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Iparraguirre, José Mª. (bardo)

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IPARRAGUIRRE
Y
EL ÁRBOL DE GUERNICA

BIBLIOTECA BASCONGADA DE FERMÍN HERRÁN
TOMO II
B I L B A O
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Imprenta de la BIBLIOTECA BASCONGADA
Müller y Zavaleta, Gran Vía 24
1896




    Si hay algún pueblo que con razón blasone del derecho de poder lanzar al viento en este instante el histórico grito que lleva por cabeza este artículo, es el que tiene la gloria de asentarse en este apartado rincón de la Península, donde se alzaba hacía ya cuatrocientos años el más augusto de los árboles de la libertad, el santo Roble de Guernica, quien después de anunciar su muerte tiempo hacía, reverdeció por última vez en esta primavera como para despedirse de la tierra nativa que le robusteció y sustentó, y para dejar por herencia a su
hijo, allí presente, las postreras hojas de sus ramas, pálidas y enfermas, triste galardón de la decrepitud, e ineficacia de la savia senil. Y ha muerto este santo árbol, después de haber sido contemplado por centenares de generaciones, por millones de curiosos admiradores, filósofos, cronistas, historiadores, poetas, literatos y eruditos, unos:—pintores, escultores, anticuarios, arqueólogos, filólogos, numismáticos, otros:—oradores, apóstoles, misioneros, teólogos, taumaturgos y reformistas, algunos:— arquitectos, ingenieros, músicos, actores y cantores, geómetras, matemáticos, astrónomos, naturalistas, médicos, botánicos, agrónomos y agricultores, no pocos: — y navegantes, viajeros, marinos, geógrafos, guerreros, generales, jefes de bandería y aventureros, legisladores, estadistas, y políticos, los más:—y finalmente, por otros muchísimos hombres eminentes, que han florecido desde el glorioso reinado de los primeros Reyes de Castilla, los Católicos, hasta los que rinden culto al saber en el de la virtuosa reina, por tantos títulos digna de loa, Doña María Cristina de Aubsburgo.
    Pero no ha muerto el Árbol de Guernica como mueren las cosas vulgares de la tierra, desapareciendo para no volver jamás, borrándose de la memoria, como objeto de tránsito pasajero, sin sustitución que lo recuerde y lo mantenga eterno en la mente de los hombres. No ha muerto, en realidad de verdad, ni ha desaparecido tampoco, porque los símbolos, que son la representación, figura o semejanza que nos da a conocer o nos explica otra cosa, no mueren ni pueden morir, porque son emblemas tradicionales, y menos en la ocasión presente en que ahí queda viva y gallardamente representado otro símbolo, plantado como el Árbol viejo de Guernica, o como el de Arechabalagana, o el Malato, o el de Avellaneda, cada uno de los que tuvieron y conservan dentro del Señorío de Bizcaya su más legítima significación.
    No ha muerto el árbol sagrado de Guernica porque si bien las ramas de tan respetable anciano que sombrearon donairosamente por espacio de cuatro siglos el tronco primero, y después la rústica silla en que se sentaban los más poderosos reyes de Castilla para jurar los fueros y libertades a los bizcamos, no se ven hoy agitadas por el viento, en cambio las lozanas y juveniles hojas de esmeralda de su hermoso y robusto hijo que ya eleva hacia los cielos su gallarda copa, sombrean aquellos plácidos e históricos lugares, el augusto recinto en que la imagen de la Madre de Dios era venerada antes de la injusta ley de 1876, y aquel elegante pabellón en que sentado el Gobierno Universal, con el representante del Señor rey de España, su Corregidor, presenciaban la entrega de los poderes concedidos por los pueblos a sus vecinos más honrados y capaces para que les defendieran en su Batzartoquia, o popular Asamblea.
    No ha muerto el Santo Roble de Guernica, que es el libro prehistórico de las libertades de uno de los pueblos más antiguos del mundo, escrito por los primeros pobladores de España, los iberos, raza indígena con habla y costumbres propias, sin mezcolanzas nómadas y aventureras, proclamada solemnemente en los momentos mismos en que la envidia y la superchería le arrancaban de cuajo las venerandas instituciones porque se gobernaba, con nacionalidad antigua y perfecta, conservadora del tesoro más inapreciable como es esa misma lengua, esas mismas patriarcales costumbres, la pureza y virilidad de su raza primitiva.
    Y como no ha muerto, porque vive arrogante el continuador y heredero de su antigua historia ; y como los pueblos mecidos en la cuna de las instituciones democráticas que han aspirado desde el nacer las auras de la libertad, jamás olvidan sus primeras enseñanzas y las conservan eternamente en sus corazones, esperan el día en que rueden por el suelo esas leyes arrancadas a la justicia en mal hora por la fuerza, para que vuelvan las cosas a su ser y estado primitivos, y en que el joven y robusto árbol de Guernica, nieto de aquel roble primitivo que nació al pie del cabo Cosnoaga, al que no alcanzan a ver en la sombra de los siglos ni la vista, ni la inteligencia, ni la perspicacia humana, pueda contar como su padre tantas convulsiones sociales y políticas como presenció, tantas guerras civiles y religiosas, tantos imperios caídos y levantados, tantas luchas y bonanzas, mientras que él, lozano y donairoso, profundamente arraigado y erguida la abundante copa, sin mezclarse en ajenas contiendas, vivió feliz y gobernado por las sabias y sencillas leyes de su pueblo, sin que nadie se atreviese siquiera a amenazarle. Y fue tanto esto así, que la historia y la poesía se encargaron de contar y cantar, en toda clase de tonos, su hermosa y genuina significación: sirvió de pauta o modelo para que otros pueblos europeos le imitaran, calcando sus leyes y dándoselas a sí propios: causó la admiración de aquellos que, como el norteamericano, al arribar los puritanos a sus playas, trató de conservar este suceso plantando en ellas un árbol parecido al vizcaíno, para que lo perpetuase y fuese el símbolo inmortal de sus libertades; la poesía épica y la dramática escribieron en loor suyo sonoros y admirables versos, que se recitaban en los teatros y en las Academias, y hasta los poetas extranjeros pulsaron sus liras, enderezándole las composiciones más tiernas y entusiastas.
    ¿Hay, por ventura, quien ignore que el Padre Téllez, más conocido por el pseudónimo de Tirso de Molina, en su famosa comedia La prudencia en la mujer, puso en boca del señor de Vizcaya, D. Diego de Haro, las más robustas y atrevidas octavas reales, enalteciendo las excelencias de sus vasallos y las glorias del Árbol de Guernica, que de seguro no hubiese permitido la censura moderna que se recitasen ante el público de sus teatros? ¿Quién no sabe que Rousseau, el profeta de la soberanía de los pueblos, le aclamó con santo respeto y entusiasmo en sus obras, y que estos párrafos fueron calificados como unos de los más bellos rasgos de su ingenio? ¿Las legiones de la República francesa, al atravesar la villa de Guernica, no interrumpieron su marcha para subir al Alto de la Antigua y saludar en él al Árbol más viejo de la Libertad, presentándole las armas, ornándolas enseguida con sus sagradas ramas y ciñendo las sienes sus soldados con coronas tejidas por sus hojas? Tallien, el más fogoso de los Convencionales, marido de la hermosa española María Teresa de Gabarras, viuda de Fontenay, ¿qué dijo en una de sus ardientes peroraciones, defendiendo a los thermidorianos? Proclamó y bendijo al roble de Guernica, deplorando que su patria no poseyese leyes tan sabias y tan libres como las que se elaboraron a su sombra. Víctor Hugo, el filósofo-poeta, ¿le negó jamás sus mercedes literarias? ¿No le llamó el rey de los hombres libres, y añadió «que todo aquel que ha visitado una vez la tierra vascongada, desea volver a ella?» ¿No le cantó también el tiernísimo poeta inglés Wordsworth, el año 1810, época en que, cual hoy, se hallaba en suspenso nuestro sabio régimen foral¿ Y en nuestros mismos tiempos, ¿no compuso Altuna, joven y malogrado músico vizcaíno, a quien recordará siempre quien lleve sangre vascongada en sus venas, el admirable himno Guernicako-Arbola, que desde que se oyen sus primeras notas inflama los corazones, reverdece antiguas glorias y excita todos los sentimientos del amor patrio, incluso los que conducen hasta el heroísmo?...
    Pero ¿a qué cansarnos rebuscando autoridades extranjeras, aparte de esta última, si en nuestra misma patria tenemos quienes han elevado su voz al ocuparse del sagrado árbol y de las leyes que a su sombra se engendraron? ¿No aseguraba Olózaga que los Fueros vascongados merecían su mayor respeto, porque son la obra de las edades, y que el árbol de Guernica era la prueba más elocuente de que la libertad es más antigua que el despotismo, y que la libertad de los pueblos es más fuerte que la dominación de todos los déspotas? Castelar, el orador más erudito y de más rica y poderosa imaginación,
     . . . ¿qué dijo en el C o n g r e so al ser aprobada la maldecida ley de 21 de Junio?... «Aquí asistimos a los funerales de la libertad de una raza con el recogimiento y el dolor con que se asiste siempre a todas las sublimes tristezas de la muerte. Las hojas del árbol de Guernica ruedan ahí secas, sin producir sobre ese pavimento ni el ruido que producen sobre la tierra humedecida por lluvias del otoño. »
    Lo que más se oye es el triste lamento de aquellos que nacieron á su bendita sombra y que no podrán legarla a sus hijos. Y hay que decirlo: algo grande muere hoy en la nacionalidad española; mueren libertades antiguas que unían, a la virtud del derecho, el prestigio de la poesía y de la historia. Pero ¡ah!, que al oír a los euskaros defender con desesperación los últimos crepúsculos de sus fueros en el ocaso, me parece oír la voz de sus padres que les dicen cómo las libertades adquiridas y conservadas por la sensatez y la prudencia, se pierden por sus locuras y las insensateces de la guerra. Y hasta el mismo Cánovas, el engendrador y ejecutor de la fatídica ley, que tuvo en su mano, siendo, como ahora, Presidente del Consejo de Ministros, autoridad bastante para atenuar, cuando menos, los destructores efectos que iba a producir en las Provincias Vascongadas, decía en un libro pocos años antes: «Las libertades locales de los vascongados, como todas las que engendra y crea la historia, aprovechan a los que las disfrutan, y a nadie dañan, como no sea que se tome por daño la justa envidia que en otros excitan. Qué mucho, pues, que con tantas y tan eminentes opiniones, y otras más que levantan el nombre del símbolo de nuestras antiguas libertades, al saludar al joven h e r e d e r o de todas sus grandezas, no gritemos también con entusiasmo:
    ¡El Rey ha muerto! ¿Viva el Rey?
    Gritaremos , mientras no nos falte el aliento, como gritaron el Padre Téllez, y Rousseau, y las legiones de la República francesa, y Tallien, y Víctor Hugo, y Olózaga, y Castelar, y el mismo señor presidente del actual Consejo de Ministros. Y ratificaremos además con nuestra humilde voz y escasas fuerzas todos los pensamientos, todas las bellísimas imágenes y conceptos de las hermosas poesías que insertamos a continuación, dedicadas en épocas distintas, como otras muchas, a cantar las glorias del más añoso de los árboles de la Libertad, reemplazado ya por su más legítimo heredero el joven, inmarcesible y santo ROBLE DE GUERNICA.

JUAN E . DELMAS.





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Biblioteca Bascongada
TOMO, DOS PESETAS
Esta obra llegará a formar la historia foral, literaria, artística, industrial y comercial de las cuatro provincias basco-navarras.
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ADMINISTRACIÓN, GRANVIA , 24.

Se imprimió en julio de 1896




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