo fue espaciando las visitas a nuestro hogar, hasta el punto de que si yo quería verle o necesitaba algo de él, había de ir a buscarlo al hotel Nacional y allí me indicaban el lugar donde podría hallarlo, caso de no encontrarse en aquel momento en la casa.
 
         Por una de estas visitas a dicho hotel, me vi envuelta en una odiosa trama que quisiera olvidar, pero cuyo recuerdo llevo enroscado en el alma.
 
Esperaba yo a mi marido, sentada en una de las cómodas butacas del vestíbulo, cuando se me acercó San Martin, acompañado de una anciana de venerable aspecto, cabellos blancos y angustiado semblante.
 
         —Esta es la esposa del comandante—dijo San Martín.
 
         Me levanté y saludé a la recién llegada, quien me dijo era madre de un oficial del Ejército, detenido la noche anterior por las Milicias Valencianas. Sabía que a su hijo lo habían conducido al hotel Nacional y quería conocer qué había sido de él y dónde se encontraba; pero le dijeron que el jefe no estaba en el hotel. El capitán le indicó que yo era la esposa del comandante y a mí se dirigía en demanda de noticias de su hijo.
 
         —Esperé un momento, señora—le dije, y me fui a la posta sanitaria, donde sabía se encontraba mi esposo.
 
         Le expuse de lo que se trataba y él me ordenó:
 
         —-Dile a esa señora que su hijo salió esta mañana para el frente del Tajo y que no tardará en recibir noticias di­ rectas suyas.
 
         —Pero ¿eso es cierto?—dudé.
 
         —Te doy mi palabra. Se lo puedes jurar—afirmó rotundo mi marido.
 
         Regresé al hotel Nacional y di a la angustiada dama todo género de seguridades sobre la situación y estado de su hijo, afirmándole que en breve recibiría noticias, directas de él, y la buena señora me abrazó llorando y me besó con profundo reconocimiento.
 
         Apenas se fue la dama, San Martin, que había presenciado aquella escena, dijo:
 
         —¡Pobre mujer! ¡Se lo ha creído todo!
 
         —¿Pues no es cierto lo que le dije?
 
         —¿Qué ha de ser cierto? A ese lo detuvimos anoche, lo trajimos aquí, y al llevarlo al Ministerio de la Guerra se nos perdió en el camino.
 
         —¿Que se os perdió desde Atocha a la Cibeles? No creo que en ese lugar, sin medios de esconderse, haya intentado la fuga.
 
         —No; pero lo “fugamos” nosotros.
 
         —¿Y me hicisteis engañar a su pobre madre?
 
         —Cosas de Pepe, que es un sentimental.
 
         Mi maridó llegaba en aquel momento y ante mis recriminaciones, me dijo:
 
         ¿Hubiera sido mejor decirle la verdad a esa madre?
 
        El hijo era un traidor, pero la madre no tiene la culpa y debe ignorarlo.
 
        —José—le dije yo—; tenemos una hijita y en mis entrañas llevo un nuevo ser. ¡Que Dios no castigue en nuestros hijos estas infamias!
 
        —¿Dios, has dicho? Pero ¿crees en Dios? ¿Tú?... ¡Solo esto te faltaba!
 
        En verdad, había dicho Dios sin darme cuenta, como pudiera haber dicho el destino, la fatalidad, el hado...; pero había dicho Dios y a Él invoqué para librar a nuestros hijos del peso de aquella iniquidad.
 
        Me fui a casa con el alma lacerada. ¡De qué manera tan necia había caído en la trampa y me había hecho cómplice de una felonía!... ¿Qué pensaría de mí aquella señora, madre amantísima como yo, cuando, en vez de las noti­cias que esperaba de su hijo, le llegase la de su asesinato? Tal vez me maldeciría, creyéndome culpable del engaño; pero Dios sabía que la primera engañada había sido yo. ¡Dios lo sabía!
 
        Otra vez Dios. La idea de Dios estaba en mí; era el subconsciente quien me dictaba su nombre. ¡Dios! Realmente, ¿estaba yo segura de que Dios no existía? “Todo es fuerza y materia”, decía la doctrina materialista que yo profesaba; pero si así era, ¿por qué me indignaba ante el engaño de que había sido objeto aquella mañana, si no me habían hecho con él ningún daño material y a la pobre se­ñora engañada se le había evitado, por lo menos de mo­mento, un pesar, tal vez el más grande de su vida?
 
        Sin embargo, mi conciencia me decía que aquello era una canallada, y el asesinato del oficial una vileza, pues por muy traidor que fuese; si lo era en realidad, leyes había para enjuiciarlo y castigarlo. No importaba el bien material que todo aquello reportase, según decían los comunistas, una vez implantado su régimen, como, en Rusia, si se había pervertido el sentido moral de un pueblo. Todas las teorías sin moral serían letra muerta: “La letra mata y el espíritu vivifica.” ¿Dónde había leído yo este pensamiento?
 
        El espíritu... ¿Existía en nosotros algo más de lo que la fisiología nos presenta? Si tuviésemos espíritu nada se opondría a admitir la existencia de Dios, pues Dios es espíritu.
 
        ¿Es espíritu? Entonces, ¿Dios “es”? ¿Creo que Dios “es”? Según eso, ¿creo en Dios? Mi amigo el doctor Verdes Montenegro me había dicho: “El hombre creó a Dios por necesidad.” Tal vez yo misma, por necesidad de algo en que creer cuando todo a mi alrededor se hundía, estaba creando a Dios en mi corazón y en mi mente. Pero, ¿y si no era así? ¿Si más bien Dios, ese Dios verdadero, com­padecido de mi angustiosa ceguera, venía Él a mi corazón y a mi mente?
 
        Yo me debatía entre sombras. Dentro de mí, la confusión; fuera de mí, la noche negra. Cristo había dicho: “Yo soy la luz, y la verdad, y la vida.” ¿Era realmente Dios el dulce Rabí de Galilea?
 
        Aquella tarde fui a ver a mi madre y le confesé todas mis angustias.
 
        —Dios te busca, hija mía. Confía en El y reza—me dijo,
 
        —¿Cómo voy a rezar, si no creo? Siento flaquear mis ideas materialistas; tengo dudas, pero no fe. ¿Qué hacer?
 
        —Reza—volvió a decir mi madre, y añadió—: Si aún no puedes, yo rezaré por ti y por tu conversión ofreceré nuevos sacrificios.
 
        —Eso, no, mamá; eso, no. No quiero que te ocurra otra desdicha. Si Dios existe, que se me manifieste. Yo no cerraré las puertas de mi alma a su verdad. Es más: nece­sito creer; quiero creer.
 
        —Pues si quieres creer, creerás—afirmó mi madre—. Espera. Confia en Dios.
 
        Cuando salí de casa de mi madre fui a visitar a un sacerdote que había sido mi profesor de Religión cuando estudiaba en la Normal de Maestras; don Fidel Abad, que poco más tarde había de caer asesinado, sólo por el delito de enseñar la fe de Cristo a varias generaciones de educadoras.
 
        Expuse a don Fidel mi estado de ánimo, mis dudas, mi tortura interior, y él me preguntó:
 
        — ¿Qué le impide a usted creer en Dios?
 
        —La injusticia de la vida. Si Dios, existiese, si fuese infinitamente justo, ¿cómo había de permitir las cosas que ocurren? En primer lugar, no consentiría que existiese la maldad, y siendo todos buenos, excusaría premios y castigos. Además, siendo todos iguales, sin esas diferencias que van del mendigo al potentado, del imbécil al sabio, del enclenque al fornido, no habría tampoco los odios, las envidias y las luchas entre los humanos, que les amargan la vida y hacen de este mundo un verdadero “valle de lá­grimas’'.
 
        —Muy bien; razona usted maravillosamente—me dijo don Fidel—. Casi me ha convencido usted. Sólo he de poner un reparo. Si Dios hiciera a los hombres sin facultad para elegir entre el bien y el mal, seríamos una especie de autómatas sin voluntad, unas “cosas” creadas por Dios; pero no “personas” bijas suyas, participantes de su misma naturaleza, como participan todos los hijos de la naturaleza del padre. ¿No recuerda usted la frase de San Pablo? “Dioses sois y lo habéis olvidado.” Nosotros somos pequeños dioses, porque participamos de la esencia de Dios cuando por nuestra voluntad conservamos la “gracia divina”, esto es, nos conservamos en el bien, que es la naturaleza de Dios.
 
        —Todo eso está muy bien; pero ¿por qué Dios, todo bondad, permite el mal?
 
        —Precisamente para aumentar el bien. El mal nació con la rebeldía del ángel malo. Dios creó los ángeles, criaturas purísimas, a su imagen y semejanza, con facultad volitiva como el mismo Dios, y uno entre todos, el más perfecto quizá, se rebeló y quiso para sí mismo la adoración que a su Creador debía. Fue el primer insurgente que logró le secundaran otros desdichados; mas se encontraron con los ángeles fieles, que a las órdenes del arcángel Miguel defendieron el santo nombre del Señor y su alabanza. Dios pudo aniquilar a Luzbel y sus secuaces; mas no lo hizo. Los condenó al fuego eterno, a la eterna proscripción. Luego, deseando Dios otros hijos para que ocupasen el lugar que dejaran vacío los condenados, creó al hombre, dándole facultad para elegir entre ser ángel o ser diablo, y contando con que éstos, habrían de tentar a las nuevas criaturas para arrastrarlas a su bando, perdiéndolas por toda la eternidad, Dios dio al hombre ángeles que 1e asisten, 1e guardan y le acompañan, procurando su eterna salvación. Esa es la explicación del origen del bien y del mal, que no debía haber usted olvidado desde las clases de Religión y Moral que yo mismo le expliqué.
 
        —No olvidé nada de eso, don Fidel; pero no estoy muy segura de que sea algo más que un bello mito, pues vol­veremos al punto de partida: ¿ Por qué Dios consiente las desigualdades a que antes aludía y que a veces son origen de tantos males, sin intervención de ángeles ni de diablos? Mucho más fácil le es al rico ser bueno que al pobre, quien por necesidad ha de verse abocado a la envidia, al odio, a la desesperación, al robo... ¿Por qué Dios consiente esas desdichas para unos y a otros les libra de ellas? Haciendo un mundo de perfecta igualdad...
 
        —No siga. Vamos a poner un ejemplo práctico. A usted le gustará la lectura de "El Quijote", ¿no es eso?
 
        —¿Quién lo duda?
 
        —Bien, pues aquí tenemos un ejemplar—dijo don Fidel tomándolo de una estantería que había en su misma habitación—. Veamos.
 
        Mi antiguo profesor abrió el libro, sin buscar página, y coincidió con el principio de un capítulo.
 
        —Perfectamente—dijo—. Aquí tiene usted este pequeño mundo de letras. Vea las titulares del capítulo: grandes, fuertes, bien nutridas de tinta, ricas en espacio, tan diferentes a las del texto, pequeñas, débiles, agrupadas estrechamente. Y aun entre éstas hay diferencias: unas son mayúsculas, dobles de grandes, se ven más. Y otra diferencia aún: la forma; la hache, la be, la de, la efe, tienen más tinta y ocupan más lugar que la e, la o ó la a. Y no digamos nada de la i, verdadera menesterosa, ni de los signos ortográficos; por ejemplo, la diferencia que hay entre el signo de interrogación, tan caprichoso, tan elegante, tan vistoso, y el punto final, casi invisible, insignificante, hasta el extremo de que, en los apartes, no nos haría falta, pues la pausa se producirá aun cuando el punto no estuviese. Pues bien: si estas letras y estos signos enjuiciasen al autor del libro, protestarían, exigiendo tener todos el mismo espacio, la misma cantidad de tinta y la misma forma, con lo cual este libro tal vez fuese un ejemplo de justicia dis­tributiva; pero “El Quijote” inmortal no existiría. ¿Qué dice usted a eso?
 
        —Los tipos de imprenta no tienen inteligencia—repliqué—. No pueden enjuiciar.
 
        —¡Claro, claro!-—replicó don Fidel—. Y usted se cree con inteligencia suficiente para enjuiciar al Autor de ese gran libro que es el Universo, una de cuyas páginas es la Humanidad. Usted se cree sapiente porque, comparada con los humanos de siglos pasados, sabe usted muchas cosas. Usted tiene una radio, que usted no inventó, pero que utiliza, lo mismo que el teléfono; usted dispone de la electricidad, que tampoco ha descubierto, pero que la usa cuando lo cree necesario, y por esas cosas no piensa que usted será una pobrecita ignorante, comparada con los seres que habitarán la tierra dentro de diez o doce siglos y Que, sin embargo, no serán más que hombres y mujeres como, us­ted. ¿No es así? Vamos, hable.
 
        —Sí, don Fidel; tal vez para las generaciones del por­ venir seamos unos completos ignorantes los actuales habitantes de la tierra—admití convencida.
 
        —Pues si así lo reconoce, ¿cómo no reconoce también su insignificancia ante Él, que fue, es y será hasta la consumación de los siglos? Él tiene designios que nosotros no podemos alcanzar y sólo debemos acatarlos sumisamente. Él es el gran Autor de este libro, donde cada uno de nosotros es una letra o un signo, colocado en el lugar justo donde debe estar, según Él dispuso en su infinita sabiduría, para lograr la expresión armónica por Él conce­bida. Piense un poco. Medite en estas verdades con el co­razón bien dispuesto y Dios se le revelará, porque Él acude siempre en favor de los hijos que sinceramente lo de­ sean.
 
        No necesitaba don Fidel haberme hecho las últimas recomendaciones. Sus palabras y conceptos se grabaron en mi mente. “Nos creemos sapientes porque conocemos la electricidad y tenemos la radio. ¿Qué seremos, comparados con los hombres del siglo sesenta? Las letras no pueden enjuiciar al autor del libro.”
 
        “Realmente —pensaba yo—, somos demasiado petulantes creyendo saberlo todo, porque en nuestro tiempo se han descubierto las ondas hertzianas y la navegación aérea. ¡Pobres ciegos, que tratamos de tactear en las sombras, sin hallar la verdadera luz! Ya lo dice el desolador verso de Rubén: “Y no saber a dónde vamos ni de dónde venimos” ...
 
        Cuando regresé a mi casa oí voces de hombre en la cocina. —¿Quiénes son?—pregunté a mi criada.
 
        —Unos milicianos que han venido a traer un cordero y una lata de jamón, de parte de! señorito—respondió Ángeles.
 
        —No diga el “señorito”. Ya sabe que a él no le gusta.
 
        Cuando hable de mi marido, diga “el comandante”, que es como él desea ser nombrado.
 
        —Bien, señorita; es la costumbre.
 
        Entré en la cocina, donde los milicianos bebían sendos vasos de vino, y como les vi muy joviales, les pregunté la causa de su regocijo.
 
        —Nos reímos de lo que ésta se asusta de todo—me dijo uno de ellos, al que llamaban “'Chapaieff”, señalando con el dedo a mi criada.
 
        —¿Pues qué le decíais?
 
        —Yo le contaba cómo despenamos a los “fachas” en mi pueblo. Como ahora ya van escaseando las municiones, les ponemos la cabeza en un tajo, y con pico, allá que te vas.
 
        No se pueden desperdiciar los tiros.
 
        —¿Hace mucho que faltas del pueblo?—pregunté.
 
        —Un mes escaso. La Célula de allí me mandó al batallón “Pasionaria”, ese que está en Atocha, donde había los frailes, y después fui agregado al “Nacional” con los valencianos, donde estoy como tú sabes, comandanta.
 
        —Menos mal que aquí no tendrás que despenar a na­die—le dije.
 
        —Según, según se tercie—respondió, como si se trata­se, de la cosa más natural del mundo—. Ahora llevo algunos días sin hacer nada-; pero poco antes de pasar al Nacional, aún tuvimos- que cargarnos dos curas..
 
        —¿También a pico?—pregunté, poniéndome a tono.
 
        —No; en Madrid aún hay munición. Además, esos no se merecían el pico. Es verdad que eran dos curas, pero ¡qué curas, “gachó” ¡Gracias a que yo no me dejo im­presionar por nada, que si no...
 
        —¿Pues qué les pasaba a esos curas?—pregunté.
 
        —“Na”; que eran dos jabatos. Verás. Fuimos “a por” ellos a esa iglesia que está subiendo el paseo que dicen de la Castellana y luego por una calle que llaman de Goya; una iglesia que tiene una Virgen en la torre.
 
        —Sí; la. Concepción—interrumpí.
 
        —‘Esa será. Pues verás qué curas más “bragaos”. Subieron al coche tan tranquilos y se pusieron a rezar sus cosas, como si nosotros no estuviéramos. Al llegar al sitio, bajaron como si se fueran a su casa y el más viejo dijo al joven: “Usted primero, hermano.” Arrimamos al joven al muro y le hicimos la descarga. Se torció de lado, pero siguió rezando. A la segunda cayó a tierra y le di el tiro de gracia. Le dije al viejo: "Vamos allá”; pero él me contestó muy entero: “No tenga tanta prisa, amigo, que todo llegará”. Se arrodilló al lado de su compañero, le rezó, le echó la bendición y luego se arrimó a la pared, se persignó y nos dijo: “Cuando ustedes quieran”. ¡Qué tío valiente! A mí me impresionó. Ya estaba yo casi blando. Si no fuera mirando que eran curas...
 
        —¿Qué hubieras hecho? —Les hubiera perdonado, porque a mí me gustan los jabatos, los hombres de riñones, no los que se echan a llorar y a pedir por Dios y por los santos que les perdonemos.
 
        —Esos son los peores—intervino el otro miliciano, al que llamaban de apodo “Salmonete”—. En mi pueblo descubrimos un fraile escondido en casa de unos beatos, y cuando lo cogimos se echó a llorar que daba asco. A los fac­ciosos que lo tenían escondido les pegamos cuatro tiros, pero al cogulla lo atamos a la cola de una mula, a la que pusimos pólvora en.., debajo del rabo, y salió disparada. Cuando a la noche volvió el animal al pueblo, no traía colgadas de la correa más que las manos del frailuco.
 
        Me despedí de las milicias sirviéndoles nuevos vasos de vino y me entré en mi habitación impresionadísima. Acababa de enterarme de cómo había muerto el virtuoso sacerdote padre Ramírez, a quien yo había tratado bastante, y cuyo asesinato había sabido, aunque no con detalles, unos días antes. Había muerto con el valor de los héroes y la serenidad de los justos. ¿De dónde les venía a los cre­yentes esa fortaleza?
 
        Recordé a don Fidel y nuestra conversación de aquella misma tarde. Era preciso decirle que se escondiese, pues la fobia anticlerical arreciaba de día en día, y bien claro lo habían patentizado “Chapaieff” y “Salmonete” con sus macabros relatos. El peor delito era ser cura o religioso.
 
        Al día siguiente volví a visitar a mi profesor de Religión, en aviso y consejo de que se guardase; peco me respondió como mi madre: “Nunca ocurrirá más que lo que Dios quiera”, y continuó su vivir habitual.
 
        Pocos días después de estos sucesos, una tarde, mi criada entró en mi gabinete toda desolada, diciendo:
 
        —Señorita, está ardiendo la Cárcel Modelo y a todos los fascistas los están matando, porque dicen que querían escaparse. No quedará uno vivo.
 
        —¿Quién se lo dijo a usted?
 
        —"Chapaieff”, que trajo para la señorita esta carta del comandante.—Y la muchacha me alargaba un sobre, que en su azoramiento anterior había olvidado darme.
 
        Abrí el sobre. Mi marido me enviaba dinero, pero ni una letra, ni una palabra de cariño para nuestra hijita ni para mí. Aquel despego me apenó; pero en seguida me consolé pensando: “Y menos mal que aún se preocupa de nuestras necesidades. Por lo menos, que no nos falte “el pan nuestro de cada día”.
 
        Guardé el dinero y entonces me fijé en que Ángeles, estaba llorando, medio derribada sobre una butaquita.
 
        —¿Qué le pasa a usted? ¿Por qué llora?—le pregunté.
 
        —Lo de la Cárcel Modelo, señorita. ¿Es que no me oyó antes?
 
        —Sí que la oí, y es lamentable que pasen esas cosas; pero ¿por qué se disgusta usted de ese modo? ¿Es que tiene usted alguien allí ?
 
        —Pues claro que tengo. Tengo a mi novio, que es chó­fer de un marqués y por no acusar al amo con él lo pren­dieron, y ahora lo van a matar.'
 
        —Vamos, cálmese; no será tanto—procuré tranquilizarla.
 
        —¡Haga usted algo, señorita! —No sé qué podré yo hacer; pero, en fin, lo intentaremos.
 
        Fui al hotel Nacional. No estaba mi marido, pero no me hizo falta para que el chófer Pitart me llevase en un coche rápido a la Cárcel Modelo. Las calles adyacentes es­taban acordonadas y las milicias se opusieron a nuestro paso. Trabajo nos costó llegar a donde pudieran informarnos.
 
        Efectivamente, se había declarado un incendio en la cárcel y se acusaba a los presos de haberlo provocado para preparar la huida en masa. Los de la segunda galería fueron culpados principalmente y casi todos habían sido ya sacrificados. Entre ellos cayeron Ruiz de Alda, el célebre aviador del glorioso “raid” del “Plus Ultra”, y el popular doctor Albiñana, fundador, en el año 1930, de las Juventudes Legionarias de España, primera fuerza cívica que se opuso al desbarajuste político y que pagó sus arrogancias con la vida de sus afiliados.
 
        Yo quería saber qué había sido del novio de mi criada.
 
        Llevaba escritos su nombre y apellidos; pero en tal albo­roto nadie pudo darme razón de él. Al fin, un funcionario me dijo;
 
        —Han salido muchos presos para la cárcel de Ventas.
 
        Vayan allá. Como estarán más tranquilos, podrán infor­marles mejor.
 
        Allí fuimos. En la cárcel de Ventas, exclusivamente de mujeres, hablan tenido que desocupar toda el ala derecha y habilitarla para alojar a los presos que de la Modelo les enviaban. También tenían allí un regular movimiento, pero al final logramos saber, esperando a que pasasen lista, que el novio de la pobre Ángeles estaba sano y salvo entre los trasladados.
 
        Al día siguiente vino a verme mi prima Mariquiña Rey, muy alterada. Su novio, José Manuel Urquiza, amigo per­sonal de Primo de Rivera y con él fundador de la Falange, había estado a punto de perecer asesinado la noche del incendio de la cárcel; se había salvado, pero ahora corría riesgo mayor.
 
        Encarcelado hacía meses, temía cada noche oír su nom­bre en las fatídicas listas que diariamente se hacían para “saca de presos”, que ya nunca más volvían a sus celdas. Si se preguntaba por ellos a los guardianes, respondían: “Ese ya está en libertad”, y los camaradas supervivientes sabían que el ausente había ido a “formar sobre los luceros” y lo saludaban con el “presente” de ritual en la Falange Española.
 
        Josechu, como familiarmente llamábamos al novio de mi prima, se había ido salvando del peligro cotidiano; la noche del incendió había corrido serio riesgo; pero, al fin, trasladado a Ventas, se encontraba sano y salvo. Ahora lo grave del caso era que, según rumores que circulaban entre los presos, éstos serían trasladados a otra prisión y antes se haría una selección en la que sucumbirían todos los “camisas azules”. Mariquiña Rey temía por su novio y venía a pedirme que hiciese algo en su favor.
 
        Le prometí hacer lo que pudiera, aunque dudaba que fuese muy eficaz mi intervención, alejada como estaba de toda actividad política y militar; pero me fui a ver al pre­sidente de la Audiencia, que era a la sazón Zubillaga, hombre de amplia cultura y noble corazón, y le expliqué el caso y el interés que por el detenido tenía yo.
 
        Me prometió interesarse por él y así lo hizo, pues cuando fueron trasladados los presos de Ventas a Porlier, que así se llamó a la prisión instalada en el convento que los padres de la Doctrina Cristiana tenían en dicha calle, Josechu llegó sin novedad a su nuevo encierro, y, posterior­ mente, al ser juzgado por un Tribunal Popular, salió coa la bonita condena de un año de cárcel, que ya había cum­plido desde su detención.
 
        Más para que esto llegase aún habría de pasar algún tiempo de sobresaltos, quebrantos y amarguras, a los que nos sometían los que tenían a España sumergida en una pesadilla de sangre y de odio.





 
 
 


 
 
 
CAPITULO XIII
 
LA CAIDA DE LOS DIOSES
 
 
 
7 de noviembre de 1936.—Incapacidad de las masas.—Brigadas Internacionales.—José Antonio Primo de Rivera.Saqueo de Bancos y Embajadas.—Triste historia del oro español.—Divorcio definitivo.—Nace mi Hijo José.
 
 
 

 
         El desbarajuste político llegó a límites insospechados, por la desarmonía entre los gobernantes. A los peligrosos histerismos del Gobierno Martínez Barrio-Casares Quiroga, que no cesaba de pedir auxilio a las potencias democráticas sin obtener el menor éxito, sucedió el de Largo Caballero, que desde el primer momento se arrogó el título de "Gobierno de la Victoria”, sin contar para el logro de tan altas aspiraciones con más ayuda que la costosa que la U.R.S.S. ofrecía.
 
         Este Gobierno no nació por generación espontánea, ni fue la resultante de la mecánica política. Fue, simplemente, una imposición de la U.R.S.S.
 
Las conversaciones sostenidas en París por el embaja­dor de Azaña con el ministro francés de Negocios Extranjeros dieron por resultado el libre paso de armamentos y municiones que llegaban a España a través de Francia, aunque, para dar cumplimiento al acuerdo de “no intervención”, se retendrían los embargos de armas que, destinadas a España, estaban decomisadas en la frontera pirenaica desde los primeros días de la contienda.
 
         El embajador en Londres no logró mucho más. Solamente se comprometió la Gran Bretaña a prestar “apoyo moral” al Gobierno de la República, y enviar auxilio efectivo en víveres, bien entendido que éstos habían de constituir un auxilio a la población civil, especialmente para niños, ancianos y enfermos.
 
         En cambio, Álvarez del Vayo, a la sazón representante de la República en la U.R.S.S., logró feliz éxito. Rusia aprovechó la ocasión que se le venía a las manos para realizar su deseo de intervenir activamente en la política española, y al paso hacer un bonito negocio financiero. Se comprometió seriamente a enviar todo lo que fuese nece­sario en armas, municiones, víveres y material sanitario, mediante el pago en, oro de la mitad de su importe, y la otra mitad en dos semestres vencidos, más la concesión de puertos francos, explotaciones mineras a largo plazo y, so­bre todo, la intervención del Partido Comunista en la gobernación del país, por lo menos con dos ministros en el Gobierno. También reclamó garantías para la libre acción política de sus afiliados.
 
         Por si todo esto fuese poco, una vez aceptada, en principio, la propuesta de la U.R.S.S., ésta puntualizó sus exigencias, una de las cuales era que el Komintern tendría facultad para aconsejar, por medio de sus delegados, en los asuntos graves de la política de guerra, como garantía del éxito de las armas republicanas, para el cobro de las aportaciones en favor de las mismas.
 
         En cuanto a hombres, la U.R.S.S. no podía comprometerse a enviar tropas regulares; pero sí técnicos, lo mismo en carros, artillería y toda clase de mecánica; así como en laboratorios, explosivos y táctica militar. Además, como sede central de la III Internacional, podría movilizar sus brigadas de choque, formadas por miembros activos de la misma, para lo cual se crearon centros de reclutamiento en las principales ciudades de Francia, Bélgica, Inglaterra, Austria, Checoslovaquia, Holanda, Suiza, península Escandinava, Rumania, Yugoslavia, Grecia, Ucrania. Polonia y hasta en la misma Rusia, donde se alistaban no sólo los nativos pertenecientes a la Internacional Comunista, sino también los alemanes, italianos, portugueses, egipcios y de­más emigrados de sus respectivos países, por enemistad con el régimen político de los mismos, o por “incompatibilidad” con las leyes comunes al derecho de gentes en todo país civilizado.
 
         El Gobierno de la República española aceptó todas las condiciones que la U.R.S.S. quiso imponer, a pesar de lo ominosas que algunas resultaban, porque urgía recibir refuerzos, sobre todo en la cuestión relativa a los hombres, pues las milicias formadas en los primeros momentos no surtían eficacia por su falta de disciplina y absoluta caren­cia de preparación militar.
 
         En cumplimiento de lo estipulado, el 26 de octubre de 1936 salió de Cartagena, con dirección a Odesa, el bu­que soviético Neva, escoltado por los destructores, también soviéticos, Volgoses y Kine que llevaban los “ciento cuarenta y un millones de pesetas oro”, en moneda acuñada y en barras, que constituían el importe anticipado de la mitad de las mercancías que Rusia se había comprometido a enviar, más los gastos de reclutamiento y traslado de las célebres Brigadas Internacionales, que llegaron a España en los primeros días del mes de noviembre de 1936 y que estaban formadas por toda la escoria social esparcida por el mundo entero.
 
         Llegaron estas Brigadas en plan de conquista y se instalaron en los más suntuosos palacios convertidos en cuarteles para ellos. Su debut fue una especie de “vísperas sicilianas” en Albacete, en las que dieron muerte alevosa a todo ciudadano sospechoso de antimarxismo. Seguidamente organizaron sus servicios regiamente. Su intendencia y su sanidad eran las mejores. Verdaderos niños mimados del ejército republicano, si bien su disciplina dejaba mucho que desear; como la de los milicianos era todavía inferior, no se notaba esa deficiencia, y, en cambio, su técnica y pre­paración eran muy superiores a las de los rojos españoles. Kleber, Hans Beilmer, Berzin, Hugo Frank, Lucacz, José Bruz, Palmiro Togliatti, Pietro Menni y Niño Nanetti llevaban la parte militar de la organización, y André Marty era el organizador, animador y promotor de las concentraciones, para lo cual, cobrando magníficas dietas y dándose vida de príncipe, había recorrido el mundo entero en busca de soldados para la “noble causa de la confraternidad universal”, que en España estaba cometiendo toda clase de crímenes.
 
         Con los envíos de material de guerra llegó de la Unión Soviética abundante provisión de víveres: carnes y pescados en conserva, mermeladas, confituras, leche condensada, concentrada y en polvo, bebidas alcohólicas, caviar del Volga, y tantas golosinas, que para los milicianos eran cosa desconocida hasta entonces.
 
         De todo se incautaron los “mandamases”, formando unos depósitos de vituallas de las que ellos solos disfrutaban; pero con generosidad tan absurdamente pródiga que, mientras a los luchadores del frente se les racionaba la ali­mentación, al extremo de que para atender a su subsistencia tenían que recurrir a “razzias” en las casas campesinas, en las que no respetaban ni las aves ponedoras ni las hembras de vientre, con lo que la avicultura y la ganadería iban al desastre, los milicianos en la retaguardia se lim­piaban las botas con mantequilla, como yo misma he visto hacer a los de las Milicias Valencianas, y echaban a los perros trozos de jamón de York de más de un kilo de peso.
 
         Al afearles tal despilfarro y hacerles notar que aquello se había pagado en oro y oro valía, decían con inconsciencia insuperable que, “cuando aquello se acabase, vendría más, pues si había habido oro para pagarlo entonces, lo habría lo mismo después”.
 
         Era el tiempo de las “vacas gordas”, tras el cual habría de llegar aquel en que se mendigase, sin hallarlos, un pu­ñado de lentejas para los hombres y un litro de gasolina para los coches; pero mientras, se podía tirar de largo, sobre todo en la bien surtida retaguardia madrileña, donde había superabundancia de todo y donde los brillantes coches no dejaban de rodar día y noche, en innecesarias exhibiciones de milicianos y enfermeras más o menos complacientes, y acarreando víctimas que luego aparecían, en los lívidos amaneceres, cara al sol, pidiendo justicia contra tanta infamia.
 
         La indisciplina más completa reinaba en todos los sectores. Nadie pedía cuentas a los jefecillos, que hacían de los cuarteles verdaderos feudos intangibles. “Si esto es la guerra, viva la guerra”, solían decir cínicamente, y continuaban la desenfrenada orgía. Los que habían llevado continuamente una vida dura, se esponjaban dentro de las lujosas “limoussines” y, tumbados en cómodos butacones, hacían la guardia a la puerta de los palacios incautados.
 
Hartos de sus pobres hembras desgreñadas y sucias, se jactaban públicamente del favor fácilmente logrado de las pimpantes milicianas de uñas teñidas y cabellera al viento, recién bañadas y perfumadas, vestidas con las ropas ro­badas en las mansiones señoriales.
 
         Ellas eran la nota más pintoresca. Las había que, con sentido de femenil coquetería, habían entrado a saco en los guardarropas de los palacios y se engalanaban con ricas ropas de finas telas y elegante corte; pero, otras, queriendo llevar a rajatabla la igualdad de los sexos, se vestían, “como un soldado más”, aunque sin renunciar a sus altos taconcitos ni a su melena tendida sobre la espalda del uniforme, y así, equipadas con el mono azul, correaje, fusil al hom­bro y pistola al cinto, presentaban el cómico aspecto de soldaditos de opereta o de feminoides en desvergonzado alarde.
 
         De las milicianas y las enfermeras, entre las que figuraban las pobres mujeres que en otro tiempo ofrecían sus favores en las calles a altas horas de la madrugada, se decía que causaban más bajas entre los combatientes que las ba­las de los soldados nacionales, por la falta de vigilancia sanitaria y la carencia de toda moral.
 
         Cuando yo las veía pasar en coches abiertos, desmelenadas y vociferantes, provocativas y salaces, miraba a mi hijita, la angelical Josefina, delicado capullo de mujer en sus seis añitos tiernos, y temblaba por ella ante tales hembras, capaces de contaminar todo lo que tropiezan.
 
         Un día, exclamé: "Dios me la guarde.” Y luego: “¿Dios? Pero, ¿existe Dios?”
 
         Volví a meditar en mi conversación con don Fidel Abad, en las palabras de mi madre, en las cosas que tan hondamente me preocupaban...
 
         Era como si un rayito de luz se filtrase entre las tinieblas de mi alma.
 
         El día 7 de noviembre de 1936 vino mi esposo a casa acompañado de su escuadra, cuatro mocetones de la vega del Turia que le eran adictos a vida o muerte y constituían su guardia personal. Los tenientes milicianos Clavo y Co­cerá, el sargento Arroyo y el chófer Pitart. Hacía varios meses que mi marido no me visitaba y su llegada me sor­prendió.
 
         —Prepara lo necesario para irte a Valencia—me ordenó—. Los nacionales están a las puertas de Madrid y se va a defender la población casa por casa. En Amaniel y en la Casa de Campo se lucha cuerpo a cuerpo. Tal vez esta misma noche duerman en la Puerta del Sol.
 
         —Bien, ¿y qué? Supongo que no nos van a comer cruditos—le repliqué—. Que vengan y ya verán cómo los recibimos.
 
         —Pero tú estás encinta; además, tenemos 1a hijita...
 
         Créeme; es mejor que os vayáis. Abajo tienes un coche rápido que te llevará a Valencia con la niña, y allí nada tendréis que temer.
 
         —Gracias por tu previsión en favor nuestro—le dije—, pero no nos vamos. En mi casa me quedaré, pase 1o que pase. Al fin y al cabo nadie escapa a su destino. Tú puedes hacer 1o que te parezca.
 
         —Yo me quedo, porque es mi deber defender Madrid —arguyó mi esposo—; pero tu caso no es el mismo, por las condiciones en que te encuentras.
 
         Sabía mi esposo que cuando tomo una decisión nada me hace desistir de ella y no insistió en su propuesta. Pasó con los de su escuadra al comedor de casa, se sirvieron unas copas y no pudieron tomarlas... A toda velocidad llegó un motorista en busca del “comandante”, con una orden. De­bían acudir a los lugares de lucha todas las fuerzas residentes en Madrid. Mi marido salió en el acto para disponer su gente y partir con ella a donde le ordenaban.
 
Quedé al balcón, viéndole marchar. Conmigo quedó el teniente Cócera, gigantón ingenuo y buenazo, que mi es­poso había designado como guardia responsable de los edificios, dependencias y material que la columna tenía en retaguardia, mientras los demás luchaban en el frente.
 
         ¿Tan grave es la situación?—pregunté al teniente.
 
         Según el parte que recibió ahora mismo Pepe, se lu­cha en la calle de Fernández de los Ríos y los facciosos avanzan hacia la glorieta de Quevedo. En Carabanchel y la Ciudad Universitaria la cosa está muy fea. ¡Tú verás!...
 
         —Pues yo no me voy de Madrid, pase lo que pase —afirmé. —¿Aunque Pepe se empeñe?
 
         —No lo hará, pues me conoce demasiado.
 
         Cócera me miró muy fijo y me preguntó:
 
         —¿Tú quieres a Pepe?
 
         —¿Quién lo duda?—repliqué—. Es mi marido, el padre de mis hijos; es decir, de mi hija y de lo que nazca dentro de poco, que ojalá sea un varón y se parezca a su padre en todo. Ya ves si le quiero.
 
         —Pues si le quieres, ¿por qué lo dejas tan solo, en po­der de todos y todas? San Martín, Escrich, la Merche... Tú podrías recogerlo. Cuando estaba contigo, en Valencia, era de otra manera.
 
         —¿Cómo es ahora?
 
         —Pues... No sé cómo decírtelo; es... diferente a antes. Ahora bebe mucho. A veces, parece loco, y los otros le llevan por donde quieren. Merche es una hiena, y de Escrich, ¿qué te voy a decir?
 
         —Pero Escrich está en Valencia.
 
         —Sí; pero viene de vez en cuando. ¡Demasiado de vez en cuando! Y de cada viaje, vuelve más loco a tu marido. Tú debías imponerte. Eres su mujer.
 
         —Sí; soy su mujer, mas no su tirana; ni tampoco él es un niño y yo su madre, para imponerle mi autoridad. Le di consejos, le hice reflexiones que no escuchó. ¿Qué quie­res que haga más? Ya volverá en sí, y entonces tal vez le pese su conducta de ahora.
 
         —Entonces tal vez sea tarde. Mira, no creas que te hablo por odio a los comunistas porque soy de la F.A.I.; pero esos están vendidos a Rusia. No se mueve aquí un pie si no lo han mandado desde allá. A Pepe lo han tomado de pantalla para hacer barbaridades. Las manda Rusia, las organiza el Comité del Partido Comunista, se lo encargan a Escrich, y Escrich tiene a Pepe, que las hace. Ya ves qué juego tan divertido.
 
         —Tienes razón, Cocerá; todo eso es verdad; pero nada puedo hacer para impedirlo y esa es mi pena mayor.
 
         Al anochecer regresó mi esposo y vino a verme de nuevo.
 
         Llegaba sudoroso, a pesar de lo fresco del tiempo, jadeante, pero con la mirada encendida de entusiasmo. Me abrazó efusivo y me dijo:
 
         —No han logrado pasar. Aún se lucha con empeño en el extrarradio; pero el grueso de las tropas se ha retirado a Carabanchel, donde la lucha sigue enconada. No contaban los facciosos con las Brigadas Internacionales, que en la Casa de Campo se están batiendo como leones. Sin embargo, el peligro no desapareció del todo y, además, Madrid ha pasado a ser una ciudad sitiada y asediada. Si quieres irte a Valencia, aprovecha esta ocasión, porque mañana tal vez sea tarde.
 
         Repetí a mi marido lo que horas antes le había dicho. No me iría de Madrid y en mi casa esperaría los acontecimientos que mi suerte, buena o mala, me tuviese deparados. Con ademán que le era muy familiar, me echó un brazo por encima del hombro y me dijo, sonriendo con satisfacción:
 
         —Siento los riesgos que vas a correr, pero en el fondo me alegro que sigas siendo la de siempre: la mujer valerosa, que no desmaya ante el peligro. No sabes cuánto me enorgullece el valor de mi mujer, precisamente hoy, cuando tantos hombres demuestran su cobardía.
 
         Así era, en efecto. Casi a tiros se disputaban los coches y la gasolina, para salir en “misiones especiales”, los capitostes de los partidos políticos y todos los que tenían cargos de responsabilidad. La carretera de Valencia parecía la pista de una carrera automovilista, llena de coches lanzados a las máximas velocidades y todos en la misma dirección. Jamás se había dado en España tan bochornoso espectáculo de cobardía colectiva, como la que en la noche del 7 de noviembre de 1936 dieron, por primera vez, los políticos de izquierda españoles. Bien que años más tarde habían de superarla en la huida al extranjero y en la espantosa etapa del puerto de Alicante; pero ya entonces sirvieron un notable anticipo en aquella que el pueblo llamó, con su gracejo peculiar, “la noche de la gasolina”, porque en ella se agotaron las existencias del precioso líquido en los depósitos de Madrid.
 
         “¡Que viene Franco!”, decían con terror pánico los huidos, a la cabeza de los cuales iba el “Gobierno de la victoria”, que aquella misma tarde, “en vista de las circunstancias y mientras éstas no variasen”, había decidido trasladar su residencia a la ciudad del Turia, en tanto en los frentes de lucha los infelices milicianos, con tesón digno de mejor causa, gritaban a los soldados nacionales el “no pasarán” esforzado y se aprestaban a morir, cubriendo con su estéril valentía la retirada de los cobardes.
 
         Desde que en el mes de octubre comenzaron los ataques a fondo sobre Madrid, Rusia aconsejó el traslado del Gobierno a Valencia, por considerar esta capital de mayor seguridad para sus representantes, lo que no se hizo por ser varios los ministros contrarios a él, por la repercusión que podría tener fuera de fronteras al poner de manifiesto la apurada situación roja, y, sobre todo, por el pésimo efecto que este traslado haría en la moral de los combatientes.
 
         Largo Caballero era el que más insistía sobre esto. Hom­bre del pueblo, sabía que el español nada estima tanto como el valor, y si el cambio de residencia del Gobierno se atribuía a miedo, las consecuencias podrían ser desastrosas.
 
         Sin embargo, ante el avance de las tropas nacionales y su inminente entrada en Madrid, aquella trágica tarde del 7 de noviembre de 1936, el Gobierno en pleno decidió irse a Valencia.
 
         La lucha fue dura en aquella jornada, en la que se cerró el cerco de Madrid, con la única excepción del portillo de la carretera de Valencia. Madrid, como mi marido me había pronosticado, quedo convertido en una ciudad asediada, a pesar del refuerzo, nada despreciable, que había recibido el ejército rojo con la llegada de las Brigadas Internacionales, que habían sido las que, real y verdadera­mente, se habían opuesto al puñado de valientes que formaban las fuerzas nacionales de ataque a Madrid.
 
         Los terrores, sustos y peligros de aquella fecha, entre bufa y trágica, fueron cobrados en sangre y horror. Se agudizó la crueldad y el crimen llegó a límites extremos. Diariamente salían de Madrid coches y camiones cargados de personas, entre las cuales iban familias enteras, que que­daban cara al cielo en las hondonadas de las cunetas.
 
         Sólo se salvaban de aquella matanza los niños de corta edad, que eran llevados a las “guarderías infantiles”, especie de inclusas de hijos legítimos, a donde iban a parar todos los huérfanos por una u otra causa.
 
         Entonces se tomó la costumbre de llevar a las víctimas a los pueblos vecinos y ejecutarlas donde nadie pudiese hallarlas. Boadilla del Monte, Miradores de la Sierra, San Fernando de Henares y, sobre todo, Paracuellos del Jarama, en cuyo célebre “hondón” o precipicio fueron sa­crificados centenares de personas, entre ellas el célebre co­mediógrafo Pedro Muñoz Seca.
 
         El 20 de noviembre de aquel año, 1936, lluvioso y sombrío, hacía presentir desgracia, y al día siguiente circuló por Madrid la más triste noticia que los patriotas españoles podían tener. Había sido fusilado en la cárcel de Alicante el fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera.
 
Las mujeres se pusieron en el pelo cintas negras, y los hombres una tira negra en la solapa, luto discreto para los ojos de los esbirros rojos y expresivo entre los correligionarios del fundador.
 
         En las largas colas formadas a las puertas de las prisiones, se comentaban a media voz y con palabras corta­das los últimos momentos del gran hombre; —Dicen que murió como Jesús, perdonando a los que le mataban.
 
         “Que Dios os perdone esta gran equivocación”, les dijo.
 
         —Dejó una carta para una pariente suya que es un modelo de resignación cristiana y entereza varonil.
 
         Y así continuaban los comentarios y noticias, mientras la atención momentánea de los centinelas no hacía sus­penderlos.
 
         Lo que no sabían los que lloraban a José Antonio Primo de Rivera era que la negativa de Largo Caballero a firmar el indulto obedeció a la consciencia del peligro que la Falange representaba para el marxismo, porque Largo Caballero fue de los pocos que, desde los primeros momentos, vio en Falange una verdadera fuerza de oposición y combate, capaz de organizar un movimiento de masas, so­bre todo desde su fusión con las J.O.N.S.
 
         Mas los designios de Dios son inmutables. José Antonio Primo de Rivera cayó ejecutado en la Casa-Prisión de Alicante; pero su espíritu vive en su obra y Falange Española sigue en pie, viril y vibrante, como cuando la animaba el verbo cálido de su fundador.
 
         Con la ejecución de José Antonio Primo de Rivera se llevaron a cabo otras muchas en toda España, además de intensificarse la ola de los “paseos” en aquellos días, dedicados a terminar de una vez con Falange Española.
 
         Las casas de las víctimas fueron requisadas y saqueadas por las organizaciones obreras, centros políticos, grupos de milicias o simplemente por los mismos asesinos de sus legítimos propietarios; pero, con espíritu destructor y falta de sentido común, los improvisados ocupantes, en vez de disfrutar las comodidad-es de sus nuevos alojamientos, los destrozaban estúpidamente, convirtiendo los palacios en zahúrdas, a tono con su vivir habitual.
 
         La mesa de trabajo del mismo José Antonio fue con­vertida en astillas y quemada por la viuda del escritor Eu­genio Noel, que vivía como “evacuada” en la casa de la Cuesta de Santo Domingo, donde el fundador tenía su despacho. El combustible escaseaba para cocinar, y como ella dijo años más tarde a las autoridades que le pedían cuentas de su acto de vandalismo, “la mesa no le servía para nada si no era para eso”.
 
         Es de suponer cuál sería la conducta de las gentes incultas, si la de una mujer, viuda de un escritor notable, revestía tan grosero “practicismo”. Había evacuados que encendían grandes hogueras en las chimeneas de mármol de los lujosos salones; arrancaban las bañeras y las transportaban a los jardines para lavar al aire libre, en ellas, sus ropas, que luego tendían en cuerdas sujetas de árbol a árbol, en los parques señoriales; quemaban los volúme­nes de las bibliotecas, para guisar sus condumios; profa­naban cuadros valiosos por bárbaro entretenimiento y gozaban subiéndose a las sillerías de rica tapicería, con las botazas llenas de barro. Era, en fin, la pezuña de la bestia, hollando margaritas de fino oriente.
 
         En ese afán destructor se distinguían los evacuados; vecinos de los pueblos cercanos, que no teniendo muy limpias sus conciencias huían a la llegada de las tropas na­cionales.
 
         Llegaban a Madrid en carros, en caballerías o a pie, como podían, trayendo con ellos la mínima parte que de su ya escaso ajuar podían transportar, y parecía como si la idea de haberlo perdido todo o casi todo les inspirase la destrucción de cuanto a su alcance estuviese.
 
         En muchas ocasiones intenté contener aquella ola devastadora, pero siempre fracasé en mi empeño. Recuerdo que en un precioso hotelito de la calle de Lista, en una amplia habitación decorada al estilo pompeyano, con las paredes revestidas de estuco azul, con recuadros y bajorrelieves en blanco, alternando con espejos, sobre los que destacaba, en opaco, la gracia de venus y tanagras, una familia de bárbaros evacuados había instalado su campamento.
 
         En un ángulo, sobre el mármol de una consola, había encendido un fuego de ramas secas, que lo llenaba todo de un humo denso y pegajoso, y sobre un canapé de raso azul, primorosamente bordado al matiz, habían puesto sus pringosas cacerolas.
 
         Les indiqué el valor de aquello que tan innecesariamente estropeaban, y cómo sería fácil evitar el destrozo teniendo sus utensilios recogidos en un rincón, sobre cajones que yo misma les proporcionaría, y guisando en la espléndida cocina de la casa, situada en el sótano y tan amplia que les permitía cocinar a la vez, sin estorbarse unos a otros, a las cinco familias que habitaban el inmueble.
 
         —¡Bueno, bueno!—protestó la madre de familia—. ¡Como que para eso estamos! ¡Para subir y bajar con las co­midas porque no se estropeen los muebles señoritos! ¡Que se fastidien, como se fastidiaron sus amos!
 
         Ni un solo caso se dio en que el buen gusto y la delicadeza apuntasen por parte alguna en los evacuados. Eran el terror de las personas civilizadas, y antes que admitir su convivencia se prefería todo, incluso darles parte de los escasos víveres de que se disponía. Todo, antes que tenerlos en casa.
 
         Los “milicias” no les iban a la zaga. Yo he visto a los de la columna Uribarri usar como jarras usuales para el vino magníficas piezas de cristal de Bohemia, y en el cuartel de los “Sin Dios”, vi hacer ejercicios de tiro sobre un magnífico retrato de la señora de Carrascal, pintado por Piñolé.
 
         Mas no era eso lo peor. Que las masas careciesen de sensibilidad y buen gusto podía ser, y era, debido a su falta de educación, de lo que no les cabía responsabilidad; pero lo terrible para mí fue comprobar que carecían también de aquellos valores que yo, como todos los demócratas de buena fe, les habíamos adjudicado gratuitamente.
 
         El espíritu de superación, el de solidaridad, el sentido de organización y de administración, están ausentes de las masas populares. Todas las empresas de que los obreros se incautaron fueron a 1a ruina, pues con sentir de “nuevos ricos”, los flamantes propietarios se habían dedicado a dilapidar las industrias y en muchos casos se llevaron, para usos domésticos, herramientas y material de la industria colectivizada.
 
         No había en los nuevos administradores afán de mejora, como no fuese el inmediato, económico y personal; no había sentido de autoridad y cada uno hacía lo que le parecía, burlando las normas que ellos mismos se habían dado; y la tan decantada solidaridad obrera no aparecía por parte alguna, una vez vencido el enemigo común, para lo único que había existido, pues ya derribado el capitalista y colectivizada la industria, se prodigaba entre los obreros la zancadilla y el caciqueo para el logro de puestos dirigentes.
 
         Por todo esto fracasaron los obreros en la dirección de las empresas de Agua, Gas y Electricidad, en la de los Tranvías del Extrarradio y en todas aquellas en la que los “Comités de control obrero” se hicieron los amos, pues a 1a hora de repartir dividendos, se encontraron con que solo había déficit, y en algunos casos hasta las reservas económicas habían sido consumidas, y no por malversación de fondos, sino por mala administración.
 
         De mis conversaciones con los milicianos había sacado también en consecuencia que es inútil pretender la elevación moral de las masas sin un fundamento espiritual. Los marxistas, en nuestra propaganda, habíamos predicado la transformación de la sociedad mediante una revolución ideológica, basada en el humanitarismo y la confraternidad.
 
         En la internacional cantábamos, llenos de fe y entusiasmo.
 
 
El día que el triunfo alcancemos
 
ni esclavos ni dueños habrá.
 
Los odios que el mundo envenenan
 
del mundo barridos serán.
 
El hombre del hombre es hermano,
 
derechos iguales tendrá.
 
La tierra será el paraíso,
 
la patria de la Humanidad.
 
 
         Y cuando se alcanza ese triunfo, pues en la zona roja dominaban los marxistas, establecían una tiranía en la que había “esclavos” a los que no se permitía ni la libertad de pensamiento y “dueños” que disponían caprichosamente de las vidas y las haciendas de los demás. “Los odios”, tras no ser barridos del mundo, eran exacerbados hasta el paroxismo, y la “igualdad de derechos” era otro mito en esta tierra, convertida, no en un “paraíso”, sino en un infierno verdadero para el que no fuese un desaprensivo mixtificador de doctrinas.
 
         Todo obedecía a que nuestras predicaciones se habían dirigido a las mentalidades, exaltando la elevación ideológica, pero dejando libre el instinto, en una teoría materialista que carecía de freno moral. Así, cuando las masas se encontraron en situación propicia para satisfacer esos instintos, aunque fuese a costa del bien y del derecho ajenos, se lanzaron al fácil camino, y olvidando las ideas elevadas, cometieron toda clase de crímenes y abusos.
 
Hacer el bien por el bien mismo y abstenerse del mal por el mismo mal, aun cuando con nuestra conducta lesionemos nuestros intereses materiales, es dificilísimo, como no se posea una fuerte personalidad moral, y por esto, cuando las masas, siempre oprimidas y de vivir difícil, llenas de odios para las clases pudientes, vieron posible la satisfacción de sus apetencias de holganza y regalo, y al mismo tiempo de venganza sobre sus antiguos opresores, se lanzaron a aquella embriaguez de sangre, destrucción y despilfarro, que duró desde el 18 de julio de 1936 al 1 de abril de 1939, sin tregua ni espacio para la España so­metida a ellos.
 
         Toda mi fe marxista se vino a tierra. El pueblo, regido por sí mismo, caminaba a ciegas, de caída en caída, recordando el viejo adagio cervantino: “Si un ciego guía a otro ciego, ambos dan en el hoyo.”
 
         Llegué al convencimiento de que el pueblo debe ser re­gido por una aristocracia, en el clásico sentido de la pala­bra: por los mejores. Pero ¿quiénes son los mejores? No los más linajudos de prosapia ni los más pudientes en bie­nes; mas tampoco los más incógnitos y menesterosos, solo por el hecho de serlo. El valer humano no tiene relación con la posición social y económica. Los mejores son los más morales y los más cultos. Aquellos que sepan aunar la virtud y el saber, y dentro de éstos, los que hayan na­cido con el don de gobierno serán los que deban regir los destinos de la nación.
 
         Es indudable que del pueblo, de la masa, pueden salir esos valores; que muchas veces los grandes conductores de multitudes, los creadores de pueblos y fundadores de dinastías, salieron del anonimato; pero desde el momento que “salen”, ya no “están” allí. De la masa han salido, y la masa ha quedado sin ellos gris, amorfa, sin más valer y sin más valor que el que le dan los que la conducen. Triste lección que aprendí entonces y que hizo estéril mi labor de muchos años juveniles y entusiastas, puestos al servicio de una doctrina que, al ser llevada a la práctica, fracasaba sin remedio.
 
         ¡Qué desolación interior sentía! Me refugié en el amor de mi pequeña Josefina y en la esperanza del ser cuyo na­cimiento se aproximaba. Deseaba que fuese varón, para tener en él lo que el padre había sido en otro tiempo, tan lejano en la precipitación de los acontecimientos que me parecía de otra vida pasada.
 
         Me asistía en mi estado el doctor Botín, célebre ginecólogo, que sufría, como toda persona de sensibilidad, la opresión ambiente, y un día el buen señor vino a verme con evidentes muestras de disgusto.
 
         —¿Qué le ocurre, doctor?
 
         —El Gobierno se ha incautado de las cajas de seguridad de los Bancos y se ha llevado todo lo que en ellas teníamos depositado los particulares.
 
         —¿Ha perdido usted mucho?
 
         —No; algunos valores, alhajitas de mi mujer... Pero lo que siento no es la pérdida económica, sino la sentimental, pues había entre esos objetos algunos recuerdos con verdadero valor de reliquias familiares. Sobre todo, algunos de mi esposa y el reloj de oro que mi padre me regaló cuando terminé mi carrera, que no lo hubiera dado por nada del mundo, pues tal regalo supuso para mi padre un sacrificio grande, hecho con gusto para solemnizar el acontecimiento más trascendental de mi vida.
 
         —Les habrán dado a ustedes resguardos de los depósitos, alguna garantía...
 
         No nos han dado nada. Ni siquiera han hecho inventario ni lista de objetos. ¡Nada! Se trata de un verdadero robo.
 
         —¡No es posible, doctor! Debe usted estar mal informado. Los depósitos de las cajas fuertes son tan sagrados que ni el mismo Banco puede tocarlos.
 
         -—El Banco, no; pero el Gobierno, sí, si lo cree necesario.
 
         —¿Qué explicación han dado de eso?
 
         —Que estando Madrid asediado deben trasladarse esos valores a lugar seguro; pero, le repito, no han hecho inventarios ni han dado garantía alguna.
 
         Aquello era el colmo del cinismo. El Gobierno mismo, saqueador de Bancos. Así, ¿cómo podía corregir los la­trocinios de milicianos y polizontes?
 
         Aunque dudaba se me dijese toda la verdad, fui a ver a uno de mis antiguos correligionarios, hombre de confianza de Francisco Méndez Aspe, que entonces era director general del Tesoro, y le interrogué qué había de verdad en lo relativo al oro de nuestras reservas naciona­les, sobre lo que corrían alarmantes rumores, y al mismo tiempo que me explicase lo sucedido con las cajas fuertes de los particulares en los Bancos.
 
         Arellano, que así se llamaba el viejo socialista, contra lo que yo esperaba fue explícito, aunque justificando las medidas del Gobierno con la necesidad de adquirir elementos para la lucha, y evitar que el tesoro nacional cayese en manos de las tropas del General Franco.
 
         Me mostró una orden ministerial firmada por Azaña el día 13 de septiembre de 1936, que decía que, en vista, de la anormalidad que había producido la sublevación militar, el Gobierno tenía que adoptar medidas preventivas para mejor salvaguardar las reservas metálicas de España, y ordenaba que con las mayores garantías se transportasen las existencias que en oro, plata y papel moneda hubiese en aquellos momentos en el establecimiento central del Banco de España en Madrid.
 
         En consecuencia, al día siguiente Francisco Méndez Aspe se presentó en el Banco acompañado de varios carabineros, hizo que le abriesen las cámaras, y en pocas ho­ras se llevó cerca de dos mil millones de pesetas oro, que fueron colocados en cajas de madera, transportados en camiones a la estación del Mediodía, y enviados al fuerte de Algameca para quedar depositados allí.
 
         Como espectador de confianza, Arellano presenció todas estas operaciones y firmó como testigo el acta que se levantó al efecto. También me dijo que días después se habían transferido al Banco de Francia poco menos de veintidós millones de libras esterlinas oro, y que el día 26 del mismo septiembre habían salido con el mismo destino doscientas cincuenta cajas de oro acuñado, completándose los envíos entre los días 2 y 29 de octubre con novecientas noventa y ocho cajas más, a pesar de lo cual se pensaba continuar las remesas a diferentes Bancos extranjeros, hasta poner todo el oro de España en lugar seguro.
 
         Respecto a las cajas fuertes de los particulares, justificó la medida con la necesidad de que todos los españoles con­ tribuyesen a los gastos de guerra. “Con esto —decía— no se deja a ningún pobre sin pan, porque eran cosas de lujo de los ricachos”, y me refirió que entre miles de alhajas corrientes el Gobierno se había incautado de las joyas de la Infanta Eulalia; una corona procedente de los zares de Rusia y perteneciente a la casa ducal de Osuna, desde la época en que uno de sus varones fue embajador de España en San Petersburgo; el tesoro de la Catedral de Toledo, que en una sola casulla tenía más de ocho mil perlas finas; un collar de ciento ochenta y tres brillantes propiedad del conde de Eza; varios lingotes de oro y platino de la Sociedad de Metales Preciosos, y los depósitos de radium de la Facultad de Medicina, aparte de incalculable cantidad de objetos de arte y preciosidades.
 
         Casi en seguida del ¡saqueo de los Bancos se realizó el asalto a las Embajadas no adictas al régimen republicano, y a pretexto de registros más o menos arbitrarios, los esbirros policíacos y las milicias arramblaron con todo lo que de valor había en las residencias de las representaciones extranjeras simpatizantes con el Movimiento Nacional acaudillado por el general Franco.
 
         Mi marido, completamente identificado con la moral del Partido Comunista, al que se había entregado en cuerpo y alma, encontraba muy bien todo aquello. La táctica “oportunista” lo había convencido de tal manera que opinaba se debía aprovechar toda ocasión y medio que redundase en beneficio de la idea y en aportación de medios para su triunfo. Fuesen éstos los que fuesen, todos le parecían buenos.
 
         Esto hizo todavía más profundo nuestro divorcio moral, y como ni él ni yo éramos propicios al disimulo, cada vez nos distanciábamos más, llegando nuestras relaciones a ser puramente económicas, pues yo no contaba con más recursos que los que mi marido me proporcionaba. Por desgana y malestar, había ido dejando mis colaboraciones periodísticas y literarias.
 
         Un día llegó a verme mi hermano Gustavo, con aire de grave preocupación. Venía a preguntarme si podía indicarle un lugar seguro donde refugiarse, pues habían estado a buscarle los de Fomento, 9, las fatídicas brigadas del “Amanecer’', y como era natural, no quería dejarse cazar.
 
         —-¿Cómo te enteraste?—le pregunté.
 
         —Providencialmente. Iba a comer, y al doblar la esquina me adelantó un coche que se paró en la puerta de casa. No sé por qué me dio el corazón que iban a buscarme y me quedé en un portal de enfrente, a ver en qué paraba aquello. Subieron las milicias, bajaron al rato y en el mismo coche se fueron.
 
Cuando supuse que estarían lejos, entré en casa, pensando que tal vez hubieran ido a otro piso y no al nuestro, pero mamá me dijo que habían estado a preguntar por mí y le habían dicho que me pasase por Fo­mento, 9, para una pequeña declaración, pues de no hacerlo así, ellos volverían a buscarme y sería peor. Eso es todo.
 
         —Y es bastante. Supongo que no pensarás presentarte.
 
         ¿No te digo que vengo a que me indiques un refugio seguro?
 
         —En él estás.
 
         —¿Aquí?
 
         —¿Dónde mejor? Es la casa de un comandante de milicias y una líder socialista.
 
         —Es verdad; pero, ¿y Pepe?
 
         —Yo lo arreglaré con él. Como sabes, apenas viene a casa. Yo me encuentro muy avanzada en mi estado y es peligroso que siga sola con la niña y la criada. Te necesito; pues si el parto se adelanta o me ocurre algo durante la noche, ¿a quién podré recurrir? Así, tú vienes a vivir conmigo por mi comodidad. Es más; como no estás enrolado en parte alguna, que te inscriba en sus milicias, te dé un carnet y luego te rebaje con permiso para vivir fuera del cuartel. De este modo, todo se arreglará y tendrás documentación para circular libremente.
 
         Le pareció bien a mi hermano mi proposición y mi ma­rido aprobó lo que él creía previsión nuestra. Extendió el carnet a nombre de Gustavo G. García, y así, mi herma­no, que sólo lo es de madre y se llama de primer apellido Guinea, y por Guinea era buscado, se vio a cubierto de las pesquisas de sus perseguidores. A mi marido le dimos como explicación que esa era la forma de firmar de mi hermano, con la inicial del primer apellido y el segundo completo, y de tal modo, Gustavo G. García, hermano de Regina García García, no tenía nada que temer.
 
         ¿Por qué los de "Amanecer” habían ido a buscar a mi hermano? Por haber sido interventor de un partido de derechas en unas elecciones celebradas hacía años; pero, a pesar de lo fútil del motivo, le hubiese costado la vida, ya que otros, con no mayores causas, la habían perdido.
 
Una tarde estaba yo cosiendo ropita para el ser cuyo nacimiento esperaba. Cerca de mí, mi hermano leía una novela. Mi hija jugaba a mis pies con su muñeca.
 
         —Pon la radio—dije a mi hermano—. Veamos lo que pasa por el mundo.
 
         —¿Qué quieres oír?
 
         —Unión Radio. Primero, saber las cosas de aquí.
 
         Mi hermano conectó y oímos los sones de la Internacional. Seguidamente, Santiago Carrillo pronunció un dis­curso en contestación a otro del comandante del “Konsomol”, buque soviético que había llegado a Valencia con víveres, armas y municiones que la U.R.S.S. enviaba en socorro de la España roja.
 
         Santiago Carrillo, ditirámbico, laudatorio, para "el heroico esfuerzo de nuestra madre Rusia, patria del proletariado universal”, hacia resaltar la ayuda de la U.R.S.S. frente al egoísmo de las viejas democracias, que hasta entonces no habían enviado a España más que observadores más o menos imparciales, que veían lo que ocurría y luego lo contaban como les parecía, según opinión de Carrillo.
 
         Nuestra atención a las palabras del “joven comunista” cien por cien, fueron interrumpidas por una explosión cercana, seguida del ruido de un hundimiento.
 
         —Tiran cerca—dijo mi hermano, con la tranquilidad que nos daba la frecuencia de los bombardeos.
 
         —Sí; deben de tirar de Cerro de los Ángeles o de Garabitas—afirmé yo—. Y nos están enfilando.
 
         —Ventajas que tiene vivir en una casa que está a tiro de dos frentes diferentes. Según del lado que ataquen, de ahí vendrán los obuses; pero vendrán.
 
Otra explosión, algo más lejana, me hizo localizar el ataque.
 
         —Es de Cerro de los Ángeles de donde tiran—dije.
 
         —Dirás de Cerro Rojo—rectificó mi hermano—. ¿No llamáis ahora así al centro geográfico de España?
 
         —Quien se lo llame, que yo, no. Y, dirigiéndome a la niña, le indiqué—: Josefina, baja al sótano, que ahora iremos nosotros, tan pronto acabe esta labor.
 
         Bajó la niña sola, pues la muchacha había salido a un recado minutos antes, y una nueva explosión, más cercana que las anteriores, nos sobrecogió a mi hermano y a mí. El hundimiento parecía muy próximo.
 
         —Déjalo todo y vámonos—dijo Gustavo—. Los obuses caen cada vez más cerca; no vayamos a tener una tontería.
 
         —¿No te darán tiempo a recoger mi botella de agua de azahar?—le pregunté—. Ya sabes que estos días también mis nervios están belicosos.
 
         —¿Dónde tienes la botella?
 
         —En mi mesilla de noche.
 
         —¡Sí que me da tiempo!—dijo mi hermano muy con­ vencido, y se fue a buscar el calmante, mientras yo le esperaba en el rellano de la escalera.
 
Aun hoy no me explico, ni nunca podré explicarlo, el misterio de mi pregunta y de la respuesta de mi hermano: “¿Te dará tiempo a coger mi botella?” “Sí que me da tiempo.” ¿Es que sabíamos lo que había de pasar? Y mí hermano, ¿tuvo la percepción exacta del tiempo de que disponía? Dice bien Shakespeare: “Entre el cielo y la tierra hay más de lo que ve nuestra filosofía”, pues, apenas mi hermano volvió con el azahar y cerró tras de sí la puerta del piso, una explosión horrísona -retumbó, fuimos levantados en vilo más de medio metro y una lluvia de cristales cayó sobre nuestras cabezas; todo, seguido del espantoso ruido de un hundimiento muy cercano.
 
         —Ese estalló aquí, en el sótano—dijo una voz en el portal de la casa.
 
No supe cómo bajé la escalera con tanta rapidez, a pesar de mi estado, que llegué desde el último piso al bajo, más pronto que los vecinos del primero. Y fue la idea de que mi hijita querida, mi pequeña Josefina, estaba en el sótano lo que puso alas en mis pies; pero, por fortuna, al llegar abajo, la niña me esperaba al final de la escalera sana y salva.
 
         —¿No te pasó nada, mamá?—me preguntó.
 
         —Nada, hija mía; y a ti tampoco. Entremos en el sótano, que ya ves cómo cañonean. El último obús debió caer muy cerca.
 
         Pasamos la noche en el refugio que los vecinos nos habíamos preparado para tales casos, con colchones y mantas, y a la mañana siguiente, al regresar a mi casa, me encontré con que el obús que tanto nos había alarmado había explotado en medio de mi vivienda, destrozando mi propio hogar.
 
         El piso quedó cortado en dos por una brecha que calaba tres pisos más abajo. El recibimiento, el despacho de mi esposo, el cuarto de la niña, el baño, el cuarto de plancha y la cocina habían quedado por completo destrozados. Al fondo, se veían intactos el comedor, mi despacho, la biblioteca, y no sabíamos cómo estarían el dormitorio de mi hermano y mi alcoba matrimonial, aunque más tarde comprobé que no había sufrido deterioro.
 
         La impresión que recibí con la ruina de mi hogar no es para dicha. ¡Tantos recuerdos, tantas alegrías y tantas penas entre aquellas paredes, con la presencia de aquellos muebles acogedores! Luego pude comprobar que el mobi­liario no había sufrido mucho; pero la casa estaba inhabitable, y no sabiendo qué hacer ni a dónde ir, acudí a mi marido en busca de orientación.
 
         De momento nos llevó a casa de los Pizcueta, joven matrimonio con el que le unía estrecha amistad, y poco después, al trasladarse el total de la columna Uribarri al frente sur del Tajo y dejar libre el piso del viejo caserón de la calle de Atocha, a él nos fuimos, esparciendo mis muebles por aquellas habitaciones grandotas, destartaladas y sombrías.
 
         El día 27 de diciembre de 1976 vino al mundo mi hijo José. Había nacido un varón, como yo deseaba, fuerte y robusto, moreno como su padre, y en el que puse todas mis ternuras de madre y mis ilusiones de mujer, anhelando ver en él, con el tiempo, lo que en su padre había ama­do: la rectitud de carácter, la afabilidad de trato, la nobleza de sentimientos y aquella alegría suya, constante en los días de nuestra felicidad, que le daba la limpia con­ ciencia.
 
         A mi alrededor seguía la ola de* sangre, destrucción y libertinaje, amenazando ahogarlo todo; pero yo tenía el amor de mi pequeña Josefina, tan juiciosa en su escasa edad, y los cuidados al recién nacido José, y en ambos ponía mi esperanza para el porvenir.
 
         —Ellos y todos los pequeños españoles, sobre los que pasa, sin mancharlos, este bautismo de tragedia, serán me­jores que nosotros—pensaba—. Tal vez sean ellos los que encuentren el verdadero camino y den a la Humanidad, y sobre todo a España, la norma justa de vida.
 
         Esta esperanza del porvenir me hacía llevadera la an­gustia del presente.
 
         Mi esposo fue avisado por un motorista, que salió ex­profeso para el castillo de Guadalerza, donde a la sazón tenía su residencia, y acudió a conocer a su hijo, alegrándose sobremanera de que fuese varón.
 
         Me llenó la casa de víveres, telas y objetos de sanidad e higiene para mi cuidado y el del pequeño José, y a la niña le regaló una lindísima muñeca en recuerdo del na­cimiento de su hermanito.
 
         Luego, pretextando urgente necesidad de regresar al frente, allá se volvió, con el aire abatido y como ausente que tenía desde hacía algún tiempo.
 
Yo quedé de nuevo con mis hijos, mirando al porvenir.
 




 


 
 
 
CAPITULO XIV
 
LOS PERSEGUIDOS
 

 
Mi casa, refugio.—Reingreso en el P.S.O.—Comisariado Político y Estado Mayor.-Colectivismo y hambre.—Las “píldoras de Negrin”.—Los evacuados.—Soledad íntima.—Apunta la gracia.
 



 
         En la casa en que mi madre vivía, en los Cuatro Caminos, cayó un obús, uno de cuyos cascotes hirió en el pecho a mi hermano Máximo, que tuvo que ser hospitalizado. No era prudente que mi madre quedase sola, con la vieja criada, en el barrio donde tan conocida era, y a mi casa vino, mientras las circunstancias no variasen.
 
         Pero no fué solamente mi madre. La prima de mi madre, Carmen Arias, con sus hijas, Mariquiña y Loli, vinieron también a refugiarse a mi lado cuando carecieron de seguridad, por ser la madre y las hermanas de Pas­cual Rey Arias, el heroico teniente coronel de Regulares, iniciador del Glorioso Movimiento Nacional en Melilla, y asimismo en mi casa se refugiaron Vicente Crecente, tradicionalista, recién salido de la cárcel de Porlier, con su mujer, la voluminosa Marina, sus hijas Clarita y Ana Mary y su hermana Pilar.
 
         La amplitud del piso permitía la convivencia de todos sin grandes molestias, máxime tratándose de personas de correcta educación, perfecta higiene y absoluta moral, y yo cumplía el deber de dar posada al peregrino, pues peregrinos de angustia eran aquellos infelices perseguidos, a quienes, sin mi protección, tal vez les hubiera ido mal.
 
         Una tarde, mi prima Mariquiña me pidió diese también albergue a su novio, José Manuel Urquiza, que, ya fuera de la cárcel, no encontraba lugar seguro donde refugiarse.
 
         —Dile que venga. Ya veremos dónde lo meto.
 
         —Puedes darle la habitación que ahora tiene la mucha­cha, al lado de la cocina, y a la chica ponerla en el cuarto pequeño que ahora sirve de ropero. Como la habitación esa está junto a la escalera de servicio, podrá Josechu entrar y salir de casa sin ser demasiado visto por la escalera principal. ¿Te parece?
 
         Vino Josechu a mi casa, y más tarde Isabel Pardo, perseguida por haber sido presidenta del Grupo Femeni­no de los Legionarios de España, fundado por el doctor Albiñana. Luego, por unos días, los hermanos Sánchez Osés, y por último, también por unos días, doña Concha Álvarez, de A.C., que luego pasó a la Legación de Santo Domingo, de donde salió para América.
 
         La casa era muy grande, pero ya no cabíamos más en ella. Alguna vez que mi marido vino a verme me pre­guntó cómo había conmigo tanta gente, y le dije que eran parientes de los que ya no me acordaba, pero que, con la guerra, se me habían metido en casa como evacuados.
 
         —Pues échalos fuera a todos—dijo él.
 
         —Pobrecillos, que no tienen dónde meterse, ¡Déjalos!... Ya se irán cuando la guerra termine.
 
         Y como a él no le molestaban, mi marido no insistió sobre el asunto y transigió con aquella nube de primos, tíos y demás parientes evacuados que nos habían caído en casa, además de mi madre y mis hermanos, pues Má­ximo, al salir del hospital, a mi casa vino también.
 
         Josechu y Crecente tenían amigos que les visitaban y a los que contenía la posible llegada de mi esposo; pero al comprobar que éste sólo de tarde en tarde me visitaba, y nunca sin darme antes aviso de su llegada, para no exponerse a no hallarme, menudearon las visitas, y había veces que mi casa parecía un casino a la hora de la tertulia.
 
         Josechu era un muchacho serio y alegre a la vez, muy al estilo vasco. Impresionable, imaginativo, de nobles sentimientos y vivir atrabiliario, pero valiente y osado como él solo, y con una simpatía arrolladora que le hacía querido de cuantas personas le trataban.
 
         Para las muchachas era una verdadera calamidad, pues fácilmente las interesaba con su agradable trato, su buena presencia y su verbo fácil; pero él no se interesaba por una sola, pues, según propia confesión, de ocho a ochenta años no encontraba mujer desagradable. Poco después tropezó con una heroína que logró fijarle y casarse con él; una mejicanita muy mona, a la que de novios hizo pasar la pena negra, como entonces la estaba pasando mi prima Mariquiña Rey, que por Josechu bebía los vientos y rabiaba de celos.
 
         Entre los amigos de Josechu había uno que, siendo el más distinto a él y tal vez por eso mismo, era el más fra­terno. Fernando Suárez de la Dehesa, muchacho formalote, que vivía la melancolía de una tragedia sentimental.
 
         Recién casado al estallar la guerra, enamoradísimo de su esposa, se había separado de ella por unos días, que la contienda convirtió en años, al dejar a cada uno a un lado de la línea de fuego. Fernando hablaba de Anita con fer­vor apasionado, recordaba los días de su idilio, la feliz luna de miel, con sus cenas en los jardines de Barceló, y contaba los días de posible duración de la guerra, calculando los que le quedaban de separación de su esposa. Temía el riesgo personal, que no por eso huía, más que por él por la renuncia a aquel amor apenas disfrutado, y tal modo de ser y tan sincero sentir me hicieron a Fernando tan simpático que tomé francamente bajo mi pro­tección al muchacho, prometiéndome guardarle de todo riesgo hasta que, terminada la guerra, pudiese reunirse a su esposa y vivirlas horas felices con que soñaba.
 
         Pero la guerra, que en un principio nos había parecido a muchos cuestión de pocos meses, se iba prolongando, haciendo cierta la profecía de Indalecio Prieto cuando dijo que sería larga y costosa.
 
         Mi situación se hacía difícil políticamente. Ya eran muchos los antiguos compañeros que me preguntaban qué era lo que yo hacía en favor “o en contra” de la causa del pueblo. Hasta el nacimiento de mí hijito pude pretextar mi estado; mas después, ¿qué excusa podría dar? Por otra parte, cada vez que tenía que hacer alguno de los empadronamientos a los que con tanta frecuencia nos obligaban y me ponía como cabeza de familia de aquella, legión de tíos y primos que conmigo vivían, comprendía qué mi posición era por demás comprometida,, y empecé a pensar la forma de arreglarla, mas no hallaba ninguna a mi gusto.
 
         La Divina Providencia puso en mi camino a Carlos. Rubiera, antiguo socialista, a la sazón presidente de la Diputación Provincial de Madrid, y gran amigo mío. Me saludó efusivo y me preguntó lo que todos; qué hacía y en qué me ocupaba.
 
         —No hago ni me ocupo en nada, y no por falta de ganas—le dije—, pues me gustaría realizar alguna labor eficaz ahora que estoy en condiciones para ello.
 
         —¿Sigues fuera del Partido?
 
         —Sí; todavía.
 
         —¿Por qué te diste de baja? —Lo de mi madre. ¿No recuerdas?
 
         —Si, es cierto; aquello fue una salvajada; pero el Partido no tuvo la culpa, y, además, ya pasó. Supongo que eso no habrá cambiado tus ideas proletaristas.
 
         —¡Figúrate!
 
         —Entonces, ¿por qué no reingresas?
 
         —No sé si será fácil...
 
         —Yo mismo te lo arreglaré, si quieres. Ven mañana a la Diputación, y en mi coche iremos a la Casa del Pueblo para dejar resuelta esa cuestión.
 
Cuando regresé a mi casa estaban reunidos Josechu, Crecente y Suárez de la Dehesa, a quienes comuniqué mi encuentro con Rubiera y su proposición de ingresar de nuevo en el Partido Socialista, a lo que yo no me encontraba muy animada.
 
         —Me repugna demostrar lo que no siento—les dije—. Comprendo que esa sería una magnífica solución a todos nuestros problemas; pero reingresar en el marxismo, cuando ya en el marxismo no creo, es violento, casi indigno.
 
         —No veo yo tal indignidad ni creo que nadie la vería —dijo Crecente—, teniendo en cuenta los móviles que la obligan. No solamente es salvar la propia situación de us­ted y tal vez su vida misma; son las vidas de todos nosotros, que ahora están pendientes de un hilo, y usted puede guardarlas. ¿No comprende que así nos amparará mejor? Piense en su madre, martirizada por las turbas; en su hermano Gustavo, perseguido por las checas; en todos nosotros...
 
         Al día siguiente reingresé en el Partido Socialista.
 
         Yo no era una afiliada de número, que puede seguir en el anónimo dentro del partido político a que pertenece; me había destacado en varias actividades y tenía que rendir la labor que de mí se esperaba. Así, por indicación de la Ejecutiva, Fernando Piñuela, al que recientemente habían nombrado Comisario General de Guerra del Ejército del Centro, me nombró en seguida redactora jefe de La Vos del Combatiente, periódico de los milicianos, del que poco después quedé de directora, y seguidamente fui nombrada jefe de Propaganda y Prensa del Comisariado.
 
         Este organismo, de creación netamente marxista, tenía por objeto mantener el espíritu revolucionario en las tropas y llevar un estricto control de la ideología de jefes y oficiales, así como del “clima” político de los combatientes, procurando un escalafón secreto que influía en los ascensos más que la capacidad y mérito militar.
 
         Ya estaba situada de nuevo. Ya podía defender a los míos, como era mi deseo, contra todo ataque de los sañudos perseguidores. Por otra parte, los víveres empezaban a escasear, alcanzando precios exorbitantes; mi ma­rido apenas se ocupaba ya de nosotros, y muy de tarde en tarde me enviaba un motorista con algunas vituallas y una breve carta con dinero; por tanto, no estaba de más que por mí misma tuviese medios de vida y suministro propio, pues no quería apremiar a mi marido, conociendo el género de vida que hacía en el tristemente célebre cas­tillo de Guadalerza, donde residía.
 
         Mi marido estaba por completo sometido a la enfermera Merche, quien, por desdicha de ambos, era una de­generada dominada por el alcohol y las drogas heroicas, en cuyos secretos inició también a mi esposo.
 
         Ambos se pasaban el día bebiendo o metidos en cama tomando cocaína, y al anochecer salían, él con sus milicias a recorrer los pueblos vecinos, y ella al hospital de La Mata, del que era directora, para ensañarse con los heridos y enfermos sospechosos de poco adictos al sistema rojo.
 
         En tales circunstancias, si mi marido se acordaba alguna vez de que tenía esposa e hijos, bien estaba; si no, tampoco quería ser yo quien se lo recordase.
 
         A veces venían a mi mente estampas del pasado, de aquellos días venturosos en que ambos teníamos un solo pensamiento y un solo afán, y me parecía estar viviendo una horrible pesadilla o, de lo contrario, que un sueño había sido nuestra vida anterior.
 
         En una ocasión vino a verme, de paso para Valencia, y lo encontré tan cambiado, incluso físicamente, que me pareció otro hombre. Estaba grueso, con gordura fofa, en­fermiza, las mejillas colgantes y blanda sotabarba; pesadote, lento de movimientos, tan diferente al mocetón de antes, deportivo, elástico, ágil, como había sido siempre. Apenas empezamos a hablar noté el mismo cambio intelectualmente: ideas tardas, lenta comprensión, como amodorrado, en persistente semisopor producido por las drogas.
 
         Aquél no era mi marido. Mi marido se había perdido al fundirse con la milicianada, y mientras la milicianada no se disgregase, devolviéndomelo, no lo volvería a en­contrar. Aquel hombre que yo veía en su lugar era una mole de carne viciosa que no tenía nada de común con mi esposo, como no fuese el nombre y un remoto parecido físico.
 
         Al partir besó a los niños. Acarició la melena de nuestra Josefinita, miró a Joselín con ternura y sonrió. Fue el único momento en que recobró su alma de hombre; pero fue un solo momento. En seguida volvió a su torpeza constante.
 
         ¿Cómo puede el ser humano sufrir tanto sin que su razón desvaríe ni se rompa su corazón? A mí se me había hundido todo: ideas, doctrinas, amistades, amores, es­poso, hogar, ¡todo! Yo, que todo creía tenerlo, me encontraba sin nada, sola ante la vida, con dos hijitos tan pequeños que sólo me podían consolar con la esperanza que en ellos pusiera, pero que eran incapaces de acompañarme ni comprenderme en su temprana edad.
 
         El vacío interior que de antiguo sentía se hizo entonces desolación intensa. Recordaba las palabras de mi viejo pro­esor de Religión: “Medite y espere con el corazón lim­pio, y Dios se le revelará”; y las de mi madre: “Si quieres creer, creerás.” Yo quería creer. Si Dios existiese... Si yo pudiese creer...
 
         Y menos mal que material y económicamente yo iba saliendo adelante. En el Comisariado, mi doble empleo de jefe de Propaganda y Prensa y directora de La Voz del Combatiente me daban derecho a un suministro que, si no espléndido, por lo menos era suficiente para atender nues­tras necesidades, y aún podía encargar a chóferes y moto­ristas que en los pueblos vecinos me comprasen lo que encontrasen aprovechable, con lo que nos íbamos defendiendo sin pasar grandes privaciones, como ya las estaban pasando la mayoría de los madrileños.
 
         El despilfarro de los primeros tiempos de guerra empezaba a pagarse caro. Al quedar reducida la zona roja, los víveres disminuyeron, pero aún más por la falta de administración, pues estando en nuestro poder la región vinícola de La Mancha, en Madrid no había vino; y te­niendo la huerta de Levante a nuestra disposición, las fru­tas y hortalizas escaseaban porque estúpidamente se des­trozaban las plantaciones, se consumía todo sin dejar para las simientes; y con los ganados y las aves de corral ocurría lo propio, pues sacrificaban gallinas ponedoras y va­cas de vientre. Así, la milicianada imprevisora preparó el camino del hambre.
 
         Para coartar el mal se ensayaron sistemas socializantes, que dieron el peor resultado en las poblaciones agrícolas, pues cada uno se llevaba lo que podía, para liquidarlo en el mercado negro a precios exorbitantes; y en las capi­tales se crearon comedores colectivos, en los que únicamente comían los encargados de la cocina y sus amigotes; pero los demás sólo conseguían engañar al hambre.
 
         La única defensa contra este estado de cosas la teníamos los que ocupábamos cargos oficiales, bien militares, bien civiles, con los suministros, que nos permitían ingerir algo más que “las píldoras de resistencia del doctor Negrín”, como entonces empezó a llamar a las lentejas el pueblo madrileño, por coincidir su abundancia con las encendidas proclamas del gobernante socialista.
 
         Mis cargos en el Comisariado me reintegraron al trato y confianza de los antiguos dirigentes, poniéndome muy al corriente de cuanto sucedía en nuestra zona, lo mismo de aquello que habría de pasar a dominio público que de lo que habría de permanecer reservado en la tramoya política, pues desde las once de la mañana hasta las cinco de la madrugada siguiente yo estaba en continuo servicio y en contacto con, los jefes y jefecillos civiles y militares.
 
Mis hijitos pasaban todo el día separados de mí, que tanto los amaba; y aun cuando mis parientes, efectivos y postizos, los cuidaban con solicitud, el no estar con ellos más que unas horas me apenaba; pero era preciso ese sacrificio para poder vivir e ir sorteando peligros.
 
         Por la mañana me dedicaba a recibir visitas y cambiar impresiones para la orientación de la propaganda; seguidamente, trataba con dibujantes y escritores sobre los carteles y folletos a publicar, así como la técnica que debieran tener los guiones de radio y cine.
 
         A las dos comía en el Comisariado con el comisario jefe y la plana mayor, cuando no nos íbamos a la “posición Jaca”, situada en la alameda de Osuna, para cam­biar impresiones con el Estado Mayor del general Miaja, y regresar a eso de las cinco de la tarde, hora en que, por el “Altavoz del Frente”, me dirigía a los soldados de una y otra zona, en cumplimiento de mi misión propagandista.
 
         A las siete de la tarde estaba otra vez en el Comisariado, revisando la Prensa y ordenando colaboraciones hasta las nueve, hora en que suspendía mi trabajo, me iba a cenar con mi familia, y con ella permanecía hasta las once; dos horas que se me iban con velocidad sorprendente, porque eran las únicas felices de mi día.
 
         A las once, de nuevo en mi oficina, preparaba el periódico de la mañana y envío de la propaganda a las posiciones avanzadas, para lo cual recibía datos concretos, que constituían un verdadero secreto militar.
 
         De once y media a doce, llegaba de la “posición Jaca” un motorista, que en valija cerrada, de la cual teníamos llave solamente el capitán Reyes, en “Jaca”, y yo, en Madrid, traía un sobre, cerrado y lacrado, cruzado por una leyenda roja que decía: “Estrictamente secreto y confidencial”. Dentro del sobre, un pliego, a cuyo pie se leía: “Al recibo de este plano destrúyase el anterior”, pues era, efectivamente, un plano lo que el pliego contenía. El plano de la situación de fuerzas, que yo debía conocer perfectamente y a diario, para enviar exactamente la prensa y la propaganda a la siguiente mañana; pues si había habido movimiento de tropas en el frente y yo lo desconocía, al enviar coches y motoristas éstos podían quedar cortos y no llegar a su destino si había habido avance, o sobre­ pasar nuestras líneas y caer en manos del enemigo si había sido éste el que avanzara.
 
         A las dos de la madrugada se recibían los últimos telegramas, y a las tres me iba a la imprenta, que era la que había pertenecido a la “Editorial Católica”, para confeccionar el periódico, pues me gustaba componer yo misma las planas, hallando tan grato el trabajo del taller como el de redacción, y no me iba de la imprenta mientras no tenía en mis manos el primer ejemplar del diario, fresco de tinta y palpitante de actualidad.
 
         El trabajo, como trabajo, me gustaba; pero el espíritu y la finalidad del mismo no podían serme más ingratos. Sólo atendiendo a que con esto escudaba a todos los que conmigo vivían, me sostenía en mi puesto.
 
         Un día, al subir a la oficina, oí lamentos que venían del sótano.
 
         —¿Qué pasa?—pregunté.
 
         —Han cogido a un ratero que quería robar y le están dando una paliza—me respondió Quirós, el comunista.
 
         —Que lo suelten en seguida—ordené, pues en ausencia del comisario jefe era yo la máxima autoridad.
 
         No se volvieron a oír las quejas y yo no me ocupé más del suceso.
 
         En el Comisariado no ocurría nada extraordinario, fuera de sus funciones de control político sobre los elementos armados. Por lo menos, tal me suponía yo; pero un día, al abrir el cajón de una mesa que apenas se usaba, hallé una navaja de grandes dimensiones, con cachas de cuerno. La abrí y vi en su hoja una mancha negruzca, que me pareció de tinta o de lacre muy fluido. Pregunté a todos de quién era aquel arma y nadie la reconoció por suya. En vano también quise limpiarla; la mancha resistió todas las pruebas. Entonces llevé la navaja a mi casa y se la di a mi hermano Gustavo, quien, después de limpiarla con un ácido,- me dijo:
 
         —Con esta navaja han matado a alguien.
 
         —¿Por qué lo dices?—le pregunté.
 
         —¿No viste la mancha de sangre que tenía?
 
         —¿Era sangre eso?
 
         —Pues claro que era sangre.
 
         Entonces, sin saber por qué, recordé los lamentos de aquella tarde. Tal vez nada tuviesen que ver con las manchas de sangre de la navaja; pero, de todos modos, al día siguiente, al llegar al Comisariado, intenté averiguar desde cuándo estaba la navaja en cuestión dentro de la mesa, y no lo pude saber.
 
         —Hace mucho tiempo que esa mesa no se usa—me dijo Quirós.
 
         —Desde que se fueron los comunistas, nadie ha andado ahí—me aseguro Margarita, la mecanógrafa.
 
         Tal vez fuese cierto; pero yo creía notar en todos un cierto aire de misteriosa confabulación, como ocultando cosas oscuras. No sé si también esta impresión sería debida a mi estado de ánimo, predispuesto por el ambiente de horror en que se vivía, a creer en todo lo truculento. Ello es que, a partir de entonces, sentí vivos deseos de salir del Comisariado para otro lugar menos misterioso.
 
         El comisario jefe, Fernando Piñuela, era hombre culto, catedrático de Historia del Instituto de Ciudad Real, gran aficionado a la música y pianista muy estimable. Si algo anormal ocurriera allí seria, a buen seguro, sin su conocimiento. Pero, ¿podría afirmarse otro tanto de su secretario, el sinuoso Solares, o del joven de la J.S.U. Gómez, o del mismo Quirós? De ninguno de los tres podría yo responder, ateniéndome a las manifestaciones violentas que constantemente les oía contra los enemigos del régimen rojo.
 
         Fernando Piñuela era de otro modo, pese a su coincidencia como alcaide de Albacete cuando la carnicería lle­vada a cabo por los internacionales, de André Marty. To­das las noches, después de la una, en esa pausa que hay en las redacciones de los diarios matutinos, entre el último artículo y los telegramas de última hora, entraba Fernando Piñuela en mi despacho a beberse unas copas de buen coñac, que muchas veces le hacían hablar más de lo conveniente. Una de esas veces me dijo:
 
         —¿Sabes que la cosa está fea? Los fascistas nos dieron una tunda terrible. Hemos perdido Teruel.
 
         —Bueno; ya lo recuperaremos—le contesté sin el menor convencimiento,
 
         —No; no lo volveremos a recuperar, y tú lo sabes lo mismo que yo, pero no te atreves a decirlo. La culpa es de los c... de los rusos, que están presionando de modo indecente para prolongar la lucha.
 
         —¿A ti te parece que debiera terminarse?
 
         —No sólo a mí, sino a muchos. ¿A qué esta resistencia inútil? ¡Tanto sacrificio estéril!...
 
         —Realmente cuesta muchas vidas la guerra—le dije, por decir algo, aun sabiendo la estúpida vulgaridad que proclamaba, digna de Pero Grullo.
 
         —Eso es lo de menos—me replico—. Si es preciso morir, se muere; pero hay que saber administrar bien la vida y la muerte, y de morir antes de tiempo, que sea por algo que valga la pena. A mí no me importa morir por mis ideas; pero me molesta bastante tener que morir por un m... como Azaña o porque al tío bigotes de la U.R.S.S. se le antoje.
 
         —Piñuela, vete a dormir—le aconsejé—. Has bebido mucho y hablas demasiado.
 
         —Sí, me iré; pero déjame beber en tu compañía la pen­última copa. Sólo la penúltima, porque la última no la bebo nunca.
 
         Otros hombres del Comisariado que nunca olvidaré son: Iván Peñalva, acabado tipo de bigardo hampón, roído por todos los vicios, digno de nuestra literatura clásica, y An­tonio Escribano, mi joven secretario, inteligente y sentimental, fino como buen levantino de cepa.
 
         Tampoco olvidaré a la mecanógrafa Margarita, joven extraña, de agresiva belleza morena, de ojos verdes, cuerpo elástico y conducta desconcertante, con vocabulario de soez carretero y modales de duquesa, procacidades de cocota y ariscos desplantes de chulona honradez. Era en todo contradictoria. A punto de casarse con un infeliz, que la quería desde años antes, se enamoró de S. Gómez, a su vez recién casado; pero esto no le hizo romper su com­promiso de boda, sino que contrajo nupcias con el antiguo novio y siguió enamorada del nuevo galán.
 
         Había otros y otras en el Comisariado, que no quiero recordar porque... no quiero. Eran tan insignificantes en su vulgar necedad o en su antipático sometimiento boyuno a la voluntad de los mandamases, siempre, claro es, que no fuese en perjuicio de sus propios intereses, que no vale la pena recordarlos, ni aun ahora, al cabo de tantos años transcurridos.
 
         Mis empleos en el Comisariado me hicieron estrechar mi amistad con Pedrero, Moraleja y Luque, antiguos afiliados al Partido Socialista y en aquella época jefes del célebre S.I.M. (Servicio de Información Militar), creado con los restos del antiguo I.M., que tantos excesos había cometido a principios de la guerra.
 
         No es que el S.I.M. no cometiese los mismos o aún mayores atropellos; pero contaba con una organización policíaca perfecta, copiada de la G.P.U. soviética.
 
         Pedrero, el jefe supremo del nuevo organismo, era un hombre extraordinariamente inteligente, sagaz, frío en apariencia, pero de sentimientos concentrados, como lo prueba la misma debilidad que por mi sentía, pues, según decía, yo me asemejaba tanto a su madre, muerta cuando él era todavía un niño, que al oírme hablar le parecía escucharla a ella. Ese era el secretó de mi influencia con Ángel Pedrero, que jamás me negó favor alguno, de la clase que fuese, y al que, por esta razón, deben la vida muchos de mis protegidos durante la guerra.
 
         Pedrero, como jefe supremo del S. I. M., era todopoderoso en la España roja. La policía especial del Estado tenía jurisdicción sobre todos los organismos y personas, por elevadas que estuviesen, y en aquella etapa, de hambre el S.I.M. contaba con unos depósitos de víveres que para sí quisieran las intendencias mejor abastecidas de la época normal.
 
         Por esta razón, el general Miaja, hombre de apetito voraz y glotonería conocidísima, recurrió a él cuando la Administración Militar le puso reparos a los pedidos de su­ ministros formulados por la célebre “posición Jaca” para abastecer al Estado Mayor Central. Pedrero designó al capitán Sánchez como delegado suyo para tal menester, y a partir de entonces, en la “posición Jaca” se comía principescamente y nuestros suministros mejoraron de modo notable.
 
         Pedrero iba con frecuencia a “Jaca” y acudía, al Comisariado alguna vez, y esto hizo más frecuente nuestro trato, estrechando nuestra vieja amistad. Los refugiados de mi casa conocían estos detalles, y por ello los conocieron también otras personas que constantemente acudían a mí a pedirme influyese en favor de los suyos, detenidos o perseguidos por el S.I.M., a cuyas súplicas jamás me ne­gué, pudiendo atenderles, y obtuve siempre buen resultado.
 
Es verdad que en algunas, aunque contadas ocasiones, tuve que diferir el empleo de mi influencia, sobre todo cuando después de haber salvado la libertad o la vida de dos o tres personas me formulaban nuevas peticiones. La más elemental prudencia ordenaba retrasar unos días la gestión, so pena de hacerme yo también sospechosa, en cuyo caso me adularía; pero como el que sufre y espera el alivio que no llega casi nunca tiene la ecuanimidad necesaria en sus juicios, las pocas personas a quienes no pude atender entonces me culparon de falta de buena voluntad hacia ellas.
 
         Entre todos mis protegidos quiero recordar a la familia Jara, por su especial manera de proceder conmigo, con la República y con los liberadores de España, Vale la pena.
 
         Una mañana, aún no había salido para el Comisariado, me anunciaron que unos señores venían a visitarme de parte del abogado canario señor Cabrera, al que había cono­cido recientemente. Los recibí al momento, y me encontré con una señora bastante fea, muy afligida, acompañada de un caballero correctísimo, que luego resultó ser el inteligente periodista americano Ibrahim de Malcervelli. Am­bos venían a rogarme ayudase en su cuita al esposo de la dama, don Francisco Jara Herrera, que había sido detenido por el S.I.M., conducido a 1a prisión de San Lorenzo y sometido a malos tratos, sólo porque su hijo, Millán Jara Cobos, soldado voluntario de Aviación Militar, había desertado, pasándose al enemigo, y se suponía que la familia tenía concomitancias con tal huida. Además, los policías del S.I.M. les habían precintado la hermosa finca que los Jara poseían en la Prosperidad y habían llevado detenida a la señora, si bien la detención sólo había durado unas horas; pero la casa continuaba precintada y la dama tenía que vivir en el pabellón del guarda de la finca, único lugar que quedaba franco.
 
         —Y todo por un lamentable error—me decía la señora de Jara—, pues nosotros somos republicanos de toda la vida. Mi marido, al comenzar la guerra, ha dado sus tres automóviles al ejército republicano, además de doscientas gallinas y cuatrocientas palomas de nuestra finca de la Prosperidad de aquí, de Madrid, y veinte vacas lecheras de la granja que poseemos en Suances (Santander), como lo prueban estos documentos que traigo para que usted los vea y compruebe que no 1a engañamos.
 
         Y, en efecto, me mostró los recibos que acreditaban las valiosas entregas hechas por el ciudadano don Francisco Jara al ejército republicano, amén de una fuerte suma en dinero, por lo que, cumplidamente, el Gobierno de la República le daba las gracias.
 
—Además—siguió diciendo la señora Jara—, yo no sé cómo este chico hizo tal locura. ¡Con el entusiasmo con que fue al ejército, de voluntario de Aviación! Es un chico que nunca quiso estudiar, y como es hijo único y tenemos buen capital, lo fuimos dejando; pero posee una cultura muy extensa, aunque no es ni siquiera bachiller. El esperaba, con sus conocimientos, imponerse en seguida a la colección de ignorantes que hay por ahí con graduación, y lo menos, que le hicieran capitán. Pero tropezó con no sé quién, que le puso la proa, y ese, seguramente, ha sido el motivo de su deserción. Ahora, aquí me tiene usted a mí, sufriendo por los dos, porque no sé lo que es del hijo, y porque el padre, que no tiene la culpa de nada, le hacen responsable de lo del chico. ¡Haga usted algo por nosotros, pues de lo contrario matarán a mi marido
 
         —No se apure, señora—le dije—; veré si puedo hacer algo.
 
         —Pero que sea pronto—apremió la dama—. Mi marido es ya viejo, medio ciego, enfermo, y con tantos males y el trato que le dan, ¡acabarán con él!
 
Para, evitar tal desdicha me fui inmediatamente a ver a Ángel Pedrero, quien me recibió en seguida. Le expuse el caso, diciendo que se trataba de un republicano que había hecho aquellas entregas al Ejército combatiente, como probaban los justificantes que le llevaba, y que era persona de toda garantía.
 
         —¿Le avalas tú?—me preguntó.
 
         —Naturalmente—respondí muy segura.
 
         —Pues no hay más que hablar—me dijo—. Y delante de mí redactó la orden de libertad que, segundos más tarde, la mecanógrafa le puso a la firma y un motorista llevó a su destiño inmediatamente.
 
         Yo me fui al Comisariado, a donde llegué con bastante retraso; y más tarde, cuando bajaba al comedor, me llamó la señora Jara por teléfono, para decirme que su esposo estaba ya en su casa, sano y salvo, pues hasta les habían ido a desprecintar la vivienda y volvían a disfrutar en paz de todo lo suyo.
 
Las demostraciones que en días, sucesivos me hicieron los señores de Jara fueron verdaderamente abrumadoras. Me obsequiaban, a pesar de mis protestas, con las mejores aves de sus corrales y las flores más bonitas de sus jardines, y todo se les hacía poco para mí y mis hijos.
 
         Durante todo lo que duró la guerra, a pesar de haberles manifestado mi disconformidad con la política republicana, no dejaron los Jara de mostrarse entusiastas del régimen, al que jaleaban con ruidoso y costoso entusiasmo, y yo es­taba convencida de que eran dos republicanos de buena fe a los que no lograban desengañar ni las injusticias ni los horrores de cuanto ocurría.
 
         —-Si fuesen tan malos, no te hubiesen hecho caso a ti, cuando pediste por nosotros—me decía el viejo con pa­ternal tuteo.
 
         —Y Pedrero, ¿quién dice que es tan duro? No lo fue para nosotros, ni mucho menos—argüía la señora, muy reconocida.
 
         —Yo no digo que sean malos ni buenos—me justificaba—; pero sí sostengo que son fanáticos de sus ideas y no saben gobernar, ni cortar los abusos de los inferiores que se desmandan.
 
         —Algo hay de eso, sí—reconocía el señor Jara—; pero hagámonos cargo que estamos en guerra.
 
         Mas apenas terminó la contienda, los Jara, con orgullo de magnates ofendidos, me declararon que ellos siempre habían sido monárquicos, y cambiaron radicalmente su actitud para conmigo, llegando a saludarme, casi por compromiso, cuando no les quedaba otro recurso que hacerlo así.
 
         Su hijo Millán, según sospechaba su propia madre, ha­bía huido a Santander por un disgusto tenido con uno de los jefes de Aviación, y, temeroso de que aquél le quitase de en medio, pasando mil privaciones había logrado llegar a la ciudad donde su padre tenía sus bienes. Allí ex­plotó el crédito que dichos bienes le daban y se casó con una muchacha gallega, de buena familia, con la que tenía relaciones desde años atrás.
 
         Pasados más de un año de la liberación de España, volví a ver a los Jaras. Estaban furibundos porque les habían mermado las rentas y tenían que reducir su boato. Ya no podían tener tres coches, ni dos siquiera, sino uno solo, y la nuera no podía lucir pieles de elevado coste, ni el hijo seguir su vida holgazana, de señorito sin profesión ni em­pleo.
 
         —Esto no es vivir—vociferaba el viejo—. Tras el bloqueo de valores y cuentas corrientes, la disminución de la renta y el aumento de impuestos. ¿Qué va a pasar aquí? ¿Qué piensan hacer con el dinero?
 
         —Seguramente—le respondí—piensan remediar un poco la injusticia social que dio lugar a aquello por lo que usted tuvo que entregar tres coches, doscientas gallinas, cuatrocientas palomas, veinte vacas lecheras y una fuerte cantidad de dinero a los rojos, a pesar de lo cual estuvieron a punto de quitarle todo lo que usted poseía, hasta la vida misma, cosa que no hicieron porque Dios no quiso. Creo que debe usted estar contento, pues no es mucho lo que le cuesta el servicio.
 
         Pero el viejo seguía en su furiosa protesta contra la disminución de sus rentas y contra los gravámenes sobre el capital.
 
         No se repitió el “caso” Jara entre mis protegidos de guerra, y fueron éstos muchísimos. Todos ellos se portaron conmigo correctamente, y procedieron de modo consecuente con un régimen que venía a darles garantías de orden y seguridad personal, desconocidas durante la guerra.
 
         Un día —precisamente era el de Navidad— vinieron a visitarme otros amigos, que me rogaron:
 
         —Haz algo en favor del doctor Llopis. Le han llevado los del S.I.M. a San Lorenzo, y le están martirizando de un modo horrible. Ayer le preguntaron si quería morir de frío o de calor; y al decir que de frío, le desnudaron, y le estuvieron echando por encima, de cuarto en cuarto de hora, cubos de agua helada. Ha quedado paralítico y está sordo.
 
         No quise oír más. Llopis era un joven médico militar, discípulo de Gómez Ulla, e hijo de otro pundonoroso sa­nitario, que estaba desolado por la suerte aciaga de su hijo. Yo ignoraba si la acusación que sobre él pesaba era grave o leve, fundada o sin fundamento; pero sí sabía que tales atrocidades no podían cometerse, y, como siempre, acudí, a Pedrero.
 
         Como siempre, también me recibió en seguida y me aten­ dió con solicitud cordial. Al oír mi relato se indignó, creo que sinceramente.
 
         —Son cosas de Sanchís, el jefe de interrogatorios—me dijo— Es un tigre. No sé cuándo voy a zafarme de él. Me tiene harto.
 
         —¿Por qué no lo destituyes? ¿No eres tú el jefe supre­mo del S.I.M.?
 
         —Eso parece; pero Sanchís es el policía que el comunismo pone a la Policía por orden de Moscú. Y tiene unos procedimientos inadmisibles, como ese que me acabas de denunciar.
 
         Pedrero dio la orden de libertad del doctor Llopis, que salió de la prisión para ingresar en el hospital de la Cruz Roja, en donde aún se hallaba cuando las tropas nacionales entraron en Madrid.
 
         También entre los perseguidos y maltratados por los que yo pude interceder, por mediación de Pedrero, estaban el notable escritor cinematográfico Carlos Fernández Cuen­ca y un hermano de la gentil actriz Laura Pinillos.
 
         Ese era mi único consuelo. Poder hacer el bien. Restar víctimas a los verdugos y aliviar el dolor de aquellos que vivían en sobresalto continuo.
 






 
 


 
 
 
CAPITULO XV
 
ESPAÑA, FEUDO DE MOSCU
 
 


Ilia Eremburg y Rosenberg.—Moscú dicta decisiones.—Inmoralidad a caño libre.—Desastre conyugal.—Crisis espiritual.—Espero en Dios.
 
 
 




         Aquella tarde tuvieron en el Comisariado una violen­ta discusión Ramón Hervás, comisario del III Cuerpo de Ejército, que lo era el del Guadarrama; Pas­cual Villarreal, comisario de Intendencia, y Fernando Piñuela, el Comisario General del Centro, sobre una cuestión apasionante.
 
         Hervás, Villarreal y Solares, el Secretario del Comisariado, se mostraban muy conformes con las directrices marcadas por el Gobierno, según las cuales se debía seguir en todo las indicaciones rusas.
 
         —¿No es ésta la única nación que nos está ayudando de un modo efectivo? Pues ¿a qué poner reparos a lo que no los tiene?—argüía Villarreal—. Si ellos quieren intervenir en lo nuestro, señal de que no van muy bien las co­sas. Rusia se da cuenta de todo y sabe proceder.
 
         —Bien lo demostró en su revolución, triunfante desde hace veintitrés años—añadió Solares—. Si nosotros seguimos su consejo y su camino, llegaremos al mismo fin. No comprendo cómo se ven inconvenientes en esto.
 
         —Porque eso es perder la independencia española—decía el Comisario jefe—. Es dejar de ser íberos para con­vertirnos en asiáticos; y como no lo conseguiremos del todo, quedaremos en una especie de ridícula imitación soviética, dominado, además, por los que nos quieren vestir con su librea.
 
         —Creo que exageras un poco—intervino Hervás—. Yo no soy partidario de esa obediencia ciega al Komintern que tienen los comunistas; pero me parece bien seguir las normas rusas hasta lograr la revolución social. O somos marxistas o burgueses; y es indudable que contra la bur­guesía sólo hay un pueblo que sabe luchar: Rusia, el que nos ayuda de verdad.
 
         Pero, ¿por qué nos ayuda?—insistió Piñuela—. Por­ que le conviene. Nos hace préstamos con crecido interés; nos facilita material de guerra y víveres, para cobrarlos en divisas. ¿Dónde está su generosidad? Además, sobre todo eso ponen los soviets su conveniencia política internacional. ¿Quién sale beneficiado con tal ayuda, ellos o nos­otros?
 
         —Comisario jefe, al hablar así no pareces un socialista —le dijo burlonamente Villarreal—. Te expresas como podría hacerlo en “Jaca” Riquelme o Rojo, nuestros flamantes generales académicos.
 
         —Que son, por cierto, los más enterados—afirmó tam­bién con ironía Piñuela.
 
         —Tal vez sean los más enterados en cosas militares —rebatió Solares—; pero en la cuestión política y social no dan una.
 
         —En eso, los que mandan son Líster, Modesto, Campesino... Esos sí que valen—exclamó, ponderativo, Villarreal.
 
         —Yo pareceré burgués; pero vosotros estáis hechos unos comunistas rusos. Cualquiera diría que sin Rusia no podríamos vivir—replicó Piñuela.
 
         —Poco le falta—volvió a intervenir Hervás—. Sin la ayuda de Rusia bien poco podrían hacer las tropas repu­blicanas contra las formidables divisiones del general Franco. Eso ya se vio en el primer tiempo de guerra.
 
         —Pero, ¿qué es eso de “poderosas divisiones", si el general Franco tiene menos gente y menos efectivos que nosotros? Lo que pasa es que los administra mejor.
 
         —Por lo que sea, nosotros no podemos con ellos sin la ayuda rusa.
 
         Estas discusiones, en las que nunca llegaban a un acuerdo los que las sostenían, se repetían entre diversos elementos militares y políticos. A veces la disputa subía de tono, y tenían que intervenir otros dirigentes, más pode­rosos y neutrales, para calmar los ánimos.
 
         Tales discrepancias tenían su origen en la contrapar­tida que la ayuda rusa presentaba, pues la U.R.S.S., tan pronto vio la eficacia de su intervención en la cuestión española, respondiendo a la complejidad del carácter judeo asiático de la política staliniana, pasó la cuenta en forma inesperada por los ingenuos españoles, que confiaban saldarla cómo y cuándo pudiesen, según lo estipulado.
 
         Rusia, abrogándose el papel de tutela absoluta, después de nombrar plenipotenciario en España a Rosenberg, volvió a mandarnos, como enviado especial, a su máximo informador Ilia Eremburg, y ambos edecanes, aparte de sus atribuciones como diplomáticos, tenían la de imponerse en los momentos que juzgasen oportunos.
 
         Aparte de sus visitas protocolarias, entrevistas y conversaciones oficiales con los gobernantes de tanda, celebraban conferencias con Pasionaria, Pepe Díaz, Uribe y demás capitostes del P.C. para enterarse de la situación “no oficial” y estar al tanto de cómo iban, en realidad, las cosas de España.
 
Los dirigentes comunistas dijeron toda la verdad; la descomposición de la retaguardia, la numerosidad de la “quinta columna”, que hacía difícil el sostenimiento de la guerra; la indisciplina e incompetencia del ejército miliciano; la falta de cohesión en los mando; las luchas in­testinas, desarrolladas no sólo entre los partidos de clase, sino en el seno de los mismos, como la que disgregaba el numeroso y hasta entonces poderoso P.S.
 
         Así conoció Rusia la pugna que en el P.S. existía entre Prieto, que no dejaba de aconsejar el cese de las hostilidades, insistiendo en la proposición de un pacto con los nacionales, y Largo Caballero, que confiaba en aplastar al enemigo, oponiéndose, como general en jefe del Ejército rojo, con su incultura enciclopédica de viejo albañil, a la pericia de un auténtico general, joven y competentísimo, calificado, desde mucho antes de la guerra, como el mejor soldado de España. Era aquel un terrible juego de despropósitos, en el cual los rojos españoles no tenían más que una posibilidad favorable: el auxilio ruso; pero dado el estado general de las cosas, tal auxilio corría riesgo de malograrse, por la cerrilidad e incompetencia ambiente.
 
         Los edecanes soviéticos comunicaron a sus jefes la verdadera situación de España, y el Komintern decidió intervenir directamente en la gobernación del país, prote­gido oficialmente y en realidad codiciado.
 
         El ministro comunista Uribe tenía una gran amistad con San Martín, el lugarteniente de mi esposo; y San Martín, desconocedor de mi cambio ideológico, me vino a ver al Comisariado, haciéndome confidencias, por las que me acabé de informar de cuanto había entre las bambalinas de aquella terrible farsa.
 
         Por San Martín conocí una histórica reunión celebrada en Valencia, en el Hotel Metropol, entre los representantes de Stalin y Uribe, José Díaz y el comandante Modesto, en la cual los rusos hicieron ver a los españoles la importancia que tenía establecer en España un bastión comunista, pues así Europa, cogida entre los polos de Madrid y Mos­cú, sería fácilmente sovietizada, aun cuando para ello hu­biese que luchar con totalitarios y demócratas, que habrían de oponerse al triunfo del proletariado.
 
         Los comunistas españoles se mostraron en todo conformes con los asertos y planes de la U.R.S.S., y se com­prometieron a presionar, dentro y fuera del Gobierno, para que dichos planes se realizasen plenamente.
 
A partir de entonces, la España roja fue, de hecho, un dominio de la U.R.S.S., aunque tal situación no fue­se divulgada por razones de conveniencia internacional.
 
         A Largo Caballero se le jaleaba llamándole de nuevo “Lenin español”, y no se daba una sola disposición ministerial ni se tomaba un acuerdo en los consejos de ministros que no fuese inspirado o, por lo menos, llevase el “visto bueno” de Moscú, pues, además de la influencia que ejercían los dos ministros comunistas, previamente aleccionados como guardia permanente en el Gobierno, en los momentos oportunos intervenían directamente Eremburg y Rosenberg, imponiendo su autoridad en nombre del Komintern. Llegó a tales extremos la intromisión soviética, que incluso en el régimen interior de los departamentos imponía su criterio, a veces en pugna con los intereses del pueblo español, y contrario casi siempre a su sentir.
 
         Sin embargo, Largo Caballero no estaba conforme con esta excesiva intromisión, ni era partidario de las opera­ciones militares del sector de Guadalajara, ordenadas por Moscú sobre planos remitidos desde Valencia, con desconocimiento absoluto de la situación y circunstancias militares, políticas y morales del ejército nacional, y una idea muy vaga de los efectivos y condiciones de las tropas republicanas en dicho sector.
 
         Para contrarrestar la opinión de Largo Caballero, presidente del Consejo de Ministros y ministro de Defensa Nacional, los plenipotenciarios rusos presionaron a los ministros comunistas y al socialista comunistoide Álvarez del Vayo, quienes, a su vez, convencieron al general Miaja para que nombrase comisarios políticos en el Ejército, y que dichos nombramientos recayesen sobre comunistas.
 
         Así lo hizo Miaja, y Largo Caballero anuló tales nombramientos, con lo que se enfrentó, no sólo con el general jefe del Ejército republicano, sino con los comunistas, que retiraron del Gobierno sus dos ministros, y con Álvarez del Vayo, ministro entonces de Negocios Extranjeros, que también presentó la dimisión, apoyado por un extenso sector socialista simpatizante acérrimo de Rusia.
 
         Largo Caballero no pudo resistir aquella ofensiva, y se produjo la crisis total. El “Lenin español” encumbrado por Moscú, que pensaba aprovecharse de él, era derribado por Moscú mismo, al oponerse a sus designios.
 
         Dimitió Largo Caballero, y, lleno de soberbia por su derrota, volvió a Madrid para dar en el teatro Pardiñas un mitin, en el que dijo claramente que dejaba el Poder “por no hacerse feudatario de una potencia extranjera ni acatar órdenes de gobiernos extraños”, y, al mismo tiempo, proclamaba que había preferido sacrificarlo todo antes que comprometer la independencia de España.
 
         Este fue un tardío acto de contrición, que, además, resultaba a todas luces falso y obedecía no al sentido patriótico invocado, sino a la ira de ceder en una discrepancia personal con los rusos, pues, si así no fuese, desde los primeros meses de guerra hubiese rechazado las imposiciones insolentes de la U.R.S.S. y no hubiera gobernado la España roja bajo el dictado de Stalin.
 
         Indalecio Prieto, oportunista como cualquier soviético, comprendió que no era aquél el momento de romper con Rusia, única ayuda efectiva con que entonces contaba la República; y, por esto, aun siendo enemigo de prolongar la guerra, aceptó la grave responsabilidad de continuarla, para lo cual se puso de acuerdo con Álvarez del Vayo y los comunistas; pero no queriendo dar la cara, trabajó entre bastidores, y obtuvo la formación de un gobierno presidido por el doctor Negrín, que había sido ministro de Hacienda en el gabinete anterior y que era un socialista apenas conocido fuera del P.S., por su escasa actividad política hasta entonces. Las masas, con gran penetración, llamaron a este gabinete “el gobierno de Prieto y Negrín”.
 
         Apenas formado el nuevo equipo gubernamental, trasladó su residencia de Valencia a Barcelona y ordenó las operaciones militares en el sector del Centro, que habían de constituir uno de los más serios fracasos del ejército republicano; pero había que complacer a Rusia, que mostraba gran empeño en que dichas operaciones se realizasen.
 
         Uno de los más serios barullos entre los jefes y jefecillos rojos fue promovido por la realización de las susodichas operaciones militares. A unos les parecían muy acertadas, mientras que otros veían en ellas un grave peligro, como así fueron, en efecto.
 
         Una noche nos encontrábamos en el Comisariado redac­tando editoriales para La Vos del Combatiente, cuando oímos gran revuelo de motos y coches. Luego, las voces enérgicas de Reyes, Solares y Piñuela, haciendo fondo a la cachazuda del general Miaja.
 
         —Viene el general con su Estado Mayor. ¡A estas horas! ¿Qué ocurrirá?—me dijo Escribano, mi secretario.
 
         —Nada bueno, me parece—respondí.
 
         En aquel momento hubimos de levantarnos y saludar, pues el general pasaba ante la puerta abierta de nuestra redacción. No le acompañaba su Estado Mayor, como Escribano había supuesto, sino el capitán Reyes, el comisario general Piñuela y el ayudante y secretario de éste, Solares.
 
         Entraron todos en el saloncito contiguo, y desde donde nos hallábamos pudimos oír todo lo que hablaron, que, por otra parte, no lo hacían reservadamente.
 
         —Nunca aprobé yo estas operaciones-—decía Miaja—; pero el Gobierno las ordenó terminantemente. Prieto se puso furioso cuando le hice observaciones contrarias a la opinión de Berzín. Kleber también se empeñó en ellas. No hubo más remedio que realizarlas; pero conste que la reponsabilidad no es mía.
 
         —Ya. Es de la U.R.S.S. Lo sabemos todos—dijo Piñuela. —
 
         Creían que se iba a repetir ahora lo de los italianos al principio de la guerra, cuando los Bergonzoli perdie­ron allí hasta las barbas y el apellido de su jefe intervino Reyes.
 
         —Sí, se lo creyeron; pero ahora eran españoles con los que había que luchar. No lo tuvieron en cuenta—dijo Piñuela—. Procedieron como si esas cosas militares dependiesen del suelo, y no de las gentes que en ellas intervienen.
 
         —Eso es—corroboró Miaja—; el factor hombre es lo más importante en todas las guerras, y no hay que negar que los nacionales son españoles. Bien lo demuestran en su valor...
 
         —¡Buena paliza nos dieron!—dijo Piñuela.
 
         —¡Y que quede ahí!—añadió Miaja—. Por de pronto, ahora iremos carretera adelante en busca de lugar más seguro.
 
         Mi secretario se me acercó y me dijo, muy bajito, para que no lo oyesen nuestros jefes desde el cuarto inmediato;
 
         —¡Muy feo debe de estar el asunto!
 
         Yo le indiqué que no hablase ni hiciese ruido. No que­ría perder una sílaba de lo que decían.
 
         —Si continúan la contraofensiva con el mismo coraje, mañana están aquí-—afirmaba Reyes.
 
         —Pero no se preocupe, capitán—le contestó Miaja, riendo—, que a nosotros no nos cogen. Por cierto—añadió—que podían ustedes encargar una comida fría para cuando lleguemos a Cartagena. Algo así como un consomé de pollo y unas croquetas no estaría mal. ¿Qué les parece a ustedes?
 
         —Cualquier cosa, mi general—contestó Piñuela—; en estos momentos...
 
         —En estos momentos tenemos estómago, como en todos—dijo el general.
 
         Escribano y yo cambiamos una mirada de inteligencia. Coincidíamos en la calificación que nos merecía un hom­bre que en tales circunstancias no sólo se ocupaba de prepararse comida, sino que hacía el propio menú.
 
         A consecuencia del desastre de las operaciones de Guadalajara, surgieron las primeras disputas entre Prieto y Negrín, pues el primero ejercía de hecho la presidencia, cuando no era más que ministro de Defensa, y el segun­do, posesionado de su papel presidencial, quería ejercerlo, a pesar de que sólo a Prieto lo debía.
 
         En tal desbarajuste político, ocurrieron los hechos más inesperados. Así, coincidiendo Prieto y Negrín en su repulsa a la excesiva intromisión rusa y al acaparamiento de cargos por los comunistas, coincidiendo también en el propósito de acabar la guerra cuanto antes, aceptaron, de momento, la tutela soviética y la realización de las operaciones de Guadalajara, con la esperanza de tener “triunfos” que arrojar sobre la mesa en la hora de tratar con los nacionales, como más adelante se proponían.
 
         Prieto y Negrín, unánimes en todo, salieron a la greña por rivalidades de “mandamases” dentro del P.S. y dis­crepancias de orden político.
 
Prieto contaba con el apoyo de González Peña, su antiguo socio en el negocio del “Turquesa”, minero astu­riano, cabecilla en la intentona de octubre de 1934, por lo que había estado condenado a muerte, y, aunque luego había sido indultado, su ascendiente entre los extremistas era grande desde entonces; pero González Peña, pensando que la personalidad acusada de Prieto lo anularía, se puso al lado de Negrín, junto al cual le era más fácil destacarse.
 
Abandonado Prieto por González Peña y combatido por los caballeristas, que no le perdonaban la derrota de su jefe, con un grupo de adictos tan escaso que no le conquistaban opinión ni dentro ni fuera del P.S., tuvo que batirse en retirada y presentar la dimisión, quedando Negrín dueño del campo al asumir la cartera de Defensa al par que la presidencia del Consejo de Ministros.
 
         Soberbio por naturaleza, engreído y vanidoso como todos los hombres de talento escaso, creyó Negrín que su exaltación era debida a méritos propios, y no a las ene­mistades con que Prieto contaba; y, después de una breve etapa de sometimiento a los comunistas, decidió poner en práctica sus planes de gobierno, sacudiendo la tutela rusa y acelerando el final de la guerra, que por momentos, se hacía más penosa, pues las tropas nacionales alcanzaban cada día nuevas victorias, reduciendo el “espacio vital” republicano a límites tan escasos que el locutor de Radio Sevilla lo llamaba en sus emisiones “el patio rojo”.
 
         Comenzó Negrín separando de sus puestos a los comunistas y sustituyéndolos por socialistas antiguos, y suprimió de la propaganda mural, oral y escrita el tono de exaltación soviética que hasta entonces había tenido.
 
         Un día nos sorprendió nuestro presidente con la publicación de una “declaración de principios” en trece puntos, con la que se intentó demostrar que la República recobraba espíritu democrático. En ella se proclamaba, como primer postulado, la libertad de conciencia de los ciudadanos, que no podrían ser molestados por sus ideas religiosas, y se hacía una especie de confesión de fe republicana muy distinta a la agitación revolucionaria social que pa­decíamos.
 
         —Esto—me dijo Piñuela—es con vistas a Norteamérica.
 
         —¿Con qué fin?—le pregunté.
 
         —Con el de convencerla para que nos venda material de guerra. Sería la única manera de mandar a paseo a Rusia no necesitando nada de ella.
 
         —Si se lograse...
 
         —Las negociaciones van por buen camino. Fernando de los Ríos vale mucho, y tiene casi conseguido que la banca Carneggie financie la operación mediante la concesión de la explotación minera de la plata y el mercurio de Almadén.
 
         —Si no es por mucho tiempo...
 
         —Ya sabrá el Gobierno cómo lo hace.
 
         Por aquellos días llegó a Barcelona el hijo del presi­ dente Roosevelt, y su viaje se atribuyó a la tramitación del convenio secreto, lo que hizo que Negrín, con su habitual ligereza, diese por hecho lo que tanto deseaba, con­siderando ya segura la ayuda yanqui.
 
         Eremburg y Rosenberg pidieron explicaciones de todo aquel movimiento, hecho sin su autorización, y Negrín contestó destempladamente a los plenipotenciarios rusos, por cuya razón la “amiga soviética” montó en cólera y exigió el inmediato pago en oro de la tercera parte de lo que se le debía, reclamando el saldo total dentro del pe­riodo de un año, en plazos de seis meses.
 
         —Estos c... rusos nos ponen el pie en el cuello—me dijo Wenceslao Carrillo, que a la sazón era comisario de Armamento. Si no les pagamos, retirarán todo lo que nos han dejado; pero yo prefiero destrozarlo antes. ¡Bandidos! ¡Se llevarán chatarra solamente!
 
         Se intentó arreglar el asunto por vía diplomática; pero Marcelino de la Pascua, embajador entonces en Moscú, se dio tan poco arte para ello que a los pocos días era llamado a Madrid con toda urgencia, quedando vacante nuestra embajada en la U.R.S.S.
 
         Todo el proyecto de la compra de armas no tenía otro objeto que preparar decorosamente el final de la guerra, mostrando aquellos efectivos a los nacionales en el mo­mento de pactar con ellos, sueño dorado de Negrín desde su subida al poder, y que era compartido por muchos jefes militares, que veían inminente el desastre; pero como también querían, a todo trance, que el pueblo desconociese la maniobra, se buscó una fórmula para que la soberbia de Negrín quedase a cubierto de toda claudicación. Era necesaria una víctima, y se pensó en Besteiro.
 
         Don Julián fue llamado con toda urgencia a Barcelona. El plan era provocar una crisis ministerial y que al equipo Negrín-Álvarez del Vayo sustituyese un gobierno de colaboración socialista moderado-republicano que, conti­nuando la guerra unos meses, llegase a la capitulación final antes del invierno 1938-39.
 
         Estábamos a principios del año 1938, y Besteiro no aceptó la farsa. Declaró que él no tenía inconveniente en formar gobierno, pero había de ser para liquidar la guerra rápidamente, sin dilaciones tan costosas como inútiles y sin engañifas de ningún género.
 
         De momento se rechazó la solución de Besteiro, pues Negrín, que, a pesar de su deseo de liquidar la contienda, para lograrse adeptos se había comprometido a llevar al pueblo a la victoria definitiva, no quería declararse vencido; pero los acontecimientos precipitaron el final.
 
         En su viaje a España, el joven Roosevelt había observado el escaso éxito de las armas republicanas; se había percatado de la situación estratégica de Almadén y del peligro en que estaba esta zona de caer en poder de los nacionales, y también había compulsado la opinión pública, dándose cuenta de que no estaba, ni mucho menos, en su mayoría, con el Gobierno, Negrín, sino que los nacionales ganaban terreno día a día, no sólo en las líneas de fuego, sino también en la retaguardia roja, donde se hablaba del general Franco como de un liberador.
 
         El resultado fue que la pretendida ayuda yanqui se re­dujo en mucho, y, como de ninguna parte podía esperarse otro auxilio, fue preciso afrontar las realidades, y Negrín en persona se presentó en Madrid, decidido a pasar por todo y dejar el Poder en manos de Besteiro, o, por lo menos, a éste convencido para aceptarlo, fuese como fuese.
 
         El presidente se alojó en el departamento que tenía destinado el S.I.M. en los pisos altos del Ministerio de Marina, y Pedrero y su gente fueron su guardia personal en los días de su estancia en Madrid.
 
         Yo me apresuré a visitar a Pedrero en busca de noticias. Negrín no se recataba; a todos los que le rodeaban declaraba su deseo de dejar el Poder, y, como estas manifestaciones las había hecho, asimismo, a sus amigos de la peña del café “Regina”, pronto llegaron a conocimiento de los comunistas, que inmediatamente las comunicaron a sus jefes internacionales, cuyas resoluciones no se hicieron esperar.
 
         Yo acudía todos los días al S.I.M. a informarme de cómo iban las cosas, que Pedrero no me ocultó. Besteiro parecía convencido; sólo había que ultimar alguna cues­tión de detalle, pero ya era cosa de días la crisis, cuando una mañana encontré al jefe del S.I.M. enfurecido. Los comunistas catalanes, de acuerdo con la Generalidad y el P.S. catalán, habían intentado un “golpe de Estado” en Barcelona, movidos a instancias de la U.R.S.S.
 
         Según me manifestó San Martín, enterado a su vez por Uribe, Stalin se había "enojado, porque terminar la guerra española en las condiciones pésimas en que se hallaban los rojos era perder los anticipos hechos y renunciar a la bolchevización de la Península Ibérica, que tantas posibilidades le ofrecía por su posición estratégica para el dominio total de Europa.
 
         De acuerdo con esto, el P.C. recibió órdenes concretas y terminantes para sabotear cualquier intento de paz, y por eso, aprovechando la ausencia de Negrín de Barcelo­na, se había producido un movimiento insurreccional contra el Gobierno.
 
         La situación era compleja. Negrín regresó a Barcelona, después de hacer unas declaraciones a la Prensa, en las que hablaba de “sapos que croan en la charca” y de otras incongruencias; y cuando esperábamos la noticia de una nueva guerra interior entre los comunistas y el Gobierno, nos sorprendió un homenaje del Ejército republicano a Negrín, encabezado por el comunista Jesús Hernández.
 
         ¿Qué había sucedido? En la “posición Jaca” desvanecimos el enigma. Jesús Hernández —que, de acuerdo con el general Miaja, se había nombrado a sí mismo comisario de los Ejércitos de la “zona B”, y, por decoro político y exigencia de Rusia, el Gobierno tuvo que refrendar este nombramiento—, con mejor sentido del “oportunismo” bolchevique que ninguno de sus correligionarios, aprove­chándose de la ignorancia que suelen tener los militares de las cosas políticas, solicitó de los jefes y oficiales de la “zona B” un homenaje al presidente del Consejo, doctor Negrín. El mismo Jesús Hernández encabezó dicho documento, que, a su ejemplo, suscribieron todos los militares comunistas, y los socialistas se sumaron también al homenaje en honor de su correligionario.
 
         De este modo se consiguieron tres cosas importantísi­mas para los comunistas: atornillar al poder a Negrín, evitando la crisis y, por tanto, la terminación inmediata de la guerra; cortar el golpe de Estado, de éxito problemático dada la situación de la retaguardia, cuyo descontento aumentaba día a día, y que ya no era necesario al desaparecer la inminencia de la paz, y, por último, de­rrotar a Besteiro, cuyo grupo empezaba a ser numeroso y peligroso.
 
         ¡Y la guerra se prolongó un año más! Un año más de hambre y terror en las ciudades y de quebrantos y derrotas en los frentes de batalla.
 
         En el Comisariado se comentaban todos estos sucesos con muy sabrosas apostillas. Había llegado a tales extre­mos la descomposición roja, que hasta los militares no recataban su convencimiento en la próxima derrota. Solamente los comunistas confiaban en que a última hora acu­diría la U.R.S.S. con unas cuantas divisiones para dar el triunfo final a los rojos españoles.
 
         A mí me parecía interminable aquella agonía. Como cientos de miles de habitantes en la “zona roja”, deseaba ardientemente el final de la guerra, pues estaba convencida de que, por defectuoso que fuese el régimen del general Franco —yo entonces así lo creía—, por lo menos, no tendría aquel desbarajuste y aquel horror que nos atormentaba.
 
         Trabajosamente iba sacando adelante a los míos. Mis pingües sueldos y copiosos suministros se evaporaban entre tanta necesidad albergada en mi hogar; pero yo me alegraba de poder atender y ayudar a todos, y juntos es­perábamos el final de aquella pesadilla con el amanecer del día de la paz.
 
         Al mismo tiempo, en mi espíritu se abría una esperan­za nueva. Era como el descubrimiento de todo el universo, ignorado hasta entonces para mí, y a ello contribuía no poco mi joven amigo Fernando Suárez de la Dehesa, el enamorado al que la guerra había separado de su esposa apenas casados.
 
         Un día, no recuerdo cómo, se suscitó la conversación sobre creencias, y yo declaré, sinceramente, mi absoluta carencia de fe religiosa.
 
         —Hay cosas—dije—que ahora, después de todo lo que he visto y he vivido, no me parecen tan claras como antes. A veces me asalta la duda de que, en efecto, pudiera exis­tir un Dios...; pero en seguida mi razón me indica que ése es un subterfugio de mi sensibilidad, herida por la tragedia ambiente, que desea, que necesita, un asidero para no despeñarse en la desesperación. Nada existe fuera de nosotros y de nuestra fisiología. Todo es fuerza y materia; nada más.
 
         —Fernando me miró muy fijo, y me dijo:
 
         —Pues si nada hay en ti más que fuerza y materia, ¿por qué te das tan malos ratos “materiales” compartien­do nuestras angustias y nuestras privaciones? Mejor te seria darte la buena vida que llevan tus correligionarios. ¿Los crímenes?; ¡Bah! Como no hay nada fuera de nos­otros, el que se muere acaba de sufrir, y en paz.
 
         —Es que, a pesar de todo, yo disfruto haciendo el bien, porque ése es mi deber.
 
         —¿Y por qué es “tu deber”, si con ello te perjudicas materialmente?
 
         —Es un deber hacer el bien, porque el bien es una fuerza positiva que crea y conserva; y es un deber combatir el mal, porque es una fuerza negativa que destruye y aniquila.
 
         —Perfectamente; pero si no hay más que materia, ¿qué te importa a ti el deber ni la conservación de otra cosa que tu propia conveniencia? ¿Que se hunde el mundo? ¿Y qué? “Después de mí, el diluvio”, dijo aquel perfecto materialista que ocupó el trono de Francia; pero tú, por lo visto, no piensas como él.
 
         —No; porque el rey Sol, al que tú te refieres, era un perfecto egoísta, y yo no lo soy tanto. O tal vez lo sea más, pues hago solamente lo que me gusta, aunque me perjudique materialmente, como tú dices.
 
         —Así, reconoces que hay satisfacciones fuera de la materia. Y si es así, declaras que existe algo más que la materia misma.
 
         Yo no contesté. Realmente, no sabía qué decir. Fernan­do continuó:
 
         — Sí, amiga mía; existe algo más que la materia: la parte superior de nuestro ser, hecha a imagen y semejanza del mismo Dios; el alma, que tú tienes hermosa y grande, y que por eso disfruta haciendo el bien. Tienes alma inmortal, hija de Dios, que existe y es espíritu. Cree, amiga mía; cree y espera, y Dios te dará el premio a todo el bien que estás haciendo.
 
         No sé por qué aquellas palabras de Fernando me con­movieron hasta lo más hondo. Yo no quería premio alguno, no lo merecía, pues no hacía más que cumplir con mi deber, y el que cumple con su deber no es bueno ni malo; es, simplemente, como debe ser, y nada más. Sin embargo, aquellas palabras me emocionaron hasta hacerme llorar, Para que no me vieran en la debilidad sentimental de aquel momento, me fui a mi alcoba y me cerré por dentro. Tumbada en la cama, seguí llorando.
 
         ¿Por qué lloraba? No sé decirlo. Encontraba consuelo en aquel llanto. Era como si toda mi vida anterior se diluyese en lágrimas, como si en ellas fuesen todas mis amarguras, lentamente. Al mismo tiempo, me repetía las palabras de Fernando: “Tienes un alma inmortal, hija de Dios, que existe y es espíritu” ; y las de mi madre: “Si quieres creer, creerás” ; y las de mi antiguo profesor de Religión, sacrificado por la horda: “Dios se le revelará, porque Él siempre acude en favor de sus hijos.” Y en aquel momento, antes que la fe, nació en mi la esperanza.
 
         Yo confié en que Dios se me revelaría si era cierta su existencia. Decían las bellísimas palabras del Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.” Pues bien: yo procuraría mantener mi corazón limpio, y así vería a Dios, y cree­ría en Él.
 
         No sé tampoco por qué en aquel preciso momento re­cordé a mi esposo.
 
         Hacia tiempo que no tenía de él noticias directas. San Martín, que alguna vez me veía en el Comisariado, me dijo que había roto con la enfermera Merche, a la que había sorprendido en infidelidad con un torerillo miliciano, y que de no andar ambos listos en la huida lo hubieran pasado mal. Supe después que se había enredado con una mujer de conducta irregular llamada Olga, que había sido campeona de natación, y que con ésta se había ido a Barcelona.
 
         No me afectaron lo más mínimo tales noticias, que me parecían referentes a un hombre extraño por completo a mí.
 
Inconscientemente, llegué a hacer dos personalidades diferentes de mi esposo, en las dos etapas distintas de nuestra vida. Cuando pensaba en “mi esposo” como tal, veía mi recuerdo aquel mocetón robusto, alegre y generoso que había sido mi marido, siempre optimista y decidor, con su simpatía arrolladora y su nobleza de sentimientos, enamorado y cariñoso siempre, y me parecía que había muerto, y lo lloraba en sentimental viudez; y cuando pensaba en “ese hombre”, lo veía tal como se me había presentado en las últimas entrevistas: grueso, pesadote, abotargado, con gesto somnoliento, de mal humor, retraído y tristón, duro en las palabras y cruel en los conceptos. No; aquel hom­bre nada tenía de común con mi esposo. Mi esposo había muerto al irse con las milicias, y el que en su lugar estaba nada podía importarme ya.
 
         Sin embargo, un día, un buen amigo, médico de la Cruz Roja, me dijo que mi marido se había casado con su última querida falsificando documentación. Valiéndose de las últimas disposiciones dadas por el Gobierno republicano para los nacidos en localidades que estuviesen en “zona nacio­nal”, mi marido, que se había puesto como natural de Zaragoza, en poder de las tropas del general Franco desde el principio de la guerra, no podía presentar documentación legal; y con un par de testigos que, aun sabiéndole natural de Valencia y legítimamente casado conmigo, aseguraron ser cierto lo que él decía, cambió su segundo apellido por el segundo de su madre, y se casó con la mujerzuela que en­tonces lo entretenía, en el mismo Juzgado municipal donde se había casado conmigo, años antes, y en el que constaban los nacimientos de nuestros dos hijos, como hijos legítimos de legítimo matrimonio.
 
         Esto no lo pasé. Y no por mí, personal y sentimental­ mente; sino por mis derechos de esposa y por el pundonor de madre de dos hijos. Presenté demanda por bigamia; mas el proceso quedó cortado por la terminación de la guerra.
 
         Las compañeras y compañeros que se enteraron del su­ceso se extrañaron de que lo tomase tan en serio. Aquello, para ellos, dado el ambiente de guerra, no tenía la menor importancia.
 
         —¿Tu marido se te fue con una “fulana”? Enhorabue­na—dijo Margarita, mi mecanógrafa del Comisariado—. Vete tú con otro. Hay por ahí cada comandante nuevo que quita el sentido.
 
         —El amor debe ser líbre—me argüyó Escribano, mi joven secretario, cuando tuvo noticia de lo que me pasaba—. Tú misma dices que ya no quieres a tu marido. Entonces, ¿por qué te molesta que se case con otra? Déjale y haz tú lo mismo.
 
         —Pero ¿y los hijos? ¿Y el hogar, la familia, el honor? ¿Qué perspectiva hay así para cuando la vejez llegue?—argumentaba yo— . Si nos dejamos llevar de las impresiones pasajeras, si no dominamos nuestras pasiones, ¿qué habrá de fundamental en nuestra vida?
 
         Y todos, como puestos de acuerdo, me repetían que mis ideas estaban anticuadas y se debían a prejuicios burgue­ses. El amor era cosa de momento, y al momento, libremente, había que vivirlo. Los hijos pertenecían a la socie­dad, que de ellos debía encargarse; y así, sin las ñoñerías de sensibilidad maternal burguesa, saldrían adelante los fuertes y los débiles sucumbirían, librando al mundo de seres enclenques. En cuanto a la vejez, ¿para qué servían los viejos? Cuanto más pronto dejasen de sufrir, mejor, y más beneficio para la sociedad, a la que los viejos no aportan ventaja alguna.
 
         Tal era el ambiente de libertinaje, con amor libre y teorías de eugenesia y eutanasia, que por fortuna no llegaron a arraigar en el alma española, a pesar de los esfuerzos que para ello hacían los comunistas tipo Moscú.
 
         Yo no podía comprender aquel lenguaje, y herida en mis más íntimos sentimientos de dignidad femenil y familia, seguía mi querella contra la bigamia de mi marido y su última querida.
 
         No volví desde entonces a saber de mi esposo. Si alguna noticia indirecta recibí después, por lo vaga e imprecisa, no valió la pena de tomarla en consideración, ni darle crédito. Ahora, alguna vez lo recuerdo, sobre todo cuando contemplo a mi pequeño José, y lo veo tan igual a su padre. La niña se parece más a mí; pero, en cambio, es la que más me habla de él, pues lo recuerda con ternura, y yo siento una compasión infinita hacia aquel hombre, que era bueno y noble, y tan feliz me hizo y tanto lo fue a mi lado, para luego convertir nuestro amor en una enemistad profunda, incapaz de reconciliación.
 
¿Qué habrá sido de él? ¿Vivirá? ¿Habrá muerto? Si vive, ¿en qué rincón del mundo se hallará, y cuál será su actual existencia?
 
         Sea como sea, yo cultivo en el alma de mis hijos el amor a su padre, del que les hablo siempre con el máximo cariño, como él mereció en aquellos inolvidables días de nues­tra felicidad.
 
         Cuando alguna vez la pequeña Josefina me preguntaba cómo el papá no venía a vernos, le respondía que las obligaciones de la guerra lo retenían, contra, su voluntad, ale­jado de nosotras, y la niña se resignaba melancólicamente a aquella separación.
 
         La vida seguía así, para nosotros, cada vez más dura y triste.
 
         Sólo la esperanza de un tiempo mejor ponía sonrisa en nuestras almas.






 


 
 
 
CAPITULO XVI
 
AL ESCONDITE CON LA MUERTE
 
 
 
Reuniones clandestinas.—Pedrero y el S.I.M.—Villarreal. El “ti­gre” de la retaguardia.—Tarde trágica.—Registro emocionante.— Pedrero, mi protector.
 
 


 
         Desde que Josechu y Crecente supieron que mi marido se había ido a Barcelona, aumentaron el número y la frecuencia de las visitas de sus amigos y había veces que entre los amigos de uno y los del otro llenaban las amplias habitaciones que teníamos destinadas a despacho y biblioteca.
 
         No hacía falta ser muy lince para sospechar el carácter de aquellas reuniones; pero me dolía la falta de franqueza de mis protegidos, por lo cual, una tarde, después que se habían marchado los visitantes, presenté claramente la cuestión a Josechu, quien me confesó que, efectivamente, en mi casa se reunía la Falange clandestina; mas, si yo no lo permitía, de allí en adelante no volverían.
 
         —Al contrario—repliqué—; yo quería tener la certeza de estas reuniones, para tomar mis medidas y protegeros mejor.
 
         —¿Te ha convencido nuestra doctrina?—me preguntó.
 
         —No es eso, precisamente; comprende que ni espiritual ni ideológicamente se puede caminar a saltos. Después de un desengaño, hace falta un período de reposo antes de creer nuevamente, ya sea el desengaño amoroso, ya político; pero sin ser una convencida falangista sé que lo vuestro es orden, legalidad, Patria, y estoy decidida a ayudaros contra este caos, esta anarquía y esta negación de todo valor hu­mano. Así, puedes decir a tus amigos que estoy dispuesta a lo que necesiten, sin reparos ni límites.
 
         —¿De verdad, tanto?—preguntó Josechu, midiendo bien el alcance de mis palabras.
 
         —Mi promesa es firme, y nada más—le afirmé.
 
         Josechu me abrazó emocionado, y a la tarde siguiente me presentó a los amigos Pío Miguel Irurzun Goicoa, José Luis. Rodríguez Poinatta, Farfán de los Godos, Felipe Lá­zaro Marigil, Miguel Sánchez Bordona, y varios más, cuyos nombres no recuerdo, y que formaban el cuadro de mandos de la Falange clandestina, de la que era Jefe de Segunda Línea el mismo Fernando Suárez de la Dehesa, según entonces me enteré.
 
         Me brindé a ellos incondicionalmente, y el más efusivo fue Fernando, que a todo trance quería hacer de mí una falangista. Para ello, me dio el puntuario de Falange Es­pañola, redactado por José Antonio.
 
         —¿Qué te parece?—me preguntó cuando lo hube leído.
 
         —Que José Antonio ha debido asistir a no pocas asam­bleas de la Casa del Pueblo. Ha recogido lo mejor de lo nuestro, lo ha perfeccionado, fundiéndolo con la doctrina de las JONS, y con su propio genio puso lo demás, hasta completar este programa revolucionario.
 
         —¿Te has convencido?—insistió Fernando.
 
         —De la necesidad de una revolución social, lo estoy desde que razono. De lo demás... Estoy decepcionada del mar­xismo; pero sigo siendo demócrata. Nunca estaré confor­me con la indiscutibilidad de los jefes, pues para ser infa­libles necesitarían ser dioses, o estar asistidos por Dios mismo.
 
         —La función de mando es augusta y semidivina.
 
         —Esa es la teoría que usaron los déspotas para impo­nerse.
 
         —Tú prefieres la democracia—replicó Fernando, un tanto molesto—. Te parecerán inmejorables los sistemas de sufragio universal, las asambleas de masas, los sindicatos de base y demás tramoya, que tan "excelentes resultados” nos han dado, ¿no es así?
 
         —Ni mucho menos—repuse—. Yo prefiero una democra­cia razonada y razonable, con un tipo de sufragio cualitativo mejor que cuantitativo^ La teoría de “un hombre, un voto”, es absurda, pues es tanto como valuar igualmente el voto de un analfabeto y el del presidente de la Academia de Ciencias morales y Políticas, pongamos como persona honorable y preparada. A mi modo de ver, podría darse a cada hombre un valor intrínseco, como ente humano, y sobre ese valor ir sumando los que le dieran sus títulos y méritos. Por ejemplo, el maestro, el perito, el bachiller, tendrían un punto más sobre su valor inicial; el académico, el doctor, dos, tres, y así proporcionalmente, lo mismo en lo social y moral; el padre de familia tendría un punto más que el célibe, y el analfabeto, el sin profesión y el ma­leante, quedarían descalificados y desposeídos, por tanto, del derecho de sufragio.
 
         —Es que, en esa forma, no se regiría el país según el criterio de los más, sino de los mejores.
 
         —¿Y no es eso lo que aconseja la razón? ¿Es que, acaso, es lógico que un grupo de políticos legisladores y moralistas, se incline ante otro grupo de ignorantes o depravados y le diga respetuosamente; “Lo que usted pretende es ab­surdo; pero como ustedes son, en número, más que nosotros, sea lo que ustedes quieren, aunque la nación se arruine.” Eso es un disparate.
 
         —Conforme; pero es que la democracia es el disparate mayor de la Humanidad.
 
         —¿Aun como yo te la presento?
 
         —Es que eso no es puramente democracia. Lo que tú dices no tiene de democracia Sino el nombre que quieres darle.
 
         —Sí que es democracia lo que yo comprendo; no al estilo bárbaro de nuestros milicianos, que entienden la igualdad convirtiendo en miserables a los poderosos y vistiendo con las ropas de las duquesas a las pobres rameras de barrios bajos. Razonablemente, con lógica, es democracia ese sistema, porque en él gobierna el “demos”, al que se consulta y cuya opinión se tiene en cuenta, aunque contrape­sada por la opinión de las clases elevadas.
 
         —Que serían, en definitiva, las que gobernasen.
 
         —Sí, pero con la aquiescencia de una mayoría nacional consciente, que sabría elegir a los mejores., es decir, a una aristocracia en el puro sentido helénico, en la que se aunasen el saber y la moral con las dotes de gobierno.
 
         —Y una vez que hubieras investido de autoridad a los más sabios y buenos, ¿permitirías que una masa ignara e inmoral los enjuiciase?
 
         —Por sabios y honrados que sean los hombres están sujetos a errores. Además, la masa que los enjuiciase no sería ignara ni inmoral, pues en ella estarían todos los valores del país, con su valuación proporcionada.
 
         Aún continuamos discutiendo nuestros puntos de vista, sin lograr convencernos mutuamente, pues Fernando siguió inconmovible en su disciplina falangista y yo aferrada a mis teorías democráticas; mas, a pesar de esta discrepancia, yo estaba decidida a ayudar a la Falange Española, que, aun no siendo para mí un sistema perfecto, era mil veces preferible al caos criminal que padecíamos.
 
         A partir de entonces, mi casa fue el “cuartel general” de la "segunda línea”, donde se citaban, se reunían, cam­biaban impresiones y guardaban papeles y uniformes los camaradas de la Vieja Guardia, a los que muchas veces he proporcionado información copiosa, y creo que eficaz.
 
         Una mañana me visitó en mi oficina Ramón Hervás, comisario del III Cuerpo de Ejército, para invitarme a una concentración de alcaldes de los pueblos serranos. Se trataba de organizar las faenas del campo, que constituían un verdadero problema por la movilización, casi total, de los campesinos. Quería que yo escuchase la opinión de los alcaldes rurales para orientar una campaña de propaganda que decidiese a las mujeres a ocupar los lugares que los hombres abandonaban por empuñar las armas, como se estaba haciendo en las capitales, donde las mujeres sustituían a los hombres casi en absoluto.
 
Acepté. La concentración se efectuó en el bellísimo castillo de Manzanares la Real, más conocido por La Pedriza, magníficamente conservado y convertido por Hervás en “Hogar del Combatiente".
 
         Los alcaldes expusieron sus inquietudes, ante el peligro de que aquel año se repitiese la tragedia del anterior, en que quedaron malogrados esfuerzos y cosechas. En verdad, se había logrado la movilización de las mujeres, en sustitución del campesino combatiente; pero, al decir de los reunidos, las mujeres habían hecho más daño que el pedrisco, pues desconocían hasta los más elementales procedimientos de la siega y la trilla y no sabían ni preparar el condumio ni lavar las ropas de quienes trabajaban de verdad.
 
         Yo propuse una fórmula que, por unanimidad, fue acep­tada. Se movilizarían las mujeres también aquel año, puesto que no cabía otra solución; pero no se aceptarían sino aquellas voluntarias que ofreciesen garantías de eficiencia. Había que conseguir se incorporasen al trabajo agrícola las mujeres evacuadas, procedentes de los pueblos del cinturón de Madrid ya en poder de las tropas nacionales. Para esto, en la Prensa y en la radio se exhortaría a esas mujeres a sumarse a un trabajo que les era familiar y del cual podría depender el final de la guerra, ya que sin víveres no era posible la resistencia.
 
         Así se acordó, y allí mismo diseñé un cartel que luego se fijó en todas las esquinas de Madrid, cuya leyenda era: “mujeres campesinas, a la siega”, y sobre un fondo de trigos maduros, se veían rientes muchachas segadoras, mientras por una carretera lejana marchaban los soldados en columna.
 
         Al acto del castillo de Manzanares asistieron todos los jefes y jefecillos militares y políticos de la zona. Allí estuvo el comisario jefe, Piñuela; el gobernador civil, Gómez Osorio; el alcalde de Madrid, Rafael Henche, y el jefe del S.I.M., Ángel Pedrero.
 
         Este se me acercó en el patio del castillo, cuando ya nos íbamos, y me invitó a contemplar el paisaje soberbio desde un altozano. La augusta serenidad del campo castellano, con su luz diáfana y su purísimo cielo, me cautivó. Allá abajo, en la vega, unos potros pastan plácidamente, junto a una laguna. Lejos, se oía el tronar intermitente del ca­ñón. Era lo único que recordaba la guerra en aquella calma mística, solemne.
 
Permanecimos en silencio breves momento, al cabo de los cuales Pedrero me preguntó, sin dejar su aire semi-distraído:
 
         —¿Sabes si en los alrededores de tu casa se reúne gente sospechosa?
 
         —Lo ignoro—respondí con aplomo—. Ya comprenderás que con tantos “enchufes” sobre mí, apenas si paro en casa.
 
         —Pues sí; mis hombres han visto por allí, varias veces, grupos “derechoides”.
 
         —No me sorprende; tenemos tan minada la retaguardia...
 
         —Precisamente por eso no debemos consentir que nos devore esa polilla—dijo Pedrero, y añadió, cambiando de tono—. ¿Quieres trabajar conmigo?
 
         —¿Yo, policía? ¡Vamos, Ángel! Ten formalidad. Ya ves qué sagaz soy, que me dejé engañar por mi propio ma­rido. A mí no me saques de escribir y hablar, que es para lo único que sirvo.
 
         —Bien; cada uno tiene sus principios. No quieres ser policía, como dices, y allá tú. Ahora bien: ándate con cuidado. Y mira que te aviso, cosa que no hice con nadie ni volveré a hacerte jamás.
 
         —¿Por qué me hablas así?—pregunté sorprendida, aun­ que sin dejar traslucir mi inquietud, que era grande.
 
         —Tú lo sabes y yo también. No hablemos más de ello. ¿Tienes coche para regresar a Madrid?—preguntó, con un nuevo cambio de tono.
 
         —Sí; he traído el del periódico.
 
         —Te hubiera llevado en el mío; pero si has traído coche, te dejo. Tengo mucho que hacer.
 
         —Yo voy a despedirme de Piñuela y de Gómez Osorio —le dije.
 
         Sin cruzar más palabras llegamos hasta el castillo, donde Pedrero tomó su coche, de regreso a Madrid, y yo quedé saludando, en despedida, a mi jefe, al gobernador civil y a Ramón Hervás, que nos había hecho los honores bas­tante bien.
 
         Las palabras de Pedrero me inquietaron. Sin duda, él sospechaba de mí. No podían ser más que sospechas, pues de lo contrario no me hubiese perdonado, y decidí estrechar mi trato con él para enterarme a fondo de su disposición de ánimo hacia mí y tomar precauciones; mas, para esto, era preciso un pretexto.
 
         Se me ocurrió hacerle una interviú para el diario. Ese podía ser el gran motivo para iniciar una nueva etapa de nuestra amistad que me permitiese acudir con frecuencia a la tertulia que, a la hora del aperitivo, se reunía en su despacho, disfrutando de su bien surtido bar privado.
 
Al mismo tiempo, nosotros procuraríamos ser más cautos. En vez de venir a mi casa en grupos, como lo hacían los amigos de Josechu, acudirían a las reuniones de dos en dos o de uno en uno, para no despertar las sospechas de los esbirros del S.I.M., y en lo demás procederíamos según las impresiones que yo sacase de mis charlas con Pe­drero y sus secuaces.
 
         Consecuentemente con estos propósitos, al día siguiente fui a ver a Pedrero para hacerle unas preguntas con destino a La Voz del Combatiente, que yo dirigía. Fui al medio­ día, llegaron los amigos, y entre sorbo y sorbo de una bien preparada combinación, Pedrero me fue describiendo la his­toria del S.I.M. y haciéndome resaltar sus parecidos y diferencias con la G.P.U. rusa, la Gestapo alemana y el Servicio Secreto japonés, que, según él, era el más perfecto.
 
         Estas declaraciones, debidamente comentadas y esmalta­das de elogios a la labor investigadora del S. í. M., fueron publicadas en mí diario y reproducidas, por orden mía, en toda la prensa militar, cosa que me logró la gratitud de An­ gel Pedrero, y a partir de entonces, fui una de las habituales a su tertulia del mediodía en su bar privado.
 
         Un día en que nos hallábamos solos Pedrero, Moraleja y yo, suscité la breve conversación que sostuvimos en el cas­tillo de Manzanares y le dije, en tono confidencial:
 
         —Era a mi casa a donde iban entonces, de vez en cuando, los elementos “derechoides” que vieron tus hombres; pero no a conspirar, ni mucho menos, sino a visitar a mis hermanos y a mis primos, que viven conmigo, y a fumarse el tabaco rubio que llevo del Comisariado. Vosotros sabéis que mi padrastro es un aristócrata, que huyó, no porque se hu­biera metido jamás en líos políticos, sino por pura cobar­día. Mis hermanos son lo suficiente tontos para no sentir tampoco la menor inquietud ideológica; pero, por su posición social, tienen amigos entre los que se encuentran ele­mentos derechistas. Después de nuestra entrevista en Man­zanares, yo puse coto a tales visiteos y ahora sólo de tarde en tarde vienen a casa gentes de esa clase. No me interesan.
 
         —Pues estuviste a punto de liarte—dijo Moraleja—. Y gracias a Ángel, que más de una vez paró el golpe, no subieron trincaros.
 
         —Yo tengo confianza en Regina—dijo Pedrero—. Además, la gente que iba a tu casa, aunque sospechosa de derechismo, no era de la fichada como francamente desafecta al régimen.
 
         —Ni yo consentiría que tales elementos entrasen a mi casa, por muy amigos que fuesen de toda mi familia—re­pliqué.
 
         Después de esta sensacional conversación mi amistad con Pedrero entró en una fase de franca intimidad. Si alguna sospecha contra mí tenia, la debió desvanecer por completo, pues con frecuencia me hacía confidencias valiosas de servicios que proyectaba, y que yo, inmediatamente, utilizaba en favor de mis amigos.
 
         Un día me dijo:
 
         —Hoy te vas a divertir con unas cosas que voy a ense­ñarte. Esta gente no sabe trabajar clandestinamente. Mira lo que han hallado mis hombres en un registro.
 
         Y me mostró unos pergaminos miniados, en los que constaban los nombramientos de jefes de centuria de la Falange Española, a favor de unos señores cuyos nombres procuré conservar en la memoria para transmitirlos a mis amigos, a fin de que avisasen a los nombrados y se pusiesen en salvo.
 
Celebré la actividad de los agentes del S.I.M. y la torpeza de los falangistas, cuyo entusiasmo por la causa les hacía conservar pruebas de sus actividades políticas de otros días, pues, sin duda, tales nombramientos procedían del breve tiempo en que la Falange tuvo vida legal, durante el gobierno de Lerroux y la C.E.D.A.
 
         Aquella tarde me despedí de Pedrero antes de lo acostumbrado, y en vez de ir a comer al Comisariado o a “Jaca” me fui a mi casa, donde comuniqué a Josechu el peligro en que se encontraban aquellos amigos, no sin antes armarles una gran bronca por la imprevisión de conser­var tales documentos al alcance de un registro policiaco.
 
         Otra tarde, Pedrero, a solas conmigo en su despacho, sacó de la caja fuerte empotrada en la pared una pequeña caja de acero, que me puso en las rodillas.
 
         —Ábrela—me dijo—y verás un tesoro de “Las mil y una noches”.
 
         Abrí la caja y me deslumbró el centelleo de cientos de piedras preciosas que la caja contenía. Brillantes, rubíes, esmeraldas, zafiros, de todo había en ella en preciosa con­ fusión.
 
         Son las reservas que tenían los facciosos de la “quinta columna” escondidas en la Embajada de Turquía—me aclaró Pedrero—. Mis hombres lo supieron, y aquí están. ¿Te gusta alguno de esos pedruscos?
 
         —Me gustan todos—respondí sincera.
 
         —¡Mujer!... ¡Todos... es un exceso! Pero si eliges uno, tuyo es.
 
         —¿No los tienes inventariados?
 
         —No. Se levantó un acta y se contaron los granos; pero no están calibrados ni pesados siquiera, y uno más o menos puede faltar por error en el recuento.
 
         —Gracias, Ángel; no soy aficionada a las joyas. Me gustan las piedras porque son bonitas; pero no hasta el ex­tremo de comprometerte por llevarme una.
 
         —¿Te importaría mucho comprometerme?—me pregun­tó, mirándome muy fijo.
 
         —Mucho más que llevarme uno de esos pedruscos—le respondí, evasiva.
 
         —Pues a mi, un capricho tuyo me importa más que to­dos los compromisos—replicó en tono cálido.
 
         —¡Camarada jefe del S.I.M.!...—dije, intentando dar a mis palabras acento de comicidad burlesca; pero él me interrumpió:
 
         —En estos momentos el jefe del S.I.M. y el hombre están a tus pies.
 
         —Ángel—le dije con seriedad—, muchas veces me ase­guraste que tu afecto por mí se debía al parecido que me encuentras con tu madre. Yo me confié en esto, y ahora me hablas en una forma que me hiere.
 
         De nuevo me interrumpió:
 
         —Y tú, tan culta, que has leído tanto, que conoces a Freud, ¿te sorprendes de hallarte ante el “complejo de Edipo”? Sí; a veces, me recuerdas a mi madre; pero eres joven, eres guapa, sugestiva, y yo soy un hombre...
 
         —Demasiado impresionable—le interrumpí a mi vez—. Te dejo, Ángel, y lamento que me hayas hablado como lo has hecho.
 
         —¿Te vas?
 
         —Sí.
 
         —¿Volverás?
 
         No lo sé. De ti depende.
 
         —Pero escucha—insistió—. ¿Qué te impide ser feliz conmigo? Yo te quiero...
 
         —No sigas; demasiadas mujeres hay en tu vida para que a mí me halague ser una más.
 
         —Tú no puedes ser una más, porque eres diferente a todas.
 
         —Si; como la corza que tienes en el jardín de tu casa, que según dices, te agrada porque es un animal diferente a los que hay en los demás hoteles del vecindario.
 
         —¡Qué cosas dices!
 
         —La verdad. Bueno, Ángel; adiós. Se me hace tarde.
 
         —¡Pero, al menos, amigos, ¿verdad?
 
         —Te repito que de ti depende.
 
         —¿Vendrás mañana?
 
         —No lo sé.
 
         —Ven, y así me demostrarás que no estás enfadada.
 
         Fui al día siguiente, y, conociendo la disposición de ánimo de Pedrero hacia mí, supe utilizarla en beneficio de mis amigos de Falange Española, que en mi casa seguían reuniéndose.
 
         Un día me invitó a comer con él. De sobremesa, me preguntó:
 
         —¿Siguen viviendo contigo tus hermanos?
 
         —¡Si fueran sólo mis hermanos!...—lamenté—. Viven conmigo mi madre, mis hermanos, mi prima Carmen, Mariquiña y Loli; mi primo Josechu, mis tíos Vicente y Marina, con sus hijas Clarita y Ana Mary; mi tía Pilar, mi tía Isabel y dos criadas, que son Ángeles y Marcelina. ¿Qué te parece?
 
         —Demasiada gente. Además, tu familia es de derechas, ¿verdad?
 
         —De todo hay; pero son platónicos. Tienen demasiado miedo para meterse en nada. La única arma-danzas de la familia soy yo.
 
         —Pues tu tío Vicente ha estado en la cárcel.
 
         —Sí, por equivocación. Ya ves cómo lo soltaron en seguida—dije con aplomo fingido, pues ignoraba las referencias que Pedrero podía tener acerca de las actividades de Crecente.
 
         El jefe del S. I. M. continuó:
 
         —Debes decir a tu familia que depure sus amistades, y tú misma vigilarlas bien. Me han vuelto a decir que frecuentan tu casa elementos poco adictos.
 
         —No lo creo; pero, de todos modos, seguiré tu consejo, que te agradezco.
 
         —¡Ya ves cómo soy contigo! A nadie cedería yo. ¡A nadie! Pero contigo soy débil. Y tú ni siquiera te enteras.
 
         —Sí que me entero, Ángel, y te lo agradezco—le dije, reconocida.
 
         No quise que mis amigos de Falange supieran nada de las sospechas del S.I.M., por no inquietarlos y porque no pensasen que era un ardid mío para eludir la protección que les dispensaba; pero aquella noche no pude dormir, pensando qué medio utilizaría para ponernos a cubierto de sospechas y seguir viviendo lo mismo.
 
         La Divina Providencia vino en mi auxilio.
 
         Al día siguiente, en el Comisariado, el comisario de Intendencia, Pascual Villarreal, se lamentó de estar mal alojado, con una familia que, tras explotarlo en víveres y dinero, apenas le atendía, y nos preguntó si sabíamos algún sitio adecuado para irse a vivir.
 
         —Mi misma casa—le brindé, decidida—. Es cierto que ya somos muchos; pero el caserón es grande, y estrechándonos un poco, te puedo ceder un despacho muy amplio y una alcoba contigua, bastante espaciosa también. Tú pue­des ir a ver las habitaciones, y si te gustan, ven a casa. Otra cosa no puedo hacer.
 
         Pascual Villarreal fue a mi casa, y convenida la cantidad que había de abonar por alquiler y servicio, quedó en trasladarse al día siguiente para vivir con nosotros, pre­via presentación de toda la familia.
 
         Josechu, Crecente y Fernando hallaron magnífica mi decisión. El comisario de Intendencia tenía una bien ganada fama de crueldad en la retaguardia, que hacía intangible la casa donde viviera. ¿Quién podría sospechar que se reuniese la Falange clandestina en el domicilio de un “tigre” de los “paseos”? El único inconveniente sería la necesidad de extremar las precauciones, aprovechando para, las reuniones las horas en que el comisario no estuviese en casa, que eran las más del día, y utilizar solamente la escalera de servicio para evitar fatales encuentros. Cumplir estos requisitos, no ofrecía mayores dificultades.
 
         El elemento femenino de casa también se alegró, ante la perspectiva de un buen suministro, que vendría a refor­zar nuestra despensa, y sólo mis hermanos protestaron del nuevo huésped.
 
         Comodones, un tanto egoístas y enemigos de arriesgarse, ya habían refunfuñado cuando Josechu vino a vivir con nosotros, señalando el compromiso que para todos seria albergar a un falangista recién excarcelado, protesta que se renovó con cada refugiado que en casa entraba, y, entonces, ante la idea de convivir entre la Falange clan­destina y uno de los más crueles jefes rojos, se esforzaron en convencerme, como si yo no los conociese, de los gravísimos peligros a que todos nos exponíamos; pero no consiguieron que variase mis propósitos de traer a casa, a Villarreal y seguir en todo lo mismo.
 
         —Esto es jugar al escondite con la muerte—decía mi. hermano Gustavo.
 
         —Como si no se arriesgase bastante el pellejo en los continuos bombardeos que sufrimos—añadía Máximo.
 
         Mas, a pesar de estas protestas, Villarreal vino a vivir con nosotros y los amigos de Falange Española continua­ron celebrando sus reuniones en mi casa.
 
         En marzo de 1938 falleció mi padrastro, en la casa donde se hallaba refugiado, en la calle de Argensola, acogido por la viuda de un sobrino suyo. Mi pobre madre estaba desolada, sobre todo, por no haber podido acompañar a su esposo en sus últimos momentos, y mis hermanos se mostraban apuradísimos, pues no encontraban ataúd para el cadáver de su padre ni coche para acompañarlo hasta el cementerio; tal era la penuria con que entonces se vivía y se moría en el Madrid rojo. Al fin, poniendo en juego amistades y recomendaciones, se consiguió un féretro pintado de negro, máximo lujo entonces, y un taxi en que llegar a la sacra­mental del Este, donde fue inhumado el cadáver.
 
         No podíamos decir cuál era la causa de nuestro pesar, imposible de mantener oculto del todo, pues habíamos dicho a los esbirros que ignorábamos el paradero de mi padrastro, y Villarreal notó algo extraño cuando le dije que habíamos tenido noticias de que en un pueblo cercano había muerto una hermana de mi madre, a la que queríamos mucho, sobre todo, al ver el riguroso luto que a la supuesta tía guardábamos y lo persistente del dolor que su muerte nos causaba.
 
         Suponiendo, o más bien presintiendo, que había en nosotros algo que no estaba claro, estrechó su trato con toda mi familia, especialmente con Josechu, al que muchas ve­ces visitaba en su cuarto, a pesar de que, para evitarlo, yo le había dicho que mi primo estaba tuberculoso, cosa que casi hacía creer la extrema delgadez de Urquiza por entonces.
 
         Aquella tarde llegó Villarreal a casa antes de la hora acostumbrada. Afortunadamente, yo me encontraba allí, como casi siempre que los amigos estaban reunidos.
 
         —Avísalos en seguida y que se vayan por la escalera de servicio; pero que no salgan a la calle todos juntos, por si hay vigilancia—dije a mi prima Mariquiña, mientras yo entretenía a Villarreal en su despacho, donde había entrado a dejar la cartera de papeles que siempre llevaba.
 
         —¿Está en casa tu primo?—me preguntó.
 
         —Creo que sí—le respondí—, pues ha pasado mala noche, con mucha fatiga. No debieras visitarlo tanto; ya sabes que está mal del pecho. Por eso lo tengo aislado en esa habitación. ¡Con lo que eso se contagia!...
 
         —¡Bah, esas son tonterías!—replicó el comisario—. Lo que ha de pasar, pasa, por muchas precauciones que se to­men. Además, me parece a mí que la enfermedad de tu primo es una disculpa para no empuñar el “chopo”. Tiene una pinta de “blanco” que no puede con ella.
 
         —No lo creas—protesté—; está bastante mal, el pobre.
 
         Y de cobarde no tiene nada. En el sitio de Bilbao se batió como un león. Luego, hay que ver lo que pasó hasta lle­gar a nuestra zona para unirse a nosotros. Tuvo que dar la vuelta por Francia. ¡Figúrate sus apuros!—dije, muy convencida de la realidad de aquella novela heroica de que estaba haciendo protagonista a Josechu—. Ahora—añadí—, toda su preocupación es encontrarse enfermo y no poder ir al frente.
 
         —Voy a charlar un rato con él y convidarle a unas copas —dijo, cogiendo una botella de coñac que había traído y enfilando el pasillo en dirección al cuarto de Josechu.
 
         Yo me fui tras él, reclamando:
 
         —Y para mí, ¿no habrá otra copita?
 
         En el cuarto de Josechu estaba Mariquiña y su madre.
 
         Villarreal entró tan dicharachero como siempre, tomó., asiento en la cama turca, descorchó Ja botella, llenó unas copas que yo había dispuesto y señalándome, dijo:
 
         —Esta me contó cómo te batiste en Bilbao y las penas que pasaste hasta llegar a nuestra zona, a través de Francia.
 
         —No tiene importancia—protestó Josechu, poniéndose en situación—. Cada uno hace lo que puede.
 
         —Dímelo a mí—afirmó Villarreal—. A mí no me tocó pelear en los frentes; pero 1o que es en la retaguardia...
 
         —¡Ya, ya!—dijo Josechu—. Bien sentada tienes tu fama. Todos sabemos quién es Villarreal.
 
         —Tú también habrás hecho lo tuyo—replicó el comisario.
 
         —¡Hombre, cuando se terció, cumplí!
 
         —Pues yo más que cumplir. Allí donde sabía que había un “facha”, allí me tenías con mi gente. Pregunta, pregunta por ahí, y verás lo que de mí te dicen. No me dejé nunca impresionar por nada ni por nadie. Ni aun en mi pueblo, donde todos nos conocíamos.
 
         —Pues eso debe costar mucho—intervine yo—. Conociendo a las personas, tratándolas, debe dar algo de reparo quitarles la vida.
 
         —Sí, algo de eso pasa—admitió Villarreal—. Sobre todo, cuando no se han tenido disgustos con ellos. Pero yo siempre fuí entero. Aún me parece verlos ahora a algunos de ellos, de rodillas al borde de la cuneta, pedirme, con lágrimas en los ojos, por Dios y por mis hijos, que les perdonase la vida. Y yo les decía: “Muere, perro”, y les vaciaba el cargador en 1a nuca. Si se contasen los que mandé al otro mundo, serían cientos. Sólo la sospecha de que eran facciosos me bastaba para ir “a por ellos”.
 
         Josechu vació de un sorbo la copa que tenía delante.
 
         Mis primas se miraron horrorizadas. Villarreal lo notó y les dijo, riendo a carcajadas:
 
         —¡Mira las cursis éstas, cómo se espantan! ¡Buenas erais vosotras para hacer lo que muchas compañeras, que venían con nosotros y ellas mismas daban los tiros de gracia!
 
         Yo salí al paso de la situación:
 
         —Has de comprender—dije al comisario—que hasta ahora las mujeres no se habían metido en estos trotes, salvo alguna que otra como yo, y para eso en tiempo de paz, que es muy diferente. Ya ves; a mí no me tenéis por cobarde y, sin embargo, para eso no serviría; no tendría valor.
 
         —Porque tú eres una sentimental. Tienes que reconocerlo. Yo, no; yo soy duro como un tigre, y sea quien sea, arreo con él.
 
         —A eso debes lo mucho que se te estima—afirmé—. A la limpieza que has hecho en la retaguardia. Si hubiera muchos como tú, ya se habrían acabado los “fachas” y la “quinta columna”.
 
         —Tenlo por seguro—afirmó, muy ufano, Villarreal, y dirigiéndose a Josechu, le preguntó—: ¿Con quién estuvis­te en Bilbao?
 
         —Con García y un Torrijos—intervine yo— y luego aquí no hizo nada, porque llegó tan delicado de salud que, mientras no se reponga un poco, no le dejan actuar.
 
         —¿Quién no le deja?
 
         —¿Quién ha de ser? Los médicos.
 
         —¡Bah, los médicos!; ¡Cualquiera hace caso de los médicos!...—dijo Villarreal.
 
         —Eso mismo digo yo—afirmó Josechu, pálido de ira—. Ni estoy tan mal ni mucho menos. Ya veréis cómo, tan pronto me sea posible, me incorporaré al frente, a luchar con los míos, contra los asesinos y los bandidos.
 
         Hablaba Josechu con una exaltación que nos dio miedo a mis primas y a mí, que suponíamos el estado de ánimo en que debía hallarse; pero Villarreal, interpretándolo a su manera, lo aprobó:
 
         —Di que sí, hombre; di que sí. Contra esos asesinos fascistas hay que ir, aunque sea echando el alma por la boca. Para reponer fuerzas, toma; bébete esa copa más.
 
         Josechu rehusó y yo me bebí la copa servida por Villarreal. Mis primas se retiraron. Según después me dijeron, no podían soportar la trágica violencia de aquella situación. Yo continué con los dos hombres, haciendo más quites que un peón de brega en tarde grande, y, al fin, Villarreal se marchó, cesando el tormento de su terrible visita.
 
         —¡Bandido!—exclamó Josechu—. ¡Y aún se atreve a insultarnos! Ya las pagará. ¡Cientos de muertos!... Ya te lo dirán a ti.
 
         —No te exaltes—aconsejé—; puede volver y es preciso disimular.
 
         —No sé si podré. ¡Con qué placer refería sus asesinatos! ¡Hiena! Estuve a punto de saltar sobre él y estrangularlo.
 
         —Ya me di cuenta, y buen susto me hiciste pasar, pensando no sólo en ti, sino también en los demás camaradas. Hoy no se percató de nada; pero cualquier día podemos tener un disgusto. Debes dominarte más.
 
         —No es posible. Demasiado es tener que callar ante tantas cosas.
 
         —Todo es posible y nada es demasiado cuando se trata de defender la vida y la libertad de unos hombres que un día serán la salvación de España, y de ayudar, en lo posible, a los que vienen a salvarnos del dominio de estos forajidos. ¡Si tú supieras lo que yo tengo que disimular y cómo lo consigo, poniendo la mirada en los sufrimientos de mi Patria y en su porvenir...
 
         —Tú eres mujer, y a las mujeres os es más fácil el disimulo.
 
         —Cierto; pero por eso será mayor tu mérito. No te pido que finjas, sino que disimules y calles, pase lo que pase y oigas lo que oigas. Nada más. Te lo pido por España y por nuestros amigos.
 
         —Por España y por ellos no hice hoy una locura. Por España, por la Falange, por ellos y por ti, pues nada ganaríamos con eso; pero ya llegará el día de la justicia, y entonces...
 
         Josechu se interrumpió. En la puerta de servicio, casi contigua a su cuarto sonó la contraseña de los amigos. Salí a abrir y me encontré a Fernando.
 
         —¿Cómo vuelves sin avisar?—le pregunté.
 
         —Es que traigo un recado urgente. ¿Está Josechu?
 
         —Pasa. Yo me voy al comedor. Si me oís cantar el Him­no de Riego, es que viene el ogro y tú debes irte en seguida. Si os da tiempo, que Josechu te cuente la angustia que acabamos de pasar.
 
         Pudieron los amigos conferenciar tranquilamente, por­que Villarreal se metió en su cuarto, del que ya no salió hasta el día siguiente, muy de mañana. Fernando se fue bien entrada la noche, y tras él salí yo para mi trabajo del periódico.
 
         La impresión de aquella tarde perduraba en mí. La ten­sión a que había sometido mis nervios me dejó agotada, y hasta Escribano, mi secretario, me notó distraída, como ausente de mi labor de todas 1as noches.
 
         La sensación de riesgo inminente me hizo decidir que, mientras celebraban mis amigos sus reuniones, yo debía permanecer en casa, a pesar de que mis primas ya tenían instrucciones de cómo habían de proceder, en caso apurado, valiéndose de la escalera de servicio y la salida por el patio interior; pero yo no estaba tranquila, pensando que en mi ausencia podría ocurrir una desdicha. Así, de allí en adelante, todas las tardes en que se reuniese la Falan­ge, procuraría yo estar en casa y ser quien abriese la puerta de la calle.
 
         Una de esas tardes fueron llegando Felipe Lázaro Marígil, José Luis Rodríguez Pomatta, Pío Miguel Irurzun Goicoa, Farfán de los Godos, Sánchez Bordona, Suárez de la Dehesa y no recuerdo si alguien más, que reuní en la biblioteca, por ser más amplia que el cuarto de Josechu.
 
Yo quedé en el vestíbulo, leyendo, y apenas llevaban un cuarto de hora reunidos los falangistas, cuando en la es­ calera sonó ruido de botas milicianas, acompañados del retumbar de las culatas de los fusiles sobre el pavimento, sonido que a los “milicias” placía sobremanera.
 
         Los que subían se pararon ante mi puerta y llamaron con largo timbrazo.
 
         —Mariquiña—llamé a mi prima—, vienen “milicias”. Avisa a los amigos y sácalos por la escalera interior. Que tengan precaución al salir a la calle.
 
         Nuevo timbrazo y golpes de culata en la puerta del piso.
 
         Esta vez acudí presurosa y, a través de 1a mirilla, les pregunté a quién buscaban y qué querían.
 
         —Venimos a un registro—respondió el jefe, que era un teniente miliciano.
 
         —¿Un registro?—dije, siempre a través de la reja, sin abrir la puerta—. ¿No sabes que aquí viven el Comisario de Intendencia de la zona y la Jefe de Propaganda y Prensa del Comisariado? Los dos tenemos categoría de coronel, y no siendo un compañero de igual o superior graduación, aquí no registra nadie.
 
         —Por encima de todas las categorías está el S.I.M. —replicó el jefe—. Conque abre, compañera; no vayamos a tener un disgusto sin necesidad.
 
         Mientras hablaba con las milicias, yo veía pasar apresuradamente, por un corredor lateral, las sombras de los amigos, que se iban hacia la escalera de servicio. Seguramente harían lo de siempre que había alguna alarma: pararse en el portal interior e irse en parejas, espaciadamente, por si había vigilancia en la calle. Cuando supuse a to­dos fuera del piso, abrí la puerta a las milicias.
 
         —Parece que tienes miedo al registro—dijo el jefe. Sin contestarle siquiera, adoptando aire de autoridad, dije:
 
         —¿Se puede saber a qué obedece esto, teniente?
 
         —Es pura fórmula—aclaró, cambiando de tono—. La cuestión de los colchones. Ya sabes que está prohibido tener más de uno por persona, pues se necesita lana para confeccionar ropas de abrigo para nuestros combatientes.
 
         —Comprenderás que, siendo quienes somos los que en esta casa vivimos, no hemos de sabotear las disposiciones del Gobierno—le repliqué.
 
         —Por eso no debe importarte que registremos—insis­tió el teniente.
 
         —Si no me importa el registro; me importa la cuestión de la disciplina que debe regir entre nosotros. Siendo nosotros jefes, no puede imponérsenos un oficial. Compréndelo.
 
         —Lo que debes comprender tú es que nadie se os impone. Sabes que el S.I.M. puede realizar servicios en todas partes. De lo contrario, no sería verdaderamente la policía de seguridad del Estado.
 
         —Por eso os abrí la puerta, porque dijiste que erais del S.I.M. ¿Os envía Pedrero?
 
         —Venimos por orden de nuestro jefe militar—contestó el teniente.
 
         —¡Bueno, bueno!—interrumpió el sargento—. ¿Empe­zamos el registro o no?
 
         —Sí, hombre, sí; ya podíais tenerlo terminado—dije, y los guie a través del vestíbulo y mi gabinete hasta mi dormitorio, del que pasamos al cuarto de los niños; luego, al despacho y dormitorio de Villarreal; de aquí al cuarto de mi madre y al de mis hermanos; de éste, por la habitación que ocupaban Isabel Pardo y Pilar Crecente, pasamos lue­go a la alcoba del matrimonio Crecente y al gabinete de las muchachas de esta familia; después al cuarto de mis primas y, por último, a los de las criadas y al que ocupaba Josechu.
 
         Las milicias contaron camas y colchones.
 
         —Trece camas—dijo el teniente—, y entre todas, dieciséis colchones. ¿Cuántas personas sois aquí?
 
         —Diecisiete—respondí—. Míralo en la lista firmada por el portero y el responsable de la casa.
 
         —¿Todas parientes tuyas?
 
         —Parientes... ¡evacuados! Ya ves qué ganga.
 
         —¿No tiene la casa más habitaciones?—preguntó el sargento— Porque esto parece un convento. Con tanto pasillo en recodo, ya me hice un lío y no sé por dónde hemos entrado.
 
         Pues aún hay el comedor, la biblioteca, la cocina, el cuarto de baño y el de plancha. Ahí no hay camas, pero si queréis verlos...
 
         —Vamos allá—ordenó el teniente—. No se diga que a los jefes les pasamos nada por alto.
 
         Los guie de nuevo a través de los pasillos, y frente a la puerta de la cocina, dos “milicias” se separaron del grupo para irse detrás de mi cocinera, chica bonita y de toda mi confianza.
 
         —¡Guapa! ¡Vales tú más que “la Pasionaria” !A ti te hacía yo comisaria del pueblo!—le decía uno.
 
         —¡Uy, uy, uy!—rebuznaba el otro—. Si te vinieras al cuartel, ¡qué bien lo ibas a pasar! ¿Quieres un chusco o un bote de carne rusa, guapaza?
 
         La chica se reía, no sabemos si de lo que oía o de quienes se lo decían, y, entre tanto, a la puerta de la biblioteca, el teniente observó:
 
         —Cómo está esto de humo! No se puede respirar.
 
         —Tienes razón—afirmé—; han estado a verme unos camaradas, se liaron a fumar y mira cómo dejaron todo.
 
         Había terminado el registro, pero ellos no se daban por satisfechos. Sin duda, buscaban algo que no hallaban, pues, en vez de seguir tras de mí, se volvieron por el pasillo interior hasta la escalera de servicio, ante cuya puerta se pararon.
 
         Abrí la puerta y el teniente y el sargento bajaron hasta el primer rellano, sin hallar nada que llamase su atención, por lo que volvieron a subir, cerraron tras de ellos la puer­ta y, seguidos del resto de las milicias, salieron por la escalera principal de la casa.
 
         Apenas se marcharon, Mariquiña me abrazó muerta de risa. Yo, que no estaba para alegrías, le increpé, y ella me dijo:
 
         —No te enfades, mujer; es que pasó una cosa la mar de graciosa. Al decirles a los amigos que venían las “milicias” a un registro, dijo Josechu: “Vámonos para no com­prometer a Regina”, y con la prisa, recogieron todos los papelotes que tenían sobre la mesa, pero se dejaron olvidadas las gabardinas. Yo, que las vi después que se habían ido, las recogí de prisa y se las eché por el hueco de la escalera. Les cayeron encima y se armó un lío de hombres y trapos graciosísimos. Pero como tú ya les habías abierto a las “milicias”, cerré la puerta y vine adonde estabais.
 
         —Pues ya podías haber abierto el balcón de la biblioteca, porque estaba de humo que se mascaba el aire, y el teniente se escamó bastante.
 
         —Ya lo vi; pero no pasó nada. ¿Verdad que es muy divertido todo esto?
 
         —¡Divertidísimo! Sobre todo si un día se descubre el pastel. En fin; dice mi madre que nunca ocurre más que lo que Dios quiere. ¡Ojalá quiera sacarnos con bien de tanto lío!
 
         —Sí, nos sacará con bien; ya verás—afirmó mi prima—, los únicos riesgos que podríamos tener son las criadas y la niña, pues los demás, por la cuenta que nos tiene, no cometeremos indiscreciones ni torpezas, y las criadas, Ángeles es de toda confianza, por lo mucho que os quiere a los niños y a ti, y Marcelina es más de derechas que nosotros mismos; así que no hay cuidado. La niña sería un peligro si no fuese tan lista y no la tuvieras tan bien preparada, porque el otro día Villarreal la estuvo confe­sando y no sacó nada en limpio.
 
         —¿Sí? ¿Cómo te enteraste?
 
         —Porque los oí desde la biblioteca. Estaban en el despacho, y el comisario le decía: “¿Dónde estaba Josechu antes de la guerra?”, y la niña le contestaba: “No lo sé; yo era muy pequeña entonces y no me acuerdo.” Luego él le volvió a preguntar: “¿Viene mucha gente a ver a Josechu cuando yo no estoy?” Y Josefina respondió: “Vienen a ver a Josechu cuando usted no está y también cuando está. Y vienen también visitas para mis tíos, y para mis tías, y para mi abuelita, y para mis primas, y mi mamá. Como somos tantos en esta casa, viene mucha gente.” Villarreal aún le preguntó: “¿Y se encierran para hablar de sus cosas?” “No —respondió la niña—; hablan delante de todos. ¿No ve usted que son personas bien educadas? Dice mi mamá que eso de hablar en secreto es de muy mala educación.” Ya ves—concluyó mi prima—que, a pesar de las sospechas que el camarada comisario pueda tener, no ha logrado comprobarlas. Eso es divertidísimo. ¿No te parece?
 
         —Mientras sigamos como hasta aquí, no es mala diver­sión. Lo repito: pidamos a Dios que nos saque felizmente de este jaleo, por bien de todos y de España.
 
         Me fui al cuarto de los niños, donde mi hijita jugaba con su muñeca, en la inocencia de sus ocho años escasos y le pregunté cómo no me había dicho nada del interrogatorio a que Villarreal la había sometido, y la niña me contestó:
 
         —Por no asustarte, mami; yo sé que tienes muchas cosas en qué pensar, y eso iba a preocuparte más todavía. Pero estate tranquila. Por mucho que me pregunte, nunca sabrá la verdad.
 
         —Pues ¿qué crees tú que no debe saber Villarreal?
 
         —Mami—dijo mi hija, con seriedad impropia de su cor­ta edad—, yo soy niña pequeña; pero ¿crees que no me doy cuenta de que Josechu, Fernando y sus amigos son nacionales? Como tú, mami, que no quieres a esta gente mala, que martirizó a la abuelita y mata a tantas personas. Porque tú eres buena, mamita. Tú eres socialista, pero de las buenas. ¿Verdad, mamita mía?
 
         —Nena—le dije, abrazándola conmovida—, dices bien; eres muy pequeña para estas cosas, y me da pena la carga de preocupación y responsabilidad que pesa sobre ti ahora. Dios te bendiga y te ilumine, hija mía, para que sigas siendo la defensa y el descanso de tu madre.
 
Estos peligros, voluntariamente buscados, venían a sumarse, como decían en protesta mis hermanos, a los mu­chos que, como todos los habitantes de Madrid, corríamos con los frecuentes bombardeos de la aviación y los constantes cañoneos con que las fuerzas nacionales asediaban la capital de España.
 
         Los sótanos de todas las casas estaban habilitados como refugios, así como los subterráneos del “Metro” y alguno que otro construido expresamente a tal fin.
 
         La casa donde yo vivía, en la calle de Atocha, número 19, había pertenecido a la antigua Relatoría Eclesiás­tica, y antes, a la Congregación de San Pedro Mártir, compuesta por oidores e inquisidores del Santo Oficio. Los sótanos eran las viejas prisiones, partidas por larguísimos pasillos, a cuyos lados se abrían las estrechas y pesadas puertas de las mazmorras, en algunas de las cuales aún se veía, adosada al muro, la gruesa argolla que an­taño sujetara la cadena del prisionero.
 
         Los vecinos nos habíamos repartido dichas mazmorras, haciéndolas semihabitables para un caso de apuro. Yo había puesto en la mía unas esteras, que cubrían el suelo por completo, y sobre ellas, unas alfombras descoloridas. Había bajado de las buhardillas una sillería deteriorada, y con dos camas turcas, con sus correspondientes colchones y mantas, y unos estantes con lo indispensable, más un arcón conteniendo víveres y forrado de cinc, en defensa de las ratas, y una gran garrafa llena de agua, me había quedado un refugio de lo más confortable y surtido que podría soñar el más exigente asediado de entonces.
 
         Era el mío un verdadero refugio de “enchufado”; lo peor, qué, como vivíamos tantos en casa, en las horas de asedio no cabíamos todos dentro, y allí se quedaban los niños y las señoras mayores, mientras los jóvenes que en casa se hallasen al empezar el bombardeo se repartían por los corredores del sótano o entraban en las mazmorras de otras familias menos numerosas.
 
         Una noche el cañoneo fue de locura. Parecía que sobre Madrid concentraban sus fuegos todas las baterías de los distintos frentes de combate. Hasta en el barrio de Sala­manca, siempre respetado por los obuses, cayeron aquella noche muchos del quince y medio.
 
         —¡Vaya chaparrón!—me dijo mi secretario—. ¿No bajas al sótano? Todos están allí desde hace un rato.
 
         —¿Quiénes son todos?—pregunté.
 
         —¿Quiénes han de ser? Gómez, Peñalva, Quirós, Margarita... ¡Todos!
 
         —Bien; déjalos estar allí. Así trabajaremos más tranquilos. A menos que tú también pienses bajar—respondí a Escribano.
 
         —¿Tan poco me conoces?—replicó, ofendido.
 
         —Como tú a mí. ¿No me has preguntado si no bajaba al sótano?
 
         —Es que tú eres mujer.
 
         —No creo que tenga mucha relación el sexo con la cobardía. Y eso que miedo tengo un rato; pero lo disimulo bastante bien.
 
         —Como que no se te nota. En fin; dime qué hago para mañana, si comento el discurso de Negrín o hablo de las nuevas armas recibidas de América.
 
         —Mejor lo último. Lo de Negrín va a servirme para un editorial.
 
         Nos pusimos a trabajar, amenizados por el "on-dum” de los obuses, y ya tenía yo terminado mi artículo cuando un motorista llegó a toda velocidad. Me traía una nota y un pliego de Miguel San Andrés, delegado de Propagan­da de la República, con el ruego de que insertase, a ser posible, en la propaganda militar algunas cosas que el Gobierna quería hacer bien patentes, entre ellas que en la iglesia de Calatravas, de Madrid, se decía misa diariamente por un sacerdote afecto al régimen republicano y que a esa misa acudían voluntariamente algunos jefes, oficiales y soldados del vecino cuartel del C.R.I.M. (Centro de Reclutamiento e Instrucción Militar), situado en la recién reformada “Casa Riesgo”, donde había estado el viejo café de Fornos, en la esquina de Alcalá con Peligros. Se decía misa en Madrid y los militares la oían voluntariamente.
 
         En efecto; Negrín quería dar la sensación de que la República era realmente laica, pero no atea, y que la Religión gozaba de toda garantía y respeto, como lo había proclamado en sus recién publicados trece puntos.
 
         Di la nota que San Andrés me enviaba, dudando del éxito que tuviera entre los milicianos del frente saber que sus camaradas de Madrid oían misa diaria, y, después de redactar varios entrefilets sobre el mismo tema, di por ter­minada mi labor de la tarde y me dispuse a salir, como todas las noches, para cenar en mi casa con mi familia.
 
         —¿Te vas, camarada?—me preguntó el motorista de San Andrés, que aún permanecía refugiado en el Comi­sariado—. ¡No sabes la que te espera!
 
         —¿Tiran mucho?—preguntó Escribano.
 
         —¿Que si tiran? Eso es el fin del mundo. Sobre todo, por el centro. En el teatro Calderón cayeron dos obuses, y otro, en una casa de enfrente, en Atocha.
 
         No quise oír más, Frente al teatro Calderón, en la calle de Atocha, estaba mi casa. ¿Me habría buscado la desdicha por segunda vez? ¿Les habría ocurrido algo a mis hijitos, a mi madre, a mis hermanos o a alguno de los que conmigo vivían? Los minutos me parecían siglos. Llamé a mi chófer.
 
         —¿Te atreves a llevarme a casa?—le pregunté.
 
         —¿Cómo si me atrevo? Vámonos ya, que tengo a mi mujer en la Gastronómica, en la calle del Doctor Cortezo, y dicen que por allí están cayendo bombas.
 
         A velocidad loca, enfilamos la calle de Castelló, donde se hallaba situado el Comisariado, y salimos a Alcalá. Las calles estaban desiertas absolutamente. Al llegar a la plaza de la Independencia, un resplandor vivísimo nos cegó y una explosión tremenda nos dejó sordos. Un cascote rebotó en el techo del coche.
 
         —Que vienen “a por” nosotros!—exclamó mi chófer, y pisó el acelerador con tal brío que, como en vértigo, bajamos a Cibeles y continuamos Alcalá, hasta Sevilla, para entrar por la calle de la Cruz y salir a Atocha. Horas más tarde, pudimos ver que el obús cuya explosión nos había alarmado en la plaza de la Independencia estallara en la casa de la esquina de dicha plaza con la calle de Serrano. Esto es, a cincuenta metros escasos de nosotros.
 
Al llegar a mi casa, apenas descendí del coche, otro obús entró por la fachada del teatro Calderón. Mi chófer viró en redondo y se entró por la calle del Doctor Cortezo, donde su esposa le esperaba en la Gastronómica, situada en la casa del antiguo frontón.
 
Yo crucé el desierto patio interior y bajé a los sótanos.
 
         En mi departamento estaban mi madre y mis dos hijitos, con Marina, Pilar, Carmina e Isabel. La juventud andaba por los corredores, y con ellos, Crecente, haciendo chistes y comentarios burlones para quitar el miedo a los pusilánimes.
 
         Respiré aliviada. Mi hijita vino a besarme, pálida por las emociones pasadas.
 
         —¿No sabes, mamá? Aquí, en casa, estalló un obús de los primeros.
 
         —¿Aquí? ¿También aquí?
 
         —Sí, pero no te asustes; no fue en nuestras casas ni hubo víctimas. Estalló en las buhardillas y no caló abajo.
 
         —Pobre niña mía! ¿Te habrás asustado?
 
         —Un poco, mamá; pero mi miedo era por ti. Como a esta hora vienes a cenar... La que se asustó mucho fue la abuelita.
 
         —Y no era para menos—dijo mi madre—. Tan pronto empezó el cañoneo de cerca, todos se bajaron y nos dejaron solos arriba. Yo cogí al niño de la mano y casi no me tenían las piernas, porque si pasa algo sin estar tú en casa, no sé qué me hubiese ocurrido.
 
         —En estos casos de poco os serviría mi presencia. Pero, en fin, aquí estamos todos, sanos y salvos.
 
         —¡Gracias a Dios!—exclamó con unción mi madre.
 
         —Cuando íbamos por el pasillo—siguió refiriéndome 1a niña—, estalló el obús en la buhardilla. Hizo mucho ruido y creíamos que se caía la casa. Entonces yo cogí al niño en brazos y ya pudimos bajar más aprisa.
 
         —Por cierto que ahora no sé cómo vamos a entrar en casa—dijo mi madre—, porque, con el susto, se me olvidó coger la llave.
 
         —La cogí yo, abuelita—replicó la nena—. Al tiempo de salir, me puse de puntillas y la alcancé del clavo donde estaba colgada, detrás de la puerta de servicio.
 
         —¡Qué serenidad tiene esta pequeña!—exclamó mi madre, mirando con orgullosa ternura a la niña, que protestó:
 
         —¡Bah, eso lo hace cualquiera!
 
         En la mazmorra de al lado había empeñada una viva discusión. El sastre Ernesto González, vecino del principal, hacía de conciliador entre dos exaltados discutidores, uno de los cuales maldecía de los “facciosos”, que así cañoneaban una ciudad abierta, y otro que decía que una capital cuyo casco urbano estaba a un tiro de fusil del frente y donde había tropas de reserva y almacenes de víveres y municiones, no era una “ciudad abierta”, sino un cuartel general, y cualquier militar encontraría lógico hostilizarla y asediarla por todos los medios.
 
         —Si hasta el Gobierno lo ha comprendido así—sostenía este ciudadano—. Si no, dígame, ¿por qué ha dado la or­den de evacuación forzosa?
 
         Al verme llegar, el otro discutidor no contestó a la pregunta de su contrincante, sino que exclamó:
 
         —Aquí tiene usted una mujer coronel, que nos va a decir si eso que usted afirma es lo cierto.
 
         —No me pongan ustedes en compromisos—protesté—. Yo soy lo menos coronel posible, y no entiendo ni una palabra de cosas militares. Sólo sé, eso sí, que la guerra es la guerra y que todo en la guerra es bárbaro y antihumano.
 
         —Y más aún en la guerra civil—afirmó el sastre González.
 
         —En la civil y en la no civil. La guerra es el peor azote de la Humanidad.
 
         Como no tenía gana de conversación, salí del departa­mento del sastre para reintegrarme al mío. El cañoneo había amainado. Subimos al piso; consumimos en el amplio comedor nuestra cena de arroz con chirlas, carne de caballo estofada y postre de naranjas semisecas, y al Comisariado me volví, después de dejar acostados a mis hijitos queridos: la nena, en su camita blanca, y el pequeño José, en su cunita de ángel.
 
         El niño repetía en su media lengua, prendido a mi cue­llo con ambos brazos:
 
         —Mami, “bobús” ; pum, pum, pum... ¡Yo “miero”, “miero”!...
 
         Y su hermanita le dijo:
 
         —Pues los hombres no deben tener miedo. Ya ves: yo soy una niña y no lo tengo. Bueno; tengo un poquito algunas veces. ¡Pero sólo un poquito!
 
         Los besé, les arreglé la ropita de las camas y me volví a mi trabajo.
 
         ¡Mis hijos! Recordaba los versos que una poetisa americana dedicó a los suyos, y repetía:
 
         “Ellos son mi sostén, mi norte y guía,—alivio en el trabajo y paz lograda.”
 
         Aquella noche trabajé casi alegremente, pensando en el tesoro que en ellos tenía.
 
         ¡Los hijos! ¡El hogar! ¿Cuándo podría disfrutar en paz de sus dulzuras?
 
 




 


CAPITULO XVII
ESTADO MAYOR ROJO
La “posición Jaca”.— “Campesino”, Líster y Mera.— Riquelme, Rojo y Casado.— Kleber, Berzin, Hans Beilmer.— Desastres y soflamas.— Mi hija, enferma.— Creo en Dios.
         La “posición Jaca” estaba situada en la finca llamada “Alameda de Osuna”, por haberse hallado vinculada a la corona ducal de los Téllez Girón. Allí residía el general Miaja, con su Estado Mayor, y a11í íbamos a comer con frecuencia, pues el general asturiano gustaba de rodearse de gente amiga a la hora del buen yantar, que nunca le faltó, ni aun en los días de mayor escasez para el pueblo y el ejército.
         Los menús eran espléndidos, teniendo en cuenta las restricciones impuestas por la guerra. Solían componerse de tres o cuatro platos fuertes, dos postres, café, vinos y licores, aparte de aperitivos y entremeses, todo ello abundante y bien condimentado por hábiles cocineros.
         Eran habituales a la mesa del general los jefes Riquelme, Rojo y Casado, militares profesionales, a cuyo lado destacaban las pretenciosas y descabelladas opiniones de los cabecillas milicianos Líster, Mera y Modesto, y las verdaderas barbaridades de “el Campesino”, cuyos disparates y excesos de dicción divertían mucho a Miaja, las veces que los "milicias” comían en "Jaca”, invitados por su jefe.
         Desde primera hora de la mañana, acudían a “Jaca” los rusos, como genéricamente se llamaba no sólo a los técnicos enviados por la U.R.S.S., sino también a los jefes de las Brigadas Internacionales, aunque perteneciesen a diferentes nacionalidades; pero éstos comían aparte y tenían sus cocinas propias, en las que condimentaban sus alimentos al estilo de sus países respectivos.
         Los más destacados jefes extranjeros eran Kleber, Ber- zin, Lukacz, Hans Beilmer, Mugo Frank, Palmiro Toglíatti, Pietro Menni y Nino Nanetti: Kleber era ruso; Berzin y Lukacz, polacos; Hans Beilmer y Hugo Frank, alemanes, y Pietro Menni, Palmiro Togliatti y Nanetti, italianos. Sin embargo, a todos los llamábamos “los ru­sos”, por estar las Brigadas Internacionales controladas exclusivamente por Berzin y Kleber, mandatarios del Komintern de Moscú.
         Kleber era jefe supremo de dichas Brigadas, pero tenía constantemente al lado, como consejero y asesor, a Berzin, que a veces parecía el verdadero jefe, no sólo de las Internacionales, sino de los mismos españoles, pues él era quien disponía las operaciones, trazaba los planes, redac­taba las órdenes, a las que Miaja y su Estado Mayor se limitaban a poner el “visto bueno”, dándoles, al par, lenguaje y situación oficiales.
         A los militares españoles no les hacía ninguna gracia la intromisión de los extranjeros, que soportaban de muy mala gana, y en más de una ocasión, durante la sobremesa, con esa sinceridad que suscita la comida copiosa regada con buenos vinos, escuché a Rojo, a Riquelme y, sobre todo, al coronel Casado, emitir juicios y frases nada lisonjeras para Kleber y Berzin y demás internacionales.
         Los jefes milicianos, en cambio, no tenían palabras suficientes para elogiar a los “camaradas soviéticos”, y muchas veces se entablaban discusiones que Miaja cortaba, interviniendo conciliador o humorista.
         Aquel día la comida había sido suculenta. Puré de cangrejos, salmón a la rusa, solomillo de vaca en su jugo y tarta a la crema, a más de unas espléndidas naranjas de Washington de la mejor calidad. Con el café nos sirvieron coñac y vodka, y esta bebida rusa puso sobre el mantel la cuestión batallona que tanto apasionaba.
         —¡Bien!—exclamó Casado—. ¡Ya tenemos a los rusos hasta en el café!
         —No proteste, coronel—intervino Miaja—, que el café también se lo debemos a ellos, como casi todas las cosas de nuestro uso personal.
         —¿Se las debemos, mi general? Dirá V.E. que se las pagamos, y en divisas y al contado, como todo lo que nos venden—terció Riquelme.
         —Conformes—afirmó Miaja—; pero, con todo, si no nos lo vendieran ellos, no tendríamos de nada. Ya ven ustedes lo que hacen las democracias. Ni acordarse de que existimos.
         —Como que aquí no hay más “tíos” que los “soviéticos” “p’hacer” bien las cosas—dijo “el Campesino”, que aquel día comía en “Jaca”—. Y ya veis que “d’acá” tie­nen un rato—añadió, señalándose a la frente.
         Riquelme y Rojo no le contestaron. Valentín continuó:
         —Ahora han “sacao” eso de los cohetes, que está muy bien. Porque es lo que decimos los comunistas: propaganda, propaganda y “na” más que propaganda.
         —Pues haga usted toda la propaganda que quiera y no emplee una buena táctica militar. Verá cuál es el resultado—intervino el coronel Casado.
         —¡Qué “táztica” ni qué “colchones”! Esas son “picadas”. Reaños es lo que hace falta, “na” más. ¿Que en la loma está el enemigo? Pues “a por él” y a darle por “tal” hasta que se caiga de “cuajo”. ¿Qué nos importa que “d’aquí” allá “haiga” tantos o cuantos kilómetros y una vaguada por delante o por el “lao”? “S’arrea” “p’alante” con la gente y se toma la loma y cien “q’hubiera”. Apar­te de que los camaradas soviéticos tienen un rato de “táz-tica”. ¡Como que son “téznicos”! ¡N a” más!
Miaja se desternillaba de risa; pero los profesionales o “académicos”, como los llamaban los “milicias”, apenas podían disimular su disgusto. El general lo notó y templó la situación con una de sus humoradas.
         —Valentín—dijo al “Campesino”—, eres un bestia. Si no fueras, a la vez, tan valiente, sería cosa de fusilarte o de uncirte a un carro; pero, con todo, no dejas de tener razón en muchas cosas.
         —¡Pues claro está! Es que éstos no lo ven claro, general. ¡“Na” más!
         —¿Qué es eso de los cohetes de que habló “el -Campesino”?— interrogué al capitán Reyes, muchacho inteligente y bien documentado, que a mi lado comía.
         —Unos aparatos para enviar propaganda al campo enemigo. Como su nombre indica, son cohetes que al explotar abren un pequeño cartucho de metal, donde va la propaganda, en octavillas, que caen sobre el campo enemigo.
         —No veo la eficacia de esa propaganda, pues los jefes y oficiales prohibirán a la tropa hasta el inclinarse sobre tales papeles, que recogerán personas de confianza para destruirlos inmediatamente.
         —Cierto; pero siempre quedará alguno en la copa de un árbol, en el techo de una chabola, en el espino de una alambrada; y esos, hechos circular clandestinamente de mano a mano, surtirán efecto.
         —Sí; el efecto problemático de uno por cien sobre el uno por mil de las octavillas arrojadas. No vale la pena. Me parece más eficaz el “Altavoz del Frente”.
         —No lo crea usted. Cuando nosotros hablamos nadie o casi nadie nos escucha, y si bien lo intenta, apenas puede oírnos, pues los jefes ponen sus gramófonos y altavoces en la máxima sonoridad, que ahoga nuestras palabras. Créame; la mejor propaganda- en la guerra la hacen las armas.
         —Tampoco en eso nos va muy bien—dijo Piñuela, que a mi otro lado estaba—. Desde que han tomado Castellón y nos han dividido en la “zona A” y la “zona B”, avan­zan por el litoral que es un gusto no enterarse.
         —Sin embargo, no logran crearnos grandes problemas —insistió Reyes—. Las comunicaciones entre ambas zonas siguen normalmente por mar y aire.
         —No nos crearán problemas, como usted dice—argüyó Piñuela, pero cada día nos tienen más ahogados.
         —No hables así, que te van a tachar de derrotista—aconsejé a mi jefe.
         —Bah, derrotistas seríamos todos, si nos expresára­mos sinceramente! ¿Es que hay alguien que no esté casi seguro de la derrota? A menos que, a última hora se decida a ayudarnos a fondo alguna potencia extranjera, sea cual fuese...
         —Es de esperar que así suceda—dijo Reyes.
         —Pues que sea pronto; de lo contrario, sólo llegará a tiempo de pagarnos el entierro—concluyó Piñuela, riendo.
         Así era, en efecto, nuestra situación militar. A pesar de las vibrantes soflamas del Gobierno, los desastres de las tropas republicanas se sucedían sin interrupción. Los efectivos enviados por Norteamérica no habían servido sino para engrosar el acervo de material de guerra tomado a los rojos por los nacionales en sucesivos combates, y como los de la U.S.A. no se mostraban propicios a nuevos envios, la situación no era muy lisonjera.
         Hubo que volver los ojos a la U.R.S.S., que, “generosamente”, hizo las paces con el Gobierno Negrín, y de nuevo, bajo la inspiración de Orlow, personaje un tanto oscuro, pero cuya influencia era decisiva, se orientó la propaganda en tonos de exaltación staliniana y se volvieron a situar los comunistas al frente de las actividades públicas, así políticas como militares, del país.
         La serie ininterrumpida de desastres exaltó aún más la crueldad comunista y la represión alcanzó caracteres de violencia tal, que no sólo caían bajo el plomo homicida los enemigos declarados de la República, sino también los acusados de “menchevismo” y los “trotskistas”, como Andrés Nin, perteneciente al Partido Obrero de Unificación Marxista, disidente del comunista por discrepancia con el Komintem, lo que le llevó a fundar, con otros, el célebre P.O.U.M., que le costó la vida. También, por razones parecidas, fueron “suprimidos” el italiano Mario de Rossi, que años atrás había llegado a España, fugitivo de la isla de Lipari, donde estuviera prisionero de Mussolini, y el anarquista Durruti. Cierto que de éstos se dijo habían muerto heroicamente en el frente bajo las balas nacionales, y hasta se les hizo entierros espectaculares; pero los “enterados” sabíamos que habían sido “eliminados” por sus propios compañeros, en cumplimiento de “órdenes supe­riores”, que obedecían a “medidas de sanidad” aconseja­das secretamente por el misterioso Orlow, transmitidas por los dirigentes españoles y ejecutadas por los fanáticos de obediencia ciega.
         A pesar de la rigurosidad de las persecuciones, la Fa­lange Española continuaba trabajando en la retaguardia y en mi casa se celebraban reuniones con la frecuencia de siempre, aunque extremando las precauciones. Para colmo de dificultades, Pascual Villarreal fue destituido de su cargo y enviado al frente de Levante, entrando en el Comisariado de Intendencia un comunista staliniano cien por cien, con lo cual nuestra seguridad disminuyó mucho, al no tener en casa un “mandamás” sanguinario de tanta categoría. Al mismo tiempo, al faltarnos el suministro de Villarreal, disminuyeron las provisiones de nuestra despensa, creando otro problema nada trivial en aquella épo­ca de escasez extrema.
         Algo, y nada bueno, debió de dejar dicho Villarreal a los del S.I.M. de sus impresiones respecto a mi familia y a mí misma, porque una tarde Pedrero me invitó a dar un paseo con él hasta su finca de Chamartín, donde vivía, y después de merendar, me dijo:
         —¿Por qué no te mudas de casa? La gente con quien vives no es recomendable. Villarreal no salió de allí bien impresionado.
         —¿Te dio alguna queja?
         —No, ni nada grave nos dijo en concreto; pero creo que no son muy adictos al régimen tus parientes; sobre todo, tu primo Josechu y tu tío Vicente.
         —Mi tío Vicente, si, es algo “derechoide”, aunque nunca se ha metido en política; pero mi primo Josechu es izquierdista cien por cien. Lo que pasa es que el pobre está tuberculoso y, además, padece una paranoia que le incapacita por ahora para actuar. Puedes creerlo.
         —Y lo creo; pero múdate de casa. Te lo aconsejo por tu bien. Además—añadió mirándome muy fijo, como que­ riendo transmitirme las ideas, más que las palabras—, si se descubre que algún pariente tuyo es más activo de lo que supones, estando tú lejos, puedes avalarlo sin compro­miso. Si la inculpación es leve, nada pasará. Si es grave, le pasará a él, pero no a ti. ¿Comprendes? No a ti, que si no sigues con ellos podré salvarte, pero si continúas en la misma casa, nada podré, pues por encima de mí están los comunistas, y sobre ellos Orlow, y detrás el Komintern. Múdate de casa, créeme. Múdate de casa.
         Cuando me separé de Ángel Pedrero sus palabras martilleaban en mi cerebro. “Lejos de ellos, puedes avalarlos sin compromiso. Si la inculpación es leve, nada pasará. Si es grave, les pasará a ellos, pero no a ti.” No era tanta mi adhesión a los amigos ni mi fe en la Falange que me llevara a compartir su suerte hasta morir. Estaba, sí, dispuesta a ayudarles todo lo que fuera posible, aun a riesgo de mi vida misma; pero con posibilidades de salvarla, pues pertenecía a mis hijos y escudaba a mi madre y a mis hermanos, a Isabel Pardo, a los Jara y a tantos otros ciu­dadanos que con mi nombre se amparaban, aun sin vivir conmigo.
         Después de cenar, llamé a mi gabinete a Josechu y a Crecente y les hice ver la imposibilidad de continuar allí las reuniones sin peligro inminente para todos. Era prudente buscar otro lugar, pues mi casa estaba ya fichada por los esbirros del S.I.M. y nada bueno se conseguiría dándoles ocasión de comprobar lo que hasta entonces eran sólo sospechas.
         Crecente se mostró escéptico. No creía fuese cierto el peligro. Hube de repetirle lo que Pedrero me había dicho, y ante sus persistentes dudas, le descubrí que no era aquélla la primera vez que el jefe del S.I.M. me advertía.
         Josechu me creyó. Más inteligente y sagaz que su amigo, se hizo cargo de la situación y me dijo;
         —Demasiado tiempo nos ha durado esto. Yo lo hubiera esperado a los dos o tres meses de reunirnos en tu casa. Hemos trabajado bien, y bien nos has ayudado. Ya no puedes más, y ¿qué le vamos a hacer?
         —Si que puedo seguir ayudándoos, aunque no en la misma forma—aclaré—. Continuaremos aquí, todos juntos, como hasta ahora; pero tendréis que buscar sitio para las reuniones, pues sería una imprudencia que siguieran los amigos frecuentando una casa vigilada. No ocurrirá nada; pero si algo ocurriese pondría mi influencia en favor vuestro, como lo hago con otras personas.
         —¿No dices que Pedrero te aconseja que te cambies de casa?—interrogó Crecente.
         —Sí; pero le daré la disculpa de que no encuentro dónde meterme, y en paz. No es nada increíble, dada la esca­sez de vivienda que padecemos, entre los bombardeos que destruyen las casas y los evacuados que invaden las que quedan en pie.
         —Todo esto del S.I.M. yo sé a qué se debe—dijo Josechu—. Hace poco han cogido a un camarada que no supo callar y me buscan. Están en dudas si soy yo o no, y si Villarreal aumentó esas sospechas, excuso deciros; pero no les daré lugar a esclarecer sus dudas, porque me iré con los míos.
         —¿Piensas pasarte a la zona nuestra?—inquirió Crecente.
         —Ya lo tengo preparado todo. Sólo faltan pequeños detalles; pero cada día que pasa me parece un siglo.
         —¿No habrás dicho a nadie tus proyectos?—observé yo.
         —Aparte de los que en ellos intervienen, sólo vosotros dos los conocéis.
         —Creo que es lo mejor que puedes hacer—dije sinceramente.
         —¡Mira si yo pudiera hacer otro tanto!—suspiró Crecente—. Pero la familia, ¡cuánto le ata a uno!
         Desde entonces, no volvieron a casa los amigos, y a mí me faltaba algo. Habituada al peligro, no me hallaba sin 1a sensación constante de riesgo. Me explicaba la afición y amor que sienten a sus profesiones los toreros y los ma­rinos. Luchar con fuerzas superiores y vencerlas; he ahí el supremo placer.
Pero si me faltaba la sensación de riesgo no me escasea­ ron las penas.
         Una madrugada, al volver del periódico, encontré a la niña con fiebre alta. Al ponerle el termómetro, se despertó de su modorra y me dijo:
         —Mami, estoy muy malita. Orino sangre y me duele la cintura por detrás.
         Al día siguiente, el doctor Muñoyerro diagnosticó una hematuria de carácter grave, dada la temprana edad de la niña, y recomendó un régimen alimenticio de frutas fres­cas, pescados blancos y zumo de uva sin fermentar.
         ¿Dónde hallar todo esto? De la Intendencia rusa, que era la mejor abastecida, sólo podía traer conservas y be­bidas alcohólicas, que no me servían para mi enfermita.
         De los suministros españoles, nada había tampoco aprovechable para el régimen impuesto a mi hijita. El pescado, ni blanco ni azul lo veíamos desde hacía más de un año.
         Las frutas habían desaparecido. El zumo de uva, sin. fermentar ni fermentado, no se encontraba en parte alguna, y sólo en la bodega del Ritz, convertido en hospital militar, en la posición “Jaca” y en el bar de Pedreros, había botellas de vinos y licores, que no me servían en aquella ocasión.
         La niña, falta de los cuidados necesarios, empeoraba. Le daba leche y caldo de zanahorias con aceite. La leche era preparada con botes de condensada, que fue facilitaban en Intendencia, y alguna vez podía tomar algo de carne de gallina, pues los de Jara, al enterarse de la enfermedad de la niña, me enviaron algunas de estas, aves de su corral de la Prosperidad.
         No era éste el plan que el médico indicara a mi hija y la hematuria seguía, debilitándola y la fiebre no remitía.
         Cada vez que regresaba de mi trabajo y hallaba a la niña peor, me volvía loca de pena. Mi hija era mi ilusión máxima. El niño era, por entonces, un bello juguete de mimos y ternuras, tan cariñosito, tan varonil y tan guapo; pero nada más. ¡Era tan chiquitín...! La niña, con sus ocho añitos pensativos y serios, ¡me acompañaba y consolaba tanto...!
         Una noche la fiebre llegó a cuarenta y un grados y tres décimas. El ambiente estaba cargadísimo, a pesar de que el otoño comenzaba. Abrí el balcón, dejando las persianas cerradas. A poco, un extraño ruido entre los frascos del tocador me hizo acudir. Era como si un pequeño ser anduviese entre ellos. Al acercarme, el ruido cesó. “Sería alucinación de mis sentidos”, pensé, y volví a sentarme a los pies de la cama de mi hijita; pero el ruidito volvió a sonar. Era una cosa dura, que chocaba contra los fras­cos de cristal, moviéndose entre los cachivaches de aseo. Encendí la linterna que siempre llevaba, pues había ocasiones en que se apagaba toda la población por temor a los bombardeos aéreos, y me acerqué de nuevo al tocador, enfocando la mesita.
         Vi al intruso y él me miró con sus ojos saltones e inexpresivos. Era un gran saltamontes verde que se movía azorado entre aquellas cosas tan extrañas para él, pobre campesino extraviado en la ciudad en guerra. Quise liberarlo, cogerlo y echarlo por el balcón, para que buscase su vida en medios más propicios; pero no se dejó apresar. Huía, saltando de aquí para allá, haciendo un ruido casi metálico con sus alitas rígidas.
         La niña despertó.
         —¿Qué es eso, mamá?—preguntó.
         —Nada, hija mía. Un pobre bichito que entró aquí por equivocación.
         —¿Qué dices que es? —Un bichito.
         —¿Mauricio?—preguntó mi nena, no sé si por haberme entendido mal o porque en su mente hubiese el recuerdo
de algún personaje de cuento infantil que respondiese a ese nombre.
         —Sí, Mauricio; pero duerme, que no nos hará nada malo.
         —Sí, Mauricio es bueno—afirmó la niña.
         —Sí, hija mía, muy bueno; pero duerme otro poquito, para ponerte bien del todo.
         La niña se durmió de nuevo; mas a poco su sueño era agitado. Se debatía con la fiebre. Ardía; pero ni una gota de sudor salía de sus poros. Yo lloraba, sin ánimo ya para nada.
         Recordaba mis tiempos de felicidad, con mi hijita sana, mi marido a mi lado y mi casa confortable, en la que nada faltaba para nuestra comodidad y regalo, en una España, floreciente y en paz. ¿Qué había sido de todo aquello?
         Yo también, como el pobre saltamontes Mauricio, había vivido en la paz de un campo donde florecían los trigos de la abundancia y las flores de la ilusión, y me había entrado en la noche negra de mi ceguera espiritual, por el negro rectángulo de un balcón abierto en esa noche, tras el cual me hallaba entre cosas duras y extrañas que he­rían mis pobres élitros.
         ¿Encontraría una mano piadosa que me lanzase a través del balcón negro a buscar un mundo mejor? ¿Quién podría ser esa mano poderosa que así cambiase mi destino? Sólo Dios. Dios, que me castigaba ahora en lo que yo más quería, en mi hijita, que seguía debatiéndose con la fiebre y la enfermedad; Dios, que existía y me hacía sentir su poder.
         Caí de rodillas y recé. Desde el fondo del corazón subían a mis labios las palabras aprendidas en la infan­cia: “Padre nuestro, que estás en los cielos"... De pronto, me di cuenta de que no tenía ninguna imagen ante la que orar. Yo quería un crucifijo. Si; yo creía en Dios y necesitaba adorar la Cruz y pedirle perdón por mis errores pasados; pedirle que no me castigase en la carme inocente de mi hijita y ofrecer la mía propia al castigo por cruel que fuese.
         En puntillas, fui a la habitación de mi madre y la desperté:
         —¿Qué pasa?—me preguntó con sobresalto—. ¿La niña? ¿Está peor?
         —No lo sé, mamá; tiene mucha fiebre; pero no vengo por ella. Vengo a pedirte un crucifijo. Necesito rezar por mi hija... y por mí.
         Mi madre se levantó de la cama, me abrazó llorando, fue a la cómoda donde guardaba sus cosas, y del fondo de un cajón sacó un crucifijo de madera incrustado de nácar, con la imagen del Redentor tallada finamente en marfil, va­lioso recuerdo de familia que mi madre estimaba en mu­cho, y me lo entregó, diciendo, hecha un mar de lágrimas:
         —Sabía que este momento había de llegar. El Señor es­cuchó mis súplicas. Tómalo y consérvalo toda la vida en recuerdo de este instante, el más grande de tu existencia. Recemos juntas, para que no vuelva a abandonarte la fe.
         Juntas rezamos de hinojos. Mi alma subía a mis labios en la súplica emocionada. “Que no vuelva a dudar. Dios mío”, suplicaba mi madre entre sollozos. Y yo “Señor, por mi hija y por mi fe; que no las pierda.”
         Después, mi madre me dio una reliquia de la Madre Sacramento, una estatuita del Sagrado Corazón de Jesús, un rosario y no sé cuántas cosas más. Con todo me volví a mi cuarto, colgué el crucifijo sobre la cama de mi hijita, guardé las medallas y reliquias en mi armario, y, con el rosario en la mano, pasé rezando el resto de la noche.
         Encontraba tanto consuelo en rezar... Me parecía que alguien me escuchaba, que ya no estaba sola en mi pesar, que todo se arreglaría, porque Dios me admitía en su amor, como al hijo pródigo.
         La niña se fue calmando, la fiebre remitió, y a 1a ma­ñana siguiente no se acordaba de nada de lo ocurrido en la noche: ni de su malestar, ni del saltamontes, ni de haber nombrado a Mauricio.
         Cerca de las once, cuando yo me disponía a ir al Comisariado, vino a verme Ibrahim de Malcerville, el caballero periodista americano por el que había conocido a los de Jara. Me traía una botella de “Mostelle”, zumo de uva sin fermentar, procedente de la Embajada argentina, donde la había adquirido para mi hija, y me prometió proporcionarme cuantas necesitase mientras la niña siguiese enferma. Por si esto fuese poco, por la tarde, Pedrero, extrañado de que no fuese a verle en tantos días, me llamo por teléfono preguntando la causa de mi retraimiento, al saber que mi hija estaba enferma y necesitaba alimento especial, me ofreció un volante para que me dieran pescado blanco de las raciones suministradas a los hospitales, ¡Dios escuchaba mis súplicas!
         ¡Dios me manifestaba su amor y me admitía por hija! Aquel día me sonaron peor los dislates y blasfemias de los milicianos: “Perdónales, Señor, que no saben lo que dicen”, rezaba desde el fondo de mi corazón, y sentía un consuelo ¡tan hondo!
         La niña entró en franca mejoría, y yo me prometí a mi misma cambiar de vida, buscar otro medio de subsistencia, dejar el Comisariado y el Estado Mayor, alejarme de los centros militares y políticos y dedicarme a una actividad civil; pero ¿cuál habría de ser ésta?
         Habría que pensarlo, mover amistades, inventar pretextos. Mas ahora confiaba en que Dios había de ayudarme en mi empresa. Y así fue.








CAPITULO XVIII
NEGR1N, NUMANTINO “DE PEGA”


El diario La Voz.—Sistemas socializantes.—Comedores colectivos.-Pan por avión.—Azaña, dimite.—Se van los internacionales.—La “comunistada”.—Canciones milicianas.—El principio del fin.


         De la pérdida de sangre sufrida con la hematuria, mi hijita quedó muy débil. El doctor Muñoyerro aconsejó un plan de reposo y aire libre, que yo no sabía cómo proporcionarle. La casona de Atocha estaba lejos de los parques, que, además, se hallaban convertidos en campos de batalla, como el Parque del Oeste, o en depósitos de material de guerra, como el Retiro. Las plazas públicas de Progreso y Santa Ana, cercanas a nuestra vivienda, estaban asoladas por los constantes bombardeos, sin bancos ni árboles. ¿Adónde enviar la niña para que tomase el aire y el sol tranquila y descansadamente?
         Los de Jara me dieron la solución. Cerca de la finca, que ellos poseían en la Prosperidad, había varios hotelitos que podrían servirme, sobre todo uno, propiedad de la viuda de Amutio, en la calle de Suero de Quiñones, a espalda de la residencia de los Padres Redentoristas, que estaba dedicado a club de recreo de los niños del barrio.
         La propietaria del inmueble tenía con los de Jara gran amistad, y estos se brindaron a servir de mediadores para lograr el arrendamiento a mi nombre, pues los tutelares del club estaban en descubierto en el pago de alquileres, y, por otra parte, no era lógico tener una finca dedicada a club de recreo infantil, mientras tantas familias carecían de albergue.
         Pedrero me ayudó en la rápida tramitación de los requisitos que hacían falta para un cambio de domicilio, pues le halagó que, al fin, siguiese el consejo que me había dado, yéndome, además, a un barrio extremo.
         —Eres precavida—me dijo—. Veo que me has comprendido perfectamente, y aunque tarde, sabes hacer las cosas bien.
         —No lo creas, -Ángel—le repliqué sincera—. Me voy a un barrio extremo porque la salud de mi hijita lo necesita.
         Allí, en. el jardín, lejos del riesgo de los bombardeos, mi niña se repondrá rápidamente.
         —Eso se lo dices a tus parientes y amigos de la calle de Atocha; pero no a mí, que soy policía viejo.
         La única vez que era absolutamente sincera con él, Pedrero no me creía, y, en cambio, no había dudado en tantas veces como lo había equivocado antes. No quise insistir sobre la verdad, que era la que yo sostenía, y dejé a Pedrero con su equivocación, muy de policía de todos los tiempos.
         En mi casa, mi familia acogió la noticia con muy distinto humor. Mi madre e Isabel, la madrina de mi hijo, con alegría. Ambas vendrían conmigo al hotelito de la Prosperidad, y les agradaba la idea de vivir tranquilas, sin el asedio de los cañones y la aviación. Mis hermanos se mostraron indiferentes. Movilizados los dos desde me­ses antes, Máximo se hallaba en la línea de fuego del frente de Usera, y Gustavo, por su acentuada miopía, había sido destinado al cuartel del C.R.I.M.; así que apenas si venían a casa a cambiarse de ropa y a descansar unas horas de cuando en cuando.
         Las primas Carmina, Mariquiña y Loli se enfadaron, y se fueron a casa de Luis, hijo de la primera y hermano de las chicas, empleado de la Telefónica, que tenía su ho­gar en el paseo de Santa María de la Cabeza, hogar abandonado y cerrado, por hallarse él movilizado y su mujer y sus hijos en Galicia, donde les había sorprendido la guerra durante el veraneo.
         La familia Crecente se alegró, ante la perspectiva de quedar dueños del piso e independientes en él. Sólo les inquietaba la idea de que pudiesen perseguirlos no estando yo con ellos o de que les impusieran evacuados, por ser la casa demasiado grande para una sola familia.
         —No os preocupéis—les dije—. De lo primero no hay peligro, si no vuelven a celebrarse reuniones aquí, y si, a pesar de esto, algo desagradable os ocurriera, vosotros tenéis teléfono, nosotros también, y un simple aviso bastaría para que yo saliese en seguida en vuestra defensa.
         Además, si queréis, la casa puede continuar a mi nombre y con mi placa en la puerta, que os servirá muy bien de escudo. Más no puedo hacer; ya lo veis; se trata de la salud de mi hijita. El hotelito de la Prosperidad era acogedor y cómodo.
         De una sola planta, con un pequeño sótano y una terraza, que cogía toda el área del edificio. Tenía un jardincito delante, con una fuente de cerámica y plantaciones de rosas grana y lirios morados, y un huerto detrás, en el que había dos higueras, tres parras, un caky, dos perales, dos almendros, un manzano, un albaricoquero y un ciruelo, además de planteles de hortalizas, que se daban muy lo­zanas. Lindaba el huerto con el de los Padres Redentoristas, llamados vulgarmente “los Camilos”, y estaba resguardado por alta verja de hierro.
         Pedrero vino a verme y quedó encantado de la casita.
         —Has tenido un gusto exquisito en elegirla y amueblarla—me dijo—, Todo es aquí alegre, sencillo y agra­dable. ¡Qué bien se debe de descansar aquí!
         —Tendré que preguntárselo a mi familia—lamenté—. Porque yo no paro en casa sino breves momentos para, cenar y el tiempo de dormir, que es bien poco; desde las cinco de la mañana, en que dejo el periódico, hasta las diez, en que salgo para el Comisariado. Dime lo que yo puedo disfrutar de la casita.
         —Es cierto que trabajas con exceso; pero tú eres así: dinámica, activa. Seguramente no sabrías vivir de otro modo.
         —No lo creas. Estoy un poco fatigada—le dije—. Me gustaría un cargo civil, y, a ser posible, particular, que no me diese tanto ajetreo.
         —Vente conmigo al S.I.M. Allí tengo trabajo para ti. Ya te lo he dicho.
         —Y yo te he dicho también que no sirvo para policía.
         —Podía no ser de policía el cargo que te ofreciese. ¿Quieres ser mi secretaria particular? Demasiado poco para ti, lo comprendo; pero descansarías.
         —¿Yo tu secretaria? ¿Qué diría Elvira?
         —¿Elvira?; Bah; una de tantas!
         —Sabes que para ti no lo es.
         —Pero lo será, si tú quieres.
         —Prefiero que siga siendo lo qué es: tu secretaria ideal; y yo continuar en este plan de buena amistad contigo, que me encanta sinceramente.
         —¡Resignación!—exclamó Pedrero, con acento tan có­mico que los dos nos reímos.
         Aquel hombre, fuera de sus funciones, era de lo más interesante y encantador. Físicamente no valía gran cosa: bajo de estatura, delgado, ligeramente rubio, con los ojos verde claro y las facciones de vulgar corrección; pero empezaba a hablar y tenían encanto su palabra, su voz, su gesto; sus ojos verdes adquirían una expresión tan honda que se explicaba el ascendiente que ejercía sobre cuantos le trataban y sus fáciles conquistas entre mujeres de escasa moral.
         Yo llegué a cobrarle sincero afecto, y, no agradándome lo más mínimo físicamente, hallándome, por tanto, libre de toda tentación erótica, hubiera sentido por él amistad fir­me, a no tener presente su labor como jefe del odioso or­ganismo que tenía a España sometida a un régimen de terror.
         Cierto que no era Pedrero el verdadero responsable de las atrocidades del S.I.M. En Madrid había un Sanchís; en Valencia, un Escrich, y en cada lugar de España, un delegado comunista, a las órdenes del ruso Orlow, que imponía sus normas a la policía del Estado, cuya cabeza visible era Ángel Pedrero; pero cuya ánima era, real y verdaderamente, el delegado secreto de Moscú.
         Al fin, pude realizar mis deseos de alcanzar un trabajo civil, más de acuerdo con mis funciones de madre de familia, deseosa de atender al cuidado de mis hijos y, al mismo tiempo, hurtarme al ambiente de la “posición Jaca” y del Comisariado.
         Una madrugada me bailaba confeccionando La Voz del Combatiente, cuando llegaron a saludarme dos compañeros de Artes Gráficas para proponerme el cargo de directora del diario popular La Voz, donde hacía algunos años, cuando la dictadura primorriverista, había publicado algunos artículos de colaboración.
         Enterada del sueldo y suministro, suficientes para cubrir mis necesidades, acepté inmediatamente. En dinero iba a ganar bastante menos —próximamente la mitad— que con mis dos cargos en el Comisariado; en víveres iba a percibir una insignificancia comparado con el suministro militar; pero, reduciéndome un poco, sería lo suficiente, y, en cambio, dormiría todas las noches a las horas normales y trabajaría desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde, hora en que salía de máquinas el diario.
         La causa de solicitarme para el cargo de directora era que el actual director, José Lilis Salado, un pigmeo del periodismo encumbrado por la guerra, iba a ser movilizado, y, aunque seguiría como colaborador, enviando artículos al diario, no podría atender la dirección del mismo.
         Al día siguiente comuniqué a mi madre mi decisión, y se puso muy contenta.
         —Por lo menos—me dijo—, harás vida de persona de­cente, porque no venir a casa a comer ni casi a cenar y retirarte a las cinco de la mañana para volver a irte a las once, teniendo dos hijitos que atender, ni es vida propia de una mujer como tú, ni hay quien la resista mucho tiem­po. Llegarías a caer enferma.
         —Tienes razón—afirmé yo—; pero es que así os sacrifico a todos, pues tendremos que reducir gastos. Ganaré menos, tendré menos suministro; comeremos y vestiremos un poco peor...
         —No importa. Además, no debemos preocuparnos tanto por las cosas materiales; en los momentos de mayor apuro, si los llegamos a tener, Dios proveerá, ¿No viste a los lirios del campo y alimenta a las aves del cielo? ¿Por que desconfiar?—dijo mi madre, con su perenne confianza en la Divina Providencia.
         En el Comisariado sorprendió mi dimisión, que, como era natural, condicioné al tiempo que se tardase en hallar­ me sustituto, y la justificaba con mi estado de salud, que declaraba precario.
         Todos lo creyeron así, pues los sufrimientos y la tensión nerviosa en que vivía, unidos al mucho trabajo que sobre mí pesaba, me habían hecho perder peso en poco tiempo reduciendo mis habituales cincuenta y tres kilos a cuaren­ta y cinco, y aun cuando mi estatura no pasaba de ciento cincuenta y cinco centímetros, acusaba una delgadez ex­cesiva.
         Por otra parte, si no fuese por motivos de salud, ¿cómo se explicaría nadie que una marxista, materialista cien por cien, opuesta a todo sentimentalismo, había de abandonar un doble cargo, espléndidamente retribuido y con derecho a suculentos víveres, por un empleo en que ganaría me­nos de la mitad en dinero y cuyo suministro era prácticamente insignificante?
         Piñuela lamentó mi dimisión, y en “Jaca” tuvieron para mí frases amables Miaja, Casado, Reyes y los inter­nacionales Hugo Frank y Niño Nanetti. Todos hicieron lo posible para que desistiese de mi propósito, ofreciéndome, incluso, un permiso especial para reponer mi salud en unas vacaciones, que podría pasar donde mejor me pareciese; pero yo rehusé todos los ofrecimientos, que sinceramente agradecí, pues si aquella gente cometía arbitrariedades y militar y políticamente eran verdaderas calamidades nacionales, conmigo se han portado siempre muy bien; no tengo de ninguno de los que fueron mis jefes la menor queja, y, personalmente, les guardo un agradecido recuerdo.
         Al fin, viendo que mi decisión era firme, fui sustituida en mis funciones de jefe de Propaganda y Prensa del Comisariado y Estado Mayor del Ejército del Centro y directora de La Voz del Combatiente por el joven comunistoide Gómez, que los había desempeñado provisionalmente antes que yo, y a ellos volvía con gran satisfacción propia y regocijo de los stalinistas, que me tenían conceptuada como francamente “menchevique”.
         Fui a dirigir La Voz. Por vez primera una mujer dirigía en España un gran rotativo diario, y el día de mi toma de posesión el director saliente me dijo que sólo me encontraba un defecto: el ser mujer, pues el cargo que iba a desempeñar precisaba grandes energías.
         —Creo tener las necesarias—le repliqué—, aunque las ejerza sin dar puñadas sobre las mesas ni decir palabras gordas, porque no me gustan los ruidos ni las frases malsonantes.
         Seguidamente reuní a todo el personal en la sala de juntas, y en un breve discurso les dije que llegaba dispuesta a ser, para el trabajo, una compañera más, y para la responsabilidad, la única cabeza visible; por tanto, para salvar esa responsabilidad, habría de procurar que cada uno cumpliese con su deber, como yo estaba dispuesta a cumplir con el mío. “Y como todos sois mayores de edad, conscientes de vuestros actos —terminé—, al estar por vuestra libre voluntad al servicio de una empresa que a todos pertenece, no creo que necesitéis coacción para portaros debidamente ni sanciones por haber dejado de ha­cerlo así.”
         Todos se mostraron muy conformes con mis palabras; pero, a los pocos días, tuve que poner en juego las energías de que dudaba José Luis Salado, y antes que con nadie, con el mismo ex director, que en ellas no creía.
         La empresa editora de El Sol y La Voz, diarios de la mañana y de la noche, respectivamente, estaba organizada en sistema colectivista. Había un Consejo Obrero de Administración y Control, que se movía de acuerdo con la Asamblea General reunida semanalmente, en la que tenía el mismo valor el voto del director de cualquiera de los diarios que el del último vendedor de los mismos. To­dos los cambios, reformas o innovaciones de cualquier clase que se introdujesen en los diarios habrían de ser sometidos a la aprobación de la Asamblea General, sin cuyo beneplácito nada, en absoluto, se podía hacer.
A los tres o cuatro días de mi toma de posesión se reunió la Asamblea, y yo sometí a su aprobación la supre­sión de la “Carta con censura” que publicaba José Luis Salado, bajo la firma de “Un ex O. de C.” (un ex oficial de Correos). En dicha “Carta con censura” hacia “Un ex O. de C.” una denuncia diaria contra ciudadanos, a los que describía por las iniciales de su nombre y apellidos y las señas personales, para que no hubiese la menor duda. Así, los esbirros de la “limpieza de la retaguardia” tuvieron noticia de muchos infelices que luego fueron hallados muertos, y los que no, encarcelados por las “brigadas nocturnas” o los polizontes de la Dirección de Seguridad o del S.I.M.
         Uno de los denunciados por “Un ex O. de C.” fue mi entrañable amigo Carlos Fernández Cuenca, falangista de primera línea, y al que yo conocía desde los primeros días de nuestras aficiones literarias, apenas salidos é1 y yo de la adolescencia. La denuncia era una cosa estúpida, incongruente y calumniosa, pues “Un ex O. de C.” ignoraba las actividades políticas dé Fernández Cuenca; únicamente lo sabía anticomunista, y sobre base tan vaga urdía la más absurda historia que su pobre magín pudo crear. El resultado fue que Carlos Fernández Cuenca ingresó en prisión por “enésima” vez en el tiempo que iba de guerra.
         Claro es que yo no planteé la cuestión de la supresión de la “Carta con censura” desde el punto de vista de la justicia y de la razón, sino desde el puramente periodístico, literario y de sentido común, que eran los aspectos que podían interesar a la Asamblea, pues de los morales más valía no hablar.
Desde el punto de vista periodístico, era indigno de un gran rotativo de la capital de España aquella croniquilla local, en que se sacaban a relucir los trapos sucios de los vecinos, como lo haría en el siglo pasado cualquier periodicucho de provincias, pues en nuestro tiempo ya ni los diarios provincianos empleaban tales procedimientos para conquistarse lectores, máxime teniendo en cuenta que la escasez del papel hacía aquilatar el espacio para temas generales de interés vital, como eran los acontecimientos políticos y militares.
         Literariamente tampoco tenía interés la sección, pues ni el fondo ni la forma se prestaban a hacer de la “Carta con censura” una joya literaria.
         En cuanto a su eficacia y sentido práctico, era preciso reconocer que, si se quería servir verdaderamente a la “justicia del pueblo”, limpiando de emboscados la retaguardia, lo más oportuno sería acudir a los centros policíacos y presentar la correspondiente denuncia contra los sospechosos, cuyo nombre, apellidos y demás circunstancias se concretaría allí, y no por medio de una vaga denuncia en un diario, valiéndose de iniciales y vagos detalles personales.
         Yo proponía, por tanto, suprimir dicha sección e indicarle al compañero José Luis Salado, mi antecesor en la dirección del periódico, que la sustituyese por otra de in­terés general. Precisamente, iba a ser movilizado, y la vida de un militar en campaña da siempre amplios temas para crónicas interesantes.
         José Luis Salado defendió su sección como pudo, con poca brillantez, pues a pesar de su posterior cargo de locutor de Radio Moscú, era hombre de torpe palabra; yo abundé en mi criterio, ampliando mis razonamientos; y a la hora de votar, la Asamblea acordó suprimir la tristemente célebre “Carta con Censura”, con gran indignación de “Un ex O. de C.”, que, en venganza, no volvió a enviar trabajo al periódico, con lo que salieron beneficiados los lectores.
         Este indeseable José Luis Salado fue de los que “bizarramente” huyeron a la entrada de las tropas nacionales en Madrid. Actualmente, su cargo de locutor de Radio Moscú, encubridor de su verdadero empleo de agente se­creto de la N.K.W.D., le permite vivir como un nabab entre la chusma hambrona de la U.R.S.S., sin recordar a tantas personas cuyo trágico fin precipitó con sus infames denuncias. Pero Dios está también en Rusia, a despecho de Stalin, y tarde o temprano presenta al cobro letras que se creían olvidadas.
         En otra Asamblea tuve que enfrentarme con los obreros linotipistas; y no por mí, sino por mi compañero de profesión Antonio Cabezas, director de El Sol, en defensa de los fueros de la dirección.
         Antonio Cabezas formuló una queja por la insubordinación de los linotipistas, que se negaron a confeccionar un editorial del diario, alegando que era ya tarde para retirarse a sus casas a descansar, sacrificando así la actualidad y buena información del periódico a su comodidad personal...
         El primer linotipista, en nombre de sus compañeros, declaró que, en efecto, se habían negado a componer el artículo en cuestión, porque el director les había entregado las cuartillas a las dos de la madrugada, y no a la una, como era la costumbre, y a ellos les era molesto irse tan tarde a sus casas, pues perdido el último metro, de las dos y media, tenían que hacer el camino a pie y algunos vivían lejos.
         El director, a su vez, razonó que no le fue posible entregar antes las cuartillas, porque en ellas comentaba los acuerdos del Consejo de Ministros, que había terminado de madrugada, y que no hubiera sido necesario que se quedasen todos los linotipistas, sino uno solo, que podía ser el que viviese más cerca, para realizar el trabajo a comodidad de todos. No quisieron efectuarlo así, y el diario salió a la mañana siguiente sin el comentario al Consejo de Ministros celebrado el día anterior.
         El linotipista interrumpió al director, diciendo:
         —No valía la pena que se quedase un obrero más tiempo del acostumbrado por un artículo que no tenía interés.
         Al oír esto me levanté, pidiendo la palabra; y una vez que me fue concedida por la presidencia, que ocupaba un obrero de máquinas, protesté enérgicamente de lo que consideraba una intromisión en las funciones de la dirección.
         ¿Quién era ni qué autoridad asistía a un linotipista para enjuiciar si un artículo del director tiene o no interés y vale o no la pena de quedarse más o menos tiempo a com­ponerlo, llegando a imposibilitar su publicación?
         Esto equivaldría a que el director se acercase a la lino y emitiese su juicio sobre el trabajo profesional del obrero, suspendiéndole en su función si le parecía imperfecta. En ambos casos, y en todos los similares, si un obrero, empleado o periodista de la empresa juzgaba que algún com­pañero no realizaba el trabajo con la debida perfección, y que esto podía lesionar el interés común, debía someter el caso a la Asamblea, como se había hecho reciente­ mente con la “Carta con Censura”, máxime no siendo el descontento de la misma profesión que el enjuiciado, y, por tanto, careciendo de conocimientos que le prestasen au­toridad en la materia.
         Terminé pidiendo una sanción para los linotipistas insubordinados, que con tal conducta habían dejado al diario El Sol en más bajo nivel que los restantes diarios de la mañana, con perjuicio manifiesto del prestigio de la empresa.
         Hubo discusión violentísima, y al fin, después de una reñida votación, la Asamblea decidió, por una enorme ma­yoría, “ver con disgusto” la actitud de los camaradas li­notipistas, y “exhortarles” a que no reincidieran.
         Otra vez fue con un miembro del mismo Consejo Obre­ro con quien hube de pelear y llevar su caso a la Asamblea.
         Siete rotativas magníficas poseía la empresa, pero no funcionaban más que dos. Las otras, con pequeñas averías, estaban paradas, porque las dificultades de guerra impedían repararlas, pues no había en la España roja piezas de recambio ni material para construirlas. Las rotativas inválidas se hallaban cubiertas de polvo, en miserable aban­dono. Varias veces había yo indicado a los compañeros del Comité de Administración y Control la conveniencia de limpiarlas y enfundarlas, y siempre me habían contestado que lo iban a hacer de un momento a otro; pero ese mo­mento no llegaba.
         Un día vi a uno de los compañeros del mismo Comité cortar, un gran trozo de la polea más ancha de una de las máquinas.
         —¿Qué haces?—le increpé—. ¿Cómo destrozas una po­lea continua, que vale un dineral? ¿Estás loco?
         —¿Es tuya la polea?—me replicó.
         —¡Claro que lo es! Mía y de todos los que aquí trabajamos.
         —Pues entonces también es mía.
         —También; pero para trabajar, no para que la destroces inútilmente.
         —¿Inútilmente, eh? Ya te ensañaré las suelas que con esto les voy a echar a las botas de mis chicos. Poco bien que van a ir con ellas.
         —Es que no te lo consiento—repliqué indignada—. Si cada trabajador se lleva trozos de las máquinas para usos domésticos, ¿a dónde irá a parar el capital de la empresa, que debe servirnos para trabajar y vivir de nuestra labor?
         —¿Que a dónde irá a parar el capital de la empresa, si todos hacen lo que yo? Pues como es de todos, va a parar a todos y se queda igual. No por eso te creas que nos vamos a arruinar, mujer. Hay siete máquinas, y con dos que funcionen nos basta y nos sobra; ya lo ves.
         No quise discutir más con quien no habría de comprenderme, y esperé a la celebración de la Asamblea, ante la que planteé la cuestión. La Asamblea se indignó de que el compañero del Comité hubiese cortado una polea para arreglar el calzado de sus hijos, ¡porque no podían hacer lo mismo todos los obreros, ya que no había poleas suficientes para repartirlas entre todos!, y no era justo que los hijos de unos llevasen el calzado rotó, mientras los de otros se arreglaban con el material de la empresa.
         Entonces, por el procedimiento de “más eres tú”, se descubrió que había quien se llevaba a su casa los carto­nes de la estereotipia para arreglar ventanas y pavimentos en los hogares siniestrados; que las herramientas y el cinc también pasaban a usos privados del domicilio de otros; en fin, ¡un desastre administrativo! Los obreros demostra­ban, una vez más, que el sistema colectivista es un error, porque las masas no tienen espíritu de administración ni conservación de la propiedad colectiva, y carecen, además, del concepto de autoridad, que debe serles impuesto por quienes la ejerzan, aunque hayan sido elegidos por las mismas masas obreras.
         Triste fracaso de todos mis ideales, que ya había supues­to en la ruina de otras empresas colectivizadas y que en­tonces vivía yo misma en aquella en que trabajaba. ¿Y eran hombres de tal contextura los que regían los destinos del país? ¡Pobre España, si ellos llegasen a ganar la guerra! Se la repartirían como botín comunal, a menos que la codicia extranjera evitase el desmoronamiento para quedarse con la totalidad, como pretendía, a ojos vistos, la Unión Soviética, que muy de cerca rondaba la presa española, sabedora de que sus naturales no habían de saber conservarla ni defenderla, como no sabían defender ni conservar la riqueza de que, con tanto afán, se habían apoderado.
         Compartía estas opiniones mías mi secretario en La Voz y redactor jefe, Luis Blanco Soria, hombre culto, de fina sensibilidad, teniente coronel de la Cruz Roja Española, a quien el ambiente de grosero despilfarro hacia sufrir como a mí; y muchas veces, al terminar algún cambio de impresiones y lamentaciones, solía decirme:
         —Usted y yo, directora, hemos hecho el gran negocio. Con los de allá no estamos conformes, y los de acá no es­tán conformes con nosotros. Cuando acabe la guerra, venza quien venza, no nos queda más camino que la “excedencia forzosa”.
         Entre tanto, el tiempo pasaba, y al estrechar su cerco las tropas nacionales sobre la zona roja, el hambre se hacía sentir con mayor crueldad. Cuanto mayores eras los desastres militares, más encendidas salían las soflamas del Gobierno cantando la seguridad de la victoria. Cuanto más terrible era el hambre, más sonora la fanfarria de las alocuciones populacheras.
         “Pasionaria” aconsejaba que se guardasen las legumbres para el invierno y se viviese, entretanto, a base de verduras y frutas. Y las gentes se preguntaban dónde estaban las frutas y las verduras, y también las legumbres de que ha­blaba la dirigente comunista, como no fuera en la propia mesa o en la bien surtida despensa de sus correligionarios descollantes.
         Para aliviar la necesidad de mi hogar, donde los víveres escaseaban también, decidí comer en el comedor colectivo del periódico; pero comprobé que, como en todos los de­ más de su clase, allí sólo comían los compañeros de la co­cina y sus amigos, pues los demás sólo conseguíamos en­gañar el hambre.
         Una tarde, en el cielo de Madrid aparecieron unos avio­nes de bombardeo que dejaron caer sobre la capital una lluvia de extraños proyectiles. Panes blancos, magníficos, metidos en bolsitas de papel cruzadas por la bandera roja y gualda, y con una leyenda que decía que aquel pan era un obsequio del general Franco a los niños, los enfermos y los ancianos de Madrid, a los que lo daría con abundancia una vez lograda la liberación.
         En el patio del periódico cayeron varios panes, de los que Blanco Soria y yo recogimos dos y nos los comimos ante el asombro de unos y la indignación de otros compañeros de trabajo.
         Blanco Soria se creyó en la obligación de dar explicaciones:
         —Los nacionales nos echan pan para hacer su propaganda. Nosotros nos comemos el pan y seguimos lo mismo que antes, con lo cual la propaganda se pierde y el pan lo aprovechamos.
         —Y que es bastante bueno—observé yo.
         —Como que igual a éste, aquí, entre nosotros, sólo lo fabrican las panaderías del S.I.M.—dijo Blanco Soria.
         —Pero, ¿tiene el S.I.M. panaderías?
         —Tiene panaderías y bodegas y mataderos propios, y de todo lo que hay que tener en materia de abastos. ¿Usted no lo sabía? ¿Es que usted no tiene suministro del S.I.M.? con la amistad que la une a Pedrero?
         —Es que yo no soy del S.I.M.—le repliqué.
         —Pero es usted periodista. Pedrero da suministro no sólo a su gente, sino a todos los periodistas y a los empleados de los juzgados y la Audiencia.
         —¿Por qué?
         —¿Por qué ha de ser? Porque quiere. ¿No sabe usted que en España el único hombre que hace lo que quiere es Ángel Pedrero?
         —Hasta cierto punto—le dije sonriendo, al recordar lo que el “omnipotente” Pedrero me había dicho muchas ve­ces acerca del control que los comunistas ejercían sobre él, por orden del misterioso Orlow. Pero me callé, por no cometer indiscreciones que podían costarme caras. Y Blanco Soria, interpretando mi frase y mi sonrisa en otro sen­tido, dijo a su vez:
         —¡Ah, ya! Pedrero hace lo que quiere, “hasta cierto punto”, cuando se trata de mujeres, y de mujeres como usted, ¿no es eso? Pero ya sabemos que ahí quiebran todos los poderes.
         Sonreí de nuevo por no dar explicaciones, dejando en su error a mi secretario, y decidí ir a ver en seguida al jefe del S.I.M. y pedirle un suministro, pues en mi casa pasábamos verdadera hambre mis hijos, mi madre, Isabel Par­do y la siempre fiel Ángeles, que no nos abandonó ni un momento.
         Llegué a pagar ciento veinticinco pesetas por una docena de huevos, no muy frescos; treinta y cinco por una lengua de caballo; cien pesetas por un kilo de longaniza, y aun a estos precios era dificilísimo encontrar víveres en parte alguna. Un día nos dijeron que en “Casa Parrita” había huevos fritos, por los que cobraban veinticinco pesetas el par; y allá fuimos mi hija y yo, dispuestas a regalarnos con lo que entonces constituía un manjar exquisito; pero cuando llegamos ya se había terminado la provisión, y salimos desesperadas, pues en casa había ordenado se co­miesen nuestras raciones, ya que nosotras comeríamos fuera. Llevaba yo trescientas pesetas en el bolsillo, destinadas a comer aquel día, y no hallamos dónde hacerlo. Como ya era tarde, los comedores colectivos estaban cerrados, y además había que proveerse de tarjeta para tener derecho a ellos. En el del periódico no había que pensar a tales horas, cerca de las tres, de la tarde, pues las raciones se agotaban antes de las dos; y, por fin, a las siete, logramos una tarjeta para cenar, media hora más tarde, en el hotel Gran Vía, en donde consumimos un plato de judías blancas con callos de caballo, que nos costó siete pesetas y media a
cada una. Por cierto que, antes de entrar en el comedor, sufrí un mareo que por poco si me hace perder el derecho a la cena, pues me metieron en la cabina del teléfono y llamaron nuestro número antes de que me repusiera. Menos mal que mi hijita, tan dispuesta siempre, se acercó al responsable del comedor y le dijo lo que ocurría, para que nos reservasen ración.
         Esto sucedió, naturalmente, el día en que yo no traba­jaba en el periódico, que era el domingo; tal vez por eso la afluencia a los comedores fuera mayor y la escasez de comida más acentuada que en días laborables; pero, de todos modos, la situación de Madrid, en general, y la mía, en particular, eran precarias.
         Apenas comuniqué a Pedrero estas cosas, se enfadó conmigo, diciéndome que no suponía fuera tal mi situación, y creía que nada necesitaba cuando nada le pedía, reprochándome lo que él llamaba “falta de confianza”, al no haber acudido antes a su buena amistad. Seguidamente me extendió una tarjeta de suministro y a partir de entonces hubo en mi casa abundancia de todo, a tal extremo, que hasta muchas veces pudimos remediar la necesidad de nuestros amigos y parientes.
         El S.I.M. repartía un suministro quincenal, en el que solían entrar cinco kilos de arroz, cinco de garbanzos, cinco de judías y otro tanto de lentejas. Tres kilos de azúcar, tres de pasta para sopa, un kilo de café y otro de chocolate. Cinco kilos de embutidos, tres docenas de huevos, tres kilos de queso, varias latas de conservas y cinco litros de aceite. Además, velas, jabón, alcohol y vino en cantidad proporcional a los demás víveres. Diariamente, también despachaba verduras y frutas frescas, pescado y carne, a razón de un kilo de cada artículo por tarjeta.
         Como esto era en la época de mayor escasez, hice notar a Pedrero mi extrañeza ante la superabundancia de tales suministros, y Pedrero me contestó:
         —El trabajo que realizan mis hombres es delicado y arriesgado, fácil al soborno. Si yo les pago bien y los mantengo mejor, trabajarán más a gusto y no habrá forma de que se vendan al enemigo. ¿No te parece? Para tener subordinados adictos, nada mejor que darles lo que necesitan, con esplendidez.
         En esto, como en muchas otras cosas, demostraba Ángel Pedrero su sagacidad; y así, su gente se daba vida de príncipe mientras el pobre pueblo perecía de hambre, ca­rente de lo imprescindible.
         Se había llegado a un grado terrible de depauperación.
         Aparecieron enfermedades nuevas, cuadros clínicos desconocidos hasta entonces. La pelagra y demás dolencias producidas por la avitaminosis hacían victimas a millares en las ciudades, y los niños y los ancianos morían en número aterrador.
         Esto aumentaba la descomposición de la retaguardia, que comenzaba a mostrar visiblemente su descontento sin temor a las represalias, que seguían con su inicial crueldad.
         Por otra parte, los desastres militares se sucedían, y entre unas y otras cosas se veía tan insostenible el equilibrio de la zona roja, que ya eran muchos los “mandamasas” que se disponían a cubrir la retirada.
         Manuel Azaña, el nefasto presidente de la República, se había ido a París, donde residía con el boato de su cargo, y rodeado por una compacta corte de politicastros que, bien equipados de valores y joyas procedentes de los sa­queos de las cajas fuertes de los Bancos, realizados meses antes, se daban la gran vida en el París de 1938.
         En los altos círculos políticos y militares se hablaba de la derrota claramente, y muchos “situados” se granjeaban “misiones en el extranjero”, con lo que procuraban ponerse, con tiempo, a cubierto de contingencias desagradables que se veían venir a paso de gigante.
         Entonces fue cuando se llevaron a cabo los vergonzosos y desvergonzados espolios en el tesoro artístico y demás bienes nacionales. Entonces fue el almacenar en el puerto de Almería todo el mercurio y la plata extraídos de Almadén en un año; de entonces los saqueos a los museos y ar­chivos, en los que fue valiosa y competente asesora Marga­rita Nelken; de entonces la acumulación de oro y pedrería en Barcelona, y el preparar grandes concentraciones de coches y depósitos de gasolina en esta ciudad y demás poblaciones cercanas a la frontera francesa, por si llegaba, el caso de salir corriendo sin lugar a espera: y de entonces también, las conversaciones con las casas armadoras y las líneas de navegación aérea, por si el apremio se presentaba con caracteres de mayor urgencia.
         En la confianza intima, los “mandamasas” no disimu­laban sus temores; pero al pueblo continuaban cantándole la canción del heroísmo, en soflamas, pasquines y frases que se “imponían” a la Prensa por medio de los dirigentes de los partidos y de los Comités de Control.
“Con armas o sin armas, con víveres o sin ellos, resistir es vencer”, decía una soflama de Mundo Obrero, órgano del Partido Comunista. Pero ya el entusiasmo de otros tiempos no alentaba a los milicianos, tras los largos meses de derrotas ininterrumpidas, que ellos, más que nadie, cono­cían tristemente.
         Un día mi prima Mariquiña vino a verme y me dijo:
         —¿Sabes que ya se pasó Josechu? Me dejó en casa una nota en la que dice que estemos atentas a la radio, pues si llega sano y salvo a la zona nacional, nos dirá: “Año nuevo, vida nueva”. Esa será la contraseña, que oiremos cuan­do se den las noticias de los liberados, inmediatamente después del parte de guerra.
         —Sí; ayer mismo supo Isabel, por ese procedimiento, cómo llegó su nieto Alberto a la zona nacional. Después del parte de guerra, oímos: “Atención. Esta es la Radio Nacional de España. Atención: “Cajitas llegaron bien”, que era la contraseña elegida por Alberto.
         —¿Por qué eligió eso de “cajitas”?
         —Porque, por todo equipaje, llevaba solamente dos pequeñas cajas en las que su abuela había metido casi todas sus reservas de dinero, joyas y alguna milagrosa reliquia, por lo que no cesaba de repetirle: “Ten cuidado con las cajitas”. Y él replicó: “Si llego con bien, sabrás de las cajitas y de mi al mismo tiempo. Estate atenta a la Radio Nacional, escucha el parte de guerra, y si llego a mi destino tendrás noticias mías y de las cajitas.” Y así ha sucedido.
         —¿Tardó mucho en llegar Alberto?
         —Hará unos quince días que salió de aquí.
         —Entonces, aún me queda bastante que esperar—suspiró Mariquiña.
         —No lo creas—la animé—. No todos tardan tanto. Depende de las vicisitudes que en el camino tengan que sufrir. Hay quien todo lo encontró fácil y llegó a la otra zona en horas. Por el frente de Usera y por la Universitaria se pa­san muchos en el día. Ahora, los que se van al frente del Ebro, corren menos peligros; pero tardan bastante más tiempo.
         No eran una vana aprensión los peligros a que yo aludía.
         En los frentes madrileños del Barrio de Usera y Ciudad Universitaria había milicianos que se comprometían a “pa­sar” en horas a cuantos deseaban ir al frente nacional; pero con frecuencia, después de haberles tomado fuertes sumas de dinero por el “servicio”, los fugitivos se veían sorpren­didos por descargas cerradas que les cortaban el camino de la libertad y de la vida. Sin embargo, también eran muchos los que lograban llegar, sanos y salvos, a dar el abrazo fraterno a sus camaradas de las filas del general Franco. Todo era cuestión de suerte.
         Antes de que nosotros tuviésemos noticias directas de Josechu, quiso tenerlas el S.I.M. suponiéndolo emboscado en la retaguardia, y en busca de indicios detuvo a Vi­cente Crecente y lo encarceló en la prisión de San Lorenzo, de lo que yo me enteré cuando ya llevaba diez días en­carcelado y sometido a malos tratos por los esbirros de Sanchís.
         Como habíamos quedado en que si algo anormal ocurría me avisasen inmediatamente, y ningún aviso recibí, yo supuse que todo marchaba bien, cuando una tarde vino a verme Marina para decirme, hecha un mar de lágrimas, que su esposo llevaba diez días preso y que le estaban pegando unas palizas terribles.
         —¿Cómo no me avisasteis antes?—le dije.
         —Porque Ana Mary tiene un amigo capitán de milicias que le prometió arreglarlo todo en seguida; pero viendo que pasa el tiempo y nada consigue, al fin vengo a molestarte, a ver si tú haces algo por nosotros.
         —Si a mí no me molesta ayudaros, ya lo sabéis. Lo que lamento es que hayáis tardado tanto en avisarme, pues de haberlo hecho en el primer momento se le hubiera evitado muchos malos ratos a tu marido.
         Aquella vez no recurrí a Pedrero de primera intención, pues no sabía cómo se encontraba el asunto, y como Cre­cente pasaba a los ojos de Pedrero por ser mi tío, era preciso andarse con cautela. Fui a ver a Moraleja, segundo jefe del S.I.M., y éste me informó.
         Contra Crecente no había cargos concretos. Era contra José Manuel de Urquiza, desaparecido de su domicilio sin dejar rastro, contra quien se iba. A Crecente sólo interesaba hacerle "cantar” lo que supiese de dónde estaba su amigo, y nada más; pero él se empeñaba en callar y le zurraban para que hablase.
         Ya más tranquila con esa seguridad, visité a Pedrero para interceder por mi “tío Vicente”, haciéndole ver el chasco que nos había dado a todos Josechu al huir sin decir nada a nadie.
         —¡Cuando yo te decía que debías separarte en seguida de toda esa gente...!—comentó con una sonrisa ambigua—. En fin, daremos órdenes para que no maltraten a tu tío; pero si aparecen cargos contra él, tendrá que responder de ellos.
         Cesaron los malos tratos de que Crecente era víctima, y cuando, pasados pocos días recobró la libertad, vi que estaba conmigo muy enojado. Su hermana Pilar me explicó la causa de ese enfado.
         En el momento de ser detenido, Crecente encargó a su esposa me avisase inmediatamente; ésta prometió hacerlo así, pero no lo cumplió hasta pasados diez días, en los que su marido fue atormentado con una o dos palizas diarias, y como me suponía enterada de su detención, creía que yo no quería hacer nada por aliviar su desdicha, considerándolo a él menos que a tantos desconocidos que había favorecido mi influencia. Luego, al salir de la prisión, Marina mantuvo ese equivoco para evitarse el disgusto que su esposo le daría si se enterase de su torpeza, y por eso Crecente estaba conmigo justamente indignado, aunque su enfado careciese de motivo real.
         Tampoco quise yo poner las cosas en claro por entonces.
         Después de todo, más valía que se enfadase conmigo que con su propia mujer, ya de por sí bastante desagradable, para añadirle un motivo más de desvío conyugal.
         Al fin, una noche oímos la esperada contraseña. Después del parte de guerra del Ejército Nacional, entre una serie de despachos enigmáticos para nosotros, oímos el de “Año nuevo, vida nueva”, repetido por tres veces. Josechu había llegado sano y salvo a la zona nacional; a la verdadera España.
         De rodillas, mi madre, mi hija y yo, rezamos un Padre­ nuestro en acción de gracias a Dios, por haber ayudado a nuestro entrañable amigo.
         El 25 de enero de 1939, día de Santa Elvira, entraron en Barcelona las tropas nacionales, a pesar de los des­orbitados optimismos de su defensor, el general Hernández Saravia. Madrid no podía tardar mucho en correr la misma suerte.
         Aquello era el principio del fin, y conociéndolo así nuestro “heroico” presidente de la República, que continuaba su cómoda vida en París, dimitió su alto cargo en una carta que remitió a las Cortes y en un manifiesto al pueblo, que no llegó a ver la luz porque el Gobierno prohibió en absoluto, no ya su publicación, sino hablar de él y hacer alusión a su existencia, pero comenzaba así: “Desde que el General Jefe del Estado Mayor Central, director responsable de las operaciones militares, me hizo saber, delante del Presidente del Consejo de Ministros, doctor Negrín, que la guerra está virtualmente perdida para la Re­pública, sin remedio alguno, y reconocido el Gobierno de Burgos por Francia e Inglaterra entre otras potencias, consideré disuelto el aparato del Estado, y en estas circunstancias me es imposible conservar el cargo de Presidente de la República Española, al que no renuncié el día que salí de España, porque esperaba “sería aprovechado ese lapso de tiempo en favor de la paz.” Seguían otras justificaciones y consideraciones ante el pueblo español, al que terminaba deseando prosperidad y paz durante la nueva etapa que se iniciaba.
         Ante tantos y tan repetidos desastres, que la U.R.S.S. conocía detalladamente por sus delegados oficiales y secretos, de acuerdo con las centrales sindicales, decidió Rusia retirar de España el grueso de las Brigadas Internacionales, evitando a sus hombres caer en manos de las tropas del general Franco; mas para velar la cruda realidad de tanta derrota, se recurrió a una estratagema habilidosa y Negrín declaró en Ginebra, en la Sociedad de Naciones, que la República española renunciaba a la ayuda de voluntarios extranjeros.
         Así salieron de España las Brigadas Internacionales, aparentemente por decisión del Gobierno; pero, en realidad, por orden de Rusia y los dirigentes sindicales, si bien la U.R.S.S. ni aun entonces renunció a sus apetencias sobre España, sino que, viéndolas más costosas y difíciles de lo que en un principio había imaginado, decidió que fuesen los mismos españoles quienes se las lograsen y sir­viesen casi a domicilio.
         Al perderse Barcelona, el Gobierno Negrín y sus adláteres huyeron a Francia, deteniéndose en Perpiñán, desde donde siguieron dictando órdenes, hasta que el Gobierno francés les hizo ver lo anómalo que resultaba, en derecho internacional, que el Gobierno de un país actuase desde fuera de sus fronteras y les invitó a proceder como simples emigrados políticos o regresar a España.
         Claro es que el pueblo español desconocía esos peque­ños detalles, pues el delegado de Propaganda, Miguel San Andrés, había inventado un teletipo del Gobierno en el que éste decía encontrarse en Figueras, desde donde disponía su regreso a Valencia.
         Y a Valencia regresaron Negrín y su equipo, no ciertamente por su gusto, sino obligado por los comunistas, que llegaron a amenazarles de muerte si consentían en quedarse en Francia como simples refugiados políticos.
         Los comunistas seguían moviéndose al dictado de Moscú, que imponía una resistencia absurda al pueblo español, mientras los dirigentes, rusos y españoles, tenían en el campo de San Jerónimo de Albacete aviones dispuestos para huir a Orán y de allí emprender cómodamente viaje a la U.R.S.S., al mismo tiempo que los miles de combatientes derrotados en las gestas catalanas emprendían también viaje a Francia, para caer extenuados, hambrientos y helados, en el campo de concentración de la playa de Angers, donde toda incomodidad y dolor tenía asiento, como nos refiere en sus memorias Carlos R. del Risco, uno de los exilados que conoció toda la amargura causada por la cobarde felonía de los dirigentes rojos, en su abandono a los combatientes anónimos.
         Al Gobierno Negrín no le quedó otro recurso que hacer suya la táctica comunista, y aun sabiendo lo estéril del in­tento, al grito de: “Resistid, que nos salvamos todos o todos perecemos” sedujo a algunos ingenuos, que decidieron morir, pero antes destruir cuanto hubiese a su paso, para no dejar nada útil a la llegada de las tropas, nacionales.
         Esta era la orden que, recibida de la U.R.S.S. y traducida por Negrín al estilo español, recordaba a los milicianos las gestas de Sagunto y Numancia, como si los españolísimos soldados del general Franco fuesen invasores extranjeros, ante los cuales fuera preferible la muerte al sometimiento esclavizador. “Haced saltar las presas, destruid las centrales industriales, arrasadlo todo, para que nada encuentre a su paso el enemigo más que desolación y muerte”, decía a todo lo ancho de una doble plana Mun­do Obrero.
         Era inminente la catástrofe que estos inconscientes, héroes dignos de mejor causa, podían desencadenar. Se hacía necesario y urgente encauzar el sentir del pueblo y de una parte del ejército, desmoralizado y ansioso de paz, y al mismo tiempo frenar los ímpetus de los que no querían terminar la guerra ni aun entonces, cuando ya todo estaba perdido.
         Era preciso que al avance triunfal de las tropas nacionales no se opusiera el caos que obligase a los liberadores a derramar más sangre.
         A tal efecto, un grupo de hombres bien intencionados se reunió en torno a Besteiro, para formar una entidad de gobierno que preparase a la rendición pacífica aquella minúscula parte de España que aún resistía, y donde la desmoralización era ya tal que los milicianos no comunistas cantaban coplas despectivas para el Gobierno rojo, una de las cuales, con música de “Joven Guardia”, himno de las J.C., decía:

Somos soldados de Negrín,
y nuestro jefe es un c...,
que nos obliga a resistir
sin darnos pan ni munición.
         Y otra añadía, con música de fandanguillo:
Los frentes no son ya frentes.
Los frentes son mataderos
donde van los 'milicianos
a morir como corderos,
sin pan, sin armas, sin ropas,
y otros guardan los dineros.
         Una vez constituido el Consejo de Defensa, que así se llamó al organismo creado y acaudillado por Besteiro, intentó imponer una disciplina interior, de la que se carecía, y llegar con los jefes nacionales a la consecución de una “paz honrosa”, según expresión del propio Besteiro, mediante capitulaciones que no resultasen demasiado depresivas.
         Tales propósitos exaltaron las iras de los comunistas, que se echaron a la calle el día 4 de marzo de 1939, provocando una lucha intestina que costó centenares de víctimas.
         Los sucesos sólo duraron ocho días; pero en ellos se renovaron todas las exacerbadas crueldades de los primeros tiempos de guerra, si bien eran dirigidas contra los adic­tos al Consejo de Defensa.
         Los “paseos”, los asesinatos en plena calle, los asaltos a mano airada, las ejecuciones decretadas por los dirigentes sin previa formación de causa, los tormentos llamados por los rusos “psicotécnicos”, de refinamiento asiático, y, en fin, todos los resortes y procedimientos habituales a los comunistas, se pusieron en juego por los secuaces del Gobierno Negrín contra los defensores del Consejo.
         Pedrero, desde el primer momento, se puso a las órde­nes de Besteiro, y por esta razón, cuatro agentes del S.I.M. que cayeron en manos de los comunistas, fueron bárbaramente golpeados y enterrados vivos, dejándoles fuera la cabeza para hacer más penosa su agonía.
         Esto ocurrió el día 7 de marzo en la “posición Jaca”, de la que los comunistas se hicieron dueños, deseosos de coger prisioneros al general Miaja y al coronel Casado que figuraban en el Consejo de Defensa; pero éstos ya se habían puesto a salvo y “los de Negrín” sólo lograron capturar a los que, ignorantes de lo ocurrido, iban llegando a “Jaca”, entre ellos el gobernador civil de la provin­cia, Gómez Osorio, que suponiendo la “posición Jaca” en poder del Estado Mayor, acudió en busca de seguro refugio y cayó en manos de los comunistas que estuvieron a punto de fusilarlo en compañía de García Prada, director del diario C.N.T., que allá fue también para entrevistarse con el coronel Casado, al que le unía antigua y estrecha amistad.
         A ninguno de los prisioneros cogidos en “Jaca” por los comunistas les fue proporcionada por éstos comida ni bebida en cuarenta y ocho horas que estuvieron en prisión. La posición fue saqueada y arrasada al gusto moscovita, y con los papeles, encerrados en mesas y archivos, los co­munistas hicieron grandes hogueras, que se entretenían en saltar, como chiquillos en diversión sanjuanera.
         En el centro de Madrid los pacíficos ciudadanos eran detenidos en la calle por los soldados y, poco más o menos, interrogados en esta forma:
         —¿Tú eres del Gobierno o del Consejo?
         Si el ciudadano tenía la suerte de acertar con el grupo al que la fuerza pertenecía, le llevaban a un cuartel, le daban un fusil y lo convertían en un combatiente más. Si, por el contrario, se declaraba partidario del grupo rival, en el mejor de los casos, si sus aprehensores eran perte­necientes al Consejo de Defensa, lo detenían y conducían al más próximo retén; pero si, por el contrario, eran del Gobierno las fuerzas que lo detenían, esto es, si eran los comunistas quienes lo apresaban, el capturado se podía contar con los muertos.
         Como en Madrid las fuerzas estaban equilibradas, aquello no hubiese acabado nunca si la columna de milicias que mandaba el comandante Mera, anarquista de la F.A.I. y enemigo, por tanto, de los comunistas, lo mismo que sus hombres, todos de significación libertaria, no hubiese aban­donado el frente donde se hallaba, próximo a Madrid, para acudir en socorro del Consejo de Defensa, decidiendo la lucha en favor de éste.
         Inmediatamente salieron de España los pocos soviéticos que aún quedaban en ella para mantener encendida la lla­ma de la inútil resistencia al triunfo nacional, que sólo Moscú, con su tozudez cerril, no quería reconocer, y los jefes rojos españoles encontraron así magnífico pretexto para la impúdica huida.
Utilizando todos los medios de locomoción a su alcance, por tierra, mar y aire, se pusieron a salvo los que pudieron, ofreciendo los puertos de Levante y las poblaciones fronterizas con Francia espectáculos lamentables en aque­llos días, en que el pánico mandaba más que la vergüenza.
         Yo veía precipitarse los acontecimientos. Se hundía el sistema rojo. La guerra terminaba con la victoria del ge­neral Franco. ¿Qué iba a ser de mí y de mis hijos? ¿Cuál sería la suerte de éstos si yo llegase a faltarles? ¿Me castigaría Dios de modo tan merecido? A su Divina Piedad me encomendaba.
         Los amigos, sobre todo Fernando Suárez de la Dehesa, quien se mostraba muy alegre ante los acontecimientos, que le permitirían unirse pronto a su amada mujercita, me tranquilizaban asegurándome que ellos velarían por mí hasta lograr que se me hiciese justicia por mi buen proceder con ellos y con la Falange Española.
         Y yo rezaba, rezaba mucho, poniendo mi vida entera y la de mis hijitos queridos en manos de Dios Nuestro Señor, repitiendo con fe: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.”






 
 
CAPITULO XIX
 
LA LIBERACIÓN
 

 
Invitación, a la huida.—El profesor Besteiro y el amigo Carrillo.—Lectura histórica.—La desbandada.—El yate “Vita” y los restos tesoro español.—Un desertor.—La Falange, en la calle.
 



 
         La guerra estaba totalmente ganada por las tropas nacionales. La desbandada de los rojos era trágica. Por centenares, se pasaban los milicianos al campo nacional y hubo compañías enteras que cruzaron las alambradas para dar el abrazo de paz a sus hermanos del otro lado, llevándose al paso el armamento correspondiente, incluso ametralladoras y piezas de artillería.
 
         En la retaguardia se hablaba del Generalísimo Franco como del Jefe del Estado; pero no en cuchicheo, como hasta entonces, sino en voz alta y en todas partes, incluso en los teatros y en el tranvía, con unánime beneplácito. Solamente las partidas de bandoleros que otrora habían realizado desmanes más o menos lucrativos seguían mostrándose enemigos del nuevo régimen español.
 
         En tales circunstancias, era imposible que las proporciones de paz hechas por el Consejo de Defensa fueran siquiera escuchadas por el Gobierno del general Franco. Este respondía a toda propuesta, por medio de su Cuartel General, que no admitía sino la rendición sin condiciones, y así tuvo que aceptar los acontecimientos el Consejo, preparando la rendición que los nacionales imponían.
 
         Yo continuaba en mi puesto de directora del diario La Voz y en constante contacto con los jefes militares y políticos, lo que me tenía al corriente de cuanto sucedía y del desarrollo de los acontecimientos.
 
Seguían mis buenas relaciones con el profesor Besteiro y el general Miaja y mi íntima amistad con Ángel Pedrero y Wenceslao Carrillo, este último consejero de Gobernación en el Consejo de Defensa, y precisamente por estar tan bien informada me era dificilísimo imprimir al periódico una orientación qué no engañase al público ni resultase un salto en el vacío.
 
        Una tarde, reunidos en el despacho de Pedrero, al que ya solamente acudíamos los íntimos, Ángel me preguntó, con vivo interés:
 
        —¡Qué piensas hacer cuando todo termine?
 
        —¿Qué piensas hacer tú?—respondí al estilo gallego.
 
        —Lo que las circunstancias manden—dijo.
 
        —Pues eso haré yo—afirmé—. Aún no tengo nada de­cidido. Esperaré los acontecimientos.
 
        —Entonces será ya tarde—intervino Moraleja—. Ya he arreglado las cosas para irme a Argelia. Si para entonces no tenéis nada mejor, podéis venir conmigo en el coche hasta Alicante y embarcaremos los tres en el buque que ha de llevarme.
 
        —¿Te encargarás tú de arreglarlo todo?—preguntó Pedrero.
 
        —Sí; poca cosa es. Decir que seremos tres, en vez de uno, y triplicar la prima. Nada más.
 
        —¿Te atreves a venir con nosotros?—me preguntó Pedrero.
 
        —No quisiera comprometeros—respondí, evasiva.
 
        —¿Qué compromiso ves en ello?—insistió Angel.
 
        —Las mujeres, en ciertos casos, somos un estorbo.
 
        —No digas tonterías; tú no eres como las demás. Moraleja, ya lo sabes; encargarás pasaje para los tres.
 
        —No; conmigo no contéis. No podría separarme de mis hijos—les dije.
 
        —Es que te separarán por la muerte. Tú no sabes cómo es esa gente. En las poblaciones donde han entrado no han dejado jefe ni dirigente vivo. Si te quedas, tus hijos te perderán para siempre. En cambio, si vienes con nosotros, los volverás a ver y vivirás de nuevo con ellos cuando regreses, que será tan pronto se rehagan nuestras fuerzas y, con una sólida ayuda extranjera, podamos echar a los que hoy nos echan de España.
 
        No tuve razón que darle, como no fuese la indecible de que yo estaba más conforme con el régimen del general Franco que con el que padecíamos bajo la tiranía seudo -socialista-republicana, y efectivamente comunista. Callé, y como “el que calla, otorga”, interpretándolo así, Pedrero ordenó:
 
        —Lo dicho. Moraleja. Encarga tres pasajes para Oran.
 
        El día 18 de marzo de 1939, víspera de San José, el profesor Besteiro nos citó en su despacho del Palacio de la Presidencia a los directores de los diarios madrileños. Con el presidente del Consejo de Defensa estaba el general Miaja, el coronel Casado y Wenceslao Carrillo.
 
        Tras unas breves palabras del general, explicando la necesidad de terminar la guerra a todo trance, el coronel Casado nos leyó un documento razonadísimo sobre los desmanes comunistas que habíamos tenido que soportar durante toda la guerra y que culminaron en los sucesos ocurridos aquel mismo mes, sacando la conclusión de que la única fuerza que real y verdaderamente se había opuesto en España al comunismo era la que acaudillaba el general Franco, con quien habíamos de unirnos para que el comunismo no nos pisotease.
 
        A mí me pareció muy bien y muy razonado todo aquello; pero no dejaba de pensar: “Pues si reconocen esto, ¿por qué la guerra contra los nacionales, y no contra los comunistas?” Mas no me atreví a formular mi pensamiento.
 
        Seguidamente habló el profesor Besteiro de cuánto urgía preparar la opinión, a fin de que las masas obreras aceptasen sin demasiada repugnancia ni rebeldías estériles el nuevo orden de cosas. Para tal fin requería el concurso de la Prensa, que por medio de artículos adecuados había de facilitar la evolución del pueblo, labor facilísima, ya que el pueblo, propiamente hablando, estaba, deseoso de paz y sabía, por referencias veraces, de cuán distinto modo se vivía en la zona nacional, donde no se conocían los horrores ni las privaciones que nos afligían en la zona republicana.
 
        Javier Bueno, director del diario Claridad, protestó diciendo que él no haría semejante cosa en su periódico, que no estaba conforme con los “fascistas”, ni aun con­tra los comunistas, y que no podía preparar la opinión obrera diciéndole todo lo contrario de lo que hasta entonces le había dicho.
 
Yo intervine, como directora de La Voz, y dije que, como se trataba de disponer los ánimos para la paz, espe­rábamos del Consejo de Defensa diese amplio margen a los directores de diarios, a fin de tomar cada uno la orientación que mejor le pareciese. A mí, por ejemplo, me gustaría desarrollar la idea de que, siendo todos españoles, de­biéramos dejar rencores a un lado y darnos el abrazo de paz que muchos corazones deseaban, aun cuando lo callasen. En resumen, que mi periódico, esencialmente popular y apolítico, dejaría la política para quienes quisieran enfocar la cuestión desde ese plano, y se limitaría al aspecto sentimental y patriótico del momento.
 
        García Prada, director de C.N.T. y gran amigo personal del coronel Casado, fue más lejos. Dijo que, como sindicalista, se unía al movimiento sindical que informaba el nuevo Estado creado por Franco, del que sólo le separaba una mínima diferencia, y en este criterio abundaron los directores de varios diarios, sumándose al mío A.B.C., La Libertad y el Heraldo; pero Javier Bueno se mantuvo en su posición y presentó allí mismo la dimisión del cargo de director de Claridad, abandonando el salón donde estábamos reunidos.
 
        —Esto es proceder en comunista—dijo García Prada.
 
        Siguieron comentarios de todos los gustos que el general Miaja cortó, diciendo:
 
        —Son las nueve y se hace tarde para cenar. Ustedes ya están enterados de lo que se trata. Buenas noches, seño­res—y salió del salón sin otra despedida.
 
        —Este hombre sigue sin pensar en otra cosa que en comer—dijo a mi oído Wenceslao Carrillo.
 
Se despidieron mis compañeros de Prensa, algunos consejeros también se fueron y yo me hice la remolona, pues quería cambiar impresiones con mis dirigentes.
 
        Carrillo, adivinándolo, me preguntó:
 
        —¿Adónde te irás, después de esto?
 
        —¿Yo? A mi casa—respondí riendo.
 
        —Ahora, sí; pero ¿y después?
 
        —No lo sé.
 
        —¿No quieres decírmelo? Tú sabes lo que te pregunto.
 
        —Sí; y sé lo que te contesto—respondí.
 
        —Pues conmigo puedes contar en cualquier momento —se ofreció—. Yo procuraré estar al habla contigo, y cuando llegue el día que tiene que llegar, en el barco que me lleve vendrás tú también.
 
        —¿Tienes ya todo arreglado?—pregunté, a mi vez.
 
        —Casi; además, eso se arregla pronto.
 
        —Pero, ¿tan rápido se va esto?—pregunté.
 
        —Es cuestión de días—dijo el profesor Besteiro, que hasta entonces no había intervenido en nuestra conversación, entretenido en arreglar unos papeles sobre su mesa.
 
        —Y usted, profesor, ¿qué piensa hacer?—pregunté, con manifiesta indiscreción.
 
Besteiro se irguió en su alta estatura, y con aquella sonrisa suya, que era más triste que la misma seriedad, respondió:
 
        —Yo, que nunca dije: “O nos salvamos todos, o todos perecemos”, me quedaré con los que no pueden salvarse. Es indudable que facilitaremos la salida de España a mu­chos compañeros que deben irse, y que se irán por mar, por tierra o por aire; pero la gran mayoría, las masas numerosas, esas no podrán salir de aquí, y yo, que he vivido siempre con los obreros, con ellos seguiré y con ellos me quedo. Lo que sea de ellos será de mí.
 
        Me conmovió aquella lealtad a una vida rectilínea, consecuente con sus postulados. Don Julián no era de los que tenían unas ideas para la propaganda y otras para su uso particular. Le tendí la mano, emocionada.
 
        —Usted se irá con Carrillo, ¿no es eso?—me preguntó.
 
        —No, profesor. Yo también me quedaré.
 
        —Usted, ¿por qué?—protestó Besteiro—. Usted es una mujer y no debe sufrir los embates que se avecinan. Váyase, Regina; se lo aconsejo. No se quede aquí.
 
        —Le agradezco su interés, pero me quedaré. El irme en estas circunstancias me parece una huida, y la huida es siempre cobarde. Yo no puedo huir; no sé.
 
        —Es una postura gallarda, pero inútil. ¿Qué adelantará usted quedándose?
 
        Iba a responderle que lo mismo que adelantaría él; pero Carrillo no me dio tiempo, pues nos interrumpió diciendo:
 
        —Eso lo dice ahora; pero ya variará de idea.
 
        —No variaré, Carrillo—repliqué—. Me da vergüenza irme, después de decir cientos de veces desde la tribuna que hay que tener el valor de los propios actos y saber perder cuando vienen las cosas mal dadas. Marcharse ahora es huir, es desertar, esquivando una responsabilidad que otros tendrán que afrontar forzosamente y en la que han incurrido tal vez convencidos por mis propias predi­caciones.
 
        Besteiro sonrió con su triste sonrisa y me dio la mano en silencio. Carrillo, un poco molesto, pero siempre cariñoso conmigo, insistió:
 
        —Tú variarás de modo de pensar. Yo, como te digo, seguiré en contacto contigo hasta última hora y al fin te convencerás de que quedarse aquí es hacer el primo. Tú lo pensarás bien y decidirás, siquiera pensando en tus hijos, por los que tienes el deber Se vivir y guardarte.
 
        Me despedí de mis viejos compañeros y salí al pasco de la Castellana. Frente a la Presidencia me esperaba Juan López Núñez, redactor de mi periódico, encargado de aquella información.
 
        —¿Qué, directora? ¿Muchas cosas?—me preguntó.
 
        —Pocas y muy sabidas, o por lo menos, sospechadas —le respondí.
 
        —Usted ha quedado mucho tiempo conferenciando con el presidente y con el consejero de Gobernación. Le habrán dicho muchas cosas interesantes, ¿no?
 
        —López Núñez, ¿es que va usted a sorprenderme a mí, para el mismo periódico que yo dirijo? ¡Tendría gracia! me he quedado con mis antiguos amigos compañeros de partido por el gusto de charlar con ellos amistosamente. Nada más.
 
        Los días que siguieron fueron de pánico creciente. Por aire, mar y tierra, como había dicho Besteiro, aquello era la más vergonzosa desbandada de jefes y jefecillos milita­res y civiles.
 
        El 25 de marzo se me presentó en el periódico el capitán Reyes. Venía de parte del general Miaja a invitarme a salir en avión con él, con destino a Argelia. Rehusé agradecida, deseando al general un feliz viaje.
 
        Al día siguiente, en mí casa, recibí la visita de Moraleja, para decirme que todo estaba dispuesto y que Pedrero deseaba salir de Madrid lo antes posible. También le di las gracias y me quedé.
 
        Por último, el 27 de marzo, Carrillo me llamó por teléfono, diciendo que tenía en su coche una plaza vacante para mí, y le repetí lo que le había dicho delante de Besteiro. No quería huir a la hora del peligro; me quedaba al lado de tantos que no podían irse.
 
        Manolo Portillo vino también a despedirse. Era uno de los mejores periodistas madrileños, que había popularizado el seudónimo de “Lahertes” en reportajes llenos de interés, gracia e ingenio. Se iba a París con un puñado de francos en el bolsillo y una cantidad grande de miedo en el ánimo, porque era masón y temía ser apresado por las fuerzas de Franco, que, según le habían asegurado, perse­guían de muerte a los masones.
 
        Entretanto, Indalecio Prieto, en su yate de recreo “Vita”, navegaba rumbo a Méjico llevándose los restos del ya bien mermado tesoro español para preparar, en patria de Pancho Villa, la arribada forzosa de los “valientes en la huida”. Eran cerca de treinta y siete millones de pesetas oro lo que el “Vita” portaba, últimos restos de los quince mil millones que formaban las reservas oro de España en abril de 1931, y que la colocaban en el cuarto lugar entre los países tenedores de oro. La República había dilapidado una buena suma, pero aún había quedado para que la U.R.S.S. nos cobrase ciento cuarenta y un millones por sus envíos de armas y víveres, y Manuel Azaña y su cohorte trasladasen a Francia las fuertes cantidades que a sus respectivos nombres figuraban en Bancos y casas de cré­dito y que les permitirían vivir en París con “el decoro que el buen nombre de la República requería”, según frase cínica del mismo gran farsante Azaña.
 
        El reparto se hizo en la siguiente forma: a nombre de Álvaro de Albornoz, en el Chasse Bank, 125 millones de francos; Luis Araquistáin y Alfonso Otero, conjunta­mente, en el Chasse Bank, Credit Lionés y Eurobank, 851 millones de francos; Olona, en Eurobank, Banesparco y Dreifus y Compañía, 475.440.000 francos; Gordón Ordax y Francisco Méndez Aspe, comanditariamente, en el Eurobank y Midland, de Méjico, 823 millones de pesos; Olona y Luis Prieto —hijo de Indalecio—, comanditariamente, en el Banco de Méjico, 130.639.000 pesos; Méndez Aspe y Pedro Prat, comanditariamente, en Eurobank y Credit Lionés, 255 millones de francos; Méndez Aspe y Luis Prieto, comanditariamente, en Credit Lionés, de Nueva York, 145 millones de francos; Méndez Aspe, Rodrigo y Fernández Shaw, comanditariamente, en Euro­bank y Midland, 140 millones de francos; Gonzalo Zavala y Rafael Rodrigo, en Eurobank, 200 millones de francos; Fernando de los Ríos, en el Banco Comercial, de Washington, 225 millones de francos, y el doctor Negrín, en Eurobank, 370 millones de francos.
 
        Comentando estas cosas, Blanco Soria me dijo plañideramente:
 
        — Todos se van, directora. ¡Y se van ricos! Nosotros, ¿cuándo, aunque sea pobrecitos?
 
        —Usted, cuando quiera. Yo no me voy.
 
        —¿No se va usted? ¿No sabe que los directores de periódico, según anunció la Radio Nacional, serán castigados con penas de treinta años de prisión, a muerte?
 
        —No lo sabía; pero es igual. ¿Con cuánto serán castigados los redactores jefes?—pregunté a mi vez.
 
        —Con penas de veinte a treinta años—respondió.
 
        —Pues no le queda a usted más recurso que huir, Blanco Soria.
 
        —No, directora, yo tampoco huiré—dijo muy serio; y luego, recobrando su humor habitual, añadió—: Me consolaré en presidió cantando con música de la conocida película; “Soy un pobre presidiario—por dirigir un diario—que le llamaban La Voz...”, —y lo cantaba desento­nando lo suyo.
 
        —Muy bien, Blanco Soria; pero ahora, en serio. ¿Adónde piensa usted irse?
 
        —Completamente en serio, directora: no me voy. Soy militar y antes preferiré la muerte en mi puesto que vivir huido cobardemente. Es cosa de principios.
 
Aquella noche, ya avanzada la hora, oí unos golpecitos en los cristales de la ventana de mi alcoba. Dudaba si sería alguna rama agitada por el viento o si me engañarían mis sentidos, cuando mi hijita, que se había despertado, me dijo:
 
        —Alguien llama a tu ventana, mami.
 
        —Debe de ser el viento, nena—le dije—. ¿Quién podría saltar la verja del jardín sin que ladrase el perro? ¿No comprendes?
 
Pero en aquel momento una voz conocida pronunció mi nombre y ya no cupo duda. Acudí y vi a mi hermanó Máximo, bien pertrechado con su equipo militar: fusil, cananas, manta, macuto, careta antigás, y, a pesar de tanta impedimenta, rápidamente entró por la ventana.
 
        —Preferí este camino por no alarmar a los demás si me ven llegar a esta hora—dijo, mientras se desembarazaba del armamento, ya dentro de mi alcoba.
 
        —¿Y cómo has venido?
 
        —Porque todos han hecho lo mismo. Desde esta mañana nos han abandonado los jefes; los oficiales y sargentos empezaron a desaparecer después de mediodía, y ¿qué quieres que hiciéramos las tropas? Pues, uno a uno o en parejas, y ya últimamente en grupos, hemos “tomado el olivo”; unos, a las filas nacionales, y otros, a la retaguardia de aquí.
 
        —Lo que me extraña es que tú no te hayas pasado al otro lado, y no ahora, sino mucho antes. Por el frente de Usera, donde tú has estado, se han pasado centenares a las filas nacionales.
 
        —No te creas que era tan fácil pasarse. Tenía sus peligros. Cuando yo no lo hice... Ya bastante arriesga uno el pellejo—se disculpó mi hermano; y cambiando de tono, añadió—: ¿Y Gustavo, no ha venido todavía?
 
        —Gustavo—respondí—lleva varios días en casa, con licencia por haberse lesionado una mano en el ascensor del cuartel. Ven a su cuarto; charlaremos tranquilamente y dejaremos dormir a los niños, que, como ves, se han despertado los dos.
 
        Así era, en efecto. Los arropé, los besé, y nos fuimos al cuarto de mi otro hermano, donde estuvimos de charla hasta cerca del amanecer, que regresé a mi alcoba para reanudar mi interrumpido sueño.
 
        En lo mejor de mi reposo me despertó, bien entrada la mañana, un alboroto de autos con altavoces que atronaban el espacio a los sones de “Cara al sol", el himno de la Fa­lange Española.
 
        Me vestí rápidamente y salí al jardín. Las casas vecinas estaban adornadas con banderas nacionales, y por las ventanas abiertas salían las voces de la radio, que se unía a la algazara callejera de vecinos y transeúntes vitoreando a Franco y a la Falange. Multitud de coches y camiones, engalanados con banderas rojo y gualda y rojo y negro, cruzaban en todas direcciones, llenos de muchachos y muchachas que daban muestras de indescriptible regocijo.
 
        Mis hermanos, con las cortinas rojas de mi despacho y una amarilla del comedor, hicieron una bandera que rápidamente cosió a máquina mi madre, y la colocaron en un mástil, en el tejado de la casa. Seguidamente conectaron la radio y oímos al comandante Mera y al profesor Besteiro recomendar al pueblo serenidad en aquella hora de transición, cuando se esperaba de un momento a otro la entrada en Madrid dé las tropas victoriosas del general Franco.
 
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