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Iparraguirre, José Mª. (bardo)

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IPARRAGUIRRE
Y
EL ÁRBOL DE GUERNICA

BIBLIOTECA BASCONGADA DE FERMÍN HERRÁN
TOMO II
B I L B A O
___________________________
Imprenta de la BIBLIOTECA BASCONGADA
Müller y Zavaleta, Gran Vía 24
1896



   ¡Iparraguirre!
   Acababa de terminar la insurrección carlista, y entre los jóvenes que figuraban en Vitoria manejando, ora el fusil, ora la pluma, se hallaba Julián Becerro de Bengoa, hermano de Ricardo, el cual, en plena guerra civil, al ver que ésta continuaba con más furor entre hermanos, se había marchado a la República del Uruguay a buscar fortuna con su título de Licenciado en Filosofía y Letras y su genio atrevido y emprendedor.
   Los que aquí quedamos tuvimos, poco después, que sufrir la avalancha antifuerista que había condenado a muerte nuestras venerandas instituciones forales. Pero, es claro, como no hay nada que avive tanto el amor como la enemiga a las cosas amadas, a medida o en proporción al vigor del ataque era el entusiasmo que mostrábamos los fueristas.
   La campaña que entonces sostuvimos, sobre todo en aquel inolvidable Porvenir Alavés y en La Paz, está
en la memoria de muchos.
   En aquellos momentos nos empezó a servir de lema de unión fuerista el canto titulado «El Árbol de Guernica», y, naturalmente, al pensar en el inspirado himno, recordábamos al autor, o, por lo menos, su nombre, los que no le habíamos conocido personalmente.
   En tales momentos, fue cuando Ricardo Becerro de Bengoa hizo publicar en La Paz del 16 de Septiembre de 1876, la primera noticia de que Iparraguirre vivía al enviar a este periódico su composición; después encargó a su hermano Julián que le buscara. He aquí el suelto y la poesía:

IPARRAGUIRRE
_______________

   El inspirado trovador vascongado cuyo nombre acabamos de escribir, y a quien tiempo hace dábamos por muerto, ¡vive todavía!
   Un vascongado, tan respetable como querido de nosotros, nos proporcionó ayer mismo noticias y detalles de la vida del pobre bardo euskaro, cuyos cantos hicieron latir tantas veces de entusiasmo el corazón de los vascongados, que hoy sólo guardaban de él una memoria querida.
   Juan Bautista Iparraguirre vive aún en la República Argentina, departamento de Mercedes, en compañía de su mujer, un hijo de quince años y dos hijas menores.
   Iparraguirre, siempre en lucha con la fortuna, no ha conseguido, a pesar de su laboriosidad, que la suerte le sonría. Dedicado en América a la ganadería, lejos de prosperar, se halla casi arruinado y sin esperanza de mejorar su suerte. En cambio, conserva entero su corazón, rico siempre en nobles y patrióticos sentimientos; suspira sin cesar por la tierra vascongada, recuerda a su pueblo natal de Urréchu; y, siempre artista inspirado y poeta de sentimiento, envía los acentos de sus cantos a los jóvenes de Villarreal, a quienes dedica una tiernísima composición, en la cual, entre las estrofas del más dulce sentimiento, vierte consejos saludables y muéstrase su patriotismo de buen español y excelente vascongado.
   El inspirado autor del popular Guernikaco Arbola no alude para nada en esa composición, que es de fecha bastante reciente, a la guerra civil que a la sazón desolaba nuestro país, ni tampoco se refiere a las libertades vascas, cuya desgraciada suerte no conocía a la fecha de esa composición; pero el hombre desengañado vierte cariñosos consejos, combatiendo la emigración vascongada a América; señala patrióticamente a Cuba como el puesto de honor para los hijos de Churruca, y, después de dedicar sentidos y elevados recuerdos al país vascongado, termina haciendo votos porque sus huesos descansen un día en su pueblo natal.
   Tan tierna, tan dulce, tan bien sentida y a la vez tan patriótica, es esa última composición de Iparraguirre, que nos apresuramos a dársela a conocer a nuestros lectores, acompañada de la traducción de las estrofas, para que también sea conocida, aunque muy desventajosamente, por no ser fácil la versión al castellano de la belleza y gracia que le presta el idioma vascongado, por los que desconocen esta lengua:

NERE ERRICO GASTEARI
I
Villareal de Urréchu
nere erri maiteá,
seme bat emen dézu
amorior beteá.
Nai baña, ¿no la icúsi?
Au da lau tristeá,
zuretzat naidet bici,
Urréchu nereá.
II
Bi milla eta seirégun
legua badirá
Montevideotican
Eúscal errirá.
Naiz esperantzétan
etórri baguerá,
aurreratasun gabe
urtiac juan dirá.
III
Bai, nére adisquidiac,
bearda pensatú,
suretzac Americac
nola dau mudatú.
Iñorc emen ecin du
Iamican billatú
orain datorrenári
bear zayo damutú.
IV
Gañera izandégu
emen ere guerra
gure zóri onéan
paquea eguin dá
bañan guerrac ondóren
dacar dictadura
Don Lorenzo Latorre
nagúsi degulá.
V
Ez bada, ez etórri
gaur lur oneterá,
il edo bici obeda
juatea Habanará.
Au da gure bandera
Ezpañaren, onrá,
churrucaren semeac
ara juango guerá.
VI
Agur, adisquideac,
icúsi artean
zuenganatu conaiz
egunen batean.
Esperantzaten bici
nai det bitartean
guero ezurrac utzi
nere lur maitean.

IPARRAGUIRRE.


(Traducción.)
A LOS JÓVENES DE MI PUEBLO
I
!Oh Villarreal de Urrechu, mi pueblo
querido! Aquí tienes un hijo que te ama
con todo su corazón. ¿Pero cómo podré
volver a verte? Esta duda me entristece;
pero de todos modos, ¡quiero vivir para tí,
mi querido Urrechu!
II
Lo menos 2.600 leguas hay desde Montevideo
a la tierra vascongada, y sin
haberse realizado mis esperanzas de tornar
a ella, he perdido todos los recursos con
que contaba para realizarlo.
III
Es necesario, mis queridos amigos, convencerse
de que América ha cambiado
completamente para nosotros. Aquí nadie
encuentra ya dónde trabajar con fruto, y
todo el que ahora viene no tarda en arrepentirse
de haber venido.
IV
Además, hemos tenido aquí guerra, y
aunque felizmente se ha restablecido la
paz, la guerra ha dejado tras sí la dictadura
que ejerce el presidente D. Lorenzo
Latorre.
V
fijo vengáis, no, a esta tierra. Para vivir
o morir, más vale que vayáis a la Habana.
Allí está nuestra bandera, allí está la honra
de España, y allí debemos ir los hijos de
Churruca.
VI
Adiós, amigos míos, hasta que nos veamos,
pues algún día iré a reunirme con
vosotros. Con esta esperanza viviré entre
tanto, y después iré a dejar mis huesos en
nuestra tierra querida.

   Éramos pocos los vascongados que enardecíamos la campaña, pero hay que confesar que éramos activos, y que nuestras manifestaciones, de un género u otro, llegaban a todos sitios y también llegaron a San José, República del Uruguay, donde vivía Julián Becerro de Bengoa, y en momento bien oportuno. Este, haciendo una visita de instrucción pública por los pueblos del Uruguay, se paró a descansar, después de larga jornada a caballo, en un bohío o rancho, y contempló desde la parte afuera de la ventana una habitación pobre y sucia, dentro de la cual había varios chicos y mujeres y un anciano de luenga y blanca barba, que se hallaba tocando la guitarra y cantando. Ocurrióle preguntar quién era el dueño de aquella estancia, y como oyese el nombre de Iparraguirre, replicó que de dónde era, y al oír que de Guipúzcoa, le ocurrió si sería el autor del Guernica, que se hallaba ya perdido y olvidado para los vascongados de España. Acaso no le hubiera ocurrido semejante idea a no estar frescos aún los recuerdos de nuestras campañas fueristas, que habían llegado a su conocimiento por nuestras publicaciones. Habló con él, se convenció de que era el mismo que había sospechado, y le faltó tiempo para escribírselo a su hermano, Ricardo Becerro de Bengoa, que se hallaba en continua y constante correspondencia conmigo, y que inmediatamente me lo comunicó. Entonces empezó nuestra campaña para traerlo a España, y, gracias a la magnanimidad de los españoles residentes en América, Iparraguirre volvió a pisar su país, siendo saludada su venida con el siguiente artículo que publicó en mi Revista de las Provincias Ricardo Becerro de Bengoa, y que reprodujo toda la prensa vascongada; pero poco antes se había publicado en La Paz, periódico que tanto había contribuido a la venida de Iparraguirre, el siguiente entusiasta llamamiento:


Iparraguirre
_______________

   La Euskal-erría debe estremecerse de gozo al saber que dentro de pocos días estará entre nosotros el bardo entusiasta, el inspirado poeta vascongado, aquél que, con armoniosa y potente voz, acompañado de su inseparable guitarra, iba, como los antiguos trovadores, cantando de fiesta en fiesta, de romería en romería, electrizando a la concurrencia, lo mismo en el escenario de un teatro que en la verde montaña, comunicando a sus numerosos oyentes el entusiasmo que él sentía, y haciendo a veces que el llanto mal comprimido se desbordara cual impetuoso torrente que rompe su dique.
   ¿Qué placer, qué dicha puede igualarse a la que experimentará el insigne autor de ese sublime canto, de ese himno de nuestras libertades, del Guernicaco Arbola, cuando pise esta tierra tan cantada por él y tan suspirada en varios de sus zortzicos, y no ha mucho en los sentidos versos que dedicó a los jóvenes de Villareal de Urrechu, su pueblo natal.
Iparraguirre vuelve pobre; la fortuna no le ha sonreído, ni mucho, ni poco; pero su alma es rica en sentimientos de amor a su país, y este amor, lejos de entibiarse con tan prolongada ausencia, aún es mayor
ahora, si cabe.
   El 20 del corriente mes desembarcó en Burdeos, procedente de la República Argentina. Según noticias, los vascongados residentes en aquella ciudad le obsequiaron mucho, y sería inferir una ofensa el pensar siquiera que Guipúzcoa y su capital no recibirán dignamente al popular cantor vascongado.
   Sus esperanzas se han realizado. El hacía votos porque la Providencia le dispensara la inmensa felicidad de volver a su erri maitia, y al fin le ha escuchado.
   De mañana a pasado se le espera en esta ciudad.
   El país está de enhorabuena, y particularmente el laborioso escritor D. José de Manterola, quien podrá enriquecer su «Cancionero Vasco» con nuevas y más brillantes composiciones.

La Paz, 24 de Octubre de 1877.



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Biblioteca Bascongada
TOMO, DOS PESETAS
Esta obra llegará a formar la historia foral, literaria, artística, industrial y comercial de las cuatro provincias basco-navarras.
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Se imprimió en julio de 1896



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