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Iparraguirre, José Mª. (bardo)

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IPARRAGUIRRE
Y
EL ÁRBOL DE GUERNICA

BIBLIOTECA BASCONGADA DE FERMÍN HERRÁN
TOMO II
B I L B A O
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Imprenta de la BIBLIOTECA BASCONGADA
Müller y Zavaleta, Gran Vía 24
1896


    Llegó Iparraguirre a Vitoria, y se le preparó un banquete numeroso al que asistieron muy importantes personalidades vascongadas. Se celebró en el gran salón del hotel Pallares, y, llegada la hora de los brindis, pronuncié el discurso en loor de Iparraguirre. El entusiasmo que produjo, fue indescriptible. Cuando yo cantaba lo que eran los antiguos coblakaris, el pobre Iparraguirre lloraba a lágrima viva; cuando concluí, pintándole a él y demostrando la ciega confianza de que los fueros se restablecerían, Iparraguirre, enardecido, me ahogaba a abrazos en medio de un delirante entusiasmo de todos los concurrentes. Aquella noche nació mi franca amistad con él:


    SEÑORES:
   Cuando el alma no puede contener todos los sentimientos que le han sido comunicados, sin dar lugar a una explosión que su misma intensidad provoca; cuando los sentimientos que en ella han brotado hallan estrecho el recinto del corazón y luchan por manifestarse al exterior; cuando el calor del entusiasmo y la luz de la fe en una idea (Atención) se unen y conspiran para engendrar algo noble, algo digno, algo que no puede definirse, es preciso doblegarse a su poder y no violentarlos ímpetus naturales y legítimos que han de traducirse en hechos, en enseñanzas, en virtudes, en leyes universales. En estos momentos, enmudecer es ahogarse, la inacción es la muerte, la opresión es el aniquilamiento; (Bien, bien,) aire y espacio ansían las aves, para moverse, para cruzar de una a otra región y llenar de alegría el mundo con sus suaves y melodiosos cantos; aire y espacio busca la flor, para desarrollar sus pétalos frescos y brillantes y embalsamar el ambiente con sus dulcísimos perfumes; aire y espacio necesitan los sentimientos y las ideas, para llenar el mundo con su poder y llevar a las generaciones la conciencia de su deber, de su dignidad, de su autonomía. (Aplausos.) Ni la flor ni el ave han sido creadas para ver extinguirse sus trinos y sus aromas en los limitados confines de dorada jaula o búcaro preciosísimo; ni el pensamiento humano, ni las afecciones, han sido dadas por Dios para anularse en la caliginosidad de un cerebro loco o enfermo, o de un corazón débil o cobarde. Por eso, yo, que siento arder en mí el fuego de la inspiración, que siento bullir en mi mente las ideas y agolparse en original conjunto, no puedo, no quiero resistir su empuje; abro las puertas a lo que mi alma no puede ya contener, y os dirijo mi palabra entusiasta, lamentando que el labio, vacilante y tembloroso, no sea fiel intérprete de mi voluntad ardentísima. (Ruidosos aplausos.)
   Todo inspira a mi alma en estos momentos; la presencia de amigos queridos, a quienes me unen los vínculos de la más pura afección; el motivo que aquí nos ha reunido; los acordes de la música, la algazara juvenil, mi propio pensamiento, y la venerable figura que contemplo, conmovido, enfrente de mí, y cuyas miradas elocuentes diciéndome están lo que pasa dentro de su alma, y cómo mis palabras suenan en su corazón cual música deliciosa y desconocida, porque ellas representan su propio espíritu, su mismo pensamiento. ¡Bravo!¡Bravo!)
    ¡Iparraguirre! Yo te saludo. ¡Y por mi voz te saludan todos los que aman lo que tú has amado; (Sí, sí,) el suelo, las montañas, los ríos, los valles y las costas de Vasconia; la pobre iglesia, la blanca casería, el emparrado que la da sombra, el cielo y el sol, la luna y las estrellas; por mi voz te saluda la generación que se va y la que llega, el pobre y el magnate, el viejo y la doncella y hasta el niño que apenas balbucea, y a quien han enseñado a bendecir tu nombre y a admirarlo! ¡Hijo noble de la noble Euskaria, yo te saludo! (Aplausos prolongados.)
    En ti veo el trasunto fiel y exacto de los antiguos coblakaris vascongados, de aquellos hombres llenos de fe, de entusiasmo, de amor sin límites a la tierra que les sustentara. Nuevos enviados de Dios, como apóstoles de la religión, de la patria y de la familia, cantaron sus glorias, sus virtudes, sus costumbres, su envidiable felicidad, su libertad y su independencia. Ellos tenían una misión que la Providencia les había confiado, y la llenaron cumplida y perfectamente; ellos crearon nuestras costumbres, que dulcificaron con sus cantos; formaron nuestro carácter, nuestra independencia y nuestra historia, manteniendo vivo el recuerdo de nuestros héroes, de nuestras glorias y de nuestras desdichas; (Es verdad) ellos nos han dicho cómo los vascos han sido siempre libres, siempre fieles y siempre leales, siendo los primeros soldados de la nación a quien les unían pactos amistosos; ellos nos han ponderado sus virtudes, su nobleza, su sabiduría, su desinterés y sus sacrificios en aras de la patria común, sus grandes hombres, sus sabios, sus políticos, sus guerreros, sus magnates, sus señores y sus caudillos, (Aplausos.) Ellos no cesaron de hacer oír al pueblo sus canciones, hasta que se persuadieron de que su misión había terminado; cuando vieron a su pueblo fuerte, poderoso y feliz, colgaron sus laudes de los robles añosos y de las viejas encinas, o en la campana de la antigua chimenea del hogar... (Estrepitosos aplausos interrumpen al orador) y enmudecieron, llenos de regocijo, por el resultado de su obra.
    Más de dos siglos pasaron, sin que su recuerdo se extinguiese y sin que el tiempo, ni los sucesos, Dios ni los hombres, alterasen esencialmente la manera de ser del pueblo más libre de la tierra; más de dos siglos, ¡ay!, al cabo de los cuales, violentas tempestades se han desencadenado, con furia tremenda, contra este país; la ira ha dirigido sus tiros contra él, y sus instituciones han sido socavadas, reducidas a refugiarse en los corazones de los euskaros, que es donde podían existir, libres de la saña de sus enemigos, sin que ningún poder de la tierra pudiera arrebatárnoslas. (Entusiastas aplausos.)
   Y ahora, como en lo antiguo, sin saber de dónde, han aparecido nuevos trovadores, a quienes está encomendada no pequeña parte en la noble obra del restablecimiento de nuestras libertades; (Bien, bien,) y, entre todos, descuella el anciano, todavía vigoroso, que un día supo electrizar a un pueblo con sus canciones, y hoy se levanta, cual nuevo Lázaro, y de remotísimas tierras, desde los vírgenes bosques de América, abandonando a una familia cariñosa, viene a ocupar su puesto en el combate; combate de ideas, siempre más benéfico y fructuoso que el de las armas, y pretende lanzar otra vez sus catitos, que tantas veces han repetido los ecos de nuestras montañas, que no ignora ninguno que sienta latir un corazón vascongado, que hoy se renuevan más puros, más nobles, más inspirados, para animarnos en la adversidad, para estimularnos con el recuerdo y con el ejemplo de nuestros antepasados, cuya herencia vemos perdida quizás para nunca recobrarla... (No, no)... Tenéis razón, para recobrarla pronto, sí, porque, como creemos en la Providencia, debemos creer en la causa de la justicia y del derecho que simbolizan nuestras libertades... (Ruidosos y prolongados aplausos impiden oir las últimas palabras del orador.)
    Vedle; su venerable cabeza, que platean hermosas canas, se alza todavía, como desafiando a las tormentas y a los hombres; en su espaciosa frente se lee la fe y la convicción más profundas; sus ojos irradian el fuego del amor patrio, la noble ira del que jamás consintió ser humillado; sus labios parecen invocar la memoria de alguna antigua canción, o murmurar una plegaria; su mano quiere extenderse, como para bendecir al pueblo que le admira y aclama, y todo en él revela una emoción indecible, que se traduce y manifiesta en esas dulces lágrimas que a toda costa quisiera recoger y conservar. Así, así eran nuestros antiguos coblakaris. (Aplausos.) Es el genio de Euskaria, es el viejo verzolari, a quien todos debemos amor y veneración; es el que ha de tremolar el pendón de nuestra raza y el que nos ha de conducir a término dichoso, con la luz de su fe por antorcha, con el calor de su entusiasmo por enseña, ¡Ay del ingrato y traidor que desoiga su canto inspirado! ¡Anatema sobre él! ¡Paz y concordia entre los hermanos! ¡Gloria a Vasconia! ¡Loor al bardo de la Euskaria! ¡Saludemos a Iparraguirre! (Iparraguirre se levanta y abraza al orador en medio de atronadores aplausos.)





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Biblioteca Bascongada
TOMO, DOS PESETAS
Esta obra llegará a formar la historia foral, literaria, artística, industrial y comercial de las cuatro provincias basco-navarras.
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ADMINISTRACIÓN, GRANVIA , 24.

Se imprimió en julio de 1896





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