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Iparraguirre, José Mª. (bardo)

Escritos sobre música > TEMAS GENERALES > Iparraguirre, José María (bardo)



IPARRAGUIRRE
Y
EL ÁRBOL DE GUERNICA

BIBLIOTECA BASCONGADA DE FERMÍN HERRÁN
TOMO II
B I L B A O
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Imprenta de la BIBLIOTECA BASCONGADA
Müller y Zavaleta, Gran Vía 24
1896

Después de su recibimiento en Vitoria, Iparraguirre marchó a Madrid, y, al pasar por Venta de Baños,
tuvo el gusto de abrazar a su muy querido amigo Ricardo Becerro de Bengoa, el cual publicó a los pocos días, en La Paz del 16 de Febrero de 1878, el siguiente artículo:


    Querido director: Anoche, a las altas horas, en compañía de muy pocos, pero buenos amigos, al recibir y obsequiar al incomparable bardo euskaro, al autor del Guernikaco- Arbola, me recordaba éste, entre sus íntimas y cariñosas confianzas, cuánta gratitud le debe a usted y a su valiente diario La Paz. Anoche, en el primer abrazo al poeta, hicimos el primer conocimiento; y una vez más, al verle anciano, modesto, invariable, con su querida guitarra debajo del brazo, se aumentaron hacia él las simpatías que en mi pecho, como en el de todos los vascongados, nacieron en repetidos días, cuando el eco de sus canciones y el relato de sus extrañas y múltiples aventuras nos enseñaron que había en nuestro pueblo un tipo de los pasados tiempos, un poeta que no escribía, un trovador que cantaba, un genio errante, con una epopeya legendaria por hoja de servicios, con una cabeza escultural y con un corazón de niño.
    Iparraguirre resucitado, recibió en América el socorro fraternal de sus paisanos y de sus admiradores de diversas naciones, y, animado por ellos, y por su protector decidido, aquel animoso Romero Jiménez, que en las orillas del Plata ha sabido imponerse a todos los corazones, vino hace poco tiempo a su país, que, como hemos visto, lo ha recibido con los brazos abiertos.
    Villarreal de Urecha su patria primero, Tolosa y San Sebastián después, y luego Vitoria, han dado su cordial bienvenida al pobre expatriado, y no ha habido corazón generoso que no le haya llamado amigo, ni caseros que no le hayan abrazado, ni damas aristocráticas que no le hayan abierto las puertas de sus salones, ni literatos que no se hayan apresurado a saludarle. Después de su visita al país, acaba de marchar para Madrid. Hoy se encuentra entre ustedes. Va a pedirá los vascongados de valía y de influencia que trabajen por la realización de su sueño dorado, que procuren que el país le conceda los pocos medios que su sencillez necesita, para pasar la vejez en Guipúzcoa, para terminar en paz el Calvario de su vida, para que sus huesos descansen un día, no en las tristes soledades de las pampas argentinas, sino en las hermosas riberas del Urola, al pie de las cuestas de Izazpi y de Irimo.
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    Bajo el prematuro sudario de su anticipada vejez, Iparraguirre, coronado de canas, siente latir aquel corazón que a los veinticuatro años le hizo el héroe de los músicos y poetas populares vascongados. Alto, delgado y encorvado un tanto, ostenta una cabeza respetable. Los pesares, muchos pesares, han despoblado la cima de su frente varonil, y han teñido de blanco su romántica cabellera. Los rizos de sus cabellos dan a su especial fisonomía extraño carácter. Dulces y vivos sus ojos, esos ojos verdaderamente serenos, que no ocultan doblez propios del guizón vasco, se encienden cuando el bardo canta.
    La barba nevada, lasa, áspera y extensa, arranca desde los pómulos hasta el pecho, y presta patriarcal y admirable aspecto a su figura. Las arrugas de su rostro y de sus manos son más numerosas que sus canas, como si el tiempo, al través de su reñida y errante existencia, hubiera querido dejar impresas en ellos, por cada día triste, una huella. Viste modestamente, cual conviene al que ha sido toda su vida poeta, y veinticinco años de ella, pastor, Iparraguirre ha cuidado ovejas durante ese tiempo, en las orillas del río Negro, en el Uruguay. Su vieja y desvencijada cartera es un relicario; en ella están los retratos de su esposa, una digna expatriada, natural de Alegría, y de sus ocho hijos; los de sus amigos del alma, varias cartas para él de inmenso precio, y sus últimas poesías. Su mano derecha se apoya en un humilde bastón; debajo de su brazo izquierdo va la guitarra, su lira popular. Bardo y aventurero, lo fue de veras en sus gustos e inclinaciones; idealizó a las mujeres y las amó con prodigalidad; hoy, fuma a menudo, y gusta, con especial complacencia, del amistoso y entonador sorbo en la mesa frugal, cuando los paisanos que le quieren, beben con él a la salud de la noble y apartada tierra.
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    Estudiante y soldado, rondador constante de las letras, su ilustración no es vulgar, por más que en él ha podido siempre más la poesía espontánea y sin trabas, que la rimada severidad del estéril maestro académico.
    Francia, Italia, Suiza, Portugal y América, le han enseñado la ciencia práctica del mundo y de la vida, y, en todas esas naciones, su numen y su música han deleitado a las gentes, y han hecho popularísimo su nombre. Como electrizó un día a los vascongados cantando en medio de las campas de las romerías el himno al Roble Santo, así sacudió el entusiasmo de los demócratas franceses entonando la Marsellesa en las jornadas del 48; y así hizo sentir al pie de los Alpes, en los populares conciertos, cómo los cantores españoles saben entrelazar deliciosamente los acordes de la guitarra con la tierna cadencia de las cantigas nacionales. Sus muchos arrebatos musicales de las provincias le valieron dos o tres destierros de España; sus ecos en Toulouse le arrojaron de Francia, después de pasar por ochenta cárceles; y , al fin, en la solitaria extensión de las latitudes uruguayanas,
descansó el pobre. Iparraguirre canta en francés como el mejor y el más satírico de los concertistas populares. Anoche, dos ingenieros franceses, al oírle, le contemplaban asombrados.
    —Este hombre —me decía uno de ellos— ha debido arrebatar de entusiasmo en sus buenos tiempos; esa cabeza es la verdadera cabeza del cantor querido de las muchedumbres.
    Canta en italiano con vivo sentimiento, y en castellano de todas maneras; triste unas, picaresco otras, como en los mejores días de su entusiasmo popular.
    Nos recordaba anoche aquella tiernísima rima del inspirado Abedmár, que tantas y tantas veces dice que entonó desde lejos, en su destierro, con lágrimas en los ojos; anoche la cantaba:
«¡En la playa extranjera
qué triste es vivir!
¡Ay, patria, dulce amiga!
¿Qué es la vida sin tí?»

    Y, al través de sus palabras, entreveía yo con qué intensidad estos versos habrán desgarrado su corazón por espacio de muchos años. Doblada sobre la frente el ala de su ancho sombrero, fijos los ojos en el cielo, y sacudiendo con rapidez los bucles de su blanca cabellera, al mover la cabeza al compás de sus crispados dedos, que pulsaban las cuerdas de la guitarra, ¡qué extraño y qué típico me parecía el cariñoso José Mari, al entonar esa triste endecha! Los circunstantes, estos sencillos castellanos, no acostumbrados a ver hombres de esta clase, le contemplaban en corro sorprendidos. La voz de Iparraguirre ya no es la voz del artista; va a cumplir el poeta sesenta años; las cuerdas de su garganta ya no vibran como la potencia de su imaginación, como su pecho siempre joven. Dado por naturaleza a la sátira y al verdadero humor, sonríe sin cesar, recita en francés y en andaluz agradables composiciones, y alegra una reunión con su jovial espíritu, como en los días de su juventud.
    —Algunos extrañarán que sea usted tan jovial,— le dije.
    —¡Pche! ¿Qué quiere usted?— me contestó.— De joven leí a un filósofo que decía: «La alegría engendra la bondad; sólo los tiranos son graves y formales.
    Estoy con Iparraguirre; y aseguro que no he conocido un sólo hombre serio que tenga algún mérito, ni en
su inteligencia ni en su corazón. La alegría engendra la bondad.» Es cierto; Iparraguirre, uno de los genios más alegres del mundo, es la bondad personificada. Todos los hombres dignos le quieren; sólo los espíritus superficiales y los tontos le desprecian, porque ha sabido toda su vida sentir, y porque no ha sabido tener mucho dinero.
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    Iparraguirre es el autor de los mejores himnos vascongados y de las más tiernas canciones del pueblo euskaro. Nuestra generación ha aprendido a pronunciar su nombre desde los primeros años de su juventud. Iparraguirre dejará ese nombre querido en la historia del país vascongado. Ahora bien: repitiendo la indicación que tantos paisanos han hecho, ¿consentirán las Provincias vasconavarras que vuelva el poeta a su triste soledad de América, y que allí, en medio de su dilatada familia, maldiga del mentido entusiasmo que los vascongados tendrían por su tierra, si le abandonaran hasta el punto de que las cenizas del pobre bardo se perdieran olvidadas allende el Océano?
    ¿No ha pasado por muerto muchos años, y se decía entonces en todos nuestros pueblos que era una gloria vascongada, lamentándose las gentes de que, pobre, mísero y olvidado, hubiera desaparecido lejos del país, y que en las grandes festividades aun entona y entonará siempre sus inspirados zortzicos?
    Pues bien; si, como al anunciar su vuelta, se propuso en la prensa que las cuatro Diputaciones le concedieran una modesta pensión, corta e insignificante para cada una de ellas, y suficiente, en suma, para él, se acuerda esta justa distinción, el país vasco-navarro dará un gran ejemplo y será acreedor a la gratitud de las generaciones venideras. Yo lo espero así; yo espero que el poeta podrá traer a España su amante familia; y que, asegurado en su modesto hogar por Álava, Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra, por toda la euskal-erría, pasará su vejez poniendo en verso la hermosa lengua vascongada, los cuadros de la vida montañesa y las memorias del pasado. En esa cartera vieja de que he hablado, hay una carta de un vascongado ilustre, del bizarro y pundonoroso general Lersundi, fechada en Madrid en Febrero de 1865, y dirigida a José Mari; en uno de sus párrafos dice así: «Si en nuestro país hubiera habido buenos hijos, no debieron consentir que usted se alejara de la tierra vascongada; debieron señalarle una pensión anual, con que viviera usted desahogadamente, en cambio de un número de composiciones que usted entregaría a la Diputación todos los años. De ese modo hubiera usted legado a las generaciones venideras un Cancionero vascongado, que hubiera honrado a usted y al país.»
    Como pensaba el bravo general pensaban y piensan hoy muchos en el país. Iparraguirre no volverá a América. Las Diputaciones consignarán con honra en sus presupuestos la pensión al popular poeta.
    En otro caso, que no debe llegar, los particulares retendrían al anciano cantor, entre sus montañas, con sus donativos. La tierra de Lasala, de Urquijo, de Adaro, de Zabálburu, de Zulueta y de tantos otros euskaros poderosos; el país donde pobres y ricos, ilustrados y vulgares, aman a sus recuerdos con idolatría, no tendría un sólo hijo que se negara a dar su óbolo para Iparraguirre. Muchas ilustres señoras guipuzcoanas, tan hermosas por su rostro como por su corazón, se han dicho: ¡Nosotras traeremos a la esposa y a los hijos del poeta! Pero no es preciso; el país lo hará, porque debe hacerlo.
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    Quisiera que estos párrafos, escritos lejos de las Provincias, agradasen a mis amigos como agradarán al alma de José Mari, a quien acabo de abrazar despidiéndole, y que mis distinguidos compañeros los redactores del Irurat-bai, del Noticiero y del Lauburu; los de La Correspondencia de San Sebastián y los de la Revista Euskara, se tomasen la molestia de reproducirlos, en obsequio al ilustre cantor euskaro, que ha cruzado el Océano, ayudado por nuestros paisanos del Sur de América, para pedir hospitalidad a los que tenemos la dicha de vivir en España.

RICARDO BECERRO DE BENGOA.
  Venta de Baños, 14 Febrero 1878.

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    Pero pasaron los entusiasmos del país, vino la calma, y el mísero bardo que, con una de sus canciones, nos ha dado la bandera popular del fuerismo, fue quedándose sólo y sin medios para remediar su precaria situación. Entonces comenzó el Calvario que, mejor que ninguno, lo pinta él en las siguientes cartas, que transcribo íntegras, porque reflejan bien su situación en aquellos momentos:
    Hernani 27 Noviembre 1876.
    Mi querido Fermín: Recibí tu carta, y también el modelo de una solicitud que me aconsejas haga a la Diputación; pero bien sabes que para eso debería yo principiar por la de Guipúzcoa; pero estoy convencido de que nada adelantaría, pues bastante se ha hablado en ese sentido por Becerro, Loredo, etc., y ni siquiera se han dignado atender ni decir absolutamente nada.
    Soy franco; no espero nada de las Diputaciones actuales, que son provinciales; será preciso buscar otro medio de salvación.
    La necesidad me ha hecho salir del escondite de Chapártegui; desearía que, cuanto antes, se tomase una determinación, para que pueda contar con algún recurso y dedicarme al trabajo. En esta villa de Hernani, me obsequian a porfía, y esperan haré algo referente al memorable sitio.
    No voy a San Sebastián, pues quiero esperar el resultado del plan que con tan buena voluntad queréis poner en práctica.
    Adiós, querido, escribe siempre por Zumárraga, en Chapártegui.
    Siempre tuyo,
JOSÉ MARÍA DE IPARRAGUIRRE.



Madrid 20 Abril de 1878.
    Mi querido amigo D. Fermín Herrán: Algunos amigos residentes en esta corte, los más de ellos vascongados, han pensado abrir una suscripción en La Paz; pero son de opinión que las Diputaciones deberían encabezarla con poco o mucho, para que aquélla tenga un éxito satisfactorio; pienso que usted opinará de igual manera; y como yo no tengo relaciones con los señores Diputados de esa M. N. y M. L . provincia de Álava, agradeceré hable usted en el sentido indicado, pues esta es una gravísima cuestión de vida ó muerte: o gozar en mi amada tierra, rodeado de mi querida familia y de mis amigos, o ir a morir con terrible spieen en las soledades de América del Sur.
    Aprovecho esta oportunidad para saludar a mis queridos amigos de esa; y usted no deje de escribirme cuanto antes, dándome buenas o malas noticias, pues la estación avanza y la grandeza de esta Corte sale a veranear a principios de Junio; si a usted le parece, se puede hacer una respetuosa solicitud; en fin, el Sr. D. Sotero Manteli, Becerro de Bengoa y mi sobrino Julián Quiroga, le ayudarán; D. Ricardo Becerro supongo que seguirá en Palencia, y pienso escribirle mañana.
    Dispense el estilo franco y familiar, y no olvide a éste su verdadero amigo y entusiasta paisano que verlo desea,

JOSÉ MARÍA DE IPARRAGUIRRE.
Calle de Capellanes, número 14, principal.»
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   Miguel Loredo, director de La Paz, Becerro de Bengoa, Arturo Campión y yo, vivíamos en constante correspondencia, ideando medios para proporcionar a Iparraguirre la subsistencia. El día 5 de Junio de 1878, abrimos en La Paz una suscripción a favor de:

IPARRAGUIRRE
    «El viejo trovador euskaro; el inspirado autor del Guernikaco-Arbola; el que con su tierna y delicada poesía ha hecho vibrar tantas veces las fibras del sentimiento popular, necesita hoy de nuestro humilde concurso, y ciertamente que no se lo hemos de negar.
    Lejos de su familia, que aún se halla en las márgenes del Plata; sólo, y teniendo que luchar con mil contrariedades que le cercan, encuéntrase nuestro Iparraguirre en una situación difícil, que hace preciso el cariñoso apoyo y concurso generoso de todos los buenos vasco-navarros.
    En nombre del patriotismo, por no invocar otros motivos, excitamos a todos nuestros amigos y paisanos a que procuren aliviar la suerte de ese pobre anciano, digno por tantos títulos del respeto y del amparo de todos los que llevamos un nombre vasconavarro.
    Hay desgracias que no pueden ser miradas con indiferencia, sin ofensa de nobles e hidalgos sentimientos.
    Hombres como Iparraguirre no deben sentir los tristes efectos de la pobreza, mientras los hijos de la familia euskara conozcan sus privaciones y sus necesidades.
    Y, sin embargo, la situación de nuestro querido trovador euskaro no es nada lisonjera.
    Sabedores de ello varios de nuestros paisanos, han promovido una suscripción; y, autorizados por el Sr, Iparraguirre y accediendo a sus ruegos, abrimos hoy las columnas de este periódico para recoger donativos y publicar las listas de los donantes.
    Con este motivo, hacemos una patriótica excitación a nuestros paisanos de las Provincias Vascongadas y Navarra, y a los que residen en esta capital, para que acudan con su generosidad y con su patriotismo a socorrer la desgraciada situación en que se encuentra Iparraguirre.
    En esta Redacción admitiremos toda clase de cantidades, por modestas y humildes que sean, y creemos que nuestros apreciables colegas vascongados secundarán con su ilustración este pensamiento, a fin de que la suscripción dé los resultados que todos apetecemos.
    Iparraguirre, cuyo nombre repiten con entusiasmo y con cariño todos nuestros pueblos, es digno y muy merecedor de cualquier esfuerzo que se haga para aliviar su desgraciada suerte.»
(La Paz, 5 de Junio de 1878.)




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Biblioteca Bascongada
TOMO, DOS PESETAS
Esta obra llegará a formar la historia foral, literaria, artística, industrial y comercial de las cuatro provincias basco-navarras.
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Puntos de suscripción y de venta, en las principales librerías, y en Bilbao en la
ADMINISTRACIÓN, GRANVIA , 24.

Se imprimió en julio de 1896






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