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Iparraguirre, José Mª. (bardo)

Escritos sobre música > TEMAS GENERALES > Iparraguirre, José María (bardo)



IPARRAGUIRRE
Y
EL ÁRBOL DE GUERNICA

BIBLIOTECA BASCONGADA DE FERMÍN HERRÁN
TOMO II
B I L B A O
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Imprenta de la BIBLIOTECA BASCONGADA
Müller y Zavaleta, Gran Vía 24
1896



JOSÉ MARÍA IPARRAGUIRRE

    Iparraguirre ha muerto, el popular cantor de nuestras montañas, el que tantas veces conmovió con sus inspirados acentos nuestros tranquilos valles, ha bajado al sepulcro, en un apartado caserío de su tierra natal, a la que tanto amaba, separado por la inmensidad de los mares de su numerosa familia, que deja en la pobreza; el que, aclamado por las muchedumbres electrizadas al escuchar su canto al árbol de Guernica, fue el ídolo de este país y llegó a inspirar serios temores al Gobierno, que veía en el humilde bardo un futuro Tirteo, ha espirado en la soledad.
    José María Iparraguirre nació en Villarreal de Urrechu, (Guipúzcoa) por el año de 1820. Después de estudiar el latín en Vitoria, pasó a Madrid en 1833, cursando durante algún tiempo en el Real Colegio de San Isidro; pero, sobreviniendo la guerra civil de los 7 años, y no pudiendo contener el joven estudiante su espíritu aventurero, abandonó las Cátedras, escapándose a pié a su país, donde se incorporó a las filas carlistas «sin más opinión que el amor a sus paisanos, según manifestaba en una de sus recientes cartas, siendo herido en la acción de Arrigorriaga, y formando parte de la guardia de honor de D. Carlos, hasta la terminación de aquella triste y cruenta lucha.
    Emigró a Francia Iparraguirre entonces, y allí aprendió la lengua francesa,—que, como el español y el italiano, hablaba correctamente—y estudió su literatura; pero, aguijoneado siempre por su espíritu inquieto y su afán de ver tierras, dedicóse a cantor ambulante, y utilizando sus conocimientos musicales y su hermosa voz, cruzó, con la guitarra al hombro, los Alpes y recorrió Italia, Suiza, Alemania e Inglaterra, improvisando la letra y la música de inspiradas canciones, por todos admiradas y aplaudidas. Habiéndole facilitado el General Mazarredo pasaporte para volver a España, presentóse Iparraguirre en Bilbao y recorrió el país improvisando en medio de singulares demostraciones de simpatía; fue a Madrid, donde compuso— y se oyó por primera vez en el café de San Luis, de la calle de la Montera—el célebre Guernikako Arbola, que pudiera calificarse de himno nacional de la Euskal-Erría; volvió a recorrer el país vascongado, cantando con su inseparable guitarra, en teatros, plazas y montañas; y héroe obligado de toda romería, entusiasmó a esta honrada tierra e hizo vibrar el sentimiento patriótico de un modo tal, que alarmado el Gobierno español, lo desterró del solar euskaro, juzgando peligrosa su permanencia en él.
    Por los años de 1857 o 1858 embarcóse Iparraguirre para la Confederación Argentina, y allá casó con una honrada guipuzcoana, teniendo una familia numerosa; después de permanecer veinte años en aquellas lejanas comarcas, donde fue víctima de reveses y amarguras sin cuento, regresó el pobre bardo a su tierra nativa, con la que sin cesar soñaba en las solitarias márgenes del Plata; pero regresó viejo y pobre; y si bien su alma se conmovió de gozó al pisar la tierra bendita donde tan popular era su nombre, amargaba su vida el recuerdo de su familia ausente, lo precario y angustioso de su situación y el tristísimo espectáculo que presenta el noble pueblo euskaro, desposeído, ¡Ay de aquellas santas libertades que con tan inspirados acentos había cantado en otro tiempo! A pesar de todo, aun conservaba José Mari— como afectuosa y generalmente aquí le apellidábamos—algo de su jovialidad y buen humor pasados; y cuando se veía rodeado de amigos, su corazón de niño reflejaba la alegría de sus mejores tiempos.
    A la par que su espíritu, su cuerpo había también sufrido un cambio notable: a la apostura y gallardía que le distinguían en su juventud, habían sustituido los venerables rasgos de la ancianidad; su cabellera y su luenga barba encanecidas; las arrugas que surcaban su rostro—trazos amargos grabados por el buril del sufrimiento —sus ojos dulces e inteligentes que se iluminaban con extraños resplandores en los momentos de patriótico entusiasmo; todos los rasgos de su fisonomía, en fin, le daban un aspecto patriarcal, y recordaban esas figuras de anciano delineadas por el Dominiquino, cuya expresión profunda y conmovedora imita en vano el superficial arte contemporáneo. Pero, ya lo hemos dicho; Iparraguirre no había variado en sus ideas, y en sus aficiones; era el mismo cantor de las gloriosas libertades euskaras; era el ferviente admirador de las montañas vascongadas, y bastaba que presenciase una romería, una fiesta popular, para que se transformara el anciano en joven entusiasta, y al calor de los recuerdos brotasen de su alma cantos que entonaba o recitaba en voz algo cascada, pero con una energía y un sentimiento tales, que conmovían profundamente a cuantos le escuchaban.
    La escasez de recursos, y sus antiguos hábitos, le hacían con frecuencia viajar a pié, y así le vimos llegar a Elizondo hace dos años, atraído por el anuncio de las fiestas que la Asociación Euskara celebró en aquel pueblo, a donde se trasladó desde Gaviria de Guipúzcoa, si mal no recordamos. Detalle pintoresco: durante aquella expedición que emprendió sin más equipaje que su nudoso makilla, improvisaba según costumbre, y compuso la letra y música de un zortzico que dedicó a la Asociación mencionada, deteniéndose algunos instantes en casa del organista de uno de los pueblecillos por donde atravesara, para escribir su composición.
    Las poesías de Iparraguirre se distinguen por su ternura y su energía; pero entre todas descuellan por su mérito la titulada Nere maitiarentzal, el conmovedor Adiyo Euskal-Errían', que compuso en el momento en que iba a embarcarse para el Nuevo Mundo, y el Grandioso Guernikako Arbola, canto que hizo la celebridad de su modesto autor y unió para siempre su nombre al del sagrado símbolo de nuestras libertades.
    Iparraguirre, atormentado durante su permanencia en tierras extrañas por una invencible nostalgia, pudo al fin realizar sus deseos, Volviendo a su país, gracias a la generosidad de la colonia euskara residente en la República Argentina, la cual, por medio de una suscripción, le facilitó fondos, no sólo para pagar su pasaje y asegurar su existencia durante algunos meses, sino para subvenir a las necesidades más perentorias de su mujer y sus ocho hijos, que dejó en América, mientras encontraba medios de trasladarlos y establecerlos a su lado en este país. La fortuna, sin embargo, no le favoreció como esperaba, y, agotados sus recursos, pudo sostenerse, gracias a la protección que le prestara la Asociación Euskara de Navarra (de la que era socio honorario), y las Diputaciones Forales, que le señalaron una módica pensión.
    Esta era la situación de Iparraguirre cuando, víctima de aguda dolencia, ha bajado al sepulcro, sin más consuelo que mitigara la pena de verse separado de su familia, que el morir en la tierra que tanto amaba, y, sobre todo, el recibir los sublimes auxilios de nuestra sacrosanta Religión. Su errante destino le ha conducido a terminar la vida en su vallecito como cariñosamente le llamaba, del mismo modo que el ave viajera, después de cruzar continentes y mares, viene instintivamente a refugiarse en el nido que le vio nacer.
    Dos o tres amigos—además de los respetables sacerdotes que le administraron los Santos Sacramentos, y de los distinguidos facultativos que le asistieron—endulzaron con su presencia los últimos momentos del pobre bardo; y su querido e inseparable compañero, el cantor e improvisador Zubiría, que acudió a su lado cuando aquél ya no existía, acompañó llorando los restos de José Mari, desde el caserío de Sosabarro hasta el Camposanto de Villarreal de Urrechu.
    La Sociedad bilbaína titulada Euskal-Erría, con su desprendimiento y patriotismo habituales, apenas supo la enfermedad de Iparraguirre, envió fondos para atender a sus necesidades; pero, por desgracia, sólo sirvieron para costear sus funerales.
    La misma Sociedad ha iniciado una suscripción, destinada a erigir un monumento al cantor del Árbol de Guernica, pensamiento que no puede menos de encontrar ardientes simpatías entre los vasco-navarros, y al que con entusiasmo nos asociamos.
    En ese sencillo monumento, sobre el que debería extender su sombra un renuevo del sagrado roble, podrían grabarse aquellos versos del desgraciado poeta que tan enérgica y tiernamente retratan su alma vascongada y con tal elocuencia expresan los sentimientos más queridos de los hijos de estas montañas:

«Biotzan gurutza
Eskuan bandera,
Esan lotsarikgabe
Euskaldunak guera!»

JUAN ITURRALDE Y SUIT.





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Biblioteca Bascongada
TOMO, DOS PESETAS
Esta obra llegará a formar la historia foral, literaria, artística, industrial y comercial de las cuatro provincias basco-navarras.
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Se imprimió en julio de 1896



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