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Miguel Los Santos Uhide
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Un troglodita en el siglo XX: 5 de diciembre de 1903

Libros y artículos

Recopilación de datos sobre la detención de Prudencio San Sebastián, que vivía en una gruta del monte Jaizkíbel, entre Lezo y Fuenterrabía desde hacía 8 meses. Aparte de artículos cuando su detención, se incluye la entrevista realizada en Oyarzun, para la revista ESTAMPA del 3 de diciembre de 1932, y de apuntes sobre su retiro en el Asilo de Oyarzun.

     UN TROGLODITA EN EL SIGLO XX: 5 de diciembre de 1903

     Recopilación de datos sobre la detención de Prudencio San Sebastián, que vivía en una gruta del monte Jaizkíbel, entre Lezo y Fuenterrabía desde hacía 8 meses. Aparte de artículos cuando su detención, se incluye la entrevista realizada en Oyarzun, para la revista ESTAMPA del 3 de diciembre de 1932, y de apuntes sobre su retiro en el Asilo de Oyarzun.

          Buscando datos para otro trabajo, encontré casualmente, en la revista AHORA del (3/12/1932, pág. 4) el siguiente anuncio de la revista ESTAMPA:                                                                                                                                            

   Inmediatamente recordé una historia que mi padre, cuando éramos niños, nos contaba y que se refería a un hombre que había sido criado de manera salvaje, en las montañas de los alrededores y que, finalmente, fue recluido en un asilo de la zona de Oyarzun - Rentería (Guipúzcoa, España).
   Una vez despierta mi curiosidad, busqué datos referentes a este episodio y, para mi sorpresa, encontré varios artículos sobre el tema.
   Se trata, como después se verá más en detalle, del curioso caso de un pobre hombre, abandonado y recogido el año 1875 en el Hospicio de San Sebastián. Todo indica que, tras pasar los primeros años en la Inclusa, comienza a trabajar como "criado" en caseríos de la zona de Oyarzun. El pobre hombre, a causa de una enfermedad, no podía realizar esfuerzos físicos pero, para su desgracia, su apariencia de hombre fuerte, hacía que, en los caseríos de la zona fuera tildado de "holgazán", por lo que se vió obligado a mendigar y soportar un rechazo social tal que, desesperado, decidió retirarse a la vertiente marina del monte Jaizquíbel, donde, por las circunstancias que más adelante de verán, le encuentraron los carabineros de Fuenterrabía a comienzos de 1903.
  Quiero comenzar por unos datos interesantes que nos informan sobre la climatología del momento. http://www.divulgameteo.es.- Revista del Aficionado a la Meteorología (RAM) nº 47 (1ª etapa) Noviembre de 2006, pág. 5.

  «Diciembre 1903: los cinco últimos días del mes de noviembre (de 1903) fueron de fuerte temporal de lluvias y granizo, además de un estado de la mar que hacía imposible la salida de los pescadores a faenar. Este temporal se convierte en nieve al descender la temperatura a partir del día 29. “Continúa el temporal de viento en San Sebastián”, relata el Noticiero Bilbaíno del día 30 de noviembre. El día 1 de diciembre “los montes están cubiertos de nieve, que cayó anoche abundantemente, el frío es intensísimo”. El día 2 “copiosa nevada ha cubierto las calles de la ciudad, alcanzando 20 cm de altura. Las brigadas de barrenderos, con mangas de riego, han limpiado la nieve. El frío es intenso”. El ayuntamiento reparte “raciones a los pobres” y también distribuye “café, copa y cigarro a los serenos y guardias rurales”. El día 5 reaparece la lluvia y el episodio de nieves se puede dar por terminado.»

  Nuestro hombre fue trasladado al Cuartelillo, y una vez identificado, procedieron al aseo de nuestro hombre: corte de pelo, afeitado...
   Álguien cayó en la cuenta de que no se la había fotografiado, así que, sobre la camiseta hecha jirones, le tendieron unos pelos y le hicieron sostener una piel; el resultado, quizás pueda parecernos más deplorable y poco natural que como se le encontró tras ocho meses sin más aseo personal que el agua.
   Respecto a los recursos de agua que se relatan, parecen poco creibles, siendo más que probable lo que él mismo relata en el siguiente apartado. Lo digo porque nací y crecí junto al monte Jaizkibel.




    El descubrimiento fue recogido por numerosos periódicos y revistas. Los que muestro a continuación, son los que me han parecido más interesantes para conocer la historia de tan peculiar personaje.  En primer lugar, encuentro una crónica del diario ABC, del 15 de diciembre de 1903 (página 4) con el título: Crónica. Un nuevo crimen. (Ver el artículo en PDF)
   Recoge el caso de Prudencio San Sebastián «Soñu», que fue encontrado en las laderas del monte Jaizkíbel y llevado de nuevo, contra su voluntad, al carro del Progreso.   Firmado por Antonio Palomero, hace una descripción somera de lo sucedido, extendiéndose más en una serie de planteamientos filosóficos.

   La revista ALREDEDOR DEL MUNDO del17 de diciembre de 1903, en su página 9, incluye una crónica con una narración que inspira, en gran parte, los comentarios posteriores. (Ver el artículo en PDF)
 
      «El Robinsón de Fuenterrabía
    Mucho interés han despertado las noticias dadas por la prensa diaria acerca de un «Robinsón», o de «un hombre salvaje...»  como algunos le han llamado , que ha sido descubierto en una cueva del monte Jaizquíbel, a  unas tres  horas de Fuenterrabía.      Es un infeliz que, imposibilitado para trabajar, a consecuencia de un accidente, se dedicó un poco tiempo a la mendicidad, y como su aspecto parecía fuerte, nadie le socorría. Entonces decidió aislarse del mundo, y refugiándose en una cueva, y ocultándose de sus semejantes, ha pasado ocho meses saliendo sólo de noche. Se alimentaba de mariscos y de la carne cruda de ovejas que robaba.  
   Dice que cuando mató la primera res, no teniendo medios de encender fuego, empezó por probar un trozo crudo del hígado. Lo comió con repugnancia, como es natural. Un pedazo de pata le pareció menos mal. Y poco a poco se fue acostumbrando a la carne cruda, aunque alguna que otra. vez  le  daba  náuseas.  
   Verdadero Robinsón, cubría su desnudez, y se abrigaba de noche, con las pieles de las ovejas que mataba.  
   Sus únicos utensilios eran una navaja vieja y dos clavos de los llamados «puntas de París». Estos le servían  para sacarse las  espinas que se le clavaban en  los pies.
   Para tener agua, había hecho con la navaja una especie de pocito junto a su cueva, y en él  recogía la lluvia . Pero durante el verano escasearon las lluvias, y Prudencio San Sebastián, que así se llama el «hombre salvaje», padeció mucha sed. El aspecto de este hombre es sorprendentemente fino. Viendo su fotografía diríase que es la de un cantante de alguna de las óperas de Wagner o el Segismondo de «La vida es sueño». ¡Dios sabe quiénes serían sus padres! El infeliz es inclusero.  
   A la diligencia de nuestro amigo y corresponsal en Irún, D. Luis de Arenzana, debemos estos datos y la interesante fotografía que los acompaña, en la que el «el hombre salvaje» aparece retratado tal y como recorría el monte.»

   La revista ESTAMPA del 3 de diciembre de 1932, en sus páginas 3, 4 y 5, lleva como portada la fotografía del infeliz Prudencio San Sebastián y, en páginas posteriores, una entrevista que, recogiendo algunos datos de los apartados anteriores, resulta mucho más completa. Además, incluye fotografías de nuestro hombre cuando ya tiene 58 años. (Ver el artículo en PDF)

«El mendigo que vivió ocho meses en una cueva, como un hombre primitivo...

UN TROGLODITA EN EL SIGLO XX

   Si a ustedes les dicen que el 5 de diciembre de 1903 los carabineros detuvieron en una cueva—entre Fuenterrabía y Pasajes, frente al Cantábrico—a un sujeto que vivía como un hombre primitivo, alimentándose con la carne cruda de las ovejas que robaba y cubriendo su cuerpo con las pieles de dichos animales, seguramente se sonríen escépticos.
  Pues es cierto, Y este extraño ejemplar de la fauna humana vive aún, dedicado a la mendicidad, en el valle de Oyarzun. Se llama Prudencio San Sebastián.
  Oyarzun es un pueblo guipuzcoano, asentado al pie de unas colinas plenas de verdor. He venido a ver si consigo entrevistarme con el troglodita del siglo XX. Llueve con tozudez. El agua charola la carretera, la cuadrada torre de la iglesia, el romántico edificio del Ayuntamiento, los tejados de las casas... Bajo el cielo gris, Oyarzun—primer plano en la Guerra Carlista—se presenta más triste que de costumbre. La plaza Mayor está desierta. En dos grandes rótulos, que ocultan la forja antigua de unos balcones, se lee: "Emakumes" (Círculo Tradicionalista). En la fachada de la Casa Consistorial, en una placa blanca, se ve una esvástica. Y cerca de la carretera, en el centro de un jardincillo, la estatua en mármol del padre Mendiburu, jesuita.   Oyarzun—antiguo reducto del cura Santa Cruz—es un pueblo de velo y tradiciones.



Prudencio San Sebastián, que vivió ocho meses en una cueva del monte Jaizkibel, alimentándose con carne cruda de ovejas y cubriendo su cuerpo con las pieles de estos animales.



  NADIE SABE DÓNDE ESTÁ "SOÑU".
   Voy al Ayuntamiento. Sólo encuentro a la mecanógrafa. Le expongo el objeto de mi visita.
—Prudencio San Sebastián no tiene domicilio—me dice—. Duerme en los pajares de los caseríos. Tan pronto está aquí, en el pueblo, como en Alcíbar, en Karrika o en Iturrioz. A veces, desaparece durante quince o veinte días y no sabemos nada de él.
—¿Usted cree que hoy no está en Oyarzun?
—Le preguntaremos al alguacil,
La mecanógrafa toca un timbre. Aparece el ordenanza del Ayuntamiento,
—¿Ha visto usted a Soñu?
—No.   
—¿Dónde puede encontrársele?
El alguacil se encoge de hombros.
—¡Cualquiera sabe el paradero de "ese"!
—¿Le llaman «Soñu»?—interrogo.
—Aquí nadie le conoce por otro nombre.
Salgo del Ayuntamiento. Voy al cuartel de Miqueletes, al de la Guardia Civil.
Y en ambos sitios, idéntica respuesta.
—¡Cualquiera sabe dónde está!...
El automóvil "navega" por un camino lleno de lodo, rumbo a Iturrioz.
Un sacerdote nos dice:
—¿Soñu? Por ahí debe andar haciendo sus tonterías.
—¿Es mala persona?
El cura, flaco, alto, de rostro arrugado, hace un movimiento oscilatorio con la mano.
—Así, así... Después de "aquello" de Fuenterrabía estuvo en el Hospital de San Antonio Abad, de San Sebastián. riñó con todos los asilados.
No quería comer con ellos. Guardaba aparte sus cacharros, que él mismo lavaba en una fuente. Huye de las personas...
—¿Le habrán tratado siempre mal?
—No sé, no sé...
—Me han dicho que no conoció a sus padres.
—Cierto. Es hospiciano


Eusebio Vicente Aranaz, el carabinero que detuvo al mendigo troglodita.

   "SOÑU" NO BEBE
    Dejamos Iturrioz. El automóvil corre por un camino hundido entre montañuelas. Alcíbar.  No sabemos por qué se nos figura que este barrio de Oyarzun tiene mucho de viejo rincón castellano. A la entrada, un crucifijo de piedra. Y casas con huerta.
   Una plazoleta. Pasa una aldeana con un cántaro a la cabeza. La abordamos,   
—¿Conoce usted a Soñu?
—¿Ese viejo pequeño que pide limosna?
—Sí.
—Ayer andaba por aquí.
—¿No le ha visto hoy?
—No.  Pero no estará lejos.
—¿En alguna sidrería, en alguna taberna, quizá?
—Soñu no bebe.
—¿Dónde suele guarecerse?
—En los graneros y en las cuadras de los caseríos. Tal vez esos chicos sepan dónde está.
La aldeana señala a dos rapaces que juegan en un ángulo de la plazuela. Y los llama:
—¡Eeeh!... Manueltxo Patxi!
Los muchachos se aproximan a nosotros.
—¿Habéis visto a Soñu?—les pregunta la cashera.
—Hace un momento estaba en el caserío de Machín—contesta uno de los rapaces.
—¿Nos acompañáis hasta allí?—les digo.
—¿Por qué no?...
—¿Se puede ir en el coche?
Los dos "mutiles" sonríen.
—A pie, y con dificultad.

Ahora Prudencio tampoco tiene domicilio; recorre los caminos sin descanso.
 
 
   "LOS HOMBRES SON PEORES QUE LOS PERROS"
   El caserío de Machín, como casi todos los caseríos vascos, asoma su albura entre maizales.   Sentados a la puerta, dos hombres.
—Aquél, el de la derecha, es Soñu—nos dice uno de los muchachos.
   Andamos de prisa los pocos metros que nos faltan para llegar a la rústica casa euskalduna.
  Los dos hombres se ponen de pie.
  Nos presentamos.
  Machín nos tiende en seguida la mano. Soñu nos mira con recelo. Es pequeño, delgado, de ojos negros hundidos. Causa lástima. Tiene un grueso palo en las manos,
—¿Para defenderse de los perros?
  Soñu en mal castellano, matizado con acento vasco, nos contesta:
—¡Bah, los perros!... ¡Los hombres son peores que los perros!
—Le he andado buscando toda la mañana—le digo.
  Soñu me mira con fijeza.
—¿Qué quiere usted de mí?
—Nada malo... Hacerle unas fotografías para ESTAMPA. ¿Le gustará verse retratado?
  Soñu se encoge de hombros.
—Lo mismo me da.
  No sé cómo decirle que quiero conocer su historia. Ese curioso episodio de su vida primitiva en una cueva de Fuenterrabía. Porque este ser extraño, insignificante, me causa profundo respeto. Me parece el mendigo de Turgenueff...
—Desearía conocer—le digo—algunos detalles de su vida. ¿Es cierto que vivió en una caverna de Jaizkíbel, frente al Cantábrico?
  Soñu, avergonzado, baja la cabeza y balbucea:
—Es verdad... Sí... Pero... Hace muchos años...
—¿Y comió carne cruda de oveja ?
—Sí.




   POR QUÉ HUYÓ DE LA CIVILIZACIÓN
   Soñu yergue la cabeza. Su vergüenza momentánea desaparece. Se rebela...
—¿Qué iba a hacer? ¿Me iba a dejar morir de hambre?
—Pero ¿por qué fue al monte, por qué huyó de la civilización?
—La gente es muy mala.
  Y Soñu recuerda... Habla sin parar, como recitando una lección aprendida de memoria.
—Nací en el Hospicio de Guipúzcoa. Desde allí, muy pequeño, vine a Oyarzun. Siempre fui muy débil. No podía trabajar. Me dediqué a la postulación. La gente me trataba mal: "Anda, holgazán! ¿No te da vergüenza pedir limosna?"—me decían—. Por no sufrir estas brusquedades, muchos días no comía. Y sin comer, sin ningún cobertizo donde refugiarme, no podía estar. Cada vez me sentía más débil, y a medida que las fuerzas me faltaban aumentaba mi odio a los hombres. Vagué por los montes. Lo más lejos posible de las casas. Un día creí que iba a morirme de hambre. Y comí hierba como las vacas, como los caballos. Al principio me repugnaba. Luego me acostumbré, y éste fue mi alimento.
  Pero necesitaba algún sitio donde cobijarme. Subía al Jaizkibel en busca de una cueva. Hallé varias. La que más me agradó, quizá por ser la más alejada de sitios habitados, fue una que hay entre Fuenterrabía y Pasajes, oculta en los peñascos de la costa. Me quedé en ella. Los primeros días me alimenté con las lapas, las lampernas (percebes) y los cangrejos que cogí entre los guijarros.

  COME CARNE CRUDA
—Las lampernas me gustaban mucho, Pero comprendí que esta clase de alimentos era insuficiente. Cada día me encontraba más débil. Y una vez...
  Soñu interrumpe su relato. Mas en seguida prosigue:
—Una vez vi una oveja en las rocas. Estaba sola, descarriada. La cogí. La degollé con una navaja que tenía. La arrastré hasta la cueva. No pude encender fuego. No tenía cerillas. Y comí un trozo de carne chorreando sangre...
—¿Le gustó?
— ¡Era mucha el hambre! Comí hasta hartarme. Me hizo daño. Al día siguiente me sentí enfermo. Estuve ocho días con una calentura enorme. Pero curé. La oveja me duró unos veinte días. Después, cogí otra, y otra... Siempre quedaba alguna rezagada del rebaño. Les gustaba bajar a las rocas a lamer el salitre que el mar dejaba en ellas.

 SÓLO ABANDONABA LA CUEVA DE NOCHE
—¿Salía de la cueva de día?
—Al principio, sí. Luego, la ropa que tenía se fue rompiendo. Me quedé casi desnudo. Tuve que cubrirme con la piel de las ovejas que robaba. Me crecieron mucho el pelo y la barba. Debía de ofrecer un aspecto raro. No podía salir de este modo. Los primeros días, de haberme visto, hubiera disimulado bastante bien.
—¿Y agua?
—Cerca de la cueva, en el hueco de la peña, había un pequeño manantial.



  OCHO MESES CAVERNÍCOLA
—¿Vivió mucho tiempo en la cueva?
—Ocho meses. Desde abril hasta el 5 de diciembre de 1903, día que me detuvieron.
—¿Qué edad tenía usted?
—Veintisiete años.
—¿No tenía más armas, más utensilios que la navajita?
—Nada más. Y la navaja se me cayó al mar, y tuve que valerme de un clavo para desgarrar la carne.

  "¡NO TIRÉIS, NO TIRÉIS!"
—¿Cómo le encontraron?
—Los pastores se dieron cuenta de que les faltaban ovejas. Denunciaron el hecho. Los carabineros y la Guardia Civil efectuaron varias batidas por el Jaizkíbel. Y, claro, al fin, me descubrieron. Estaba dentro de la cueva. Oí ruido, voces. Me acurruqué. De pronto, oí una voz potente: "¡Salga usted!" No hice caso. "Traer la dinamita. Hay que volar la cueva."—decían—. Yo tiritaba de miedo. Noté que entraba alguien. En efecto, arrastrándose, llegó hasta cerca de mí un carabinero, que me apuntó con su fusil, "¡No tires!" —grité—. "¡Pues sal!", y tuve que seguirle. En la boca de la caverna me esperaban varios carabineros, encañonándome con los fusiles. "¡No tiréis, no tiréis!"—les dije, poniéndome de rodillas. "¿Eres alemán o inglés?"— me preguntó, no sé por qué, el cabo. Dije la verdad. Me llevaron al cuartel. Después, al Ayuntamiento de Fuenterrabía, La gente me miraba, extrañada. Yo creí que me iban a pegar una paliza. Pero no fue así.
Me condujeron a San Sebastián. Fui recluido en el Hospital de San Antonio Abad. Estuve allí algún tiempo. Después vine a Oyarzun. Y aquí estoy, viviendo, si esto es vivir, como puedo.

  "¡SÓLO SOY UN DESGRACIADO!"
—¿No le gustaría ir a un asilo?
  Soñu contesta, enérgica y rápidamente:
—No.
—¿Sabe leer?
—Lo olvidé.
—¿Dónde le gustaría vivir?
—En ningún sitio.
—¿Acaso desea la muerte?
—Ya vendrá cuando quiera.
—¿Qué ciudades de España conoce ?
—San Sebastián, Oyarzun, Rentería, Irún, Fuenterrabía y Pasajes.
—¿No ha oído hablar de Madrid, de Barcelona?
—Sí.
—¿Le gustaría ver esas ciudades, vivir en ellas?
—Hay demasiada gente.
—¿De qué hombres ha oído usted hablar con más frecuencia?
—De Manuel Santa Cruz y de don Carlos.
—¿Es usted carlista?
  Soñu me mira. Deja caer los brazos a ambos lados del cuerpo, y exclama con desaliento:
—¡Yo sólo soy un desgraciado!...
     

     
C. DEL ESLA»

  Para conocer qué fue de Prudencio en su edad provecta sólo he encontrado algún dato en el libro MI HERMANO KOLDO, Biografía y evocaciones, (páginas 59 y 60):  

Personajes pintorescos de Oiartzun
    En todo pueblo pequeño y viejo, hay lugareños, otros que llegan y se quedan, que llaman la atención por alguna circunstancia de sus vidas; se arrinconan entre sus vetustos muros y conocen todas las tablas brillosas de los asientos de las plazas y se les ve deambulando por los desgastados adoquines de sus calles.
   Generalmente son de un dulce mirar, pacíficos y bondadosos; por supuesto como en todas las cosas de la vida hay excepciones, como la del pequeño y misterioso hombrecillo que trajeron un día a Oiartzun; no medía más de metro y medio y cargaba una gran joroba a la espalda; lo albergaron el asilo del Colegio de la Monjas de la Merced, donde estudiábamos todos los niños del pueblo; lo llamábamos "Soiñu konkoxua", algo asíó como "jorobado mete-bulla, o malo".
  Todos los niños le hacíamos rabiar gritándole cualquier palabra ofensiva; el se defendía tirándonos a la altura de los pies su makila (bastón o vara). Siempre andaba con él; pienso que también le serviría de apoyo; con los gritos y carreras, salían las monjas y Soñu se iba; había una monja que nos defendía siempre, Sor Irene; nos tenía un afecto especial.
  Koldo, en su libro antes nombrado, lo define de forma magistral, sic: "Era el último troglodita, llegó envuelto en una aureola de misterio, lo rescataros desde las cuevas de Jaizkíbel, donde vivía solitario, seguramente vivía escuchando los húmedos ecos repetidos en cada caverna de su escondite".
  Era huidizo y rara vez hablaba con alguien; tenía una mirada entre asustadiza y escudriñadora, como que nos preguntaba a nosotros... qué hacía ahí, pienso que ni él mismo sabía quién era; por lo menos en el asilo tenía comida todos los días y una cama donde descansar. Se comentaba en el pueblo que hambriento salió de sus cuevas a buscar alimento en los caseríos cercanos, mejor dicho a robar gallinas o lo que fuera; dieron cuenta a las autoridades y lo pillaron, lo llevaron al pueblo más cercano que resultó ser el nuestro. Nunca nadie supo quién era, ni su nombre, ni por qué vivía en las cuevas; nunca más se fue del pueblo; y vivió y murió con el nombre de Soiñu.
 Otro personaje pintoresco del pueblo era "Dulcemeneo". Vivía también en el asilo, tenía un avanzado mal del "Baile de San Vito", tenía un permanente temblor en sus manos y cuando iba a la iglesia, nosotros niños traviesos estábamos atentos al momento de persignarse, estábamos pendientes de las veces que repetía y tocaba su frente, la boca y el pecho y muchas veces le fallaba la puntería, no dominaba bien los movimientos y se tocaba cualquier parte del cuerpo. Era el único amigo de Soiñu, no sé qué hablarían o si lo hacían; pero siempre los veíamos sentados juntos en los bancos, a la sombra de aquél pequeño bosque de plátanos.
  J. Urdangarin: Mi hermano Koldo, Biografía y evocaciones. Arancibia Hnos., Santiago de Chile (2007)    (Ver el artículo en PDF)

 Concluye este trabajo con una mención al libro RAROS DE EUROPA, de Rafael Torres, en el que dedica un pequeño capítulo a este caso (páginas 134 a 137), y otra mención al recogido en Internet: SOÑU, EL ROBINSÓN DE JAIZKIBEL, de Ernesto Goiricelaya en el que recogen parte de los datos aportados en los capítulos ya mostrados anteriormente.
      Miguel Los Santos Uhide


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