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Los Vascos no son españoles (Pantaleón Ramírez Olano

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Prólogo del titular de esta página

         Antes de dar paso a la transcripción del libro en cuestión, incluyo como prólogo un comentario jocoso que compendia el exacerbado fanatismo de quien lo escribe (el libro). Podría ser considerado tan serio, por lo menos, como lo que forma el cuerpo de este libro.
 
         De los comentarios de la familia que se muestran en el blog de Iñaki Anasagasti, solamente me gustaría decir que se aplica el mismo rigor histórico de quienes habían ofrecido al Reich la colaboración de su Gobierno en el exilio.
 
         Este “librito”, lo conocí en 1966, el la Ciudad Laboral D. Bosco, de Rentería (Guipúzcoa).
 
         Con 16 años y enfrentado, lógico con esa edad, “a todo”, lo vendíamos clandestinamente con la peregrina idea de que la juventud conociese la “verdadera” historia de nuestra tierra.
 
 
El euskera podría tener origen extraterrestre
 
         Todo comenzó en 2002 con un hallazgo por parte de un profesor de euskera, Txomin Garaikoetxea, en una de las paredes del Templo de las Tres Ventanas situado en la ciudad inca de Machu Pichu. Allí, junto al dibujo esculpido en piedra de lo que podría ser un OVNI, el profesor descubrió una inscripción en la que se lee: “Aupa Patxi”. “No es fácil verlo”, señala el profesor, “así que no es de extrañar que hasta ese momento pasara desapercibido”. A partir de aquí comenzaron las discusiones de los expertos, tanto de los arqueólogos incas como de los especialistas en euskera, hasta que en diciembre del pasado año el catedrático de Lengua y Cultura Vasca de la Universidad de Bilbao, don Fermín Ugarte, lanzó una teoría que parece haber convencido a todas las partes. Según Ugarte, la famosa inscripción vendría a demostrar que Machu Pichu fue construida por extraterrestres vascos provenientes del planeta TXEKI 26, próximo a Alfa Centauri.
 
         Esta teoría resuelve de forma simultánea dos misterios: por un lado, explica el hasta ahora desconocido origen del euskera, y por otro nos ayuda a comprender cómo fue construida la ciudad de Machu Pichu. Es bien sabido que una de las incógnitas que rodean Machu Pichu es cómo lograron los Incas subir piedras de tan gran tamaño hasta la cima de una montaña, cuando ni siquiera conocían la rueda.
 
         La respuesta la da el profesor Ugarte: “Algo así solo lo puede hacer alguien de Bilbao”. De hecho, el levantamiento de piedras o Harrijasotzaile -nombre con claras resonancias extraterrestres que designa un deporte rural vasco de gran popularidad- vendría a ser una reminiscencia de aquella etapa histórica en la que los vascos de otras galaxias levantaban ciudades en los Andes. “En realidad, cuando vemos a Iñaki Perurena levantar una piedra estamos viendo a un príncipe Inca”, comenta el catedrático con una sonrisa de satisfacción.
 
         Pero la polémica ha saltado cuando, desde medios nacionalistas, se ha querido aprovechar las implicaciones de esta teoría: “Con esto queda aparcada la idea de que Euskadi pertenece al Estado español”, afirma Iñigo Urkullu, presidente del PNV, y sentencia: “Es que ni siquiera pertenecemos al planeta Tierra”. A este respecto, el portavoz de Amaiur en el Congreso, Mikel Errekondo, va aún más lejos: “No queremos ni estar en la ONU: nuestro sitio está la Confederación de Planetas Unidos”. Desde el Gobierno de Rajoy se ha querido restar importancia a todo este asunto y aclarar que se está dando una visión interesada y parcial de los hechos. Según ha revelado la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, junto a la famosa inscripción de “Aupa Patxi” se puede ver otra en la que se lee “Olé”, un dato que, según la vicepresidenta, han preferido obviar los nacionalistas. “Puede que los vascos vengan de otro planeta, pero, si lo hicieron, está claro que vinieron en una nave española”, concluye Sáenz de Santamaría.
 
 




 
 


 
LOS VASCOS NO SON ESPAÑOLES
 

Pantaleón Ramírez Olano
 
 
 
 


Ediciones GUDARI
 
 
 
 


Nota de los editores
 
         Más que un libro, las presente páginas constituyen el guion de una obra que el autor hubiera querido de aquella mayor envergadura que espera darle, cuando se muestran propicias las circunstancias todas que hoy se concitan contra un trabajo de esta naturaleza.
 
         Concebido el libro en pleno terror franquista, fue escrito cuando terminaba la Gran Catástrofe que, por llamarla de alguna manera, apellidaremos "la guerra civil española". Con ello queda dicho que ni el coleccionar documentos, ni su compulsa en bibliotecas ni, en general, las investigaciones y estudios necesarios en una obra de esta clase, ni aún compendiada, eran cómodos ni fáciles; antes bien ofrecían no sólo dificultades sino en más de una ocasión verdadero peligro, y peligro grave. De aquí que la primera y amplia idea del autor tuviera que reducirse a los límites presentes, dejando para mejor ocasión, como dicho queda, el conceder a la materia el tiempo y el volumen que de por sí merece.
 
         Pero, en cambio, las insuperables dificultades que rodearon el nacimiento de esta obra, la revistieron de algunas cualidades que de otro modo no habría tenido. Por de pronto, dan ambiente no sólo al momento en que fue escrita sino a la misma materia tratada y, sobre todo, a la tesis mantenida, que jamás hubiera encontrado confirmación tan inmediata y candente como la espantosa embriaguez de sangre en cuyo seno hubo de nacer.
 
         Pretenden los miopes intelectuales que, para juzgar un acontecimiento, una época, es necesario eso que ha dado en llamarse "perspectiva histórica", es decir, un alejamiento en el tiempo y hasta en el espacio del hecho o el período o la persona, que han de ser objeto de juicio. Así —dicen— las pasiones aplacadas permiten el libre juicio sin enturbiarlo con sus nieblas.
 
         La experiencia enseña sin embargo que las pasiones, que la pasión en la Historia, concretamente, está muy lejos de circunscribirse a ser contemporánea del suceso en el momento en que éste alcanzó realidad, sino que surge igualmente acompañando a la narración o al examen crítico del suceso aún cuando una y otro se acometan a cientos de años de distancia.
 
         No estamos nada seguros de que dos cualesquiera historiadores actuales de la Revolución Francesa, dotados de visión opuesta, se muestren menos apasionados en sostener sus respectivos puntos de vista de lo que en realidad lo estuvieron, por ejemplo, montañeses y girondinos. Todavía, y de aquí hasta el fin del mundo ha de ocurrir así, mientras unos consideran aquel período como la fuente de todas las libertades y de los bienes todos de que, en el orden político, y hasta en el moral, disfruta el mundo, otros afirman que allí nacieron cuantos males nos aquejan, empezando por la pérdida misma de toda libertad. Y no se crea que con ello asistimos a contradicciones puramente lógicas. Lo serán en tanto no traspasen el campo de la dialéctica; mas apenas traspuestos sus linderos y pisados los de la acción —ocurrencia mucho más frecuente de lo que pudiera creerse— presenciaremos luchas tan y aún más enconadas que las que ensangrentaron el final del siglo XVIII. Difícilmente podría darse otro origen a la mayor parte de las contiendas que enrojecieron el XIX y la desdichada primera mitad de este siglo XX, en los cuales nadie podrá decir que nos falta esa decantada "perspectiva histórica" que el transcurso de más de ciento cincuenta años debería haber contribuido a formar.
 
         Quiere esto decir que no deben concederse más valor del que realmente tienen a esas afirmaciones de escuela —de vieja escuela— que pretenden restar fidelidad y crédito a la Historia escrita paralelamente al suceso que es su objeto. Si todas las demás condiciones se cumplen, la contemporaneidad antes avalora que desprecia una Historia; y aun cuando fallase en el historiador alguna otra condición no esencial, siempre quedaría más que compensada por la ambientación que el testigo presencial comunica a sus narraciones, ambiente que la mejor reconstitución histórica no podría suplir.
 
         En la presente obra no encontramos ese ambiente en aquello que se refiere a lo que es principalmente su objeto. Precisamente en éste se hallan más que cumplidas las condiciones de "perspectiva histórica" y hasta, permítasenos la ironía, de "perspectiva prehistórica" ya que en cinematográfica visión se presenta a los pueblos, español y vasco, desde el Paleolítico hasta la Edad Contemporánea. El ambiente o lo que alguien pudiera llamar peligro de pasión prehistórica, se halla en las consideraciones que salpican la obra y que hacen referencia al tiempo mismo en que fue escrita. Bien pudiéramos haberlas suprimido sin que por ello padeciera en nada la tesis sostenida, ortodoxamente histórica. Pero a nuestro juicio, y esperamos que al de los lectores, esos injertos del presente en el casado, comunican a este mismo una actualidad que estimamos motivada y sabrosa.
 
         De seguir la opinión del autor, este libro no habría sido publicado hasta que la normalidad jurídica restablecida lo amparase al amparar la libertad de expresión. Tampoco habría visto la luz sin aquellas ampliaciones y holgura de exposición que la materia requiere. Pero nosotros, los Editores, hemos juzgado oportuno no acceder a los deseos del autor por estimar, precisamente, que tal como hoy se publica recoge la mentalidad vasca actual en lo que ésta tiene de sentimiento difuso pero hondísimo, y por estimar precisamente también que este pequeño compendio llena las condiciones requeridas a nuestro juicio para convertir en sentimiento una convicción, dando forma concreta al vago sentir que no encontraba forma de expresarse.
 
         Nuestra juventud, sobre todo, necesita de una educación política. Los niños de 1936 se han hecho hombres sin conocer la libre expresión, el juego libre de las opiniones y las críticas. El régimen de Francisco Franco trata de mantenerles en perpetua infantilidad, ya que, hombres por la viril repulsa que mantienen contra el régimen, se encuentran forzoso es decirlo, en condiciones de honda inferioridad en cuanto a la facultad de discutir sobre él. Si, como esperamos, este libro clandestino sirve para dar una trabazón lógica a su confuso instinto, si logra convertir sus ansias inexpresadas en razones expresables, si contribuye en algo a educar políticamente a nuestros jóvenes, habrán tenido realidad las esperanzas que en él han puesto los Editores.








1
 
El hecho vasco y el hecho político. — La naturaleza y sus derechos. — Las observaciones de un neutral ante la guerra española de 1936-1939.
 
 
         La existencia del “hecho” vasco no ha sido revelada al gran público mundial —y no a su totalidad sino a parte restringida de él— hasta la espantosa guerra civil española de 1936 a 1939, prólogo de la catástrofe europea desencadenada el l9 de septiembre de este último año y campo de experimentación que eligieron los modernos Atilas germánicos para ensayar la potencia destructora de sus nuevas armas y la eficacia de una táctica minuciosamente preparada en el secreto de los estados mayores.
 
         No ocurría así en el mundo de la ciencia. Desde hace más de un siglo especialmente, el pueblo vasco era entre todos el mimado por etnólogos, lingüistas y folkloristas de las más diversas latitudes. Y si de la balumba de sus libros, folletos, monografías y opiniones no es dable obtener una conclusión acorde, la misma diversidad de las hipótesis emitidas —puesto que a las hipótesis se veían reducidos— y hasta la flagrante contradicción entre ellas, desembocaban por eliminación a una negativa que, por paradoja, constituía la afirmación más honorífica que de la individualidad vasca pudiera hacerse: no hay posibilidad científica de establecer parentesco entre el pueblo vasco y cualquiera de los hoy conocidos y estudiados; no hay afinidad comprobada entre el idioma vasco y cualquiera otro de los que se hablan en el mundo o que, hoy desaparecidos, perduren en la memoria y el estudio de los hombres. De ahí la afirmación rotunda: el pueblo vasco es en el mundo un pueblo isla; el idioma vasco es un idioma isla en el océano de las lenguas del universo.
 
         Pero a los que afirmaban, bien que por negación, las ciencias aplicables al caso, salían al encuentro las aserciones de un arte. La más mudable, oportunista y casuística de todas las artes: La Política. No la ciencia política que, como ciencia, lejos de negar los hechos naturales ha de reconocerlos y apoyarse en ellos, sino el arte político, que erige el interés en teoría filosófica y que en punto a “hechos” no admite otros que los “consumados”, eufemismo con que el mendaz lenguaje diplomático cubre la fea desnudez que es propia a los atropellos, destrozos e injusticias de toda laya.
 
         El gran público mundial se encontró en 1936 ante uno de esos “hechos consumados”. En los atlas geográficos, el mapa europeo solo presentaba en la península llamada ibérica dos manchas de distinto color: la más pequeña, al oeste, representaba a Portugal; la mayor, cubriendo a todo el resto, a España. Que en el Pirineo occidental, a caballo sobre él, extendiéndose por las vertientes norte y sur, poblando la costa meridional del Golfo de Vizcaya y la orilla izquierda del Ebro desde casi su nacimiento hasta Tudela, existiera un pueblo de alrededor millón y medio de habitantes; que ese pueblo tuviera una lengua propia, una cultura propia, y que esa cultura, esa lengua y ese pueblo fueran no ya diferentes, sino opuestos diametralmente a sus correspondientes españoles, era cosa que los atlas geográficos corrientes no decían. Y puesto que en los mapas ese pequeño pueblo se hallaba sumergido en la misma mancha verde, o roja, o marrón a cuyo través se leía ESPAÑA, ¿cómo dudar de que español no fuera todo el territorio así manchado, y españoles cuantos lo habitaban desde Gibraltar a los Pirineos? Tan claramente se advertía en los mapas la identidad de vascos y españoles cuanto resaltaba la diferencia de los españoles con los habitantes de la otra mancha azul, amarilla o anaranjada sobre la que se extendía en letras más pequeñas: PORTUGAL.
 
         ¡Ciencia bien pequeña la que se apoya en los colores de un mapa geográfico-político, y condenada a variar su mismo fundamento en el transcurso de unos años, segundos no más en la existencia de los pueblos! Ayer aún, hemos visto extenderse por el mapa europeo nuevos manchones de color que venían a substituir a otros de bien escasa antigüedad. Se llamaban Austria, Polonia, Hungría, Checoeslovaquia... La mancha negra del III Reich ha absorbido en breves días a unas de ellas, y amenaza para un día bien cercano a otras y otras.
 
         Pero la inestabilidad de los Estados en nada afecta a la permanente estabilidad de los pueblos. El “hecho político”, el “hecho consumado” nada puede ante el hecho natural, el hecho en sí. Polonia vencida, Austria anexionada, la absorción de Hungría, el apoderamiento de Chequia y Eslovaquia harán cambiar la línea de puntos que delimita, zigzagueando por el mapa, las vacilantes y efímeras fronteras entre Estados. Lo que no podrán mudar victorias ni derrotas, ambiciones ni intereses, despojos ni injusticias es el hecho vivo de los pueblos, forjados por la comunidad de sangre, de cultura y de ideales; lo que no podrán borrar la ambición y la fuerza combinadas es el sello indeleble con que a Dios plugo marcar a las naciones. En tanto exista un pueblo, le asistirá el derecho a la libertad que Dios mismo asignó a la persona natural individual o colectiva. Los eclipses de la personalidad política correlativa, aun cuando se contasen por siglos, nada suponen, ni hacen prescribir el derecho. El pueblo, la nación, se sobrepondrá un día al Estado, lo romperá para alcanzar su libertad originaria. Así ha ocurrido y así volverá a ocurrir, el caso dado, en Polonia; y el ejemplo de un Egipto hoy renaciente, tras muchos siglos de muerte política, sucesores de milenios de gloria, es prueba concluyente, entre otras muchas, de cómo las fuerzas naturales acaban por vencer más tarde o más temprano los convencionalismos con que se había pretendido cubrirlas.
 
         “Aquí fue un pueblo”, ha grabado cien veces la espada de un conquistador sobre la losa sepulcral que la ambición y el interés tallaron. Pero, otras tantas, unas raicillas misteriosas, tomando su jugo vital en el cuerpo bárbaramente enterrado, han buscado pacientemente los intersticios, disgregado la piedra, abierto grietas; y, llegadas a la superficie, se han extendido en triunfal explosión de hojas y flores, hosanna glorioso cantado a la resurrección nacional.
 
         Si aquel gran público de 1936 hubiera podido ver más allá y más hondo que en los mapas políticos, se habría dado cuenta de cómo en el pueblo vasco, soterrado políticamente no más allá de 1839, la naturaleza, ayudada eficazmente por la voluntad popular, iba realizando ese mismo prodigio. Y cómo la sublevación del general Franco obedeció infinitamente más que al propósito de combatir al comunismo, al deseo de exterminar, sin hipérbole, desde el sentimiento nacional existente en Cataluña y Euzkadi o País Vasco, hasta las personas en que tal sentimiento se albergaba.
 
         El inglés, el francés, el americano medio de 1936 no vieron seguramente nada de eso. Pero el transcurso de la guerra puso en evidencia varios hechos que no escaparían, es de creer, a los más avisados o que con mayor interés o información más completa, siguieron el desarrollo de los sucesos. En primer término, el ataque de los sublevados contra el País Vasco se inicia desde el momento mismo de la rebelión; cosa extraña en un movimiento anticomunista, puesto que los vascos eran y son católicos reconocidos. Después, se advierte que la guerra es conducida por el centro de la península, Castilla —juega también preponderantemente Navarra, pero bajo la orientación política y la dirección técnica castellanas— contra la periferia del Estado, por este orden: Euzkadi o País Vasco, Asturias, Valencia, Cataluña. Los ataques mismos contra Madrid, casi único punto de resistencia en Castilla, son pospuestos a los llevados excéntricamente. Y, observación final, cada uno de los atacados se defiende individualmente, se organiza según los propios medios y constituye su gobierno propio. No porque la guerra lo haya aislado de los demás, sino respondiendo más o menos inconscientemente al llamamiento de la naturaleza. Aragón, Cataluña y Valencia que ofrecían un frente común sin solución de continuidad, tuvieron sin embargo cada uno su organismo directivo: la última, el Gobierno de Madrid, allí trasladado; Cataluña su gobierno autónomo, reconocido por las Cortes españolas años antes de la sublevación militar; Aragón, un Consejo elegido en el fragor mismo de la lucha.
 
         En cuanto a Euzkadi, a pesar de hallarse en comunicación directa con los españolísimos Santander y Asturias, obtuvo del parlamento español la autonomía por la que venía luchando como escalafón primero de su libertad, y eligiendo su Presidente por sufragio de segundo grado, constituyó su Gobierno autónomo, organizó su propio ejército con independencia de unidades y mandos respecto al de la República, encauzó su vida en todos los órdenes y, constituida en verdadero Estado, llevó la guerra con arreglo al derecho internacional. Excepción única entre los pueblos de uno y otro bando, y que personalidades extranjeras de todo orden —religiosas, diplomáticas, periodistas, representantes de la Cruz Roja internacional...— se han complacido reiteradamente en reconocer.
 
         Mientras tanto, los territorios españoles vecinos nombraban “un Consejo General de Santander y Asturias” que se entregó, como sus dirigidos, a la anarquía y a la borrachera de sangre y depredaciones en que se hundieron los dos bandos españoles en lucha: rojos y blancos, izquierdas y derechas, marxistas y tradicionalistas, los que asesinaban en nombre de Lenin y quienes invocaban el nombre del Dios de Amor para matar...
 
         El pueblo vasco fue una vez más el pueblo isla, el pueblo que emerge de entre la confusión que le rodea. Sólo que en esta ocasión, las olas que asaltaban sus riberas eran la agitación superficial de un océano de sangre, cieno y lágrimas, conmovido en sus honduras abismales por Dios sabe qué tenebrosas fuerzas, qué extrahumanas y satánicas pasiones.
 
         Si el pueblo vasco necesitara de una prueba que le diferenciase del español ante el mundo, la “guerra” de 1936 a 1939 vino desgraciadamente a ofrecérsela, bien meridiana y concluyente. Pueblos que de manera tan opuesta se conducen, forzosamente han de estar separados no ya por una cultura y una concepción distinta de la vida, sino desde las fuentes primeras de esa vida misma; no tan sólo en el desarrollo social de sus colectividades durante los períodos conocidos de la Historia, sino en los orígenes nebulosos de razas y naciones, allá cuando, la Prehistoria forjaba pueblos en el misterio y la oscuridad de las cavernas paleolíticas.
 
         Y ello sin hipérbole. Que hora es ya de añadir a la filosofía de la Historia lo que cada vez aparece, más que como su complemento, como su base misma; lo que pudiéramos llamar Filosofía de la Prehistoria.
 
 










2
 
La prehistoria vasca y los jineteadores en el vacío. — Ligures y etruscos. — Iberos y bereberes. — Los orgullosos arios. — La emigración venida del Este. — Los Pirineos y el Cáucaso. — La única conclusión.
 
 
 
         Es, en efecto, la luz humosa de las teas prehistóricas la primera en alumbrar el abis­mo que separa a los dos pueblos, español y vasco.
 
         No cabe hoy duda en la materia después de los recientísimos estudios y descubrimientos cuya prosecución ha venido a interrumpir la guerra. El trabajo incesante de un corto pero selecto grupo de especialistas autorizados (2), ha logrado sacar el problema del terreno de las hipótesis para emplazarlo en el infinitamente más sólido de los hechos comprobados científicamente. El misterio, por lo menos en parte, ha dejado de serlo. ¡Lástima grande para los sabios de buena fe, los sa­bios no de fe tan buena, y los amateurs mejor o peor intencionados que tan a gusto navegaban por el amplio océano de “las hipótesis vascas”! ¡Mayor lástima aún para quienes arrimaban a su sardina política el ascua de la hipótesis que más le convenia!
 
         Porque todo estaba permitido a la imaginación desatada, y no es muy de extrañar, habida cuenta del caso. En el occidente de Europa, asentado entre pueblos histórica y prehistóricamente conocidos, existe uno que se encierra herméticamente en su misterio. Nadie sabe sino que raza y lengua son anti­quísimas, pero esa antigüedad no encuentra cifra que la exprese. ¿Cómo impedir a la recta intención, a la curiosidad científica, lanzarse a las suposiciones para lograr la explicación de lo inexplicable? ¿Y cómo aún vallar ese campo a la malevolencia misma?
 
         Comencemos, pues, a jinetear en el vacío —que diría Grandmontagne—. ¿No serán los vascos descendientes de los pobladores de la Atlántida? Desaparecido en el océano aquel continente, que tocaba casi las costas americanas por un lado y las europeas por el opuesto, “bien pudiera ocurrir” que de la catástrofe se salvaran tan sólo aquellos afortunados atlantes que habían salido a establecerse fuera de casa. Los egipcios eran unos de esos paseantes venturosos; los vascos, otros; los aztecas e incas, otros más. Si logramos establecer una relación entre la civilización y la lengua de estos pueblos, el misterio habrá desaparecido.
 
         Pero, no. A nadie ha sido posible descubrir la menor relación étnica o lingüística entre egipcios y vascos. En cuanto a incas y aztecas, cuanto nos es conocido de su civilización no se remonta en América, a más allá del siglo VII u VIII después de Jesucristo. Para entonces el pueblo vasco peinaba canas dentro de la Historia misma. ¡Derrumbada la hipótesis atlante!
 
         Aquí vienen a sustituirles ligures y etruscos. Si el primer pueblo existió, los mismos que afirman su existencia reconocen que tropezó en los Pirineos con un pueblo establecido allí desde hacía mucho tiempo, con su modo de vida y su idioma propios; y que o su influencia sobre ese pueblo fue nula. Respecto a los etruscos, su civilización es conocida, aun cuando no su lengua, salvo algunas palabras, entre las que falta el verbo. Nada autoriza a establecer relación entre las civilizaciones etrusca y vasca. Los maltrechos restos de su idioma tampoco en nada evocan el euskera.
 
         Iberos y bereberes acuden en refuerzo. Los primeros, que cuentan con buenos de­fensores están hoy fuera de causa. Iden­tificados ya como descendientes del pueblo que disfrutó de la civilización llamada de Al­mería, originariamente africano, se les ha de asignar el mismo origen. Los iberos, herma­nos de los bereberes, si no se confunden con ellos, no aparecen en España más arriba del año 2000, todo lo más el 2500, antes de Jesu­cristo. Respetable antigüedad, ciertamente, pero que resulta niña ante la que pueden ale­gar los vascos dentro del territorio que hoy ocupan.
 
         La hipótesis ibero-vasca, así desvanecida en cuanto a la identidad racial, pretende de­fenderse aún con una supuesta analogía en­tre los idiomas de uno y otro pueblo; mas sin fundamento de mayor solidez respecto a las lenguas de la que tiene en la faceta étni­ca. Los paladines del iberismo, lejos de al­canzar su propósito de establecer parentesco entre iberos y vascos, han contribuido, como veremos, gracias al comprobado origen de los primeros, a ensanchar y ahondar el abismo que se abre entre el pueblo vasco y los pre­tendidos “primeros pobladores de España”. Antes que ellos pisaran tierra peninsular, otros hombres la habitaban desde hacía largo tiempo: entre otros, los que gozaban de la civilización llamada “de las cavernas”, que a su vez parecen descender de los que disfru­taban de la civilización capsiense, de la que la anterior parece una simple evolución.
 
         Pero cuando esa evolución se verificaba y antes de que tan siquiera se iniciara, exis­tía en los Pirineos un pueblo que poseía idio­ma y civilización muy distintas.
 
No desmayemos sin embargo. Todavía po­demos recurrir a los indoeuropeos, por otro nombre indo-germánicos o arios. Verdad es que ni el menor indicio arqueológico, ni el más leve rastro etnográfico permiten su admisión en la familia vasca; pero ¿y la len­gua? ¡Oh, la lengua, menos aún! Del idioma común, de la lengua madre indo-europea, si es que ella existió, se dicen hijos por evolu­ción desde el sánscrito al germánico, pasan­do por el iranio, el griego, el latín, el celta, el eslavo...; y con ninguna de esas lenguas ofrece afinidad conocida el euskera, ni aún la más remota. Mal puede concebirse la posi­bilidad de emparentar con una madre con cuyos hijos no se tiene parentesco estrecho y ni aún holgado.
 
         Por si ello fuera poco para que los vascos renegasen de la familia que tanto enorgullece a Hitler, bastará citar el testimonio bien reciente, emitido en pleno furor racista alemán, en pleno orgullo ario, por dos sabios cuya nacionalidad les hace irrecusables, como germanos que son de pura cepa. El uno de ellos tras afirmar la superioridad de la cultura indo-germánica o aria sobre todas sus contemporáneas, y desde luego sus antecesoras, dice que si a civilización y cultura de tal elevación ha de buscárseles un precedente paleolítico, éste se encontrara tan solo en la cultura remotísima del pueblo que durante la época del reno habitó el Pirineo y que como veremos, es el anterior directo del pueblo vasco. El otro sabio germano no vacila en sentar que de todos los pueblos pre arios de Europa, el único que subsiste en la actualidad es el vasco.         .
 
         Acaso para que los arios de Goering y Goebbels no tuvieran que sufrir en su orgullo y suprimir el pueblo que a tal humillación les sometía, envió Hitler sus aviones sobre Guernica.
 
         Antes, sin embargo, de darnos por vencidos, ensayemos no importa qué. Una emigración venida del Este, por ejemplo. El lugar de origen es lo de menos. “Pudiera ser” de Mesopotamia. Quizá del Cáucaso. Nos faltan, es verdad, los restos que tan larga peregrinación hubo de dejar en el camino. No existe un solo islote de los que forzosamente habrían quedado a lo largo de la trayectoria. Pero ya en el terreno de la hipótesis, ¿no nos encontraremos, “acaso”, ante un vuelo directo, sin escala, cáucaso-pirenaico? Hazañas mayores nos ha sido dable presenciar bien recientemente.
 
         Un italiano suprime el inconveniente del vuelo. Para él, antes de la llegada de los arios, una zona continua étnico-lingüística se extendía desde el Cáucaso a los Pirineos, es decir, de extremo a extremo de Europa. Los arios desalojaron a todo ese gran pueblo, del que sólo quedaron dos pequeños grupos: el vasco y los habitantes del Cáucaso. Difícil parece admitir la desaparición total, absoluta del mínimo resto de un pueblo tan extenso en todo el territorio y en las lenguas todas de Europa.          Mas, aceptando el hecho, sube de punto la gloria de los vascos: ellos, con los pequeños restos caucásicos, resultan ser nada menos que ¡los únicos europeos de Europa!
 
         Y los supracivilizados arios, que Mein Kampt destinaba por origen y cultura a ser conquistadores de nuestro continente y del mundo, quedarían relegados a lo que fue su condición verdadera en la Historia: a las hordas cuyos ataques marcaron siempre una regresión en la cultura de la humanidad.
 
         ¿Continuaremos en este examen somero de las “hipótesis”? Apenas puede considerarse no ya necesario sino ni aún útil. Han sido recogidas parcamente a fin de, como decíamos al comienzo, llegar por sucesivas negaciones, a la única afirmación que el conjunto de ellas permite: nos encontramos ante un pueblo excepcional del que la imposibilidad actual de encontrarle parentesco alguno es la prueba más segura de su singularidad y de su antigüedad muchas veces milenaria.
 
         Hasta hace muy pocos años, esa prueba que llamaremos negativa, era sobradamente bastante. Hoy han venido a comprobarla los hechos, añadiendo la más concluyente de las pruebas afirmativas.
 
 







 


3
 
La cultura “franco-cantábrica”. — Su identificación con la cul­ tura vasca del paleolítico superior. — Y la de aquel pueblo con el vasco actual. — El tipo étnico vasco. — Conclusiones obtenidas de las recientes investigaciones. — Los vascos, no datan.
 
 
 
 
         Se remonta a unas decenas de años el descubrimiento y exploración de algunos yacimientos prehistóricos situados unos en territorio actual del Estado francés y los otros en tierras del Estado español en proximidad lindante unos y otros con el suelo que hoy ocupan los vascos y alguno de ellos dentro de ese suelo. La caverna de Isturitz (Benabarre), pertenece a éstos últimos. La cueva de Altamira (Santander actual), y la de la Mouthe a los primeros. Todos acusaban para la edad del Reno una civilización, sobre todo artística, muy adelantada.
 
         Esos yacimientos pertenecen al paleolítico superior, en la tercera de sus épocas: la magdaleniense. Su descubrimiento llenó de asombro al mundo científico. Revelaban, como decimos, una civilización o cultura francamente superior a la de los yacimientos de igual época conocidos en Europa. Especialmente la cueva de Altamira sorprendió a los arqueólogos, por la perfección inesperada de su arte mural. La “capilla Sixtina del arte prehistórico” ha sido llamada, sin que nadie ose afirmar que ha usurpado el título. Los otros yacimientos, aun cuando no tan ricos, se mostraban dignos hermanos de ella.
 
         El pueblo que decoró las paredes de Altamira y de la Mouthe era indudablemente el mismo que habitó las profundidades de Isturitz; porque una cultura corresponde siempre a un pueblo como un pueblo corresponde siempre a una cultura. Pero hay palabras que suenan mal en oídos interesados, y los sabios eligieron la denominación de “Cultura franco-cantábrica” para designar la que indudablemente unía los hombres de Isturitz con los de Altamira y Mouthe. Verdad que entre uno y otro de estos dos últimos puntos se extiende el territorio vasco, centro geográfico y etnográfico del que ellos son parte de la periferia. Mas el tomar en consideración tan insignificante circunstancia habría llevado a la conclusión lógica de emplear otra expresión: “Cultura vasca”. Sin duda se quiso evitar este peligro. Y así los franceses pudieron apropiarse la civilización de Isturitz mientras los españoles se mostraban orgullosos de “su” espléndida cultura Altamirense.
 
         Había de ser años más tarde, bien recientemente, cuando el callado, paciente y sabio trabajo de esos hombres ya citados —J. M. de Barandiarán, E. de Eguren, T. de Aranzadi— luchando con la incomprensión de las corporaciones y la escasez, la pobreza mejor, de sus recursos, acabarían por establecer la verdad de los hechos. Y, ¡coincidencia que llamaríamos paradójica!: cuando na­da había que pudiera fundamentarlas, las “hipótesis vascas” surgen por todos lados, en floración espléndida, hecha para sorprender; y precisamente cuando el hecho “cultura franco-cantábrica” viene a dar sólido pie a la más verosímil de las hipótesis, nadie es lo bastante osado o lo bastante sincero para lanzarla.
 
         Bien es verdad que en este caso no se trataba ya de cabalgar por la estratosfera, sino de sentar planta en el prosaico terreno de las realidades comprobables... y comprobadas.
 
         Por este terreno marcharon los tenaces y modestos arqueólogos y etnólogos vascos.
 
Había que llenar el vacío dejado entre Altamira y la Mouthe. En un trabajo de años, son descubiertos nuevos yacimientos o explorados a fondo los ya conocidos. Todos ellos situados en tierra vasca actual. Las cuevas y yacimientos de Santimamiñe, Urtiaga, Lumentxa, Bolinkoba, Ermitia, Emitía, Alkerdi, Aitzbitarte, y otros más son minuciosamente estudiados. Y la realidad viene a confirmar las esperanzas. Todos ellos pertenecen al paleolítico superior, como Isturitz y como Altamira y la Mouthe. Todos ellos acusan netamente, meridianamente, la llamada cultura franco-cantábrica, aquella cultura tan superior no sólo a las circundantes contemporáneas sino a las posteriores suyas en Europa, que mereció del ya citado von Schroeder la confesión nada fácil a su orgullo ario: si la civilización aria, superior a sus coetáneas y antecesoras tiene algún precedente, éste ha de buscarse en la cultura franco-cantábrica. Lo que quiere decir que cadenas de siglos antes de que floreciese la supercivilización de los superhombres de Hitler, los arios se europeízan al final del neolítico mientras los ‘'francos-cántabros” pertenecen al paleolítico superior —los vascos poseían ya elementos de civilización que habían de integrar más tarde la orgullosa cultura indo-germánica.
 
         — ¿Los vascos? preguntarán los eternos “hipotéticos”. Admitido el hecho de que los “franco-cántabros” constituyesen una agrupación que llenó el territorio actualmente vasco y se extendió por el Norte hasta el Garona y Borgoña y por el occidente hasta Santander, ¿por qué esa agrupación sería la antecesora del pueblo-vasco? ¿No pudo “acaso” tratarse de un pueblo anterior al que los vascos desalojaron?
 
         Indudablemente, “pudo” ser... pero no fue. El destino de las hipótesis es el de esfu­marse en cuanto tropiezan con un hecho que les contradice; y aquí los hechos contradictores son más de uno. La identificación del pueblo y la cultura que ornaron Isturitz y Altamira con la cultura y el pueblo de Santimamiñe, Alkerdi, Laperra, Urtiaga, Bolinkoba, etc., es perfecta. Un solo pueblo y una sola cultura se extendieron desde el Garona hasta el Ebro y desde los Pirineos orientales hasta Santander. Y ese pueblo fue el ante­cesor directo, sin solución de continuidad, sin mestizaje que en él influyera notoriamente, de los vascos históricos... y de los mismos vascos de la actualidad: los restos humanos, los cráneos especialmente, descubiertos en algu­nos de los citados yacimientos vascos como en Urtiaga, corresponden en sus caracterís­ticas, a los cráneos del tipo vasco actual.
 
         Porque ha existido y existe un tipo vasco. El menos observador de los viajeros que entra en tierra vasca digamos, por ejemplo, que por la castellana Miranda de Ebro, se da cuenta, apenas el tren corre por la llanura de Álava o resopla en las curvas de la peña Orduñesa, de que entra en un pueblo no ya distinto, sino opuesto al que acaba de dejar. Las gentes tienen otro aspecto, otro “aire”. Ese “aire” que define al tipo antes de examinarlo detenidamente. El que llevó a un antropólogo francés a estudiar el problema vasco por haberle llamado la atención, a pri­mera vista, un pequeño grupo de bajo-navarros entre centenares de reclutas franceses llamados a reconocimiento.
 
         Y ese tipo, revelado por la observación más superficial está confirmado por los más constantes y serios estudios científicos.
 
         El antropólogo belga Víctor Jacques, después de estudiar los cráneos vascos de Zarauz, que existen en la colección de París, concluyó por la existencia de una raza que él llamó pirenaica occidental, para que la “mala prensa” que sufrieron siempre los vas­cos no se desmintiera ni una vez. Porque en el Pirineo occidental no existió jamás otro pueblo que el vasco, y fue el grupo étnico vasco el que lo habitó.
 
         Antes que Jacques y después de él son muchos los antropólogos que se han ocupado de la raza vasca. El ya citado Collignon, Quatrefages, Broca, Oloriz, Hervé... Otros es­tudiaron la etnología vasca propiamente dicha, como Humboldt, Chao, Webster, Vinson, Bosch Gimperá... Y todos esos nombres no son más que parte de la pléyade internacional que consagró tiempo y estudio al pueblo euskeldun, sin contar a los meritísimos vascos repetidamente citados. De sus numerosas y complejas estadísticas, se obtienen, como de las “hipótesis”, dos clases de pruebas. Una negativa: los vascos no pueden ser incluidos en ninguna de las tres razas europeas — alpina, mediterránea y nórdica— que los más admiten; y ni tan siquiera en una de las seis grandes divisiones que otros preconizan. La otra conclusión es afirmativa: existe un tipo vasco, existe un grupo étnico vasco —dejamos así de lado la palabra raza, que parece repugnante en estos tiempos de racismo mal entendido, de racismo nazi, de racismo animal— que individualiza a los vascos entre todos los pueblos.
 
         He aquí ese tipo, deducido de entre las más opuestas estadísticas: mesocéfalo, de cabeza ovalada y baja, agujero occipital de borde anterior “como metido hacia adentro más que en ninguna otra raza”, sienes abultadas detrás de la frente, cráneo blando dentro de la clasificación de Engel, cara estrecha por relación a la cabeza, quijada más estrecha aún, nariz aguileña o recta, mala dentadura, pero buen color, constitución y estatura; índice cefálico francamente superior al de los pueblos colindantes.
 
         A este tipo, distinguible diríamos que “a bulto” —vascos de cabeza de liebre que estampó M. de Quatrefages, o de saltamachino, que corrigió irónicamente Aranzadi— y comprobado cien veces por la ciencia en el vasco actual, corresponden con exactitud los cráneos de las colecciones parisinas como los encontrados en los yacimientos “vasco cantábricos” del paleolítico (Urtiaga). Si las ciencias todas que contribuyen al esclarecimiento de la prehistoria no son la más vana y estúpida de las mentiras, se puede afirmar con el eminente catalán Bosch Gimperá, y aludiendo al pueblo pirenaico del eneolítico, considerado por dicho sabio como vasco, que “no es posible explicarse la presencia del pueblo pirenaico en sus hogares más que como habiendo vivido allí desde tiempo inmemo­rial, procediendo de los antiguos grupos paleolíticos de la región”. (Pedro Bosch Gimpera. “Los pueblos primitivos de España”, en “Revista de Occidente” N9 XXV, agosto de 1925).
 
         Y se puede asentir, como asentimos, a las rotundas afirmaciones sentadas por J. M. de Barandiarán y que extractamos:
 
En el estado actual de la ciencia, mien­tras descubrimientos no previsibles y ni pro­bables no vengan a cambiar de todo en todo desde los hechos conocidos hasta las orienta­ciones y los métodos científicos, se puede asegurar: Primero: la existencia en los Pi­rineos durante el paleolítico superior de un pueblo típicamente europeo extendido por el Norte hasta la desembocadura del Garona por el sur hasta el Ebro, por oriente hasta la Cataluña actual y por occidente hasta Astu­rias. Segundo: en la tercera época del paleolítico superior, la magdaleniense, aquel pue­blo disfrutó de una cultura distinta y supe­rior a las de sus circundantes: la llamada “cultura franco - cantábrica". Tercero: dicho pueblo es el antecesor directo, sin mezcla que haya podido variar esencialmente el tipo no sólo de los vascos históricos sino de los vas­cos actuales que habitan hoy el núcleo cen­tral geográfico de la tierra ocupada por sui antecesores en aquellas remotísimas épocas.
 
         Los vascos son pues EUROPEOS, pre-ibéricos, pre-arios —el único pueblo pre-ario que hoy subsiste en Europa; gozaban de una cultura en el paleolítico, considerada digna de comparación con la cultura aria de muchísimos siglos más tarde; y habitan en su territorio actual por lo menos, desde la época magdaleniense.
 
         No olvidemos que escribimos para el gran público. ¿Qué significa, traducida en años, la frase “desde la época magdaleniense”? Ñada más y nada menos que esto: Los vascos ocupan su territorio actual, por lo menos desde hace dieciséis mil años, desde simplemente catorce mil años antes que Jesucristo viniese al mundo.
 
         Cuéntase de un noble francés que se jactaba de su rancio linaje ante un vasco de pueblo: “Nosotros, los Montmorency, datamos de las Cruzadas”, hubo de decirle. A 1o que el aldeano vasco repuso con sencillez digna del Olimpo: “Los vascos no datamos”.
 
         ¡Los vascos no datan! Si la anécdota no fuera cierta, merecería serlo. Porque ninguna otra frase traduciría con mayor fuerza ni sencillez y concisión más nobles y acabadas, más vascas, el legítimo orgullo de un pueblo que era ya pueblo milenios antes de que se forjaran los pueblos que hoy se precian de más antigua, dilatada y culta estirpe.










4
 
El idioma y la “hipótesis”. — La estrella ibérica. — El euskera y el Cáucaso. — La teoría autóctona sana terreno.
 
 
 
Tienen los vascos, pues, una raza, una cultura y un territorio que les son propios. Sobraría ello para constituirles en nación si, por añadidura, no poseyeran también un idio­ma propio.
 
Y aquí comienza también, como para la raza, una serie interminable de suposiciones. Cada “hipótesis” étnica ha tenido una “hipó­tesis” lingüística correlativa, cuando no se ha cumplido el viceversa. Pero la eliminación antes hecha de supuestos parentescos simpli­fica la tarea de ahora.
 
Fuera de causa un idioma ligur (?) des­conocido. Aparte el idioma etrusco, sin más rastros que las vendas de la-momia llamada de Agram. Descartada la lengua atlante, ex­presión oral de un pueblo del que tan siquie­ra se conoce la existencia. Eliminados los idiomas incaico y azteca que invocaban un parentesco a través de la Atlántida. Sin fun­damento la teoría berebere. Replegada al apartamiento la nutrida familia indo-euro­pea o aria: sánscrito, iranio, griego, latín, cel­ta, eslavo, germánico y, con infinita más ra­zón, los cien idiomas actuales que de tan co­piosas ramas se derivan.
 
¿Dónde, pues, encontrar parentesco al euskera, al antiquísimo idioma de los vascos? Cada teoría nueva ha gozado de una época de moda. Las opiniones la han proclamado como la “última palabra” a pronunciar en el misterio vasco. Hasta que la inutilidad del esfuerzo y la aparición de otra hipótesis des­viaban el entusiasmo hacia la nueva estrella que parpadeaba sobre el oscuro Pirineo.
 
Así la estrella “ibérica”, adorada mucho tiempo por numerosa y selecta legión de la que ya no restan más que desmedradas hues­tes sin nombre de prestigio que las capitanee. Hemos visto que los iberos, pueblo africano, aparecen en la península cuando los vascos, pueblo europeo, se encuentran instalados en el Pirineo desde, por lo menos, doce mil años antes. Pero los iberistas, aun cuando recono­ciendo la diversidad entre uno y otro pueblo sostenían que el africano había dado su idio­ma al europeo, y que mientras el aprendiz lo conservaba durante siglos, el maestro lo perdía, nadie dice ni sabe cuándo, cómo ni por qué.
 
Los “plomos de Castellón” son estudia­dos cuando el astro ibérico declina. Contie­nen palabras ibéricas entre las que estancan grandes lagunas que ha producido el correr de los siglos. Un erudito, español, acude pron­tamente y “rellena” aquellas lagunas con frases completas del euskera actual. Naturalmen­te, obtiene texto euskérico de toda perfección. Colocando entre el “credo” y el “amén” un texto ad-hoc, es fácil convertir el símbolo de los apóstoles en oración talmúdica o en dis­curso contra la antropofagia. Ningún otro va­lor probatorio alcanzan los esfuerzos cripto­gráficos de Julio Cejador. Y el fulgor ibérico declina después de ellos con mayor rapidez.
 
La cuestión hoy parece resuelta. Dos fran­ceses, de los que uno, M. Lacombe, creyó un tiempo en la hipótesis ibérica, y el otro, M. René Lafont, tiene la autoridad —de la que otros muchísimos iberistas son carentes— de haber estudiado a fondo el euskera y escri­birlo con rara perfección en persona no vas­ca; dos franceses se encargan de apuntillar el legendario toro ibérico. En reciente traba­jo publicado en la obra técnica alemana “Germanen und Indogermanen” (Heidelberg, 1935), quitan toda contundencia, “en el esta­do actual de nuestros conocimientos” —dicen, a los argumentos en que Schuchardt fundaba su afirmación de que el vasco es un dialecto del idioma ibero. Así agoniza una teoría que se aferró más que otra alguna a la vida en el mundo de los estudios vascos.
 
Las aguas cambian ahora de cauce. Si antes del África, ahora vienen de los lugares más reculados del oriente europeo y los más avanzados extremos del occidente asiático. Se buscan parientes al euskera en las lenguas de la familia camitosemita: acadio, árabe, hebreo, viejo egipcio, lenguas cuchiticas. Se persigue el parentesco con los idiomas caucá­sicos. El Cáucaso parece tener la preferencia.
 
Lafont señala algunos “acercamientos” entre el vasco y las lenguas caucásicas del Sur, de entre las que descuella el georgiano. Por el contrario, G. Dumezil cree ver los pareci­dos con los idiomas caucásicos del Norte, en especial el tcherqués. Este último autor llega a pensar que “las lenguas caucásicas del Norte, las lenguas caucásicas del Sur y el vasco son tres ramas, “las tres únicas supervivientes de una misma familia”. Ya hemos visto que Trombetti era de la misma opinión, puesto que sentaba la existencia de una zona conti­nua étnico-lingüistica del Cáucaso a los Pi­rineos, que muchos siglos después fue rota y absorbida por la inmigración de los arios y de la que no restan sino dos islotes: el cau­cásico y el vasco. ¡Los dos únicos pueblos verdaderamente europeos —repetiremos— si la teoría llegara a confirmarse!
 
No confiemos, sin embargo, demasiado en esa confirmación. Ni nos dejemos llevar de la autoridad indiscutible de quienes sostie­nen la teoría caucásica ni otra alguna. ¿No fue la gigante figura de un Schuchardt la que lanzó y sostuvo con otros ilustres nombres, la hipótesis ibérica que ve hoy tornar la espal­da a sus más denodados paladines? ¿No nos encontraremos ante la corriente de una mo­da nueva? Mucho ha de andarse en el camino emprendido, antes de reconocerlo como se­guro r habrán primero de completarse los es-
 
 
 
tudios comparados de unas y otras lenguas; demostrar que los parecidos no son, como los encontrados en otras ocasiones, puramente accidentales, y que obedecen realmente a un parentesco tan estrecho que no haga hueco a la duda; y encontrar, finalmente, en el Cáucaso, el “hecho” cierto, indudable, visible hoy, comprobable hoy, que las cuevas y los mo­numentos megalíticos del Pirineo han hecho patente. Falta demostrar que los pueblos cau­cásicos actuales ocuparon su territorio desde la prehistoria más remota hasta la fecha, y sin solución de continuidad; y, esto demostra­do, probar después que los antecesores paleo­líticos de los kartoeles, tcherqueses y georgia­nos de hoy eran hermanos en sangre de los vascos que en Santimamiñe, en Isturitz o en Altamira dibujaban sobre la piedra, con téc­nica y verdad que maravillan hoy, osos y ca­ballos, renos y bisontes. ¡Demasiados pasos y demasiado difíciles para una teoría que ape­nas empieza su joven y vacilante marcha!
 
Por lo menos, la solución caucásica es compatible y hasta asienta la hipótesis autóc­tona y desde luego la afirmación europea. Si un mismo pueblo se extendía, con dilatada anterioridad a los indo-germánicos, de un ex­tremo a otro de Europa, y hacia uso de la misma lengua, resulta claro que mientras no se pruebe la existencia de otro pueblo ante­rior, ha de reputarse al primero como autóc­tono y su lengua como perfectamente origi­naria y no adquirida. Con lo cual, los más recientes estudios e investigaciones lingüisti­cas, coincidiendo con los descubrimientos ar­queológicos del Pirineo, vendrían a compro­bar que lejos de ser risible y pretenciosa, es conforme a criterio y confirmada por los he­chos conocidos la opinión que siempre tuvo partidarios, de un pueblo nacido en las mon­tañas que hoy ocupa y cuya lengua no fue heredada de otro alguno; o, por lo menos, que nacido en otro punto, ocupó el territorio vasco antes de que lo hollara planta humana, llevando a él su lengua originaria para con­servar una y otro hasta hoy, a través de mi­lenios incontables.
 
Caucásica o no caucásica, la teoría autóc­tona étnico-lingüística es la única hoy que no puede ser combatida más que por suposicio­nes cuya base es casi siempre nula o, en el mejor caso, de solidez infinitamente menor a la que sirve de fundamento a aquella. Si delimitamos sobre un mapa el territorio que cubrió en el paleolítico superior la cultura “franco-cantábrica” o vasca y en el que se extendieron, en el eneolítico, los monumentos megalíticos de parentesco determinado, ve­remos que coinciden en líneas generales am­bas fronteras. Y si a continuación trazamos los límites de la toponimia euskérica subsis­tente en los tiempos históricos, comprobare­mos que, asimismo, con muy ligeras y expli­cables variantes, el plano toponímico, o sea el lingüístico, sigue el mismo trazado que los dos anteriores. Y que los tres diseños tienen como núcleo central el territorio de los vascos históricos. ¿Qué única y lógica conclusión ha de obtenerse de esta coincidencia?
 
Esta, y ninguna otra más: si está com­probado que el vasco habitó el Pirineo desde la época magdaleniense hasta hoy y que su territorio, montes y ríos, llanuras y barrancos tienen nombres en un idioma al que no se le encuentra parentesco ni entre los hablados hoy ni con los que hablaron los sucesivos inva­sores de Europa a partir de los neolíticos arios; si todo eso está comprobado, como lo está, el euskera es no ya el idioma de los vas­cos en el sentido de que lo hablan y lo hablan ellos solos, sino en el más profundo y filosófi­co sentido de la expresión: el euskera es la lengua que los vascos elaboraron para ellos mismos, conforme a sus características, a su mentalidad, a su manera de ver las cosas; es la manifestación genuina, originaria y exclusi­va, no heredada, de un pueblo exclusivo, ori­ginario y genuino que no heredó su sangre de otro alguno.
 
¿Se trata entonces —sonreirán algunos— del primer pueblo y del primer idioma? ¿No cuentan para nada los milenios más arriba del paleolítico superior? ¡Oh! Indudablemen­te cuentan para mucho. Para demostrar, pre­cisamente, que el pueblo vasco tiene más si­glos, muchísimos más siglos de los que nos separan del magdaleniense. Porque si en aque­llos remotos tiempos el vasco poseía la cultu­ra artística que ha sorprendido al mundo desde el fondo de las cavernas prehistóricas, ¿qué inacabable teoría de siglos fue necesaria para que la obtuviera? Y si en aquella lejana época el pueblo vasco había adquirido la ho­mogeneidad, la consistencia que le eran nece­sarias para atravesar sin deterioro que le afec­tase esencialmente los dieciséis mil años des­de entonces transcurridos, ¿cuántos milenios más le fueron precisos para forjarse persona­lidad que tamaña fuerza acusa?
 
Una tradición vasca sostiene la pretensión de un euskera debido a la revelación: otra nos habla de la llegada a Aralar, en Navarra, del arca que acogió a los únicos supervivien­tes del diluvio. Podrán bien no ser ciertas; pero si hay un pueblo autorizado a mante­ner tan altas pretensiones, ese pueblo es el vasco.


5
Origen africano del pueblo español. — La geografía. — Prehis­toria africohispana, y ratificación histórica. — Los hermanos de Queipo: el odio español a todo lo europeo.
         Por contraposición al vasco, europeo, el pueblo español es en su principal núcleo, afri­cano.
         La geografía no determina solamente la historia sino también, y con mucha razón, la Prehistoria. Y, geográficamente, la península ibérica se aparta en tanto de Europa cuanto se próxima al África, a la que estuvo unida en remotos tiempos.
         Se ha dicho de la orografía española es­tar influida por las desaparecidas Atlántida y Tirrénida (?) y del Goudwana. El hecho cierto, comprobable en cualquier mapa, es que la orientación orográfica peninsular co­rresponde a la cordillera africana del Atlas. El mismo enfriamiento de la corteza terrestre que hizo surgir esta ingente cadena parece haber levantado, en olas sucesivas y concén­tricas, las sierras que transversalmente divi­den la Iberia actual. Los Pirineos semejan la zona en que chocan y se neutralizan las úl­timas olas de este seísmo por las provocadas por las convulsiones alpinas. En las mesetas castellanas, más de un elemento viene a auto­rizar la creencia de una Tirrénida y una Atlán­tida prehistóricas, sumergidas hoy bajo las aguas. Pero el sistema general, apoyado por tradiciones legendarias como la griega de He­racles y su correlativa de un Hércules ibéri­co, nos dicen que la Iberia de hoy se en­contró unida al norte de África del que es la prolongación natural. Étnica y geográfica­mente, el istmo pirenaico señala aún hoy, los confines afro-europeos con más razón y más fuerza que el estrecho de Gibraltar, cuyo nom­bre mismo, Djebel el Tarik, la montaña de Tarik, aun cuando viejo no más que de unos siglos, aparece como profundamente signifi­cativo. ¡Qué no sería en aquellas edades que no conocieron solución de continuidad entre Iberia y África hasta que la clava de Hércu­les abrió paso a las aguas del Atlántico!
         Ni el clima es aún parte a separar ambas tierras. La meseta conoce los rigores extre­mos propios de las estribaciones del Atlas; la Argelia es hermana del Levante español; Extremadura emparenta con Marruecos. Las semejanzas de hoy hubieron de alcanzar iden­tidad perfecta cuando el árbol bienhechor cu­bría por igual ambos territorios, como apa­rece comprobado ocurría hasta no hace mu­cho más de diez siglos. Cuando los árabes conquistan el norte de África, sus tropas avan­zan bajo cerradas bóvedas de verdura, según atestiguan historiadores de su raza; y, en Es­paña, lugares hoy desnudos y hasta desérti­cos como la región de Guadix y la que se extiende al norte de Córdoba fueron llamadas por los árabes los “campos de robles”.
         Los descubrimientos prehistóricos vienen a confirmar la teoría que tantas ratificacio­nes había de alcanzar en la Historia. El pue­blo de la cultura de Almería, del que derivan los iberos es no la primera sino la segunda de las oleadas conocidas de las que el África había de lanzar sobre España. Los iberos cons­tituyen, pues, la tercera. Aparecen en le pe­nínsula, como dicho queda hacia 2.500 años antes de Jesucristo. Pero antes que ellos, otras gentes se habían establecido en la península, y su origen es también, más que probable­mente, africano. Su cultura, en efecto, se dis­tingue de la vasca o “franco-cantábrica” no sólo por un extraño estacionamiento a través de todo el paleolítico superior, que en ellos carece de subdivisiones, sino por la inferiori­dad de su arte. Conocen la pintura del natu­ral; pero su técnica se halla muy por bajo de la vasca. El número, variedad y perfección de sus útiles no alcanza, con mucho, a los que nos revelan los yacimientos eúskaros. Y co­mo su cultura les separa también de la que distingue en aquellos tiempos a los pueblos europeos, la conclusión africana, presentida por la geografía física y humana, se impone para ellos.
         Sea como fuere, lo cierto es que aquellos pueblos desaparecen bajo la oleada ibérica, bien por expulsión, bien, lo más probable, por fusión que la identidad presumida de ori­gen había de hacer fácil y hasta lógica. A partir de los iberos, mejor aún, de los preibe­ros —almerienses y capsienses— el africanismo de la raza pobladora queda establecido. En un caso, y con toda seguridad para el nú­cleo más fuerte, el predominante. En el otro, probabilísimo, para la raza toda de aquellos pobladores.
         Ya desde la prehistoria, españoles y vas­cos se nos aparecen, pues, como pueblos no sólo distintos, sino opuestos. Y mientras el úl­timo se abroquela en sus montañas nativas y defiende su personalidad a través de la His­toria, logrando sacarla incólume, el territorio ocupado por aquél y hasta la sangre misma de sus hombres ha de sufrir continuas olea­das que, ahora Europa, ahora África y algu­na vez el Asia han de lanzar sobre ellos pa­ra disputarse una hegemonía largamente du­dosa, pero en la que los africanos alcanzarán la victoria final, aun cuando deben compar­tirla con los semitas.
         Europa aportará con los germanos de to­da clase, más vicios que virtudes; con Grecia, su arte; y con Roma, el cristianismo y una tradición unitaria oficial en lucha con la di­versidad de la naturaleza. Asia, con los feni­cios, semíticos o semitizados, y los cartagine­ses, hermanos suyos, la pasión del comercio, rapaz o astuto, que unido a la herencia artís­tica griega constituyen las características de determinadas regiones españolas; con los ju­díos, muy numerosos, ese mismo instinto co­mercial, pero también un gusto y una aptitud para los idealismos filosóficos y religio­sos; con los árabes, semitas también, una ima­ginación pronta y brillante, una excepcional capacidad de comprensión, de intuición me­jor, pero sin gusto de la profundidad; y, co­mo contrapeso, un sensualismo desbordado, una indolencia invencible, una incapacidad absoluta de organización, un individualismo exagerado, un sentido de razzia en la guerra y una intolerancia sangrienta y exterminadora que el Koran mismo recomienda como vir­tud cardinal.
         Sin embargo, aún de todo ese complejo extraordinario hubiera podido España obte­ner honorable partido —y lo obtuvo hasta brillantísimo en alguna época de su Histo­ria— si por bajo de todos esos elementos no corriera la fuente primitiva africana, refor­zada por los bereberes de Tarik, almorávides, almohades, benimerines y cuantos hombres arrojó el África sobre España en son de gue­rra, como los citados, o en las pacificas olea­das que ocho siglos de conquista hubieron forzosamente de provocar. El elemento afri­cano, base prehistórica española, unido a las aportaciones étnicas de igual origen que re­gistra la Historia, es sobrado a neutralizar los más generosos intentos de aquellos restos que de mejor dejaron las otras influencias.
         Porque la característica africana —y más que un poco también la característica ára­be— es la anarquía y la anarquía se conver­tirá así en característica española. Mansa y como filosófica unas veces, cuando siente o presiente el imperio de la coacción; traduci­da de ordinario por una resistencia pasiva a todo noble intento, por una crítica negativa de los actos y propósitos del hombre mejor intencionado; que emplea como armas de des­crédito desde el chiste a la calumnia; la anar­quía —bien potente, a pesar de su mansedum­bre exterior— que pudiéramos llamar de café, zoco africano europeizado con espejos y diva­nes. Otras veces, otras muchísimas veces la anarquía se introducirá en los partidos, se molerá en las camarillas políticas, agitará tumultuosamente los cuartos de banderas, agi­gantará las ambiciones aduareñas que laten en el político como en el general español a más fuerte razón que en el español corriente: surgen entonces el golpe de Estado, la cuarte­lada, el “pronunciamiento” —palabra trans­mitida a otros idiomas, tal es su casticismo español— la dictadura, la guerra, a veces. Es la anarquía que si pudiera admitirse el contrasentido llamaríamos de la autoridad. Finalmente, en otras ocasiones, desbordará todo cauce y saltará a la calle: incendiará, saqueará, destruirá, matará; aquí serán las victimas sacerdotes y “ricos”, y arderán pa­lacios, iglesias y conventos; allá serán los ri­cos y los creyentes, autorizados y excitados por parte del clero, quienes dirigirán la obra de destrucción, fusilarán y harán arder Coo­perativas y “Casas de Pueblo”. Es la última fase de la anarquía: la anarquía del arroyo.
         Y en alguna ocasión, el arroyo y el café, los cuarteles y las sacristías, los palacios y los suburbios, generales y políticos, católicos y ateos, capitalistas y obreros mezclarán sus respectivas anarquías en una anarquía gigan­te, monstruosa, de mil tentáculos enredados, de mil lenguas de fuego destructoras, de mil y mil desatadas ambiciones, codicias incon­fesables, venganzas inaplacadas, odios por sa­tisfacer. En tal caso, el horrible monstruo no se conformará con menos de un millón de muertos, cogidos al azar y por igual en uno y otro campo. Y horripilado de sus actos, bus­cará un disfraz bajo el que escapar a las res­ponsabilidades de la Historia, y tomará nom­bre que no le corresponde.
         No se llamará anarquía, palabra que él mismo sabe odiosa. Se llamará, aquí. Revo­lución; allá. Cruzada.
         “¡Son hermanos nuestros de raza!” afir­maba una y otra vez, y refiriéndose a los mo­ros, desde el micrófono de Radio Sevilla, un general español. “¡La misma sangre corre por nuestras venas y las suyas!” Quizás fue ésta la única verdad que la emisora sevillana lan­zó al espacio, y la única afirmación cierta del general-speaker. Esa y la notoria barbarie del insurrecto general cuando en los días del ata­que sobre Bilbao y al hablar de la coopera­ción mora en las batallas, clamaba poseído de frenesí salvaje: “¡Cada uno de mis mori­tos tendrá para su recreo tres emakumes, tres mujeres vascas, tan reputadas por su belleza!”
         ¿Quién no verá en esto el último de los gritos, y, en los hechos, la última de las em­presas lanzadas por el África contra las gen­tes europeas, de las que le separan odios multiseculares? ¿Qué, si no el atavismo, puede explicar en boca de un pseudoeuropeo del si­glo XX ese clamor salvaje, ese alarido de jefe aduareño que impulsa a la razzia y promete como recompensa desde el patrimonio de los vencidos hasta el honor de sus mujeres, her­manos e hijas?
Pero los militares sublevados no se ha­bían de limitar a establecer públicamente lahermandad racial entre moros y españoles: habían también de sentar la diferencia así mismo étnica entre españoles y vascos. Por ­los días mismos, el coronel del regimiento de Arapiles, que guarnecía Estella, y en el que había numerosos vascos de recluta forzosa, les dirigía la siguiente alocución: “Soldados que aquí estáis: vosotros sois vascos por la mayor parte, y, en consecuencia, lleváis una mancha en la frente por el sólo hecho de ser vascos. Tened mucho cuidado de que en este cuartel no se oiga una palabra en lengua vas­ca, no sólo en la conversación pero ni aún en las canciones ni oraciones".
         En tanto que los moros eran llamados justamente hermanos, y el Caudillo o Sultán se rodeaba de una guardia marroquí, que aún conserva; en tanto que se habilitaban mez­quitas para las tropas musulmanas y se reci­bía con agasajos públicos a las notabilidades moras en visita; en tanto que se realizaba la última de las invasiones africanas, reivindicadora del suelo que le pertenece desde la prehistoria, los militares españoles llevaban su odio a lo europeo hasta proscribir del mis­mo templo la más vieja de las lenguas de Europa. Y mientras quedaban autorizadas las guturales manifestaciones del “cante jondo", hijo de la música africana de los chleuls, her­mano de las “noubas” marroquíes, se prohi­bía, so penas severas, que los vascos entona­sen las melodías que, desde sólo Dios sabe cuándo, encontraron eco en las peñas del Pirineo. Libertad para la algarabía — la pa­labra es árabe— que los andaluces hereda­ron del Atlas. Proscripción, en tierra vasca y en labios vascos, de las canciones cuya músi­ca mereció de Rodney Gallop los calificativos de “infinitamente vieja e infinitamente ais­lada”.
         Como el pueblo al fin. Como la lengua. Como las manifestaciones todas de un pue­blo “isla” en sí, e “isla” en cada una de sus características. Para definirlas en algún mo­do, los respectivos investigadores habían de coincidir siempre en esa palabra, conclusión única permitida a largos años de paciente es­tudio.





6
Enumeración necesaria. — Los fenicios en España. — Coloniza­ción griega. — Los celtas prehitlerianos. — El Africa insiste con los cartagineses. — Roma y la “unidad”. — En lo político. — En la cultura. — En lo religioso. — Nuevos prehitlerianos: los godos.
         Sobre el cañamazo africano que consti­tuye el fondo esencial español han bordado, como arriba se apunta, influencias europeas y asiáticas. Y bien que estas páginas no pre­tendan constituir una Historia, se hace pre­ciso un detalle, ligerísimo desde luego, de esas influencias, y la negación no menos somera de su presencia en tierra vasca, en forma, al menos, suficiente para modificar esencial­mente al pueblo pirenaico.
         La primera conocida de esas influencias es la fenicia. Semita, más que probablemente, y llegada, según Herodoto, del mar Rojo. Afro­ asiática, quizás.
         Es error corriente creer que la colonización fenicia, como otras que no tuvieron carácter de invasión maciza, no pudieron influir en la raza sino en la cultura. La colonización fenicia, que Strabon llama conquista -—“Los fenicios, dice, conquistadores de la Libia y de Iberia..."— no se limitó como ciertas Historias lo afirman, a establecer algunas factorías en el Levante español. Además de sus diez o doce grandes centros costeros, aun incluyendo en ellos a Hispalis (Sevilla), que fundaron alejada de la mar, se encuentran numerosos rastros de ellos en la región bien terrestre de Albacete, y no es nada improbable que desde Extremadura de los tartesios subieran hasta la misma región de Salamanca, productora de estaño, metal que muy especialmente buscaban.
         Diez o doce grandes centros muy poblados, como indudablemente lo fueron, tenían forzosamente que influir racialmente sobre la población indígena. No se juzgue a la Iberia de entonces por la España de hoy con sus veinticuatro millones de habitantes. El censo establecido por Florida Blanca en 1787 le asignaba muy poco más de los diez millones. La España imperial no rebasó de seis millones, y acaso no pasó de los cinco. No se hace difícil admitir que la primitiva Iberia no contase arriba de un millón de habitantes, lo que le haría dos veces más poblada que el actual Canadá o llegase quizás a los dos millones, un tercio más de población relativa que el Brasil de nuestros días. La observación es de gran importancia para la determinación de la étnica española a través de la Historia y de su prehistoria.
         La influencia racial fenicia ha sido revelada claramente en algunas estatuillas descubiertas en tumbas fenicias, especialmente de Ibiza. “La actitud de la aldeana actual —dice Antonio Vives— al bailar el Ball-Pagés es la de algunas de nuestras figurillas”. Idénticamente, decimos nosotros, los habitantes actuales del Valle de los Reyes, en Egipto, al ser descubierta una pequeña estatua, mostraron sorpresa ante la identidad de actitud y rasgos que mostraban respecto a ellos mismos. “Cheidk-el-Belek” la llamaron —“el alcalde del pueblo”— y con ese nombre figura en los museos. Y por las mismas razones llamaron “Carmen” los habitantes del poblado al famoso busto greco-ibérico que, por su origen, llaman “la Dama de Elche” los arqueólogos de todo el mundo. Tal es la persistencia multisecular y hasta multimilenaria de los rasgos étnicos, tantas veces desdeñada.
         En cuanto al País Vasco, no existe ni sombra de indicio que permita reconocer la menor influencia fenicia, cultural o étnica.
Igual negativa para la influencia griega en Euzkadi, e idéntica afirmación para su existencia en España. El ejemplo de Emporion, donde una ciudad griega subsiste junto a otra ciudad ibérica y ambas acaban por fun­dirse en una sola “se produjo —dice Strabon— en otros muchos lugares”. Y Tito Livio: “...esta necesidad de intercambio hizo que las ciudades españolas se abrieran a los griegos”.
         Y no se olvide que, como los fenicios, los griegos no limitaron su estancia al litoral le­vantino o meridional. Se extendieron no sólo al Portugal de hoy, sino a las costas de Gali­cia y aún Asturias. Las mujeres de cierto puertecillo gallego son conocidas hoy como herederas directas de la belleza griega clásica. E igual prosapia atisbo en las valencianas el poeta Teodoro Llórente cuando en tres ver­sos trazó el magistral retrato de la mujer le­vantina que:
Es per son corps romana
E per la cara, grega
E per l’anina, mora.
         La poesía, a veces, como genial e intuiti­va que es, ahonda como una ciencia experi­mental.
         Los celtas representan la primera inmi­gración europea de carácter macizo. Más que por su número, por el carácter de su instala­ción. No son colonizadores que dependen de lejana metrópoli, sino un pueblo que busca territorio para establecerse a perpetuidad. Llegan alrededor de 900 a. de J.C., atravesan­do los Pirineos orientales por el boquete ca­talán. Como buenos pre-hitlerianos, poseen un formidable armamento para la guerra, mas no parecen haberlo necesitado. La península era grande y su población pequeña. Los cel­tas se establecen aquí y allá, a su perfecto grado. En algunos puntos se fusionan con los iberos o con los habitantes pre-íberos, lo que da lugar a la leyenda de un pueblo único lla­mado celtibero. En otros sitios, conservan su personalidad, reconocible hoy en alguna re­gión española.
         En cuanto al pueblo vasco, los desconoce por completo. Hubo un tiempo, no muy leja­no, en que la abundancia de dólmenes en tierra vasca, hizo creer en una inmigración celta. Eran los días en que los dólmenes se creían manifestación originaria de ese pue­blo. Hoy está demostrado que la cultura dolménica es común a muchos pueblos que nin­guna relación guardan entre sí. Es una fase de la cultura megalítica, y ya hemos visto que la zona dolménica vasca coincide en lí­neas generales, con la asignada a la cultura vasca o “franco-cantábrica” del paleolítico. Los dólmenes de tierra vasca fueron, pues, levantados por los vascos. Los restos huma­nos que contienen muestran los rasgos pro­pios de nuestro pueblo. Su mismo carácter megalítico los hace por otra parte multisecularmente anteriores a la primera de las inmigraciones celtas en Iberia, que no remonta más allá del 900 a. de J.C.
         La segunda —alrededor de cuatro siglos más tarde—, revistió las mismas caracterís­ticas.
         Con los cartagineses, el África vuelve por sus fueros al enviar nuevas oleadas de su san­gre con que dar más alta presión a la antigua vena ibérica. Cartago es fundación fenicia; mas aparte de un origen probablemente afri­cano de los fenicios, semitizados acaso única­mente al establecerse en Siria, se ha de ad­vertir que los fundadores de Cartago no pa­saron de ser un puñado de hombres, que aca­baron por dar su organización a toda el África del Norte, desde la Cirenaica al estrecho de Gibraltar. Si los rectores no —y aún ello es dudoso— el pueblo que formaron y gobernaban estaba constituido por mogrebinos de la más pura sangre africana.
         La aportación estuvo lejos de ser peque­ña, habida cuenta de la observación estampa­da sobre la población española de la época. Sólo en un momento dado se encuentran en España, sin hablar de las Baleares, más de cuarenta mil afrocartagineses instalados “ci­vilmente”, aparte de las numerosas guarni­ciones mantenidas en muchos puntos estra­tégicos de la península. Y si la dominación de Cartago es la más fugaz de las que hubo de soportar la Iberia, no se olvide que la ci­vilización púnica “sobrevivió” mucho tiempo —dice el citado Vives— a la destrucción de Cartago y de su imperio”. Ni se eche en saco roto que la derrota cartaginesa no entrañó la expulsión de la península para los africanos que a ella habían llegado.
         La mezcla de sangre —mejor diríamos el encuentro de dos sangres idénticas— no deja lugar a dudas. Se realizó desde las bajas ca­pas del pueblo a las más altas. Anníbal mis­mo contrajo matrimonio con la hija de Cástulo, uno de los principales jefes o reyezue­los ibéricos. Su ejemplo fue nutridamente se­guido por los personajes de su corte militar. No había repugnancia a la fusión entre dos pueblos hermanos y ni tan siquiera los car­tagineses hubieron de emplear la fuerza para instalarse entre gentes que no los miraban como enemigos. El mismo caso de Sagunto confirma esta verdad antes que contradecirla.
Anníbal ataca a Sagunto, en efecto, por su calidad de amiga de Roma. Ya para enton­ces, Sagunto no era propiamente ibérica. Los griegos la habían ocupado, y, más tarde, ha­bía recibido una colonia de Rútulos italianos. Por añadidura, el motivo de la guerra fue el haber atacado Sagunto a los Turboletanos, tribu ibera amiga de Anníbal. Los cartagine­ses, pues, no hicieron la guerra a los iberos, sino que entraron en ella precisamente para defenderlos. El África sacaba la cara por los suyos.
         Ninguna influencia cartaginesa es revelable en el país de los vascos. Estos se en­contraron protegidos desde los primeros mo­mentos de la invasión cartaginesa por el convenio firmado entre Asdrúbal y los romanos, por el que los cartagineses se comprometían a no avanzar más allá del Ebro. Cuando la guerra estalla entre ambos, Anníbal, subien­do por la Cataluña actual atraviesa rápida­mente los Pirineos orientales, y a su paso se le incorpora un grupo de vascos, bien por la fuerza, bien llevados por el espíritu aven­turero característico del vasco. Más que pro­bablemente ninguno de ellos tornaría a ver las montañas natales. El suelo de Italia ser­viría de tumba a los inquietos seguidores de Anníbal.
         Y nos encontramos ya ante la gigantes­ca empresa de Roma, punto el más debatido en relación con la materia que nos ocupa.
         Quienes cultivan una historia hecha a medida exacta de sus pretensiones naciona­les o políticas, pretenden que allí nace la “uni­dad” española. La basan, primero, en una común y patriótica resistencia a los invaso­res; luego en la misma unidad política que éstos dan a la conquista; y, finalmente, en la civilización uniforme consiguiente, y, en la religión también uniforme —la romana al co­mienzo, el cristianismo después— que la con­quista vino a establecer sobre todo el terri­torio peninsular.
         La resistencia común es un mito. En dos­cientos años que dura la conquista, registra episodios bien explotados por los unionistas actuales: Viriato y Numancia. Los dos heroicos, ciertamente: pero en manera alguna probatorios de la unidad. Viriato lucha con un puñado de hombres contra los romanos a quienes ayudan gentes numerosas peninsu­lares. Los cuatro mil arevacos de Numancia sucumben también ante una alianza militar de los romanos con nutridas huestes españo­las, que hoy se diría. A Viriato le asesinan sus propias gentes. Sobre Numancia caen, con Escipión, pueblos “celtíberos” o iberos o pre­ibéricos, cuya sangre es la misma que late en el corazón de los numantinos. Y no podía ser de otro modo; porque es monstruoso —his­tóricamente hablando— atribuir a los espa­ñoles de entonces un sentimiento nacional. No constituían un pueblo único aun cuando a muchos de ellos uniera afinidad de sangre; pero aun cuando lo hubieran constituido, se­ría grave error de perspectiva histórica atri­buirles el sentido “nacional” que ni ellos ni pueblo alguno del mundo había de conocer hasta muchos siglos después... muy entrada a Edad Moderna.
         En cuanto a los otros episodios de resis­tencia invocados, no son “españoles” ni aún iberos. Sertorio es un romano de pura cepa que no lucha para vencer a Roma sino para adueñarse del poder: hay en su gesta mul­titud de hechos que lo afirman. En cuanto a los hijos de Pompeyo, vencidos por César en Andalucía, la conclusión es idéntica. Ambas guerras son verdaderas guerras civiles ro­manas que tuvieron su teatro en Iberia; y, en ambas, los pueblos peninsulares —algunos de ellos— formaron parte de uno y otro campo.
         Tampoco es más exacta, a pesar de las apariencias, la unidad política sentada por los romanos. Durante mucho tiempo Roma mantiene dividida a Iberia en dos zonas. An­terior y Ulterior, con divisoria en el Ebro. Más tarde, aumenta las divisiones, y apare­cen la Tarraconense, la Bélica y la Lusitania. Bajo Caracalla, se constituyen Galicia y As­turias en otra zona o provincia. Diocleciano, finalmente, separa la Cartaginense de la Bé­lica, y, con clara visión, une al Gobierno de la Península el de la “provincia” Balear y el africano de la Mauritania Tingitana (Tánger actual).
         “¡Pero bajo un gobierno —dirán los unio­nistas—; lo que prueba que establecieron la unidad!” Sí; mas, en primer término, con di­visiones que corresponden por modo sorpren­dente con los pueblos peninsulares de la ac­tualidad, y ello dice mucho al menor obser­vador: y, luego, ese gobierno mal llamado único que una vez más reúne el África a la Iberia... ¡es una subprefectura de la Galia, una dependencia, una diócesis de la metrópoli es­tablecida al Norte de los Pirineos! O se ad­mite el argumento para todos o para todos se niega. Si Roma estableció la “unidad” pe­ninsular, confesemos que al propio tiempo hizo “unos”, convirtió en hijos de una misma patria a los franceses de hoy, a los españoles del día y a los moros tangerinos de la actua­lidad.
La realidad sigue siendo que en boca de historiadores, generales y gobernantes roma­nos la palabra España no tuvo otro valor que el puramente geográfico. Y si las subdivisio­nes administrativas tuvieron otro distinto al de la conveniente subdivisión del trabajo, fue el de reconocer, repetimos que por modo sor­prendente, la individualidad de los distintos pueblos peninsulares.
         El argumento basado en la cultura, en la religión, es de más fuerza, pero también aparente. La civilización romana une a los pueblos peninsulares en la medida exacta que une a todos los pueblos que de ella goza­ron, y no en un grado más. Como unió y une el Cristianismo a los pueblos que lo profesa­ron o lo profesan.
         Cuando se habla de la romanización de la península o de España se cae en el mismo error de perspectiva antes denunciado. Ni la cultura llegó a todos los puntos ni con la mis­ma intensidad a todos ellos. La diferencia en el grado de civilización puede medirse en el tiempo por siglos. Andalucía enviaba ya a Roma poetas y preceptores cuando todavía no había pisado la planta romana los montes vascos. Y cuando Roma declaraba provincia romana a España, tras doscientos años exac­tamente de haber comenzado su conquista, los montes vascos guardaban todavía celosa­mente su virginidad contra las arremetidas extranjeras.
         Augusto ha de necesitar su presencia per­sonal y la colaboración de Agripa, su mejor general, para someter, acaso, para apaciguar, ciertamente, a los inquietos vascos. Consígue­lo en 19 a. de J.C., y puede cerrar el templo de Jano. Mas, para entonces, Andalucía lleva dos siglos de cultura romana, juntamente con el Levante español; la Lusitania, siglo y me­dio; Galicia poco más de un siglo; y algunos años menos la Meseta de Castilla. ¿Qué uni­dad de cultura pudo establecer entre pueblos de los que uno, el vasco, no ha consentido hollar su territorio, mientras los otros hablan y cultivan la lengua del invasor y aceptan sus leyes desde cien, desde doscientos años antes? Después de Augusto los vascos se man­tienen en paz con los romanos... pero conti­núan vedándoles la entrada en su territorio. Todo lo que ha logrado el César por antono­masia es asegurar la vía militar que servirá a sus comunicaciones con las Galias. Y en los cuatro siglos largos que aún había de du­rar la dominación romana en Iberia, mien­tras Andalucía daba a Roma poetas y filóso­fos, cónsules y hasta emperadores y Castilla seguía su ejemplo —a los andaluces Adriano y Trajano había de suceder el castellano Teo- dosio—, mientras España abandonaba por el latín su lengua, los montes vascos permane­cían cerrados y en ellos resonaba el euskera mismo de las edades prehistóricas, el idioma mismo que tras incontables milenios es la lengua usual y bien amada de los actuales vascos.
         Si la lengua es, como lo es, no ya vehícu­lo de la cultura sino su expresión misma, en modo que una lengua corresponde a una cul­tura como una cultura corresponde a una lengua, no se ve la posibilidad de englobar en una civilización única a pueblos que, a pesar de mantener un contacto de siglos, han conservado sus respectivos idiomas; tan di­ferentes, tan diametralmente e irreductible­mente opuestos como los elaboró en los siglos la irreductible y diametral oposición de los caracteres nacionales correspondientes.
         Observación análoga en lo que toca a la religión. Iberia adopta la romana sin restric­ciones, v desde la primera época de la con­quista. El País Vasco mantiene su reli­gión naturalista del paleolítico en que las di­vinidades adoptan la forma de animales, al lado de una religión posterior, de origen in­doeuropeo, en la que son adorados el Cielo, el Sol, las Fuentes, el Fuego... Cuando, tras largos siglos, se deja notar alguna influencia por contacto, de origen romano, los vascos adoptarán ciertas exterioridades del culto, pero conservando cerradamente su singula­ridad religiosa. Se encontrarán aquí o allá un ara levantada al estilo romano; pero es raro en ellas —fuera de las propiamente romanas a lo largo de la vía militar— un nombre consagrado por la mitología de Roma, heredada del Olimpo helénico. Las aras vascas estarán consagradas a divinidades cuyo nombre eus- kérico denotará el claro linaje vasco de don­de nacieron.
         Pero, ¿y el Cristianismo?, se dirá. ¿No acabó por ser la religión de los vascos, como lo fue de los españoles? Indudablemente. Co­mo lo fue de los galos. Como lo fue de innu­merables pueblos, y lo es todavía. ¿Pretende­rán acaso los “unionistas” que el pueblo vas­co, por conservar su originalidad, renunciase a los frutos de la Redención, el más universal de los beneficios y al que son llamados todos los pueblos, desde los lapones a los negros y desde los hijos del Sol a los Pieles Rojas de América?
         Los vascos acabaron por hacerse cristia­nos. Pero también con diferencia de siglos. Iberia comienza a ser evangelizada desde el primer siglo. No por el apóstol Santiago, como es persuasión intima de los españoles, que ni la crítica histórica es parte a conmover, sino, probablemente, por San Pablo, aun cuando el hecho no está perfectamente comprobado. El País Vasco sólo registra avances del cristia­nismo a partir del siglo IV de nuestra era.
La diferencia que acusan estas fechas es mayor aun en los acontecimientos que en los siglos. Baste decir que el Concilio de Elvira, al que concurren gran número de obispos y sacerdotes españoles, cae dentro de esa épo­ca; que la Era de los mártires se cierra para España en 305, a partir del cual no se regis­tran persecuciones; que la herejía de Prisciliano, primera de las españolas, se hace due­ña casi absoluta de Iberia en el siglo IV. Lo cual equivale a sentar que España no sólo se hace cristiana y conoce la persecución y el martirio sino que da nacimiento a las here­jías, mientras que Euzkadi permanece toda­vía en el paganismo. Y ni tan siquiera en el paganismo romano, sino en la religión natu­ralista de los tiempos primitivos.
         Signo de “superioridad española” se ar­güirá. No; sino de factores muy complejos: geográficos y étnicos, principalmente. Más aún cuando lo primero fuera, en nada con­tradice nuestro propósito. Lo que nos inte­resa, no es establecer superioridades, sino di­ferencias. Quédense los españoles con las pri­meras, ciertas o imaginadas siempre que, re­conocidas las segundas, obren política y ra­cialmente en consecuencia.
         Pero no olviden su razonamiento religio­so-unitario cuando los hechos no se muestren conformes con su teoría. La iglesia primitiva española está ligada íntimamente a la iglesia africana. Los dos primeros obispos españo­les de que se tiene noticias, Basílides y Mar­cial, fueron acusados de poseer certificacio­nes oficiales —libellii— de haber sacrificado a los dioses paganos. Sus fieles les abandona­ron, y como Roma se mostrara indulgente, los cristianos españoles recurrieron a sus her­manos de África. El Obispo de Cartago se puso de su lado contra el Papa Esteban, y un concilio africano, reunido en 254 desposeyó a los dos obispos, que abandonaron sus res­pectivas sillas. Tiempo después, el gran afri­cano San Agustín había de ser el campeón de la ortodoxia contra el priscilianismo, tan in­tensamente arraigado en España, sobre todo en Galicia. ¿No nos dice Unamuno que la supuesta tumba del apóstol Santiago en Compostela guarda en realidad los restos de Prisciliano, tan venerado en el pueblo que los cristianos, para combatir su popularidad, ima­ginaron la leyenda de hallarse allí los huesos del apóstol? Anécdota quizás inventada por el sectarismo, pero que demuestra el arraigo de aquella herejía.
Que los “unionistas” fundados en la reli­gión saquen la consecuencia de estos hechos. Vascos y españoles tenían distinta religión cuando una misma era la de España y Áfri­ca. Si las premisas son claras, la conclusión no puede serlo menos.
         El pueblo vasco empieza, pues, a cristia­nizarse cuando alborean las invasiones de los bárbaros y se agrieta ya y se cuartea el antes poderoso imperio romano. Un atraso, si así se quiere, de dos o tres siglos le ha evitado la romanización. El mismo atraso le librará de la “civilización” goda. Mientras esta dura, los cronicones de obispos e historiadores no cesarán de rotular a los vascos con los epíte­tos peores. Aquellos bárbaros osarán apelli­dar de salvajes a los vascos, bien que la cul­tura visigótica no haya existido, puesto que la así llamada no es más que la cultura de los africanos de Iberia romanizados y cristiani­zados. La legislación que acaba por imponer­se es la de los vencidos, y los Concilios de To­ledo son obra de la Iglesia, que alcanza así un verdadero poder al mezclarse en la polí­tica, pero que ve nacer allí el regalismo y la iglesia “protegida”, lacras de las que España ya no ha de verse libre ni aún bien reciente­mente. Los obispos españoles de aquellos Con­cilios legalizan en ocasiones la usurpación del trono por este o aquél palatino visigótico. Gran prueba de autoridad la de poder conferírsela al mismo rey; pero un tanto disminui­da si se considera que aquellos obispos eran en realidad nombrados por el monarca, gra­cias al nada hábil subterfugio de la “presen­tación”. Las mentidas grandezas, en suma, y las reales miserias que caracterizan el Real Patronato.
De todos modos, el hecho cierto que nos interesa es el de que ni la sangre ni la cul­tura goda tuvieron en el País Vasco entrada franca ni resquicio oculto. Los vascos perma­necieron en lucha continua con los reyes go­dos, desde el primero hasta el último. Los cro­nicones de la época lo confirman. Apenas hay monarca visigótico para el que los historia­dores no mencionan el “luchó contra los vas­cos” o el “dirigió una expedición contra los vascos”, si no ya el “sometió a los vascos”. El domuit vasconaes aparece con repetición que por sí mismo niega la verdad de la frase. No serian tan sojuzgados, tan domados por un rey aquellos que el monarca siguiente se veía obligado a domar de nuevo.
         El último de los monarcas godos, Roderico; el último rey de los bárbaros del Norte se aprestaba a una de esas expediciones con­tra los vascos cuando fue sorprendido por los otros bárbaros del Sur, que el berebere Tarik desembarcó cerca de Gibraltar, el peñón por él bautizado.
         El África entra de nuevo en liza.









7
El mito de la Europa salvada por España. Y del patriotismo espa­ñol de la Reconquista, — Paralelo de invasiones moras de 711 y 1936.
         “Nos encontramos aquí —aquí es, o son, los siglos de la Reconquista— ante la prueba cumbre, la prueba irrefutable de la unidad española. España entera, movida por un pa­triotismo y una religión se pone en pie ante los invasores de su patria y los escarnecedo­res de su religión. Durante ocho siglos, los que van de 711 a 1492, los españoles luchan por la Cruz y por su pueblo contra la Media Luna y la sangre agarena. Epopeya única en todos los pueblos, que salva a Europa de la amenaza del Islam”.
         Error histórico gigantesco, integrado por una serie de errores de los que el menor de ellos descalifica a un historiador. Europa su­po bien, en primer término, librarse de la amenaza islámica sin recurrir a la ayuda es­pañola. El mismo emir Muza que vence a los españoles junto a la laguna de Janda —la llamada batalla del Guadalete—- invade por Cataluña la actual Francia y sucumbe ante las murallas de Toulouse, después de haber con­quistado Narbona. Su sucesor Abderramán, logra apoderarse de Burdeos; pero las hordas africanas son deshechas por Karl el Marti­llo —Charles Martel— en la batalla de Poitiers, veintiún años posterior a la de Janda y tres a la todavía hipotética de Covadonga. Pero aún antes que ésta, los vascos orientales organizaban la resistencia y preparaban así el nacimiento al reino Pirenaico, mientras los occidentales mantenían su territorio incólu­me. Poco después de la invasión, el obispo Se­bastián, cronista de los primeros reyes astu­riano-leoneses, escribe: Alava namque Vizca­ya Aicona Ordunia a sais incolis reparaoe semper esse posse reperiuntur; “Alava, Vizca­ya, Aicona y Orduña pudieron siempre ser defendidos por sus habitantes”, lo que implica naturalmente, que siempre fueron poseídos por ellos. Europa, pues, desde donde comen­zaba étnicamente, supo defenderse del Is­lam sin necesidad de que Pelayo la empren­diera con los moros a pedradas —que tal es la leyenda— desde los desfiladeros asturianos.
         Pero Europa hizo más que defenderse. Atacó. Y atacó en ayuda de los españoles, de aquellos mismos que dicen hoy haber ayu­dado a Europa, y hasta haberla salvado. En 778, Carlomagno atraviesa los Pirineos por este y oeste, y se apodera de Iruña (Pamplo­na), Huesca y Gerona. Fracasa ante Zaragoza, y, en la retirada, los vascos, que lo mismo se defendían contra moros que contra cristia­nos invasores, le derrotaron en Orreaga (Roncesvalles), donde “fueron muertos Eggihard, preboste de la mesa del rey, el conde palati­no Austhelme y Hroland, prefecto de la marca de Bretaña —el célebre Roland o Rolando de las canciones de gesta— con varios otros”.
         Insisten los árabes contra el mediodía francés, y Carlomagno crea para sólo dete­nerlos el reino de Aquitania, cuyos reyes ocu­pan Vich y reconquistan a Gerona, antes de terminar el siglo, para más tarde apoderarse de Lérida en el año 800, Barcelona en 801, Tortosa en 811. En el año siguiente de 812 el emir de Córdoba firma un tratado por el que reconoce la marca Carolingia de España, que comprende diversos territorios al Norte del Ebro.
         Añádanse las innumerables veces que ex­pediciones francesas acuden al llamamiento de reyes castellanos para combatir a los mo­ros. La palabra “francos” con que se deter­mina a determinados habitantes de ciudades españolas; el nombre de sierra de Francia que aún lleva la que se extiende al Sur de Salamanca; y la constitución en reino del Portugal de hoy, obra de expedicionarios fran­ceses, dicen bien a las claras junto a otros hechos señalados, si fue España la que ayudó a Europa contra el Islam, o si Europa es acreedora en esta cuenta de cooperación. Cas­tilla mismo, la orgullosa Castilla, llega a ser reino no por el esfuerzo de sus hijos, bien avenidos con el dominio árabe, sino por obra de un rey pirenaico, de un vasco, Sancho el Mayor, que conquista el mediodía leonés, se proclama Rey de Castilla y confirma el títu­lo al conferírselo en el reparto de sus estados a uno de sus hijos, Fernando, considerado en las historias, con olvido de su padre, como el primer monarca castellano. Aragón tiene el mismo origen. De Cataluña y Portugal he­mos visto su cuna francesa. Mas para los es­pañoles Pelayo, de no clara existencia histó­rica, eclipsará las glorias de un reino pirenaico, gigante por el esfuerzo, de una marca his­pánica también llena de glorias guerreras, de un Carlomagno, de un Carlos Martel, de un Aragón nacido asimismo en los contra­fuertes del Pirineo, de caballeros y freires cluniacenses y cistercienses, de las aportaciones francas, de...
         Verdad es que Pelayo fue el único entre los primeros hombres de la Reconquista que los españoles pueden reivindicar como suyo. Fue godo quizás. Afro-ibérico, acaso. Desde luego no hubo de nacer ni en el Pirineo ni en las tierras no españolas que a su Norte se extienden. Basta ello para que las historias españolas le concedan una primacía, en tiem­po y hazañas, que no le corresponde. ¡La ma­la “prensa” de que siempre han padecido los vascos!
“La España entera unida en un sentimien­to nacional...” Ya hemos hablado de este cra­sísimo error de perspectiva histórica. El sen­tido de patria, el patriotismo, tal como hoy se entiende, es modernísimo en la Historia no ya de España sino del mundo. Faltó a los vascos mismos, el pueblo de mayor homoge­neidad que conoce hoy Europa. Un pueblo re­ducido, con raza milenaria, constitución so­cial y política, usos y costumbres de antigüe­dad fuera de toda cuenta; un pueblo así no llega en aquellos tiempos a constituir unidad política por falta de un sentido nacional. Fran­cia, siempre puesta como ejemplo de patrio­tismo y cuna acaso de ese sentimiento, no lo alcanza hasta los tiempos modernos. Y se pretende que España, crisol donde imperfec­tamente se han fundido cien pueblos, y donde la preponderancia es africana, elemento el más refractario del mundo antiguo y moder­no a la concepción y al sentimiento de nacio­nalidad, se pretende que España, los diversos pueblos de su territorio, mejor dicho, posean en el siglo VIII lo que el mundo no conoció hasta muchas centurias después.
         Si en 711 los “españoles” de entonces hu­bieran sido patriotas, en el sentido actual del vocablo, los trescientos árabes y los doce mil bereberes que constituían el ejército de Tarik no habrían podido ganar en una sola ba­talla los seiscientos mil kilómetros cuadrados de la España y el Portugal actuales. Lo ocu­rrido fue que junto a Tarik lucharon los godos del conde Julián, del desposeído Vitiza, de Don Oppas, el obispo traidor, contra los go­dos. los íberos y pre-íberos romanizados de las huestes de Roderico. En uno y otro bando figuraban africanos y godos como elementos raciales y en uno y otro bando la Cruz estaba representada, si la Cruz pudiera tener repre­sentación en semejantes empresas.
         ¡Coincidencia singular la del comienzo de aquella Cruzada con los momentos iniciales de la que nos ha sido dable conocer en los presentes tiempos! En los antecedentes de ambas figura un monarca desposeído, llámese Witiza o Alfonso XIII. En las dos, los parti­darios del destronado vuelven la vista hacia África. En una y otra existe en Ceuta un gobernador, conde don Julián o general Franco, presto a romper la fidelidad al poder cons­tituido. Entonces como ahora, el gobernador perjuro hace una leva de africanos y los des­embarca en tierras andaluzas. Y en aquellos tiempos, como en éstos, no faltan obispos, Oppas o Gomás, que en el momento crítico pasan al lado del agresor y mezclan la Cruz a cuestiones de sucesión monárquica, deter­minados a su vez por intereses en abierta pugna: hoy como ayer, los de propietarios desposeídos por el rey godo o por la Repúbli­ca, militares postergados, palatinos que pier­den su influencia, fortunas amenazadas en su acumulación —judíos de otro tiempo, capita­listas de hogaño—; y, por bajo de todo ello, el mundo obrero actual con sus exigencias y los siervos del terruño, los esclavos de judíos y godos, los agricultores sin tierra, los mise­rables de la sociedad española en el siglo VIII. Hasta las fechas son concordantes y sig­nificativas: un 19 de Julio alumbra los cam­pos de batalla de la Janda y la victoria de los africanos; doce siglos después, un 19 de Julio ve a los primeros moros de Franco des­embarcar cerca del peñón que recibió a las huestes de Tarik.
         Los resultados de una y otra empresa son también, si aparentemente discordantes, idénticos en el fondo. Si vence el Koran allí y ahora la llamada Cruzada, es en definitiva el África la material y espiritualmente vic­toriosa en 711, como en 1936: Ni Witiza ni Alfonso vuelven al trono, y si un sucesor del último ha de ocuparlo un día se deberá a pre­sión europea; los promovedores de la inter­vención africana, palatinos, ricos judíos y ca­pitalistas españoles, son antaño y hoy las pri­meras víctimas del vencedor; y España caerá bajo tutela en el siglo VIII, con los moros, y en el XX con alemanes e italianos. Si ahora parece haber vencido la Cruz, la realidad es­piritual española, denunciada por más de un obispo, desmiente la apariencia; la Cruzada habrá colocado el signo de Redención en to­dos los lugares oficiales; pero la ha desterra­do, sólo Dios sabe hasta cuándo, de infinidad de corazones.
         Una nueva Reconquista ha de abrirse. La iniciarán, al igual que en el siglo VII, y en lo que toca a la libertad de los pueblos, la Cataluña de la marca Carolingia y el pue­blo europeo que habita los Pirineos. Podrá ser rápida o lenta, porque los decenios son segundos en la historia de los pueblos. Pero las realidades naturales vencerán sobre los artificios políticos. El pueblo vasco llevará a esa Reconquista de sí mismo la espiritualidad cristiana que lo informa, y luchará contra el paganismo que Hitler aportó, hoy adueñado —-¡a pesar de la Cruz aparente!— de los triun­fadores en 1939.
         La victoria está quizás lejana, quizás pró­xima. Mas aun cuando lo primero fuera, ¿qué podrá descorazonar a un pueblo que cuenta su existencia por milenios?









8
El anárquico cuadro peninsular de la Reconquista. — Moros in­fieles y fidelísimos cristianos. — El Cid Campeador. — Fernando el Santo y su elocuentísima sucesión.
          No, La Reconquista española no es de­mostración de unidad patriótica ni religiosa. La religión establecía, ciertamente, un lazo de unión entre todos los pueblos que com­batían a los árabes. Pero también los unía a los francos auxiliadores, sin que nadie ose fundar en ello unidad política o natural de género alguno. Y, además, la religión está in­finitamente lejos de haber sido la informa­dora determinante de la Reconquista.
          Aparte de algunas raras personalidades de uno y otro campo en que el motivo reli­gioso parece imperar sinceramente; aparte de muy escasos momentos en que del lado cristiano alienta el auténtico espíritu de Cruzada, la Reconquista no revela más que un estado anárquico de reinos y reinecillos que desmenuzan la península de un lado co­mo de otro de la barricada. Luchan unos con otros continuamente, cristianos contra cristianos y moros contra moros, cuando no se alían moros y cristianos para combatir a otras alianzas de cristianos y moros. Impo­sible resulta obtener del confuso conjunto una determinante religiosa o patriótica; y esto en los momentos mismos de las gran­des figuras de época tan revuelta. Contra el pretendido espíritu de unidad “nacional” los reyes más grandes dividen al morir sus estados. Contra el pretendido espíritu de uni­dad religiosa, ayudan y consolidan en el po­der a sus aliados moros, amenazados por al­gún otro príncipe cristiano.
          Sancho el Mayor, figura gigante de la Reconquista, pero vasco, divide sus estados entre sus hijos. Fernando I, que hereda Cas­tilla y es considerado como su primer rey, sigue al morir el ejemplo de su padre, Al­fonso, a quien en el reparto corresponde León, lucha contra sus dos hermanos, y, de­rrotado, busca refugio en los estados del rey moro de Toledo, su amigo y aliado. Cuando la fortuna trueca sus favores, reocupa el tro­no y paga a su amigo el moro toledano des­poseyéndole de su reino. Bien es cierto que, para recompensarle, le asienta y fija con sus armas en el reino de Valencia, sin duda para que más tarde tenga una razón de ser la campaña de Rodrigó Díaz de Vivar; el Cid de los españoles, el Sidi, —señor— de los moros, a quienes debe el sobrenombre.
          Los reyes o reyezuelos moros no mues­tran mayores escrúpulos para intimar con los cristianos. El rey moro de Zaragoza, ata­cado por los almorávides se refugia entre los cristianos que le prestan su apoyo. Son incontables los monarcas árabes o africanos que contraen matrimonio con mujeres cris­tianas —casi siempre rubias—, la atracción del contraste— y por la mayor parte catala­nas o gallegas. No es raro ver a un descen­diente de cristianos, que no cuenta entre los frutos de tales uniones, ocupar el trono de un estado musulmán, y el “Rey Lope”, nie­to de cristianos renegados, atestigua por su nombre lo que por sangre no le era dable negar. Otro descendiente de visigodos, pero éste con nombre árabe, Omar Ben Afsum, llega a reinar en Málaga, Granada, Jaén y parte de Córdoba, y ni su misma conver­sión tardía al cristianismo le hace perder su reinado sobre sus gentes, musulmanes de religión en su totalidad. Los reyes moros no sólo prestan voluntariamente sus “físicos”, —la medicina fue particularmente cultivada por los árabes— a los principes cristianos aquejados de dolencias, sino que alguna vez reciben en su corte a tal rey cristiano que no teme permanecer entre infieles en tanto desaparece la informe gordura cuya elimi­nación ha ido a buscar entre ellos.
          ¿Episodios aislados? No; porque la cor­ta enumeración que precede se podría alar­gar indefinidamente, si estas páginas pre­tendieran ser una historia de la Reconquista española. Abrase el manual más sucinto para convencerse de cómo el espíritu de “unidad” lleva a los príncipes españoles, y esto a través de ocho siglos, a interpretar esa unidad en lo religioso y en lo político: asesinatos, fratricidios, herencias bastardas, usurpaciones, deslealtades, les llevan con fre­cuencia al trono; y una vez en él, violacio­nes de palabras y de tratados, ataques trai­dores a un vecino empeñado en guerra con los infieles, desposeimiento de huérfanos rea­les, alianzas con “el enemigo secular” aña­den también con frecuencia un poco de tie­rra a los estados así adquiridos.
          Hasta en las figuras más nobles del anárquico periodo es dado encontrar la con­traprueba de la unidad pretendida. No par­ticiparán, acaso, en crímenes ni se harán reos de monstruosas deslealtades; pero en­contrarán en muchos de sus actos la verdad de lo que una leyenda, más que una historia, ha pretendido aureolar interesadamente.
          El Cid, ya mencionado, que aparece com­o encarnación de la caballería española, campeón de la Cruz y carne viva del patrio­tismo hispano, es una de esas figuras repre­sentativas. Figura, es cierto, no exenta de ru­da grandeza, pero tampoco libre de más de uno de los apuntados lunares. Desterrado por su rey, no busca refugio en cualquiera de los estados cristianos circundantes, sino en los del rey moro de Zaragoza, al que ofrece su brazo y su legendaria espada, “te­rror de la morisma”. Aceptados sus servicios, Rodrigo Díaz de Vivar combate por cuenta de su nuevo amo al wali musulmán de Lé­rida, pero también al Conde de Barcelona, “español” y cristiano. La famosa espada se hunde en pechos infieles con el furor mismo con que siega las vidas de los creyentes ca­talanes.
          Más tarde irá a Valencia, no para arran­carla al poderío musulmán sino para rea­firmar en el trono al rey moro, a quien otros moros, los recién flecados almorávi­des, pretenden despojar. Y si acaba por apropiarse el trono, búsquese en las cir­cunstancias y no en el propósito de cristia­nizar a Valencia, el origen de tal conquista. Asesinado su protegido el rey musulmán, el Cid ocupa el solio vacante y se hace rey de Valencia por cuenta propia. Ha llegado en protector y amigo para convertirse en amo y señor. Ejemplo no único en la Historia y del que el de Vivar tenía un cercanísimo precedente: el rey del que se hace heredero por decisión propia es aquel mismo rey mo­ro de Toledo junto al cual el soberano natu­ral del Cid, Alfonso VI, había encontrado refugio en la desgracia y al que luego había de desposeer, cuervo criado para desventu­ra de ojos agarenos.
          El castellano Fernando III, el Santo, es otra figura representativa de la Reconquis­ta, más grande y pura, ciertamente, que la del Cid. Y en ella, y en la de sus hijos, se aprecian sin embargo los mismos síntomas negatorios de la unidad. Reúne, si, en su persona, los reinos de Castila y de León: pe­ro, al reunirlos cuida mucho de establecer que son distintos y que cada uno manten­drá en el porvenir su personalidad y carac­terísticas. No podrán jamás ser separados en la persona de quien herede ambas coro­nas; pero no deberán jamás confundirse en un sólo reino. Tal es la voluntad expresa de Fernando.
          Mas para llegar a este resultado, el rey castellano ha tenido que desposeer a sus her­manas de padre a quienes éste había dejado parte de sus dominios. Y ha tenido que lu­char contra su propio padre durante largo tiempo.
          Otros años más, desde 1217 a 1225, Fer­nando el Santo combate contra príncipes cristianos, y sólo tras éste incesante gue­rrear con defensores de la Cruz ha de volver su espada contra la Media Luna, a cu­yos defensores había de tratar con espíritu muy distinto al que se atribuye interesada­mente a la Reconquista. No teme buscar las alianzas y los vasallajes feudales de prínci­pes infieles. El emir de Granada es uno de ellos; y que la irreductible enemiga musulmano-cristiana no fue como la pintan, lo prueba que, muerto San Fernando, el emir de Granada envió a Sevilla cien caballeros de su corte, a pie, con sendos cirios de cera blanca, a postrarse ante el sepulcro del rey castellano.
          Los episodios de la sucesión del santo monarca son aún más significativos. Su hijo Alfonso X, el Sabio, se ve atacado por la cuarta oleada que África envía a España en la Reconquista: los benimerines, sucesores de almohades, almorávides y bereberes de Tarik. El hijo mayor del rey fallece cuan­do se preparaba a combatirles. Deja dos hi­jas, de las cuales la mayor ha de ser la he­redera de su abuelo Alfonso X, que aún vi­ve; pero el segundo, hijo del rey Sancho, se levanta en armas, y el Rey Sabio, atemoriza­do, fluctúa durante largo tiempo; primero deshereda a las hijas de su primogénito, burlando la ley sucesoria establecida por Fernando el Santo; luego vuelve de su pro­pósito; y finalmente toma la decisión, tan corriente en la Reconquista, de dividir sus estados entre la heredera femenina legal y el turbulento Sancho. Pero éste se rebela de nuevo, y Alfonso X, el Sabio, hijo de Fer­nando III, el Santo, ¡llama en su auxilio al Sultán de Marruecos! Parece como si el África estuviese destinada a intervenir en todas las cuestiones dinásticas españolas.
          El rey muere confirmando el deshere­damiento de Sancho. Nueva sublevación de éste. Los marroquíes acuden y ponen sitio a Tarifa, que defiende por Sancho el desde en­tonces célebre Guzmán el Bueno. Triunfa a la postre Sancho, que ocupa el trono de Cas­tilla. La historia española le apellidará el Bravo, cuando debió llamarle el Mal Hijo. Y se cumple así la paradoja de que la ambi­ción de un hijo insumiso y su deslealtad para las disposiciones de su santo abuelo representen en el episodio a la Cruzada, mientras que el Islam se erige en defensor del buen derecho y campeón de la legalidad cristiana.
          Que esta actuación marroquí obedecie­ra a móviles egoístas (argumento que ni aún ha sido expuesto) es cosa que no nos inte­resa. Lo cierto es que tomó ocasión del lla­mamiento hecho a África por una de las más grandes figuras de la Reconquista, hijo del que probablemente puede recabar el pri­mer puesto entre todos los reyes castellanos.
          No parece floja la prueba que nuestra tesis recibe de manos tan calificadas como irrecusables. Aún las recibirá más contun­dentes, y suministradas por figuras de no menor autoridad.
















9
El caso de Euzkadi. — Los vascos en la Reconquista. — Las Juntas Generales y su “paralelo” con las Cortes Españolas. — El Uso o Pase Foral. — Independencia económica y militar. — Con­clusión que se impone.
         Importaría poco, después de todo, al problema vasco, el que España hubiera sido “una” o varia, y regida por éste o aquél es­píritu. Bastaría al derecho de Euzkadi, co­mo le basta, la diferencia, la separación exis­tente entre ella y España, aun cuando ésta hubiera tenido realidad en los siglos de la Reconquista. Si hemos expuesto el cuadro de la llamada España cristiana de aquella épo­ca no es más que a mayor abundamiento. Si Euzkadi tiene una personalidad nacional de­finida perfectamente por sangre, territorio, lengua y demás características, mal puede formar parte de otra personalidad nacional, la española; pero esta imposibilidad encuen­tra como refugio, si ello se pudiera, la otra imposibilidad nacida en el hecho de que en los tiempos que se dice lograron la fusión, la nacionalidad española no existía. Ni ét­nicamente —como ni aún hoy existe en la forma que pretenden los “unionistas”— ni políticamente. Ni como pueblo, ni como Es­tado, ni como sentimiento. Ni con los roma­nos, ni con los godos, ni con los árabes. ¡Ni muchísimo tiempo después de la conquista de Granada, último baluarte árabe-berebere!
         Durante los confusos siglos medioeva­les, los vascos peninsulares siguen política­mente dos caminos distintos: los orientales, se constituyen en Reino, el glorioso Reino de Navarra; los occidentales, alaveses, vizcaí­nos, guipuzcoanos, en otras tantas repúbli­cas libres, formadas por la confederación de sus municipios. Aquel, con sus Cortes, pue­de glorificarse de haber sido la primera monarquía constitucional del mundo entero. Los otros estados vascos son regidos por Parlamentarios soberanos —sus Juntas Ge­nerales— a las que incumbe toda, absoluta­mente toda la responsabilidad, y todo, abso­lutamente todo el poder, desde el legislativo al de ejecución y desde la administración hasta el ejército. Naturalmente, también el poder de regular las cuestiones internacio­nales.
         Los estados republicanos vascos perma­necen así durante una larga época subsi­guiente a la invasión árabe y que varía en­tre cinco siglos para Guipúzcoa y siete para Vizcaya pasando por los seis largos en que Álava se mantiene en esa forma. Transcu­rrido ese diverso tiempo, los tres eligen como Señor al respectivo rey castellano entonces en el trono. Pero los tres continúan en su plena independencia, porque el título de Se­ñor, puramente honorífico, no lleva tras sí más que el mando de los ejércitos en tiem­po de guerra.
         Es en efecto el de Señor cargo que apa­rece tardíamente, debido quizás a lejanas in­fluencias feudales y a los ejemplos circun­dantes. Son los Parlamentos o Juntas las que eligen libremente al Señor y libremente lo destituyen, el caso llegado; y al elegido no corresponde atribución alguna legislati­va, ejecutiva, judicial, militar ni de otro or­den cualquiera. Primeramente, los señores son elegidos en familias que alcanzan pres­tigio en el país, pero sin vincularse en modo alguno a ellas, puesto que el cargo no es hereditario. Más tarde, se hace corriente la costumbre de elegir Señor al heredero de quien había desempeñado el cargo, pero manteniéndose siempre la facultad de desti­tuirlo. Finalmente, en el caso de Vizcaya, y cuando la reconquista española toca a sus postrimerías, la persona que las Juntas ha­bían elegido Señor, Juan III de Vizcaya, es elevado más tarde con la nomenclatura de Juan I, al trono de Castila. Así, dicen los de siempre, —se realiza la unión de Vizcaya a Castilla.
         Sabino de Arana-Goiri ha sintetizado muy bien lo que esta unión pretendida significa­ba: “Es falso —escribe— que una unión po­lítica cualquiera se haya realizado entre Viz­caya y Castilla. Desde Juan III de Vizcaya y I de Castilla hasta el último rey que haya sido al mismo tiempo señor de Vizcaya, las cosas no han cambiado en nada. El Señor de Vizcaya era al mismo tiempo Rey de España, más esos títulos se encontraban perfectamen­te separados y se referían a las facultades esencialmente diferentes que ejercían sepa­radamente las dos naciones: Vizcaya y Cas­tilla... Cuando don Juan y sus sucesores obra­ban como reyes, su autoridad no salía de Castilla; no obraban como señores. Cuando obraban como Señores, no ejercían su auto­ridad más que en Vizcaya, y no obraban co­mo reyes de Castilla”.
         La demostración de esta verdad había de hacerse bien pronto: en el reinado del hijo y sucesor de ese mismo Juan III, Enrique IV, el Impotente, éste hubo de obrar en forma que disgustó a los vizcaínos. Estos convoca­ron sus Juntas Generales, y, con toda senci­llez, destituyeron del Señorío de Vizcaya al rey castellano y nombraron para sucederle a su hermana doña Isabel. Así vuelven a “se­pararse” —siempre lo estuvieron— Vizcaya y Castilla hasta que una serie de circunstancias, y especialmente la de haber sido deshereda­da la hija de Enrique IV, lo que dio el trono de Castilla a Isabel, desde hacía tiempo Se­ñora de Vizcaya, volvió a “unir” el Estado vasco al reino castellano. Con qué poca inti­ma unión hemos de verlo más adelante.
         El proceso seguido por Álava y Guipúz­coa es análogo, si no idéntico. Los tres esta­dos siguen gozando de la más absoluta inde­pendencia en todos los órdenes. Esta indepen­dencia se halla dibujada por la constitución „ y funcionamiento de sus Juntas Generales, a las que ya hemos dado su verdadero nombre de Parlamentos vascos. Pero ni aún éste nom­bre refleja con exactitud el maravilloso com­plejo de autoridad y democracia, de libertad y orden que ofrecen las Juntas Generales vascas.
         Se ha querido igualarlas a las Cortes es­pañolas, a las que se dice hijas de los conci­lios godos de Toledo. “Los Concilios —dice Lord Acton— dieron a España el modelo de su régimen parlamentario, el más antiguo, con mucho, de todos los del mundo”. Error pro­fundo, en más de un sentido. No hay posibili­dad de asignar fecha a las primeras Juntas Ge­nerales. En forma primitiva, se les encontraría ascendencia en los Batzarres, Biltzarres —reu­nión, asamblea, junta— que desde tiempos inaccesibles a la Historia celebraban los vas­cos de uno y otro lado del Pirineo. Ya eran viejas cuando suena por vez primera la pala­bra Cortes, en las de Nájera de 1137, de filia­ción vasca por otra parte, menos que dudosa. Y ya existían cuando se reúnen los obispos del Primer Concilio Toledano.
         Pero la diferencia y la superioridad vas­ca estriban en cosas distintas de la antigüe­dad. Los Concilios de Toledo se componen exclusivamente de prelados, y legislan exclu­sivamente —salvo en lo referente a la suce­sión real— sobre materias religiosas; son con­vocados por el rey, quien por otra parte “eli­ge” indirectamente los obispos, gracias a la “presentación”. Los consejos del Reino de León, inmediatos predecesores de las Cortes españolas, están asimismo compuestos por Obispos, a los que más tarde se les añade al­gunos nobles, unos y otros designados por el rey; su autoridad se limita a la del consejo, que puede ser seguido o desechado por el «monarca. Las Cortes españolas, en su varie­dad, se hallan también compuestas por no­bles y prelados, a los que sólo muy tarde se les unen algunos representantes de ciudades y villas: son convocados por el rey, que de­signa los componentes de los estados noble y eclesiástico: sus atribuciones políticas quedan delimitadas en León, 1188, por la decla­ración real: “El rey promete a sus “conseje­ros” no hacer la guerra o la paz o un tratado sin el consejo de los obispos, de los nobles y de los hombres de bien”. Naturalmente, el rey se reserva el veto contra la decisión de sus aconsejantes.
         ¡Qué capital diferencia con el parlamen­to vasco, con las Juntas Generales vascas! En ellas no hay nobles ni prelados. Mejor dicho, nobles lo son todos, porque la maravillosa de­mocracia vasca, la Constitución vasca, decla­ra nobles a todos los “vecinos” de la tierra vasca, a cuantos prueben descender de cual­quiera de las infinitas casas solariegas —to­dos los caseríos lo son— que pueblan el terri­torio ancestral. ¡Maravillosa, sí, esta demo­cracia vasca que, única en el mundo y cuan­do éste se halla dividido en castas, idea el igualar a todos, no en la bajeza sino en la altura; que no busca el rebajar a los altos hasta el nivel de los humildes, sino que eleva a los humildes hasta el nivel de los más al­tos! Y ello, siglos y siglos antes de que la Re­volución francesa proclamase la igualdad, sin conseguirla, entre todos los hombres!
         No hay, pues, nobles, prácticamente, en las asambleas vascas. Y no sólo no hay pre­lados sino ni aún sacerdotes. El pueblo vasco, que al abrazar el cristianismo lo hace con tal fervor que le hará ser considerado más tar­de, como modelo de los pueblos cristianos, sabe los peligros que entraña el mezclar los intereses religiosos con los políticos. Prohibi­rá a los sacerdotes ser elegidos representan­tes en las Juntas, y llevará su cuidado hasta despojar del voto en determinadas cuestio­nes a los apoderados laicos que el mismo día hayan sido sorprendidos en conversación se­creta con un clérigo.
         Los diputados —llamémosles así— son elegidos directamente por los vecinos de cada municipio. En unos sitios, la elección se hace por “fogueras”, por familias: en otros, por sufragio universal directo, ese sistema que las democracias modernas creen haber inventa­do. En las Juntas no tomará asiento un solo hombre que el Señor, ni el clero, ni organiza­ción distinta a los Municipios haya designado.
         Las Juntas no se limitarán a aconsejar la paz, la guerra o los tratados. Ellas serán, sin intervención alguna del señor o rey, las que decidan soberanamente declarar la gue­rra o establecer la paz; ellas celebrarán, sin intervención alguna del rey o Señor, los tra­tados internacionales que conveniente esti­men. Y no se manifestarán cortas en el ejer­cicio de esta prerrogativa, soberana entre to­das. Establecerán tratados internacionales con España, con Laburdi, con Navarra, con Fran­cia, con Inglaterra. Los firmarán en 1294, 1306, 1309, 1351, 1353, 1361, 1472, 1719, 1795... y siem­pre sin intervención del rey o Señor. Los esta­blecerán con Inglaterra, por ejemplo, aun cuando Castilla estuviera en guerra con aque­lla nación, y hasta previendo el caso de tal guerra, en la cual sentaban los vascos su neutralidad por adelantado; y con Francia —1794— en los precisos momentos en que el estado francés se halla en guerra con Espa­ña. Lograrán introducirse en el tratado de Utrech para recabar el derecho de los vascos a pescar el bacalao en Terranova y consignar que los puertos vascos “no están sujetos a las leyes de Castilla”. Todo esto ¡trescientos años después de la pretendida unión de Vizcaya a Castilla; quinientos años más tarde de la no menos pretendida unión de Guipúzcoa al reino castellano! Y declararán la guerra por su cuenta al poderío inglés; y no lo considera­rán los ingleses cosa de tan poca monta cuan­do celebraron una derrota marítima vasca acuñando moneda conmemorativa; y el año siguiente ingleses y vascos firmarán la paz sin intervención alguna de reyes, Señores, Cortes o consejos castellanos. ¿No estamos aquí a infinitas leguas de aquella promesa de los reyes castellanos a sus Cortes de no emprender guerra, concertar paz, o firmar tratados sin el consejo previo —seguible a voluntad— “de los prelados, de los nobles y de los hombres de bien?”
         Pero aún hay más. Mientras los reyes cas­tellanos tenían el veto contra las decisiones (?) o consejos de sus Cortes, el Señor no so­lamente carecía de representación en las Jun­tas vascas y de poder legislativo, judicial, eje­cutivo o militar alguno, sino que si por acaso sentía la veleidad de intervenir en cualquier asunto tropezaba inmediatamente con el veto de las Juntas. Los papeles se encuentran ra­dicalmente trocados en una y otra institución, Cortes españolas o Juntas vascas. En una es el Rey quien paraliza no la acción sino el mero consejo de las Cortes; en la otra son las Juntas las que inmovilizan, a voluntad, las decisiones y la actuación del “soberano”.
         El uso o Pase foral de las Juntas debía autorizar toda carta o provisión del Señor, y, si el Uso faltaba en ella, no sólo era licita la resistencia sino estrictamente obligatoria y llevada hasta los últimos extremos. Si basa­do en documento cualquiera del Rey o Señor desprovisto de Uso alguien, por alto que fue­se “tentare de fazer algo a algún vecino o vecinos de las villas e lugares, que no lo con­sientan fazer ni cumplir semejante execución, antes que le resistan e si buenamente non se quisieren desistir, que lo maten”; así rezaba la ley II del capítulo XXIX de la Constitución Guipuzcoana. Y así fue ejecutado el precep­to, ante la presencia misma del rey castella­no Enrique IV, en la persona de su arrenda­dor general, Gaón. Encontrábase el rey en Guipúzcoa de paso, con objeto de entrevis­tarse con Luis XI de Francia. Quiso Gaón apro­vechar la presencia de su soberano para ob­tener subsidios que la Junta había rechazado. Los tolosarras dieron cumplimiento a la ley matando a Gaón sin que Enrique IV pudiera ni impedirlo ni castigarlo. El hecho ocurre entrado el último tercio del siglo XV; Gui­púzcoa se había “unido” a Castilla en el mo­mento de morir el siglo XI. Júzguese de la solidez de una unión, que, siglos después de establecida, impide al monarca de Castilla en tierra vasca hacer nada por salvar la existen­cia o castigar la muerte realizada en su pre­sencia, de uno de los personajes más impor­tantes de su corte.
         El Uso o Pase foral, como la soberanía legislativa de las Juntas, no había de ser ne­gada por nadie —y si alguien pretendió ne­garlos hubo de fracasar en su intento, hasta puede afirmarse que en nuestros días mis­mos: en 1839. Aún existen seguramente en éste o aquel rincón de la tierra vasca hom­bres que habían ya abierto sus ojos a la luz cuando Castilla, obrando con dolo y traición en ella habituales, despojó a los vascos de una independencia que mezcla sus albores al amanecer de la Humanidad sobre la tierra.
         ¿Dónde está, después de lo dicho, el pa­ralelo de las Cortes españolas con las Juntas Vascas? Ni el origen, ni la composición, ni las atribuciones las aproximan en nada, sino que las separan diametral y opuestamente. Las Cortes españolas, salvo el consejo que más tarde no fue ni dado ni pedido —para casos de guerra o paz— no gozan de ninguna atribución legislativa.
         La ley primitiva española se condensa en la compilación visigótica llamada Forum Judicum o Fuero Juzgo, elaborado con retazos godos e hispano-romanos. Su elaboración na­da tiene de parlamentaria: es producto ex­clusivo de la voluntad real. No fue conocido en tierra vasca, puesto que en ella no pisaron los godos; rigió por el contrario en suelos españoles junto en ocasiones al llamado Fue­ro Viejo hasta que las Partidas, obra de Al­fonso el Sabio, vinieron a sustituirles. Mas las Partidas, son obra igualmente de la voluntad real, sin intervención directa del pueblo. Ya existían, sin embargo, las Cortes españolas. Pero nadie había pensado en atribuirles fa­cultad legislativa de ninguna clase. Antes, al contrario, en previsión sin duda de aspiraciones que ni siquiera apuntaban, las Partidas, terminadas en 1265, establecen categóricamen­te que sólo al rey y a nadie más que al rey, corresponden por entero el poder legislativo y el poder judicial. Quedan, pues, las Cortes españolas con una extraña soberanía que no les permite ni dictar una ley ni designar un funcionario de la justicia; con sólo el derecho a opinar, en todo caso, sobre la cantidad de los subsidios pedidos por el rey, ya que la naturaleza de estos tributos y su número son arbitrio y atribución de la realeza. El Fuero Viejo de Castilla lo reconoce así, en sus lí­neas generales, como lo había reconocido el Forum Judicum. En tanto que siglos después, en la mitad del XVII, el mismo rey español Felipe IV, Señor al propio tiempo de los vas­cos, reconoce explícitamente que ni la impo­sición de tributos le corresponde en tierra vas­ca ya que “de todos ellos es libre y exenta aquella provincia separada del reino (Álava), así como lo son el mío señorío de Vizcaya y la mi provincia de Guipúzcoa”. Dése a la pa­labra provincia el significado de la época equi­valente a nación y aún a Estado, y se tendrá una prueba más de lo que venimos soste­niendo.
         En cuanto al orden militar, si las Cortes españolas osan, muy avanzado el tiempo, dis­cutir una leva o regatear un contingente pedido, las Juntas Vascas, que como hemos visto deciden soberanamente sobre paz o gue­rra, son dueñas absolutas de reclutar o licen­ciar su ejército, de instruirlo, armarlo y equi­parlo, de señalarle puntos de guarnición y de nombrar sus oficiales y su jefe supremo. Fa­cultad natural, puesto que es inherente a la soberanía, y ésta reside, esencialmente, en la potestad legislativa.
         Todos los vascos, sin excepción, estaban obligados a servir en las milicias vascas, el ejército vasco; mas solo en caso de guerra y para la defensa del suelo vasco. Principio de­mocrático tan viejo como las mismas leyes vascas. Pero si el Señor solicitaba humilde­mente —y el adverbio no es hiperbólico a la luz de los documentos históricos— que algu­nos vascos le ayudaren en las empresas gue­rreras que como Rey castellano tenía empren­didas, las Juntas se los negaban rotundamen­te o, en el mejor de los casos, se limitaban a autorizar el enrolamiento de aquellos que vo­luntariamente, llevados por el espíritu de aventura o el de lucro quisieran alistarse en las banderas castellanas. En alguna ocasión, muy rara, las Juntas accedían a la petición del Señor, pero condicionándola a que. los reclutas fueran a guarnecer alguna plaza fron­teriza vasca, lo que casa mejor con la regla que con la excepción. En cuanto a los volun­tarios que el rey lograba —y no logró ni uno en ocasiones— la ley vasca prohibía termi­nantemente que salieran del territorio vasco ...para ninguna parte, ni por necesidad algu­na que se ofrezca, por mandato del rey, ni de otro ninguno, sin que primero les sea pagado el sueldo que hubieren de aver y fuere necesario para la tal jornada”. Era la posición exacta de un Estado neutral de hoy, reforza­da por precaución en favor del voluntario que hoy no guardan ni los Estados neutrales.
         Si en estas aportaciones individuales, ja­más nacionales, buscan los de la “unidad” un argumento y quieren tornar en obligación colectiva lo que fue arbitrio personal, darán de bruces con un hecho que es más que un con­traargumento. Es en 21 de Julio de 1876 cuando el ministro Cánovas del Castillo, tras una guerra de cuatro años, resuelta en contra del pueblo eúzkaro, establece para los vascos la obligación de servir en el ejército español. Si esa obligación hubiera existido antes, ¿ha­bría necesitado Cánovas imponerla después?
         Hemos establecido el paralelo entre Cor­tes o Juntas Vascas y Cortes españolas, al pro­pio tiempo que señalábamos las manifesta­ciones más importantes de la independencia vasca. La misma lógica aconsejaba obrar así, puesto que independencia vasca y soberanía de las Cortes o Juntas Vascas son una sola y misma cosa. La independencia de un pue­blo no consiste sino en la facultad, no trabada por nadie, de legislar para su propio uso y en todos los órdenes.
         Las Cortes o Juntas Vascas tuvieron esa facultad, como sumariamente hemos visto; las Cortes españolas carecieron de ella, que fue asumida enteramente por el rey. Claro es que, si la hubieran tenido, en nada negaba eso la soberanía de las Juntas; se habría tratado simplemente de dos instituciones análogas funcionando para dos pueblos distintos. Pero las Cortes españolas no tuvieron esa facultad; y así, con lo dicho, quedan probadas tres cosas:
         La independencia vasca en todos los ór­denes mientras la fuerza española no abolió las Cortes o Juntas en pleno siglo XIX.
         La opuesta diversidad de las institucio­nes vascas con sus correlativas (?) españo­las; y
         La inexactitud con que Lord Acton seña­la a las Cortes españolas la primacía en el tiempo sobre todos los regímenes parlamen­tarios del mundo.
       
         El pueblo vasco, al menos, no encuentra ni reconoce precedentes en eso y ni en otras cosas fundamentales que como a tal pueblo le definen.














10
Los Reyes Católicos, piedra unitaria angular. — La leyenda de la unidad política. — Dos detalles significativos. — El testimonio de un historiador moderno. — La “unidad” de sangre y religión.
         No descansarán los eternos enemigos de aquella independencia. Tienen aún en reser­va “la piedra angular” del edificio unitario. Admitirán, con generosidad sin límites, que la soberanía vasca es discutible hasta el adve­nimiento de los Reyes Católicos; mas a partir de éstos, ni aun la discusión cabe. Ellos son los verdaderos realizadores de la unidad es­pañola —en la que claro está, entran los vas­cos— por las siguientes razones que se en­contrarán si no en la Historia de España, aún no escrita, en las numerosas historias de España, que corren de la escuela a la uni­versidad.
         “Fernando e Isabel asientan la unidad es­pañola por medio de otras tres unidades que a ellos se deben: la unidad de territorio por ­la fusión de Castilla y Aragón, la conquista del reino moro de Granada y la conquista del reino cristianísimo de Navarra; la unidad religiosa por la expulsión de moros y judíos y el establecimiento de la Santa Inquisición; la unidad de sangre, por esa misma expulsión de judíos y moros. Se propusieron hacer un pueblo único y lo alcanzaron con paciencia, método y eficacia que aún hoy admiran”.
         Menos mal que la afirmación misma con­tiene otra que tiene el valor todo de una con­fesión impremeditada: puesto que idearon constituir un pueblo único es que hasta en­tonces, por lo menos, los pueblos eran diver­sos. Y ayer, como hoy y como mañana, no es nada fácil unificar por una ley o serie de le­yes lo que la naturaleza diversifica.
         Comencemos por negar que los Reyes Ca­tólicos tuvieran el propósito de unificar sus pueblos respectivos ni los que se apropiaron. La unión aragonesa-castellana, en la base mis­ma del edificio, es obra de la casualidad.
         Isabel I de Castilla es hermana de Enri­que IV, el Impotente. No le corresponde a ella suceder a Enrique, puesto que éste tiene una hija, Juana, a quien pertenece legalmente la sucesión del trono. Pero los anárquicos nobles castellanos alegan que Juana no es hija de Enrique, sino de su favorito Don Beltrán de la Cueva. Se fundan para ello en una preten­dida impotencia del rey para procrear. ¿Cier­to? ¿Calumnia? La contestación es imposible, naturalmente. La reina protestó siempre con gran energía hasta su muerte, acaecida años después de la de su esposo, y en el convento a donde se había retirado, tras ser desposeí­da. Hasta su muerte misma firmó como sen­tando su derecho “Yo, la reina”. En cuanto al rey, si en un momento desheredó a su hija, no tardó en retractarse. Parece haber dudado siempre entre su amor paternal, innegable, y la presión del clero y nobles, levantados re­petidamente en armas. Una vez más volvió a desheredar a Juana y otra vez más hubo de retractarse en su favor. Murió sosteniendo el derecho de la Beltraneja, como era apellida­da la infeliz Juana. Imposible obtener la ver­dad de tan contrapuesta conducta. Como in­formación complementaria diremos que hace algunos años el Dr. Don Gregorio Marañón publicó un trabajo en que afirma que según los documentos y la iconografía de la época, la impotencia del rey Enrique fue relativa y que no debió impedirle la procreación.
         Como quiera que fuese, Isabel la Católi­ca sube al trono accidentalmente. No menos accidentalmente —por haber destituido los vizcaínos a su Señor, el mismo Enrique IV, que intentaba un contrafuero, y elegido en su lugar a Isabel— ésta se encuentra Señora de Vizcaya aún antes de ostentar el título de Reina de Castilla. Aquí la “unidad” se ve ser­vida no por el propósito sino por el hado.
         Pero la casualidad había ya antes estado a punto de hacer otra de las suyas. Isabel, nombrada heredera en una de las fluctuacio­nes de Enrique IV, fue desheredada por éste una vez más por haberse negado a contraer matrimonio con el heredero del trono de Por­tugal y haber esposado al que lo era de Ara­gón, Fernando “el católico”, según unas his­torias; “el Falsario” según otras más funda­das en los hechos. Lo que no ocurrió, pero pudo ocurrir muy bien, debería enseñar pru­dencia a los españolistas a ultranza. Hoy ve­rían sin sorpresa a un Portugal formando parte de España, mientras que en el occiden­te peninsular un estado aragón-catalano-balear alimentaria a gentes que mirarían al es­pañol de hoy con el despego, la repugnancia, mejor, y hasta con el odio que los portugueses actuales les manifiestan. Bien es cierto que, a pesar de la “unidad”, tales sentimientos no están muy lejos del corazón de los catalanes del día.
         Sube, en fin, Isabel al trono de Castilla y hereda Fernando el de Aragón. Pero en ma­nera alguna se confunden en un solo Estado los dos Reinos. Cada uno sigue con sus ins­tituciones propias, que funcionan separada­mente; con su legislación propia, con sus em­presas políticas y militares propias. La ex­pansión e intervención en tierras italianas será empresa exclusiva del Reino de Aragón; el descubrimiento y primeras conquistas de América, obra exclusiva del reino de Casti­lla. La leyenda heráldica concedida a Colón y sus sucesores rezará claramente: “Por Cas­tilla y por León nuevo mundo halló Colón”. Y no se diga que aquí León aparece por la fuerza de consonante ya que “Aragón” se prestaba a tal menester poético con iguales docilidad y música, ¡oh! minucias tan y aún más reveladoras que una historia en incon­tables volúmenes!
         Muerta Isabel, la separación se hace más patente. Fernando continúa Halándose rey de Aragón, pero solamente Regente de Casti­lla, y esto después de dimes y diretes con no­bles y Cortes castellanos. Sólo lo es a título de padre de la verdadera Reina, doña Juana, hija de Isabel y el mismo Fernando, decla­rada incapaz. Doña Juana la Loca, le llama­rá la historia, aun cuando parece no haber tenido otra locura que la de los celos inspi­rados por su marido Felipe el Hermoso, muer­to en 1506 tras de haber sido dos años rey de Castilla mientras Fernando “el Católico” su suegro, lo era de Aragón.
         Ambos reinos habían sido “unidos” en 1475. Permanecen así hasta 1504, en que mue­re Isabel. Y se separan en dicha fecha hasta 1516, fecha en que al fallecimiento de Fer­nando hace heredero de Aragón a Carlos I de España y V de Alemania, el Emperador que, por la incapacidad de su madre, la Loca, ocupa también el trono castellano. ¿Para con­vertir en un sólo Estado las Coronas de Cas­tilla y Aragón? No; sino para ejercer separa­damente la soberanía de ambos reinos, como separadamente ejercía las funciones de em­perador alemán.
         Dos detalles históricos se añadirán, final­mente, a la prueba de que ni Fernando ni Isabel buscaron el unir los estados de la pe­nínsula. Primero, el de que la conquista de Navarra se efectúa por Fernando, ocho años después de la muerte de la reina Isabel, que, en común sentir de los historiadores, no ha­bría emprendido tal empeño, por el feísimo aspecto moral que, a sus ojos, como a los de toda conciencia honrada tenía que revestir. Segundo, y más significativo: viudo Fernan­do, contrae nuevo matrimonio con Germana de Foix. Más que amor le guía el decidido pro­pósito de lograr un heredero —siempre es­tuvo en malas relaciones con su yerno Feli­pe, y con su nieto el futuro emperador— a quien transmitir la corona de Aragón y sus estados de Italia, y, por consiguiente, impe­dir que una y otros se reunieran con Castilla en la persona de Carlos. Lejos de perseguir la unidad, Fernando el “Católico” buscó ahin­cadamente la separación de Aragón y Casti­lla. Y este empeño suyo hubo de costarle final­mente la vida; porque viejo ya Fernando y con menguadas esperanzas de alcanzar la su­cesión en Germana de Foix, se entregó al charlatanismo de los “físicos” de la época y absorbió tal cantidad de bebedizos confeccio­nados a su intención procreativa que le oca­sionaron la intoxicación de la que bajó al sepulcro en 1516.
         Poco queda después de lo dicho de esa leyenda —afortunada hasta el punto de pre­tender sustituir a la Historia— que atribuye a los Reyes Católicos la intención de consti­tuir un único Estado con los diversos que ocu­paban la península ibérica. Visto está en cuan­to se refiere a los dos principales. En cuanto a los vascos, la misma Isabel la Católica ates­tiguará contra las intenciones que siglos des­pués se le han atribuido, en documento diri­gido a los Cónsules de Brujas, en los Países Bajos y que tiene por tanto valor internacio­nal: en boca de la Reina, Vizcaya, es decir, los vascos occidentales, constituyen nación apartada. Casen, si pueden, los intereses po­líticos del día la unión con el apartamiento, y el carácter nacional de ese apartamiento con la idea de una sola persona natural y política llenando los ámbitos todos de la península... con la sola excepción, taimadamente pasada por alto de Portugal, mentís perenne a intere­sadas afirmaciones de carácter racial, histó­rico, político y de ‘'destino”. A nosotros nos basta con lo dicho, que cerraremos con el broche áureo de una declaración explícita de­bida a persona y hecha en tiempo que la po­nen. fuera de toda sospecha partidista y de todo sabor de antigüedad prescrita.
         El señor Conde Rodezno, ministro en aquel preciso momento del gabinete cívico- militar del generalísimo Franco, escribía éste mismo año de 1939, día 6 de junio, hablando del problema vasco precisamente, puesto que a Navarra se refería, las siguientes elocuentí­simas palabras: "Porque es un tópico vulgar adjudicar a los Reyes Católicos la unidad po­lítica o estatal de los diferentes reinos españo­les...; lo que no les pasó por la imagina­ción, porque eso no entraba en el pensamien­to de la época era eso, la unidad política o estatal de los diversos reinos”.
         La confesión no tiene precio en labios, en pluma, mejor dicho, lo que la hace más so­lemne y comprometedora, de un ministro en el levantamiento militar que perseguía como uno de sus cardinales propósitos, según con­fiesan sus hombres muy representativos, el de "asegurar la unidad española amenazada”. Hasta el momento, y ello tiene asimismo sig­nificación, ignoramos que nadie, ni el mismo general Franco, haya rebatido ni desautori­zado las palabras escritas por su ministro de justicia, el excelentísimo Señor Don Joaquín Domínguez Arévalo, Conde de Rodezno.
         Que los Reyes Católicos hayan persegui­do, con la expulsión de moros y judíos, la unidad espiritual y de sangre en sus estados, aparece con algo más de lógica. No que pre­tendieran como tal esa unidad, sino que per­siguieron alejar de sus reinos, y nunca de su reino, elementos perturbadores que podían llegar a constituir serio peligro. Judíos y mo­ros alcanzaban número importantísimo. Ade­más de los incontables millares descendien­tes de los que desde hacía siglos residían en territorio cristiano, ya que los avances de la conquista respetaban a los establecidos en las tierras ganadas y les autorizaban religión, usos y costumbres; además de ese incalculable número, había que contar los moros y judíos del extenso y rico Reino de Granada, recien­temente incorporado. Pero si aquél fue el pro­pósito de los Reyes Católicos, lo que induda­blemente es cierto puesto que los hechos lo confirman, es que fracasaron totalmente en el propósito.
         Salen de la península por orden real tan sólo los moros de Granada., y no todos, ni muchísimo menos. Quedan en ella los milla­res y millares de ellos cuya sangre venía des­de siglos mezclándose con la sangre de cas­tellanos, aragoneses, levantinos, extremeños, en el propio territorio de éstos. Quedan tam­bién cuantos moros granadinos que, de buena fe, los menos probablemente, o con fingimien­to interesado se habían convertido al cristia­nismo o se convierten ante la amenaza de ser expulsados. La inquisición había sido estable­cida en Sevilla en 1480, y el año siguiente se celebraba el primer achicharramiento públi­co de herejes de los llamados Autos de Fe. Excusado es decir cuánto apresurarían las conversiones sinceras semejantes espectácu­los públicos, durante los veintidós años en que la Inquisición precede a la orden real de destierro (1502).
         El fervor de los moros por convertirse al cristianismo, toma caracteres macizos. El Car­denal Cisneros, en una sola corta visita a Granada y por su sola mano, bautiza a más de cuatro mil moriscos. La sed espiritual crece en éstos a medida del tiempo, y, apenas es co­nocida la orden de expulsión, Teruel y Albarracín dan el conmovedor ejemplo de conver­tirse en masa, seguido poco después por Manises y más tarde por otros y otros pueblos. ¡Noble característica de las Cruzadas españo­las de todo tiempo! ¿No hemos visto en la última a los reclusos de las cárceles de Fran­co, acercarse a la Sagrada Mesa en los días determinados por las autoridades militares?
         En cuanto a los judíos, análogos ejemplos de piedad. Su número era extraordinario en España. Se dice que sólo el valenciano San Vicente Ferrer había convertido —y aquí sin amenaza de la fuerza—, alrededor de dos­cientos mil entre fines del siglo XIV y comienzos del XV. En toda época, desde la goda, habían de registrarse sinceras conversiones: San Julián de Toledo, obispo en el reino visi­gótico, era hijo de judíos conversos. Fray Luis de León, en el siglo de oro, tenía según Coster por lo menos la mitad de la sangre judía. El misticismo español no es acaso más que el producto del idealismo judío con la bri­llante imaginación árabe, sobre los que obra la creencia cristiana: al menos en ningún pun­to del mundo se registran ni el número ni la calidad de los místicos españoles, nacidos tras un florecimiento peninsular de grandes filósofos y poetas árabes y judíos. Los árabes importan las doctrinas aristotélicas, y uno de ellos, Abenarabi de Murcia, es inspirador di­recto del Dante en su “Divina Comedia”. Los judíos y basta citar la gigante figura de Maimonides, el apellidado justamente “Santo To­más del judaísmo”, cultivan con extraordina­ria fortuna la filosofía, entre otras ciencias. A unos y otros se debe en grandísima parte el esplendor del siglo de oro español con sus prosistas, poetas y místicos. Chispazo pasaje­ro debido a lo mejor de los componentes ra­ciales y espirituales —judíos, árabes, elemen­tos de romanización, civilización cristiana- de un pueblo singularmente heterogéneo, pero en el que, tarde o temprano, la hilaza africa­na que constituye su fondo desde la prehisto­ria, ha de ahogar en su anarquía caracterís­tica los más nobles y levantados intentos.
A los innumerables judíos convertidos sinceramente durante los siglos medios, ha de unirse ahora la formidable masa de los convertidos por el temor a la Inquisición o por la amenaza del destierro. Ante esta sola­mente, 50.000 judíos abrazan el cristianismo. Trescientos mil de ellos optan por desterrar­se, pero mal acogidos en todos sitios, la ma­yoría de ellos, salvo los emigrados a Saló­nica, vuelven a España y obtienen median­te el bautismo el permiso de establecerse en ella.
         Los Reyes Católicos fracasan, pues, en su intento. Moriscos y judíos continúan, bautiza­dos, formando parte del pueblo español y mez­clando su sangre con él. Nada se ha logrado, o poquísimo en punto a la unidad racial. Na­da tampoco, o muy pobre resultado, en el or­den religioso. Hasta es posible que la horrible plaga de la blasfemia, característicamente es­pañola en su espantosamente rica variedad, sea fruto de aquellas conversiones forzosas: judíos y moros a quienes se impone una re­ligión exterior, reaccionan ante ello injurian­do a la Divinidad y a sus más sacrosantos Misterios. Por lo menos, y ello es ya indicio nada débil, el mapa de la inmunda plaga co­rresponde con el de los territorios en que fue más abundante la sangre judía y mora de quienes los poblaron.
         Los muy cristianos pueblos de Guipúz­coa se escandalizaban de oír en 1936 las continuas blasfemias con que esmaltaban su con­versación los soldados de Franco, invasores de una tierra cuya lengua milenaria descono­ce en absoluto la blasfemia. “¿Estos son, se decían, los que vienen en nombre de Cristo Rey?”
         Claro está: no venían, no, en Su Nom­bre, lo decían simplemente. Y esto era ya, en labios de quienes aportaban el derramamien­to de sangre, la más espantosa, la más sacrí­lega de las blasfemias.











11
El caso escandaloso de Navarra: Bulas falsas y alevosía verda­dera del “católico” Fernando. — Chispazos patrióticos. — Los cuartos de Navarra en nuestros días.
         Hemos sentado la independencia política y de todo orden que caracterizó a los vascos occidentales durante la Edad Media, polari­zada en la existencia de sus libérrimos Par­lamentos. En cuanto a Navarra la conclusión es igualmente fácil. Para ciertas inteligencias muchísimo más fácil, aun cuando uno y otro caso ofrezcan idéntica claridad, porque la pa­labra “rey”, su derivada “reino” ejercen so­bre algunos espíritus cierta especie de enfer­miza atracción; y Navarra fue Reino, bien glorioso, y tuvo reyes, gloriosos unos y desgra­ciados otros, desde mucho antes que Castilla, hasta 1512 en que fue conquistada por el catolicísimo Fernando. Después, hasta 1839 con­tinuó teniendo reyes, aunque no legítimos.
         Fernando V, el “Católico”, se apodera de Navarra por las triples armas de la falsía, la traición v la violencia. Sobre ello la historia ha dictado un fallo inapelable.
         En primer lugar, la felonía de Fernando se agravó por la premeditación. Ya en 1509, tres años antes, comunicaba al Conde de Lerín, su traidor aliado “que si pudiere tomar alguna buena cosa —en el Reino de Navarra— por trato o por furto, que la tome y que los de su Alteza —el propio Don Fernando— se la ayuden a defender después de tomada". Reprochaba el Falsario al Conde un intento de éste para entender en lo de Navarra no por vía de maña, ni de furto sino por vía de fuer­za y le mandaba que esto no se ha de fa­cer agora puesto que los navarros estaban so­bre aviso, sino que disimule el Condestable —Conde de Lerín— para que después pueda llevarse el negocio de la manera que con Su Alteza quedó convenido. El Conde de Lerín acabó en efecto por tomar alguna cosa buena en Navarra, y el rey aragonés se la ayu­dó a defender, pero este medio no dio todos los buenos resultados que el traidor y su amo habían descontado. Con lo que, agotada la paciencia de Fernando V, ideó la trama de considerar excomulgado por el Papa al rey francés Luis XII y a sus aliados, incluyendo en éstos a los legítimos reyes de Navarra. Ni excomunión ni alianza eran ciertas. Para fin­gir la primera, el rey “Católico”, no vaciló en falsificar una Bula pontificia cambiando la fecha de ella en forma que pareciese tener aplicación al caso y al momento. En cuanto a la alianza del monarca navarro con el rey francés, la mentira fue meridiana y flagran­te, puesto que en los mismos días que se suponía existir, las relaciones entre ambos mo­narcas eran menos que medianas y llegaban a la tirantez más abierta: Luis XII se mos­traba partidario decidido del Conde de Foix en las pretensiones que éste sostenía acerca de los estados extra-navarros de la reina na­varra doña Catalina, y esto bastaba para de­terminar una tensión acusadísima entre los dos monarcas vecinos.
         La falsificación de la bula por Fernando ha pasado ya a la categoría de hecho históri­co. No hay por qué detenerse a probar lo que ningún historiador de solvencia niega y es afirmado por los más serios de entre los es­pañoles que han tocado este punto. Ni es de extrañar tal conducta en hombre como don Fernando que ya antes, para facilitar su ma­trimonio con Isabel, había falsificado otra Bula pontificia a fin de fingir la dispensa papal del parentesco que le unía con su fu­tura. El matrimonio, en efecto, tuvo que ser legitimado más tarde por el Pontífice para evitar mayores males.
         Parapetado así espiritualmente, Fernan­do V fingió una vez más. Simuló que a fin de combatir al rey de Francia le era necesa­rio que su ejército —el de Fernando— atra­vesase Navarra, cuando muy bien podía ata­car por las fronteras catalana y aragonesa co­munes con Francia, como muy bien observa el propio Marichalar, que añade: “...y como si la neutralidad de un reino debiese nunca considerarse como casus belli para uno de sus contrincantes”. La sangre, acaso germáni­ca, de Fernando V, le inspiró sin duda aquel golpe, antecesor de la Bélgica de 1914 y la Polonia de 1939.
         El ejército del aragonés penetró así en Navarra, sin encontrar resistencia, que la sorpresa de una parte y la división intestina del Reino por otra hacían ilusoria. Y sólo cuando Navarra estuvo ocupada militarmente en los más vitales de sus centros osó el Falsario quitar el velo a sus verdaderas intenciones. Entró en función la apócrifa Bula, y los navarros aprendieron con sorpresa que sus católicos Reyes estaban excomulgados en su o calidad de aliados al herético monarca francés, y que el Pontífice les desligaba de su juramento de fidelidad... y les ponía en manos del primero que, con fuerza suficiente para ello, quisiera erigirse en amo y señor de aquellos nuevos huérfanos de monarquía. Para cuando los navarros quisieron recobrarse, el daño no tenía remedio. Fuertes guarniciones aragonesas hacían imposible toda resistencia y los checos de 1939 encontraban también pre­cedente en los navarros de 1512.
         La bula, repetimos, era falsa. La herejía del rey francés —en el momento de la bula— falsa, asimismo. Y más falsa aún su alianza con los Reyes de Navarra. Mas aún, cuando todo hubiera sido cierto, y comprobado, y visto, y tangible, ¿por qué no desposeer al rey, pero dejando a sus vasallos, los navarros, en posesión de su Reino y en su facultad na­tural, legítima, de elegir nuevo monarca? Así lo entendía, y muy bien, un escritor ibérico de dos siglos más tarde cuando estampó: “Ni aquí el papa podía meter la mano, sino que a la deposición sucedían las naturales provi­dencias del Reyno para elegir nuevo Rey; y no privar a los vasallos de ellas. Como lo de­claró Inocencio IV en el Concilio General Lugdonense, en que se halló el Rey San Luis y Valduino, emperador de Oriente, cuando de­puso del Imperio Occidental a Frederico. ¿Qué más jurisdicción tienen los electores para esto que un Reyno?”
         Pero el Católico Fernando no era de los que reparan en pelillos de moral ni en ba­rreras de derecho. Su doctrina era la del “es­pacio vital”, disfraz eufémico de otras más viejas que se han llamado el “porque sí” y en “porque me da la real gana”. Se apoderó del viejo reino pirenaico y lo retuvo sin que le embargasen los reparos de conciencia que, no él, sino otros por su cuenta, habían de sen­tir, siquiera amortiguadamente. Su nieto, el emperador Carlos V, no las tenía por seguras en lo que se refiere a la licitud de la conquis­ta. Dejó por testamento a su hijo, el catolicísimo Felipe II que mandase examinar el caso. Pero Felipe II, que reinó la friolera de trein­ta y seis años, no encontró en todo ese tiempo el cortísimo que era necesario para decidir sobre el caso de Navarra. No pudo atender a ello, como dice también en su testamento “por sus muchas y graves ocupaciones y gue­rras y jornadas: por lo que añadía “ordeno y mando al príncipe Don Felipe mi hijo, que él lo haga —la diligencia de examinar el caso moral de la conquista de Navarra— some­tiéndola a personas de sciencia y conciencia’’. Con tal encargo creyó descargar su alma a las puertas de la muerte el muy católico rey Felipe II, y así cerraba un largo reinado que los españoles aseguran ser el más católico, apostólico y romano de todos los reinados ha­bidos y por haber en España y en el mundo entero. Olvidando, claro está, que Felipe II subió al trono bajo la excomunión de Paulo IV; que permaneció en ella tres años largos, hasta que hubo de levantársela Pío IV en 1559; y que hizo la guerra al Papa como se la ha­bía hecho —el espantoso “saco de Roma” en 1527 llenó de horror la cristiandad— su padre el emperador Carlos V. ¡Ellos, los que fun­daban en una supuesta excomunión pontifi­cia su derecho a retener a la desgraciada Na­varra!
         Naturalmente, Felipe III no había de mos­trar una prisa mayor en el examen que su progenitor le encomendaba a la hora de la muerte. Quizás, también, hubo de tomar dis­posiciones testamentarias. Navarra, en el transcurso, fue aquietándose. En 1516 había tenido un sobresalto patriótico que fue repri­mido con mano durísima, sangrienta, por el Cardenal Cisneros, entonces Regente de Cas­tilla. El apoyo francés consiente más tarde otro intento, que muere en los campos de Noain, Barbatain y Eskirotz; año 1521. La conquista se termina en el año siguiente, ha­biendo durado en sus varios episodios un de­cenio.
         Esos diez años se ven iluminados por un chispazo de heroísmo: la defensa del castillo de Amayur. donde un puñado de leales na­varros, entre ellos el señor de Jaso o Jasu, padre de San Francisco Javier, resisten hasta el último extremo las acometidas del nume­roso ejército castellano.
         No por ello, sin embargo, desaparece el Reyno de Navarra. Subsiste en pie sin otra variante que la de cambiar su dinastía legi­tima. la de los Albret, por la espuria de los Habsburgos. El Reyno continuó con su orga­nización primitiva, sus Cortes, sus Consejos, su vida propia en todos los órdenes. Dictaba sus leyes, conforme a sus necesidades o sus intereses. Porque Navarra no fue conquista­da por ni para Castilla, sino por y para las personas de sus Reyes.
Bien es cierto que con esta “unión” pu­ramente personal, el cáncer ponía su germen en el cuerpo navarro. Sus raíces habían de extenderse cauta y silenciosamente durante decenios y decenios hasta mostrarse en 1839 en toda su abierta y destructora fealdad. Pero a pesar de este trabajo interior que iba des­componiendo el cuerpo nacional, Navarra continuó en su independencia política con los Habsburgos como con los Borbones, suceso­res suyos. Todos los monarcas de ambas di­nastías ejercieron por separado las funciones de Reyes de Castilla y las que les correspon­dían como monarcas de Navarra. En el mis­mo siglo XIX, y bien entrado él, la moneda navarra es de distinto cuño a la castellana. Puede leerse en una: “Fernando VII, Rey de España”; mientras la otra, de ese mismo mo­narca, pero con la cronología pirenaica, reza: “Fernando IV, Rey de Navarra”. Manifesta­ción indudable de soberanía navarra, de in­dependencia navarra, que han conocido los padres de navarros hoy vivientes. Moneda propia que no tenía circulación más que en el Reino, como en el Reino no tenía circula­ción legal la moneda española. ¡Inolvidables “cuartos” o “cuatreñas” navarras, aún abun­dantes en nuestra niñez! La envidia aragone­sa querrá insultaros y no logrará más que confesar, sin proponérselo, la gloriosa sobe­ranía de Navarra, cuando guitarra en mano os cante aquella copla de la jota que aún ayer se oía en las orillas del Ebro, de Tudela para abajo:
Navarrico, navarrico.
No seas tan fanfarrón
Que los "cuartos” de Navarra
No pasan en Aragón.
         No “pasaban”, no, las monedas navarras entre los descendientes de los vasallos naturales del Falsario. Ni las monedas ni otras muchas cosas. No '‘pasaban” tampoco en Cas­tilla. Pero tampoco pasaban en Navarra ni las monedas, ni otras cosas peores, castella­nas. Había entre ambos pueblos el abismo es­piritual que hizo consignar en el fuero glo­rioso de Navarra el precepto por el que se consideraba injuria grave la palabra “caste­llano” dirigida a un navarro. Había entre am­bos pueblos la barrera del Ebro. Y reforzan­do la separación material y moral así mar­cada, existía el signo, material también, pero expresivo de diversidad legal, de soberanía propia, de independencia; existía el signo in­confundible que en el mundo entero señala el tránsito de un pueblo a otro, de una nación a otra nación, de un estado a otro Estado: las Aduanas.
         Las Aduanas españolas lindantes con te­rritorio vasco no estuvieron en los Pirineos, sino en el Ebro, hasta el año de desgracia de 1811. ¡Hasta nuestros propios días, puede de­cirse sin hipérbole!










12
Extrañas voces en el siglo XVII. — Punto crucial histórico. — Los ajusticiados en la Rebelión de la Sal y el servicio que presta­ron a la independencia vasca.
         Abren los Reyes “Católicos” el siglo XVI. Significan —según nos dicen— “la fecha cum­bre de la unidad, que ha de soldarse aún más en los años sucesivos hasta llegar a la unifor­midad que aporta el siglo XVIII, con las nue­vas ideas universalmente extendidas”.
         Veamos, pues, cómo esa unidad va sol­dándose. Coloquémonos en el siglo XVII, a me­dia distancia de las fechas señaladas como cumbre y llave. Ya en su primer tercio nos es dado apreciar la solidez de tal soldadura y cómo la apreciaban los hombres y los pueblos de la época.
         Se atribuye al españolísimo Conde de Le­mus —político y hombre de letras en una pie­za, con valimiento subido en las antecáma­ras reales—, la paternidad de un folleto apa­recido en el comienzo mismo de ese siglo. Se titula “El Búho gallego”, y en él aparecen los diversos pueblos peninsulares, Portugal inclu­so, representados por diferentes aves: sin que otras nos importen, el tordo, que representa a los vascos occidentales o vizcaínos, y el cer­nícalo que desempeña el papel de los nava­rros. El autor finge a las aves reunidas en Cortes para tratar asuntos propios, bajo la presidencia del Búho gallego. El cual, diri­giéndose a los navarros les dice ser “nación que siempre anda cerniendo —cerniéndose— entre Francia y España”, Decir navarro es para el buen Búho “ni ser viejo español ni viejo francés”. En cuanto a los vizcaínos el pájaro de Minerva se muestra aún más expresivo, y niega al tordo la calidad de “ave natural española”. Y como el tordo pregun­ta: “¿Luego yo no soy español?”, el Búho, riyéndose con mucha flema, contesta con esta otra pregunta que envuelve una verdadera ne­gación a la formulada por el tordo “¿Agora lo ignoras?”
         En plena soldadura, y en boca de quien creyendo acaso ofender confiesa con la auto­ridad de un Conde de Lemus la singularidad de los vascos, su franca calidad de no españo­les; en plena soldadura, esas palabras tienen, según creemos, un valor más que cierto. Por decir no más que lo dicho por el Conde es­pañol, muchos vascos han sufrido prisión en la paz, y no pocos, en la guerra, han caído ante el piquete de ejecución,
         Pero el Conde de Lemus no es el solo en la época a confesar verdad tan evidente. Otros irán mucho más lejos que él. No sólo reconocerán la diferencia entre vascos y es­pañoles, sino que excitarán a los primeros, así como a Cataluña, a romper hasta el pequeño lazo que la conjunción de Coronas o Señoríos diversos en una misma persona establecía en­tre unos y otros pueblos. Mosén Pau Claris, canónigo de Urgel, invitaba a los catalanes “a romper los lazos de la esclavitud”. El li­cenciado Etxabarri sostenía ante las preten­siones de Felipe IV el carácter de verdadera Constitución vasca asignable a los Fueros, “ob­servados desde tiempo inmemorial en Repú­blica libre”, y no faltó voz que desde Portu­gal excitase a los vascos a constituir en tal régimen —olvidando que a pesar del Señor no lo habían abandonado nunca— o a elegir Príncipe, después de arrojar el pesado yugo de la sujeción.
         Más expresivo respecto a los navarros, Juan Salgado de Araujo les decía refiriéndo­se a las cadenas que ornaban su escudo: “Sir­ven de memoria de las que avéis rompido a los moros en la batalla de las Navas de Tolosa, y no advertís que os han sido siempre pro­nóstico de las en que hoy os tiene Castilla. Sólo della tenéis cadenas. Bolveos luego a la Cruz, insignia de redempción y libertad, me­moria esclarecida de vuestro valor y de los favores del Cielo, que. os asistían, para rom­per el yugo de tan grave cadena como es la en que de presente os halláis”.
         ¿Qué ocurría, pues, en los comienzos del siglo XVII para que la soldadura mostrase así tan lamentables grietas? ¿Qué sorda agitación fermentaba en el pueblo para que los letra­dos la tradujesen tan abiertamente?
         Ocurría, sencillamente, que la fecha era, como ahora se dice, punto crucial de dos ca­minos históricos. Durante el siglo anterior, los pueblos peninsulares habían convivido —apartado el caso vasco— en un régimen que sin llegar a ser una confederación se le pa­recía en cuanto las ideas políticas de la época se lo permitían. Portugal mismo se hallaba in­corporado desde Felipe II. Los pueblos pe­ninsulares no se avenían mal a un régimen que, dejándoles sus características y hasta su gobernación interior, les asociaba a grandio­sas empresas de las que, si no gran provecho, obtenía cada uno su parte de honra, cosa de que los pueblos se muestran más amantes de lo que pudiera creerse. El misterio que para algunos encierra la explosión del poderío es­pañol en el siglo XVI, no estriba más que en eso. Y la decadencia rapidísima, vertical, de España, pasado ese chispazo, no se origina más que en la conducta contraria.
         Es Castilla, la dura, la adusta, culpable única de lo ocurrido. Mientras se resignó du­rante un corto periodo a la idea de que si su rey lo era al propio tiempo de otros pueblos no por eso ella había de tener derechos sobre esos pueblos; mientras sus reyes mismos, ex­tranjeros de sangre, no fueron influidos por el castellanismo ambiente, la convivencia fue posible. Mas en cuanto la rapacidad africa­na y la falta de sentido político, africano tam­bién, se despertó en Castilla; en cuanto la sangre flamenca de sus reyes hubo castella­nizado lo suficiente, comienza la presión cas­tellana sobre los pueblos libres que coexisten a su lado v comienza también, por ley natu­ral, la resistencia de esos pueblos, que, a lo sumo, se consideraban como aliados, contra las pretensiones castellanas de tratarlos como a vasallos.
         Es, repetimos, la encrucijada de dos ca­minos históricos opuestos: el de la confede­ración, que hasta entonces se había seguido, aun cuando fuera inconscientemente; y el de la unificación. Y no el de la unificación que mezcla proporcionalmente los elementos de los diversos pueblos, sino la unificación a base exclusiva castellana: la imposición forzosa de leyes, instituciones y usos castellanos sobre los que distinguían naturalmente a los pue­blos de la periferia peninsular. Un camino había llevado a España a una grandeza que, aun cuando más de un poco espectacular y de fachada, prometía acaso compenetraciones interiores más íntimas. El camino opuesto no podía ofrecer otra cosa de la que bien pro­badamente ha cumplido: exacerbar las dife­rencias en lugar de aplacarlas o, mejor, armo­nizarlas sin extinguirlas; conservar al Estado así constituido en una debilidad congénita in­terior, en una conformación debilísima de nacimiento, a la que ningún proceso histórico había de aprovechar como reconstituyente, y antes, por- el contrario, serviría en toda crisis para revulsionar los contrarios elementos y hacer que la debilidad interior se hiciese pa­tente a la vista: unas veces por violentas erup­ciones; otras por llagas incicatrizables; siem­pre por espectáculos lamentables que desper­tarían la piedad hacia España si no se supie­ra que España no debe sus males a otra causa que a su propia incomprensión.
         Los gobernantes castellanos de comien­zos del XVII, al encontrarse en el crucero, se internan decididamente por el segundo de los caminos. A la violencia que ello supone para los otros pueblos contestan éstos con el malestar primero, las quejas más tarde, la fuerza finalmente. Hemos visto cómo los le­trados traducían el malestar y las quejas: la desatención a uno y otras, cerraban todas las veredas, excepto la de apelación a las armas: los pueblos se precipitaron por ella, a cuyo término la fortuna o la desgracia les ofreció bien distinto destino.
         Casi al mismo tiempo, la política castellanista del Conde-Duque de Olivares, minis­tro universal de Felipe IV, provoca el levan­tamiento en armas de tres pueblos: Vizcaya, Cataluña y Portugal. El motivo es idéntico para los tres: la violación, pretendida o rea­lizada, de sus leyes propias; la imposición, en proyecto, a los tres, de las leyes castellanas.
         Vizcaya se alza contra el intento de es­tancar la sal. Ello suponía un tributo caste­llano cuando los vizcaínos no reconocían otros que aquellos impuestos por sus Juntas, su Par­lamento. El licenciado Etxabarri, consultor de las Juntas, y al que ya hemos citado, informa en el sentido de estimar contrafuero, es decir, anticonstitucional vasco, el intento del monar­ca castellano. A tal intento debe enfrentarse la Junta, a la que el licenciado recuerda cómo los vizcaínos han sabido oponerse a tales intentos: el rey castellano Enrique IV, Señor de Vizcaya, que se hizo reo de un contrafue­ro, se vio inmediatamente destituido por los vizcaínos, que eligieron nuevo Señor. La '‘in­directa” aún cuando comprendida por las Juntas de 24 de Septiembre de 1631, no es aprovechada hasta el punto de ponerla en práctica; pero la Junta se opone con toda dignidad a la pretensión del Rey de Castilla, y ordena suspender la ejecución de lo por él ordenado. Igual doctrina y con idéntica fir­meza fue sostenida por las Juntas de 28 de Septiembre de 1632 y 15 de Febrero de 1633, puesto que el conflicto hubo de durar más de tres años.
         Pero el pueblo, impaciente, fue más lejos. Tomó las armas y atacó en Bilbao las perso­nas y las casas de los oficiales del Rey. Corrió la sangre y se registraron algunos incendios y saqueos, naturales en tales ocasiones. La ac­titud de los vizcaínos no dejaba lugar a du­das. Sostenida inalterablemente durante tres años, en ningún momento de ellos consintió la ejecución de parte ni aún mínima de los propósitos castellanos. El clero vizcaíno mis­mo alentó la resistencia popular, dispuesta a llevar las cosas hasta sus últimos extremos. Felipe IV pesó detenidamente ventajas e in­convenientes. De persistir en su empeño no podría lograrlo sino mediante el poder de sus ejércitos; pero ello suponía la guerra, vista la actitud de los vizcaínos, y el rey español re­trocedió ante esta perspectiva. Por brusca transición, hizo saber que reconocía el dere­cho de los vascos y que quedaban por tanto anuladas sus anteriores órdenes... que ya los vizcaínos se habían encargado de anular en la práctica.
         El regocijo que este triunfo sembró en­tre los sublevados fue grande. Tan grande que. abandonadas al instante las armas, Feli­pe IV pudo, aprovechándolo, detener traido­ramente, con rapidez desconcertante, a algu­nos de los vizcaínos que en la resistencia se habían distinguido: los dos hemanos Bizkaigaña. el escribano Larrabaster. Martín Otxoa de Ajorabide, Juan de la Puente y el licencia­do Morga. Y el mismo día de su prendimien­to, aun antes de que la noticia de él pudiera extenderse por Vizcaya, los tres primeros fue­ron ahorcados en la misma cárcel, y los otros tres sufrían la pena de garrote vil.
“Nuestros naturales defensores por la causa común de la Patria”, llama con razón a los seis mártires de la barbarie castellana un escritor de aquella época. Y eso fueron. Gracias a su martirio, Vizcaya salvó sus fue­ros, su Constitución peculiar, su independen­cia, en ocasión tan amenazadora. Dieron su vida por la Patria, y la Patria les debe bien el amoroso recuerdo que públicamente les rendía en las calles de Bilbao y hasta 1936, todos los aniversarios de aquella gloriosa aun­que tristísima fecha.
         Merced a su decisión y a la del pueblo que les siguió, Felipe IV humilló la cabeza ante el derecho vizcaíno. No transitoriamente y por el momento, sino por la duración de todo su reinado. Y así, el que estuvo a punto de desencadenar una guerra por sólo su em­peño de cobrar en Vizcaya un tributo ilegal, acaba reconociendo el derecho vasco diez años más tarde —Real Cédula de 2 de fe­brero de 1644— y bien explícitamente en és­tos términos, que excusan todo comentario: “...siendo Álava libre no reconociente superior en lo temporal y gobernándose por sus pro­pias leyes y fueros se entregó de su voluntad al señor Rey Don Alfonso el onceno y desde «entonces y por lo capitulado en dicho contrato —2 de abril de 1332— y por lo que la costumbre y posesión ha interpretado y declarado, aunque la dicha provincia ha estado y está incorporada a mi Corona... se ha reputado como provincia separada del Reyno, y ni la han comprendido las concesio­nes de servicios que ha hecho el Reino —Cas­tellano—, punto en Cortes ni ninguno de los tributos o cargos que generalmente se han im­puesto en mis reinos de la Corona de Casti­lla, de propio motu ni en otra forma; porque de todos es libre y exenta así como lo son el mi Señorío de Vizcaya y la mi provincia de Guipúzcoa, y se han regulado las dos provin­cias y aquel Señorío por de una misma cali­dad y condición, sin ninguna diferencia en lo sustancial".
         El texto es decisivo. Por lo claro y explí­cito. Por la época en que fue redactado. Por el monarca de quien emana. Guipúzcoa se había “unido” según dicen en 1200; Álava en 1332; Vizcaya en 1379. Y he aquí que en 1644, es decir, cuatrocientos cuarenta y cua­tro años después de la unión de Guipúzcoa, trescientos doce de la "unión" de Álava y dos­cientos sesenta y cinco de la "unión” vizcaína, dos siglos más tarde de la unidad establecida por los Reyes Católicos, en plena soldadura, el mismo Rey castellano sobre cuya cabeza re­caen la corona o el Señorío de esos tan dis­tintos pueblos, no teme proclamar en docu­mento oficial que no tiene sobre los vascos ni aun el derecho de imponer el más leve tri­buto y que Álava, Guipúzcoa y Vizcaya son provincias, son Estados separados del Reino, ¿Tiene la gramática o posee el léxico castella­no verbo más opuesto al de unir que el de separar?
         Isabel, la Católica, había llamado a Viz­caya “nación apartada”. Su tataranieto Feli­pe IV había de ir más lejos aún. Bien se co­noce que la soldadura iba haciendo su ca­mino.
         Respecto a Cataluña y Portugal, merecen capítulo aparte. Sus casos se prestan a co­mentario. Aún aplicable en los actuales tiem­pos, e indirectamente, al caso vasco.











13
Cataluña y Portugal en armas: enseñanzas del suceso. — El derecho catalán y los Borbones. Y el castellano de “conquista”. Que conste así.
         Casi simultáneamente, como hemos dicho, se producen los alzamientos en Vizcaya, Ca­taluña y Portugal, contra la castilla de Feli­pe IV. El temor o la previsión del monarca, su reconocimiento expreso del derecho viz­caíno, ahorran a los vascos una guerra a la que su decisión estaba presta; mas las tierras catalana y portuguesa conocen los estragos bélicos, aun cuando con muy diverso término para una y otra nación. Cataluña, es vencida y de su gesta de aquellos tiempos casi no le resta más que su himno nacional de hoy, sur­gido entre los vapores rojizos de la revuelta a que se entregan los segadores en aquel me­morable “Corpus de sangre”; por el contrario, Portugal vence en la contienda, y desde aquel momento, cobra su entera independencia po­lítica, la misma con que ha llegado a nuestros días.
         Es precisamente en plena época de sol­dadura unitaria, a siglo y medio de distancia respecto a los Reyes Católicos —que, por otra parte no habían incorporado a Portugal— cuando el mapa político de la península ibé­rica registra el nacimiento y consolidación de aquella mancha de color diverso en el mapa a que nos referíamos en el comienzo de este trabajo, y que a los ojos de un inglés medio de hoy, de un francés, de un americano medio actuales, consagra y santifica la personalidad portuguesa, marcando un abismo entre ella y la española.
         Sin embargo, ello no ha sido debido al derecho portugués —innegable por otra par­te— sino al azar, a la variable fortuna, debi­da al más azaroso y mudable de los medios humanos: la guerra. Portugal pudo muy bien haber sido derrotado sin que ello quitase un ápice al derecho que le asistía. De idéntica manera, Cataluña no perdió ni una tilde, ni un átomo de su multisecular derecho al ser derrotada por las tropas castellanas. Que la suerte de las armas hubiera cambiado, y los inglesas, franceses o americanos de hoy verían cambiada de lugar la mancha de color diver­sificador. Reconocerían que la independen­cia catalana se hallaba consagrada, santificada, por la línea de puntos que en el Este pe­ninsular separaba el verde o azul del mapa catalán, del rojo o amarillo que caracterizaba al español; y les parecería igualmente consa­grado y santificado el que ese amarillo o ese rojo se extendiesen uniformemente por todo el Occidente peninsular, englobando bajo el titulo ESPAÑA el territorio que hoy ostenta PORTUGAL.
         ¿Habría por ello un simple hecho, un he­cho armado por añadidura, cegado las fuen­tes del natural derecho portugués? ¿Habría cegado ese hecho mismo armado los purísi­mos manantiales de donde fluye el derecho catalán? Contestar afirmativamente a tales preguntas, ¿no es negar el derecho de la már­tir Polonia de hoy y condenarla a escla­vitud perpetua bajo el Knut soviético y bajo la prusiana bota de montar? ¿0 se entende­rá que, si bolcheviques e hitlerianos de hoy y sus dignos sucesores del mañana consolidan el despojo durante cien, doscientos, cuatro­cientos años, habría bastado el tiempo para arrebatar a los polacos todo derecho a reivin­dicar su existencia natural y libre?
         La contestación queda a la conciencia de franceses, ingleses y americanos de hoy. Ellos se han alzado para definir precisamente el derecho natural de los pueblos; para conde­nar, justamente, esa teoría egoísta y bárbara de los “hechos consumados”. Los pueblos dé­biles, por pequeños, no tienen por qué temer su fallo.
         Razonamiento idéntico para los vascos. Su actitud decidida entre 1631 y 1634, les evi­ta entonces la pérdida de su libertad. Sólo muy cerca ya del siglo XX, derrotados asi­mismo en una guerra, osa Castilla arrebatar­les su independencia jurídica. Si en esta gue­rra la fortuna hubiera acompañado a las ar­mas vascas, y si las intenciones de un Zumalakarregui hubieran podido cumplirse, el Es­tado vasco independiente seria hoy una rea­lidad.
No fue así. Pero su vencimiento ha deja­do tan incólume su derecho, tan firme y só­lido como, y aún más, que las mismas rocas del ingente Pirineo donde se asienta. Las mon­tañas pueden ser pulverizadas por el tiempo, allanadas por un seísmo gigantesco; pero si tras la catástrofe subsistiera un grupo de vascos y proclamara su derecho a vivir y a orga­nizarse sobre la tierra removida y torturada por las fuerzas geológicas, ese derecho no po­dría ser negado por nadie ni por nada: hom­bres ni naciones, conquistadores ni ejércitos.
         Sólo Dios que creó a los pueblos y al crearlos les dotó de facultades inherentes a la existencia misma, podría aniquilar el dere­cho que les asiste. Mas para ello tendría que aniquilar a los hombres sobre los que se asen­taba. Porque la Providencia lo puede todo, menos contradecirse a si misma.
         El derecho catalán, por otra parte, no debía de ser abiertamente conculcado a con­tinuación de la victoria castellana. Felipe IV, en quien la rebelión vasca y la separación de Portugal parecen haber despertado la pruden­cia, no se atreve a privar a Cataluña de su li­bertad, un tanto menguada. Tan triste gloria ha de corresponder al primero de los Borbo­lles que toma asienta en el trono castellano: Felipe V.
         Los Borbones se avienen al autoritarismo castellano, se incorporan a él y se lo asimi­lan, infinitamente mejor aún que los Austrias. La sangre flamenca de estos últimos les dis­tanciaba de los castellanos, y una constitución, aproximadamente confederativa no repugna­ba a la ascendencia germánica de los Habsburgos, que ya la conocían en sus tierras de origen. El primer Borbón “español”, por el contrario, es nieto de Luis XIV de Francia, del que hereda la concepción lamentable que confunde el Estado con la autoridad real. To­do el despotismo, toda la verdadera diviniza­ción de la realeza —es borbónico el principio del derecho divino que asiste a los reyes— toda la tradición autoritaria que distingue a los últimos Capelos, entra en España con Fe­lipe V. De aquí en adelante, el autoritarismo castellano encuentra en sus reyes un autorita­rismo igual y los ataques a la libertad de otros pueblos son llevados de consuno y con idéntico ánimo por los castellanos y sus re­yes. Así, cuando Cataluña, que tascaba impa­ciente el freno impuesto, se alza de nuevo en armas, colocándose en la guerra de Sucesión comenzada en 1700 frente a Felipe V, enton­ces pretendiente a la Corona, aquél, una vez logrado el triunfo y asentado en el trono, de­roga por decreto las libertades catalanas.
         ¿Propósito? El de imponer a Cataluña las leyes de Castilla. ¿Razón? La simple de la fuerza. ¿Derecho positivo en qué fundar­se? La omnipotente voluntad real. El docu­mento de Felipe V lo reconoce así sin ambages ni paliativos; porque pocas veces el des­potismo habrá prescindido de careta como en el Real Decreto del primero de los Borbones de España... o en España.
         “Y tocándome el dominio absoluto de los referidos Rey nos...” dice en un lugar el Decre­to; “...y considerando que uno de los principa­les atributos de la soberanía es la imposición y derogación de leyes” añade más allá, como si se propusiera negar por adelantado cuantos encomios y loores habían de escribirse más tarde a propósito de las famosas Cortes cas­tellanas y leonesas a las que el rey niega vela en el entierro catalán y participación aun la mínima en la función legislativa.
         En cuanto al derecho que a Felipe V asis­tía para ejercer esas soberanas funciones, el documento no es menos explícito: a la cir­cunstancia de estar comprendida Cataluña en los Estados que “tan legítimamente” poseía Felipe V”, se añade ahora —reza el Decreto— la del justo derecho de conquista que de ellos han hecho últimamente mis armas con el mo­tivo de su rebelión". Finalmente, el asesinato de la libertad catalana tiene por móvil, y es la tercera inapreciable confesión que encierra el Decreto: “...reducir todos mis reinos a la uniformidad de unas mismas leyes, usos, cos­tumbres y tribunales, gobernándose igualmen­te todos por las leyes de Castilla, tan loables y plausibles en todo el universo".
         Ignórase quién fue el redactor de este do­cumento. Lo único indudable para nosotros es que nació de pluma castellana. Sólo de un cerebro y un corazón castellanos puede salir ese tono ofensivamente imperativo, ese tono ‘'mandón” para emplear el término español adecuado; sólo a una mentalidad castellana puede ocurrírsele invocar como derecho el monstruoso de la fuerza, el ‘'derecho de con­quista”; y únicamente un castellano es capaz de afirmar, y sobre todo de creer con todas las fuerzas del alma, que las cosas y las ins­tituciones de Castilla —y no tiene una sola que le sea propia, salvo la Santa Inquisición, pues todas las demás las heredó; en buena parte de los vascos— sean “tan loables y plau­sibles en todo el Universo”,
         Aún hoy no se encontrará un castellano entre diez mil que no esté íntimamente conven­cido de tales loabilidad y plausibilidad; como jurará por sus vivos v difuntos que los espa­ñoles son los más cristianos del mundo, y los más caballeros, y los más bravos, con tal di­ferencia que para llegar a la bravura de uno sólo de ellos, haríase necesario unir el valor de veinte, por lo menos, treinta, sesenta, cien acaso, franceses, ingleses, kalmukos o nacio­nales de cualquiera otro pueblo de los que ha­bitan el globo terráqueo.
         Castellano es también, es decir originaria­mente africano, primitivo, retardatario, into­lerante, bárbaro, el “derecho de conquista”. No pueden darse términos más antitéticos de los que se pretende casar en tal expresión. La “conquista” no puede suponer derecho alguno. Aún en el supuesto, que pocas veces se da en la práctica, de que la conquista se haya efectuado para ejercer un derecho, será este derecho el invocable, y no la fuerza que se empleó para ejercitarlo.
         A ningún francés se le ocurrirá decir que Alsacia y Lorena pertenecen a Francia por “derecho de conquista”, a pesar de ha­berse empleado la fuerza para recuperarlas. El derecho francés sobre esas regiones era an­terior e independiente a la fuerza empleada, precisamente para hacerlo valer. Mas para los españoles es la fuerza la que determina el derecho y lo define. Gengis Khan, Tamerlán. Atila son los precursores de la doctrina. Hitler su mantenedor actual; árabes y afri­cados la imbuyeron en su filial ibérica donde aún perdura con la vitalidad que la sangre comunica a través de las generaciones.
         “Vizcaya es nuestra por derecho de con­quista” escribieron en 1937 los periódicos de Franco al caer Bilbao ante el empuje combi­nado de españoles, moros, alemanes e italianos. Ya no tiene razón de ser el nacionalismo vasco, puesto que nuestro ejército —el pose­sivo nuestro no es aquí más que un taparra­bos ocultador de inconfesables colaboracio­nes— ha conquistado la tierra vizcaína" es­tamparon otros. Y el propio definidor de los propósitos de la Cruzada y lírico cantor de sus hazañas, el leader de la Falange Española y de las JONS, “la organización nazi de Espa­ña”, el rapsoda de Franco, Jiménez Caba­llero, en una palabra, decía en su discurso del día de la Victoria:
         “Cataluña y Vasconia-Euzkadi, País Vas­co, saben que no las hemos recuperado en unas amigables elecciones: saben que las hemos conquistado virilmente, con botas de caballe­ro y un látigo en la mano”.
         ¡Bien está! Y ello debe constar para la Historia. No ha sido el medio legal de unas elecciones, de un plebiscito; no ha sido el de­recho que emana de la voluntad de un pueblo los que, una vez más, han unido a España los territorios y pueblos de Euzkadi y Cataluña. Ha sido la conquista viril por las armas.
         Han sido —¡bella metáfora que equivale a confesión inestimable!— la pesada bota mi­litar y el cimbreante látigo.
         ¡Quede por siempre consignado así!










14
Tentativas castellanas en el siglo XVIII. — La cuestión dinástica española del XIX. — Intervención en ella de los vascos y tradi­ción castellana. — La muerte de los Fueros.
         La rebelión vizcaína de 1631 a 1634 pone a los vascos durante algún tiempo al socaire de las ventoleras imperialistas castellanas. El siglo XVII termina sin que los soldadores a sueldo lleven a práctica nuevos intentos de fusión. A lo menos intentos claros y determi­nados que supongan lo que llamaríamos, por influjo del ambiente, un ataque frontal; por­que las “infiltraciones disimuladas y astutas, unas veces notadas y contenidas, alguna otra consentida por la negligencia o la desgana, se han sucedido cachazudamente en toda época”.
         Los albores del siglo XVIII, sin embar­go, registran otra ofensiva contra la libertad originaria vasca. El italiano Alberoni, minis­tro universal del monarca castellano, atenta contra el principio de libertad de comercio mantenido constantemente por la legislación vasca. Libre era en efecto la exportación de “fierro y azero vascos con destino a Francia é Inglaterra y otros reinos extraños” sin que nadie pudiera oponerles “embarazo ni impe­dimento ninguno”. Libre era, sin pago del mismo derecho aduanero, la introducción de mercaderías bastimentos para el uso y sus­tento de los naturales, vecinos y moradores “así como cuanto del territorio vasco salía para aquellos Reynos y provincias extrañas sin que pueda ni deba registrarse en puerto o parte alguna”. Esta libertad, jamás des­mentida, se traducía en el hecho consiguiente de no existir aduanas en la frontera con el vecino reino de Francia, pero tenerlas —man­tenidas, claro está que por España y este he­cho significativo ya señalado— con el tam­bién reino castellano, en la ribera sur del rio Ebro, límite y frontera natural entre España y Euzkadi.
         Alberoni quiso trasladar estas aduanas colocándolas en los puertos vascos y frontera pirenaica. El intento, con fecha de 1718, fue recibido en tierra vasca como lo había sido en 1631 el del Conde-Duque de Olivares, el valido de Felipe IV. Se registraron análogos sucesos y estado de rebelión que entonces y el resultado fue idéntico. Atemorizado Alberoni ante la actitud vasca, como hubo de estarlo el de Olivares, recogió velas y volvió sobria­mente de su acuerdo. Las aduanas permane­cieron en el Ebro; la independencia vasca, confirmada de nuevo. Importa más consignar el hecho que entrar en detalles de esta nueva rebelión vasca, a la que pudieran dedicarse algunas páginas sin el temor de alargar el presente trabajo.
         Las postrimerías del XVIII habían de re­gistrar aún la tentativa antivasca de otro va­lido de reyes, Manuel Godoy, el más tarde Príncipe de la Paz, ministro no menos univer­sal del infeliz Carlos IV. El resultado es idén­ticamente negativo.
         Entran, pues, los vascos en el siglo XIX gozando de su plena libertad. Tienen sus parlamentos, íntegramente soberanos; su mone­da, sus aduanas, o por mejor decir su tradi­cional libertad de comercio, su ejército pro­pio. Tienen personalidad internacional reco­nocida que, seis años antes, en 1794 les había permitido firmar un tratado de neutralidad con Francia en los días mismos en que esta nación se hallaba en guerra con España. Go­zan incontestablemente de plena soberanía en todos los órdenes, aun cuando tengan como Señor —sin atribuciones señoriales— a la persona misma que ocupa el trono de las Espa­ñas. Pero esta desdichada institución señorial que tantas veces había puesto en peligro la independencia vasca, sería la ruina de ella en los comienzos del segundo tercio del siglo que comenzaba.
         El monarca español Fernando VII falle­ce el 29 de septiembre de 1833. Había contraí­do matrimonio tres veces, sin lograr sucesión en ninguno de ellos. Su hermano el infante don Carlos era considerado lógicamente como el sucesor de la corona, idea a la que tanto él como su camarilla —voz entonces conocida— y sus protegidos y obligados se habían acos­tumbrado gradualmente. Pero, viudo por ter­cera vez Fernando, contrae matrimonio con Cristina de Nápoles, logrando de esta cuarta unión una hija, la que había de llamarse Isa­bel II, la de los tristes destinos. Las esperan­zas de don Carlos y sus cohortes vénse bur­ladas por este acontecimiento inesperado, tan­to más, cuanto que el rey, aún antes del na­cimiento y en previsión de que el fruto espe­rado fuese hija, había restablecido el derecho tradicional español, sentado por el mismo Fer­nando el Santo, que asistía a las mujeres pa­ra ocupar el trono.
         Comienzan entonces las intrigas de don Carlos y de sus cortesanos, que encuentran campo abonadísimo en la situación interior de España. Las luchas entre liberales y rea­listas o absolutistas habían, ya, en efecto, de­rramado mucha sangre, española. Aquellos eran partidarios de la Constitución de 1812. elaborada en Cádiz durante la lucha contra Napoleón. Los realistas abominaban de ella por considerarla antirreligiosa y atentatoria a los derechos de la Corona. El infante don Car­los, y ya antes de morir el rey, hácese fácil­mente con un partido poderosísimo con sólo mostrarse contrario a la constitución de 1812 y defensor del derecho divino que asiste a los reyes. Bastó esta nada difícil postura para convertirle a los ojos del clero español, y de los numerosos realistas españoles, en la en­carnación humana de la alianza entre el Tro­no y el Altar, o del Altar y el Trono, puesto que en muchos no parecía revestir importan­cia la primacía de uno de los conceptos sobre el otro. Ayudó en esto a don Carlos María Isidro una piedad sincera, aun cuando faná­tica; y no le perjudicó mucho la estrechez y limitación de su inteligencia que, en sentir de sus partidarios no eran tales defectos sino manifestaciones exteriores de una prudencia y sensatez que gustaban más del silencio y la meditación que de la palabra que pudiera comprometerlas.
         Al morir, pues, Fernando VII en la indi­cada fecha, la guerra estalla entre los defen­sores de su hija, niña aún, y los partidarios de don Carlos María Isidro. Los vascos, en masa, puede asegurarse, colócanse al lado del Infante.
         ¿Cómo explicar el hecho de que un pue­blo esencialmente democrático desde sus mis­mos orígenes acuda con sus armas al repre­sentante del absolutismo real?
         No existe en ello paradoja. Don Carlos se mostraba opuesto a la Constitución de 1812. Y ésta no solamente era considerada opuesta a la Religión sino que había pretendido, sin lograrlo, unificar a todos los pueblos peninsu­lares. despojar, por tanto, a los vascos de su amada independencia. Para los vascos, aque­lla Constitución era un nuevo intento caste­llano. Veían en ella la heredera directa de las cédulas de Felipe IV, de las disposiciones tomadas por un Conde-Duque, por un Alberoni, por un Godoy. Parece comprobado que Fernando VII deseó abolir los Fueros, la Cons­titución privativa vasca, para, antes de mo­rir, facilitar el camino a su esposa que había de regentar la monarquía hasta que la hija de ambos alcanzara su mayor edad. Fernan­do VII tenía que estar mal avenido con una libertad vasca enfrentada repetidamente con él y que en nada menos que cuatro ocasiones —en 1817,1824, 1831 y 1833, el mismo año de la muerte del rey— le habían terminantemen­te negado los hombres pedidos para formar parte en sus ejércitos. Preparó Fernando jun­to al Ebro treinta mil hombres de tropa, dis­puesto a reprimir el movimiento que presa­giaban el malestar y sordos rumores que en tierra vasca habían levantado los propósitos del monarca español. La muerte de éste cortó acaso el intento.
         Mas no la guerra, como queda dicho. Los vascos se levantaron al grito de "Religión y Fueros” equivalente al de “Dios y libertad vasca”. Quisieron unir en su grito de guerra los dos principios más enraizados en el alma vasca y a los que por igual amenaza la anti­clerical y uniformista tendencia de la Consti­tución del año 12, ensayo de las nuevas ideas tan infantil como inaplicable en la práctica. Tras algunas incidencias poco favorables a los vascos, que apenas contaban con algu­nos fusiles, tomó su mando el coronel don To­más de Zumalakárregui, indiscutible genio militar cuyas campañas han sido estudiadas con admiración por modernas escuelas de gue­rra de países europeos. Adornado con excep­cionales dotes de organizador, agrupó, vistió, aprovisionó y armó como pudo a los disper­sos voluntarios, sometiéndolos a rigurosa dis­ciplina militar; fogueóles paulatina y pruden­temente y cuando les hubo dado la cohesión y consistencia de un verdadero ejército los enfrentó con el ejército español a cuyos más reputados generales hizo morder repetida­mente el polvo de la derrota.
         Ello bastó para que el cretinismo de don Carlos María Isidro, exacerbado por la adu­lación no menos cretina de los personajes es­pañoles de su corte, llegara a creerse inspi­rador o hasta material autor de aquellas vic­torias que el ejército vasco le brindaba. Obli­gó a Zumalakárregui, dueño prácticamente por sus últimos triunfos de todo el territorio vasco, a poner sitio a Bilbao, ocupado por el ejército español y villa cuya posición geográ­fica le permitía auxilios marítimos de toda clase, bien directos, bien por desembarcos en determinados puntos, que los vascos, carentes en absoluto de marina de guerra, se encontra­ban en la casi imposibilidad de evitar. Las objeciones de Zumalakárregui se estrellaron contra la testarudez rocosa de don Carlos y de sus consejeros castellanos. El héroe vasco accedió finalmente, y preparó el sitio y hasta el ataque directo a Bilbao, que, en su opinión, aunque costoso en sangre, podría darle mejor que el asedio la posesión de la plaza. Desgra­ciadamente. cuando observaba las posiciones enemigas con auxilio de un anteojo de larga vista, una bala española le hirió en la pierna, por encima de la rodilla. Habiéndose compli­cado la herida, fue trasladado a Zegama, pue­blo próximo al suyo natal, donde murió a los pocos días.
         Con su cuerno fueron enterradas las úl­timas posibilidades de un triunfo carlista. Pe­ro con él bajaron también al sepulcro muchas esperanzas vascas. Porque Zumalakárregui, harto de las traidoras zancadillas de los cor­tesanos españoles de don Carlos, de la estre­chez y cerrazón intelectual del propio rey y de la no disimulada enemiga que el uno y los otros manifestaban a cosas y personas vascas, parece haber concebido la idea de combatir exclusivamente por su pueblo, erigiendo del Ebro a los Pirineos un Estado que cortara con el español toda relación, incluso la que establece la persona del Rey o Pretendiente.          Un escritor francés de la época, que hubo de entrevistarse más de una vez con el caudillo vasco lo dejó entender así en obra escrita aquellos mismos días.
         La guerra continuó algún tiempo después de la muerte de Zumalakarregui. Y continua­ron también la inepcia y el antivasquismo de don Carlos María Isidro y sus incensadores castellanos que acabaron por imponer al ejér­cito vasco el mando de un español, el mur­ciano Rafael Maroto. Desde aquel momento, la traición que se dibujaba tomó neto cuerpo hasta dar en tierra con la resistencia victo­riosa de los soldados vascos, héroes de una epopeya que se había prolongado durante seis largos y gloriosos años.
         Púsose Maroto en relación con el genera­lísimo español, el manchego Baldomero Es­partero; y este compatriota de don Quijote, pero también de Panza, el socarrón escude­ro, prometió cuanto podía prometer por apa­ciguar a los vascos en armas. Muy especial­mente y muy reiteradamente, como castella­no siempre pronto a jurar por su honor, el respeto absoluto a los fueros vascos, a la Cons­titución vasca, a la independencia jurídica inmemorial y continua de que los vascos go­zaban. Esta promesa, que el general español aseguró por su honor y remachó con la de poner su espada al servicio de los vascos si alguien intentaba ofender a sus fueros, aquie­tó en efecto a los soldados y mandos del ejér­cito euzkaro, que en número de cuarenta ba­tallones depusieron sus armas en una campa próxima a la villa guipuzcoana de Vergara, cuyo nombre había de llevar el pacto que con­sumaba la traición: Convenio de Vergara de 31 de Agosto de 1839.
         Cuando se firmó, cuando fue proclamado en el mismo campo por el general español Espartero, las bayonetas vascas aún centellea­ban al aire sostenidas por vascas manos. Unos momentos después, el poderío militar vasco desarmaba confiadamente y quedaba sin de­fensa la Constitución más vieja del mundo. El momento era propicio.
         Dos meses más tarde, el 25 de Octubre de 1839, las Cortes españolas, que jamás habían tenido que definir en cuestiones vascas, dic­taban la ley por cuyo logro tantos esfuerzos castellanos habían registrado fracasos rotun­dos. El primer artículo de aquella ley, que no contaba de más de dos, decía:
"Se confirman los fueros de las Provin­cias Vascongadas y Navarra, sin perjuicio de la unidad Constitucional de la Monarquía es­pañola”.
         Era la muerte de los fueros, de la Cons­titución vasca. Porque esa Constitución que­daba subordinada a la española, y si Consti­tución equivale a soberanía, como equivale, ¿puede existir una soberanía dependiente de otra? ¿Será posible una independencia depen­diente, una libertad sometida al arbitrio ajeno?










15
Consecuencias de Vergara. Nueva guerra y ley del 76. Carácter nacional de la guerra carlista. Y de la de 1872. — En lo que se engañaron los vascos.
         Los vascos, sin embargo, no se alarma­ron demasiado. El cansancio de seis años de guerra, y, más que nada, su confianza en la palabra de los hombres, inherente a un pue­blo que tiene por hábito proverbial el respeto a la suya libremente empeñada, hicieron que se adormeciera la recelosa vigilancia que la conducta castellana de siempre aconsejaba. Se celebró hasta con fiestas populares la fir­ma del tratado que confirmaba los fueros al mismo tiempo que llevaba la paz a los hoga­res y a la tierra vasca.
         Pero la felonía había visto llegado su momento. El mismo Espartero firmante del Convenio, el que en Vergara, sobre el mismo campo donde formaban, aún en armas, los batallones vascos les decía: “¡No tengáis cui­dado, vascos! Si alguien atentase contra vues­tros fueros, mi espada será la primera que se desenvaine para defenderlos”. El mismo Espartero que así hablaba en 1839, firmaba en 1841, dos años después, el Decreto que tras­ladaba las Aduanas desde el Ebro a los Piri­neos, aniquilando así una de las pruebas fe­hacientes de la independencia vasca y triun­fando allá donde habían fracasado Alberoni y Godoy; y la espada que había de ser desen­vainada para defensa de los fueros en peli­gro, brilló desnuda para herir sin misericor­dia a los vascos que manifestaron tumultuo­samente su descontento por el trato que a los fueros se infligía.
         Pero la resistencia vasca, aletargada un instante por el cansancio, la confusión y el taimado proceder castellano, cobra bien pronto sus antiguos bríos. Se despereza ante las alertas de 1845 y 1860, aguza sus armas, y, en 1872 estalla con ímpetu y sale al campo de nuevo. El grito es el mismo: Religión y Fue­ros. La persona en quien había de encarnar­los, con ceguedad análoga a la de 1833, es don Carlos María de los Dolores, el Carlos VII de la imaginaría cronología real carlista, descen­diente de don Carlos María Isidro, del que hereda todos los defectos y ninguna de sus negativas virtudes. Algo más inteligente que él. sin serlo mucho, pero infinitamente menos religioso e infinitamente más sensual, hasta llegar a la licencia de que tantas pruebas ofre­ció durante su vida.
         La guerra dura esta vez sólo cuatro años, dos menos que la epopeya de 1833. Y termina con otra nueva derrota vasca, en la que inter­vienen como causas internas las mismas que determinaron el cansancio vasco en la ante­rior empresa. Don Carlos María de los Dolo­res es tan inepto como su predecesor; como él se rodea de españoles, y, como él odia a los vascos y a todas sus características, aun cuando lo disimule para sus fines ambiciosos.
Apenas ha terminado la guerra, cuando el gobierno español, a cuyo frente se encuen­tra el andaluz Cánovas del Castillo, dicta la ley de 21 de Julio de 1876. Su primer artículo decreta para los vascos el servicio militar, la contribución de sangre a una patria que no es la suya; el tercer articulo les somete a las mismas cargas “contribuciones, rentas e im­puestos ordinarios v extraordinarios” que re­caigan sobre el pueblo español.
         El año 1841 presenció la muerte de la li­bertad del comercio vasco. El de 1876 asistió a la de la independencia militar v económica. Peor aún: porque las Juntas Generales, los Parlamentos vascos, síntesis suprema de la so­beranía vasca en todos sus órdenes, mueren también, extinguiéndose con ellos, no ésta o aquella manifestación de soberanía, sino la fuente misma de donde la total soberanía vas­ca manaba. Convocadas las Juntas por el Go­bierno español a fin de ratificar la nueva ley, se reúnen en Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. Opuestas por naturaleza a lo que Madrid pre­tende se sancione, se niegan a ello terminan­temente; e impotentes para enfrentarse a los cañones españoles, acuerdan disolverse por voluntad propia, como así lo hacen.
         Todo suicidio, toda inhibición son en po­lítica antes perjudiciales que beneficiosos. Sin embargo, la muerte voluntaria de las Juntas vascas y el motivo que la aconsejó han pres­tado a la causa vasca un servicio inaprecia­ble. Mueren por no sancionar la fuerza que violaba su derecho; y es así como ese derecho queda proclamado con mayor fuerza. Desapa­rece con ellas la facultad material de elabo­rar leyes, pero queda viva la facultad moral, el derecho natural que a los vascos asiste pa­ra elaborarlas.
         Para ante los siglos queda establecido así que los organismos vascos, que el pueblo a quien legítimamente representan, no han san­cionado las leyes extrañas que les han sido impuestas. Que sólo han cedido ante la vio­lencia. Que no han reconocido, ni por un mo­mento, el derecho que un extranjero, apoyado en las bayonetas, pretende invocar contra un pueblo desangrado e inerme.
         Las Juntas proclaman de este modo al morir que mientras haya un vasco en vida, vivo está el derecho vasco y correlativa es la obligación española de reconocerlo.
         “Castigo explicable ya que no justo la supresión de los fueros —dirán algunos— a la intervención de los vascos en asuntos pri­vativamente españoles. ¿Por qué hacerse el sostén principalísimo y casi único de los Pre­tendientes carlistas?” En líneas generales, el reproche es justo. Los vascos pagan así la in­consciencia de algunas clases directoras, ami­gas de asomarse a puertas extrañas más de lo que aconseja la prudencia. Un primer paso en falso —la malhadada institución señorial— es desde el fondo de los siglos causante de todos, absolutamente todos los males que aque­jan y han aquejado a los vascos. Pero en 1833, como en 1872 la actitud vasca es más que la de intervenir en casa ajena, la de defender la propia amenazada, aun cuando esa amenaza haya sido originada en un error cometido hace siglos.
         El carácter nacional de las dos guerras carlistas es cosa que ya no ofrece resquicio a una duda. Los vascos en 1833-1839 no lucha­ron por don Carlos María Isidro. Un lugarte­niente y biógrafo del gran Zumalakárregui se­ñala como causa del levantamiento el descon­tento de los vascos “fatigados de luchar contra los ministros españoles para obtener que se les respetase la integridad de sus fueros”. Ya hemos registrado los intentos de Godoy, y la significación antivasca de la Constitución española en 1812, seguida por la de todas sus innumerables hijas. Y anotado también el intento antiforal de Fernando VII de que Chao nos habla en su “Viaje a Navarra”. Es­te mismo Chao, y en la misma obra, señala como “primer motivo de esta guerra —la de 1833-39— la envidia de los castellanos” que no podían sufrir que los vascos “se goberna­ran y administraran por sí mismos, en com­pleta independencia". En otro lugar, perfila aún mejor el aspecto nacional de la guerra diciendo: “Los navarros y vascongados se ha­llan hoy en armas para defender contra los imperialistas de Castilla su noble independen­cia... bajo el mando de un Jefe libremente ele­gido: Zumalakárregui, y bajo la bandera no­minal de un Señor y Rey “don Carlos”.
         Al testimonio de este escritor francés, tes­tigo presencial de la guerra, se unen —para no aportar más que el de extranjeros neutra­les— el de dos ingleses de calidad: el histo­riador Bacon, y el comodoro Lord Jhon Hay. Este último, también testigo presencial de la guerra, que siguió por encargo del gobierno inglés, asegura que los vascos se agruparon en torno a don Carlos para defender sus Fue­ros, “Estaba impresa —dice— en la mente de los vascos la idea de los fueros, y obraba en ellos ostensiblemente: al defender a don Car­los creían defender su religión y sus institu­ciones”. Por su parte, Bacon sienta aná­loga afirmación, añadiendo que los Fueron te­nían su mayor enemigo, aunque disimulado, en el propio Carlos María Isidro y eran “odio­sos a la nación española”, circunstancia tan conocida por el Pretendiente “que, si fuese rey de España en el próximo año, hallaría presta­mente excusas para infringirlas, si no para su total abolición”.
         'Finalmente, que ese fuera el motivo que guio a los vascos de 1833-39 y no el primor­dial de sentar a don Carlos en el trono de Madrid lo prueba mejor que testimonio algu­no el propio Convenio de Vergara. Basta que Espartero prometa el respeto a la Constitu­ción Vasca para que los vascos depongan las armas. ¿No traducen así meridianamente que les obligó a tomarlas no la persona de un Rey o Señor sino la amenaza que pesaba sobre sus Fueros?
Confírmase esto de nuevo en 1872-76. Don Carlos María de los Dolores apela entonces a los vascos y catalanes, los pueblos peninsula­res más inclinados a su independencia. A los catalanes que habían ya perdido la suya, les hablará de restaurarla; a los vascos que aún la conservaban en gran parte, de asegurarla.
         “Catalanes; —decía la Diputación de Cataluña desde San Juan de las Abadesas— la aurora de la restauración de las libertades pa­trias alumbra ya nuestras montañas... Un es­fuerzo más v habremos reconquistado nues­tros fueros”. Y algún tiempo después en otra proclama no menos alentadora y lle­na de promesas les hablaba de las imposicio­nes de Castilla, de su intento de destruir el derecho civil catalán, fundado en el uso de los venerandos fueros y de cuanto, en una pa­labra, podía exacerbar el sentimiento nacio­nal de Cataluña.
         El propio don Carlos fue más allá en ese fácil camino del prometer. ‘'Hace siglo y me­dio —dijo a los catalanes— que mi ilustre abuelo Felipe V... os quitó los fueros... Lo que él os quitó como Rey, yo como Rey os lo de­vuelvo. Porque soy el mantenedor de todas las justicias. Os llamaré, y de común acuerdo, podremos adaptarlos a las exigencias de los tiempos”.
         Claro está que no los llamó nunca. Y si les hubiera llamado, los catalanes habrían he­cho mal en acudir: porque ¿qué podrían es­perar en punto a reconocimiento de derechos de un hombre que no reconocía más que el de su propia autoridad? Para él. como decía en carta más tarde a un palaciego “el Rey es siempre la razón suprema”. Y en la Junta carlista de Burdeos llegó a afirmar que la di­visión entre la Patria y el Rey no podría exis­tir nunca “pues aún cuando los disidentes fueran diecisiete millones de españoles —po­blación que era la asignada a la España de entonces— la patria siempre estará donde yo esté”.
         Prodigioso efecto del derecho divino de los reyes. Todos los españoles juntos de un lado no podrían constituir la patria españo­la. Esta se hallaría siempre donde estuviera un solo hombre, uno solo, que para hacer más admirable el prodigio... ¡no tenía ni una gota de sangre española en sus reales y pa­trióticas venas! ¿Qué podían esperar los ca­talanes de quien así pensaba?
         Lo mismo que los vascos, absolutamente nada. También a estos prometió el carlismo y con mayor predilección que a nadie. “A las armas, pues, valientes y heroicos navarros y provincianos y muy pronto, ciñendo vues­tras sienes el laurel de la victoria, asegu­rará para siempre vuestros venerandos fue­ros, la paz, felicidad y verdadera libertad de nuestra patria”. Así decía un vasco, coman­dante general de las fronteras, a sus confia­dos compatriotas.
No tan confiados, sin embargo, después de 1839, que no se creyeran obligados a cier­tas precauciones. La Diputación a Guerra Car­lista y Dorronsoro, general vasco, especial­mente, quisieron, por si acaso, que don Carlos jurase los fueros. Resistióse el Pretendiente, pero hubo de ceder porque de lo contrario se hubiera quedado sin soldados. Juró los fue­ros de Vizcaya, y, más tarde, en Villafranca de Oria; los guipuzcoanos; pero se resistió con testarudez borbónica a hacer lo mismo con los de Navarra.
         Así fueron engañados de nuevo los vas­cos de 1872. No en su propósito mismo, que fue siempre el de la defensa de su Constitu­ción, y ni aún en el medio, puesto que no ca­bía otro que el de las armas, pero sí en la persona y por la persona donde ellos creyeron encarnar esa defensa. Pero quedará a salvo en la segunda como en la primera guerra, el ca­rácter nacional que éstas revistieron. Lucha­ron los vascos no por una cuestión dinástica española, sino en defensa de sus instituciones. Hemos visto el testimonio de escritores ex­tranjeros a la lucha que así lo confirman. Podríamos llenar páginas y más páginas con el de políticos, generales e historiadores es­pañoles desde el propio Espartero, en su pro­clama de Hernani y en su alocución de Vergara, hasta Pi y Margall; desde Donoso Cortés hasta Sánchez de Toca, pasando por Cá­novas del Castillo. Es decir, desde el firman­te de Vergara en 1839, hasta el promulgado de la ley del 76. Y a esos testimonios podría­mos añadir los aún menos recusables de ge­nerales y políticos carlistas e integristas vas­cos: los Dorronsoro, los Zurbano. los Olazábal, los Ramery...
         ¿A qué objeto, si aún viven muchos que fueron testigos unos y actores otros, en la úl­tima escena del sangriento drama? Ellos ha­blan con más autoridad que políticos e histo­riadores; porque ellos fueron en su época la política actuando y la Historia en marcha. Y aún electriza sus viejos huesos y da nuevo calor a su helada sangre el “vivan los fueros” que su juventud lanzó por todas las cumbres de los montes vascos.











16
La voz de Arana y Goiri. — El partido nacionalista y el esta­tuto de Autonomía. — Franco, el “Conquistador” y la Guernica espiritual.
         Ni aún en 1876, sin embargo, se atrevió España a someter por completo a los vascos, así engañados y vendidos, al rigorismo de las leyes castellanas. Quedó vigente parte del derecho civil vasco, especialmente en lo que to­ca a la constitución familiar y derecho su­cesorio; y en el derecho administrativo se llegó algo más tarde a un convenio por el que las Diputaciones vascas, institución contraria al Fuero, pagaban un tanto alzado a la ha­cienda española en compensación de algunos tributos españoles que no eran exigidos a los vascos. El reparto de estas cargas se hacía li­bremente por las Diputaciones, con lo que el sistema tributario vasco difería en gran mo­do, y sobre todo con gran ventaja en su ren­dimiento y en su administración, del siempre desdichado que caracterizó y caracteriza a las finanzas españolas.
         Mas si la persistencia de estos menguadísimos residuos de una libertad que no cono­ció trabas adormecía en la comodidad a mu­chos, si el bienestar o las riquezas mismas hacían que sesteara o se desvaneciera por completo en otros la conciencia nacional, ésta subsistía aún en el pueblo. Mejor dicho, sub­sistía, no la conciencia propiamente dicha, sino lo que llamaríase hoy la subconsciencia, el complejo formado en lo más hondo de las almas por incontables milenios de una comu­nidad perfecta de sangre, de una convivencia cultural y su expresión verbal genuina de los mil lazos establecidos por la naturaleza desde el seno mismo de las cavernas prehistóricas. Era un sentimiento hondísimo, pero confuso; un amor entrañable, pero que no acertaba con el modo expresivo. Porque lo que un fran­cés ha llamado la trahison des elercs, la defección de los llamados a orientar, a dirigir, había privado a los vascos de esa facultad de expresión: ellos, los llamados a ser intérpre­tes del sentimiento popular, habían pasado a las filas contrarias, dejando al pueblo sin su voz natural. Si esa voz no surgía, si algo o alguien no se levantaba para dar concreción a las confusas ansias, el pueblo vasco se des­lizaba cada vez con más acentuada rapidez al abismo donde el olvido, sepulta a los pueblos que fueron.
         Pero la voz surgió. En el crítico momen­to en que la atracción de la espantosa sima se ejercía con más incontrastable fuerza. Cuando empezaban ya a ceder hasta las úl­timas resistencias de lo inconsciente. La voz salvadora se hace oír en 1893, desde un mo­desto caserío recostado en las estribaciones de Artxanda. Es lanzada por el hijo de un carlista de 1872, heredero de los desengaños que sembró aquella campaña; pero heredero también del sentimiento religioso y vasquista, cristiano y patriótico, que impulsó a los que en ella tomaron las armas.
         Sabino de Arana y Goiri ofrece aquel día a la patria vasca públicamente lo que ya le había consagrado años antes en el secreto de su conciencia: el bienestar social de que dis­fruta. la consideración de que se ve rodeado, la tranquilidad de una vida burguesa, el es­fuerzo de su inteligencia, las actividades to­das de su cuerpo y de su espíritu, la existen­cia misma, si las restantes donaciones no bastan.
         Todo ello lo entregó, cumpliendo su juramento. Pero cuando muere en 25 de No­viembre de 1903, sus reiterados sacrificios no han quedado sin fruto. El pueblo vasco ha respondido a su llamamiento; la conciencia ha encontrado su voz. El cuerpo social que se deslizaba hacia el abismo se ha detenido pri­mero como indeciso, se ha incorporado tra­bajosamente después, para, finalmente, po­nerse en pie de una sacudida y emprender con resolución su camino.
“Su” camino, el suyo propio, tan diferen­te, tan opuesto al camino español, como su alma, su vida, su sangre, sus características son diferentes y opuestas a las del pueblo que le sojuzga injustamente.
         A partir de aquel momento, comienza un esfuerzo vasco de proporciones gigantescas. Una obra de restauración que comprende des­de la vida a las características todas del pue­blo más antiguo de Europa, quizás del mun­do. La lengua, la Historia, la poesía vasca reciben un impulso que las levanta a floreci­miento jamás conocido. El arte vasco recibe las nuevas inspiraciones. Renacen costumbres, resucitan juegos, cobran vigor nuevo mani­festaciones que languidecían entre el casi ge­neral olvido. Sólo reseñarlos prolongaría in­definidamente estas páginas, consagradas pri­mordialmente a otro objeto. Baste decir que en el orden político único interesante a nuestros finesla resurrección es completa. No en las manifestaciones de soberanía, que la fuerza extraña se encarga de suprimir. Pe­ro sí en la voluntad del pueblo, que sabe hoy que “Euzkadi es la patria de los vascos”; que como toda patria tiene derecho imprescripti­ble a vivir su vida, a organizarse libremente sin sujeción a ninguna otra; que el pueblo que a ello se oponga es el sojuzgador intruso, el conquistador bárbaro, el enemigo natural de esa patria; y que, finalmente, no hay esfuer­zo ni sacrificio que deban ahorrarse ante la libertad, ante la independencia que son debi­das a la patria en vasallaje.
         El Partido Nacionalista Vasco, fundación de Arana y Goiri, es la organización política encargada de defender y robustecer esas ver­dades. En paciente labor de cuarenta años, lo­gra su propósito en un pueblo que no espe­raba otra cosa que la concreción y exteriorización de sus confusos sentimientos. Instau­rada la República en España y reconociendo su Constitución el derecho de las “Regiones” a organizarse en Estado autónomo, aprove­cha la circunstancia para lograr, dentro de la más absoluta legalidad, un paso más en el camino de las reivindicaciones vascas. El Partido Nacionalista Vasco, cuyo fin es el de la completa libertad vasca, no ve en el Estatu­to, en el Gobierno autónomo de Euzkadi, la realización de sus aspiraciones, mas sí un es­calón para lograrlas. Por ese camino dirige a su pueblo, y le lleva al cumplimiento de los nada fáciles requisitos que la ley españo­la establece para la concesión del Estatuto de Autonomía. En 5 de noviembre de 1933 acuden los vascos al plebiscito requerido por la Constitución de la República y por 411.756 votos favorables emitidos, que representan el 84,05% del censo total de electores, manifies­ta su decisión. La discusión en las Cortes es­pañolas del Estatuto redactado y aprobado por el pueblo vasco es cortada por la suble­vación del general Franco. La guerra prende en todos los territorios del Estado. El pue­blo vasco organiza independientemente su de­fensa contra el ataque de que Franco y sus lugartenientes Beorlegui y Mola hacen objeto a la tierra vasca, la más cristiana de las pe­ninsulares, ¡en nombre del cristianismo! Al­gunos meses después, en plena guerra, las Cortes de Madrid aprueban finalmente el Es­tatuto Vasco, y se constituye el Gobierno Autó­nomo bajo la presidencia de Don José An­tonio de Aguirre y Lekube, en sesión memora­ble celebrada bajo el glorioso árbol de Guernica, el día 7 de Octubre de 1936.
         La personalidad vasca continuaba de este modo afirmada, y sin solución de continui­dad en los siglos. Demostrarlo así es el fin que nos hemos propuesto.
         La hemos visto brillar en la cultura su­perior de Istúriz, de Altamira, de Santimamiñe...; conservarse a través de la prehistoria; no desmerecer por colonizaciones ni invasio­nes celtas, fenicias, griegas, cartaginesas, ro­manas, visigóticas; rechazar las oleadas ára­bes y africanas sin consentirles hollar ni tran­sitoriamente las montañas natales; confede­rarse libremente en Estados soberanos; adop­tar más tarde la institución Señorial con ame­naza, sí, pero sin mengua, de una indepen­dencia celosamente guardada; ser nación apartada bajo Isabel la Católica, y separada del Reyno bajo Felipe IV; rebelarse contra las intromisiones del Conde-Duque y de Alberoni; rugir sordamente ante las amenazas de Godoy y de Fernando VII; lanzarse a la gue­rra en 1833, en 1872; perder soberanía pero no derecho en 1839 y en 1876; aferrarse a los restos de aquella soberanía en los llamados Conciertos Económicos hasta 1936; avanzar finalmente en ese mismo 1936 reconquistan­do parte del terreno perdido gracias a la cons­titución del Gobierno Autónomo Vasco.
         En dieciséis mil años, desde la época magdaleniense a nuestros días, la personalidad vasca se mantiene integra. El pueblo vasco se mantiene integro. Sin un eslabón que falle en la cadena. Sin una fisura, sin una grieta, sin una quiebra. Las pérdidas de soberanía son recientísimas e impuestas por la fuerza; ni pueden negar el derecho ni afectar a la mis­ma personalidad, porque esta es un hecho na­tural que ni una ley ni mil leyes extrañas pueden variar en lo más mínimo.
         Dieciséis mil años llevan los vascos cons­tituyendo un pueblo. ¿Qué otra agrupación de las humanas hoy conocidas puede alardear de tal antigüedad y probarla tan cumplidamente como el pueblo vasco aporta la prueba de la suya?
         Hoy el Generalísimo Franco ha renova­do, de manera infinitamente más sangrienta, el intento de Felipe IV, de los Alberoni, de los Godoy, de los Espartero, de los Cánovas del Castillo. Apenas adueñado por el caste­llano derecho de conquista del territorio vas­co, el Generalísimo de los españoles, suprimió de un plumazo no sólo el Gobierno Autónomo Vasco, sino el pobre y mísero Concierto Eco­nómico que con anterioridad a aquél singu­larizaba todavía a los vascos en el terreno político. Todo parece consumado. Más que nunca tienen ahora aplicación las palabras que Chao estampaba a propósito de la guerra de 1833-1839.
         “Las hordas castellanas han hecho irrup­ción en el País Vasco: el roble venerable al pie del cual tenían lugar desde hace mil años las asambleas de la República, ha sido derri­bado. En su lugar, los cagotes han escrito en la nueva lengua esta inscripción: AQUI FUE GUERNICA”.
Fue profeta Chao. Su metáfora de hace cien años se ha convertido hoy en realidad que los ojos materiales confirman. Los cagotes de ahora, los bárbaros de hoy, bárbaros del Norte, bárbaros germánicos de Hitler, con bárbaros del Sur, descendientes de los bere­beres de Tarik, han podido grabar el “aquí fue Guernica” no ya sobre la ruina espiritual de la villa vizcaína, sino sobre las ruinas materiales, sobre las paredes calcinadas, sobre los escombros humeantes, sobre el suelo tor­turado por las explosiones de la villa mártir. Ha podido erigir a sus dioses inaplacados la pirámide que forman los dos mil esqueletos vascos de pacíficos aldeanos, de mujeres, de niños, allí sacrificados al Moloch sangriento de la Guerra Totalitaria.
         Todo eso ha podido hacer, porque todo eso está en la mano, está en las posibilidades de la Fuerza, divinidad germánica y de la Anarquía, diosa predilecta ibero-berebere. Mas, ¿qué podrán Anarquía ni Fuerza contra la Naturaleza, que, por su origen divino, es Orden y es Justicia? Renacerá una Guernica nueva. La Guernica material, reina sobre la dulzura de su vega. Y la Guernica espiritual, símbolo multisecular de la libertad vasca, un día vendrá en que, bajo el Árbol sagrado, un hombre repetirá aquel juramento que, “de ro­dillas ante Dios y en pie sobre la tierra vas­ca” formuló el primer presidente del Gobier­no Autónomo Vasco en un anochecer de Oc­tubre de 1936.
         Esto lo saben muy bien los vascos. Por­que saben que, así como hay una justicia para los hombres, hay una justicia para los pue­blos. Y que mientras los fallos de la primera encuentran principalmente cumplimiento en un más allá, es aquí, sobre la tierra que hon­raron con sus virtudes o mancharon con sus iniquidades, donde los pueblos escucharán su sentencia y verán cumplirse, con gozo los unos, con terror los otros, el fallo inexorable a que se hicieron acreedores.











17
 
A manera de conclusiones: vascos y Españoles. Fuero y Corán.
 
 
 
          Ciento setenta siglos han consolidado al pueblo vasco, que acaso necesitó otros tantos para formarse entre las rocas del Pirineo. El estado español no cuenta arriba de cien años en su forma unitaria: nace en los albo­res constitucionales de 1812, y no antes. Lo preparan, sin proponérselo, puesto que no buscan más que la extensión y la intensidad del poder real, las ansias absolutistas de los Borbones, apoyados en el rapaz imperialismo de Castilla. Un poco más arriba en los tiem­pos, los Habsburgos han sido federalistas in­conscientes. Más arriba aún, ni el Estado es­pañol ni la España sin Estado, han tenido existencia. Ni en la Reconquista, ni bajo go­dos ni romanos. Inútil ascender un eslabón más.
 
          “¡Oh, España! —dirá San Isidoro de Se­villa en la época goda— tú eres la más bella de las tierras que se extienden desde el Oc­cidente a la India... madre de numerosas pue­blos; sobre tu suelo florece la fecundidad glo­riosa del pueblo gótico”. Y los unitarios de hoy caerán sobre esas palabras atribuyéndo­les un sentido nacional, y nada menos que la profecía de un imperio. Sin parar atención a que esa “madre de numerosos pueblos” quie­re decir precisamente que en España-territorio, es decir en la península existe en los tiem­pos de San Isidoro una variedad de pueblos entre los que florece uno más: el gótico, que nada tiene de español.
 
          Pero los unionistas pasarán como sobre ascuas al recoger las palabras análogas que en el siglo XI el geógrafo hispano-árabe Al Bakri dedicará a esa misma España, “como la Siria por su clima, como el Yemen por su temperatura agradable, como El-Ahwaz por sus rentas, como la China por sus piedras pre­ciosas, como Aden por las producciones de su litoral”. ¿Acaso Isidoro de Sevilla quiso ha­blar de una nación hispano-goda y Al Bakri de un pueblo hispano-árabe? ¿No se ve por los textos de uno y otro, y su comparación, que la voz España no tiene en sus plumas otro valor que el puramente geográfico, como lo tuvieron la Spania, la Hisperia, la Iberia de geógrafos e historiadores griegos y roma­nos, como aún lo tiene la última de esas vo­ces cuando se quiere indicar las tierras com­prendidas entre los Pirineos y Cádiz, el estado portugués incluso?
 
          Aun en el caso más desfavorable —y de él admitimos tan sólo la hipótesis— San Isi­doro no podía incluir a los vascos, que mantu­vieron su independencia contra todos los re­yes del “floreciente pueblo gótico”, ni Al Bakri sostener análoga pretensión a favor de los árabes, que jamás poseyeron el pueblo vas­co, defendido siempre por suis incolis, por sus naturales, como atestigua en el siglo IX el Obispo Sebastián y reconocen todos los his­toriadores.
 
Hasta el siglo XIX no ha existido el es­tado español, ni el pueblo español, en el sen­tido que pretende dársele al concepto, Exis­tieron, sí, a partir de los Reyes Católicos, arrancando el siglo XVI, “las Españas”, esto es, diversas naciones o pueblos con sangre, idioma e instituciones propias que no tenían otro denominador común que el geográfico, y más tarde el de la federación incipiente representada por la persona a quien recaían las diversas coronas. Las monedas mismas lo rezarán en latín o en español, durante los Habsburgos y Borbones. La misma Isabel II en pleno siglo XIX, aparecerá en ella como “Reina de las Españas”. Su padre Fernando VII había visto su efigie rodeada de la misma inscripción para los reinos españoles, mien­tras, como hemos dicho, en la moneda vasca de su tiempo era llamado “Rey de Navarra”.
 
          El estado español es de ayer. El pueblo español como entidad natural, ni de ayer data. Aún es la hora en que no ha terminado de constituirse. Si de algunos pueblos se ha afir­mado inexactamente no tener historia —los présbitas intelectuales no llaman historia más que a la enumeración de fechas más o menos gloriosas, siempre o casi siempre de carácter guerrero—. Se puede afirmar con mayor exac­titud que la llamada Historia de España es una historia que carece de pueblo. Lo cual no quiere decir que carezca de hechos glorio­sos ni de pueblos, más de uno glorioso tam­bién, sino que la entidad política llamada hoy España no responde a una entidad natural que pueda llevar ese nombre.
 
          La característica de los Estados que son al propio tiempo naciones es la estabilidad interior. En un tiempo pudieron sufrir las conmociones promovidas por la cuestión re­ligiosa: hoy se sentirán amenazados por las convulsiones sociales; mas siempre la unidad interna, la solidaridad nacional estará allí, latente, y, si no los trastornos, evitará la diso­ciación del cuerpo social. A partir de fines del XVIII el robustecimiento de los Estados opcionales es palpable. La misma revolución francesa no amenaza la unidad, antes la ro­bustece. El siglo XIX aumenta esa tendencia en toda Europa. Acaso es el siglo, con parte de su anterior, que ve nacer el patriotismo en todo el mundo, sentimiento que no pasó de confuso en tanto que los Estados y los pueblos se hallaban reducidos al carácter de pa­trimonio real, permutable, vendible y transmisible, por conquista, trato o herencia.
 
          Pues bien, el periodo que en todos los pueblos se señala como de robustecimiento y estabilidad nacionales, es precisamente el que en España registra el fenómeno contrario. He­mos establecido en otro lugar un cuadro extraordinariamente sintético pero elocuente de las perturbaciones graves registradas en el Estado español durante el sólo siglo que va desde 1833 a 1936, fecha ésta de la subleva­ción franquista. Sin entrar en el detalle que allí exponíamos, he aquí la enumeración de estos trastornos hecho muy por lo bajo, y con ánimo tolerante:
 
          “Ocho cambios de régimen; nueve cons­tituciones; siete dictaduras; tres intervencio­nes extranjeras; diez pronunciamientos mili­tares; quince movimientos revolucionarios sangrientos; tres guerras internacionales; cua­tro guerras coloniales; otras cuatro por lo menos, en el protectorado de África; tres gue­rras civiles de seis, cuatro y tres años de du­ración para cada una de ellas”.
 
          Calificamos nosotros de record imbatido el que establecen las anteriores cifras. Segui­mos creyendo que no habrá pueblo tan osado en el mundo que intente arrebatárselo a los españoles. Ni en el número de acontecimien­tos memorables ni infinitamente menos en la calidad. Sólo la guerra —¿fue guerra en rea­lidad la acabada al parecer en 1939 y que es más que acaso el prólogo de lo que el siglo XX reserva a España? Sólo esa guerra adjudica a España, y para mucho tiempo, la primacía en las convulsiones sangrientas; Michelet asig­na a la revolución francesa un total de dieci­séis mil víctimas, caídas bajo la guillotina, o asesinadas en ciudades y cárceles. Son varias las provincias españolas donde en 1936-39 los rojos han asesinado un número igual o mayor de blancos, o donde los blancos han asesinado un número igual o mayor de rojos. Ni Rusia misma puede disputar a España la gloria de tal record. ¡Muchas de las provincias españo­las han visto asesinar durante la última gue­rra cada una de ellas tantas víctimas como la revolución francesa causó en todo el territo­rio del Estado Francés de 1789!
 
          En casi todos los acontecimientos enume­rados se deja sentir la influencia ejercida en ellos por la diversidad y aún la oposición racial e histórica entre los diversos pueblos peninsulares. Hasta las revoluciones de carác­ter social llevan su sello: Andaluz el de las revueltas anarquistas del campo. Catalán el de las ácrata-sindicalistas de la ciudad... Las guerras coloniales o de protectorado, de ten­dencia castellana imperialista, provocan a veces trastornos sociales que revestirán carác­ter particularista, como la revolución barce­lonesa de 1909. Las intervenciones extranjeras tendrán lugar en guerras donde los pueblos peninsulares defienden sus libertades. Las dictaduras perseguirán con frecuencia el aplas­tamiento de las tendencias independentistas: Espartero tendría que bombardear Barcelona; Primo de Rivera se alzará contra los naciona­lismos catalán y vasco. Las sublevaciones tendrán con frecuencia un carácter cantonal, fe­derativo antiunionista... No habrá aconteci­miento en que la disgregación de España no obre: como causa unas veces, como ocasión en otras, como terreno abonado siempre. Pe­ro si otros sucesos no hubiera, bastarían a con­firmar nuestra tesis las tres grandes guerras civiles que en un siglo ha conocido el Estado español. El carácter nacional que para los vascos revistieron las de 1833-39 y 1872-76 ha quedado antes establecido. En la 1936-39 ese mismo carácter aparece tan evidente que ni la prueba necesita. Se levantó para defen­der la religión tan ciertamente como lo prueba el fusilamiento de sacerdotes vascos inocen­tes, el encarcelamiento o destierro de cente­nares de otros sacerdotes también vascos, me­didas aún en vigor después de terminada la guerra cuando escribimos. Pero en lo que si dijo verdad al levantarse fue en sus propósi­tos de destruir las autonomías catalana y vasca. De todos sus anuncios, solo éste ha cum­plido. Quizás porque en lo referente a la re­construcción del imperio español se halle to­davía en la duda sobre la manera de hacerlo: si quitando a Francia la Argelia, si arrebatan­do a Inglaterra las Indias, o si conquistando de nuevo la América desde el Labrador hasta la Patagonia. Pero lo hará un día, en cuanto decida sobre el camino a seguir; porque si en otras materias no, por sencillas que sean, en estas cosas de guerra tienen acreditada su capacidad los generales españoles, sobre todo si reciben una pequeña ayuda de colegas su­yos italianos o alemanes.
 
La debilidad congénita del Estado espa­ñol queda de relieve en las conmociones que le sacuden en el solo siglo que registra de vida en su modo actual. Aún le esperan otras tan profundas y sangrientas de no cambiar en su estructura y en sus procedimientos. Por el contrario, la estabilidad del pueblo vasco, lograda por el carácter eminentemente naciónal de la agrupación, se revela a través de los siglos de modo sorprendente.
 
          España, los pueblos españoles, conocen los más bruscos cambios de régimen. Saltan del autoritarismo a la anarquía, de la dicta­dura al relajamiento de todo resorte, de la esclavitud política al libertinaje político. La autoridad se convertirá inevitablemente en despotismo: la democracia degenerará en de­magogia. Los españoles no conocerán otro ins­trumento de gobierno que el látigo; y cuan­do éste descanse, el régimen de tribu "se apo­derará, mansamente o con violencia, de la vida política, del organismo social entero.
 
          El pueblo vasco, por el contrario, entra en la Historia constituido en democracia. Y democracia continuará siéndolo, y democra­cia purísima en todo momento, hasta nuestros días. Desconocerá la división en clases, desconocerá el feudalismo, desconocerá la pug­na entre nobles y reyes como entre burgueses y nobles que caracteriza la edad media euro­pea. No asistirá a ese juego de balanza en que la realeza se apoya unas veces en los se­ñores para vencer a las ciudades, y busca, otras, la ayuda de villas y ciudades, contra el insolente poderío de la aristocracia, juego que es toda la Historia media y contemporánea. No caerá en la teocracia política de unos pue­blos, ni en el ‘'despotismo ilustrado” de otros. La muerte de la soberanía vasca, al cabo de miles de años, no se deberá a degeneración de sus órganos ni menos a la contaminación de sus límpidas fuentes, sino a la traición de los extraños y al vae victis que desnivela la ba­lanza, arrojando sobre uno de sus platillos la espada sangrienta del conquistador, extran­jero también.
 
          El África ha vencido a Europa en los li­mites mismos donde ambas confinan geográ­fica y racialmente. Porque no es un dicho francés afortunado sino una realidad tangi­ble y comprobada la que afirma que el Áfri­ca empieza más allá de los Pirineos, si en ellos se ha de comprender lógicamente el territo­rio sobre el que corren las aguas arrojadas por su vertiente meridional. La verdad que proclaman Historia y Prehistoria, la vocean hoy como ayer desde la raza hasta sus habita­ciones, desde la lengua a las costumbres, desde el paisaje a la psicología colectiva; ideas y hechos, intereses y afectos, hombres y cosas.
 
          Cruza el Ebro el viajero que desde el Sur llega y la mutación le aparece tan rápida y radical como cuando en el teatro la caída de un telón de fondo cambia escena y ambiente. Al desnudo paisaje castellano, hijo de la ene­miga histórica que árabes y africanos tienen declarada al árbol, sucede el verdor de las laderas vascas. El agua, allá tan escasa y es­condida, corre aquí abundante y manifiesta. A las enormes extensiones de terreno sin una sola vivienda humana y a las agrupaciones urbanas, que el terroso color de adobes y de tejas consiente apenas distinguirse en la uni­formidad desoladora del páramo; a los po­blados y villas separadas por kilómetros y ki­lómetros de desierto humano, suceden en tie­rra vasca pueblecitos agrupados en torno a la humilde iglesia, a poco más de tiro de pie­dra entre ellos; y aún los huecos que de­jan sobre el terreno se hallan esmaltados por cantidad de viviendas campestres; el caserío, la casa solar vasca, el fundamento y la raíz de la organización social de los vascos y fuen­te la más pura de su singularidad racial.
 
          A las casas adustas, herméticas, a las que guardan portones y defienden en las venta­nas bajas gruesos barrotes férreos, reempla­zan en suelo vasco las viviendas agrícolas de doble y desigual vertiente, cuya fachada prin­cipal —siempre la que hace escuadra con la divisoria de aguas, en contraposición perenne con la arquitectura castellana— alegran el inevitable balcón corrido con balaustrada de tosca madera, y bajo él, acogedor amigo, el arco amplísimo, o el dilatado rectángulo, di­vidido por columna de piedra o viga de ma­dera, de la portalada hospitalaria. Ni balcón ni portalada ni hueco alguno de la vivienda, conocerán en el país clásico del hierro, la desconfiada reja castellana, y ni aún la pe­sada puerta de madera. El caserío, ennoble­cido muchas veces por el escudo de armas familiar, creería ofender a los pacíficos habi­tantes de la tierra mostrando en puertas y ventanas una recelosa vigilancia que la hon­radez de aquellos hace innecesaria y conver­tiría en injuriosa.
 
          Cada caserío se alza entre las tierras de labor que le pertenecen, siempre cortas en extensión, porque la característica agrícola vasca es la división de la propiedad. Seis u ocho hectáreas, y aún menos. Lejos, muy le­jos del característico latifundio español, de origen asimismo árabe, que reconoce miles de hectáreas en una sola mano. El Duque de Medinaceli posee 79.146 hectáreas; el de Peñarroya, 51.015; el de Villahermosa, 47.203; el de Alba, más modesto, 34.155 hectáreas.
 
          Trabajan las tierras del caserío vasco la familia entera, sin excluir a las mujeres. El jornalero agrícola es perfectamente descono­cido. Lo contrario precisamente de las explo­taciones agrícolas españolas, aun las más mo­destas, en que la mano de obra alquilada es el medio habitual de laborar el terruño, con salarios que oscilan entre una y cuatro pese­tas diarias, cuando no, como en Alburquer- que, el jornalero no recibe otro “salario” que el de la comida del mediodía.
 
          El trabajo de la mujer se estima normal­mente en el campo vasco; porque trabaja en las tierras de la familia, para el bienestar de la familia a la que todos se deben, y sin estar sujeta a ningún extraño. Caso opuesto al de la mujer española empleada a jornal para un “amo” y que los vascos no consentirían ja­más. La mujer vasca goza de la más alta con­sideración desde los tiempos más remotos. Soltera, permanece en el caserío de sus pa­dres; casada, se convierte en la “etxeko-andre”, la señora de la casa, que comparte con el “etxeko-jaun” o señor de la casa, el imperio sobre la familia; viuda, conserva su puesto preeminente, y el Fuero le concede la pleni­tud de derechos, incluso los políticos, que hu­bieran correspondido a su consorte. Las viu­das tenían voz y voto en la elección de los apoderados para las Juntas Generales. En una palabra, la influencia y la consideración de la mujer en el régimen familiar y social vas­co son tan acusadas que, más de un autor, no ha sentido escrúpulos para calificar ese régimen de matriarcado verdadero. La mujer española, opuestamente, sufre el menosprecio de sus hermanas árabes o africanas.
 
          Confinada en su casa de la ciudad, guar­dada por el hombre con recelo sexual nacido en los harenes, ni aún el acceso a la calle le era permitido hasta no hace mucho tiempo. Hoy las conveniencias políticas llegaron a con­cederle incluso el voto, a la llegada de la Re­pública, pero tal concesión no puede enga­ñar al menos observador. Un escritor francés, en libro aparecido en 1937 y que por cierto quiere constituir un himno a Franco, no va­cila en consignar el rebajamiento de la mujer española, “que sufre todavía hoy, en muchas regiones, las consecuencias de haber sido tra­tada tanto tiempo como criatura inferior”.
 
          El supuesto viajero de quien hablamos, no tardaría en apreciar otra diferencia. Sus oídos que, en una estancia en España, habrían soportado la ofensa asquerosa de la blasfe­mia, en el campo como en la ciudad y en las clases bajas como en las medias y altas, des­cansarían desde el momento de entrar en zo­na vasca. El euskera desconoce en absoluto la blasfemia; el vasco la repugna. Ha penetra­do en alguna zona industrial, pero cuando la blasfemia estalla será casi siempre un espa­ñol quien la escupe y siempre, sin excepción alguna la expresión blasfema será netamente, castizamente española. Fenómeno observado en la misma Francia, en cuya parte meridio­nal sorprende oír en labios que no conocen una sola palabra de español, una blasfemia rotunda emitida en el más claro español que darse pueda. ¡Triste gloria para España la de invadir con tal indeseable exportación te­rritorios europeos, después de haber comuni­cado tan horrible plaga a todo el continente meridional americano!
 
          Igual diferencia en juegos y recreos, can­ciones y danzas. La pelota, el juego vasco por excelencia, con la barra vasca, son acaso los deportes más plásticos, estéticamente hablan­do, de todos los conocidos. El discóbolo, el lanzador de jabalina o de peso, no llegan en plasticidad armónica al pelotari de “punta” que devuelve un rebote o el palankari que lanza su barra “a vueltas”. Ningún extranje­ro, español u otro, ha logrado jamás distin­guirse en uno de esos deportes, a pesar de practicarlos análogos en su tierra, y de estar animado por estimabilísimas ganancias, pró­ximas a la riqueza, en el caso del profesiona­lismo de la pelota. En cambio, los vascos han asimilado con facilidad deportes extraños, co­mo el foot-ball. Un equipo que contaba nueve vascos de los once jugadores, llegó en Milán a la final del campeonato del mundo. Y éste no es el único caso.
 
          Las regatas de traineras —embarcaciones a remo— congregan muchedumbres de hasta cien mil personas. Los concursos de aizkolaris —leñadores— arrijasotzales o levantado­res de pesadísimas piedras —de segalaris o guadañadores de hierba, de barrenadores, de korrikalaris o andarines, el pedestrismo ac­tual—, de palankaris; las pruebas de bueyes, las ya en desuso de carneros... ponen en movi­miento pueblos enteros. En todos ellos se cru­zan numerosas apuestas; porque el pueblo vasco iguala, si no supera, a los anglosajones en su pasión por la apuesta. Cualidad o de­fecto, que esto no lo hemos de discutir, pero costumbre característica de que el español ca­rece; si es en él vicio o virtud, nos lo dirá el hecho de que ningún otro pueblo iguala a los españoles por su afición a los juegos de azar —los hispanos “monte” o “siete y media” y otros muchos, el importado bacarrat entre los de naipes, la ruleta y sus mil manifestaciones entre los mecánicos— en los que es corrien­te ver en España cómo se funden y disuelven las fortunas familiares, aun las más sólidas. El vasco en cambio, apostador inveterado, no siente inclinación a esta clase de “recreos”. El más modesto “casino” de pueblo andaluz, aragonés o castellano, registra una partida de cualquiera de esos juegos; en tierra vasca solo en los grandes establecimientos cosmopolitas o sociedades aristocráticas son conocidos, pa­ra uso casi exclusivo de visitantes estivales. Como la blasfemia, el juego de azar no pe­netra más que a compás de la desvasquización. A mayor empleo del castellano, mayor intensidad de expresiones blasfemas y arraigo mayor del juego. En la zona euzkeldun ni juego ni blasfemia.
 
          De la música vasca ya se ha expuesto su carácter “isla”, afirmado por critico como Rodney-Gallop; como también afirmamos el carácter árabe-africano de la música españo­la popular. Africana es la jota; clarísimamente acusado su carácter en la valenciana; neta­mente distinguible en la aragonesa, un poco más disimulada, pero siempre apreciable, en la navarra, donde ha logrado entrar. Africa­nos, con toques orientales, los “cantos” anda­luces en su total variedad; africanas las ca­dencias de las canciones populares de Casti­lla; africanas y sin duda alguna, las cancio­nes montañesas y aún más las asturianas, sus casi gemelas, a pesar de Pelayo y sus pedradeos con los moros. Los guturales gorgogeos finales de éstas últimas, acusan el parentesco músico astur-andaluz-moro. Quien una sola vez haya escuchado una de esas canciones, acalderonadas hasta el más cansino de los in­finitos, en un repiqueteo de gangosos y alter­nados pianos y fuertes, puede comprobar su origen escuchando las emisiones radiofónicas de Argel o Rabat. Si alguna duda hubiese al­bergado antes, la verá desvanecerse al com­pás de las canciones moras que esas estacio­nes prodigan.
 
          Canta en España un solo —hombre o mu­jer— y los demás corean con palmadas, pitos o castañuelas. El “cantaor” lleva muchas ve­ces su compás valiéndose de un palo o vari­ta con el que golpea la silla donde se asienta; degeneración o progreso (?) sobre los golpes de bendir, el tambor destemplado con que se acompañan los cantantes marroquíes. La mú­sica popular española desconoce la compli­cación del dúo, sólo introducido en la jota, pero muy recientemente, y surgido, por aña­didura, lejos del territorio donde aquella can­ción es indígena.
 
          El vasco, por oposición, que oye cantar a un compatriota, buscará inmediatamente la segunda voz, a la que llega con facilidad por su instinto musical, aun cuando la canción le haya sido desconocida hasta entonces. Y si los reunidos son varios, asistiréis a verdade­ros conciertos orfeónicos —como a diario se registra en sidrerías y establecimientos—, sor­prendentes por la calidad de las voces, su afi­nación y el depurado gusto musical de los ejecutantes. Francia ha visto entre los deste­rrados vascos surgir la magnífica agrupación “Eresoinka” reputada por los críticos de Pa­rís, Londres, Bruselas, como muy superior a los famosos coros rusos. Y no agotadas así las posibilidades musicales, cada pueblecillo fran­cés donde existe un corto número de desterra­dos, cada refugio, ha creado su masa coral vasca, de calidad tal que las corporaciones francesas de todo orden no han vacilado en recurrir a ellas para dar realce a sus fiestas más solemnes.
 
          Igual éxito han logrado los numerosísi­mos grupos de dantzaris organizados por re­fugios y colonias. También la danza es colec­tiva entre los vascos, en cuyos bailes, por lo general, la mujer no interviene más que para recibir el homenaje masculino más rendido. Así en el aurresku, danza señorial, donde su primera figura elige entre las espectadoras una mujer ante la que, boina en mano, tren­za las más inverosímiles cabriolas. Sólo des­pués, y en cadencia pausada que se acelerará al final, hombres y mujeres alternan sin per­mitir siquiera el contacto de las manos, sepa­radas por un objeto cualquiera, en general un pañuelo. En las viejas danzas guerreras ni aun esa intervención cabe a la mujer; y en lo que toca al baile “suelto”, llamado por los fran­ceses impropiamente Fandango, las parejas bailan separadas o formando corro, sin enla­zarse jamás; pero mucho habríamos de vaci­lar para discernir origen vasco a este género de danza, no obstante haber tomado carta de naturaleza en el país.
 
          En España, Andalucía, sobre todo, es la mujer quien baila delante de los hombres. La tradición oriental y africana de las bayaderas se acusa así, como se revela en la sig­nificación altamente sensual de la danza, real­zada muchas veces por movimientos lúbricos de caderas y vientre. La jota y algún baile castellano se apartan de ello en cuanto se acercan al baile “suelto” de los vascos, pero la honestidad queda siempre más a salvo en éste.
 
Toda una mentalidad separa a los dos pueblos. Ella se acusará, tanto y más aún. en el terreno de la organización social y has­ta en el de las concepciones abstractas. El desprecio al trabajo, su estimación como ac­tividad inferior, propia sólo de los más hu­mildes, ha sido afirmada por infinidad de es­critores como característica española. El hi­dalgo castellano de antaño, ascendiente del “señorito” actual, tiene a deshonor entregar­se a ninguna otra actividad que recorrer las calles y frecuentar los mentideros. Los espa­ñoles Cervantes y Quevedo, al frente de una legión de escritores en la que forma el fran­cés Lesage, nos han legado portentosos retra­tos y sorprendentes caricaturas de tal perso­naje, al que ni la miseria misma obligará a dedicarse a esfuerzo reproductivo alguno: se lanzará a la calle con el vientre vacío, pero cuidando antes de desparramar sobre gorguera y traje más migas de pan que finjan des­cuidados restos de una opulenta comida, o con un palillo en la boca que levante a sus dientes “falso testimonio de sucios estando limpios"; recurrirá al expediente, a la aña­gaza, a la estafa más o menos disimulada, al crédito sobre propiedades que no existen, a la sopa vergonzante de los conventos, a la pro­tección de Dulcineas de baja estofa... Nada de ello aparecerá a sus ojos como empañador de sus pretendidos o verdaderos pergaminos. Pero sería injuria grave a sus mayores pro­ponerle siquiera consagrar sus ocios al estu­dio, a la simple lectura; cuanto menos a la explotación de tierras, al comercio, a un me­dio licito cualquiera de granjeria. Quien tal hiciera, podría considerarse bien librado si el hidalgo se limitaba en su contestación a lle­var amenazadoramente la mano al puño de su tizona. Su heredero el “señorito” sería ta­chable en globo de idéntica mentalidad si en alguno de ellos el rio de oro que la guerra de 1914 hizo entrar a España, creando grandes fortunas, no hubiese despertado la verdadera envidia, haciéndoles participar en alguna de las actividades que tanto despreciaban.
 
          De entonces sólo data el trabajo en indi­vidualidades españolas pertenecientes a esta clase social. En tanto que los vascos, univer­salmente nobles, laboraban sus tierras o se entregaban a la navegación y el comercio. Y, Gante, Amberes y Brujas atestiguan en el con­tinente durante las edades media y moderna y declaran para la misma época los puertos de las islas Británicas. El vasco ha tenido siempre, y aún conserva, por contraposición al español, la idea arraigada de que no es el trabajo sino la ociosidad la que deshonra. Y gracias a esa idea, el País Vasco, el menos rico agrícolamente de los de la península, ha logrado siempre figurar a la cabeza de todos ellos en punto a nivel de vida, bienestar gene­ral y riqueza individual y colectiva, asegura­da ésta por una administración del bien pú­blico, tan meticulosa como honrada y pruden­temente llevada. Las Juntas Generales hasta 1839 y sus Diputaciones más tarde han sido consideradas por sus administrados, como ga­rantía del derecho común, salvaguarda del in­terés privado, repartidoras justas de las cargas y fomentadoras de la iniciativa- particular y las riquezas comunales. Concepto del Estado opuesto diametralmente al mantenido por el contribuyente español, que, según declaró en las Cortes de Madrid don Antonio Maura, en­tonces presidente del Consejo de Ministros, no conoce la organización estatal más que “por la Guardia Civil y el recaudador de contribu­ciones”. Herencia también africana y árabe, cuya administración en la península se basó únicamente en dos principios: el de exigir a los cultivadores de los latifundios creados una porción de la cosecha que oscilaba entre la quinta parte y la mitad de los frutos recolectados; y el de apoyar la recaudación de tan enorme carga con el empleo de una guardia formada por mercenarios sirios, berebe­res, eslavones o de otros países.
 
          Sin amor al trabajo, con una administra­ción apenas superior al sistema razzia, en el que nació; abiertos a su ambición la feraci­dad y las enromes riquezas de un nuevo mun­do ¿será de extrañar que el pueblo español, al que ya empujan en tal sentido las heren­cias atávicas del árabe y del africano, admi­ta como medio no ya lícito sino honorable de adquisición el derecho de la fuerza, el dere­cho de conquista?
 
Hemos visto a un Fernando V estimarlo así en el caso de Navarra; las tropas del Du­que de Alba lo proclaman bajo Felipe II pa­ra el reino de Portugal; Felipe V aduce cíni­camente ese derecho para despojar a Cata­luña de sus libertades. Y América, en sus dos hemisferios, conoce la aplicación de tal prin­cipio gracias a la espada de los que por an­tonomasia han sido llamados los “conquista­dores”.
 
          Mentalidad de la época, se dirá para el último de los casos, y compensada por la aportación a países salvajes de una cultura y una religión superiores. Pero antes que Co­lón habían llegado a América los vascos, co­mo hoy aparece probado, y se instalaron allí con permanencia que atestigua la toponimia euskérica descubierta en Terranova. Y los vascos no conquistaron un solo palmo de te­rreno, sin que pueda alegarse su debilidad militar cuando tres o cuatro centenares de es­pañoles, y en ocasiones tres o cuatro docenas de ellos, se bastaban para ganar extensísimos territorios, ocupados por gentes indefensas y en el escaso número que entonces distinguía al continente americano. Y si de llevar la re­ligión cristiana se trata, ¿por qué no seguir el ejemplo del vasquísimo San Francisco de Jabier que en la misma época precisamente, embarca para las Indias y sin el apoyo de una sola espada, evangeliza en aquellas apar­tadas tierras y lleva la cruz al imperio mismo del Sol Naciente? ¿Tendrá acaso menos fuer­za la doctrina por no ir acompañada del ruido de las armas? ¿Fue menos provechosa, por no apoyarse en los soldados, la misión de aquel que escribía “ocurrir muchas veces te­ner el brazo cansado de tanto administrar el bautismo”? ¿No ha escrito un historiador fran­cés que “la historia de San Francisco de Jabier es más grande aún que la de la conquista espiritual de las Américas?
 
          No pretendemos negar la cristianizadora obra llevada a cabo en América por España. Pero es indudable que, a la Cruz del misio­nero, acompañó allí más de lo necesario la cruz de la espada de los conquistadores. Her­nán Cortés, entre otros, llevó demasiado mi­litarmente la evangelización de los pueblos descubiertos y conquistados hasta el punto de que, más de un religioso, hubo de oponér­sele en su deseo de frenar tal cristianísima forma de ganar adeptos para la Iglesia. Aque­llas “conversiones en masa” de judíos y mo­riscos de que hemos hablado, tuvieron en el nuevo mundo imitadores entre los conversores y los convertidos. Los infelices y pacíficos indios creyeron infinidad de veces a lanzada limpia y se percataron de la verdad cristiana a la luz, si no de los argumentos, de la espa­da fulgente, diestra y católicamente esgri­mida.
 
          La concepción católica española es así. “Cruzada” y “Conquista” se confunden en el ánimo del pueblo, y, desgraciadamente, en el de gran parte del clero. El infiel no tiene de­rechos ante quienes se arrogan la represen­tación genuina de la Cruz. Ha de convertirse o perder sus bienes, y hasta su vida misma. Habla de nuevo el África por bocas españo­las; el África, musulmana, educada en las prescripciones del Korán: “Cuando encon­tréis a los infieles, matadlos, asesinándolos; atad fuertemente a los cautivos”; “nada de cobardía; no tratéis con los infieles cuando sólo sois los más fuertes, y Dios es con voso­tros”; “matad a los infieles donde los encon­tréis; apresadles, sitiadles, hacedles caer en emboscadas a menos que no se conviertan".
 
          No puede darse cosa más monstruosa que esta tergiversación, que esta confusión consis­tente en aplicar a la “defensa de la Cruz” una mentalidad y un espíritu musulmanes. Ello llevará a los españoles a llamar “Mata­moros” al Apóstol Santiago y representarlo a caballo alanceando africanos. Les conduciría a esas conversiones en masa. A la quema pú­blica de herejes. Al apoderamiento de los bie­nes del infiel y al destierro o muerte de su persona. A la negación para él de todo dere­cho, natural o positivo.
 
          ¿En los tiempos medioevales tan sólo? ¿En los comienzos y bien entrada la edad mo­derna? No; sino también en los actuales tiem­pos; En la “Cruzada” del generalísimo Fran­co. He aquí el testimonio de un escritor fran­cés del día, George Bernanos, católico, fran­quista en un principio, con un hijo enrolado y con grado de teniente en las milicias de Fa­lange Española, y que residía en Mallorca al estallar el movimiento: “¿Qué es lo que yo he visto funcionar en Mallorca? Un sistema regular de exterminio de elementos de todas clases, juzgados indeseables a la cadencia me­dia de quince victimas por lo menos al día (tres mil en siete meses, cifra suministrada por un funcionario y ciertamente muy por bajo de la cifra real)... Con anterioridad al movimiento, al triunfar el frente popular, no habla ocurrido en Mallorca ningún atentado contra nadie, ni ninguna manifestación vio­lenta ni ninguna huelga revolucionaria, que justificase la adopción de represalias. La de­puración ha revestido pues allí el carácter de una experiencia política, social y —yo me atrevo a añadir -después de pesar mis pala­bras— religiosa, hecha a sangre fría, metó­dicamente”.
 
          Lo que antecede es horrible, pero lo que dice a continuación Bernanos es más horri­ble aún. Nos parecerá asomarnos a una sima espantosa en cuyo fondo ruge el satanismo:
 
          “Esa depuración no se hubiera podido proseguir sin el apoyo de una opinión públi­ca poderosa. La protección moral le fue su­ministrada por la población católica y el cle­ro: un clero que no sólo toleró el sistema, sino que la aprobó en los templos, y en el pulpito y en el confesionario. He dicho lo que yo he visto. Yo pido una información sobre esos hechos. Mi ambición no va más allá”.
 
          No olvidemos que Mallorca fue una de las ciudades españolas que mejor libraron. La cifra de asesinatos es incalculablemente mayor en las demás provincias españolas. Los caídos desde el primer momento bajo Franco y aquellos en que el Gobierno de la Repúbli­ca se sostuvo: las blancas y las rojas; las ca­tólicas (?) y las ateas (?). Porque en el cam­po español se dieron cita las ideologías des­tructoras de Hitler, el comunista disfrazado de dictador, y Stalin, el dictador con disfraz comunista; pero los dos actuaron sobre un cuerpo social y racialmente africano. Los ex­tremistas españoles obraron así, con el senti­do de razzia y exterminio del aduareño que toma parte en un baroud. Los católicos es­pañoles, como los guardianes bereberes de un sultán o reyezuelo del Atlas. El clero, en una buena parte, como el muezzin o el santón que predican la guerra al infiel aduciendo versículos del Korán : “Exterminad al infiel, matadle a menos que no se convierta”
 
          Peor aún: porque aquellos que se conver­tían, que solicitaban un confesor católico en su última hora, no por ello se libraban del pistoletazo en la nuca que el hitlerismo dejó en España como sello de sus procedimientos. Mucho peor aún; porque cristianos sin tacha; hombres de comunión diaria a los que ningún acto civil o militar, ningún delito gra­ve ni falta leve les eran imputables, fueron bárbaramente fusilados, sin la formalidad si­quiera de previo juicio. Infinitamente peor aún; porque sacerdotes ejemplarísimos vas­cos “lo mejor de la Diócesis”, según el testi­monio de su obispo propio; sacerdotes de los que no se podía afirmar sin mentir, actividad política de ninguna clase, fueron llevados ante el muro de ejecución sin haber compa­recido delante del tribunal, juez o simple policía alguno que les permitiera no va de­fenderse, ni aún conocer el crimen, el delito, el hecho o la palabra que se les imputaba. Y para cuando las balas del piquete cortaron, con el aliento, el Te Deum que aquellos már­tires entonaban frente a la muerte, el cuerpo de algunos de ellos, la espantosa tumefacción del torturado rostro, daban fe de la saña con que el vergajo de los sayones había encontra­do satisfacción ya para entonces de mil atávicos rencores, de mil enconados odios re­ligiosos y raciales incubados en pugna an­cestral mensurable por lustros de siglos.
 
          ¡Oh, Padre Vitoria, purísima gloria vasca, a quien el mundo debe los fundamentos del Derecho Internacional! Tú, que en pleno siglo XVI te alzabas contra la ola incontrola­ble del imperialismo dueño del mundo, y que defendías —hasta “imprudentemente” como dirá un simple escritor francés de nuestro tiempo— el derecho de los indios a poseer sus tierras y sus bienes, el derecho natural que ampara a judíos, mahometanos e infieles de toda clase; tú que con anticipación de cua­tro siglos preconizabas una Sociedad de Na­ciones libre de la imperfección que en nues­tros días de convertir en inútil el instrumen­to de paz que ideaste ¿qué no habrías dicho y qué acentos no podrías dar a tu voz para condenar los desmanes bárbaros que, no en la América lejana, sino en tu misma tierra vasca se cometían, en nombre de Cristo, con­tra ejemplares y fidelísimos cristianos? Ha­bía de ser en la misma Salamanca que escuchó tus acentos contra el imperialismo y tu de­fensa del infiel donde el generalísimo Franco asentaría su trono imperial y su ideología de exterminio. Nada de extrañar en un militar iletrado cuando en las aulas mismas donde tú explicaste, un catedrático español sosten­dría pocos años antes de la sublevación fran­quista simplemente "por el hecho de ser ca­tólica la monarquía goda tenía sobre los vas­cos los mismos títulos de soberanía que sobre las demás tribus y razas ya de antiguo some­tidas y asimiladas a Roma... aunque los reyes godos no pudieron hacer efectivo su imperio en la Vasconia y estuvieron con ella en fre­cuentes guerras ora defensivas, ora de con­quista justa". Doctrina koránica, que no cristiana, a la que tú, vasco, cristiano ejemplarísimo consagrado a Dios de por vida, ha­bías condenado en tus “Relecciones”, céle­bres en el mundo, con aquellas rotundas pa­labras:
 
          La infidelidad no quita ni el derecho na­tural ni el humano; y como los dominios son o de derecho natural o de derecho positivo, no pueden quitarse por falta de fe. Ni de los mahometanos, ni de los judíos, ni de ningún otro infiel es licito quitar nada de lo que po­seen por razón de ser infieles".
 
          ¡Vergüenza y baldón para los Gil Robles hispano-católico-musulmanes de toda época, y loor al gran vasco que con tal dignidad y rotundidez tradujo en el siglo XVI el pensa­miento de su nación en punto a las relaciones entre los pueblos y al derecho natural que ampara a todas las razas, a todos los hom­bres, por humildes que sean su estado y su origen!
 
          Porque las palabras del gran filósofo ala­vés expresan fielmente el sentir de su pueblo. El P. Zumárraga se hará defensor de los in­dios en su propia tierra americana. Los vas­cos serán en el nuevo mundo fundadores de ciudades, las más importantes del hemisferio sud-americano. Llevarán a las leyes america­nas, como el doctor Tomás de Otaegui —vas­co de origen y argentino de nacimiento y ciudadanía— reconoce en su libro el sentido de libertad individual, de humana dignidad, que son la característica vasca en la Historia. Ya antes de Otaegui, Jannet americano del Norte, y Menteath y Webster, ingleses, habían hecho el elogio de las instituciones vascas, de las que dicen los últimos; “Ingla­terra ha tomado de ellas lo que hay de me­jor y de más durable en la Constitución po­lítica inglesa”. Lope de Aguirre no vacilará en firmarse “el traidor” con tal de arrancar los pueblos americanos al yugo de la monar­quía española. Ercilla, el poeta bermeotar le­vantará en la Araucana un monumento a la bravura y nobleza de los indios. Fundarán los vascos universidades con Azúa; el derecho po­lítico argentino con Alberdi; agrupaciones protectoras con Zumárraga; libertarán escla­vos con Yermo. Poblarán México con Garay. Darán gobernantes y generales y sabios a to­das las Repúblicas sudamericanas. Serán vas­cos nueve de los doce representantes prime­ros de la ciudad de Buenos Aires. Y, final­mente, para resumir enumeración que llena­ría volúmenes enteros, la sangre vasca de Bo­lívar, dará la independencia a las diecinueve naciones americanas que hoy veneran la me­moria del Libertador por antonomasia, como por antonomasia se llama conquistadores a los españoles primeramente arribados a pla­yas americanas.
 
          El padre Vitoria, defensor “imprudente” de indios e infieles, es, sí, el intérprete, el traductor del pensamiento vasco; y con él, comparten esa gloria sus compatriotas Azpilicueta, el teólogo, Vázquez Menchaca, el crea­dor de la teoría de la libertad de los mares, Miguel de Aguirre, predecesor de Puffendor y Grocio, y Báñez de Artezubieta, primer tra­tadista que echa los cimientos del Derecho Público... Todos ellos respondían en sus escri­tos al llamamiento del genio vasco, forjado en la libertad propia y respetador por tanto de la ajena; como respondían a ese llama­miento con sus actos aquellos de sus compa­triotas que en América llevaron a la práctica los mismos seculares principios.
 
          ¿Cómo y con qué derecho pretende hoy el general Franco “restablecer el imperio es­piritual hispano-americano”? ¿Fundándose en la neutralidad de secretario rural que distin­gue a los Gil Robles españoles? ¿Basándose en el “derecho de conquista” que ellos vo­cean? ¿En nombre de los adelantos explota­dores, de los Virreyes rehacedores de fortu­nas deshechas; de los evangelizadores por la fuerza, de los opresores de esclavos, de los exterminadores de indios?
 
          Vana empresa la suya. Entre España y América se alzan muchos sangrientos espec­tros, bastantes a establecer separación eterna si la neutralidad abierta, democrática, huma­na, de las jóvenes Repúblicas de Sudamérica no cerrara ya las puertas a la estrecha, autori­taria y africana concepción española. Cuan­do pueblos como el español pierden sus do­minios territoriales o espirituales, no los re­cobran jamás. Porque si los españoles no han aprendido nada de la experiencia —bien cla­ra sin embargo y continuada— sus lecciones no caen en olvido para los pueblos que las su­frieron en su vida y en su sangre.
 
Aquellos pueblos, para su dicha, se hallan tan lejos en el espacio de la “Imperial Casti­lla”, como lo están en las opuestas ideologías. Para su desgracia, el pueblo vasco, Euzkadi, a miles de leguas de Castilla por sangre, idio­ma, usos, instituciones y psicología, no se ve separado de aquella más que por la angos­tura del Ebro. Y hoy, ni aún eso; porque los conquistadores lo han franqueado “con botas de caballero y un látigo en la mano”, según magnifica propia confesión.
 
          La nacionalidad europea más occidental del Continente ha sido conquistada por el pueblo más septentrional del África intolera­ble y anárquica. Sólo Dios sabe hasta cuán­do. Pero los vascos tienen fe en sus designios. El patriotismo vasco, hunde sus raíces en la creencia religiosa, y de ella toma fuerza y vigor que los más desatados vendavales no pueden vencer. ¡Qué hermoso éste aferrarse a la Cruz de un pueblo que oye a la tempes­tad rugir sobre su cabeza, y siente a la tierra abrirse con estruendo a sus pies, como si quisiera tragarlo! ¡Cuán consolador sentir ante la barbarie de unos hombres, la incompren­sión de otros, y el abandono de todos, esa esperanza firme en que la Justicia ha de lle­gar un día! Como si le hubiera guiado inspi­ración profética, un gran vasco desaparecido, un gran patriota y un ejemplar cristiano, En­gracio de Aranzadi y Echevarría, para decir­lo todo con sólo enunciar su nombre, escri­bía en su “Nación Vasca” en 1918, sobre el ideal religioso y patriótico de los nacionalis­tas vascos, éstas magnificas palabras con las que deseamos cerrar el presente trabajo.
 
          "Ser patriotas de este modo, es be­ber a raudales, a torrentes, gozo, for­taleza y vida. Para mariposear un ins­tante entre flores, mientras el sol es­tival de la mañana seca el rocío, sobra el ideal religioso. Pero cuando los sol­dados de una Gran Causa, amada y aborrecida con delirio, ven desencade­nar sobre sus cabezas, la furia de las persecuciones que se suceden, unas tras otras, con creciente ímpetu, y el cielo se mantiene negro como el fon­do de un ataúd, y la tierra desfallece en sus cimientos y es barrida en su su­perficie por el vendaval que silba ayes de agonía, citando la luz, el aire, las rocas, los árboles, los hombres honra­dos y los malvados zarandeados por el genio de la destrucción se lanzan so­bre ellos, necesitan para dominar no sólo los nervios sino el corazón y el mismo instinto de la vida, el aliento de la inmortalidad que infunde la fe. Con sus destellos, las mismas líneas del patíbulo señalan la ascensión es­plendorosa de Olivete, y los horrores de la fosa surgen celestialmente trans­formados, como si acabaran de oírse, las notas de las trompas apocalípticas sobre los sepulcros de las cata­cumbas”
 
          Si, de este modo espera la liberación el pueblo forjado al amparo de los Pirineos, cuando el amanecer de la historia hacíase esperar todavía miles y miles de años. ¡Qué cortos aparecen los imperios, qué fugaces las conquistas y las glorias, qué pequeños los hombres, mirados desde tales distancias! Po­bre Franco, pobre homúnculo, que le consi­deras definidor de destinos, creador de im­perios, conquistador de pueblos, fuerte, in­vencible, omnipotente! ¿Te estimarás acaso más grande que César Augusto, más poderoso que Cario Magno, más fuerte que Napoleón? Ellos pasaron, y su tránsito no fue para la Historia más que un fugaz, un relampaguean­te abrir y cerrar de ojos. El pueblo vasco los vio nacer, a ellos y a sus imperios, y para cuando quiso parar mientes en su existen­cia... ¡ya no eran!
 
          Tú, hoy nacido, tampoco serás en un ma­ñana que acaso esté próximo en días. En horas, quizás. En segundos, de todas maneras, para la vida de los pueblos. Y mientras tu cuerpo y tu obra se reducen a polvo, Euzkadi, el pueblo vasco, seguirá su camino: el su­yo, no el que tú, cegado por una vanidad que, ni a soberbia llega, crees haberle marcado con tus botas de montar y tu látigo.
 
          Y ese camino, si de algo valen la sangre de los mártires, y el dolor de las madres, y las ruinas y sacrificios voluntariamente acep­tados, y la resignación ante la prueba impuesta; ese camino será, a escuchar Dios las oraciones y los deseos de tus víctimas, el ca­mino de la libertad vasca, hoy pisoteada por el odio africano de los tuyos, de los campeo­nes de una “Cruzada” que ha ocasionado cien­tos de miles de asesinatos y canta victoria encaramándose sobre la pirámide horrible que forman el largo millón de cadáveres en que se cifra el número total de tus víctimas.
 
          Cimiento harto macabro, malísimo pedes­tal, a pesar de su ingencia, para que sobre él pueda sostenerse mucho tiempo una estatua de gloria.












(del Blog de Iñaki Anasagasti)
Miembro del Parlamento Vasco (1980–1986), Senador en las Cortes Generales de España (2004–2015)
PANTALEÓN RAMÍREZ DE OLANO,
PLUMA DE ORO DE LA PATRIA Y DIRECTOR DE EUZKADI
         Cuantos trabajamos y ponemos nuestro mejor esfuerzo en este EUZKADI de hoy, no podemos olvidar que una gran figura del periodismo vasco planea sobre nuestra publicación y nos anima de continuo para mejorar en cada número.
         Al cumplirse el número cien de esta nueva época, no podemos por menos que recordar su nombre para que sirva no solo de ejemplo a cuantos en estos momentos se preparan para dedicar su esfuerzo a la información, sino para recordar a todas las generaciones la importancia de un Pantaleón Ramírez de Olano que entregó su esfuerzo, su silencio, incluso su salud, en la dirección del EUZKADI, cuando esta publicación era diaria.


                       
         Si bien su figura se marchó de entre nosotros, mucho antes de que las circunstancias nos permitieran demostrarle personalmente nuestra admiración, aún  hemos llegado a tiempo para que su viuda, la que compartió con él tantos momentos difíciles y alegres, nos pueda hacer una reseña de su figura.
         Gracias a la amabilidad de Dña. Florentina Miguel y a la de toda su familia, ha sido posible realizar esta entrevista, que es un poco la entrevista del recuerdo emocionado.
 
       E.- ¿Podrían hacernos una breve reseña de Pantaleón Ramírez de Olano?.
         Familia.- Nacido en el Ciego, era abogado criminalista durante poco tiempo, ya que no le gustaba demasiado, en la misma Vitoria, para pasar casi inmediatamente al campo del periodismo. De hecho, antes de llegar a Bilbao, ejerció de corresponsal en París varios años, y posteriormente en Madrid.
Fue uno de los primeros afiliados en Araba al Partido, región que siempre ocupó un lugar muy especial en su alma, si bien llegó a sentirse totalmente bilbaíno.
         Llamado para incorporarse al periódico Euzkadi, lo hizo primero como redactor y posteriormente, hacia el año 27 o 28, pasó a desempeñar el cargo de director.
         Gran aficionado a los deportes -de joven había sido pelotari y ciclista- sus inquietudes se repartieron por casi todos los campos del conocimiento y las artes, hasta el punto de dedicarse en sus ratos libres a la pintura y la guitarra, siendo considerado por todos, un hombre de gran cultura.
De muy reconocida valía en el campo de la información, ocupó el cargo de presidente de la Asociación de la Prensa en Bizkaia.
         E.- Nos ha presentado en líneas generales la figura de su marido, pero aparte de estas aficiones ¿tenía alguna otra que ocupase el primer lugar, que constituyese lo primordial de su vida?
         Familia.- Su única pasión, incluso más que su propia familia, era la nación vasca. Euzkadi y el Partido. Así se comprende que en el periódico se dedicase a defender tanto a una como a otro, frente a las campañas que se desataban en su contra tanto por parte de los diarios de aquí: La Gaceta o El Ideal, como por parte de los periódicos de Madrid.
         Fruto de esta entrega al Partido fue su presentación a las elecciones a Diputado por Araba, con el fin de restar votos al caciquismo de Oriol. Precisamente en esta ocasión lanzó un manifiesto a la población de Araba, que en palabras de Landaburu: "era una joya como pocas veces se ha escrito".
         E.- Ahora que abordamos el tema de su forma de escribir, tenemos entendido que los lectores conocían inmediatamente sus editoriales. ¿Era cierto esto?
         Familia.- Según los comentarios de las personas conocidas por nosotros, así era. Hasta el punto de que era conocido como pluma de oro, y a este respecto hay que decir que se organizó una suscripción pública pa­ra regalarle una pluma de este metal, así como un lápiz y una escribanía, en la que no se podía aportar más de diez céntimos, con el fin de que no resultase grabado para nadie y todos pudieran contribuir. Suscripción que fue todo un éxito.
         Era un hombre tremendamente trabajador, preocupado continuamente por el periódico, hasta el punto de que no era raro verle en la redacción incluso con fiebre, arropado con varias mantas, por no abandonar su trabajo.
         E.- Cambiando un poco de tema ¿Cómo fue la guerra en Euzkadi para él y por tanto para Vds.?
         Familia.- Vivíamos en Deusto, desde nuestra casa podíamos ver prácticamente todo Bilbao, así como la ría.
         El solía oír todas las radios para tener la mayor información posible así es como, antes de comenzar los bombardeos de Bilbao, ya nos avisó que en esa ocasión vendrían de verdad a bombardear, cosa que sucedió efectivamente. Desde esta misma casa pudimos ver la entrada en Bilbao del primer barco que rompía el bloqueo, el Seven Seas Price, así como la batalla aérea donde cayó el aviador del Río.
         Por supuesto que aun estando un poco retirados del centro de la ciudad también pasamos nuestro miedo con los bombardeos, pudiendo recoger bombas incendiarias que no explotaron, en nuestro propio jardín. Y allí en aquel mismo jardín, se solía colocar él con sus prismáticos para observar el tipo y características de los aviones franquistas.
         También, cómo no, estuvo en Gernika tras el bombardeo para realizar un informe de cuanto pudo ver allí, quedando terriblemente impresionado por aquel cuadro de dolor y muerte.
         A última hora y cuando ya caía Bilbao, se negó a marcharse y nos mandó a su familia por delante, saliendo él con las últimas autoridades del Partido que tuvieron que trasladarse a Francia. Tal es así, que participó en Italia en las conversaciones que con Alberto Onaindia establecieron con Ciano quien les dijo: "Franco matar mucho". Estas conversaciones versaron sobre la situación de los batallones vascos en Santoña.
         E.- ¿Cómo fue su vida en Francia tras la caída de Bilbao?
         Familia.- Cuando llegamos a Francia como era tan estricto, no nos dejó sacar nada más que lo puesto y algo así como cinco mil pesetas, dinero que se terminó rápidamente. Llegamos a Cambó les Bains, donde concentraron a los nacionalistas y que era un lugar para tuberculosos, lo que despertó en nosotros una serie de preocupaciones sin cuento.
         Él había salido en el José Luís Díez barco de la República, pero estuvo poco tiempo con nosotros, puesto que volvió a marchar hacia Barcelona con el fin de organizar el montaje y todo lo relativo a la tirada del Euzkadi en esta capital.
         E.- En Francia, ¿Estaba toda la familia?
         Familia.- Durante la guerra estuvimos separados, ya que un hermano de él, que pertenecía al Araba Buru Batzar, estuvo en la cárcel. Su hijo, preso en Santoña, otra parte de su familia con sus abuelos en Araba y los demás en Francia.
         E.- Luego llegó la ocupación alemana, ¿cómo sortearon esta situación?
         Familia.- Cuando entraron los alemanes en Francia se pensaba que podrían represaliar a los dirigentes vascos y en consecuencia se pensó tomar unos barcos pesqueros que salían de San Juan de Luz para ir a Inglaterra. Pero al llegar a San Juan de Luz nos encontramos con que los alemanes ya habían tomado la ciudad, por lo que hubo que desistir de la idea, al no poder salir los barcos.
         Nos quedamos en Biarritz y el Partido le proporcionó una radio con la que seguía todas las incidencias de la guerra, muchas veces con gran riesgo, puesto que por la calle pasaban continuamente los centinelas alemanes y las interferencias obligaban a subir el volumen de la radio de forma tal que se oía desde la calle. Al mismo tiempo iba marcando en un mapa todos los movimientos de las tropas, en la idea de que la victoria sobre el eje, supondría la caída de Franco.
         E.- Mientras estuvo en Francia ¿seguía escribiendo?
         F.- Si bien siempre fue extremadamente discreto hasta con su familia, sí que podemos afirmar que siguió escribiendo, puesto que le impulsaron a que se presentase a un concurso sobre la guerra en Euzkadi y así lo hizo bajo seudónimo. El premio que ganó con este libro le fue entregado por José Miguel de Barandiarán. También escribió otros libros como: “Un hombre, un clero y un pueblo” así como “Los Vascos no son Españoles”. Pero sabemos que escribió varios más, cuyo seudónimo no conocemos y que desearíamos conocer, por lo que pedimos que cualquiera que tenga idea de este punto se ponga en contacto con nosotros, pues co­mo todos comprenderán este conocimiento tiene para nosotros un grandísimo valor.
         Hasta la muerte de José Antonio de Agirre, siguió pasando información y artículos por medio de Juan Ajuriaguerra.
         E.- En esta situación de guerra suponemos que su aspecto material no sería de lo más agradable, ¿podría hablarnos de ello?
         Familia.- Estábamos completamente aislados del resto de la familia, por lo que había que trabajar en lo que se podía para seguir viviendo, y es curioso resaltar, a modo de anécdota, que a la llegada nos quedamos muy pronto sin dinero y Heliodoro de la Torre, conocedor de nuestra situación nos dio mil pesetas, puesto que él tampoco tenía mucho más.
         José Antonio de Agirre quiso llevarle a París, pero él no quiso ir por estar un poco más cerca de la familia y de hecho cuando llegaron los alemanes, nos fue permitido acercarnos al puente internacional y ver, aunque a distancia, al resto de los nuestros.
         E.- Posteriormente, regresan a Euzkadi, ¿qué nos puede contar de esta época?
         Familia.- Estuvimos en Francia siete años, para volver en plena efervescencia de los insultos a los llamados separatistas rojos, de forma que tuvo varias denuncias, pero sin que nunca hayamos conocido la razón o persona que intervino, las retiraron todas.
         Por esta casa pasaron todos los sacerdotes y burukides perseguidos: Lucio de Arteche, Rezola, etc. Así mismo, en ella se reunían: Antonio Labayen, Cincunegui, Echevarría, etc. Todos los días venía alguno. Era, en fin, el lugar de reunión de todos los que andaban huidos por aquellos años cuarenta, sin que él perdiese su afabilidad ni humor, hasta el punto de que llamaba a este piso la casa de los leprosos.
         Incluso Juan de Ajuriaguerra pasaba por allí con los más raros disfraces y nombres, de forma continuada.
         E.- Tenemos entendido que los últimos años de su vida fueron un tanto penosos para él, pero que aún y con todo siguió conservando su espíritu de trabajo. ¿Pueden referirnos algo de ello?
         Familia.- Los cinco años y medio últimos de su vida los pasó en la cama, al quedar paralítico y por lo tanto más que deprimido, que no lo estuvo nunca, sí se puede hablar de agotamiento progresivo. No obstante el siguió defendiendo sus ideales y su forma de pensar por encima de todo.
         Juan de Ajuriaguerra le acompañó personalmente a la clínica cuando fue operado de próstata, después de la cual volvió a casa, pero ya muy disminuido en su condición física puesto que tenía que estar con una sonda, no podía comer porque se le formaba un espasmo en el esófago. Sufría de descalcificación y estaba a base de suero, pero siguió escribiendo hasta quince días antes de su muerte, producida en el año 1956.
         La familia a su muerte quedamos sin ninguna pensión, puesto que si bien le habían ofrecido que escribiese a Madrid, para pedir perdón él no quiso renegar de lo que fue su vida, aunque fuese a costa de pasar grandes penalidades.
         Sabemos sí, que pasaba información sobre la situación de la juventud en Euzkadi, de lo que pensaba y de lo que le inquietaba, así como de los conflictos que aquí se producían.
         E.- Quizá para terminar, ¿podrían decirnos si antes de morir le quedó algún deseo por ver satisfecho, o algún proyecto por cumplir?
         Familia.- En cuanto a proyectos, se puede decir que siempre deseó que su familia aprendiese euzkera, pero por la guerra, el destierro y los años subsiguientes, no pudo realizarlo nunca.
         Su mayor pena sin duda, fue el marchar de esta vida antes de poder contemplar la caída del régimen franquista, así como la actuación en los gobiernos de la dictadura de una serie de personas que se llamaban vascos y que no solo ayudaban a mantener el sistema, sino que resultaron funestos para su propio pueblo. Incluso José Antonio Agirre, con quien le unía una gran amistad, le escribía de forma continuada, animándole en el sentido que estaba cercano el final de la dictadura.
         Existe una anécdota que nos retrata perfectamente su forma de ver las cosas frente al franquismo, puesto que él que nunca sintió el menor odio por nadie, cuando veía una foto de Franco en el periódico, no podía resistir sin traspasar dicha foto con la patilla de su gafa.









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