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Iparraguirre, José Mª. (bardo)

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IPARRAGUIRRE
Y
EL ÁRBOL DE GUERNICA

BIBLIOTECA BASCONGADA DE FERMÍN HERRÁN
TOMO II
B I L B A O
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Imprenta de la BIBLIOTECA BASCONGADA
Müller y Zavaleta, Gran Vía 24
1896


I
    El Guernica y sus tres periodos: Composición, propaganda y generalización.—Cómo se compuso y dónde se cantó por primera vez El Guernica. —Efecto que produjo y su propagación.— Conmoción que causó en el país vascongado cuando lo cantó Iparraguirre.—AItuna, colaborador de Iparraguirre.— Cómo pinta don Pedro de Egaña a Iparraguirre y a El Guernica.—Mi juicio sobre El Guernica.—Necesidad de una traducción castellana.

    Este zortzico, llamado en el lenguaje familiar El Guernica, —aunque su nombre es en vascuence Guernicaco Arbola y en castellano El Árbol de Guernica,— tiene tres épocas bien distintas y señaladas, en cada una de las cuales aparecen los principales factores de su significación actual: su composición, en la que sólo se ve la figura de su autor, un joven aventurero, lleno de entusiasmo por los ideales y de amor por el obscuro rincón de la Península en que viera la luz por primera vez; su propaganda, rápida y completa, en el país a que estaba consagrado, y que veía en este himno simbolizados todos sus recuerdos, todas sus esperanzas, todas sus dichas y sus glorias, y, en ella, el pueblo vascongado se impregna más y más de lo que corría peligro de ser olvidado, dadas las corrientes del -siglo; y su generalización o universalización en todo el país euskaro, en el que no hay uno que no lo conozca y cante, hasta el punto de haberse convertido en el himno puro y genuinamente vasco que, a su mérito literario, une el sentimiento que palpita en cada una de sus estrofas, sentimiento que le transforma en un pueblo que quiere gobernarse a sí mismo, sentimiento basado en la convicción de la justicia y el derecho que asiste a los habitantes de este país a regirse y gobernarse por sus antiguas y queridas leyes, con las que por tantos siglos vivieron felices sin mengua ni daño de otras regiones de España.
    El Guernica, lo compuso Iparraguirre estando en Madrid, a donde había llegado para dirigirse a sus provincias queridas, tras de veinte años de estar alejado de ellas. Había por entonces, en 1853, en Madrid, muchos vascongados, estudiando la mayor parte de las diversas carreras facultativas o profesionales, dedicados otros al comercio o a los negocios, constituyendo una colonia bastante considerable, cuyo núcleo principal tenía por punto de reunión el café titulado de «San Luis», en la calle de la Montera. Una noche, previo aviso de que el bardo eúskaro se proponía dar a conocer un nuevo zortzico suyo, dedicado al árbol de Guernica, juntáronse la mayor parte de los vascongados residentes en Madrid, en tan modesto establecimiento, guardando impacientes la llegada de Iparraguirre. Presentóse éste, y, acompañado al piano por otro vascongado, don Juan José Altuna, —que es, probablemente, el autor de la música de El Guernica,— cantó su característico e inmortal himno, de tal manera, que el entusiasmo rayó en delirio, y, tras una tempestad deshecha de aplausos y aclamaciones, los que lo escucharon y aprendieron, que fueron muchos, lo cantaron a última hora en coro, vitoreando a sus autores. Desde entonces quedó consagrado El Guernica, y no tardó en ser conocido y entonado por todos los vascongados residentes en Madrid, que lo llevaron a su país, donde se propagó hasta en los más ignorados caseríos, despertando entusiasmo y sentimiento de amor a las instituciones vascongadas.
    Cuando un año después de compuesto y cantado, Iparraguirre llegó a su país, recorriendo los principales pueblos, villas y caseríos, cantó en todos ellos su original himno, produciendo los mismos efectos donde quiera que su voz varonil, que acompañaba con su guitarra, entonaba las viriles estrofas de aquel canto inspirado, enardeciendo los ánimos y derramando en ellos el consuelo, la alegría y la esperanza que tan admirablemente había sabido expresar.
    Mas, sucedió que, una vez, en una de las romerías tan frecuentes en el país vascongado, y en las que el espíritu religioso no es obstáculo a la expansión y al júbilo de un pueblo honrado, trabajador y sobrio, Iparraguirre, que era la nota obligada de estas fiestas, entonó su patriótico canto ante una multitud inmensa, siendo tal el frenesí que aquellas notas dulces y enérgicas produjeron en los que las oían, que a la admiración sucedió el entusiasmo; vino después el delirio y, espontáneamente, se produjo una manifestación, si tranquila,
imponente, por el número y por las circunstancias. Llegó esto a conocimiento del Gobierno, el cual, temiendo infundadamente otros extremos, desterró a Iparraguirre del país vascongado, pues llegó a creer que su influencia y popularidad serían causa a producir algaradas y trastornos que estaban muy lejos del ánimo de los honrados y pacíficos vascongados, que se contentaban con amar y respetar sus fueros y desear su perpetua conservación. Pero, si un poder desconfiado pudo alejar la causa de aquel renacimiento del espíritu vascongado, no pudo en modo alguno impedir el efecto, y éste fue infinitamente más grande que el que el mismo autor de El Guernica se imaginara, hasta el punto de que este canto fuese en todo el país el símbolo de sus libertades, como lo es ahora que se lloran perdidas, y que, extendiéndose por el país entero, por la nación, traspasando las fronteras, atravesando los mares, do quiera que latiese un corazón vascongado ó amante de la libertad y de la justicia, resonasen sus ecos repetidos por millares de voces, así en los momentos de júbilo y contento, como en los trances de amargura y desconsuelo.
    Hemos dicho que la música de El Guernica es del amigo y paisano de Iparraguirre, D. Juan José Altuna, y acerca de esto es conveniente hacerse cargo de lo que dice el meritísimo escritor guipuzcoano D. José Manterola, persona competentísima en asuntos referentes a la literatura del país vasco. Según mi llorado amigo, aunque durante mucho tiempo, y aún actualmente para algunos, la letra y la música de El Guemica son obra exclusiva de Iparraguirre, no debe creerse así, sino atribuirse la parte artística a dicho Sr. Altuna, haciéndoselo creer y afirmar así al erudito vascófilo, una carta de otro vascongado entendido, D. Miguel de Ostolaza, en la que le manifiesta haber conocido y tratado a dicho señor Altuna, de cuyos labios había oído que acababa de escribir la música para un zortzico de Iparraguirre, que resultó ser El Guernicaco Arbola. Lo que hubo es que el Sr, Altuna dio a Iparraguirre el borrón de la composición, y éste la aprendió y cantó a su modo, variando la introducción, de la que suprimió cuatro compases, y modificándola de modo que quedara como está en la actualidad.
    Pero, aún siendo la música de otro, esto no amengua el mérito y la gloria de Iparraguirre, que, en su sublime canto, acertó a dar a su zortzico los acentos más patrióticos y apasionados, la dulzura y la melancolía más apacibles, a la par que las notas viriles y enérgicas que inspiran la convicción del derecho y de la justicia que asiste a los vascongados y la forma correcta y delicada, expresiva y simpática, que constituye su valor literario, tan estimable o más que la labor del músico que, en estos elementos, debió hallar la fuente de su
inspiración.
    ¡Gloria, pues, al poeta y al músico que tan perfectamente supieron encerrar en pocas estrofas y en tan sencillas notas, el espíritu vascongado, consiguiendo inmortalizar sus nombres, que irán siempre unidos a los recuerdos, a las esperanzas, a las tradiciones gloriosas de un país en cuyo honor y por cuya felicidad; pulsaron sus liras inspiradas!

II
    Se discutía en el mes de Junio de 1864, en el Senado español, La Cuestión de Fueros. El Sr. Sánchez Silva, que ha sido siempre monomaniaco por este asunto, que conocía mal, como estudiado con prejuicios y propósitos determinados, había dicho la horrible blasfemia de que los vascongados no querían los fueros.
    Egaña, D. Pedro Egaña, uno de los hombres civiles más eminentes que ha tenido la tierra vascongada en este siglo, combatió a Sánchez Silva con argumentos irrebatibles. «Yo no soy .partidario del sufragio universal, decía; pero ahora que está en moda, especialmente entre las personas que pertenecen a la comunión política del Sr. Sánchez Silva, el presentar el sufragio universal como el origen de todas las verdaderas legitimidades, yo le reto a que obtenga del Gobierno el que abra un registro para obtener el sufragio universal de las tres provincias, y yo me dejo cortar una oreja si hay un sólo vascongado que diga que no ama sus instituciones, que no ama las leyes de sus padres más que su. propia vida. ¡Y cómo no las han de amar si, durante siglos, esas instituciones sapientísimas les han proporcionado, mejor que las leyes de ningún otro pueblo, paz, bienestar, moralidad, ventura! ¡Si ellas les han proporcionado la felicidad que no tienen otros pueblos que se suponen más civilizados! ¡Cómo no han de amar los fueros, si los fueros son su Dios, su religión, su culto!»
    Y más adelante, queriendo confirmar que los vascongados todos opinaban como él, y no como el señor Sánchez Silva, pronunció estos hermosos

P Á R R A F O S
SOBRE
IPARRAGUIRRE Y EL GUERNICA
PRONUNCIADOS POR
D. PEDRO DE EGAñA

    «Otro hecho posterior al convenio, hecho de ayer, puede decirse, es el siguiente: En el campo de D. Carlos había un joven bizarrísimo, que tenía el cuerpo acribillado de heridas, el cual fue a la guerra cuando apenas contaba 16 años. Era pastor de una humilde casería del pueblo de Villarreal de Zumárraga. Ese hombre se llamaba «Iparraguirre», el cual, por estar inutilizado de resultas de las heridas que tenía, fue destinado a lo que se llamaba compañía de alabarderos de D. Carlos. Llegó el convenio, y ese hombre no quería tomar parte
en él porque era fanático por la causa del ex-Infante. Fue a Francia, y estuvo comiendo por espacio de más de veinte años el pan del emigrado; tenía buena voz, gallarda presencia, larga y undosa cabellera: vino a las Provincias a vivir como viven los músicos, como un trovador; llamábanle en el país el bardo vascongado.
    El pobre hombre ha debido morir en Montevideo. Era uno de esos caracteres aventureros que tanto lamentaron el carácter español en los siglos XV y XVI . Iparraguirre quería correr peligros, y no estaba contento sino con grandes emociones. Ese hombre, pues, vino al país vascongado, y repugnándole, después de haber empuñado la espada, arma noble, el volver a la profesión de pastor o labrador, se dedicó, como digo, a la vida de músico ambulante, recorriendo el país vascongado y cantando a las muchedumbres canciones relativas a los fueros. ¿Saben los señores senadores la impresión que causaron esas canciones a los dos o tres meses de haber comenzado a recorrer las provincias el autor y cantador de ellas. Pues causaron tal impresión en los ánimos, que el que a la sazón era Capitán general de las Provincias, e! que dignamente estaba al frente de ellas, que era el general Sr. Mazarredo, dio orden de que ese trovador saliera pronto del territorio vascongado. No había cometido ningún crimen, no había predicado el socialismo, no había dicho nada que pudiera lastimar ni poco ni mucho, el principio de autoridad; pero, sin embargo, era tal el entusiasmo que despertaba en las masas con el canto de la vida de los fueros, que hubo de ser expulsado del país.
    Señores: Yo he concurrido a oír uno de esos cantos en aquellas montañas. Estaba anunciado que Iparraguirre cantaría la canción titulada «El Árbol de Guernica», que es el símbolo de la libertad foral. Concurrieron de todas las villas, pueblos y caseríos circunvecinos, sobre 6.000 personas. Empezó éste el canto, que voy a tomarme la molestia de leer al Senado. Es corto . Tengo el texto en vascuence, que es como Iparraguirre lo cantó; pero como sería ridículo leerlo aquí, donde nadie comprende aquélla, no voy a molestar al
Senado con tal lectura, y me permitirá simplemente leer la traducción literal, tal como he podido hacerla en castellano.
    La canción a que vengo refiriéndome decía así:
    «El árbol de Guernica es para nosotros un árbol bendito. No hay un sólo vascongado que no tiemble de placer al mirarle. Extiende tu copa, y derrama por el mundo tus frutos, \oh símbolo santo de nuestras seculares libertades! Nosotros te adoramos, hincados de rodillas, (y, al decir esto, se prosternaban las 6.000 boinas, cual si fuesen movidas por un resorte o heridas por una impresión magnética, y se quitaban los sombreros,) y pedimos al cielo que, si la tempestad azota tus ramas frondosas, y gentes extrañas vienen a destruir tu tronco, el hierro salvador que contienen los senos de nuestros montes se convierta en armas aceradas de todas clases para defenderte.
    Señores: Al oír estas últimas cláusulas, aquellos hombres, que habían llevado la boina de las batallas durante los seis años de guerra , que tenían un corazón aguerrido, que les chispeaba la sangre, levantaban los brazos en ademán altivo, jurando morir por los fueros.
    Creo que el Gobierno hizo bien al mandar que ese hombre saliese del país, porque, a pesar de que obraba llevado de un sentimiento generoso y noble, era posible que hubiera producido tal impresión en las muchedumbres, que tal vez hubiera sido preciso alguna vez que interviniera la fuerza pública.
    Señores: ¡Y luego se dice que los vascongados no quieren los fueros, cuando a un simple canto de una persona obscura, de un pobre pastor convertido en músico, a la sola voz de ese hombre, repito, porque hablaba de los fueros, se movía apiñada la multitud, hincaba su rodilla en la tierra y levantaba al aire sus nervudos brazos para jurar, como los antiguos cántabros, morir por las santas leyes de sus padres!»

III
    Increíble parece que los más perspicuos entre los escritores vascongados, se hayan ocupado del zortzico de Iparraguirre Guernicaco-Arbola (El Árbol de Guernica), y denominado vulgarmente El Guernica, y no hayan acertado a desentrañar su carácter y explicar lo que ese himno significa y representa. Yo tengo otra idea, completamente contraria a la de todos los escritores. Quizás me equivoque; pero poseo textos auténticos en que fundar mi creencia. Yo he contemplado con una admiración religiosa a Iparraguirre, cantando, acompañado de su guitarra, el inspirado zortzico. Nos hallábamos en la fábrica de Escalmendi, a orillas de las hermosas márgenes del río Zadorra; reunidos Ricardo Becerro, cuyo nombre será imposible separar del mío siempre que se haya de hablar de la literatura alavesa de este siglo; Sotero Manteli hombre niño, mártir cuya vida y cuyo genio hemos de dejar consignada en los tomos de esta Biblioteca...; Roque Unzueta, que pudo llegar a ser el más digno émulo y sucesor de Iparraguirre, y que murió víctima de la amistad, con tales dotes y condiciones de ingenio y de gracia, que Dios hará que yo no muera sin publicar un libro retratándole, como recuerdo del amigo cariñoso. Estos, y más, estábamos al anochecer de un hermoso día que habíamos consagrado a la vida de campo, escuchando y oyendo a Iparraguirre la larga historia de su vida de aventuras, venturas y desventuras, unas veces relatando y otras entonando cánticos. Era ya como la despedida aquel último momento: Iparraguirre entonó El Guernica; su voz no tenía el timbre ni el vigor de pasados tiempos, pero ¡cómo sentía! No había llegado a los últimos versos de El Guernica y sus ojos eran dos hilos de lágrimas, y todos nosotros llorábamos sin poderlo remediar; tal era la emoción que experimentábamos. Todo aquello que tan admirablemente expresaba Iparraguirre, era paz, era amor, era fraternidad; parecía que en los símbolos más queridos de los vascongados se encerraba sólo el amor a los semejantes; el anhelo de que la discordia no turbase la tranquilidad de los pueblos; y entonces consideraba que tenían razón lo mismo el malogrado y valiosísimo Pepe Manterola, al decir «que es canto de paz, de amor y de cariño a las sabias instituciones que por largos siglos han hecho la felicidad de este pobre, pero honrado rincón de España», que el admirable periodista Sr. Mané y Flaquer, al comparar su música a la «melancolía de una madre acariciando al hijo cuya vida ve en peligro»; y Peña y Goñi escribiendo «que es el canto del consuelo».
    Mas, otro día, en otra ocasión solemne, juntos en la casa patriarcal de los Herrán, a cuya familia tendrá Vitoria que hacer justicia andando los tiempos, por sus grandes servicios, —y séame perdonada esta expresión inmodesta, en gracia de la justicia que a la sazón cobijaba, honrándose muy mucho, al más grande orador que ha tenido la lengua castellana, a Emilio Castelar, en medio de un centenar de amigos muy queridos de los dueños de la casa y del insigne huésped, un joven vitoriano, Bernardo Acha, que ha tenido alma de vascongado como pocos, sin más conocimiento de la música que la intuición que le prestaba su inmensa pasión por la tierra vasca, entonó El Guernica con una valentía, un vigor y una entonación de que no hay memoria, y, al concluir, todos aquellos que le escuchaban se levantaron electrizados, prorrumpiendo en aplausos, en bravos y enhorabuenas. Aquel arrebato no era la expresión del afecto íntimo que puede adormecer, muriendo el alma en un delicioso éxtasis; aquellos arrebatos engendraban un entusiasmo viril, frenético, desvariado, y yo pensaba que esos son los síntomas precursores de la decisión de un alma que conduce al heroísmo; no de otro modo habían sido héroes en sus arrebatos todos los hombres ilustres de la historia. Y en tales momentos formé mí juicio completo sobre El Guemica. Si allí se causaba ese efecto, ¡cuan más grande no habría sido el causado al aire libre a un público ansioso y enardecido que escuchara al cantante! No podía dudarse de que era cierto este segundo juicio mío sobre El Guemica; pero como de igual modo había juzgado cierto y exacto el de la otra audición, era preciso considerar que el hermoso Guemicaco Arbola tenía ambos caracteres. Y así era, y así es. Estoy convencido de que lo que dará eternamente valor a este himno, es la completa adaptación de ese himno poético y músico con el carácter del país vascongado; su doble cualidad: amoroso, pacífico, fraternal, respetuoso, sencillo y humilde en la paz; viril, enérgico, belicoso, resistente, impertérrito y constante en la guerra, cuando defiende las queridas adoraciones del alma vascongada. Tal es el vascongado, y tal es El Guernica; y en todas sus estrofas resplandecen estos sentimientos.
    Si acierto o yerro en mis juicios, el tiempo lo dirá; pero abrigo esta convicción profundísima: cuando quiera causarse una impresión determinada a un público vascongado, se logrará con producciones del mismo Iparraguirre; ahí está su zortzico Adiós, nere biotzeko, amacho maitia, (Adiós, madrecita de mi alma), y acaso, al oírlo, asomen las lágrimas a los ojos; pero, creedme; cuando se quiera arrebatar al pueblo vascongado, no habrá más remedio que cantarle.




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Biblioteca Bascongada
TOMO, DOS PESETAS
Esta obra llegará a formar la historia foral, literaria, artística, industrial y comercial de las cuatro provincias basco-navarras.
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ADMINISTRACIÓN, GRANVIA , 24.

Se imprimió en julio de 1896




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